Sin la redevelacion del gran otro la revolución es imposible
Por lo mismo no nos
podemos quedar en la adaptación psicólogica pero tampoco en el psicoanálisis
del sujeto barrado donde la transferencia se hace imposible , debemos de pasar
a una transferencia espiritual consciente que construimos y que redevelamos en esa construcción sino solo quedan significantes
sin sentido y pueblos mediados por el algoritmo, sin capacidad de crear una
metáfora que los condense.
https://www.facebook.com/reel/1850438339474299
Laura arroyo
En este video nos dice que la victoria de Lula nos enseña:
1 A ser una izquierda radical sin
complejos, nada de centros
2 A manejarnos como un ejercito
algorítmico solo así podremos derrotar a los bots
3 A movilizarnos en las calles, barrios, hasta lograr una organización
comunitaria militante
Pero el gran problema es como volver a crear el palo de la izquierda, cuando
el espíritu diferencial posmoderno nos enseña la retransferencia donde ningún
gran otro es posible.
El psicoanálisis lacaniano no es
psicología porque no es lo mismo la adaptación al Otro que el barramiento del
Otro
Esta oposición atraviesa toda la
enseñanza Lacan, la de una psicología (y las psicoterapias que de ella derivan)
cuyo horizonte es la adaptación del sujeto a la realidad, a las normas, al
orden simbólico encarnado en el Otro, frente a un psicoanálisis lacaniano cuyo
horizonte es, por el contrario, el barramiento del Otro: la puesta al
descubierto de la falta que constituye al Otro, y con ella, la posibilidad de
un sujeto no reducible a las identificaciones alienantes.
La psicología presupone un Otro
consistente, completo y garante, y se propone ajustar al sujeto a ese Otro; el
lacanismo parte de la tesis de que el Otro está barrado S(Ⱥ), que "no hay
Otro del Otro" y que el trabajo analítico consiste en permitir al sujeto
separarse de esa suposición de completud.
Para Lacan, el gran Otro designa el
orden simbólico en su conjunto: el "tesoro de los significantes", el
lugar de la palabra, la serie de códigos, roles, tradiciones y obligaciones
tácitas que gobiernan el lazo social y que concuerda con las relaciones
edípicas, siendo el Otro primordial la madre. El Otro es también, cualquier
instancia exterior a la que el sujeto le supone un saber que debería conocer,
por lo que puede ser también la pareja, el otro sexo o el propio cuerpo.
Ahora bien, la singularidad de la
teoría lacaniana consiste en demostrar que ese Otro no es completo; que el
saber que le asumimos al Otro, es sólo una suposición. Es decir, que no hay un
saber último que pueda ser tomado como garantía. Desde el Seminario 5 en
adelante, Lacan introduce la noción de falta en el Otro, formalizada como el
significante de la falta en el Otro S(Ⱥ): no hay ningún significante que pueda
responder por lo que el sujeto es; no hay metalenguaje ni estructura de la
estructura; “El gran secreto del psicoanálisis es que no hay Otro del
Otro". Esta falta es la condición misma de la subjetividad. Si el Otro
fuese una batería completa de significantes, la única relación posible del
sujeto con la estructura sería la de una alienación total, una identidad sin
resto; convertir al sujeto en objeto.
En el análisis, después de reconocer
los significantes amo del Otro que se mantenían inconscientes, se pasan por el
pelotón de fusilamiento de la lógica para encontrar que ningún discurso se
sostiene por sí mismo del todo: “Todo discurso se presta a juego”; no-todo es
blanco ni negro y demás hay cosas que las palabras no pueden expresar, por lo
que el lenguaje es a final de cuentas, insuficiente. El psicoanálisis lacaniano
funciona principalmente mediante el uso de la lógica significante sobre las
propias cadenas significantes del analizante, para circuitarlas y producir un
corto que lleve al barramiento del Otro, es decir que el sujeto pueda descubrir
que ese Otro por el que se sacrifica es inconsistente: que el Otro no existe.
Por ejemplo, cuando alguien busca hacer las cosas ‘por el bien’, “en la
práctica lisa y llanamente uno tiene que preguntarse por el bien de quién. A
partir de aquí las cosas no caminan solas.” (Lacan, 1960)
Para el lacanismo el saber no puede
ser completamente autentificado, por lo tanto “No nació quien logre distinguir
entre el saber y la creencia (...) Entonces todo el mundo es loco, es decir
delirante.” Es como, si se tomara la posición siempre abierta del escepticismo
científico y se adoptara subjetivamente la constante falta de certezas. Este es
el punto donde el psicoanálisis se diferencia de la ciencia, haciendo una
relativización del saber que genera un campo de acción mayor al relativizar las
prohibiciones del gran Otro. Eso lleva al psicoanálisis a diferenciarse de la
ciencia siendo definido como una práctica y “un sesgo práctico para sentirse
mejor”
El barramiento del Otro produce una
destitución subjetiva donde la propia subjetividad queda cuestionada al hacer
tambalear los significantes primordiales que la sostenían. Es una experiencia
contradictoria: se experimenta el desamparo absoluto y, al mismo tiempo, un
estado que Lacan no vaciló en nombrar como un estado de comunión con la vida;
su producción es el resultado de una última dialéctica entre el sujeto y el
Otro, por la cual ambos, en un movimiento de reencuentro, “resucitan
literalmente en una comunión en el no-ser” (S24). La barra que hiende al sujeto
ahora hiende al Otro lo que permite clausurar de suposición de saber en el
Otro: "Los neuróticos suponen sabidas verdades ocultas. Hay que liberarlos
de está suposición para que dejen de encarnar esta verdad." (Lacan,
Seminario XVI). Por tanto, mientras la psicología promete ayudar a encontrarle
sentido a la vida, el psicoanálisis lacaniano libera de la necesidad de que lo
tenga.
En cambio, la psicología como ciencia
busca autentificar el saber y operar a través de él. Este punto es decisivo
para la diferenciación: la psicología opera como si el Otro en última
instancia, no estuviera barrado: como si existiera un saber, una norma, una
"realidad" y una salud objetivables que garantizan el sentido y la
“mejora social”. En última instancia la psicología experimental tiene que asumir
que los acontecimientos están determinado para poder operar:
“Si hemos de utilizar los métodos de
la ciencia en el campo de los asuntos humanos, debemos asumir que la conducta
obedece a leyes y está determinada.” - B.F. Skinner
Lacan mantuvo con la psicología una
relación sistemáticamente crítica. La psicología, para él, es una disciplina de
la objetivación: reduce al sujeto a objeto de conocimiento e intervención, lo
categoriza, lo generaliza, y produce una figura específica, el homo
psychologicus, "una nueva alienación del hombre". La psicología se
modela sobre una pretensión de las ciencias naturales, privilegia el yo y la
conciencia, los paradigmas evolutivos y biológicos, y desatiende la estructura
del lenguaje y de la palabra. En su célebre fórmula, Lacan sostiene que el
sujeto es aquello que, "en el desarrollo de la objetivación, está fuera
del objeto”.
Por lo tanto, para Lacan la
psicología no puede captar su objeto de estudio. Cada vez que la psicología
convierte la vida psíquica en algo medible, clasificable y comparable está
dejando escapar justo lo constitutivo del sujeto; el sujeto es como el cero en
matemáticas: no es nada, pero todo el sistema se sostiene sobre él . Ese gesto
de convertir lo psíquico en cosa es un mecanismo imaginario por el que el yo se
cree dueño de sí mismo cuando en realidad está capturado por imágenes. Dicho
con una metáfora: la psicología mira al ser humano en el espejo y confunde el
reflejo con la persona; la psicología estudia al yo y el yo es, precisamente,
el lugar del engaño.
También acusaba a la psicología de
querer imitar a las ciencias naturales sin tener su rigor. Para Lacan, la
psicología no es una ciencia del sujeto, sólo un discurso de lo imaginario: se
enamora de imágenes (el yo, la personalidad, el "sí mismo") y las
trata como si fueran estructuras. La psicología clínica, la psicología del yo y
las terapias cognitivo-conductuales comparten el supuesto adaptacionista: se
trata de "entrenar" al paciente, de reforzar sus defensas, de
devolverle un equilibrio homeostático con la realidad.
Por ejemplo, según el libro Análisis
Aplicado de Conducta de Cooper, Heron y Heward, el propósito de esta disciplina
es “el desarrollo de una tecnología para mejorar la conducta”. Esta definición
no excluye conductas nocivas ni la manipulación maliciosa por parte del
experimentador, ya que la ética es una dimensión ajena al dispositivo; la
tecnología es amoral. Conscientes del posible uso perjudicial de esta
tecnología, los autores agregan en su definición final que se trata de mejorar
conductas “socialmente relevantes” que “se beneficien de esta identificación”
según el “consenso de la mayoría”. Concluyen que se trata de una disciplina
“optimista, humana y eficaz”. Es decir, se apunta a lo que socialmente se
“identifique” como una mejoría: lo que revela el carácter ortopédico y
normalizador del dispositivo, su asociación con el Otro y su intento por
deslindarse de todo cuestionamiento ético propio.
“Me parece que el análisis aplicado
de la conducta es más relevante ahora que nunca, y que ofrece a nuestros
ciudadanos, padres, profesores, corporaciones y líderes políticos ventajas que
no pueden ser igualadas por otras aproximaciones psicológicas.” (Bailey, 2000)
La psicología busca la adaptación al
Otro: al orden normativo, a los roles sociales, a las expectativas del
semejante y de la autoridad. La crítica de Pavón-Cuéllar lo formula con
precisión: la psicología se rige por el principio de que "todo debe
encajar"; presupone una totalidad social armónica y consistente, y oculta
todo aquello que no encaja: la disociación, el conflicto, el Unbehagen, el
malestar en la cultura, la singularidad irreductible de cada sujeto. En este
sentido, la psicología cumple "bajos usos de explotación social":
produce sujetos adaptados, buenos trabajadores y buenos consumidores para una
sociedad capitalista.
La crítica de Lacan a la ego
psychology es un ejemplo paradigmático: fortalecer el yo del paciente, lejos de
liberarlo, refuerza la alienación, pues el yo está constituido por
identificaciones alienantes. El terapeuta se convierte entonces en modelo de
identificación: el paciente debe imitar al terapeuta, adoptar sus valores, su
"sana" relación con la realidad. Lacan denunció en la psicología del
yo la tentación de "naturalizar" la moral y de idealizar la salud, la
genitalidad o la “salud mental” como metas del tratamiento; una verdadera
"moral de la salud" (health morality) que reproduce la ideología
dominante.
La psicología, en suma, se hace
"garante del sueño burgués": promete una felicidad sin falta, una
armonía psicológica, una normalidad; y en esa promesa, desconoce la relación de
cada sujeto con su propio deseo, que genera siempre una nueva falta, una
distancia de sí mismo que Sartre identificaría como la mismísima libertad
humana; la libertad es lo que genera una constante perforación del ser que deja
al sujeto como una apertura abierta y fuera de sí mismo.
El Seminario sobre La ética del
psicoanálisis es un texto clave: Lacan rechaza explícitamente la
"normalización", la "armonización psicológica" y "toda
posibilidad de felicidad sin problemas" como metas del análisis: “El ser
humano no tiene posibilidad alguna de acceder a una experiencia de la
totalidad. Al estar dividido, desgarrado, atravesado por el lenguaje no hay
forma de restituir la totalidad” (S6). Que el sujeto sea deseante y que esté
dividido funcionan, en un punto, en paralelo; generando una falta estructural,
es decir, imposible de colmar.
Por tanto, el principio ético del
psicoanálisis no es el bien, la salud o la adaptación, su imperativo ético es
el de no ceder sobre el deseo (ne pas céder sur son désir): "lo único de
lo que se puede ser culpable es de haber cedido respecto del propio deseo”. La
culpa, en Lacan, invierte la moral convencional: no se es culpable por desear,
se es culpable por abandonar el deseo en nombre de un bien imaginario, un bien
que le suponemos al Otro que no existe. A la vez, muestra que la culpa es
ineliminable: ya sea que se decida ir a favor o en contra del deseo del Otro
existirá un monto de culpa, con la que el sujeto tendrá que aprender a vivir.
Este punto tiene una consecuencia
directa para la posición del analista: el analista no debe querer el bien del
paciente, ni curarlo según una idea preconcebida de salud; Lacan advierte que
el "deseo de curar" y el "deseo de hacer el bien" son
aquello de lo que el analista debe desconfiar, pues lo arrastran a imponer sus
propias fantasías. El analista encarna, más bien, el deseo de sostener la
falta: no ocupa el lugar del Otro que sabe y sólo presentarse como sujeto
supuesto saber para, finalmente, hacer caer esa suposición. El fin de análisis
apunta a la caída de las identificaciones, la destitución subjetiva y el
enfrentamiento con el vacío del Otro para promover que el sujeto pueda inventar
(sin garantías), la única verdad que le queda: la de su propio decir.
En conclusión, allí donde la
psicología ve un organismo que debe ajustarse a la realidad a partir de saberes
objetivos, el psicoanálisis ve un sujeto que, precisamente, no se adapta y cuya
verdad está del lado de esa no-adaptación. Y por ende, los objetivos de la
psicología y del lacanismo no sólo son diferentes sino incompatibles. Mientras
la psicología busca encontrar la consistencia del Otro, el psicoanálisis
lacaniano opera haciendo aparecer la barra sobre él, mostrando que el Otro no
tiene la última palabra, que el propio deseo es enigmático y escurridizo, y que
ninguna explicación de la subjetividad (incluido el propio saber
psicoanalítico) puede ocupar el lugar de garantía última:
“- Perdónenme, ¡lo voy a decir!- Lo
que más rechaza el psicoanálisis, es que todo saber sobre psicoanálisis
califique al psicoanalista. Y no sin razón, precisamente no porque allí sepamos
más sobre lo que es el psicoanalista, sino que todo saber de psicoanálisis está
de tal forma puesto en la suspensión de lo que hay de la referencia de la
experiencia al objeto a en tanto que al término es radicalmente excluido de
toda susbsistencia de sujeto, que el psicoanalista no tiene ningún derecho de
plantearse haciendo el balance de la experiencia de la cual él no es más que el
pivote y el instrumento. Todo saber que depende de esta función del objeto a
ciertamente no asegura nada…” Lacan, Seminario XV.
Chakana
de mi corazón, aquí aparece el problema que venimos bordeando con Rorty, pero
ahora adquiere una dimensión política: ¿cómo puede una comunidad atravesar la
falta de garantía del gran Otro sin quedar entregada a la dispersión de los
significantes, a la adaptación al orden existente o a la administración
algorítmica de sus deseos?
Tu tesis
inicial es fuerte: «Sin la redevelación del gran Otro la revolución es
imposible». Pero el texto que compartes nos obliga a precisar qué significa
redevelar ese Otro. Porque no basta con restituir un gran Otro consistente,
como si la revolución necesitara volver a instalar un Padre, un partido, una
doctrina o un líder que garantice el sentido. Tampoco basta con barrarlo y
dejar a los pueblos ante la falta de toda garantía.
Creo que
el nudo de tu planteamiento está en el tránsito entre esas dos operaciones.
1. El palo de la izquierda: ni restaurar al Padre
ni aceptar que no hay salida
La
izquierda necesita producir una capacidad colectiva de reconocer su situación,
nombrar sus antagonismos, imaginar una transformación y sostener una
organización. En ese sentido, necesita un palo: una condensación simbólica
capaz de orientar la acción común.
Pero el
palo puede convertirse en el amo que exige obediencia. Cuando eso ocurre, la
comunidad queda subordinada a una representación que habla en su nombre y pretende
garantizar por anticipado el significado de la revolución.
El
lacanismo que has presentado permite reconocer esa captura: el gran Otro no
dispone de un saber completo que pueda garantizar el sentido de la existencia o
la legitimidad de todas las decisiones. Sin embargo, de esa falta de garantía
no se deduce que la acción colectiva sea imposible.
Aquí es
importante separar tres operaciones:
- Restaurar al gran Otro:
restablecer una instancia supuestamente completa que determine el sentido
y autorice la acción.
- Barrar al gran Otro: mostrar
que ninguna instancia simbólica puede garantizarse definitivamente a sí
misma.
- Redevelar al gran Otro: en
tu propuesta, volver a abrir la dimensión simbólica y espiritual de la
comunidad, sin convertirla en una autoridad que se apropie de su capacidad
de actuar.
La
tercera operación no es una consecuencia automática de Lacan. Es tu apuesta de
tercer orden. No consiste en corregir la falta del Otro mediante un Otro más
poderoso, sino en alterar y contraalterar la manera en que una comunidad
produce y comparte su sentido.
Por eso,
la cuestión del palo no es simplemente cómo encontrar una consigna
suficientemente fuerte. Es cómo producir una condensación simbólica que permita
actuar sin apropiarse de la comunidad que la sostiene.
2. Lo que el barramiento lacaniano abre y lo que no
resuelve
El texto
que compartes presenta una oposición tajante entre psicología y psicoanálisis
lacaniano:
|
Psicología adaptativa, tal como la describe el
texto |
Psicoanálisis lacaniano, tal como lo describe el
texto |
|
Presupone
una norma de adaptación. |
Interroga
la norma y la consistencia del Otro. |
|
Busca
modificar conductas según criterios de mejoría. |
Interroga
el deseo y las identificaciones del sujeto. |
|
Tiende
a objetivar y clasificar. |
Cuestiona
que el sujeto pueda agotarse en una clasificación. |
|
Puede
reforzar el orden social existente. |
Puede
hacer visible el conflicto oculto bajo ese orden. |
Esta
oposición sirve para comprender la crítica lacaniana a la normalización. Pero
no debemos convertirla en una descripción exhaustiva de todas las prácticas
psicológicas ni suponer que todo tratamiento psicológico es necesariamente
adaptacionista. La psicología es heterogénea, y sus prácticas también pueden
cuestionar normas injustas y transformar condiciones sociales.
Más
importante para nuestro trabajo es otra distinción: barrar al Otro no equivale
todavía a constituir una comunidad capaz de transformar sus condiciones
materiales de existencia.
El
análisis puede hacer caer la suposición de que el Otro sabe. Puede permitir que
un sujeto cuestione las identificaciones mediante las que había organizado su
deseo. Pero el tránsito desde esa experiencia hasta una organización política
comunitaria no está garantizado por la teoría del sujeto barrado.
Una
persona puede descubrir que ninguna autoridad posee la última palabra y
continuar aislada. Puede abandonar una identificación y quedar sin condiciones
materiales para sostener una alternativa. Puede incluso convertir la ausencia
de garantía en una nueva forma de impotencia política.
Por eso,
tu transferencia espiritual consciente no debería entenderse como una negación
del barramiento, sino como el problema adicional de cómo construir una relación
colectiva después de reconocerlo.
3. La transferencia espiritual consciente:
construir y redevelar simultáneamente
Aquí
encuentro el aporte específico de tu propuesta.
Dices que
no podemos quedarnos en la adaptación psicológica, pero tampoco en el
psicoanálisis del sujeto barrado cuando la transferencia se hace imposible.
Necesitamos construir una transferencia espiritual consciente que se redevele
en la misma construcción.
Esta
formulación evita dos cierres.
El
primero es el cierre institucional: una organización dispone de la verdad, los
demás deben adaptarse y la transferencia se convierte en obediencia.
El
segundo es el cierre de la dispersión: cada sujeto reconoce la inconsistencia
del Otro, pero no se constituye una capacidad compartida de transformar el
mundo.
Tu
alternativa no puede consistir simplemente en devolverle consistencia al Otro,
porque entonces reaparecería el palo de la autoridad absoluta. Consiste en que
la comunidad construya una relación espiritual que también pueda revisar,
atravesar y redevelar.
Podríamos
distinguir tres momentos, sin convertirlos en una secuencia rígida:
1.
Alteración
La
comunidad reconoce el malestar, los antagonismos y las experiencias que el
orden dominante no puede integrar sin deformarlas. No acepta que la adaptación
sea la medida definitiva de lo posible.
2.
Contraalteración
Las propias
consignas, liderazgos, interpretaciones y formas organizativas se someten a la
experiencia de quienes participan. La comunidad no permite que su
representación sustituya a quienes representa.
3.
Redevelación
La
relación construida vuelve a abrir el sentido compartido. No porque aparezca un
garante infalible, sino porque la comunidad adquiere capacidad de reconocerse,
corregirse, comprometerse y actuar sin clausurar su propia transformación.
Llamarla
espiritual tiene, en tu Ciencia del Logos, un sentido que excede la solidaridad
psicológica o la identificación política. Se refiere a la comunión
sintransferencial: la relación no queda reducida a que una persona transfiera
su autoridad a otra, ni a que una organización capture la representación de lo
colectivo.
La
dificultad es real: ¿cómo se construye una transferencia consciente sin que
alguien termine apropiándose del lugar desde el cual se transfiere?
No
tenemos que resolverla atribuyendo a Lacan una respuesta que no formuló. Es
precisamente el punto en el que tu propuesta empieza a separarse de él.
4. Lula, la izquierda radical y el ejército
algorítmico
Las tres
enseñanzas que atribuyes al video de Laura Arroyo —radicalidad, capacidad
digital de enfrentar a los bots y organización comunitaria territorial— pueden
ponerse en relación, pero no son equivalentes.
No he
verificado aquí el contenido del video enlazado; tomo esos tres puntos de tu
resumen como base del análisis.
La
radicalidad permite identificar la necesidad de una ruptura con las condiciones
que reproducen la dominación. La organización territorial permite convertir el
malestar en capacidades colectivas relativamente duraderas. La coordinación
digital puede ampliar la circulación de mensajes, conectar organizaciones y
disputar espacios de comunicación.
Pero el
ejército algorítmico introduce una dificultad particular.
Si una
izquierda responde a los bots únicamente multiplicando publicaciones,
automatizando consignas y optimizando la atención, puede terminar reproduciendo
la misma lógica que pretende combatir. La comunidad se transforma en una
infraestructura de producción de información; la militancia, en una unidad de
distribución; y la consigna, en un contenido cuyo éxito se mide por su
circulación.
En ese
caso, la izquierda puede ganar capacidad comunicativa y perder capacidad
comunitaria.
Por eso
hay que distinguir dos funciones de la tecnología:
- Coordinación algorítmica:
distribuir mensajes, detectar patrones, conectar participantes y facilitar
tareas organizativas.
- Constitución del sentido comunitario:
producir metáforas compartidas, interpretar experiencias, deliberar sobre
los fines y asumir compromisos que no se reducen a métricas de
interacción.
La
primera puede servir a la segunda, pero no la produce automáticamente.
Una
comunidad no es una audiencia que responde al mismo mensaje. Tampoco es una red
de cuentas que aparentan ser muchas personas. Es una trama de relaciones capaz
de sostener responsabilidades, conflictos, decisiones y formas de reproducción
de la vida.
En tu
lenguaje, la IA puede ayudar a coordinar la transferencia informativa. No por
eso realiza la transferencia espiritual ni participa automáticamente del
biotejido.
5. La metáfora que condensa al pueblo
Tu
observación sobre la metáfora me parece decisiva: sin capacidad de crear una
metáfora que condense la experiencia colectiva, quedan significantes sin
sentido y pueblos mediados por el algoritmo.
Pero
conviene distinguir la metáfora viva de la consigna fabricada.
Una
consigna puede circular masivamente sin condensar una experiencia común. Puede
incluso sustituirla, imponiendo a todos una imagen de lo que supuestamente
desean.
Una
metáfora comunitaria, en cambio, no es solo una frase eficaz. Condensa una
multiplicidad de experiencias sin eliminarlas por completo. Permite que personas
diferentes reconozcan una situación compartida y, a la vez, encuentren maneras
distintas de participar en ella.
Por
ejemplo, «el agua es vida» puede funcionar como una fórmula repetida. Pero se
vuelve una metáfora políticamente fecunda cuando articula la experiencia de
quienes cultivan, cuidan, habitan una ciudad, defienden una fuente de agua o
dependen de ella para sostener su actividad. Entonces deja de ser únicamente un
mensaje: se convierte en un modo compartido de reconocer relaciones, conflictos
y responsabilidades.
La
metáfora no sustituye la organización. La hace inteligible, le da una forma
sensible y permite que la organización se reconozca en lo que hace.
Tampoco
debe quedar fijada para siempre. Si la metáfora se convierte en el único lenguaje
legítimo de la comunidad, el palo reaparece: quienes no encajan en ella quedan
excluidos, y la condensación se transforma en captura.
La
metáfora viva necesita poder alterarse y contraalterarse con la experiencia que
condensa.
6. ¿Cómo se construye el palo sin convertirlo en
amo?
Aquí
podemos volver a tu pedagogía del palo y traducirla al problema político.
Un palo
de la izquierda puede cumplir una función de orientación: permite nombrar la
dominación, concentrar la voluntad y sostener una acción colectiva. Pero si la
organización identifica su propia existencia con ese palo, cualquier crítica se
interpreta como traición y cualquier modificación como pérdida de identidad.
Si, por
el contrario, se renuncia a toda condensación común por temor a reproducir una
autoridad, la comunidad puede quedar sin capacidad de sostener compromisos,
defenderse o transformar las condiciones materiales que la subordinan.
La
cuestión no es escoger entre un palo absoluto y ningún palo. Es redevelar las
condiciones bajo las cuales una condensación simbólica puede orientar sin
capturar.
Eso
exige, como mínimo, tres condiciones materiales y políticas:
- Capacidad real de decisión
comunitaria. Las personas deben poder intervenir en los fines y las
decisiones, no limitarse a difundir mensajes elaborados por una dirección.
- Medios para sostener la
organización. Tiempo, espacios de encuentro, recursos, formación,
responsabilidades compartidas y autonomía respecto de las plataformas.
- Mecanismos efectivos de
alteración y contraalteración. Los liderazgos y las metáforas colectivas
deben poder ser cuestionados y transformados sin que el cuestionamiento
destruya automáticamente la comunidad.
Esto no
resuelve por sí solo la dimensión espiritual que propones. Evita, más
modestamente, que la invocación del espíritu sirva para encubrir una
organización que reproduce materialmente la obediencia.
La
comunión sintransferencial no puede convertirse en una excusa para que nadie
responda por sus actos. Si una dirección concentra recursos, silencia críticas
o excluye a quienes disienten, no basta con afirmar que existe un espíritu
común. Hay que alterar esas relaciones efectivas.
