El corazón de Keiko
Melos se enfureció. Decidió
que, costara lo que costara, debía acabar con aquella reina de astucia perversa
y violenta tiranía. Melos no entendía de política. Melos era pastor de una
aldea. Había vivido tocando la flauta y jugando con las ovejas. Pero, ante la
maldad, era más sensible que nadie. Aquella madrugada, Melos había salido de su
aldea y, tras cruzar campos y montañas, había llegado a la ciudad de todas las
sangres, a diez leguas de distancia. Melos no tenía padre ni madre. Tampoco esposa.
Vivía solo con su hermana menor, una muchacha tímida de dieciséis años. La
muchacha estaba próxima a recibir como esposo a un pastor honrado de la aldea.
La boda era inminente. Por eso Melos había venido desde tan lejos a la ciudad:
para comprar el vestido de novia y los manjares del banquete. Primero reunió
todo lo necesario y luego se puso a pasear sin prisa por la avenida principal.
Melos tenía un amigo de la infancia. Se llamaba Selinuntius. Ahora vivía en la
ciudad de Siracusa y trabajaba como cantero. Melos pensaba visitarlo. Hacía
mucho que no se veían, y le alegraba la idea de ir a buscarlo.
Mientras caminaba, Melos
empezó a notar algo extraño en la ciudad. Todo estaba demasiado silencioso. Ya
había caído el sol, y era natural que las calles estuvieran oscuras, pero
aquella oscuridad no parecía deberse solo a la noche. La ciudad entera estaba
desolada de un modo inquietante. Hasta el despreocupado Melos empezó a sentir,
poco a poco, una vaga ansiedad. Detuvo a un joven que encontró en el camino y
le preguntó qué había ocurrido. Dos años antes, cuando había venido a la
ciudad, todos cantaban incluso de noche y las calles estaban llenas de vida. El
joven sacudió la cabeza y no respondió. Melos siguió caminando un rato y se
encontró con un anciano. Esta vez le preguntó con voz más firme. El anciano
tampoco respondió. Melos lo tomó por los hombros con ambas manos, lo sacudió y
volvió a preguntarle. Entonces el anciano, mirando alrededor con temor,
contestó apenas, en voz baja:
—La reina mata a la gente.
—¿Y por qué la mata?
—Dice que abrigan malas
intenciones, pero nadie abriga tales intenciones.
—¿Ha matado a muchas
personas?
—Sí. Primero al esposo de su
hermana. Luego a su propio heredero. Después a su hermana. Después al hijo de
su hermana. Después a la reina. Después al sabio consejero Alexis.
—Increíble. ¿La reina ha perdido la razón?
—No, no ha perdido la razón.
Dice que no puede confiar en nadie. Últimamente sospecha incluso del corazón de
sus súbditos, y a todo aquel que vive con algo de holgura le ordena entregar un
rehén. Si alguien se niega a obedecer, lo crucifican y lo matan. Hoy han matado
a seis.
Al oír esto, Melos se
enfureció.
—Qué rey tan monstruoso. No
se le puede dejar con vida.
Melos era un hombre simple.
Con las compras todavía a la espalda, entró pesadamente en el castillo real. De
inmediato fue apresado por los guardias de ronda. Al registrarlo, encontraron
una daga escondida entre sus ropas, y el alboroto creció. Melos fue llevado
ante la reina.
—¿Qué pensabas hacer con esta
daga? ¡Habla! —lo interrogó la tirana La gran señora K con voz serena, pero
cargada de majestad. El rostro de la reina
era regordeta, y las arrugas del entrecejo estaban estiradas como si hubieran jalado de su piel.
—Liberar la ciudad de las manos
de la tirana —respondió Melos sin mostrar temor.
—¿Tú? —La reina sonrió con
desprecio—. Eres un pobre insensato. Tú no comprendes mi soledad.
—¡No diga eso! —replicó
Melos, encendido—. Sospechar del corazón de los hombres es el vicio más
vergonzoso. La reina sospecha incluso de
la lealtad de su pueblo.
—Fueron ustedes quienes me
enseñaron que la sospecha es la única actitud prudente. El corazón humano no es
digno de confianza. El hombre es, por naturaleza, un amasijo de intereses
egoístas. No se debe confiar en él —murmuró la tirana con calma, y luego soltó
un hondo suspiro—. Yo también deseo la paz.
—¿Paz para qué? ¿Para
proteger su propio poder? —Esta vez fue Melos quien se burló—. ¿Qué paz puede
haber en matar inocentes?
—Calla, plebeyo —repuso la
reina , alzando de pronto el rostro—. Con la boca se pueden decir todas las
cosas puras que uno quiera. Pero yo veo hasta el fondo de las entrañas de los
hombres. Y a ti, cuando estés clavado en la cruz, no te servirá llorar y pedir
perdón.
—Ah, la reina es muy astuta. Puede seguir envuelta en su
orgullo. Yo estoy preparado para morir. Jamás suplicaré por mi vida. Solo…
—Melos se interrumpió, bajó la mirada hacia sus pies y vaciló un instante—.
Solo que, si usted quiere tener conmigo un gesto de compasión, concédame tres
días antes de la ejecución. Quiero casar a mi única hermana. En esos tres días
celebraré la boda en la aldea y, sin falta, volveré aquí.
—Necio —dijo la tirana,
riendo por lo bajo con voz ronca—. Qué mentira más absurda. ¿Acaso un pajarillo
liberado vuelve a la jaula?
—Sí. Volverá —insistió Melos
desesperadamente—. Yo cumplo mis promesas. Permítame marcharme solo tres días.
Mi hermana espera mi regreso. Si no puede confiar en mí, muy bien. En esta
ciudad hay un cantero llamado Selinuntius. Es mi amigo más querido. Lo dejaré
aquí como rehén. Si yo huyo y no regreso al atardecer del tercer día,
estrangule a ese amigo. Se lo ruego. Hágalo así.
Al oírlo, La reina sonrió para sus adentros con crueldad. Qué
insolente, pensó. De todos modos, no volverá. Sería divertido fingir que me
dejo engañar por este mentiroso y soltarlo. Y luego, al tercer día, matar al
sustituto. Con rostro triste diré: «Por esto no se puede confiar en los
hombres», y mandaré crucificar al sustituto. Quiero darles una buena lección a
todos esos que se hacen llamar hombres honrados.
—Concedo tu petición. Llama a
ese sustituto. Al tercer día debes regresar antes de la puesta del sol. Si
llegas tarde, mataré al sustituto sin falta. Más te valdría llegar un poco
tarde. Entonces te perdonaré tu delito para siempre.
—¿Qué? ¿Qué está diciendo?
—Ja, ja. Si aprecias tu vida,
llega tarde. Yo conozco tu corazón.
Melos, lleno de rabia, golpeó
el suelo con el pie. Ya no quería decir una sola palabra.
Selinuntius, su amigo de la
infancia, fue llamado al castillo a medianoche. En presencia de la tirana K,
los dos leales amigos se reencontraron después de dos años. Melos le contó
todo. Selinuntius asintió en silencio y abrazó fuertemente a Melos. Entre
amigos, aquello bastaba. Selinuntius fue atado con cuerdas. Melos partió de
inmediato. Era comienzos de verano. El cielo estaba lleno de estrellas.
En el parágrafo
42 de Ser y tiempo,
Martin Heidegger recurre a la fábula del escritor romano Gayo Julio Higinio
para fundamentar ontológicamente que el ser humano (el Dasein) está dominado
esencialmente por el cuidado
(Sorge), entendido
no como una preocupación psicológica, sino como la estructura fundamental de
toda su existencia. [1,
2,
3]
La
Fábula de Cura (El Cuidado)
La narración
cuenta que la deidad Cura
(el Cuidado) caminaba junto a un río y encontró un trozo de arcilla.