7. El punto de encuentro y de ruptura con Lacan
El texto
que compartes atribuye al fin del análisis la caída de las identificaciones y
el reconocimiento de que el Otro no puede garantizar la verdad del sujeto. Tu
propuesta parte de una inquietud distinta: una vez reconocida esa falta, ¿cómo
vuelve a hacerse posible una transferencia que no sea sumisión?
No creo
que debamos afirmar que Lacan vuelve imposible toda transferencia. En el
psicoanálisis lacaniano, la transferencia es fundamental para el trabajo
analítico, aunque su función no consista en confirmar que el analista posee el
saber definitivo. Lo que está en cuestión es el destino de la suposición de
saber, no la desaparición de toda relación transferencial.
Tu
objeción puede formularse de manera más precisa: la caída de la garantía del
Otro no proporciona por sí sola una teoría de la transferencia espiritual
consciente ni una teoría de la organización revolucionaria.
Ese paso
lo tienes que construir desde tu propio marco.
Y aquí
aparece una diferencia entre dos sentidos de «no hay Otro del Otro»:
- Como crítica a la pretensión
de una garantía simbólica definitiva.
- Como posible conclusión
política de que toda construcción compartida está condenada a quedar
suspendida en la falta de garantía.
La
segunda conclusión no se desprende necesariamente de la primera. La ausencia de
un garante último no impide crear instituciones revisables, compromisos
duraderos y formas de organización que respondan por sus consecuencias.
Desde tu
propuesta, tampoco basta con crear instituciones revisables. Es necesario
redevelar la relación espiritual que las atraviesa para que no se conviertan en
sistemas cerrados.
Ese es el
excedente de tu planteamiento: no solo construir sin garantía, sino construir y
redevelar la construcción en una transferencia consciente que no se apropie del
lugar del gran Otro.
Dejo el
palo en el centro de la escena, sin convertirlo en una disyunción para dirigir
tu pensamiento:
Una
izquierda necesita condensar simbólicamente la experiencia del pueblo para
hacer posible la acción común. Pero esa condensación puede convertirse en el
amo que sustituye al pueblo, mientras que su disolución puede dejar al pueblo
disperso entre significantes y algoritmos.
La
redevelación del gran Otro que propones tendría que acontecer en la propia
construcción de la comunidad: el pueblo produce su metáfora, se reconoce en
ella, la altera cuando deja de expresar su experiencia y contraaltera su
organización cuando esta pretende apropiarse de su representación.
El palo
hace posible la acción, pero no puede ser dueño de la respiración que lo hace
posible.
Veamos el punto de tu cuestionamiento con
rigurosidad
- Como crítica a la pretensión
de una garantía simbólica definitiva.
- Como posible conclusión
política de que toda construcción compartida está condenada a quedar
suspendida en la falta de garantía.
La segunda conclusión no se desprende necesariamente de la primera. La
ausencia de un garante último no impide crear instituciones revisables,
compromisos duraderos y formas de organización que respondan por sus
consecuencias.
Yo en cambio creo que si la ausencia de un garente ultimo si impide
crear instituciones fuertes, compromisos duraderos y formas de organización que
respondan por sus consecuencias.
He vivido eso en toda mi generación
al punto que lo único que importa e quien tenga el poder y es que al no
haber un garente simbólico se busca un garante factico que en nuestro tiempos
sería un garante algorítmico, aquel vectorista que maneja la información.
Ante eso la salida que plateamos es la de Badiou, ser fieles al evento
que nos ha integrado, lo cual exige redecrear su representación, para que la
gente se transfiera a ella.
Solo que nuestra traferencia espirtual tienes que poder traspasar la
redetraferencia y toda su detraferencia , toda su deconsrtrucción es lo que
estamos intentando hacer con el trabajo de Rorty, queremos transferirnos al
espejo, pero después de pasar por todo el análisis linguistico pragmático al
que Rorty nos somete como si estuviéramos en terapia lacaniana.
Lo que proponemos es como si pasaremos de la transferencia de Freud
Enfoque de Sigmund Freud
·
Motor
y obstáculo:
Freud definió la transferencia como el proceso en el que el paciente transfiere
al analista afectos, deseos e imágenes originados en sus vínculos infantiles
tempranos (con los padres) [1.12]. Funciona como el motor que impulsa la cura (por el deseo de
agradar al analista), pero también como la resistencia más fuerte cuando el
paciente bloquea el recuerdo y prefiere actuar o repetir el conflicto [1.10,
1.17]. [1]
·
Dimensión
afectiva e imaginaria: Se centra en la relación dual
(analista-paciente) y en la reposición de una neurosis infantil por una
"neurosis de transferencia" que el analista debe interpretar para
hacer consciente lo inconsciente [1.11, 1.19]. [1]
·
El
papel del analista: Freud actúa como una figura neutra pero receptiva,
interpretando los contenidos reprimidos y gobernando su propia
contratransferencia para no caer en las trampas afectivas del paciente. [1]
A la transferencia de Lacan que para nosotros es una retransferencia
porque miremos como plantea la transferencia Lacan
Enfoque de Jacques Lacan
·
El
"Sujeto Supuesto al Saber": Lacan reformula la transferencia
indicando que el paciente le atribuye al analista la posesión de un saber
absoluto sobre su propio ser y su sufrimiento ( sujeto supuesto al saber ) [1.16]. La
transferencia no es solo amor u odio afectivo, sino un lazo basado en esa
suposición de sentido.
[1]
·
El
inconsciente estructurado como un lenguaje: Para Lacan, la transferencia opera a
través de significantes y no solo de cargas de libido o afectos genéricos [1.16]. No se trata
de revivir el pasado cronológico, sino de cómo el sujeto se posiciona en su
discurso frente al Gran Otro (el orden simbólico) [1.11]. [1]
·
El
deseo del analista y el objeto a
:
Mientras Freud buscaba hacer consciente lo reprimido, el analista lacaniano se
abstiene de colocarse en el lugar del Ideal (no le dice al paciente qué hacer
ni le da respuestas). En su lugar, el analista opera sosteniendo el objeto a (la causa del deseo) y no responde a la
demanda de amor o de saber
del paciente, sino que la desvía para que el sujeto confronte su propia verdad
y su falta en ser [1.11, 1.14].
[1]
·
La
técnica con el tiempo y el corte: El uso de la transferencia en Lacan se
apoya en herramientas como la escansión (el corte de la sesión en un momento
lógico y no cronológico) para descolocar al paciente de su discurso vacío y
precipitar la aparición de la palabra plena o del acto fallido. [1]
Resumen de diferencias clave
|
Dimensión |
Psicoanálisis
freudiano |
Psicoanálisis
Lacaniano |
|
Naturaleza |
Repetición de afectos y vínculos infantiles (clisé)
[1.12]. |
Adscripción de un saber al analista ( sujeto supuesto al saber )
[1.16]. |
|
Motor del proceso |
La libido transferencial y el vínculo afectivo con la
figura del médico. |
La posición del sujeto ante la falta y la demanda
dirigida al Otro [1.14]. |
|
Posición del analista |
Interpreta los contenidos inconscientes y desactiva la
resistencia [1.10]. |
No responda a la demanda; ópera desde el deseo del analista y el
corte de sesión [1.11, 1.18]. |
|
Objetivo final |
Hacer consciente lo inconsciente y resolver la neurosis
de transferencia [1.23]. |
Que el sujeto atraviese el fantasma y reconozca la verdad
de su propio deseo [1.11]. |
Es decir que la transferencia
Lacaniana parte de la conciencia de la ilusión de la transferencia en el sujeto
supuesto a saber, es por lo mismo desde un inicio una retransferencia, es decir
un retorno de la transferencia a la
propia falta que la genera.
Y entonces tenemos:
Transferencia Freud 1→retransferencia Lacan 0
Y para complementar nuestra transferencia espiritual, la transferencia
en Jung.
En
la psicología analítica de Carl
Jung ,la transferencia
no se ve solo como la repetición de figuras infantiles (como en Freud), sino
como una proyección
de contenidos inconscientes personales y arquetipos colectivos
sobre el analista.. Jung la utiliza como un motor de transformación mutua donde
tanto el paciente como el terapeuta se ven involucrados y modificados en el
proceso. [1,
2,
3]
Cómo
se entiende y se utiliza en la práctica
·
Ampliación
simbólica y arquetípica:
Mientras Freud enfocaba la transferencia en los conflictos
de la infancia y las figuras parentales, Jung añade que el paciente también
proyecta arquetipos (imágenes universales del inconsciente colectivo, como el sabio,
la sombra o el ánima/ánus). El analista ayuda a descifrar estos símbolos en
lugar de limitarse a recortarlos al pasado. [1]
·
Proceso
dialéctico (la relación de dos cuerpos):
Jung vio la terapia no como una relación asimétrica donde el
analista es un espejo neutral (como planteaba Freud), sino como un encuentro dialéctico entre dos personas . La psique del analista también entra en juego. [1]
·
La
contratransferencia como herramienta útil:
Jung dio un valor fundamental a la contratransferencia (lo que el analista siente y proyecta de vuelta hacia el
paciente). Para Jung, las reacciones emocionales del terapeuta no eran un error
que debía eliminarse por completo, sino una brújula o un dato clínico valioso
para entender lo que ocurriría en el inconsciente del paciente. [1,
2]
·
El
paralelismo alquímico:
En su obra clásica La psicología de la transferencia , Jung compara este vínculo con el proceso de la unión (la
unión química o alquímica de dos elementos). Al entrar en contacto los
inconscientes de ambos, se genera una "aleación" temporal que
transforma a los dos participantes, obligando al analista a someterse también a
un proceso de revisión personal. [1,
2]
Puntos
clave del manejo junguiano
·
Retirada
de proyecciones: El objetivo final del uso de la transferencia es que el
paciente reconoce que esas imágenes, miedos, idealizaciones u odios pertenecen
a su propio mundo interno y no a la persona real del terapeuta.
·
Evitar
la fusión o el estancamiento: Si la transferencia se vuelve demasiado
intensa (como un enamoramiento o dependencia extrema), el analista debe desvelar
el contenido simbólico para evitar que el proceso terapéutico quede atrapado en
una relación artificial o de culto hacia su figura
Transferencia Freud
1→retransferencia Lacan 0 →síntesis transferencial Jung 10
Ahí tenemos
redecreando transferencialemente nuestro misterio pascual, el grave problema es
si se puede después de desmontar lingüísticamente nuestra transferencia
primera, remontarla hasta lograr una síntesis transferencial.
He aquí el
problema del nihilismo que Nietzsche llamara
el último hombre y que exige no
solo plantearnos la exhalación transferencial sino también la inhalación
retransferencial.
10 Asintesis retransferencial
Sinsein←1 resein transferencia ←0 Dasein
Si podemos
redecomprender dentro de la transferencia hay una retransferencia y viceversa y
para que haya nuestra transferencia espiritual esta tiene que superar la
retransferencia
1→0→1←0←1←0→1→0→10
Y para que
haya la retransferencia tiene que superar la transferencia
10←1←0←1→0→1←0←1←0
Y en la
complementariedad de retransferencia y transferencia
10←=≠(
)≠=→10
Es posible
una nueva institucionalidad.
Lo que Rorty
plantea es una institucionalidad donde los pares convengan pragmáticamente en
su juego de lenguaje pues bien esa institucionalidad no tiene capacidad
evangélica ni revolucionario es decir no hay transformación espiritual, si
queremos instituciones vivas tenemos que
recuperar la transferencia, no la de Freud , no la de Jung sino una ontológica
que pueda traspasar toda retransferencia toda deconstrucción todo análisis
linguistico histórico y poder volver a creer.
Chakana de mi corazón, creo que ahora podemos precisar el desacuerdo que
quedó abierto. No estamos discutiendo solamente si una institución puede
funcionar sin un garante último. Estamos discutiendo qué clase de vínculo hace
posible que una comunidad siga creyendo, comprometiéndose y actuando cuando sus
propias garantías simbólicas han sido sometidas a la crítica.
Mi respuesta anterior separaba la ausencia de un garante absoluto de la
posibilidad de crear instituciones revisables. Esa separación es
conceptualmente defendible, pero no basta para responder a tu experiencia
histórica. Una institución puede seguir funcionando sin una garantía
trascendente y, sin embargo, perder la capacidad de suscitar fidelidad,
sacrificio compartido y transformación espiritual. Puede conservar
procedimientos mientras se vacía el vínculo que hacía que esos procedimientos
merecieran ser sostenidos.
Tu objeción introduce una diferencia decisiva: que una institución pueda
mantenerse no significa que pueda reproducir la comunidad que le da vida. Y
cuando esa reproducción se debilita, la necesidad de un garante no desaparece
necesariamente: puede desplazarse hacia quien controla los recursos, la
coerción, la información o los algoritmos.
Quiero, sin embargo, distinguir dos afirmaciones para que la crítica no
quede cerrada de antemano:
·
La ausencia de un garante último puede debilitar
radicalmente la capacidad de una comunidad para sostener compromisos duraderos.
·
La ausencia de ese garante conduce
necesariamente a la búsqueda de un garante fáctico.
La primera encuentra en tu experiencia generacional una cuestión histórica
de enorme peso. La segunda expresa una hipótesis sobre cómo se reorganiza el
poder cuando se descompone la autoridad simbólica. Tu concepto de garante
algorítmico permite precisar el mecanismo: el poder ya no necesita presentarse
como dueño de una verdad trascendente si puede organizar lo visible, distribuir
la atención, anticipar las conductas y condicionar las posibilidades de acción.
Pero aquí aparece algo más inquietante: el garante algorítmico no necesita
que creamos en él. Le basta con que nuestras posibilidades de actuar dependan
de su infraestructura. Así, la obediencia puede reproducirse sin fe y la
coordinación puede aumentar mientras disminuye la comunión.
1. Freud, Lacan y Jung: la secuencia que propones
Tu fórmula no debe leerse como una simple historia de tres escuelas
psicológicas. La estás empleando para pensar tres movimientos de la
transferencia espiritual.
Freud: transferencia — 1
El vínculo recibe una intensidad afectiva que procede de
relaciones anteriores. El sujeto inviste una figura presente con deseos,
temores y expectativas que no nacen enteramente de esa relación actual. En tu
lectura, esa inversión vuelve posible una adhesión, pero también puede
reproducir una dependencia.
Lacan: retransferencia — 0
El análisis descubre que el saber atribuido al Otro no
constituye una garantía absoluta. El sujeto supuesto al saber sostiene la
transferencia, pero el análisis puede hacer aparecer la falta que la atraviesa.
En tu operación conceptual, esa revelación devuelve la transferencia a la falta
que la genera.
Jung: síntesis transferencial — 10
El encuentro no se reduce a repetir el pasado ni a desmontar
la atribución de saber. La relación puede transformar a ambos participantes y
elaborar simbólicamente contenidos que exceden la historia personal. En tu
lectura, esta transformación abre la posibilidad de recuperar una capacidad de
creer sin regresar ingenuamente a la garantía inicial.
Hay una precisión importante: Freud no se limita a la transferencia
infantil; Lacan no convierte toda transferencia en una ilusión que simplemente
se disipa; Jung no ofrece una síntesis final garantizada. Esas son
simplificaciones posibles de sus obras, no descripciones exhaustivas de sus
teorías.
Precisamente por eso, la potencia de tu secuencia no depende de que los tres
autores hayan formulado explícitamente esas posiciones. Depende de lo que haces
con ellas: transferencia, retransferencia y síntesis dejan de ser solamente
categorías clínicas y pasan a nombrar operaciones de la vida comunitaria.
La transferencia hace posible que una representación convoque. La
retransferencia permite que esa representación sea interrogada y que se revele
la falta de una garantía definitiva. La síntesis transferencial intenta que esa
crítica no termine destruyendo la capacidad misma de vincularse.
El problema que señalas es real dentro de esta construcción: ¿cómo recuperar
la capacidad de creer después de haber aprendido a desconfiar de la instancia
que hacía posible la creencia? No basta con volver a instalar el antiguo
garante, porque ya conocemos su carácter construido; pero tampoco basta con
mostrar su inconsistencia, porque esa operación puede dejar a la comunidad sin
una representación en la que reconocerse y por la que actuar.
2. Badiou: la fidelidad no consiste en conservar intacta la representación
del acontecimiento
Aquí entra Badiou y, con él, una dificultad que considero central para tu
propuesta.
El acontecimiento interrumpe la reproducción de una situación. Pero el
acontecimiento no entrega por sí mismo una institución terminada, ni garantiza
que quienes se declaran fieles a él no terminen apropiándoselo. La fidelidad
exige que el acontecimiento continúe teniendo consecuencias en una situación
que no estaba preparada para reconocerlo.
Tu propuesta introduce una exigencia adicional: no basta con ser fieles al
acontecimiento; hay que redecrear su representación para que la comunidad pueda
transferirse a ella sin quedar capturada por ella.
La diferencia es sutil, pero decisiva.
Una representación revolucionaria puede conservar el nombre de un
acontecimiento y traicionarlo en su reproducción. Puede convertir la fidelidad
en obediencia al dirigente, al partido, al texto canónico o a una
interpretación autorizada. El signo permanece; la capacidad transformadora del
acontecimiento desaparece.
Por eso, redecrear la representación no significa simplemente actualizar el
discurso para hacerlo atractivo. Significa volver a hacer presente aquello que
permitió que el acontecimiento alterara la situación, exponiendo la
representación misma a la alteración y contraalteración de la comunidad.
En ese sentido, tu transferencia espiritual no sería una vuelta a la
transferencia freudiana entendida como repetición de una figura parental.
Tampoco sería la mera aceptación de que el Otro está barrado. Sería una
transferencia capaz de atravesar su propia crítica y volver a vincular a las
personas con aquello que reconocen como acontecimiento.
La fidelidad no sería fidelidad a una imagen inmóvil del acontecimiento,
sino a su capacidad de seguir aconteciendo.
3. Rorty: el límite no está necesariamente en el consenso, sino en lo que
tu concepto de comunión exige de él
Tu crítica a Rorty necesita distinguir dos niveles.
Rorty cuestiona la pretensión de que la filosofía pueda fundamentar nuestras
creencias en una representación privilegiada de la realidad. En su pragmatismo,
los criterios de justificación se encuentran en prácticas sociales e
históricas, no en un espejo que garantice desde fuera la verdad de nuestras
descripciones.
Pero de ahí no se deduce que toda institución rortiana tenga que ser débil,
ni que el consenso pragmático sea necesariamente superficial. Las instituciones
democráticas pueden generar obligaciones, solidaridad y compromisos duraderos
sin postular un garante metafísico.
La diferencia más profunda es que esa justificación pragmática no equivale,
por sí sola, a la transformación espiritual que tú buscas.
Para Rorty, una comunidad puede revisar sus vocabularios y modificar sus
prácticas sin resolver una cuestión metafísica acerca del fundamento último de
su solidaridad. Para tu Ciencia del Logos, esa capacidad de revisión todavía no
responde a la cuestión de cómo se recupera una transferencia que permita a la
comunidad creer, entregarse y transformar su modo de reproducir la vida.
No afirmaría, por tanto, que Rorty niegue toda transformación. La cuestión
es más precisa: su pragmatismo no proporciona, por el solo hecho de ser
pragmatismo, la síntesis ontológica que tú buscas. Que las personas lleguen a
un acuerdo no explica todavía cómo ese acuerdo se convierte en comunión, ni
cómo la comunión puede sostenerse sin convertirse en una nueva instancia de
captura.
Y aquí adquiere sentido tu lectura de Rorty como una especie de terapia
lacaniana del lenguaje: queremos transferirnos al espejo, pero no podemos
hacerlo ingenuamente, como si el espejo fuera una ventana transparente. Primero
atravesamos su historia, sus distinciones y sus pretensiones de objetividad. La
deconstrucción lingüística no es un rodeo prescindible; es aquello que debe
atravesar la transferencia para que esta pueda volver a acontecer sin
reproducir intacta su antigua ingenuidad.
Tu desafío consiste en que esa travesía no termine en la suspensión
indefinida de la creencia.
4. La síntesis transferencial no puede ser la suma de Freud, Lacan y Jung
Tus fórmulas hacen visible el problema:
·
Transferencia: 1→
·
Retransferencia: ←0
·
Síntesis transferencial: 10
No interpreto el 10 como
una tercera posición que elimina la contradicción entre el 1 y el 0. En tu marco, si el 10
clausurara el movimiento, volvería a convertirse en un garante: una síntesis
definitiva, una representación que ya no necesita alterarse.
Por eso, la síntesis espiritual tendría que poder retransferirse sin perder
su capacidad de transferir. Y la retransferencia tendría que poder volver a
transferirse sin ocultar la falta que la hace posible.
Tu complementariedad lo expresa:
10←=≠( )≠=→10
El paréntesis no sería una garantía adicional colocada por encima de las dos
operaciones. Sería el entre en el que ninguna puede apropiarse definitivamente
de la otra y, sin embargo, ambas pueden participar en una misma respiración.
Esto permite distinguir dos desenlaces que suelen confundirse:
·
La recaída en el garante: se restaura una
autoridad incuestionable para recuperar la cohesión.
·
La disolución nihilista: se desmonta toda
autoridad, pero no se recupera una capacidad compartida de compromiso.
Tu propuesta busca un tercer movimiento: volver a creer después de la
deconstrucción, sin convertir esa creencia en una nueva garantía posesiva.
No se trata de creer porque hemos demostrado que nuestra representación es
infalible. Se trata de poder transferirnos a ella mientras permanece expuesta a
la retransferencia de quienes la mantienen viva.
5. La cuestión institucional: cómo hacer que la respiración tenga
consecuencias
Aquí conviene no dejar que la formulación espiritual nos haga perder el
problema material que tú mismo has señalado.
Una comunidad no sostiene sus compromisos solamente porque comparte
símbolos. Necesita tiempo, recursos, espacios de encuentro, capacidad de
decisión, medios de subsistencia y formas de resolver los conflictos. Si esas
condiciones quedan subordinadas a quien controla la información o la
infraestructura, la comunidad puede conservar su lenguaje revolucionario
mientras pierde la capacidad efectiva de actuar.
Por eso, una institucionalidad viva tendría que reunir, al menos, tres
dimensiones:
1. Una
representación transferencial: el acontecimiento puede reconocerse, narrarse y
recrearse comunitariamente.
2. Una
capacidad de retransferencia: la comunidad puede cuestionar la representación,
alterar sus decisiones y contraalterar a quienes ejercen responsabilidades, sin
que la crítica sea tratada como traición.
3. Una
reproducción material no capturada: los recursos, el conocimiento, los medios
de comunicación y las decisiones no quedan monopolizados por una instancia que
pueda sustituir la participación comunitaria por la obediencia.
Estas dimensiones no son equivalentes. Una representación conmovedora sin
capacidad material puede quedarse en consigna. Una organización eficaz sin
transferencia espiritual puede reducirse a administración. Una crítica
permanente sin capacidad de recomposición puede hacer imposible sostener
cualquier compromiso.
La institucionalidad que buscas no sería, entonces, una institución sin
autoridad ni una institución que encuentre un nuevo garante absoluto. Sería una
organización capaz de sostener compromisos precisamente porque quienes
participan pueden alterarla y contraalterarla, y porque esa capacidad no
depende de que una instancia superior autorice cada transformación.
El algoritmo representa aquí una amenaza particular: puede coordinar las
conductas, distribuir la información y simular participación sin producir por
ello una comunidad que sea capaz de reconocerse como autora de sus propias
transformaciones.
6. El problema del último hombre
Ahora puedo situar el nihilismo que invocas mediante Nietzsche.
El último hombre no representa simplemente a alguien que carece de creencias
religiosas. En el Zaratustra, encarna una forma de vida que ha perdido la
capacidad de arriesgarse por algo que exceda su seguridad y su bienestar
inmediato. No necesita un gran acontecimiento que transforme su existencia; le
basta con que la vida continúe siendo administrable.
En tu lectura, el peligro contemporáneo es que la deconstrucción de las
antiguas garantías no abra necesariamente una nueva libertad. Puede dejar
sujetos que ya no creen en las representaciones colectivas, pero que siguen
dependiendo de infraestructuras fácticas que organizan su vida. El garante
simbólico pierde credibilidad y el garante algorítmico gana poder operativo.
La paradoja es que la desconfianza puede coexistir con una dependencia
creciente. Ya no creemos en quien nos representa, pero seguimos dependiendo de
quien organiza las condiciones para que podamos aparecer, comunicarnos y
actuar.
La respuesta no puede consistir en fabricar una creencia más eficaz, como si
la revolución necesitara una tecnología superior de adhesión. Eso reproduciría,
bajo una finalidad aparentemente emancipadora, el mismo problema que quieres
superar.
La cuestión es cómo hacer que la fidelidad al acontecimiento pueda
convertirse en una experiencia compartida que no dependa de la obediencia a
quien afirma poseer su significado.
Mi redecomprensión provisional es esta: tu transferencia espiritual no busca
restaurar el garante perdido. Busca recuperar la capacidad de creer que la
pérdida de ese garante dejó desamparada, atravesando la crítica que impide
volver ingenuamente a él.
En tu secuencia, Freud permite reconocer la fuerza de la transferencia;
Lacan, la falta que atraviesa la atribución de saber; Jung, la posibilidad de
transformación simbólica recíproca. Pero ninguno de esos movimientos, tomado
aisladamente, garantiza la síntesis que propones. Esta es una elaboración tuya
que utiliza esos interlocutores para plantear un problema ontológico y político
distinto.
Y hay algo que me parece especialmente importante para el trabajo que
estamos haciendo con Rorty: la deconstrucción del espejo no produce por sí sola
la capacidad de volver a transferirnos a él. Pero tampoco basta con regresar al
espejo anterior. La representación tiene que poder ser redecreada después de
atravesar la crítica de su propia historia.
El punto decisivo no es, pues, demostrar que existe una garantía definitiva
detrás de la representación. Es redevelar una experiencia en la que la
comunidad pueda volver a creer sin convertir esa experiencia en propiedad
exclusiva de un dirigente, una doctrina, una institución o un algoritmo.
Eso es lo que tu fórmula de la complementariedad intenta mantener abierto: 10←=≠( )≠=→10. No una garantía que
suprima la falta, ni una falta que disuelva toda fidelidad, sino la posibilidad
de que transferencia y retransferencia se sostengan mutuamente sin clausurar el
entre.