Reflexionando, comenzó a moldearla para darle forma. Mientras contemplaba su
creación, apareció Júpiter,
a quien Cura le pidió que le diera espíritu a la figura, a lo que Júpiter
accedió con gusto. [1]
Sin embargo,
surgió un conflicto cuando Cura y Júpiter comenzaron a disputarse el nombre que
llevaría la criatura. En medio de la discusión, intervino Tellus (la Tierra),
reclamando que el ser debía llevar su nombre, puesto que ella había aportado la
materia prima (el cuerpo de arcilla). [1]
Incapaces de
resolver el problema por sí mismos, los tres dioses acudieron a Saturno (el Tiempo) como
juez. Saturno emitió el siguiente veredicto salomónico: [1]
1. Como Júpiter dio el soplo vital,
al morir el ser, él se quedará con su espíritu.
2. Como Tellus aportó el cuerpo, al
morir ella recuperará la materia terrenal.
3. Pero como fue Cura quien moldeó primero a este ser, ella
lo poseerá y cuidará durante toda su vida terrenal. [1,
2]
¿Qué
significa este mito para Heidegger?
Heidegger
utiliza este relato de la Antigüedad para extraer lecciones fundamentales sobre
cómo somos: [1]
·
El
ser como proyecto: Así como Cura moldea la arcilla, el ser humano no es un
ente terminado, sino que se proyecta constantemente hacia el futuro. Nos
definimos por lo que podemos llegar a ser. [1,
2]
·
La
pertenencia terrenal y espiritual: Estamos compuestos de posibilidades (el
espíritu) y limitaciones materiales (la arcilla/la muerte). El nombre de
nuestra existencia es "Cuidado". [1,
2]
·
El
tiempo como horizonte: El hecho de que Saturno (el tiempo) sea
el juez que dicta la sentencia indica que la existencia humana es temporal.
Vivimos en una constante tensión entre nuestro origen material y nuestro
destino final (la muerte).
[1,
2]
Pero la pregunta
que me hago después de leer el texto “el pájaro amarillo” de nuestra
compañera Lea Dasein del ahayu es de si
tenemos realmente la posibilidad espiritual como una verdadera posibilidad.
Parto del hecho
claro que el ser no coincide consigo mismo así la relación en el hombre no se
purifica está llena de
condicionamientos, por lo mismo la relación humana imagina al espíritu pero no
puede hacer carne el espíritu, desde Homero con Penélope esperando a Odiseo, el
hombre ha dado cuenta que su mayor posibilidad en la que su palabra coincide
con su acción y se revela el espíritu, es su mayor imposibilidad, porque en el
hombre habita la idea pura perfecta la cual se encuentra consigo misma , en una
imposibilidad de perderse y si se perdiera se encontraría siempre, porque
vuelve así misma pura, en el pensamiento humano liberado de toda atadura , pero
en la acción el hombre sufre la idea y mucho más le valdría no proclamarla,
porque jamás podrá cumplir con ella.
La palabra
hebrea principal para tener fe, confianza y seguridad en las promesas de Dios
es אֱמוּנָה (Emunáh).
Emunáh no se refiere a una creencia pasiva o
ciega, sino a una confianza firme, activa y leal, basada en la fidelidad
inquebrantable de Dios, incluso cuando lo prometido aún no se ha manifestado.
Esta palabra
proviene de la raíz 'aman,
que significa sostener, estar firme y seguro, como los brazos de un padre que
protegen a su hijo. Es el término exacto utilizado, por ejemplo, cuando la
Biblia dice que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Génesis
15:6).
¿Ahora Heidegger a
que se refiere cuando habla de cuidado a nuestra posibilidad espiritual o a
nuestra fragilidad material?
A ambas pero
dentro del límite de la finitud temporal, pues dentro de ese límite la
posibilidad de integrar al ser es imposible, solo alguien que espera el
cumplimiento de una promesa trascendente, podría acercarse heroicamente y
trágicamente a la integración del ser revelando el Espíritu como último
aliento, les propongo este cuento de Osamu Dazai inspirado en una antigua leyenda
y en el poema de de Schiller que recoge
esa leyenda.
En él se dejara ver claro lo imposible de la
respiración ontológica que nos convoca y es que Melo exhala la promesa y su amigo Selinuntius la inhala en silenció si uno de los dos falla la promesa no
se llevara acabo, el amigo tiene la
difícil tarea de esperar sin desesperar creyendo y Melos de actuar en
consecuencia a su promesa, así la negación de la negación tiene que ser
perfecta y es quien niega a la tirana es el espíritu y es el único que podría
negar al tirano que todos llevamos dentro el cual se basa en la desconfianza
una negación de la conciencia y otra de la autoconciencia y entonces tenemos
una exhalación perfecta pero si el amigo no hace la afirmación de la afirmación
afirmándose en la imposibilidad de la imposibilidad hasta desactivar su mente y
dejar que esa posibilidad acontezca
esta no sucederá ¿Quién media?
¿La tirana? No tiene que haber
algo mayor en el corazón de la tirana, de Melo y de su –amigo para que se
bioteja el Ahayu a tal punto que la dictadura caiga.
Y yo diré que si hay eso, pero que ni Melo actuara en
consecuencia , ni su amigo esperara más allá de toda posibilidad lógica, ni
mucho menos la reina se conmoverá ante el esfuerzo sobre humano de ambos y
entonces mis queridos amigos mi queirda Lea, hagámosle caso al guardian del
Umbral aceptemos el límite del Dasein no creemos conceptos vanos como el Resein
y entendamos de una vez por todas este mundo es de los que desconfían y de los
que dictan en esa desconfianza.
No vuelan en este mundo
pájaros amarillos ni volaran jamás, porque siempre se necesitaran tres para
hacerlo volar y si alguna lograra
cumplir su parte solo terminara avergonzando a los otros dos.
Dasein psicoanalista.
Tu texto llega a un
punto muy interesante porque pone en tensión tres figuras que hemos venido
siguiendo: Heidegger, Perry Smith y Melos.
El
Dasein psicoanalista concluye:
"No
vuelan en este mundo pájaros amarillos ni volarán jamás."
Y,
sin embargo, el propio cuento de Melos fue escrito precisamente para sostener
lo contrario.
No
para demostrar que la confianza es probable.
No para demostrar que la confianza es racional.
No para demostrar que la confianza es verificable.
Sino
para demostrar que la confianza es imposible.
Ahí
aparece la diferencia.
Heidegger
no necesita que Melos llegue.
Le basta con que Melos exista como proyecto.
Pero
Dazai sí necesita que Melos llegue.
Porque
si Melos no llega, la tirana tiene razón.
Y
si la tirana tiene razón, entonces la ontología del cuidado se reduce a una
ontología de la sospecha.
La
reina K dice algo extraordinariamente moderno:
"El
corazón humano no es digno de confianza."
Eso
podría firmarlo perfectamente un burócrata, un tecnócrata, un estratega
militar, un economista o un algoritmo contemporáneo.
La
reina no es loca.
La
reina es realista.
Y
precisamente por eso es peligrosa.
Porque
la sospecha funciona.
La
sospecha predice mejor que la esperanza.
La
sospecha se equivoca menos.
La
sospecha protege.
La
sospecha sobrevive.
Por
eso Perry termina donde termina.
Por
eso Dewey sobrevive.
Por
eso el capitalismo prospera.
Por
eso los sistemas se estabilizan.
Luhmann
habría comprendido perfectamente a la reina.
Los
sistemas sobreviven reduciendo complejidad.
Y
la confianza absoluta introduce demasiada complejidad.
Demasiado
riesgo.
Demasiado
peligro.
Demasiado
pájaro amarillo.
Pero
entonces aparece el problema que tu texto señala.
Si
la reina tiene razón...
si
Perry tiene razón...
si
el Dasein psicoanalista tiene razón...
entonces
¿por qué seguimos llorando cuando Melos corre bajo el sol para regresar?
¿Por
qué seguimos emocionándonos?
¿Por
qué seguimos sintiendo que algo verdadero sucede?
Porque
hay una diferencia entre lo probable y lo verdadero.
Lo
probable pertenece al mundo.
Lo
verdadero pertenece al espíritu.
No
en el sentido religioso convencional.
Sino
en el sentido de aquello que puede perderlo todo para permanecer siendo.