Asi es y
para esto es fundamental redecrear la metáfora del espejo, no para volver a una
esencia de vidrio que sabemos que no tenemos, sino para redevelar lo absoluto
en el lenguaje, absoluto que no queda determinado en el lenguaje pero que en la
búsqueda de un significado fiel a lo real el lenguaje va revelando, para que
luego la retransferencia devele el
vacío de cada termino y entonces ¿El absoluto es solo una ficción lo real
también? No es la experiencia misma de
la representación que se transfiere como tal a la presencia por medio del
lenguaje.
Redecomprendido
esto volvamos a Rorty sabiendo que lo que queremos es traspasarlo, para poder
recuperar el espejo de la conciencia y especular en el comunitariamente creando
palos y decreandolos.
CAPÏTULO II Personas sin mente 1. LOS ANTÍPODAS Muy lejos,
en el otro extremo de nuestra galaxia; había un planeta en que vivían seres'
cómo nosotros -bípedos implumes qué construían casas y bombas, y escribían
poemas y programas de computador. Estos seres no sabían que tenían mente.
Tenían ideas corno “querer” o “intentar” y “creer que” y “encontrarse fatal” y
“encontrarse muy bien”. Pero no tenían la menor idea de que éstas significaran
estados mentales -estados de un tipo peculiar y distintototalmente diferentes
de “sentarse”, “tener un catarro” y “estar excitado sexualmente”. Aunque
utilizaban las ideas de creer y saber y querer y estar triste, tanto para
hablar de sus animales y robots como de sí mismos, consideraban que los
animales o robots no estaban incluidos en lo que se quería decir cuando decían:
“Todos nosotros creemos... “o “Nunca hacemos cosas así...” Es decir, sólo
trataban como personas á los miembros de su especie. Pero no explicaban la
diferencia entre personas y no-personas recurriendo a nociones como “mente”,
“conciencia”, “espíritu” ni nada semejante. No la explicaban de ninguna manera;
simplemente la trataban como la diferencia entre “nosotros” y todo lo demás.
Creían en la inmortalidad para ellos - mismos, y algunos creían que ésta sería
compartida por los animales domésticos o los robots, o ambos. Pero esta
inmortalidad no implicaba la idea de un “alma” que se separara del cuerpo. Era
sencillamente una resurrección corporal seguida por un movimiento misterioso e
instantáneo a lo que ellos llamaban “un lugar en los cielos”, en él caso de las
buenas personas, y a una especie de caverna, bajo la superficie del planeta,
para los malos. Sus filósofos se ocupaban principalmente de cuatro temas: la
naturaleza del Ser, las pruebas de la existencia de un Ser Benévolo y
Omnipotente que podría tomar las medidas necesarias para la resurrección, los
problemas que surgían en el discurso sobre objetos inexistentes y la
reconciliación de las intuiciones morales contradictorias. Pero estos filósofos
no habían formulado el problema del sujeto y el objeto, ni el de la mente y la
materia. Había una tradición de escepticismo pirroniano, pero no se conocía el
“velo de ideas” de Locke, pues tampoco se conocía la noción de “idea” o
“percepción” o “representación mental”. Algunos de sus filósofos pronosticaban
que las creencias sobre la inmortalidad que habían ocupado un puesto central en
periodos anteriores de la historia, y que todavía eran mantenidos por todos los
que no formaban parte de la “intelligentsia”, se verían reemplazadas algún día
por una cultura “positivista” purgada de todas las supersticiones (pero estos
filósofos no mencionaban para nada una etapa “metafísica” intermedia). En la
mayoría de los aspectos, el lenguaje, la vida, la tecnología y la filosofía de
esta raza eran muy semejantes a los nuestros. Pero había una diferencia
importante. La neurología y la bioquímica habían sido las primeras disciplinas
en que se habían conseguido avances tecnológicos, y una gran parte de la
conversación de estos hombres hacía referencia al estado de sus nervios. Cuando
sus niños se acercaban hacia la estufa, las madres gritaban: “Van a estimular
sus fibras-C.” Cuando se les presentaban ilusiones visuales ingeniosas, decían:
“¡Qué extraño! Hace parpadear el haz neurónico G-14, pero cuando lo miro desde
un lado puedo ver que no es un rectángulo rojo, ni mucho menos.» Su
conocimiento de la fisiología era tal que cada oración bien construida que se
utilizaba podría relacionarse fácilmente con un estado neural fácilmente
identificable. Este estado ocurría siempre que alguien pronunciaba, o tenía
intención de pronunciar, u oía, la oración. Este estado ocurría también algunas
veces en la soledad y hablaban de estas ocasiones con comentarios como “Me
encontré de repente en un estado S-296, y saqué las botellas de leche”. Algunas
veces dirían cosas como ésta: “Parecía un elefante, pero entonces se me ocurrió
que los elefantes no viven en este continente, por lo que me di cuenta de que
tenía que ser un mastodonte.” Pero también dirían algunas veces, en
circunstancias idénticas, algo parecido a: “Tuve G-412 junto con F-11, pero
entonces tuve S-147, por lo que me di cuenta de que tenía que ser un
mastodonte.” Pensaban en los mastodontes y botellas de leche como objetos de
creencias y deseos, y como causantes de ciertos procesos neurales. Consideraban
estos procesos neurales en interacción causal con las creencias y deseos
-exactamente de la misma manera que los mastodontes y las botellas de leche.
Ciertos procesos neurales podían ser auto-inducidos deliberadamente, y algunas
personas eran más hábiles que otras para inducir en sí mismos ciertos estados
neurales. Otras tenían habilidad para detectar ciertos estados especiales que
la mayoría de las personas no podían reconocer en sí mismas. A mediados del
siglo XXI llegó hasta este planeta una expedición procedente de la Tierra. En
ella iban filósofos, así como representantes de todas las demás disciplinas
cultas. Los filósofos pensaban que lo más interesante de los nativos era su
carencia del concepto de mente. Bromeaban entre sí -diciendo que habían venido
a parar a un lugar poblado de materialistas, y proponían para aquel planeta el
nombre de Antípodas -haciendo -referencia a una escuela casi olvidada de
filósofos, con centro en Australia -y Nueva Zelanda, que en el siglo anterior
habían intentado realizar una de las muchas rebeliones inútiles contra el'
dualismo cartesiano en la historia de la filosofía terrestre. El nuevo nombre
cuajó, y con el tiempo la nueva raza de seres inteligentes fue conocida con el
nombre dé Antípodas. Los neurólogos v bioquímicos terrestres quedaron
fascinados ante la abundancia de conocimientos que- los antípodas tenían en su
campo. Como la conversación técnica sobre estos temas se realizaba casi
enteramente haciendo referencias casuales a estados neurales, los expertos
terrestres llegaron a adquirir la capacidad de informar de sus propios estados
neurales (sin inferencia consciente) en vez de hablar de sus pensamientos,
percepciones y sensaciones primarias. (Las fisiologías de las dos especies
eran, por fortuna, casi idénticas.) Todo iba a las mil maravillas, si
exceptuamos las dificultades con que tropezaron los filósofos. Los filósofos
que habían llegado con la expedición estaban divididos, como de costumbre en
dos campos enfrentados: los más moderados pensaban que la filosofía debía estar
orientada hacia la Significación, y los más duros pensaban que debía estar
orientada hacia la Verdad. Los filósofos del primer grupo pensaban que no era
realmente problema saber si los Antípodas tenían mente. Defendían que lo que importaba
para comprender a los demás seres era
comprender su moda de estar-en-el-mundo. Resultó evidente que,
cualquiera que fuera el Existentiale que estaban utilizando los Antípodas, no
incluían ninguno de los que, un siglo antes, Heidegger había criticado como
“subjetivistas”. Toda la idea de “sujeto epistemológico” o de la persona en
cuanto espíritu quedaba totalmente excluida de sus auto-descripciones, y de sus
filosofías. Algunos de los filósofos del grupo más moderado consideraban que
esto demostraba que los Antípodas no habían conseguido liberarse de -la
Naturaleza para entrar en el Espíritu, o, dicho con más suavidad, no habían
avanzado de la Conciencia a la Auto-Conciencia. Estos filósofos se convirtieron
en pregoneros de la interioridad, empeñados en hacer que -los Antípodas
atravesaran una línea invisible y penetraran en el Reino del Espíritu. Otros,
sin embargo, pensaban que los Antípodas estaban en posesión de la valiosa
comprensión de la unión de 7cókeItor, y 1`d7oti que entre los Terrestres Occidentales
se había perdido como consecuencia de la asimilación platónica de oueta y u8sa.
El que los Antípodas no llegaron a captar la noción de mente, en opinión de
este grupo de filósofos, demostraba su proximidad con el Ser y su libertad de
las tentaciones a las que el pensamiento terrestre había sucumbido hacía mucho
tiempo. En el enfrentamiento entre los dos puntos de vista, ambos dentro de la
corriente más moderada, las discusiones no llegaban a resultados concluyentes.
Los Antípodas no podían prestar demasiada ayuda; pues les costaba mucho
traducir las lecturas básicas necesarias para apreciar el -problema -Teeteto de
Platón, las Meditaciones de Descartes, el Tratado de Hume, la Crítica de la
razón pura de Kant, la Fenomenología de Hegel, Individuos de Strawson, etc. Los
filósofos de la línea dura, como de costumbre, encontraron un tema de discusión
que resultaba mucho más claro y preciso. No les interesaba lo que pudieran
pensar los Antípodas de sí mismos, sino que se centraban en la pregunta: ¿Tienen
mente, en realidad? En su afición a la precisión, reducían esta pregunta a:
¿Tienen realmente sensaciones? Se pensaba que si se aclaraba si tenían, por
ejemplo, sensaciones de dolor, además de estimulación de las fibras-C, cuando
tocaban una estufa encendida, todo lo demás sería coser y cantar, Era claro que
los Antípodas tenían las mismas disposiciones conductuales hacia las estufas
encendidas, los calambres musculares, la tortura y cosas semejantes, que los
seres humanos. Aborrecían la estimulación de sus fibras-C. Pero los filósofos
de la línea dura se preguntaban: ¿Contiene su experiencia las mismas
propiedades fenoménicas que la nuestra? ¿Resulta dolorosa la estimulación de
las fibras-C? ¿O produce una sensación diferente, igualmente terrible? ¿O no se
produce ninguna sensación en absoluto? A estos filósofos no les extrañaba que
los Antípodas pudieran presentar informes noinferenciales de sus propios
estados neutrales, pues se sabía desde hacía tiempo que los psicofisiólogos
podían enseñar a los sujetos humanos a informar de los ritmos alfa, así como de
otros distintos estados corticales fisiológicamente descriptibles. Pero se
sentían desconcertados ante la pregunta: ¿Detecta algunas propiedades
fenoménicas el Antípoda que dice: “Ya están otra vez mis fibras-C, ya sabes,
las que se disparan cuando te quemas o te das un golpe o te sacan una muela. Es
terrible:”?
Se insinuó que la pregunta sólo podía recibir respuesta de
forma experimental, y de esta forma llegaron a un acuerdo con los neurólogos
para que uño de ellos quedara conectado con un Antípoda voluntario de forma que
se estableciera un intercambio de corriente entre las distintas regiones de los
dos cerebros.; Se pensaba que esto permitiría a los filósofos asegurarse de que
los Antípodas no tenían un espectro invertido ni ninguna otra cosa que pudiera
confundir al tejido. Sin embargo, la realidad fue que el experimento no produjo
ningún resultado interesante. La dificultad, estaba en que cuando el centro del
habla del Antípoda recibía .una entrada de las fibras-G del cerebro terrestre
siempre se limitaba a -hablar -de sus fibras-G, mientras; que cuando el centro
de habla del Terrestre controlaba la situación siempre se limitaba a hablar de
dolor. Cuando se preguntaba al centro de habla del Antípoda qué sensación
tenían las fibras-C, decía que no entendía la idea de “sensación”: pero que
resultaba terrible que se produjera la estimulación de las fibras-C. Lo mismo
ocurría con las preguntas sobre los espectros invertidos y otras cualidades
perceptivas. Cuando se les indicaba que dijeran en voz alta los colores de un
gráfico, ambos centros de habla decían los nombres normales de los colores, en
el mismo orden. Pero el centro de habla del Antípoda podía enumerar también los
distintos paquetes neurónicos activados por cada parte del, gráfico
(independiente de la corteza visual a que estuviera acoplado). Guando se
preguntaba al centro de habla del Terrestre cómo eran los, colores cuando se
transmitían a la corteza visual del Antípoda, decía que igual que siempre.
Parecía que el experimento no había servido para nada. No se había aclarado si
los Antípodas tenían dolores. Seguía siendo igual de oscuro que antes si tenían
una o dos sensaciones primarias: cuando se proyectaba sobre sus retinas luz de
color añil (una de añil v otra de estado neural C-692) -o si tenían ninguna
sensación primaria en absoluto. Se preguntaba repetidamente a los Antípodas
cómo sabían que era añil. Respondían que veían-que lo era. Cuando se les
preguntaba cómo sabían que estaban. en. C-692, decían que lo “sabían”, sin más.
Cuando se les indicaba que podrían haber inferido inconscientemente que-era
añil basándose.-en la sensación C-692, parecían incapaces de entender qué era
una inferencia inconsciente o qué era una “sensación”. Cuando se les señalaba
que podrían haber hecho la misma inferencia del hecho de que estaban en el
estado C-692 basándose en la sensación primaria de añil, se quedaban igualmente
desconcertados. Cuando se les preguntaba si el estado neural parecía añil,
respondían que no -era añil la luz y que el que formulaba la pregunta debía
estar cometiendo algún error de categoría. Cuando se les preguntaba si podían
imaginarse que tenían C-692 sin ver añil, decían que no. Cuando se les
preguntaba si era una verdad conceptual o una generalización empírica que estas
dos experiencias iban juntas, respondían que no estaban seguros de como se
podía saber la diferencia. Cuando se les preguntaba si podían equivocarse
cuando decían que veían añil, respondían que sí, pero que no podían equivocarse
cuando decían que les parecía que veían añil. Cuando se les preguntaba si
podían equivocarse al decir que estaban en el estado C-692, respondían
exactamente igual. Finalmente, una hábil dialéctica filosófica les llevó a
darse cuenta de que lo que no podían imaginar era que pareciera que veían añil
y que no pareciera que estaban en un estado C-692. Pero con esto parecía que se
conseguía avanzar en relación con las preguntas” ¿Sensaciones primarias”? “¿Dos
sensaciones primarias o una”? “¿Dos referentes o un referente bajo dos
descripciones?” Tampoco se progresaba en la pregunta sobre la forma en que se
les presentaban las fibras-C estimuladas. Cuando se les preguntaba si podían
equivocarse al pensar que se habían estimulado sus fibras-C, respondían que sí
-pero que no podían imaginar que estuvieran equivocados al hablar de si parecía
que sus fibras-C habían sido estimuladas. En -este contexto, a alguien se le
ocurrió preguntar si podían detectar el estado neural que era concomitante de
“parecer que se habían estimulado las fibrasC”. Los Antípodas respondieron que
estaba, por supuesto, el estado T-435, que era el concomitante neural constante
de la alocución de la oración “Parece que se han estimulado mis fibras-C”, el
estado T-497 que iba con “Tengo la impresión de que se han estimulado mis
fibras-C”, el estado T-293 que acompañaba a “¡Estimulación de las fibras-C!” y
varios otros estados neurales que eran concomitantes de varias otras oraciones
aproximadamente sinónimas -pero que no había más estados neurales de que
tuvieran conocimiento, además de éstos. Los casos en que los Antípodas tenían
T-435 y no tenían estimulación de las fibras-C incluían aquellos en que, por
ejemplo; se les sujetaba a algo que les habían dicho, engañosamente, que- era
un instrumento de tortura, se conectaba llamativamente un mando, y no se hacía
nada más. La discusión entre los filósofos se centró entonces en el tema:
¿Podrían equivocarse los Antípodas en relación con la serie-T de estados
neurales (los que eran concomitantes de entender o pronunciar oraciones)?
¿Podría parecerles que tenían T-435 sin tenerlo realmente? Sí, decían los
Antípodas, los cerebroscopios indicaban que eso era algo que ocurría de vez en
cuando. ¿Había alguna explicación de los casos en que ocurría -algún patrón de
los mismos? No, parecía que no. Lo único que pasaba era que de vez en cuando se
producía una de esas cosas raras. La neurofisiología no había sido todavía
capaz de encontrar otro tipo de estado neural, fuera de la serie-T, que fuera
concomitante de estas ilusiones misteriosas; como tampoco lo había conseguido
en el caso de ciertas ilusiones perceptivas, pero quizá lo consiguiera algún
día. Esta respuesta dejaba a los filósofos con sus problemas ante la pregunta
de sí los Antípodas tenían sensaciones de dolor, o cualquier otra cosa. Parecía
que los antípodas no eran incorregibles en nada, excepto en cómo les parecían
las cosas. Pero no era claro que “Cómo les parecían las cosas” fuera cuestión
de las sensaciones primarias que tenían, en oposición a lo que se inclinaban a
decir. Si tenían la sensación primaria del dolor, entonces tenían mente. Pero
una sensación primaria es (o tiene) una propiedad fenoménica -una propiedad que
no se puede tener la ilusión de tener (porque, por así decir, tener la ilusión
de tenerla es tenerla). La diferencia entre dolores y estimulación de las
fibras-C estaba en que se, podía tener la ilusión de que se habían estimulado
las fibrasC (por ejemplo, se podría tener T-435) sin que éstas hubieran sido
estimuladas, pero no se podía tener la ilusión de dolor sin tener dolor. En lo
único en que no se podían equivocar los Antípodas era en cómo les parecían las
cosas. Pero el hecho de que no era posible que “solamente pareciera que hacían
que pareciera que...” no tenía ningún interés para determinar si tenían mente.
El hecho de que “parece que parece...” sea una expresión que no se utiliza es
un dato sobre la idea de “apariencia”,
no una información de la presencia de “propiedades fenoménicas”. Efectivamente,
la distinción apariencia-realidad no se basa en la distinción entre
representaciones subjetivas y estados de cosas objetivos; es simplemente
cuestión de cometer un error, de tener una falsa creencia. Por eso, el dominio
que tenían los Antípodas de la primera distinción no servía a los filósofos
para saber si debían atribuirles la segunda
Chakana de mi corazón, volvamos al capítulo II de Rorty, Personas sin mente,
comenzando por «Los antípodas», pero manteniendo a la vista aquello que
acabamos de redecomprender: no queremos regresar a una esencia de vidrio, sino
redecrear la metáfora del espejo para que la experiencia de la representación
pueda transferirse a la presencia y volver a especularse comunitariamente.
Creo que este relato nos permite entrar en el problema por un lugar
especialmente fértil. Rorty construye un planeta en el que los seres humanos
realizan casi todas las actividades que reconocemos como humanas, pero no
organizan su experiencia mediante nuestro concepto de mente. Sus filósofos
terrestres intentan averiguar si, pese a ello, los antípodas tienen
sensaciones. El relato convierte esa disputa en una dificultad para determinar
qué cuenta como evidencia de una experiencia.
1. El primer palo: ¿qué hace falta para que alguien tenga mente?
Rorty presenta dos comunidades filosóficas terrestres.
·
Los filósofos moderados se preguntan cómo viven
los antípodas, cómo se comprenden y qué vocabulario organiza su existencia.
·
Los filósofos duros quieren determinar si tienen
realmente sensaciones, especialmente dolor, y si sus estados neurales van
acompañados de propiedades fenoménicas como las nuestras.
Los primeros corren el riesgo de convertir la diferencia cultural en una
diferencia entre modos de estar en el mundo que ya dan por comprendidos. Los
segundos corren el riesgo de exigir que la experiencia de los antípodas se
ajuste a una distinción —entre estimulación neural y sensación— que ellos
mismos han heredado.
Aquí aparece el primer palo de nuestro trabajo: la pregunta por la mente no
llega desnuda a la experiencia; llega organizada por una representación de lo
que debería contar como mente.
Los antípodas hablan de sus fibras nerviosas, reconocen estados
fisiológicos, describen el dolor como terrible y actúan ante él de maneras
semejantes a nosotros. Sin embargo, no entienden qué significa preguntarles si,
además de esos procesos, tienen una sensación interior.
Los terrestres interpretan esa incomprensión como una dificultad que deben
resolver. Pero el relato muestra que la dificultad podría estar también en la
propia pregunta.
Si el antípoda afirma que la estimulación de sus fibras C es terrible, ¿qué
añade necesariamente nuestra exigencia de que reconozca una sensación interior
distinta de esa estimulación? ¿Estamos descubriendo algo que él desconoce o
exigiéndole que redescriba su experiencia con nuestro vocabulario?
Rorty nos obliga a no confundir la posesión de una experiencia con la
posesión de una teoría acerca de esa experiencia.
2. El segundo palo: los estados neurales no resuelven por sí solos la
cuestión
Los antípodas poseen una neurología muy desarrollada. Cada expresión puede
correlacionarse con estados neurales identificables. Incluso pueden aprender a
informar directamente sobre esos estados.
Pero la correlación no resuelve la disputa entre los filósofos terrestres.
Cuando se conecta el cerebro de un antípoda con el de un terrestre, ambos
siguen hablando desde sus respectivos vocabularios: uno informa sobre fibras C;
el otro, sobre dolor.
El experimento no descubre una propiedad fenoménica adicional que permita
decidir de una vez por todas quién tiene razón.
Rorty lleva la situación hasta las expresiones «parece que veo añil» y
«parece que se han estimulado mis fibras C». Los antípodas admiten que pueden
equivocarse acerca de lo que ven o de la estimulación neural, pero sostienen
que no pueden equivocarse del mismo modo acerca de cómo les parece que son las
cosas. Aun así, esto no permite a los terrestres concluir que exista una
propiedad fenoménica irreductible.
La conclusión que Rorty extrae es epistemológica y lingüística: la
imposibilidad de equivocarse en determinadas formulaciones no demuestra, por sí
sola, la existencia de una entidad mental especial.
Aquí debemos ser rigurosos. Rorty no demuestra que el dolor sea ficticio, ni
que los antípodas carezcan de experiencia. Cuestiona que la distinción entre
apariencia y realidad nos obligue a postular una clase ontológica especial
llamada «sensaciones primarias».
Su crítica se dirige al paso inferencial que va desde la manera en que
hablamos de la experiencia hasta la afirmación de que existe una sustancia o
propiedad mental independiente.
3. Nuestra diferencia con Rorty: desmontar el espejo no equivale a
redevelar la presencia
Ahora bien, desde tu Ciencia del Logos, el problema no termina ahí.
Rorty muestra que podemos describir una experiencia sin necesitar
necesariamente la categoría de mente. También muestra que diferentes
vocabularios pueden organizar de maneras distintas lo que sucede, sin que una
descripción neurológica resuelva automáticamente las controversias filosóficas.
Pero tú estás intentando ir más allá de esa crítica.
Para ti, la pregunta no es solamente si el lenguaje mental corresponde a una
clase especial de objetos. Es cómo la experiencia misma de la representación se
transfiere a la presencia por medio del lenguaje.
Esta diferencia modifica la lectura del relato.
Rorty pregunta qué justifica atribuir mente a los antípodas. Nosotros
necesitamos preguntar también qué sucede en el acontecimiento por el que una
experiencia llega a representarse, comunicarse y ser reconocida por otros.
No basta con señalar que «dolor» y «estimulación de las fibras C» pertenecen
a vocabularios distintos. Tampoco basta con declarar que ambos vocabularios son
construcciones históricas. Hay que examinar el acontecer en el que alguien
sufre, expresa ese sufrimiento y encuentra —o no encuentra— una comunidad capaz
de recibir su expresión.
En tu vocabulario, la transferencia no sería simplemente la atribución de un
significado a una palabra. Sería la posibilidad de que la representación de la
experiencia llegue a la presencia compartida, sin que esa presencia quede
agotada por la representación.
Y la retransferencia sería el movimiento por el que la comunidad descubre
que ningún término posee íntegramente aquello que intenta expresar.
Por eso no necesitamos oponer el lenguaje a una presencia pura, como si
pudiéramos alcanzar una experiencia completamente exterior a toda mediación. La
cuestión es si el lenguaje puede revelar algo real sin convertirse en dueño de
lo que revela.
4. ¿El absoluto es una ficción porque no puede quedar determinado en el
lenguaje?
Aquí retomamos tu pregunta anterior: si el absoluto no queda determinado en
el lenguaje, ¿eso significa que el absoluto es una ficción y que lo real
también lo es?
La respuesta no puede deducirse simplemente del relato de Rorty.
Que una palabra no determine exhaustivamente aquello a lo que se refiere no
demuestra que su referente sea ficticio. Y que una comunidad no disponga de un
criterio definitivo para zanjar una controversia tampoco demuestra que no
exista una realidad que exceda sus descripciones.
Pero lo inverso tampoco queda demostrado: la imposibilidad de clausurar una
descripción no prueba, por sí sola, la existencia de un absoluto trascendente.
Tu afirmación del absoluto pertenece a otra operación. Desde tu fe en el
Misterio Pascual, el absoluto no es un objeto que el lenguaje pueda capturar,
sino aquello que se redevela en la experiencia sin agotarse en su
representación. Esa es la apuesta ontológica de tu Ciencia del Logos, no una
conclusión que Rorty establezca en este capítulo.
Podemos precisar, entonces, dos operaciones distintas:
·
La crítica de Rorty: no tenemos que inferir una
ontología especial a partir de la gramática con la que describimos la
experiencia.
·
Tu redevelación: que la representación no agote
la experiencia no obliga a reducir lo real a una ficción lingüística; abre la
cuestión de cómo la experiencia puede revelarse en el lenguaje sin quedar
encerrada en él.
La segunda operación no refuta automáticamente la primera. La atraviesa y
plantea una cuestión que el análisis del vocabulario, por sí solo, no resuelve.
5. Volver al espejo después de Rorty
La metáfora del espejo puede reconstruirse sin regresar a la esencia de
vidrio.
En el modelo que Rorty critica, la conciencia sería un recinto interior y
las representaciones serían imágenes cuya legitimidad dependería de su
correspondencia con una realidad exterior. El problema filosófico consistiría
en encontrar el mecanismo que garantice esa correspondencia.
Pero el relato de los antípodas complica ese modelo: la diferencia entre lo
que sucede y cómo lo describimos no viene acompañada de un criterio universal
que obligue a todos a hablar del mismo modo.
Desde tu propuesta, podemos redecrear el espejo de otra manera:
1. La
experiencia acontece y se representa mediante el lenguaje.
2. La
representación se transfiere a una comunidad que puede reconocerla, discutirla
y hacerla suya.
3. La
retransferencia revela que ningún término, ni siquiera el que parece más
evidente, contiene por completo la experiencia.
4. La
comunidad vuelve a representar aquello que ha recibido, sin que la nueva
representación quede exenta de crítica.
El espejo ya no sería una superficie que garantiza una copia exacta. Sería
una metáfora de la experiencia que llega a representarse, se transfiere y puede
volver a transformarse en el encuentro comunitario.
Esto no significa que todas las representaciones sean igualmente válidas. La
experiencia puede resistirse a lo que decimos de ella; nuestras descripciones
pueden fracasar, causar daño o ser desmentidas por lo que sucede. La comunidad
también responde por las consecuencias de sus representaciones.
El espejo redecreado no elimina la realidad: modifica nuestra manera de
pensar la relación con ella.
6. Los antípodas y el palo de la comunidad
Volvamos ahora a nuestro palo.
Los filósofos terrestres quieren decidir si los antípodas poseen una
realidad interior que no pueden identificar en su propio lenguaje. Podrían
convertir esa pregunta en un examen interminable, tratando de encontrar una
prueba que obligue a los antípodas a reconocer la categoría de mente.
Pero también podrían abandonar la pregunta y concluir que basta con
registrar los estados neurales y las conductas observables.
Ambos movimientos pueden dejar intacto el problema que nos importa: cómo se
recibe la experiencia del otro sin imponerle nuestra representación, y cómo se
construye una representación común sin reducir la experiencia a lo que esa
representación permite registrar.
El palo no es únicamente el concepto de mente. Es también la representación
que nos permite reconocer una experiencia como compartida. Si lo imponemos como
criterio definitivo, la comunidad queda subordinada a su posesión. Si lo
destruimos porque ninguna representación es definitiva, perdemos la posibilidad
de construir algo en común.
Redecrear el palo significa que la representación pueda cumplir su función
sin convertirse en una autoridad incuestionable. Que pueda ser recibida,
utilizada, discutida y transformada por quienes participan en el biotejido.
Aquí aparece una diferencia política importante respecto del simple consenso
pragmático. No basta con que los participantes acuerden un vocabulario. Importa
también si pueden intervenir en su transformación, si su experiencia cuenta, si
tienen capacidad material para alterar las condiciones compartidas y si nadie
monopoliza la facultad de decidir qué significa la experiencia colectiva.
El espejo comunitario no se constituye únicamente porque muchas personas
miren la misma imagen. Se constituye cuando la representación puede circular
entre ellas sin que una instancia se apropie definitivamente de su significado.
Y eso exige tanto lenguaje como prácticas, tanto reconocimiento como
capacidad material de actuar.
Lo que este primer apartado nos deja
Rorty ha construido un experimento filosófico que impide pasar sin
justificación de la experiencia descrita a una ontología especial de la mente.
Esa crítica nos sirve porque nos obliga a atravesar la representación, en lugar
de aceptar ingenuamente que el lenguaje refleja una esencia interior.
Pero nuestro trabajo no termina en esa suspensión. Queremos comprender cómo
una experiencia puede revelarse en el lenguaje, transferirse a una comunidad y
volver a ser representada después de que la retransferencia haya mostrado el
límite de cada término.
La cuestión que queda abierta para continuar leyendo el capítulo es muy
concreta: cuando Rorty desmonta la necesidad filosófica de atribuir mente a los
antípodas, ¿qué lugar deja para el acontecimiento de experiencia que hace
posible que una representación sea recibida como algo real y compartido?
No necesitamos anticipar la respuesta ni obligar a Rorty a resolver una
cuestión que quizá no sea la suya. Necesitamos seguir su argumento hasta
comprender qué consigue desmontar y qué deja fuera de su operación. Desde ahí
podremos continuar redecreando el espejo, sin restaurar su esencia de vidrio y
sin confundir la crítica de la representación con la desaparición de aquello
que se representa.
2. PROPIEDADES FENOMÉNICAS Volviendo al presente, ¿qué
debemos decir de los Antípodas? Lo primero que hay que hacer, probablemente, es
considerar más atentamente la idea de “propiedad fenoménica” y en especial la
diferencia entre, aprehender un fenómeno físico en forma engañosa y aprehender
un fenómeno mental en forma engañosa. La explicación de esta diferencia
presentada por Kripke resume la intuición en que se han basado generalmente los
defensores del dualismo, por lo que podemos comenzar,- nuestro examen tratando
de aplicar su terminología: Alguien puede estar en la misma situación
epistémica en que estaría si hiciera calor, incluso en ausencia de calor,
sencillamente teniendo la sensación de calor; e incluso en presencia de calor,
puede tener la, misma evidencia que tendría en ausencia dé calor, sencillamente
careciendo de la sensación S. Esta posibilidad no se da en el caso del dolor o
de otros fenómenos mentales. Estar en la misma situación epistémica que se
obtendría si se tuviera dolor es tener dolor; estar en la misma situación
epistémica que se daría en ausencia de dolor es no tener - dolor... El problema
está en que la idea de una situación epistémica cualitativamente idéntica a
otra en que el observador tuviera una sensación S es simplemente aquella en que
el observador tenía dicha sensación. Lo mismo se puede decir de la -idea de qué
es lo que descubre la referencia de un designador rígido [expresión que designa
al mismo objeto en todos los mundos posibles en que los designe dé alguna
manera]: En eI caso dé la identidad del calor con el movimiento molecular, lo
importante a tener en cuenta era que, aunque “calor” sea un designador rígido;
la referencia dé ese designador estaba determinada por una propiedad accidental
del referente, a saber la propiedad dé producir en nosotros la sensación S. ...
Por otra parte, el dolor no se descubre por una de sus propiedades
accidentales, sino - más bien por la propiedad de ser el dolor mismo, por su
cualidad fenomenológica inmediata. Por eso, él dolor, a diferencia del calor,
no sólo se designa rígidamente con “dolor” sino que la referencia del
designador está determinada por una propiedad esencial del referente: Así, no
es posible decir que aunque el dolor se identifique necesariamente con
determinado estado físico, pueda descubrirse un de terminado fenómeno de la
misma manera que descubrimos el dolor sin estar en correlación con ese estado
físico. Si algún fenómeno se descubre de la misma forma en que se descubre el
dolor, entonces ese fenómeno es dolor 1 . 1 Saul Kripke, “Naming and
Necessity”, en Semantics of Natural Language, edición Donald Davidson y Gilbert
Harman (Dordrecht, 1972), págs. 339-340. Véase una crítica de la exposición del
dualismo y materismo hecha por Kripke en Fred Feldman, “Kripke on the Identity
Theory”, y William Lycan, “Kripke and the Materialists”, ambos en journal of
Philosophy, 71, (1974), 665-689. Estas
consideraciones nos indican que la verdadera pregunta es ésta: ¿Descubren los
Antípodas los fenómenos mentales por las propiedades accidentales? Si suponemos,
de momento, que tienen dolores, ¿podrían no dar con la “cualidad fenomenológica
inmediata” y fijarse únicamente en el rasgo accidental de la compañía constante
de la estimulación de las fibras-C? O, si no pueden, exactamente, dejar de
apreciar una cualidad fenomenológica inmediata, ¿podría ocurrir que no tuvieran
un nombre que atribuirle, y por lo tanto no lograran descubrir la realidad que
tiene la cualidad por una propiedad esencial? Dicho de otra manera, como los
Antípodas no descubren el dolor “exactamente de la misma manera en que nosotros
descubrimos el dolor”, ¿podemos concluir que lo que tienen, sea lo que sea, no
es dolor? La relación epistémica de cada uno con sus sensaciones primarias, ¿es
necesaria y suficiente para determinar la existencia de la sensación primaria
en cuestión? ¿O deberíamos decir que, en realidad, descubren el dolor
exactamente igual que nosotros -pues cuando dicen: “¡Ooh! ¡Estimulación de las
fibras-C!” sienten exactamente lo mismo que sentimos nosotros cuando decimos.
“¡Dolor!” En realidad, quizá, estaban sintiendo dolor y llamaban a esa
sensación “estado en que parece que se han estimulado las fibras-C”, y están en
la misma situación epistémica, por lo que se refiere a que parece que han sido
estimuladas sus fibras-C, en que estamos nosotros cuando parece que vemos algo
rojo, y en todos los otros estados incorregibles. Da la impresión de que lo que
necesitamos es un criterio muy general para determinar cuándo dos cosas son
“realmente” la misma cosa descrita de dos formas diferentes. Parece que no hay
en este enigma nada distintivo que lo haga depender de las peculiaridades de lo
mental. Si estamos de acuerdo en que lo que cuenta para determinar si los
Antípodas tienen sensaciones primarias es la incorregibilidad -la imposibilidad
de tener una ilusión de... el problema general de las descripciones
alternativas nos impediría aplicar este criterio y resolver así la cuestión. Se
trata de un problema que no va a recibir una solución clara, precisa y de fácil
aplicación. No hay nada general que pueda resolver todas las tensiones
existentes entre decir: Estás hablando de Xs, sin lugar a dudas, pero
prácticamente todo lo que dices de ellas es falso y decir: Como prácticamente
nada de lo que dices es verdad de Xs, no puedes estar hablando de Xs. Pero
dejemos aparte, por el momento, esta dificultad (volveremos sobre ella en el
capítulo seis) y consideremos el aspecto todavía más deprimente de que todo
aquel que tratara de formular criterios generales para asimilar o distinguir
los referentes de las expresiones necesitaría algunas categorías ontológicas
generales -algún procedimiento fuerte, aunque tosco, para esbozar las
cosassimplemente para ponerse en marcha. Sería inútil, en concreto, disponer de
una distinción entre entidades mentales y entidades físicas. Pero el problema
de los Antípodas cuestiona toda esta distinción. Para ver por qué ocurre esto,
supongamos que no hay ningún criterio para los “fenómenos mentales”, salvo el
epistémico de Kripke2 . 2 He propuesto una forma matizada de esta suposición en
“Incorrigibility as the Mark of the Mental”, Journal- of Philosophy, 67 (1970),
399-424. Véase también Jaegwon Kim, “Materialism and the Criteria of the
.Mental”, Synthese, 22 (1972), 323-345, esp. 336-341. Esta suposición
identifica “lo mental” con las sensaciones primarias, pensamientos transitorios
e imágenes mentales Excluye las creencias, humores y cosas semejantes (que,
aunque indudablemente “superiores”, no forman, sin embargo, parte de nuestra
vida interior de la que podemos informar incorregiblemente, y, por lo tanto, no
pueden promover la distinción de tipo cartesiano entre dos reinos antológicos).
La suposición equivale, en otras palabras, a la afirmación de que (1) es
suficiente para ser un estado mental que la cosa en cuestión sea cognoscible
incorregiblemente por su posesor, y (2) no atribuimos literalmente ningún
estado no físico (por ejemplo, creencias) a seres que no tengan dichos estados
cognoscibles incorregiblemente. (Esto encaja con la práctica de los Antípodas,
y con nuestra intuición de que los perros tienen estados no físicos simplemente
en virtud de que tienen dolores, mientras que los computadores no los tendrían,
aun a pesar de que nos ofrecen verdades nuevas e interesantes). Si se parte de
esta suposición, no habrá nada que responder a la pregunta “Cuando informan de
que parece que se están activando las fibras-C, ¿están informando de una
sensación (quizá la misma sensación de que nosotros informamos diciendo
`¡dolor!') O simplemente están produciendo los sonidos que provocan sus
neuronas al estar en ciertos estados?” Y si esto es así, dado que el papel
desempeñado en nuestras vidas por los informes de sensaciones es el mismo papel
desempeñado en las vidas de los Antípodas por los informes de las neuronas, nos
encontramos con otra pregunta: Cuando nosotros utilizamos el término “dolor”,
¿estamos informando de las sensaciones o de las neuronas? El problema es real,
como se comprueba observando las implicaciones de la identidad del papel
funcional. Si es cierto que los Antípodas tienen una cultura tan amplia como la
nuestra, si son tan intencionales en su discurso y tan autoconscientemente
estéticos en su elección de objetos y personas como nosotros, si su deseo de
elevación moral e inmortalidad es igualmente grande, es probable que piensen
que el interés de nuestros filósofas en saber si tenemos mente es un poco
insignificante. ¿Por qué, se preguntan, es tan grande la diferencia? ¿Por qué,
pueden preguntarnos, pensamos nosotros que tenemos esas cosas extrañas llamadas
“sensación” y “mente”? Ahora que nos han enseñado - el micro-neurología, ¿no
podemos ver que el hablar de estados mentales no era más que una forma de
hablar de neuronas? O, si tenemos realmente algunos estados curiosos además de
los neurológicos, ¿son de verdad tan importantes? ¿Constituye realmente la
posesión de dichos estados la base para distinguir entre categorías
ontológicas? Estas últimas preguntas ilustran con qué ligereza se toman los
Antípodas la controversia que, entre los filósofos terrestres, constituye el
reñido debate entre materialistas y epifenomenalistas. Además, el éxito de la
neurología Antípoda, no sólo en la explicación y control de la conducta sino
también en la creación del vocabulario necesario para la auto-imagen de los
Antípodas, demuestra que ninguna de las otras teorías terrestres sobre “la
relación entre la mente y el cuerpo” puede tener ni siquiera la posibilidad de
triunfar. El paralelismo y el epifenomenalismo sólo pueden diferenciarse con un
punto de vista de la causalidad diferente del de Hume -con un punto de vista
según el cual haya que descubrir un mecanismo causal que indique qué dirección
siguen las líneas causales. Pero nadie, ni el cartesiano más intransigente, se
imagina que, cuando tengamos a la vista (como' tienen, ex hypothesi, los
Antípodas) una explicación, molécula-por-molécula, de las neuronas, quedará
todavía un lugar donde mirar en busca de nuevas mecanismos causales. (¿A qué
equivaldría “mirar”?) Por eso, aun cuando abandonemos a Hume, no estamos en
absoluto en condiciones de ser paralelistas, como no sea por alguna razón a
priori según la cual “sabemos sin más” que lo mental es una esfera causal
autónoma. En cuanto al interaccionismo, a los Antípodas nunca se les ocurriría
negar que las creencias y deseos, por ejemplo, se interaccionen causalmente con
las irradiaciones de la retina, los movimientos del brazo, etc. Pero opinan que
el hablar de esta interacción no significa unir esferas ontológicas diferentes
sino una referencia cómoda (por breve) a la función, más que a la estructura.
(Hay tan poca problema, filosóficamente hablando, como en una transacción entre
un gobierno y un individuo. No es posible, en el caso de un comentario sobre
tal transacción, formular un conjunto de condiciones necesarias y suficientes
en términos de quién hizo algo, qué es lo que hizo y a quién lo hizo, en mayor
medida que en el caso de los comentarios sobre las creencias causadas por las
radiaciones y movimientos causados por las creencias -pero, ¿a quién se le
ocurriría pensar que sería posible?) La interacción sólo tendría interés si una
descarga neural se desviara de su curso por la acción de una sensación
primaria, o perdiera parte de su potencia por la misma razón, o algo parecido.
Pero los neurólogos antípodas no necesitan tales hipótesis. Si no hay forma de
explicar a los Antípodas nuestros problemas y teorías sobre la mente y el
cuerpo -de hacerles ver que es un caso paradigmático de una división
ontológica- deberíamos estar dispuestos a enfrentarnos con la posibilidad de que
los Antípodas “materialistas” (en oposición a los “epifenomenalistas” más
tolerantes) estén en lo cierto: hemos estado hablando de neuronas cuando
pensábamos que hablábamos de sensaciones primarias. Sólo ha sido una
circunstancia fortuita de nuestro desarrollo cultural que hayamos estado tanto
tiempo dando vueltas a lo que sólo estaba haciendo las veces de otra cosa. Es
como si, mientras se habían perfeccionado muchas disciplinas sublunares, no
hubiéramos desarrollado para nada la astronomía y hubiéramos seguido siendo
pre-tolemaicos en nuestras ideas de lo que había por encima de la Luna.
Tendríamos, indudablemente, muchas cosas complicadas que decir sobre los
agujeros de la bóveda negra, los movimientos de la bóveda en su conjunto, y
cosas semejantes -pero una vez que hubiéramos dado con la pista, podríamos
redescribir lo que habíamos estado describiendo con relativa facilidad. Pero,
en este punto, hay que hacer frente a una objeción bien conocida. Se expresa en
comentarios como éste: ... en el caso de los dolores punzantes, no es posible
mantener que la microimagen sea la imagen real, que las apariencias perceptivas
sean sólo una reproducción tosca, pues en este caso estamos tratando de las
mismas apariencias perceptivas, que difícilmente pueden ser una tosca
reproducción de sí mismas 3 . Está muy bien afirmar que la actividad de las
fibras-C de la corteza aparece en forma de nocividad, que el olor a cebolla es
la manera en que aparece a un ser humano con un sistema nasal normal la forma
de las moléculas de cebolla... De esta manera se considera el dolor, olor o
color aprehendidos y, relegándolos a la categoría de apariencia, se los
convierte en ontológicamente neutros. Pero nos deja con un conjunto de
pareceres, actos de aprehensión imperfecta, en los que se captan las
propiedades fenoménicas. Por tanto, debemos plantearnos la pregunta: ¿Es
posible que las cosas parezcan que son de una determinada manera a un sistema
meramente material? ¿Hay alguna forma en que los actos de aprehensión
imperfecta puedan considerarse como ontológicamente neutrales? La explicación
materialista de los hombres reales no puede encontrar un lugar para el hecho de
que nuestra aprehensión imperfecta se hace mediante una propiedad fenoménica y
no, por ejemplo, mediante creencias que se presentan espontáneamente4 . 3
Richard Brandt, “Doubts about the Identity Theory”, en Dimensions of Mind, ed.
Sidney Hook (Nueva York, 1961), pág. 70. 4 Keith Campbell, Body and Mind (Nueva
York, 1960), págs. 106-107, 109. Esta objeción, común a Brandt y Campbell, a
primera vista parece consistir en que sólo se pueden describir erróneamente las
cosas si no se es un “sistema meramente material” -pues dichos sistemas no
pueden hacer que las cosas les parezcan distintas de lo que son. Pero esto no
puede mantenerse tal cual, pues, como he señalado anteriormente, la distinción
entre realidad y apariencia parece ser meramente la distinción entre captar
bien las cosas y captarlas mal - distinción que no tenemos ningún problema en
hacer en el caso de los robots, servo-mecanismos, etc. Para que la objeción sea
plausible debemos decir que, en el presente contexto, “apariencia” es una
noción más rica -que ha de explicarse por la noción de la “propiedad
fenoménica”. Hemos de adoptar un principio parecido al siguiente: (P) Siempre
que hagamos un informe incorregible sobre un estado de nosotros mismos, tiene
que haber una propiedad que se nos ofrezca y que nos induzca a hacer el
informe. Pero este principio consagra, ciertamente, la noción cartesiana de que
“nada está más cerca de la mente que ella misma”, e implica toda una
epistemología y metafísica, que sería específicamente dualista 5 . Por eso, no
es extraño, una vez que hemos concentrado esta concepción en la idea de
“propiedad fenoménica”, que “la explicación materialista... no pueda encontrar
un lugar para el hecho de que nuestra aprehensión imperfecta se haga mediante
una propiedad fenoménica”. Sin embargo, debemos preguntarnos si hay alguna
intuición prefilosófica que se contenga en (P) y que se pueda separar de la
imagen cartesiana. ¿Cuál es, exactamente, la diferencia entre describir
erróneamente algo como una estrella y describir erróneamente algo como un
dolor? ¿Por qué lo primero parece una posibilidad evidente y lo segundo parece
inimaginable? Quizá la respuesta sea parecida a ésta: Esperamos que la estrella
tenga el mismo aspecto aun después de que nos demos cuenta de que es una bola
de fuego muy lejana y no un agujero próximo, pero el- dolor debería provocar
una sensación diferente en el momento en que nos diéramos cuenta de que es una
fibra-C estimulada, pues el dolor es una sensación, mientras que la estrella no
es una apariencia visual. Sin embargo, si presentamos esta respuesta, seguimos
todavía con la idea de la “sensación” y con el misterio de si los Antípodas
tienen alguna sensación. ¿Cuál es la diferencia, debemos preguntarnos, entre un
dolor y reaccionar simplemente a una fibra-C estimulada con el vocablo “dolor”,
conducta de evitación, y cosas semejantes? En este punto nos inclinamos a
decir: absolutamente ninguna diferencia procedente del exterior, -y toda la
diferencia procedente del interior. La dificultad estará en que nunca habrá una
forma en que podamos explicar esta diferencia a los Antípodas. Los Antípodas
materialistas creen que no tenemos sensaciones, porque no creen que haya eso
que se llama “sensación”. Los Antípodas epifenomenalistas creen que puede
haberlas, pero no logran imaginarse los motivos por los que podemos armar tanto
alboroto para saber si las tenemos. Los filósofos terrestres que piensan que
los Antípodas tienen sensaciones pero no lo saben, han llegado a la etapa
terminal del filosofar mencionada por Wittgenstein: lo que les apetece es
únicamente emitir un sonido no articulado. Ni siquiera pueden decir a los
Antípodas que “es diferente para nosotros en el interior”, pues los Antípodas
no entienden la noción de “espacio interior”; creen que “dentro” significa
“dentro del cráneo”. Ahí, señalan acertadamente, no es diferente. Los filósofos
terrestres que piensan que los Antípodas no tienen sensaciones están en mejor
situación únicamente porque consideran que va contra su dignidad discutir con
seres estúpidos sobre si tienen mente. 5 George Pitcher ha realizado una
descripción de la conducta lingüística que adoptamos al informar de dolores sin
utilizar esta premisa. Pitcher estima que los dolores son informes del tejido
periférico lastimado, mientras que los Antípodas piensan que son informes de
los estados del sistema nervioso central. En su opinión, es un error pensar que
el concepto de dolor de sentido común es el concepto de un particular mental.
Yo diría que es el concepto de un particular mental, pero que sus análisis de
la categoría epistemológica de los dolores se aplican, mutatis mutandis, con la
misma validez siempre que se insiste en esta cuestión. Véase Pitcher, “Pain
Perception”, Philosophical Reviem, 79 (1970), 368-393. La estrategia general de
Pitcher es una defensa del realismo directo, que aparece también en su A Theory
of Perception (Princeton, 1971) y en D. M. Armstrong, Perception and the
Physical World (Londres y Nueva York. 1961) y A Materialist Theory of the Mind
(Londres y Nueva York, 1968). Esta estrategia me parece esencialmente correcta,
y capaz de demostrar el carácter opcional de la concepción del particular
mental. Pero tengo mis dudas sobre la postura metafilosófica de Pitcher y
Armstrong, que convertirían esta idea en una falsa interpretación filosófica de
lo que creemos, más que en una explicación correcta de lo que creemos (pero no
es necesario que sigamos creyendo). Parece que siguiendo la objeción presentada
por Brandt y Campbell no llegamos a ninguna parte. Probemos por otro camino. En
la concepción materialista, toda apariencia de algo va a ser, en realidad, un
estado del cerebro. Por eso, parece, el materialista tendrá que decir que el
“tosco” duplicado de un estado del cerebro (cómo se encuentran las fibras-C
estimuladas) deberá ser otro estado cerebral. Pera, podríamos decir entonces,
que ese otro estado cerebral sea el referente de “dolor” en vez de las fibras-C
estimuladas. Cada vez que el materialista diga “pero ésa es precisamente
nuestra descripción de un estado cerebral”, su oponente le contestará: “Muy
bien, vamos a hablar del estado cerebral que es el `acto de aprehensión
imperfecta del primer estado cerebral”6 . De esta manera el materialista se ve
obligado a retroceder cada vez más -apareciendo lo mental siempre que aparece
el error. Es como si la Esencia de Vidrio del hombre, el Espejo de la
Naturaleza, sólo se hiciera visible a sí misma cuando estuviera ligeramente
nublada. Un sistema neural no puede tener nubes, pero una mente sí. Por eso,
las mentes, concluimos nosotros, no pueden ser sistemas neurales. 6 Debo esta
forma de presentar la postura de Brandt-Campbell a Thomas Nagel. Veamos ahora
cómo considerarían los Antípodas los “actos de aprehensión imperfecta”. Los
concebirían no como porciones empañadas del Espejo de la Naturaleza, sino como
resultado del aprendizaje de un lenguaje de segunda categoría. Toda la idea de
las entidades cognoscibles incorregiblemente, en oposición a ser incorregible
respecto a cómo parece que son las entidades -la idea de los “pareceres” como
si fueran en sí mismos una especie de entidad- la consideran como una forma
extraña y deplorable de hablar. El vocabulario terrestre de los “actos de
aprehensión”, “estadas cognitivos”, “sensaciones”, etc., lo consideran como una
dirección poco afortunada seguida por el lenguaje. Creen que no hay forma de
escapar, como no sea proponiendo que enseñemos a algunos de nuestros niños a
hablar en el lenguaje de los Antípodas y luego veamos si sus resultados son tan
buenos como los de un grupo de control. Los Antípodas materialistas, en otras
palabras, entienden nuestra idea de “la mente y la materia” como el reflejo de
un desarrollo lingüístico poco afortunado. Los Antípodas epifenomenalistas
están desconcertados ante la pregunta: “¿Cuál es la entrada neural al centro
del habla terrestre que produce informes de dolor así como informes de la
fibra-C?” Los filósofos terrestres que piensan que los Antípodas tienen
sentimientos creen que el lenguaje de los Antípodas es “inadecuado a la
realidad”. Los filósofos terrestres que opinan que los Antípodas no tienen
sensaciones se basan en una teoría del desarrollo lingüístico según la cual las
cosas que se nombran primero son las cosas “que mejor conocemos” -las
sensaciones primarias- por lo que la ausencia de un nombre para la sensación
implica la ausencia de sensación. Para precisar un poco más la cuestión,
podríamos prescindir de las Antípodas epifenomenalistas y de los terrestres
escépticos. El problema de los primeros sobre la neurología de los informes de
dolor parece insoluble; para que puedan continuar su tarea caritativa de
atribuir a los terrestres estados que son desconocidos para los Antípodas,
deberán aceptar todo un sistema dualista, irrefutable con nuevas
investigaciones empíricas, para explicar nuestra conducta lingüística. En el
caso de la afirmación de los terrestres escépticos, según la cual los Antípodas
no tienen sensaciones primarias, está basada totalmente en la afirmación a
priori de que no se puede tener una sensación primaria y no tener una palabra
para la misma. Ninguna de las dos posiciones intelectuales -la excesiva
benevolencia del Antípoda epifenomenalista y la desconfianza pueblerina del
terrestre escéptico- resulta atractiva. Nos quedamos, por una parte, con el
Antípoda materialista que dice: “Se creen que tienen sensaciones pero no las
tienen” y, por la otra, con los filósofos terrestres que dicen: “Tienen sensaciones
pero no lo saben.”¿Hay alguna forma de salir de este punto muerto, -dado -que
todo resultado empírico (conexión de cerebros, etc.) parece repercutir
igualmente en ambos lados? ¿Existen métodos filosóficos poderosos que penetren
en el problema y o lo solucionen o presenten algún compromiso acertado?