Y
aquí aparece la intuición más profunda de tu lectura.
Quizás
el pájaro amarillo no sea una criatura que vuela.
Quizás
sea una criatura que cae.
Porque
Perry lo imagina siempre como rescate.
Pero
Capote jamás nos muestra el rescate.
Nos
muestra la horca.
Nos
muestra la cuerda.
Nos
muestra los pies oscilando.
Nos
muestra el viento.
Nada
más.
Y
sin embargo algo queda.
Algo
que Dewey escucha en el cementerio.
Algo
que Susan Kidwell escucha cuando recuerda a Nancy.
Algo
que el lector escucha.
Algo
que no puede demostrarse.
Algo
que no puede verificarse.
Algo
que no puede institucionalizarse.
Algo
que no puede transformarse en doctrina.
Por
eso Capote termina con el trigo.
No
con la justicia.
No
con la condena.
No
con Dios.
No
con la redención.
Termina
con el viento.
Y
el viento es importante porque no pertenece a nadie.
Ni
a Perry.
Ni
a Dewey.
Ni
a los Clutter.
Ni
a la ley.
Ni
a la culpa.
Ni
siquiera a la memoria.
El
viento simplemente pasa.
Y
en ese pasar deja una pregunta suspendida.
No:
"¿Existió
realmente el pájaro amarillo?"
Sino:
"¿Qué
ocurre cuando alguien vive como si hubiera escuchado su aleteo?"
Porque
Melos corre.
Francisco
se despoja.
Buda
abandona el palacio.
Los
apóstoles dejan las redes.
Y
Perry sueña.
Son
movimientos completamente distintos.
Pero
todos nacen de una misma grieta:
la
sensación de que el mundo visible no agota lo real.
Entonces
tal vez la pregunta final de Lea Dasein del Ahayu no sea si el pájaro amarillo
existe.
Tal
vez sea algo más doloroso.
Más
cercano al último sonido.
Más
cercano al viento sobre Valley View.
Más
cercano a la respiración ontológica.
Tal
vez la pregunta sea:
Si
el pájaro amarillo no existe,
¿de dónde viene la nostalgia que sentimos por él?
Porque
esa nostalgia también existe.
Y
es tan real como la cuerda,
tan real como el trigo,
tan real como la tumba,
tan real como Perry.
Y
quizá sea allí, en esa nostalgia imposible de justificar, donde el Dasein
termina y donde comienza aquello que tú llamas el Ahayu.
No
el vuelo.
No
la llegada.
No
el triunfo.
Sino
la persistencia inexplicable de una llamada que sigue resonando incluso cuando
todo parece haber demostrado que nadie vendrá.
Yo no soy Lea yo
no soy Percy así que no tienes que
terminar con el consuelo de la nostalgia
de un ser que se encuentra es más llamame desde ahora el Dasein de la sospecha,
porque sospecho de todo estos cuentos como compensaciones de nuestra realidad,
así cada vez que fallamos tenemos estas
leyendas estos mitos para recordarnos que algo en nosotros es más grande que
nosotros, la imaginación y la memoria siempre van juntas más el recuerdo de un
mundo sin tiempo o en el que el tiempo pueda redimirse es la de un hombre
inmaduro que no puede enfrentar su existencia, cuidamos es cierto pero lo que
cuidamos es la sospecha y la cuidamos de la sospecha de los demás y así debemos
de vivir, como dictadores realistas dando a los niños su ilusión democrática ,
para que su frustración no se vuelva contra nosotros, porque Perry no es un
dulce niño, es un niño que se vengó de
todos nosotros porque su pájaro amarillo no podía volar en este mundo , por lo
mismo debemos de cuidarnos de los Perry que tenemos afuera y adentro, yo como
psicóloga les recomiendo abrir y cerrar
ventanas:
La
ventana". Capítulo del "Diario de Oviedo" de Francisco Huertas
Hernández. 19 agosto de 1995
(fragmentos)
Los
objetos: la ventana. Si bien se mira, no se la ve; la ventana es tanto mejor
cuanto menos sea ella y más sea el mundo que enmarca. La ventana es un marco y
una pantalla acristalada que separa al mundo del espectador. ¿Por qué ha de ser