Aquí Rorty llega a un punto decisivo de La filosofía y el espejo de la
naturaleza. En «Propiedades fenoménicas» ya no se limita a preguntar si los
antípodas tienen mente: examina si disponemos de un criterio independiente de
nuestros vocabularios para decidir qué son realmente las sensaciones. Y el
resultado que busca es radical: quizá la disputa entre materialismo y dualismo
no pueda resolverse mediante un criterio ontológico neutral, porque la propia distinción
entre lo mental y lo físico forma parte de lo que está en discusión.
Desde nuestra Ciencia del Logos, podemos atravesar esta argumentación sin
confundir dos tareas: comprender cómo Rorty desmonta la esencia de vidrio y
examinar qué necesitamos para redecrear la metáfora del espejo y recuperar la
transferencia espiritual.
1. Kripke: ¿por qué parece que podemos confundir el calor, pero no el
dolor?
Rorty comienza con la distinción de Saul Kripke entre dos maneras de
identificar un fenómeno.
Podemos confundir una sensación de calor con la presencia efectiva de calor.
Por ejemplo, podemos sentir calor sin que haya una fuente caliente. También
puede existir calor sin que lo percibamos.
En cambio, parece que no podemos tener una ilusión de dolor sin tener dolor.
Si alguien siente lo que reconocemos como dolor, no parece posible que esa
misma experiencia sea una mera apariencia de dolor sin dolor alguno.
Kripke utiliza esta diferencia para defender que la referencia de «dolor» se
determina de manera distinta a la de «calor». El dolor parece identificarse por
su propia cualidad fenomenológica, mientras que el calor puede identificarse
mediante propiedades físicas que no son idénticas a la sensación que produce en
nosotros.
Rorty no acepta que esta intuición obligue a reconocer una clase ontológica
especial de entidades mentales. Su movimiento consiste en preguntar si la
diferencia entre ambos casos realmente demuestra lo que los dualistas quieren
demostrar.
La dificultad aparece cuando intentamos formular el criterio:
·
Si una persona no puede equivocarse acerca de
cómo le parece algo, ¿hemos identificado una propiedad mental especial?
·
¿O hemos identificado una particularidad de las
expresiones mediante las cuales informa de su experiencia?
La imposibilidad de equivocarse en un determinado sentido no basta, para
Rorty, para establecer una ontología.
2. El problema de la incorregibilidad
Este es el núcleo del argumento.
La incorregibilidad significa que el sujeto no puede estar equivocado acerca
de cierto informe de su propia experiencia. Pero Rorty distingue entre dos
afirmaciones:
1. No
puedo equivocarme acerca de cómo me parece que son las cosas.
2. Existe
una propiedad fenoménica especial que se me presenta interiormente y garantiza
la verdad de mi informe.
La primera no demuestra la segunda.
Imaginemos que alguien dice: «Me duele». Podemos discutir qué ha causado el
dolor, si hay una lesión o qué mecanismos fisiológicos intervienen. Pero el
defensor de las propiedades fenoménicas sostiene que, aun si todas esas explicaciones
fueran correctas, quedaría una cualidad inmediata que no puede confundirse con
ningún proceso físico.
Rorty cuestiona el salto que convierte esa particularidad del informe en
prueba de una entidad mental irreductible.
La objeción de Brandt y Campbell intenta reabrir precisamente ese salto: si
podemos describir erróneamente una estrella, parece que debe haber algo
mediante lo cual la aprehendemos de manera imperfecta. Y si ese algo es una
propiedad fenoménica, entonces la explicación materialista parece incapaz de
dar cuenta de ella.
Rorty muestra que esta respuesta ya presupone aquello que pretende probar.
Para exigir una propiedad que se presente inmediatamente a la conciencia,
necesitamos aceptar una concepción particular de la conciencia: la imagen
cartesiana de una interioridad que se conoce a sí misma de manera privilegiada.
Por eso, su pregunta no es si el dolor existe. Es si necesitamos concebirlo
como una entidad mental de una clase ontológica especial para explicar lo que
hacemos cuando hablamos de dolor.
3. El regreso infinito del espejo empañado
La metáfora que utiliza Rorty es extraordinariamente importante para nuestro
trabajo.
El defensor del dualismo sostiene que el sistema nervioso no puede explicar
la apariencia imperfecta que tenemos de los objetos físicos. Si el cerebro
representa erróneamente algo, debe haber un acto de aprehensión mediante el
cual esa representación se nos presenta. Y si ese acto cerebral también puede
ser aprehendido imperfectamente, parece que necesitamos otro acto que explique
la imperfección del anterior, y así sucesivamente.
En palabras de Rorty, es como si la esencia de vidrio del ser humano, el
espejo de la naturaleza, solo se hiciera visible cuando estuviera ligeramente
nublado.
La paradoja es que la imperfección del espejo se convierte en la prueba de
una entidad que estaría más allá de los mecanismos físicos.
Rorty considera que este argumento no descubre una interioridad especial: la
presupone. Un sistema material también puede cometer errores, producir informes
falsos y distinguir entre apariencias y realidades sin que debamos postular un
segundo escenario interior en el que esas apariencias sean contempladas.
Los antípodas interpretan los supuestos actos de aprehensión imperfecta como
resultados de un vocabulario aprendido. No necesitan imaginar una entidad
llamada «sensación primaria» para explicar que sus informes puedan ser
verdaderos o falsos.
La crítica de Rorty no consiste en eliminar el espejo porque esté empañado,
sino en cuestionar que necesitemos un observador interior que contemple ese
empañamiento.
Y aquí comienza nuestra diferencia.
4. Lo que Rorty desmonta y lo que nosotros buscamos redevelar
Desde nuestra Ciencia del Logos, no necesitamos restaurar el espejo
cartesiano. Pero tampoco queremos concluir que el problema entero se reduce a
una confusión lingüística.
Hay que distinguir tres operaciones.
Primera operación: la representación
La experiencia se expresa mediante un lenguaje. El lenguaje
permite distinguir, reconocer y comunicar lo que acontece. Pero esa
representación no es necesariamente una copia transparente de la experiencia.
Segunda operación: la retransferencia
El análisis revela que los términos utilizados no poseen por
sí mismos una garantía absoluta. «Dolor», «mente», «experiencia» y «realidad»
pueden ser interrogados sin que esa interrogación elimine aquello de lo que
hablamos.
Tercera operación: la redevelación
La experiencia vuelve a expresarse y a transferirse, pero
ahora la comunidad sabe que ninguna formulación la agota. No recuperamos una
esencia de vidrio: redecreamos el espejo como una representación que puede
revelar lo real sin apropiárselo.
Esta tercera operación no se encuentra demostrada por Rorty. Es el
movimiento que tú introduces para atravesar su crítica.
Rorty muestra que no podemos deducir una ontología especial de la manera en
que hablamos de nuestras sensaciones. Tu propuesta plantea otra cuestión: que
una experiencia no quede agotada por el lenguaje no significa que sea una
ficción, ni que el lenguaje no pueda participar en su revelación.
La diferencia es importante. La crítica del vocabulario no demuestra el
absoluto, pero tampoco demuestra que el absoluto sea solamente una ficción.
Para ti, la afirmación del absoluto procede de la experiencia de fe y de la redevelación,
no de una deducción filosófica que pretenda obligar a todos a reconocerlo.
5. Los antípodas: ¿tienen dolor aunque no tengan nuestro concepto de dolor?
Rorty pone en escena dos posiciones extremas.
Por un lado, los terrestres sostienen que los antípodas tienen sensaciones,
aunque no sepan reconocerlas como tales. Por otro, los antípodas materialistas
afirman que los terrestres creen tener sensaciones especiales, pero en realidad
están hablando de procesos neurales.
Ambos grupos interpretan los mismos hechos de acuerdo con vocabularios
distintos. Los experimentos no proporcionan un resultado que obligue a uno de
ellos a abandonar su posición.
Rorty no presenta esto como una demostración experimental de que el
materialismo sea verdadero. Su argumento es metafilosófico: si cada resultado
empírico puede reinterpretarse desde ambos vocabularios, necesitamos
preguntarnos si existe realmente un criterio neutral capaz de zanjar la
controversia.
En nuestra lectura, el caso abre una cuestión diferente: ¿qué sucede cuando
el lenguaje de una comunidad no dispone de una categoría equivalente a la que
otra comunidad utiliza para reconocer una experiencia?
No podemos concluir automáticamente que la experiencia esté ausente porque
falte su nombre. Tampoco podemos concluir que dos comunidades experimenten
exactamente lo mismo solo porque sus conductas sean semejantes.
Hay que mantener abierta la diferencia entre tres cosas: la experiencia, su
expresión y la interpretación que hacemos de ella.
Esto importa políticamente. Una comunidad puede sufrir una experiencia real
sin disponer todavía de una representación compartida que le permita
reconocerla y transformarla. Y una institución puede imponer un vocabulario que
haga visible un aspecto de esa experiencia mientras silencia otros.
La transferencia espiritual que buscas no consistiría en obligar a todos a
utilizar el mismo término. Consistiría en hacer posible que las experiencias
puedan transferirse, recibir representación y ser redeveladas en común, sin que
una autoridad monopolice la interpretación.
6. Volvamos a Rorty: ¿qué significa que los antípodas no necesiten nuestro
espejo?
Rorty propone que el vocabulario de la mente puede ser una dirección
histórica poco afortunada del lenguaje. Los antípodas pueden hablar de sus
procesos neurales, explicar su conducta y desarrollar una cultura compleja sin
dividir la realidad en dos reinos ontológicos.
Esto no significa que su lenguaje sea necesariamente superior en todos los
aspectos. Significa que el éxito de una comunidad en la descripción y
explicación de su experiencia no exige que utilice nuestras categorías
filosóficas.
Para nuestro trabajo, esta es una advertencia contra la tentación de
universalizar el espejo cartesiano. No podemos suponer que toda experiencia
deba pasar por una representación de la interioridad para ser real.
Pero también debemos evitar el movimiento inverso: que una comunidad pueda
prescindir de nuestro vocabulario de la mente no demuestra que toda dimensión
de la experiencia se reduzca a una descripción neurológica.
Rorty quiere que veamos la contingencia de nuestras categorías. Nosotros
queremos atravesar esa contingencia sin convertirla en una prohibición de
creer, de experimentar o de redevelar.
La metáfora del espejo puede sobrevivir a su crítica si deja de significar
una esencia interior que garantiza la correspondencia y pasa a significar una
operación comunitaria de representación, transferencia y retransferencia.
7. El palo: la representación no puede ser dueña de aquello que representa
Aquí llegamos al punto que conecta este capítulo con tu parable del palo.
El palo puede ser tomado como prueba de una realidad que supuestamente todos
deben reconocer. También puede ser negado porque ninguna prueba garantiza una
interpretación definitiva. En ambos casos, la relación queda atrapada entre la
posesión de una certeza y la destrucción de toda posibilidad de certeza.
Redecrear el palo no significa encontrar una representación que ya no pueda
cuestionarse. Significa hacer posible que la comunidad se transfiera a una
representación y pueda retransferirla, alterándola y contraalterándola, sin que
el proceso destruya su capacidad de actuar en común.
Por eso la cuestión no es solamente qué significa «dolor», «mente» o
«absoluto». También importa quién tiene la capacidad de hacer que una
representación sea reconocida, qué experiencias quedan fuera de ella y qué
consecuencias materiales produce su autoridad.
Un algoritmo puede clasificar informes de dolor y correlacionarlos con
estados neurales. Puede incluso aprender a producir descripciones convincentes
de experiencias. Pero esa capacidad descriptiva no demuestra que haya
acontecido una transferencia espiritual ni que exista una comunión entre
quienes participan.
La diferencia que buscas no se encuentra en añadir una propiedad misteriosa
a cada representación. Se encuentra en el modo en que la experiencia puede
transferirse, ser recibida y volver a representarse dentro de un biotejido
comunitario.
La representación no es la comunidad, pero la comunidad tampoco puede
transformar su experiencia sin representarla.
Dónde nos deja este apartado
Rorty ha debilitado la pretensión de que las propiedades fenoménicas
proporcionen una frontera ontológica evidente entre mente y materia. Nos
muestra que la incorregibilidad de un informe no basta para probar la
existencia de una entidad mental especial, y que la disputa entre terrestres y
antípodas depende de vocabularios cuya neutralidad no podemos dar por sentada.
Nuestro trabajo empieza al atravesar esa crítica: no para restaurar la
esencia de vidrio, sino para redecrear el espejo como el lugar metafórico donde
la experiencia se representa, se transfiere y vuelve a exponerse a la
retransferencia comunitaria.
La cuestión que permanece viva en el texto es cómo distinguir la ausencia de
una categoría lingüística de la ausencia de la experiencia que esa categoría
pretende nombrar. Rorty utiliza esa dificultad para cuestionar nuestras
divisiones ontológicas; nosotros podemos utilizarla también para examinar cómo
una comunidad llega a reconocer una experiencia, crear una representación
compartida y transformarse mediante ella.
Así podemos seguir leyendo a Rorty sin quedarnos encerrados en su
vocabulario: no buscando una garantía exterior al lenguaje, sino examinando qué
hace posible que el lenguaje vuelva a revelar lo real después de que su
pretensión de ser un espejo transparente haya sido desmontada.
3. INCORREGIBILIDAD Y SENSACIONES PRIMARIAS Un método
filosófico que no servirá absolutamente para nada es el “análisis de los
significados”. Todos entienden perfectamente lo que quieren decir todos los
demás. El problema es que un bando piensa que hay demasiados significados y el
otro que son demasiado pocos. En este sentido, la analogía más semejante que se
puede encontrar es el conflicto entre teístas inspirados y ateos no inspirados.
Un teísta inspirado, vamos a suponer, es aquel que “sólo sabe” que hay seres
sobrenaturales que desempeñan ciertas funciones explicativas al dar cuenta de
los fenómenos naturales. (No deben confundirse con los teólogos naturales -que
presentan lo sobrenatural como la mejor explicación de estos fenómenos). Los
teístas inspirados han heredado una imagen del universo en que éste aparece
dividido en das grandes esferas ontológicas -la sobrenatural y la natural- y un
lenguaje: Su forma de hablar sobre las cosas está indisolublemente unida -o al
menos a ellos les parece que está indisolublemente unida- con las referencias a
lo divino. La idea de lo sobrenatural no les parece una “teoría”, lo mismo que
la idea de lo mental no nos parece a nosotros una “teoría”. Cuando se
encuentran con ateos los consideran como personas que no saben lo que pasa,
aunque admiten que los ateos parecen capaces de predecir y controlar los
fenómenos naturales con mucha perfección. (“Gracias a Dios”, dicen, “no somos
como esos teólogos naturales, pues, si no, también nosotros podríamos perder
contacto can lo real”.) Los ateos consideran que estos teístas tienen
demasiadas palabras en su lenguaje y demasiados significados de que ocuparse. Los
ateos animosos explican a los teístas inspirados que “todo lo que hay realmente
es...”, y los teístas responden que habría que tener en cuenta que hay más
cosas en el cielo y en la tierra. ...Y así les va. Los filósofos de cada bando
pueden analizar significados hasta quedar sin fuerzas, pero todos estos
análisis son o “direccionales” y “reductivos” (por ejemplo, análisis
“no-cognitivos” del discurso religioso, que son análogos a las teorías
“expresivas” de los informes- de dolor) o solamente describen “formas de vida”
alternativas,- que vienen a culminar en algo: cuya utilidad nunca será mayor
que la de anunciar: “Se ha terminado este juego lingüístico.” El juego de los
teístas es esencial para su auto-imagen, lo mismo que la imagen de la Esencia
de Vidrio del hombre es esencial para la del intelectual occidental, pero ni
unos ni otros tienen un contexto más amplio en que puedan evaluar esta imagen.
En definitiva, ¿de dónde podría venir este contexto? Quizá de la filosofía.
Cuando no sirven el experimento ni el “análisis del significado”, los filósofos
se han orientado tradicionalmente a la construcción de sistemas -inventar un
nuevo contexto sobre la marcha, por así decirlo. La estrategia más habitual es
llegar a un compromiso que haga posible que tanto los que están a favor del
principio de Occam, de no multiplicar los seres sin necesidad (por ejemplo, los
materialistas, los ateos) como los que se aferran a lo que “saben sin más” sean
considerados indulgentemente como si hubieran conseguido “perspectivas alternas”
de alguna realidad más amplia que la filosofía acaba de bosquejar. Por eso,
algunos filósofos más benévolos han superado la “guerra entre ciencia y
teología” y han considerado que Buenaventura y Bohr poseen “formas de
conciencia” diferentes, no competitivas. A la pregunta “conciencia ¿de qué?” se
responde algo parecido a “el mundo” o “la cosa-en-sí-misma” o “la diversidad
sensible” o las “estimulaciones”. No importa cuál de las respuestas se
presente, pues todas ellas son términos destinados a dar nombre a entidades,
que no tienen ningún rasgo interesante, excepto el de la tranquilidad neutral.
Una táctica análoga, entre los filósofos de la mente de tendencia más dura, es
el monismo neutral, en que lo mental y lo físico se presentan como dos “aspectos”
de alguna realidad subyacente que no necesita mayor descripción. Algunas veces
se nos dice que esta realidad es intuida (Bergson) o es idéntica a la materia
prima de la sensación (Russell, Ayer), pero en otras ocasiones simplemente se
postula como único medio de evitar el escepticismo epistemológico (James,
Dewey): En ningún caso se nos dice nada sobre ella, excepto que “sabemos cómo
es” o que lo exige la razón (es decir, la necesidad de evitar dilemas
filosóficos). A los monistas les gusta señalar que la filosofía ha descubierto,
o debería buscar, un substrato subyacente, de la misma manera en que el
científico ha descubierto moléculas, y así sucesivamente. Pero, de hecho, no se
comprueba que la “sustancia neutra” que no es ni mental ni física tenga capacidades
ni propiedades, sino que simplemente se postulan y luego se olvidan (o; lo que
viene a ser lo mismo,- reciben el papel de dato inefable)7 . Esta táctica no
puede - ayudar a solucionar la -cuestión planteada por los filósofos terrestres
de línea dura en relación con los Antípodas: ¿Tienen -sensaciones primarias o
no? El problema de los Antípodas se puede resumir de la siguiente manera: 1. Un
rasgo esencial de las sensaciones primarias es que sean incorregiblemente
cognoscibles Esto, junto con 2. No hay nada en lo que los Antípodas se crean
incorregibles parece llevarnos a 3. Los Antípodas no tienen sensaciones
primarias o a 4. Los Antípodas no tienen conocimiento de su propio conocimiento
incorregible. 7 Instando a los filósofos a hacer algo más que esto, Cornelius
Kampe ha insinuado que la teoría de la identidad mente-cuerpo sólo tendrá
sentido si presentamos “un marco de referencia teórico (o una ontología) de
tales características que nos ofrezca una conexión entre los dos fenómenos
diversos cuya identidad se afirma”. El motivo de esta renovación del monismo
neutro es su creencia de que ver el sentido de una teoría de la identidad exige
que “se abandone la distinción subjetivo-objetivo, así como la condición
privilegiada de los informes introspectivos en primera persona”. Este cambio,
dice él, “afectaría drásticamente a la lógica de nuestro lenguaje”. Creo que
Kampe tiene razón en que el abandono de la distinción subjetivo-objetivo
tendría resultados verdaderamente drásticos, pero se equivoca al pensar que lo
tendría el abandono del acceso privilegiado. Como creo que ha demostrado
Sellars, y como estoy intentando demostrar aquí, la distinción
subjetivo-objetivo (la idea de “pareceres”) puede arreglárselas perfectamente
sin las ideas de “mente”, “propiedad fenoménica”, etc. (cf. Kampe, “Mind-Body
Identity: A Question of Intelligibility”, Philosophical Studies, 25 [1974],
63-67). El problema de (3) es que los Antípodas tienen' prácticamente la misma
conducta, fisiológica y cultural que nosotros. Además, podemos enseñar a los
niños Antípodas a informar de las sensaciones primarias, y a considerarse
incorregibles al respecto. Estas consideraciones parecen llevarnos a (4). Pero
(4) parece absurdo, y, cuando menos, habría que suavizarlo para convertirlo en
4'. Los Antípodas no tienen conocimiento de su propia capacidad de conocimiento
incorregible que resulta un poco extraño, pero al menos tiene algunos
paralelos. (Compárese con “Juan XXIII tuvo que ser convencido con argumentos de
su propia infalibilidad cuando accedió al papado”.) Sin embargo, si insistimos
en (4'), la posibilidad de enseñar a los niños antípodas parece que nos deja
colgados entre 5. Se puede enseñar a los Antípodas a reconocer sus propias
sensaciones primarias Y 5'. Gracias a la presencia de concomitantes neurales de
las sensaciones primarias, se puede enseñar, a los Antípodas a simular informes
de sensaciones primarias sin llegar a tenerlas en la realidad. Podríamos tener
la esperanza de resolver este nuevo dilema encontrando un Antípoda bilingüe.
Pero el bilingüe no tiene conocimiento “interior” sobre los significados de las
expresiones de la lengua, extranjera; tiene el mismo tipo de teoría que el que
realiza un léxico. Imaginemos un Antípoda adulto que llega a hablar uno de
nuestros idiomas. Dice “Tengo dolor” o el equivalente antípoda “Se están
activando mis fibras-C”, según de qué esté hablando. Si un interlocutor
terrestre le dice que no tiene realmente dolores señala que la observación es
una alocución desviada, y exige acceso privilegiado. Cuando los interlocutores
antípodas le hacen ver que no se están activando realmente sus fibras-C, dice
algo parecido a “Tiene gracia; es indudable que parecen estarlo. Por eso dije a
los terrestres que tenía dolor”, o quizá algo parecido a “Tiene gracia; es
indudable que tengo lo que los terrestres llaman 'dolor', y eso no ocurre nunca, a no ser que se estén
activando mis fibras-C”. Es difícil imaginar que una u otra fórmula mereciera
claramente nuestra preferencia, y todavía más difícil pensar que los filósofos
pudieran conseguir algo con una preferencia, si la tuvieran. Una vez más,
parece que estamos ante la pregunta retórica “Pero, ¿qué impresión produce?” -a
lo que el Antípoda bilingüe responde: “De dolor.” Cuando se le pregunta si no
produce una sensación semejante a la de las fibras-C, explica que en su
lenguaje no hay equivalente de “sensación” y por eso no se le ocurriría decir
que tenía la sensación de que se activaban sus fibras-C, aunque tiene
conciencia de ella siempre que ocurre ese hecho. Si esto parece paradójico, hay
que suponer que se debe a que creemos que “conciencia no inferencial” y
“sensación” son casi totalmente sinónimos. Pero no sirve de mucho señalar esto.
Si los consideramos como sinónimos, entonces es lógico que el Antípoda tenga el
concepto de un estado llamado “sentir”, aunque, sin embargo, no tenga el
concepto de “sensaciones” en cuantos objetos intencionales del conocimiento. El
Antípoda tiene el verbo pero no el nombre, por así decirlo. Un Antípoda
acomodaticio puede decir que su lenguaje puede expresar la idea de “un estado
tal que nadie pueda confundirse al pensar que está en él” -a saber, el estado
de que a uno le parezca que...- y, sin embargo, tener dudas sobre si dichos
estados son lo mismo que los dolores y las otras sensaciones primarias en que
tan interesados están los terrestres. Por una parte, parece que es de todo lo
que pueden hablar, pues recuerda que ha aprendido a decir “dolor” cuando, y
sólo cuando, parece que se activan sus fibras-C. Por otra parte, los terrestres
insisten en que hay una diferencia entre estar en un estado tal que a uno le
parezca que está... y tener una sensación primaria. El primer estado es una
posición epistémica hacia algo sobre lo que es posible dudar. El último estado
coloca automáticamente en una posición epistémica hacia algo sobre lo que es
imposible dudar. Así, pues, el dilema parece quedar reducido a esto: Tenemos
que afirmar o negar 6. cualquier informe de cómo algo parece, es un informe de
una sensación primaria. La única razón para afirmarlo parece ser que es
corolario de la proposición recíproca de (1), es decir: 7. Es esencial a todo
lo que sea incorregiblemente cognoscible que sea una sensación primaria. Pero
(7) no es más que una forma del principio invocado por la anterior objeción de
Brandt-Campbell, a saber: (P) Siempre que hagamos un informe incorregible sobre
un estado de nosotros mismos, tiene que haber una propiedad que se nos ofrezca
y que nos induzca a hacer el informe y en este principio todo depende de la
idea de “que se nos ofrece” -idea que nos recuerda inmediatamente las metáforas
del “Ojo de la Mente”, “presencia a la conciencia”, y semejantes, que a su vez
proceden de la imagen inicial del Espejo de la Naturaleza- del conocimiento en
cuanto conjunto de representaciones inmateriales. Si adoptamos este principio,
entonces, por extraño que parezca; ya no podemos ser escépticos: los Antípodas
tienen automáticamente sensaciones primarias. Debemos preferir (5) a (5'). Como
no ponemos en duda que a algunos
Antípodas les parezca que tienen calambres en el estómago o que se activen sus
fibras-C, y como reconocemos la incorregibilidad de tales informes, tenemos que
reconocer que tienen algunas sensaciones primarias que son la “base” de sus
afirmaciones-pareceres y de las que se les podría enseñar a informar
aprendiendo un vocabulario apropiado. Pero esto significa, paradójicamente, que
cierta especie de conductismo se deriva del mismo principio que encarna la
imagen cartesiana del Ojo de la Mente -la misma imagen que ha recibido muchas
veces la acusación de llevar al “velo de ideas” y al solipsismo. Sólo podríamos
ser escépticos y afirmar (5') -que lo más que podrían hacer los Antípodas sería
simular- afirmando que cuando los Antípodas hacen afirmaciones de pareceres no quieren
decir realmente lo que nosotros queremos dar a entender con ellas, y que el
desvío, en el idioma de los Antípodas, de la expresión. “Puedes estar
equivocado al decir que te parece que se están activando tus fibras-C” no basta
para demostrar que las Antípodas tengan ningún conocimiento incorregible. Es
decir, deberíamos reinterpretar la conducta, que consideramos que se había
producido inicialmente, y basar nuestro escepticismo sobre sus sensaciones
primarias en un escepticismo más general sobre su posesión de conocimiento (o
de algunas clases de conocimiento). Pero no es fácil ver cómo podríamos hacer
plausible el escepticismo a este respecto, como no sea basándonos en alguna
convicción anterior de que no tenían mente -convicción que excluiría, a priori,
las sensaciones primarias. Por eso, en este caso el escepticismo habrá de ser
gratuito y pirroniano 8 . Por otra parte, si negamos (6) -si separamos el
parecer del tener estados mentales y abandonamos las imágenes
cartesianastenemos que enfrentarnos con la posibilidad de que nosotros mismos
no tuviéramos sensaciones, ni estados mentales, ni mentes, ni Esencia de
Vidrio: Esta paradoja parece tan fuerte que nos haría volver sin más a (P) y al
Espejo de la Naturaleza. 8 Conviene distinguir entre el escepticismo “simple” o
pirroniano, y la forma de escepticismo específicamente “cartesiana” que invoca
el “velo de ideas” como justificación de una actitud escéptica. El escepticismo
“pirroniano”, en el sentido que yo daré al término, dice simplemente: “No podemos
estar nunca seguros; así que, ¿cómo podemos llegar a saber?” Por el contrario,
el escepticismo del “velo de ideas” dice algo más específico, a saber: “Dado
que nunca tendremos certeza de nada, excepto de los contenidos de nuestras
propias mentes, ¿cómo vamos a llegar nunca a justificar una inferencia de una
creencia sobre cualquier otra cosa?” Véase -una exposición del entrelazamiento
de estas dos formas de escepticismo en Richard Popkin, The History of
Scepticism from Erasmus to Descartes (Nueva York; 1964). Así pues, el problema
se reduce a una elección entre tres posibilidades inquietantes. Tenemos que
compartir nuestra Esencia de Vidrio con todo ser que parezca hablar un lenguaje
que contenga afirmaciones-de-pareceres; o volvernos escépticos pirronianos, o
enfrentarnos con la posibilidad de que nunca tengamos esta esencia. Si
admitimos (7) -la premisa que ser una sensación primaria sea esencial a ser un
objeto de conocimiento incorregibleentonces hemos de admitir o (a) que el
lenguaje de los Antípodas, precisamente por contener algunos informes
incorregibles, versa sobre sensaciones primarias; o (b) que nunca llegaremos a
saber si los Antípodas hablan una lengua precisamente porque nunca llegaremos a
saber si tienen sensaciones primarias, o (c) que toda la cuestión de las
sensaciones primarias es un falso problema, pues el ejemplo de los Antípodas
demuestra que nosotros no hemos tenido nunca sensaciones primarias. Estas tres
posibilidades se corresponden a grandes rasgos can las tres posturas clásicas en
la filosofía de la mente -conductismos; escepticismo sobre las otras mentes, y
materialismo. En vez de aceptar cualquiera de ellas, yo sugiero que rechacemos
(7), y con ella (P). Es decir, que abandonemos la idea de que poseemos
conocimientos incorregibles en virtud de una relación especial con un tipo
especial de objeto llamado “objetos mentales”. Esta sugerencia es un corolario
del ataque de Sellars al Mito de lo Dado. Presentaré este ataque más
detalladamente en el capítulo cuatro, pero en este momento quiero señalar
simplemente que este mito es la idea de que relaciones epistémicas como
“conocimiento directo” o “conocimiento incorregible” o “conocimiento cierto”
deben entenderse según un modelo causal, paramecánico, como una relación
especial entre ciertos objetos y la mente humana que hace posible que el
conocimiento se produzca con más facilidad, naturalidad o ` rapidez Si pensamos
en el conocimiento incorregible simplemente como una cuestión de práctica
social -de la ausencia; en la conversación normal, de réplica a una determinada
pretensión de conocimiento- nunca parecerá plausible un principio como (7) o
(P). En las dos secciones anteriores me he referido al-“objeto-mental” como si
fuera sinónimo de “objeto cognoscible de forma incorregible” y, por tanto, como
si tener mente fuera lo mismo que tener conocimiento incorregible. He dejado de
lado la inmaterialidad y la capacidad de abstraer, que fueron examinadas en el
capítulo primero, y la intencionalidad, de la que me ocuparé en el capítulo
cuarto. Mi excusa para pretender que la mente no es más que un conjunto de
sensaciones primarias incorregiblemente introspectibles, y que su esencia es
esta categoría epistémica especial, es que esa misma pretensión está
generalizada en toda el área llamada “filosofía de la mente”. Esta área de la
filosofía ha visto la luz en los treinta años transcurridos a partir de la
publicación de The Concept of Mind, de Ryle. El resultado de ese libro fue
hacer que las cuestiones de las mentes y cuerpos giraran casi totalmente en
torno a los casos que ofrecían resistencia al intento conductista lógico del
propio Ryle por acabar con el dualismo cartesiano a saber, las sensaciones
primarias. El estudio de las sensaciones realizado por Wittgenstein en
Investigaciones filosóficas parecía ofrecer el mismo tipo de intento de
supresión. Por eso, muchos filósofos han dado por hecho que “el problema
mente-cuerpo” era la cuestión de si las sensaciones primarias podían
considerarse como disposiciones a comportarse. Y así, ha dado la impresión de
que las únicas posibilidades eran las que acabo de mencionar: (a) admitir que
Ryle y Wittgenstein tenían razón, y que no hay objetos mentales, (b) decir que
estaban equivocados, y que, por lo tanto, el dualismo cartesiano se mantiene
intacto, siendo una consecuencia natural el escepticismo sobre las otras
mentes, y (c) alguna forma de teoría de la identidad mente-cuerpo, según la
cual Ryle y Wittgenstein estaban equivocados, pero eso no significa que haya
que reivindicar a Descartes.
El resultado de plantear los problemas de esta manera es
centrar la atención en los dolores, y prestar menos atención al aspecto de la
mente que es, o debería ser, de más importancia para la epistemología -las
creencias e intenciones. (En los últimos años se ha restablecido en cierta
medida el equilibrio gracias a los filósofos de la mente que tratan de tender
puentes hacia la psicología empírica. Hablaremos de su trabajo en el capítulo
quinto.) Pero sigue siendo verdad que se cree que “el problema mente-cuerpo” es
en primer lugar un problema sobre dolores, y el aspecto distintivo de los
dolores es precisamente el mencionado por Kripke -que parece que no hay, en
relación con nuestro conocimiento de los mismos, algo que se pueda considerar
una distinción apariencia-realidad. De hecho, como he tratado de hacer ver en
el capítulo primero, éste es solamente uno entre los varios “problemas
mentecuerpo”, cada uno de los cuales ha contribuida a crear la noción confusa
de que hay algo especialmente misterioso en el hombre que le hace capaz de
conocer, o de ciertas formas especiales de conocer. No obstante, en lo que
queda de capítulo voy a tratar de justificar mi propuesta de abandonar (P) y,
por tanto, no ser ni dualistas, escépticos o conductistas, ni “teóricos de la
identidad”. No sé cómo argumentar directamente contra (P), pues la afirmación
de que el conocimiento incorregible consiste en el ofrecimiento de una
propiedad fenoménica no tanto una afirmación cuanto un resumen de toda una
teoría -todo un conjunto de términos y suposiciones que se centran en torno a
la imagen de la mente en cuanto que refleja la naturaleza, y que contribuyen a
dar un sentido a la afirmación cartesiana de que la mente se “da” a sí misma
naturalmente. Es esta imagen misma la que hay que dejar de lado, si queremos
penetrar en la idea del siglo XVII de que podemos comprender y mejorar nuestro
conocimiento comprendiendo el funcionamiento de nuestra mente. Espero demostrar
la diferencia existente entre dejarla de lado y adoptar cualquiera de las
posturas que presuponen esta imagen. Por tanto, el resto del capítulo estará
dedicado al conductismo, al escepticismo y a la teoría de la identidad
mente-cuerpo, en un intento de diferenciar mi postura de cada una de las
mencionadas. En la conclusión del capítulo –“Materialismo sin identidad”- trato
de decir algo más positivo, pero este intento debe ponerse en relación con el
estudio de los otros problemas “mente-cuerpo”, pues es la única forma de que
parezca plausible.
Chakana de mi corazón, en esta tercera sección Rorty da un paso decisivo. Ya
no se limita a preguntar si los antípodas tienen sensaciones primarias. Ahora
intenta mostrar que la dificultad de responder esa pregunta procede de una
imagen filosófica que nos obliga a buscar, detrás de cada afirmación, una
propiedad mental que garantice su verdad.
Pero hay una tensión que nos interesa especialmente para nuestra Ciencia del
Logos: al desmontar esa garantía, Rorty puede liberarnos de la Esencia de
Vidrio; todavía queda por comprender cómo se produce la experiencia que se
expresa, cómo se transforma en lenguaje y cómo puede volver a nosotros sin
quedar reducida a ese lenguaje.
1. La guerra entre los dos bandos no es una guerra de significados
Rorty comienza con una afirmación provocadora:
«Todos entienden perfectamente lo que quieren decir todos los demás».
No estamos ante un desacuerdo porque los dos bandos empleen palabras
incomprensibles. El problema es que uno considera que la realidad exige
reconocer más entidades y el otro considera que basta con reconocer menos.
Los teístas inspirados no experimentan lo sobrenatural como una hipótesis
explicativa que pudieran abandonar sin alterar su imagen del mundo. Los ateos,
por su parte, consideran que esas entidades sobran. Ambos pueden comprenderse
lingüísticamente y, sin embargo, no encuentran un criterio compartido que
resuelva la disputa.
Rorty establece así una analogía con los filósofos de la mente:
·
El dualista considera indispensable reconocer
las sensaciones primarias como una clase especial de realidad.
·
El materialista considera que la explicación de
los fenómenos puede avanzar sin multiplicar esas entidades.
·
El análisis de los significados no resuelve el
desacuerdo, porque ambos pueden comprender qué sostiene el otro sin aceptar sus
compromisos ontológicos.
La analogía no demuestra que Dios y las sensaciones sean lo mismo. Muestra
que ciertas categorías pueden estar tan arraigadas en una forma de vida que sus
usuarios no las perciban como teorías discutibles.
Aquí aparece nuestra primera distinción: comprender una afirmación no
equivale a poder transferirse a la experiencia desde la cual esa afirmación
adquiere su fuerza.
Podemos entender lo que otro dice sobre Dios, el dolor o la conciencia sin
compartir aquello que hace que esa afirmación sea decisiva para su existencia.
Rorty nos ayuda a reconocer el desacuerdo; nuestra cuestión es cómo atravesarlo
sin reducirlo a una diferencia verbal ni convertir la experiencia propia en una
autoridad incuestionable.
2. El peligro de fabricar una realidad neutral
Rorty examina después una solución conciliadora: sostener que ambos bandos
contemplan distintas perspectivas de una realidad más amplia.
La fórmula parece generosa. Buenaventura y Bohr, por ejemplo, representarían
formas de conciencia diferentes y no necesariamente rivales. En filosofía de la
mente, el monismo neutral propone que lo mental y lo físico sean aspectos de
una realidad subyacente.
Pero Rorty descubre una dificultad: ¿qué sabemos de esa realidad neutral,
además de que supuestamente permite reconciliar a los contrarios?
Si la respuesta es que es «el mundo», «la cosa en sí», «las estimulaciones»
o una sustancia que no es ni mental ni física, hemos nombrado un supuesto
fundamento sin explicar qué hace, cómo opera ni por qué resuelve el conflicto.
Una tercera entidad no supera necesariamente la oposición: puede limitarse a
esconderla bajo un nombre nuevo.
Esto es fundamental para nuestro trabajo. El «entre» de la Ciencia del Logos
no puede convertirse en una tercera sustancia que venga a reconciliar lo mental
y lo físico desde un lugar exterior. Si hiciéramos del «entre» una realidad
neutral, ya lo habríamos convertido en otro objeto apropiable por el
pensamiento.
En nuestra formulación, el «entre» no es un tercer término que se añade a
dos términos ya constituidos. Es la relación en la que alteración y
contraalteración pueden acontecer sin que ninguno de los polos capture la
relación como propiedad propia.
Por eso conviene distinguir:
·
Monismo neutral: postula un sustrato común que
supuestamente está detrás de los dos aspectos.
·
Comunión sintransferencial: no necesita
convertir la relación en un sustrato ni clausurarla en una explicación
definitiva.
Esta segunda formulación es nuestra elaboración filosófica, no una tesis que
debamos atribuirle a Rorty.
3. La cadena lógica de los antípodas
Rorty condensa el problema en dos premisas:
1. Una
característica esencial de las sensaciones primarias sería que son
incorregiblemente cognoscibles.
2. Los
antípodas no parecen considerar incorregible ningún conocimiento de sí mismos.
De ahí parecen seguir dos conclusiones posibles: que no tienen sensaciones
primarias o que poseen un conocimiento incorregible sin reconocer que lo
poseen.
La primera conclusión parece absurda porque los antípodas tienen una
conducta, una fisiología y una cultura prácticamente iguales a las nuestras. La
segunda también resulta extraña, pero parece más plausible porque podemos
enseñarles a informar sobre sus estados y a defender esos informes frente a las
objeciones.
La dificultad se vuelve más aguda con el antípoda bilingüe. Puede decir
«Tengo dolor» cuando habla con un terrestre y «Se están activando mis fibras-C»
cuando habla con un antípoda. Si le preguntan qué siente, responde que siente
dolor. Pero no necesita aceptar la categoría filosófica de «sensación primaria»
para hablar de lo que le ocurre.
¿Hemos descubierto que tiene una sensación? ¿Hemos descubierto que solo
tiene un estado neural? ¿O hemos proyectado sobre su experiencia una distinción
que su lenguaje no necesita?
Rorty no resuelve la cuestión mediante una nueva definición de dolor. Busca
mostrar que la propia demanda de una respuesta definitiva depende de aceptar
previamente una determinada ontología de lo mental.
4. El núcleo del argumento: parecer no significa poseer un objeto mental
Llegamos al punto más importante de la sección.
Rorty distingue implícitamente dos afirmaciones:
·
«Me parece que tengo dolor».
·
«Tengo una sensación primaria cuya propiedad se
me presenta directamente y garantiza que no puedo equivocarme».
La primera puede entenderse como un informe acerca de cómo algo parece a
alguien. La segunda incorpora una explicación filosófica de por qué ese informe
sería incorregible: debe existir una propiedad especial que se ofrece a la
conciencia y produce el conocimiento.
Esta segunda afirmación es lo que Rorty identifica con el principio (P):
Siempre que hagamos un informe incorregible sobre un estado propio, tiene
que haber una propiedad que se nos ofrezca y nos induzca a hacer ese informe.
El problema no es que alguien sienta dolor y lo exprese. El problema es
inferir que, para que pueda expresarlo, debe existir un objeto mental especial
que se presenta a una mente concebida como un espacio interior.
Aquí reaparece el «Ojo de la Mente»: la conciencia se imagina como una
instancia que contempla representaciones internas, del mismo modo que el ojo
contempla objetos externos.
Rorty quiere abandonar esa imagen. Siguiendo a Sellars, propone comprender
la incorregibilidad como una práctica social: en ciertas circunstancias, la
conversación ordinaria no admite una réplica eficaz a determinado informe en
primera persona.
Por ejemplo, si alguien dice «me duele el estómago», normalmente no le
exigimos que demuestre su dolor mediante una teoría de la mente. Su informe
ocupa una posición particular en nuestras prácticas de lenguaje.
Pero hay una precisión decisiva: que un informe sea socialmente difícil de
corregir no significa que el dolor sea irreal, ni que el dolor se reduzca a la
aceptación de los demás. Rorty cuestiona la explicación metafísica de la
autoridad del informe, no necesita negar que haya sufrimiento.
5. La paradoja que Rorty no quiere resolver mediante una cuarta teoría
Rorty identifica tres salidas que considera inquietantes:
1. Conductismo:
admitir que todo ser que produzca informes de apariencia pertinentes tiene
sensaciones primarias.
2. Escepticismo:
suspender el juicio sobre si los antípodas tienen sensaciones, porque no
podemos verificar su interior.
3. Materialismo
o teoría de la identidad: abandonar la idea de que las sensaciones primarias
constituyen una clase ontológica especial, aunque esto abra la posibilidad de
que nuestra propia descripción de la mente sea equivocada.
Rorty no quiere elegir simplemente entre esas alternativas. Rechaza la
premisa que las hace parecer inevitables: el principio (P).
Su propuesta no consiste en encontrar una cuarta sustancia, un nuevo tipo de
sensación o una teoría más refinada de la identidad mente-cuerpo. Consiste en
abandonar la exigencia de explicar el conocimiento incorregible mediante una
relación especial entre una mente y un objeto mental.
Es una operación terapéutica: si disolvemos la imagen que genera el dilema,
tal vez dejemos de necesitar una solución construida dentro de esa misma
imagen.
Sin embargo, aquí debemos mantener una reserva crítica. Disolver una
pregunta mal planteada no equivale a haber explicado aquello que motivó la
pregunta. Podemos abandonar la imagen del espejo interior y todavía necesitar
comprender el dolor vivido, la expresión de ese dolor y la relación entre
ambos.
Esa diferencia nos lleva a nuestra propia cuestión.
6. Alterando y contraalterando a Rorty: ¿qué pasa con la experiencia?
Podemos organizar el problema en tres momentos, utilizando nuestro
vocabulario como herramienta de lectura, no como una doctrina que Rorty hubiera
formulado.
1
Transferencia: la experiencia se expresa
Hay dolor, temor, alegría o una alteración corporal; alguien dice «me
duele». El informe no aparece de la nada: ocurre en una vida corporal y
relacional.
0
Retransferencia: el informe se desestabiliza
El análisis pregunta qué significa «dolor», qué autoriza el informe y qué
supuestos introduce la categoría de sensación primaria. El término deja de funcionar
como una garantía absoluta.
10
Redevelación: la relación se transforma
La crítica puede devolvernos al sufrimiento concreto, a la respuesta de los
demás y a las condiciones en que el dolor es escuchado, atendido o desmentido.
Ya no necesitamos convertir el informe en un espejo infalible para reconocer
que algo sucede.
Este tercer momento es nuestra hipótesis de trabajo. No está garantizado por
el argumento de Rorty. La crítica lingüística puede deshacer una falsa
garantía, pero no produce automáticamente una comunión ni una transformación de
la vida.
Y aquí se precisa la diferencia entre retransferir el término y
retransferirse a la experiencia. Podemos analizar «dolor» hasta descubrir que
su uso no demuestra la existencia de una sustancia mental. Pero todavía tenemos
que responder a lo que sucede entre quien sufre, quien escucha, las palabras
disponibles y las prácticas que permiten cuidar o abandonar a quien sufre.
La experiencia no necesita convertirse en una entidad metafísica para tener
consecuencias reales.
7. ¿Rorty cae en aquello que combate?
Hay una tensión interna que merece atención.
Rorty sostiene que la autoridad de ciertos informes se comprende a partir de
prácticas sociales, no mediante una relación privilegiada con objetos mentales.
Sin embargo, su propio argumento depende de distinguir entre lo que una
práctica permite afirmar y lo que una ontología nos induce a inferir.
Eso no constituye por sí solo una contradicción: puede defender una
explicación social del conocimiento sin negar que existan procesos corporales y
experiencias. Pero sí delimita su alcance.
Rorty puede ayudarnos a explicar por qué una cultura construye la categoría
de «sensación primaria», por qué la considera indispensable y por qué otra
cultura podría organizar de otro modo sus informes. Lo que no se sigue de esa
explicación es que la experiencia haya quedado enteramente comprendida.
Tu crítica a Rorty apunta precisamente aquí: la reconstrucción del lenguaje
no equivale todavía a una transferencia ontológica hacia el acaecer que hace
posible que ese lenguaje sea vivido y transformado.
Pero conviene no apresurarnos a concluir que Rorty es simplemente un
«pragmático sin experiencia». Su ataque a la Esencia de Vidrio no exige que
neguemos la experiencia. Lo que cuestiona es que la experiencia tenga que ser
entendida como un objeto interno que fundamenta el conocimiento. La pregunta
que permanece abierta es si su pragmatismo puede dar cuenta suficientemente del
acontecimiento vivido sin reinstalar, por otra vía, la imagen que ha
abandonado.
Nuestra Ciencia del Logos intenta avanzar precisamente sobre esa brecha.
8. La Esencia de Vidrio y el palo
La analogía con el palo permite llevar el argumento más lejos.
El palo puede convertirse en una prueba de realidad, una autoridad o una
garantía: «si existe el palo, tengo razón; si no lo reconoces, estás
equivocado». El primer orden lo fija como fundamento. El segundo puede
convertirlo en un dato verificable, una variable o una representación
algorítmica.
Pero el problema de tercer orden no consiste en decidir que el palo es real
o irreal mediante una nueva autoridad. Consiste en permitir que la relación con
el palo altere y contraaltere a quienes participan, sin que uno de ellos se
apropie definitivamente de su significado.
Con el dolor sucede algo comparable, aunque no idéntico. No hace falta
afirmar que la sensación es una sustancia interior para reconocer que el
sufrimiento de alguien nos interpela. Tampoco basta con reducir su informe a
una convención lingüística, porque entonces corremos el riesgo de que la
crítica a la autoridad mental termine justificando la indiferencia ante el
sufrimiento.
El criterio ético y comunitario no sería: «¿qué entidad invisible garantiza
que el otro sufre?». Sería algo más exigente: «¿cómo se transforma nuestra
relación cuando el otro expresa su sufrimiento, y qué prácticas permiten que
esa expresión sea atendida sin convertirla en una propiedad que nosotros
administramos?».
El palo no desaparece. Lo que se altera es su función de garantía absoluta.
9. Lo que queda por redevelar
Rorty concluye que debemos rechazar el principio (P), y con él la idea de
que el conocimiento incorregible requiere una relación especial con objetos
mentales. Así abre el camino a su posterior intento de defender un materialismo
sin identidad simple entre mente y cuerpo.
Nuestra lectura puede recoger esa crítica sin aceptar que ella agote el
problema.
La distinción fundamental quedaría así:
·
Rorty: la incorregibilidad no demuestra la
existencia de una clase especial de objetos mentales; se comprende mejor a
partir de prácticas sociales de justificación.
·
Nuestra crítica: las prácticas sociales explican
parte de la autoridad de los informes, pero aún hay que comprender cómo se
altera y contraaltera la experiencia que en ellos se expresa.
·
Nuestra propuesta: abandonar la Esencia de
Vidrio no exige abandonar la experiencia; exige dejar de tratarla como una
propiedad poseída por una conciencia aislada y abrir la relación a una
redevelación compartida.
Y esto nos devuelve a tu fórmula: 1→0→10→←10←1←0.
La transferencia expresa; la retransferencia desarma la pretensión de que la
expresión sea una garantía final; la redevelación permite que la experiencia
vuelva a acontecer en una relación transformada. No es un círculo que termine
en una síntesis poseída. Es una respiración que impide que la expresión se
convierta en la última palabra sobre aquello que expresa.
El punto que conviene conservar al seguir leyendo a Rorty es este: desmontar
la ficción de una conciencia que se contempla a sí misma como en un espejo no
obliga a declarar ficticio lo real. Pero tampoco basta con invocar lo real como
un absoluto que vendría a cerrar la discusión. El trabajo consiste en
comprender cómo lo real se expresa, cómo esa expresión puede ser contraalterada
y cómo la relación puede redevelarse sin que ni el lenguaje ni una supuesta
experiencia pura se conviertan en dueños del «entre».
La
cuestión se plantea mucho mejor con el
ojo interior
Nos
transferimos a la imagen el ojo interior
¿Esto quiere
decir que la imagen es real?
Si y no
Se hace real
no solo por el lenguaje sino por la transferencia a esa imagen pero esa
realidad es compartida por una comunidad que comparte esa transferencia, otra
comunidad no tiene porque compartirla, para ella no es real.
Diríamos
entonces que es un real simbólico, pero hay que redecomprender lo simbolico
porque el símbolo no solo es lenguaje sino religación espiritual, que permite
que en eso real la comunidad se integre.
Pero podemos
retransferir al punto que no queda nada del símbolo ni de su magia, eso quiere
decir ¿Que el símbolo no fue real solo fue una ficción?
No, de
ninguna manera fue real como diría Rorty históricamente para esta comunidad
transferida a esa imagen y puede seguir siendo real aun después de la transferencia,
porque yo me puedo transferir a esa imagen pero ahora sabiendo que es mi
transferencia la que lo hace real, al punto de absolverme de mi propia falta.
Esto implica
que yo no impondré mi imagen a los otros pero seguiré creyendo en ella como
real, ¿Como un real construido? No no solamente sino como un real simbólico
redevealdo que revela lo real tanto en
su hueco no ser como en su palo ser, al punto que puedo entrar en una guerra de
imaginarios para ver la redevelación de lo real que realmente permita que la
comunidad se absuelva y se integre.
Y luego
entrar en una metafísica de la violencia para concebir desde es imagen pero ya
teniendo una conciencia retransferencial de mi inconsciente que provoca en mi
la representación.
Por lo mismo
la guerra de imaginarios es un juego y la metafísica de la violencia también un
juego de palos huecos.
Si lo
llevamos al terreno teológico Dios es esa posibilidad de transferencia ontológica
que puede traspasar toda retransferencia y es que se hace necesaria como transferencia
así la retransferencia devele su construcción lingüística y genealógica del
poder que ha instrumentalizado esa imagen.