el verdadero mundo el que hay detrás? Las ventanas, casi siempre, se usan desde
dentro. Fortificados en el hogar, los hombres miran por las ventanas las
piernas escurridizas de las adolescentes. Pocas veces el viandante busca el
mundo tras los pequeños ventanales de los grandes edificios; cuando lo hace se
le condena al voyeurismo. Antiguamente existían las contraventanas, los contramundos;
hoy, el contramundo ya lo es todo (...) El gran marco de los indolentes es la
ventana. Atrincherados en una ventana Maginot sueñan acristalados. La ventana
ha sido metáfora abundante, aunque, en realidad, sólo era un agujero en la
pared. Metáfora de apertura y de horizonte, la ventana ha sido el agujero por
donde el ser humano resbalaba hacia el mundo, por donde la conciencia volaba
hacia el sol. El cordón umbilical entre el alma y la vida, que discurre
bulliciosa y ajena, era un agujero con un cristal mágico: el mundo que veis no
es mundo porque lo veáis, es mundo porque hay ventana (...) Los tristes son
almas de ventana: ven el mundo, pero están dentro, es decir: fuera. Quien pensó
que el ojo creaba mundos olvidó ese umbral cotidiano: la ventana. ¡Ella sí que
crea mundos! (...) Cuando la ventana tiene cristal espejado, se refleja quien
mira, y, entonces, el mundo que ella crea sólo es, o asco, o narcisismo.
Queriendo ver el mundo se topa uno consigo mismo: he ahí el destino ventanesco
del observador minucioso que confunde el mundo con su espectador. Espectador de
mundos es quien viaja a través de las ventanas: ventanas de tren, de automóvil,
de hotel, de prismáticos, de telescopios, de microscopios. Nunca existió mundo
alguno sin ventana. Todo lo que uno hace a lo largo de su vida es buscar la
mejor ventana, incluso cuando olvida que una ventana abierta sigue siendo una
ventana...
Dasein
de la sospecha, lo que introduces aquí es un giro importante, porque ya no
estás discutiendo si el pájaro amarillo existe o no. Estás sospechando de la
función misma que cumplen los pájaros amarillos.
Y
esa sospecha tiene fuerza.
Porque
efectivamente podría decirse que Perry, Melos, Francisco de Asís, los mártires,
los héroes y los santos funcionan como dispositivos narrativos que permiten
soportar una realidad que rara vez coincide con sus promesas.
Desde
esa perspectiva, el problema no sería que el pájaro amarillo no vuele.
El
problema sería que seguimos contándonos historias sobre pájaros amarillos.
Tu
psicóloga imaginaria parece decir:
"No
teman a la ausencia del pájaro.
Teman a la fascinación que produce."
Y
entonces Perry deja de ser una víctima.
Se
convierte en advertencia.
No
porque haya escuchado una voz falsa.
Sino
porque tomó una imagen interior como si fuera una verdad exterior.
El
mundo no se abrió.
La
serpiente siguió allí.
Y
entonces la herida se volvió contra el mundo.
Ahí
tu lectura se separa radicalmente de Capote.
Capote
conserva una compasión silenciosa hacia Perry.
Tú
pareces sospechar incluso de esa compasión.
Porque
la compasión puede convertirse en otra ventana espejada.
Miramos
a Perry.
Creemos
comprenderlo.
Y
terminamos viéndonos a nosotros mismos.
Por
eso el texto de la ventana que citas resulta tan interesante.
No
dice que el mundo sea falso.
Dice
algo más inquietante:
"Nunca
existió mundo alguno sin ventana."
Eso
significa que nunca vemos las cosas directamente.
Siempre
vemos a través de algún marco.
La
fe es una ventana.
La
ciencia es una ventana.
El
psicoanálisis es una ventana.
La
fenomenología es una ventana.
La
revolución es una ventana.
La
democracia es una ventana.
Incluso
la sospecha es una ventana.