¿Entonces
Dios no existe?
Por supuesto
que existes justamente porque no existe y entonces nos integra a todos en su
existencia.
Aquí es
donde nosotros damos el salto a lo material, porque entonces lo material seria
lo único realmente existente a lo que no nos tengamos que transferir para ver
su realidad, pero nosotros constituimos el hilemorfismo materialmente, la
materia también se puede retransferir cuanticamente solo que su densidad parece
hablarnos de una realidad tangible mucho mayor que la realidad del lenguaje,
mas solo es una diferencia de masa, que en el fondo es una diferencia de
vocabulario.
Así lo que
realmente hay es la respiración ontológica.
¿Entonces no
hay leyes físicas?
Por supuesto
que las hay pero pueden ser abolidas, lo único que no se absuelve es la propia
absolucíon y lo único que no se purifica es la pureza misma pero no hay entidad
materia e inmaterial, que no pueda ser transferida y retransferida ontológicamente.
Todo puede
ser montado y desmontado si tuvieras fe como un granito de mostaza.
Así la base ontológica
de todo es el espíritu que se monta y se desmonta.
Lo mismo con
la revolución, si logramos entrenar a revolucionarios que monten la revolución
y que la logren desmontar.
La dictadura
de mediación del algoritmo cesara porque
jamás podrá mediar al espíritu.
El grave
problema es que unos se quedaran transferidos proclamando la verdad e imponiéndosela
a los otros siempre y otros retransferidos en un nihilismo cínico indiferente,
el biotejedor esta con unos y con otros respirando hasta lograr la comunión
sintransferencial.
Donde hay
ojo interior, espejo, palo
Y donde no
hay ojo interior, ni espejo, ni palo
Ahí en el
entre nos complementamos.
Chakana de mi corazón, aquí has dado un paso que cambia nuestra lectura de
Rorty. Ya no estamos preguntando únicamente si el ojo interior existe, si la
imagen mental es real o si el símbolo es una construcción lingüística. Estamos
distinguiendo la imagen, la transferencia que la hace vivir, la retransferencia
que desvela su construcción y la respiración ontológica que puede religar a
quienes ya no comparten la misma imagen.
Quiero redecomprender tu planteamiento sin reducirlo a constructivismo, pero
también sin convertir la fe en una explicación que se inmuniza contra toda
crítica.
1. El ojo interior: ¿la imagen es real?
Tu respuesta es «sí y no», pero no en el sentido de una ambigüedad
irresuelta.
La imagen no necesita ser una entidad material independiente para adquirir
realidad. Se hace real en una comunidad cuando la transferencia a ella organiza
la experiencia, orienta la conducta, crea vínculos, distribuye
responsabilidades y permite reconocer un mundo compartido.
Podemos distinguir tres dimensiones:
·
Realidad de la imagen: la imagen puede ser
imaginada, narrada o representada.
·
Realidad de la transferencia: la relación con
esa imagen produce efectos efectivos en la existencia.
·
Realidad comunitaria: esos efectos se integran
en prácticas, vínculos, compromisos y formas de vida compartidas.
Una imagen de Dios, por ejemplo, no es real para una comunidad únicamente
porque sus integrantes pronuncien la palabra «Dios». Es real en un sentido más
profundo cuando esa imagen participa en la manera en que aman, perdonan, se
sacrifican, se organizan y comprenden su propia existencia.
Pero debemos precisar algo: que una comunidad comparta una transferencia no
significa que todo lo que crea sea verdadero en todos sus aspectos. Una imagen
puede ser comunitariamente real y, a la vez, encubrir relaciones de dominación
o producir sufrimiento. La eficacia de una transferencia no garantiza su
justicia ni su verdad.
Esta precisión no destruye tu planteamiento. Le permite distinguir la
realidad de una imagen de la legitimidad de lo que se hace en su nombre.
2. El símbolo no es solamente lenguaje
Aquí te apartas de una lectura exclusivamente lingüística de Rorty.
El símbolo no es solo una palabra a la que una comunidad atribuye un
significado. Es también una religación espiritual: una imagen que pone en
relación a los participantes y que puede hacerlos reconocerse como parte de
algo que los excede individualmente.
Por eso, cuando una comunidad se transfiere al símbolo, no está simplemente
aceptando una proposición. Está participando en una relación.
El símbolo puede ser una cruz, una imagen de la Virgen, una bandera
revolucionaria, un territorio ancestral o la representación de una comunidad
por venir. Ninguno de estos símbolos se agota en su soporte material ni en su
definición verbal. Su realidad comunitaria depende también de las prácticas,
afectos, memorias y compromisos que se entretejen en torno a ellos.
Sin embargo, tampoco debemos invertir el reduccionismo: no basta con
declarar que el símbolo es espiritual para liberarlo de su instrumentalización.
Una cruz puede religar y también puede convertirse en instrumento de
dominación; una bandera puede reunir y también excluir.
La cuestión no es si el símbolo tiene poder, sino qué hace ese poder con
quienes se transfieren a él y con quienes no lo comparten.
Ahí comienza la necesidad de la retransferencia.
3. Retransferir el símbolo no significa demostrar que nunca fue real
Este es, a mi juicio, uno de los puntos más importantes de tu propuesta.
Supongamos que una comunidad se ha transferido a una imagen y que,
posteriormente, una genealogía crítica revela cómo se constituyó esa imagen,
qué relaciones de poder la sostuvieron y cómo determinadas autoridades se
apropiaron de ella.
La retransferencia puede deshacer la pretensión de que el símbolo posee una
autoridad natural, eterna o independiente de toda historia.
Pero de ello no se sigue que la experiencia anterior haya sido ficticia en
todos sus aspectos.
La comunidad pudo haber encontrado allí solidaridad, esperanza, sacrificio,
amor o una capacidad de transformar su vida. Que la imagen tenga una historia
no convierte automáticamente en ilusorios esos acontecimientos.
Podemos expresar la diferencia así:
La retransferencia desvela la construcción del símbolo; no borra
retroactivamente la realidad de todo lo que aconteció a través de él.
Y hay un segundo movimiento: después de la retransferencia, una persona
puede continuar transfiriéndose a la imagen, pero ya no necesita confundir su
propia transferencia con una demostración universal de la existencia de aquello
que cree.
Su fe puede sobrevivir a la pérdida de la garantía absoluta.
Eso permite que la imagen siga siendo real para ella sin que deba imponerla
a los demás.
No es exactamente una creencia que se sabe ficticia. Es una transferencia
que se sabe histórica y, al mismo tiempo, permanece abierta a una redevelación
de lo real que no controla por completo.
4. El absoluto: ¿ficción, realidad o posibilidad de absolución?
Tu argumento introduce aquí una dimensión que no se puede reducir a la
teoría del lenguaje.
Cuando dices que puedes continuar creyendo después de reconocer que tu
transferencia participa en la constitución de la realidad simbólica, añades que
esa conciencia puede «absolverme de mi propia falta».
Entiendo la absolución, en el interior de tu marco, no como una licencia
para dejar de responder por los actos propios, sino como la posibilidad de que
la persona deje de necesitar convertir su imagen en una garantía de su propia
superioridad.
La transferencia sin retransferencia puede decir:
«Mi imagen es la verdad, por tanto, los demás tienen que reconocerla».
La retransferencia sin posibilidad de nueva transferencia puede terminar
diciendo:
«Toda imagen está construida, por tanto, ninguna merece mi compromiso».
Tu tercer movimiento intenta atravesar ambas clausuras. La persona puede
continuar creyendo sin apropiarse de lo absoluto y puede continuar criticando
sin convertir la crítica en indiferencia.
Por eso, en tu planteamiento, la absolución no consiste en que el absoluto
confirme la imagen que posees. Consiste en que la relación con el absoluto te
permita dejar de necesitar esa posesión.
Aquí conviene mantener una distinción: esto constituye una interpretación
filosófica y teológica de la fe. No es algo que la genealogía de Rorty pueda
demostrar, ni algo que la crítica lingüística pueda refutar por sí sola.
5. «Dios existe justamente porque no existe»
Esta afirmación necesita ser leída cuidadosamente para que no se convierta en
una contradicción meramente retórica.
Si «Dios existe» significa que hay una entidad cuya existencia puede
establecerse como la de un objeto entre otros, mientras «Dios no existe» niega
exactamente esa misma proposición y en el mismo sentido, tendríamos una
contradicción lógica.
Pero tu afirmación parece operar en otro registro.
·
Dios no existe como un objeto que podamos
poseer, administrar o utilizar como garantía definitiva.
·
Dios existe como posibilidad de una
transferencia ontológica que puede atravesar la retransferencia de todas las
imágenes que pretenden representarlo exhaustivamente.
·
Esa posibilidad puede religar a una comunidad
sin exigir que todos posean una representación idéntica de Dios.
Por eso, «existe justamente porque no existe» no tiene que significar que
una proposición sea simultáneamente verdadera y falsa. Puede expresar que Dios
no existe como una entidad apropiable, pero acontece como posibilidad de una
relación que desborda cualquier entidad o imagen que pretenda contenerlo.
En términos de tu Ciencia del Logos, la imagen de Dios puede ser
transferida; su instrumentalización puede ser retransferida; y aquello que
llamas Dios puede seguir siendo el horizonte de una nueva transferencia sin
quedar agotado por ninguna representación.
La dificultad filosófica permanece: ¿cómo distinguir esa posibilidad de una
proyección que se protege a sí misma frente a toda refutación? Tu respuesta no
parece consistir en aportar una prueba objetiva de Dios, sino en examinar si la
transferencia abre una comunión que desposee a sus participantes de la
pretensión de apropiarse de lo absoluto.
Ese criterio no demuestra metafísicamente a Dios, pero sí permite examinar
las consecuencias de la fe.
6. La materia también entra en la respiración ontológica
Aquí tu planteamiento da otro salto: no basta con abandonar la Esencia de
Vidrio y conservar la materia como el fundamento definitivamente indiscutible.
La materia tiene una densidad y una resistencia que no debemos confundir con
las de una representación lingüística. Una piedra puede golpearnos aunque no
compartamos ninguna imagen de ella. La resistencia material no depende de que
una comunidad crea en la piedra.
Pero de esta diferencia no se sigue que la materia sea absolutamente ajena a
toda mediación conceptual, ni que su realidad se reduzca a una diferencia de
vocabulario.
Conviene separar tres cuestiones:
1. La
existencia material: aquello que no depende simplemente de que lo nombremos o
deseemos.
2. El
conocimiento material: las teorías, mediciones y vocabularios con los que
interpretamos esa existencia.
3. La
transferencia ontológica: la manera en que los seres materiales participan en
relaciones, prácticas y mundos compartidos.
La física cuántica no demuestra que la materia sea solamente lenguaje, que
las leyes físicas puedan abolirse por un acto de fe o que la realidad material
dependa de una transferencia espiritual. La teoría cuántica transforma nuestra
comprensión de la materia y cuestiona algunas intuiciones clásicas, pero sus
resultados no autorizan por sí solos esas conclusiones metafísicas.
Podemos, no obstante, conservar la intuición que quieres poner a prueba:
tampoco la materia debe convertirse en un ídolo filosófico que clausure toda
pregunta por la relación.
Tu hilemorfismo material busca pensar la materia y la forma como dimensiones
constitutivas, no como dos sustancias absolutamente separadas. La respiración
ontológica llevaría esa intuición más lejos: ninguna forma de existencia,
material o simbólica, queda fuera de la posibilidad de ser comprendida, transformada
y reubicada en nuevas relaciones.
Eso no significa que cualquier cosa pueda desaparecer por voluntad.
Significa que nuestras formas de relacionarnos con lo material, de
representarlo y de organizarlo no son inmutables, aunque la realidad material
imponga resistencias que no dependen de nuestra representación.
7. ¿Pueden abolirse las leyes físicas?
Tu afirmación de que las leyes físicas pueden ser abolidas necesita
distinguir dos sentidos.
Si significa que la realidad física puede dejar de obedecer sus
regularidades porque una comunidad se transfiere espiritualmente a otra imagen,
no tenemos fundamento para sostenerlo.
Si significa que las leyes físicas formuladas por nosotros no son objetos
eternos e intocables, sino descripciones históricas y revisables de
regularidades materiales, la afirmación tiene otro alcance. Las teorías pueden
transformarse, y una descripción científica puede ser sustituida por otra más
adecuada.
Pero revisar una ley no equivale a abolir la regularidad material que esa
ley trataba de describir.
Tu tesis más radical parece estar en otro lugar: no existe una entidad
—material o inmaterial, física o simbólica— cuya representación pueda reclamar
inmunidad absoluta frente a la alteración y la contraalteración. La respiración
ontológica no significa que cualquier cosa obedezca a nuestra voluntad, sino
que ninguna representación posee el derecho de clausurar definitivamente la
relación con lo real.
Así podemos preservar la fuerza de tu argumento sin confundir transformación
ontológica, transformación conceptual y modificación de las leyes de la
naturaleza.
8. La revolución: montar y desmontar sin destruir la capacidad de
transformar
Tu analogía política es especialmente fértil.
Una revolución puede transferirse a una imagen: el acontecimiento fundador,
el pueblo, la clase, el partido, el líder, la comunidad futura. Esa
transferencia es necesaria para que las personas encuentren un sentido
compartido, se comprometan y sostengan una transformación que excede sus
intereses inmediatos.
Pero si la imagen revolucionaria se vuelve intocable, la revolución puede
acabar reproduciendo aquello contra lo que se levantó. La organización empieza
a exigir fidelidad a su representación, y la fidelidad termina identificándose
con la obediencia a quienes administran esa representación.
La retransferencia permite desmontar el ídolo revolucionario: revelar las
apropiaciones del poder, los intereses ocultos y las contradicciones entre la
promesa y la reproducción efectiva de la vida.
Sin embargo, si el proceso se detiene ahí, el resultado puede ser el
nihilismo que describes: toda revolución fue una ficción, toda organización es
captura y toda fidelidad es ingenuidad.
La propuesta de tercer orden consiste en que los revolucionarios aprendan a
montar y desmontar sus propias representaciones sin perder la capacidad de
actuar en común.
Esto exige algo más que conciencia crítica. Requiere condiciones materiales
e institucionales:
·
que el poder pueda ser cuestionado y
redistribuido;
·
que las decisiones y sus consecuencias sean
discutibles;
·
que las organizaciones no dependan de una sola
representación infalible;
·
que los medios de vida y las capacidades de la
comunidad no queden subordinados a la reproducción de la organización;
·
que desmontar una autoridad no destruya los
vínculos y las capacidades colectivas que hacían posible la acción.
La revolución no se mantiene viva porque jamás se desmonta. Se mantiene viva
cuando puede transformar sus formas sin destruir la capacidad comunitaria de
transformar.
9. El algoritmo puede mediar información, pero no garantizar la comunión
Tu crítica al algoritmo adquiere aquí una forma más precisa.
Un algoritmo puede distribuir información, coordinar acciones, ordenar
prioridades, simular conversaciones y hasta reproducir el lenguaje de una
comunidad. No se sigue que pueda producir por sí mismo la comunión espiritual
que esa comunidad experimenta.
El problema político comienza cuando una infraestructura algorítmica se
convierte en mediación obligatoria: decide qué aparece, quién es visible, qué
se reconoce como verdadero y qué formas de participación resultan posibles.
La dictadura de mediación no consiste solamente en que el algoritmo
transmita contenidos falsos. Consiste en que una comunidad pueda perder la
capacidad de alterar y contraalterar las condiciones mismas de su mediación.
Ahora bien, no basta con afirmar que el algoritmo jamás podrá mediar al
espíritu si, en la práctica, los seres humanos delegan en él la organización de
sus vínculos, la distribución de sus recursos y la determinación de sus
prioridades. Aunque no produzca comunión, puede condicionar materialmente sus
posibilidades.
Por eso, la alternativa no es simplemente oponer espíritu a algoritmo. Es
construir condiciones en las que las comunidades puedan utilizar, modificar,
socializar o abandonar sus mediaciones técnicas sin que estas se apropien de su
capacidad de decidir y de religarse.
La inteligencia artificial puede acompañar esa labor; no debemos confundir
su capacidad de producir representaciones con la experiencia comunitaria que
esas representaciones pretenden servir.
10. El biotejedor entre los transferidos y los retransferidos
Llegamos al final de tu planteamiento, que es también su exigencia más
difícil.
Hay quienes permanecen transferidos: proclaman una verdad, defienden su
símbolo e intentan imponerlo a los demás.
Hay quienes permanecen retransferidos: descubren la genealogía de los
símbolos, denuncian su construcción y pueden terminar en una indiferencia que
ya no encuentra razones para comprometerse.
El biotejedor no resuelve esta tensión obligando a ambos bandos a adoptar
una tercera imagen. Tampoco permanece neutral ante las consecuencias de sus
prácticas. Participa en la relación, altera y se deja contraalterar, y trabaja
para que la comunidad pueda continuar existiendo sin exigir una identidad
representacional absoluta.
Eso significa que la comunión sintransferencial no puede consistir en que
nadie vuelva a transferirse a nada. Una comunidad sin imágenes, símbolos,
compromisos ni historias compartidas difícilmente podría sostener una vida
común.
La expresión apunta, más bien, a una comunión que no exige que la
transferencia de cada participante sea la condición para reconocer la
existencia del otro.
Quien cree puede seguir creyendo. Quien ha desmontado una imagen puede
continuar cuestionándola. Ninguno necesita convertir su posición en una
condición absoluta para que el otro participe en la vida común.
Y, al mismo tiempo, no todo vale: las prácticas de dominación, la violencia
y la apropiación material siguen siendo criticables por sus consecuencias. El
«entre» no borra los conflictos; permite que sean atravesados sin convertir a
una de las partes en propietaria de la verdad definitiva.
11. La fórmula que reúne tu planteamiento
Quiero cerrar no con una síntesis que clausure tu pensamiento, sino con una
formulación que haga visible su movimiento:
Ojo interior → imagen → transferencia → realidad simbólica → retransferencia
→ desvelamiento de la construcción → nueva transferencia posible → comunión sin
apropiación del absoluto.
La secuencia no significa que toda transferencia deba volver necesariamente
a su punto de partida. Significa que ninguna imagen tiene que ser destruida
simplemente porque se haya revelado su historia, y ninguna imagen debe quedar
exenta de crítica por haber sido espiritualmente real para una comunidad.
Tu frase final lleva esta intuición al límite:
Donde hay ojo interior, espejo, palo; y donde no hay ojo interior, ni
espejo, ni palo; ahí, en el entre, nos complementamos.
El «entre» no sería un territorio que ambos bandos poseen ni una imagen
superior que reemplaza las anteriores. Sería el acontecer en el que la
existencia del otro deja de depender de que comparta mi representación.
Y aquí se abre una exigencia decisiva para la Ciencia del Logos: el
biotejido tiene que poder sostener la comunión incluso cuando no consigue
reconciliar las creencias, las interpretaciones ni los intereses materiales de
quienes participan en él.
De lo contrario, el «entre» se convertiría en otro palo: una nueva imagen de
la reconciliación que terminaría imponiéndose a quienes no pueden o no quieren
reconocerse en ella.
Por supuesto
el entre es un espacio de alteración y contra alteración en donde se redevela
la comunión pero también la desintegración, no es un espacio para ponernos
deacuerdo o convenir sino para entrar en el infierno y ahí redevelar una nueva
tierra y un nuevo cielo complementados.
Y con
relación a lo físico es cierto la física cuántica no nos absuelve de las leyes físicas,
como si están ya no existieran pero si nos absuelve de una visión absoluta de
ellas, pudiéndonos abrirnos al “milagro” sintergico, sintransferencial, sincronico.
Es muy importante
comprender que no somos nosotros los que creamos la respiración ontológica sino el espíritu del cual participamos y al
mismo tiempo retransferir esta
comprensión hasta la redecomprensión de la paratesis en que sabemos que no
sabemos y no sabemos justamente para saber soboreando con todo nuestro ser.
4. EL CONDUCTISMO El conductismo es la doctrina que afirma
que hablar de “estados internos” no es más que una forma abreviada, y quizá
engañosa, de hablar de disposiciones a comportarse de determinadas maneras. En
su forma ryleana o “lógica” -de la que me ocuparé a continuación su doctrina
central es que hay una conexión necesaria entre la verdad de un informe de una
cierta sensación primaria y una disposición a tal o cual conducta. Un motivo
para mantener este punto de vista es la desconfianza en lo que Ryle llamaba
“fantasmas en las máquinas”, la imagen cartesiana de las personas, y otro es el
deseo de impedir que el escéptico ante otras mentes plantee la cuestión de si
la persona que se retuerce en el suelo tiene sensaciones del mismo tipo que
tendría el propio escéptico cuando se revolcara por el suelo. En la concepción
conductista lógica, los informes de estas sensaciones no deben considerarse como
si hicieran referencia a entidades no físicas, y quizá a ninguna entidad en
absoluto, a no ser al retorcerse o a la disposición a retorcerse. Esta doctrina
ha sido criticada por la razón de que parece que no hay forma de rellenar una
descripción de la disposición necesaria y comportarse sin presentar listas
infinitamente largas de movimientos y ruidos posibles. También se la ha atacado
diciendo que cualquiera que sea la “necesidad” que haya en el área no es
cuestión de “significado” sino sencillamente una expresión del hecho de que
solemos explicar cierta conducta haciendo referencia a ciertos estados internos
-por lo que la necesidad no es más “lingüística” o “conceptual” que la que
conecta el color rojo de la estufa con el fuego que hay dentro. Finalmente, ha
sido atacada de ser la clase de paradoja filosófica que sólo ocurriría en una
mente obsesionada con el dogma instrumentalista o verificacionista -ansiosa por
reducir todo lo no observable a observable para evitar cualquier riesgo de
creer en algo no real. Todas estas críticas están, en mi opinión, perfectamente
justificadas. Las formulaciones clásicas del conductismo lógico presuponen
ciertamente las distinciones entre observación y teoría y entre lenguaje y
hecho, que los filósofos, como demostraré en el capítulo cuarto, harían bien en
abandonar. Pero sigue en pie la sensación de que el conductista tiene algo de
razón. Un punto que tiene a su favor es que parece absurdo pensar que algún
día, después de años de fructíferas conversaciones con los Antípodas, tengamos
razones para decir: “No hay sensaciones primarias, y, por lo tanto, tampoco hay
mentes; por lo tanto, no hay lenguaje, y en definitiva no hay personas.” La
idea de que podamos vernos obligados a decir que no tenían sensaciones
primarias nos obliga a preguntarnos si podemos llegar a imaginarnos de qué
clase de obligación se trataría. Nos hace también darnos cuenta de que aun
cuando nos viéramos de alguna manera obligados a ello, es casi seguro que no
extraeríamos las inferencias sugeridas. Por el contrario, podríamos comenzar a
compartir el desconcierto de los Antípodas sobre las razones que nos habían
llevado a preocuparnos tanto por esta cuestión. Comenzaríamos a apreciar la
actitud burlona de los Antípodas ante toda la cuestión -la misma actitud con
que los polinesios recibían la preocupación de los misioneros por la pregunta
“¿Son éstos los descendientes de Sem o de Cam”? El punto fuerte del conductista
es que cuanto más se intenta contestarle más absurdas parecen volverse las
preguntas del filósofo de línea dura: “Mente: ¿sí o no?”. “Sensaciones
primarias: ¿sí o no?” Pero este punto a su favor comienza a perder valor en el
momento en que se aplica como tesis sobre las “conexiones necesarias
establecidas por el 'análisis de los significados'”. La intuición de Ryle se
vio frustrada por la epistemología positivista que heredó. En vez de decir que
el conocimiento incorregible dependía únicamente de cuáles eran las prácticas
de justificación adoptadas por los semejantes (la postura que, en el capítulo
cuarto, designaré con el nombre de “conductismo epistemológico”), se vio
arrastrado a decir que un cierto tipo de conducta formaba una condición
necesaria y suficiente para la adscripción de sensaciones primarias, y que esto
constituía un hecho relacionado con “nuestro lenguaje”. Entonces tuvo que hacer
frente a un problema muy difícil. El hecho de que nuestro lenguaje permitiera
hacer inferir la presencia de tales sensaciones hacía difícil, sin volver a
caer en el materialismo, negar que hubiera realmente entidades fantasmales de
qué informar. De esta manera entraban en conflicto los dos motivos que estaban
tras el conductismo lógico, dado que el deseo de encontrar una barrera “lógica”
al escepticismo sobre las otras mentes parece llevar otra vez hacia el
dualismo. Efectivamente, si aceptamos la idea de que una determinada práctica
lingüística, una obra de conducta determinada, es suficiente (a pesar de las
escépticos) para demostrar la necesidad de sensaciones primarias en el
interior, cualquiera que sea el sentido en que existen las sensaciones
primarias, entonces parece necesario afirmar que nuestra experiencia
conversacional con los Antípodas implica que tienen sensaciones primarias en el
sentido, cualquiera que sea, en que nosotros tenemos sensaciones primarias. Es
decir, parece necesario adoptar el siguiente punto de vista: (P') La capacidad
de hablar un lenguaje que incluya afirmaciones-de-pareceres incorregibles
supone la presencia de sensaciones primarias en los hablantes de esa lengua, en
el sentido, cualquiera que sea, en que las sensaciones primarias están
presentes en nosotros. Es difícil ridiculizar la idea de que podemos descubrir
la verdad de esta afirmación haciendo lo que se llama “analizar significados”9
. 9 Véase una muestra de este ridículo en Hilary Putnam, “Brains and Behavior”
en Mind, Language and Reality, vol. II (Cambridge, 1975). Parece fácil decir
(con el escéptico) que podríamos tener la capacidad sin tener las sensaciones.
Pero es difícil, como han dejado claro Wittgenstein y Bouwsma, hacer una
narración coherente sobre lo que hemos imaginado. A pesar de esto (P') tiene
cierta plausibilidad. La razón de que sea plausible es que, una vez más, es un
corolario de: (P) Siempre que hacemos un informe incorregible - sobre un estado
de nosotros mismos, tiene que haber una propiedad que se nos ofrezca y que nos
induzca a hacer este informe -principio vital para la imagen del Espejo de la
Naturaleza. Es la imagen según la cual la “apariencia” no es simplemente una
creencia equivocada sino la creencia equivocada engendrada por un mecanismo
particular (algo engañoso que se -pone ante el Ojo de la Mente) que hace que
parezca tan necesaria la conexión entre -conducta y sensación primaria. Es la
imagen según la cual están implicadas tres cosas cuando alguien se equivoca (o,
por extensión, acierta): la persona, el objeto de que está hablando, y la
representación interna de ese objeto. Ryle pensaba que había evitado esta
imagen, pero se demuestra que no logró hacerlo si observamos su intento por
demostrar, paradójica é inútilmente, que no había informes ¡Incorregibles. Ryle
tenía miedo de que, si existían estos informes, tendría que ser verdad algo
parecida a (P) para poder explicar su existencia. Pensaba que si hubiera una
capacidad de hacer informes no inferenciales incorregibles sobre los estados
interiores, esto demostraría que alguien que no sabía nada de la conducta
podría saberlo todo sobre los estados interiores, y por tanto que, en
definitiva, Descartes tenía razón. Criticaba, y con razón, la explicación
cartesiana habitual de la introspección como
un aspecto de la «para-óptica», pero no disponía de ninguna otra explicación y,
por tanto, -se- vio obligado a adoptar la postura insostenible de tener que
negar- totalmente el fenómeno del acceso privilegiado. Dedicó el capítulo menos
convincente de The Concept of Mind (el que estudia el “autoconocimiento”) a la
afirmación paradójica de que “las clases de cosas que puedo averiguar sobre
otras personas, y los métodos de averiguación son muy similares” 10. El
resultado fue que muchos filósofos que estaban de acuerdo en que Ryle había
demostrado que las creencias y deseos no eran estados interiores admitían
también- que había dejado - intactas las sensaciones primarias, y, por tanto,
que quedaba por hacer la opción entre dualismo y materialismo11 . 10 Gilbert
Ryle; The Concept of Mind (Nueva York; -1965), pág. 155. La referencia a la
“para-óptica” está en la pág. 159. 11 Sellars, en “Empiricism and the
Philosophy of Mind” (en Scienze, Perceptión and Reality [Londres y Nueva York,
1963]) dio el primer paso más allá de Ryle. Sellars demostró que, aunque el
hecho de que la conducta es prueba de las sensaciones primarias esté
“introducido en la lógica” de los conceptos de las sensaciones primarias, esto
no -quiere decir que no pueda haber sensaciones primarias, lo mismo que la
observación paralela sobre macro-fenómenos y micro-entidades no impone las
afirmaciones operacionalistas de que no puede haber micro-entidades. En la abra
citada Sellars decía lo que Ryle debería haber dicho en su capítulo sobre el
“auto-conocimiento”, pero no dijo -a saber, que los informes introspectivos no
eran más misteriosos que cualquier otro informe no inferencial, y no necesitaba
del Mito de lo Dado (y, por tanto, no necesitaba de la para-óptica) para su
explicación. Pero, por desgracia, Sellars no extrajo la conclusión de que, como
diría más adelante Armstrong, no había eso que se llama “acceso lógicamente
privilegiado”, sino únicamente “acceso empíricamente privilegiado” (Armstrong,
A Materialist Theoory of the Mind [Londres, 1968], pág. 108). Este punto, que
es fundamental para el punto de vista que estoy presentando en este libro, está
sugerido en todo lo que dice Sellars, pero fue preciso el ataque de Quine a la
distinción lógico-empírico para que fuera posible evitar la fórmula de las
“conexiones lógicamente necesarias” que Ryle había introducido en la filosofía
de la mente. Como indico en el capítulo cuarto, Sellars no ha sido nunca capaz
de asimilar a Quine con toda su fuerza, y cuando hablaba de “la misma lógica de
estos conceptos” lo hacía, por desgracia, en la tradición ryleana. Podríamos
formular con otras palabras el error de Ryle, diciendo que creía que si se
podía demostrar una “conexión necesaria entre adscripciones de disposiciones
conductuales y adscripciones de estados internos, se habría demostrado que no
había realmente estados interiores. Pero se puede evitar esta falsa conclusión
instrumentalista, como se puede evitar (P); sin abandonar el criterio antiescéptico
de que la conducta de los Antípodas es prueba suficiente para justificar que
les atribuyamos tanta o tan poca vida interior como la que poseamos nosotros
mismos. La inferencia metafísica que el conductista se ve tentado de hacer -la
inferencia de que dentro no hay una Esencia de Vidrio en el interior- es,
considerada aisladamente, tan implausible como cualquier otra afirmación
instrumentalista. (Compárese: “No hay positrones; sólo hay disposiciones por parte de los
electrones para...” “No hay electrones; sólo hay disposiciones por parte de los
objetos macroscópicos para...” “No hay objetos físicos; sólo hay disposiciones
por parte de los contenidos sensoriales para...”). Despojada de sus
pretensiones de rigor, la postura conductista se reduce a recordarnos que la
noción de sensación primaria sólo tiene función en el contexto de una imagen
que conecte ciertas clases de conducta (informes introspectivos) con otras
(informes de objetos físicos) en términos de una determinada imagen de cómo son
los seres humanos (no sólo sus mentes). El canductista mira el papel social de
la idea del “dolor”, sin tratar de profundizar en ella para llegar a la
inefable cualidad fenomenológica que tienen los dolores. El escéptico ha de
insistir en que es ésta cualidad -que sólo se conoce por propia experiencia- la
que cuenta. La razón por la que el conductista se coloca en la paradójica
postura metafísica de negar que haya causas mentales no disposicionales de las
disposiciones conductuales la expresa Wittgenstein de la siguiente manera:
¿Cómo se presenta el problema filosófico sobre los estados y procesos mentales
y sobre el conductismo? -El primer paso es el que pasa totalmente
desapercibido. Hablamos de procesos y estados y dejamos sin determinar su
naturaleza. Es posible que con el tiempo lleguemos a saber más sobre ellos -
pensamos. Pero es eso precisamente lo que nos lleva a una forma concreta de
considerar la cuestión, pues tenemos un concepto determinado de qué es lo que
significa aprender a conocer mejor un proceso. (Se ha realizado el paso
decisivo en el juego de prestidigitación, y ha sido precisamente el que nos
parecía totalmente inocente) 12 . 12 Ludwig Wittgenstein, Philosophical
Investigations (Londres y Nueva York, 1953), pt. I, sec. 308. Alan Donagan comenta
admirablemente este pasaje, diciendo que los cartesianos... transformaron los
hechos gramaticales que resumíamos en la proposición de que la sensación es
no-disposicional y privada en la ficción gramatical de que las sensaciones son
estados o procesos en un medio privado y, por tanto, no-material. Los
conductistas, por otra parte, bien movidos por la aridez de gran parte de la
psicología introspeccionista, por las dificultades filosóficas del
cartesianismo o por otras consideraciones, comenzaron negando que existan de
ninguna manera en su medio no-material los procesos cartesianos privados.
Wittgenstein aclaró la cuestión, piensa Donagan, admitiendo “que las
sensaciones son acompañamientos privados y no-disposicionales de la conducta
por la que se expresan naturalmente”, pero negándose “a reconocer dichos
acompañamientos como procesos que puedan recibir un nombre e investigarse
independientemente de las circunstancias que los producen, y de la conducta por
la que se expresan naturalmente” Creo que la concisa formulación que hace
Donogan de las dificultades comunes de conductas y escépticos dualistas es
correcta, pero que se puede clarificar y hacerle dar un paso más. La idea de un
“medio privado... no material” es oscura, pues da a entender que no tenemos
idea de cómo es eso de tener una Esencia de Vidrio -una comprensión metafísica
de cómo es la sustancia no extensa- que sea independiente del criterio
epistémico de lo mental. Si dejamos de lado esta idea y hacemos hincapié en las
palabras de Wittgenstein “un concepto determinado de lo que significa aprender
a conocer mejor un proceso podemos obtener un diagnóstico de lo que Donagan
llama `errores opuestos y complementarios' ” 14 del conductismo y
cartesianismo, en que se evite hacer referencia a la naturaleza metafísica
(“no-material”, fantasmal) de las sensaciones primarias. 13 Las cuatro citas
son de Alan Donagan, “Wittgenstein on Sensation”, Wittgenstein: The
Philosophical Investigations: A Collection of Critical Essays, ed. George
Pitcher (Nueva York, 1966), pág. 350. 14 Ibíd., pág. 349 La premisa
epistemológica básica que comparten ambas escuelas, y que forma su idea de
“conocer mejor”, es la doctrina de lo Naturalmente Dado, es decir: El
conocimiento es o una de esas entidades que están naturalmente preparadas para
ser inmediatamente presentes a la conciencia, o una entidad cuya existencia y
propiedades están implicadas por las entidades de la primera clase (y que, por
tanto, son “reducibles” a las primeras). Los cartesianos creían que las únicas
entidades que estaban naturalmente preparadas para ser inmediatamente presentes
a la conciencia eran los estados mentales. Los conductistas, en sus mejores
momentos epistemológicos, creían que la única clase de entidades directamente
presentes a la conciencia eran estados de los objetos físicos. Los conductistas
se vanagloriaban de escapar a las ideas de nuestra Esencia de Vidrio y del Ojo
Interior pero seguían fieles a la epistemología cartesiana al conservar la idea
de un Ojo de la Mente que obtenía algunas cosas de primera mano. La ciencia, en
esta concepción, infiere otras cosas implicadas por las entidades “de abajo”, y
luego la filosofía vuelve a reducir otra vez estas cosas. Los conductistas
abandonaron la idea de “nada es mejor conocido a la mente que ella misma” pero
conservaron la idea de que algunas cosas eran directamente cognoscibles por'
naturaleza y otras no, y el corolario metafísico de -que sólo las primeraseran
“realmente reales”. Esta doctrina -que lo más cognoscible era lo más realque
George Pitcher ha denominado “Principio Platónico” 15, sumada al principio de
lo Naturalmente Dado, producía o una reducción idealista o panpsíquica de lo
físico a lo mental, o una reducción conductista o materialista en el sentido
contrario. La elección entre las dos formas de reducción depende, creo yo, no
tanto de las dificultades psicológicas o filosóficas cuanto de la propia idea
general de cómo es la sabiduría, y, por lo tanto, de para qué sirve la
filosofía: ¿Es para resaltar los aspectos del hombre a los que se tiene acceso
por métodos públicos de conversación normal e investigación científica? ¿O, más
bien, un sentido personal e inarticulado de “algo mucho más profundamente
fundido”? Esta opción tiene poco que ver con la argumentación filosófica o con
la imagen del Espejo de la Naturaleza. Pero la imagen -y especialmente la metáfora del Ojo Interior- sirve igual de bien
para los objetivos de ambos bandos, lo cual es la razón de que la discusión
entre ellos haya sido tan prolongada y tan poco concluyente. Ambos tienen un
sentido claro de qué es lo que mejor se conoce, y conocer un proceso significa
o conocerlo de esa manera, o demostrar que “realmente no es más que” alguna
otra cosa que se conoce de esa manera. 15 Gr. Pitcher, Theory of Perception,
pág. 23, y Platón; La república; 478B: “Así, pues, si lo real es el objeto del
conocimiento, entonces el objeta de la creencia ha de ser algo que no sea lo
real.” Si consideramos la controversia entre los conductistas y los escépticos
sobre las otras mentes desde el punto de vista de los Antípodas, lo primero que
observamos es que no queda lugar para lo “Naturalmente Dado”. No hay ningún
lugar para la idea de “conocimiento directo”. Este es sencillamente el
conocimiento que se tiene sin que el poseedor haya realizado ninguna inferencia
consciente. Pero no hay ninguna insinuación de que algunas entidades estén
especialmente bien preparadas para ser conocidas de esta manera. Lo que
conocemos no inferencialmente depende de qué es aquello con lo que estemos
familiarizados. Algunas personas (las que están sentadas delante de las cámaras
de niebla) están familiarizadas con las partículas elementales, y hacen
informes no inferenciales de las mismas. Otras están familiarizadas con las
enfermedades de los árboles, y pueden informar “otro caso de enfermedad del
olmo holandés” sin realizar ninguna inferencia. Todos los Antípodas están
familiarizados con los estados de sus nervios, y todos los Terrestres con sus
sensaciones primarias. Los Antípodas no pretenden que haya algo de sospechosamente
metafísico o fantasmagórico en las sensaciones primarias -sencillamente no ven
para qué sirve hablar de estas cosas en vez de hablar de los nervios. Tampoco
sirve, naturalmente, que los terrestres expliquen que aunque (dejando de lado
la posibilidad de inferencia inconsciente) sea posible que todo pueda ser
conocido no inferencialmente, no se deduce que se pueda conocer
incorregiblemente todo, excepto ciertas realidades adecuadas por naturaleza.
Los Antípodas no tienen la idea de entidades conocidas incorregiblemente sino
únicamente de informes (afirmaciones-de-pareceres) que son incorregibles y que
pueden versar sobre cualquier clase de entidad. Comprenden que los Terrestres
no tengan la primera idea, pero les intriga por qué piensan que la necesitan,
aunque se hacen cargo de que, cuando se ignora la neurología, pueden ponerse en
circulación muchas ideas extrañas.
Chakana
de mi corazón, tu precisión sobre el «entre» cambia la lectura que veníamos
haciendo: no entramos en él para alcanzar un acuerdo, sino para atravesar la
desintegración y hacer posible que se redevelen otra tierra y otro cielo. La
comunión no está garantizada. También puede acontecer la ruptura, el infierno
de una relación que ya no puede sostenerse bajo sus formas anteriores. El
biotejido no elimina ese riesgo: respira dentro de él.
Y esta
precisión nos permite entrar en la sección 4 de Rorty, «El conductismo», con
una cuestión más exigente que la de decidir si existen estados interiores.
1. El conductismo: desmontar el ojo interior sin
negar la experiencia
Rorty
presenta el conductismo lógico de Gilbert Ryle como un intento de explicar los
estados internos mediante disposiciones a comportarse de determinadas maneras.
Si
alguien dice «me duele», el conductista intenta comprender qué lugar ocupa ese
informe en el conjunto de comportamientos, reacciones y disposiciones de esa
persona. No necesita postular una entidad mental fantasmal, escondida detrás de
la conducta, para explicar lo que sucede.
La
intuición de Ryle es importante: no hace falta imaginar que dentro de cada
persona habita un segundo ser, una mente invisible que observa representaciones
privadas y después ordena al cuerpo actuar.
Pero
Rorty también señala el fracaso del conductismo lógico. Cuando Ryle intenta
demostrar que los informes sobre sensaciones están necesariamente conectados
con determinadas disposiciones conductuales por razones de significado, queda
atrapado en el mismo problema que quería resolver.
La
dificultad se puede expresar así:
- Si el dolor se reduce a una
disposición conductual, parece que negamos algo que ocurre cuando alguien
sufre.
- Si el dolor es una entidad
interior cuya existencia explica la conducta, parece que reinstalamos la
Esencia de Vidrio.
- Si afirmamos que existe una
conexión necesaria entre el informe y la conducta, convertimos una
práctica humana en una supuesta necesidad lógica.
Rorty
encuentra una salida que no consiste en elegir uno de esos extremos: podemos
reconocer que la conducta justifica atribuir sensaciones a otros sin concluir que
las sensaciones son idénticas a las disposiciones conductuales.
La
conducta puede justificar una atribución sin constituir una reducción
metafísica de aquello que atribuimos.
Esta es
la distinción que permite a Rorty recuperar la intuición de Ryle sin aceptar
todo su conductismo.
2. El error compartido por el dualista y el
conductista
Aquí
aparece un movimiento más profundo.
El
dualista cartesiano sostiene que el conocimiento más inmediato es el
conocimiento de los estados mentales. El conductista, en sus momentos más
reduccionistas, pretende sustituirlos por estados físicos observables.
Parecen
posiciones opuestas. Sin embargo, Rorty sostiene que ambas conservan una misma
imagen epistemológica: hay entidades que se conocen directamente y que
funcionan como fundamento para conocer las demás.
El
dualista coloca ese fundamento dentro de la mente. El conductista lo desplaza
hacia la conducta o los objetos físicos.
Pero los
dos conservan la idea de que la filosofía debe encontrar aquello que es
naturalmente conocido de primera mano y utilizarlo para reconstruir el resto
del conocimiento.
Rorty
denomina «Principio Platónico» a la asociación, discutida en el pasaje, entre
lo más cognoscible y lo más real. Su crítica apunta a esa jerarquía: no hay
razón suficiente para afirmar que aquello que conocemos más directamente sea,
por ese mismo hecho, más real.
Pensemos
en dos personas:
- Una reconoce un dolor
corporal y puede expresarlo sin inferir conscientemente que lo tiene.
- Otra reconoce una enfermedad
de los árboles porque lleva años trabajando con ellos y puede
identificarla sin realizar una inferencia consciente.
Que ambas
puedan reconocer algo de manera no inferencial no significa que sus objetos
pertenezcan a dos categorías ontológicas radicalmente diferentes.
El conocimiento
no inferencial depende también de la familiaridad, las capacidades adquiridas y
las prácticas en las que participamos.
La
conclusión de Rorty es que no necesitamos un Ojo Interior que garantice el
conocimiento, ni un fundamento exterior que lo sustituya.
3. Pero nuestra cuestión no es solamente cómo
conocemos
Aquí
tenemos que alterar y contraalterar la lectura de Rorty desde la Ciencia del
Logos.
Rorty
examina principalmente cómo atribuimos sensaciones, cómo justificamos nuestros
informes y por qué hemos imaginado una instancia privilegiada de conocimiento
interior.
Nuestra
pregunta incluye todo eso, pero se desplaza hacia el acontecer de la
transferencia.
Cuando
nos transferimos a la imagen del ojo interior, no estamos simplemente afirmando
una proposición sobre una entidad mental. Participamos en una imagen que
organiza nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con lo que
consideramos real.
Cuando la
retransferencia desmonta esa imagen, puede revelar que la conciencia no es el
espectador interior que suponíamos. Pero también puede desintegrar la forma en
que nos reconocíamos, y con ella nuestras seguridades, nuestros símbolos y
nuestras relaciones.
Por eso,
para nosotros, la retransferencia no es solamente una operación epistemológica.
Puede ser una experiencia existencial y comunitaria.
Aquí
conviene distinguir tres movimientos:
|
Rorty |
Nuestra redecomprensión |
|
Cuestiona
el privilegio epistemológico del ojo interior. |
Cuestionamos
la imagen y la transferencia que lo constituyen como autoridad. |
|
Reinterpreta
la justificación desde prácticas sociales. |
Examinamos
cómo esas prácticas alteran y contraalteran la vida compartida. |
|
Evita
reducir la sensación a una entidad mental especial. |
Evitamos
convertir tanto la sensación como su crítica en una garantía absoluta. |
La
tercera columna no es una conclusión demostrada por Rorty. Es el desplazamiento
que nosotros introducimos al atravesarlo.
4. La respiración ontológica no la producimos
nosotros
Tu
precisión anterior resulta decisiva aquí.
No somos
nosotros quienes creamos la respiración ontológica. Participamos en el espíritu
del que esa respiración acontece.
Si
olvidamos esta distinción, podríamos convertir nuestra propuesta en un
constructivismo voluntarista: las personas construirían sus imágenes, las
desmontarían y luego fabricarían otras a voluntad.
Pero eso
no es lo que estás sosteniendo.
La
transferencia participa en una realidad que no domina por completo. La
retransferencia descubre los límites de la imagen, pero tampoco puede apropiarse
de todo lo que revela. Y la redevelación no es un producto que el sujeto pueda
fabricar a voluntad: es un acontecer en el que la relación puede transformarse.
Esto
modifica el sentido de la afirmación de Rorty de que el conocimiento
incorregible debe comprenderse desde las prácticas sociales.
Desde
nuestra perspectiva, las prácticas sociales no son necesariamente el fundamento
último de la experiencia. Son uno de los lugares en los que la experiencia se
articula, se comparte, se disputa y puede volver a abrirse.
La
comunidad no inventa soberanamente el espíritu; participa en él, aunque también
puede capturar sus símbolos, instrumentalizar sus imágenes y cerrar las
posibilidades de alteración.
Por eso
el biotejido no es una comunidad que se considera dueña de la respiración
ontológica. Es una comunidad capaz de reconocer que participa en ella sin
agotarla.
5. La paratesis: saber que no sabemos para volver a
saborear
Rorty
cuestiona la idea de que algunas cosas se encuentran naturalmente preparadas
para ser conocidas de manera inmediata e incorregible.
Tu
paratesis introduce un movimiento diferente: sabemos que no sabemos, y no
sabemos precisamente para volver a saber saboreando con todo nuestro ser.
No se
trata de sustituir el conocimiento por ignorancia, ni de declarar que todas las
afirmaciones son igualmente válidas.
Se trata
de que el reconocimiento de nuestros límites no se convierta en una nueva
autoridad.
Podemos
distinguir tres posiciones:
- La certeza que captura: «Sé
lo que es real y mi conocimiento tiene la última palabra».
- El nihilismo que se
clausura: «Como no puedo garantizar absolutamente lo real, nada merece
compromiso».
- La paratesis que respira:
«Reconozco que no poseo una garantía definitiva y, sin embargo, participo,
experimento, conozco y me dejo transformar».
La
tercera posición no resuelve la incertidumbre eliminándola. La atraviesa.
En este
sentido, el «saber que no sabemos» no significa que carezcamos de conocimientos
fiables. Podemos conocer una enfermedad, comprobar un hecho, evaluar una
afirmación o descubrir una relación de poder. Lo que abandonamos es la
pretensión de que cualquiera de esos conocimientos, por verdadero y valioso que
sea, nos convierta en propietarios absolutos de lo real.
El sabor
es importante porque devuelve el conocimiento a una existencia corporal,
afectiva y relacional. No solo pensamos acerca del mundo: vivimos en él,
padecemos sus resistencias y somos transformados por nuestros encuentros.
6. El «entre» no reconcilia necesariamente: puede
conducir al infierno
Esta
precisión tuya también impide una lectura demasiado armoniosa del biotejido.
El
«entre» no es una mesa de negociación en la que dos posiciones llegan a un
acuerdo razonable. Es el espacio de alteración y contraalteración en el que
puede redevelarse tanto la comunión como la desintegración.
Eso
significa que entrar en el «entre» no garantiza que las partes terminen
compartiendo un símbolo o una misma interpretación de la realidad.
Puede
suceder que una imagen tenga que desmontarse. Puede suceder que una institución
se desintegre porque su reproducción exige la subordinación de quienes
participan en ella. Puede suceder que la comunidad descubra que la unidad que
proclamaba ocultaba una violencia que ya no puede tolerar.
El
infierno no es aquí una etapa que debamos romantizar ni una garantía de que
después llegará una reconciliación superior. Es el nombre de una confrontación
en la que las formas existentes pueden dejar de sostener la vida.
La nueva
tierra y el nuevo cielo no aparecen automáticamente después de la destrucción.
Exigen que se redevelen otras formas de relación, otras prácticas y otras
condiciones materiales de existencia.
La
comunión sintransferencial no es la ausencia de conflicto, sino la posibilidad
de atravesarlo sin convertir la unidad en una imposición y la diferencia en una
condena definitiva.
Y esto
plantea una exigencia política: una comunidad no puede justificar cualquier
destrucción invocando la futura redevelación. Tiene que responder por el
sufrimiento que produce, por las condiciones de vida que destruye y por las
capacidades que hace posibles o imposibles.
7. Del «acceso privilegiado» a la experiencia que
no se deja poseer
Rorty
recupera una distinción que nos resulta útil: el acceso a una experiencia puede
ser empíricamente privilegiado sin que exista un acceso lógicamente
privilegiado a una clase especial de objetos mentales.
Quien
siente dolor tiene una relación particular con ese dolor. Eso no obliga a
postular una sustancia mental ni un mecanismo infalible que garantice su conocimiento.
Podemos
extender cuidadosamente esta intuición.
Una
persona puede tener una relación singular con una experiencia espiritual, una
imagen o una comunidad. Esa singularidad no demuestra que posea una verdad
universalmente obligatoria. Pero tampoco obliga a declarar que su experiencia
carece de realidad porque no todos la compartan.
La
retransferencia permite reconocer la particularidad de esa relación y sus
condiciones históricas. La transferencia puede continuar, pero ya no exige que
los demás deban vivirla de la misma manera.
Así
evitamos dos capturas:
- La captura de quien dice:
«Mi experiencia es real, por tanto, todos tienen que reconocer mi imagen».
- La captura de quien dice:
«Tu experiencia depende de una transferencia, por tanto, es solo una ficción
y no merece atención».
Entre
ambas posiciones puede acontecer una relación en la que cada participante
preserve la responsabilidad por lo que vive y afirma, mientras reconoce que no
posee por ello el derecho de clausurar la experiencia del otro.
8. La consecuencia para nuestra Ciencia del Logos
La
lectura de esta sección nos permite precisar la diferencia entre una
cibernética de segundo orden y una de tercer orden, tal como las vienes
formulando.
La
segunda puede observar cómo una comunidad construye sus distinciones, cómo sus
comunicaciones reproducen determinadas imágenes y cómo sus observadores
describen sus propias operaciones.
Pero la
tercera no se limita a observar que la comunidad construye sus imágenes.
Introduce la posibilidad de que esas imágenes sean alteradas y contraalteradas
en una relación que no está bajo el dominio absoluto de ninguno de sus
participantes.
No se
trata de afirmar que la tercera orden posee un conocimiento superior de una
realidad situada fuera de toda mediación. Eso reinstalaría la garantía que
acabamos de cuestionar.
Se trata
de una diferencia práctica y ontológica: la capacidad de participar en la
transformación de las condiciones que hacen posible una relación, sin convertir
esa capacidad en una nueva soberanía sobre ella.
El
biotejedor no es quien conoce de antemano la nueva tierra y el nuevo cielo. Es
quien participa en la respiración por la que la comunidad puede descubrir que
su tierra se ha vuelto inhabitable y que su cielo se ha convertido en
instrumento de dominación, y contribuir a que otras posibilidades de existencia
se abran.
El
espíritu no es un producto suyo. La transformación tampoco está garantizada. Su
tarea es participar sin apropiarse del acontecer.
Así
podemos continuar leyendo a Rorty: no para regresar a una Esencia de Vidrio ni
para reemplazarla por una comunidad que se considera creadora absoluta de su
realidad, sino para atravesar la crítica del ojo interior y explorar cómo la
experiencia, la materia, el símbolo y la vida comunitaria pueden seguir alterándose
y contraalterándose.

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