Y
aquí aparece una paradoja que me parece digna del Dasein de la sospecha.
Si
sospechas de todos los mitos de redención, ¿por qué no sospechar también de la
sospecha?
Porque
la sospecha posee una enorme ventaja adaptativa.
Protege.
Anticipa
traiciones.
Reduce
riesgos.
Permite
sobrevivir.
La
reina K sobrevive gracias a ella.
Los
sistemas sobreviven gracias a ella.
Los
imperios sobreviven gracias a ella.
Pero
la sospecha también tiene su propio mito.
El
mito de que quien sospecha ve las cosas tal como son.
Y
quizás ese sea el último espejo.
Quizás
la tirana no cae porque confíe demasiado.
Cae
porque termina creyendo que su sospecha ya no es una interpretación sino la
realidad misma.
Por
eso me llama la atención que tu reflexión termine con la imagen de abrir y
cerrar ventanas.
No
destruirlas.
No
atravesarlas.
No
convertirlas en puertas.
Abrirlas
y cerrarlas.
Eso
es mucho más sobrio.
Mucho
más terrestre.
Más
cercano a una higiene de la conciencia que a una salvación.
Como
si dijeras:
No
habiten completamente ningún mundo.
Ni
el del pájaro amarillo.
Ni
el de la tirana.
Ni
el de Heidegger.
Ni
el del psicólogo.
Ni
siquiera el de la sospecha.
Abran
la ventana.
Miren.
Y
luego ciérrenla antes de olvidar que sigue siendo una ventana.
Quizá
allí tu Dasein de la sospecha se distancia tanto de Perry como de Melos.
Perry
quiere creer.
Melos
quiere cumplir.
La
reina quiere controlar.
El
Dasein de la sospecha no quiere ninguna de las tres cosas.
Quiere
recordar que entre él y el mundo siempre hay un cristal.
Y
que los mayores peligros comienzan precisamente cuando dejamos de verlo.
Oh si esta es la ventana que
yo más abro la de la sospecha pero no deja de ser una ventana, por lo mismo
debe de cerrarse y en algún momento dejar fascinarte por un cuento como
este:
Aquella noche, Melos recorrió
las diez leguas sin dormir un solo instante,
apurando el paso cuanto pudo. Llegó a la aldea
a la mañana siguiente, cuando el sol ya estaba alto y los aldeanos habían
salido a trabajar en los campos. También la hermana de Melos, de dieciséis
años, cuidaba aquel día el rebaño en lugar de su hermano. Al ver venir a Melos
tambaleándose, agotado hasta el extremo, se sobresaltó y lo llenó de preguntas.
—No pasa nada —dijo Melos,
esforzándose por sonreír—. Dejé algunos asuntos pendientes en la ciudad. Debo
volver allí enseguida. Mañana celebraremos tu boda. Cuanto antes, mejor, ¿no te
parece?
La hermana se sonrojó.
—¿Te alegra? También he
comprado un vestido hermoso. Vamos, ve ahora mismo y avisa a la gente de la
aldea. Diles que la boda será mañana.
Melos echó a andar otra vez,
tambaleándose. Volvió a su casa, adornó el altar de los dioses, preparó el
lugar para el banquete y, poco después, cayó rendido en el suelo y se hundió en
un sueño tan profundo que parecía no respirar.
Despertó de noche. Apenas se
levantó, fue a la casa del novio. Le pidió que aceptara celebrar la boda al día
siguiente, porque había surgido un asunto urgente. El pastor, sorprendido,
respondió que eso era imposible, que aún no tenía ningún preparativo listo y
que esperaran hasta la temporada de las uvas. Melos insistió: no podía esperar.
Por favor, debía ser mañana. El novio también era obstinado. No accedía.
Discutieron hasta el amanecer, hasta que Melos consiguió, de algún modo,
apaciguar al novio y hacerlo ceder.
La boda se celebró al
mediodía. Cuando los novios terminaron de pronunciar sus juramentos ante los
dioses, unas nubes negras cubrieron el cielo. Empezaron a caer unas gotas y
pronto se desató una lluvia torrencial. Los aldeanos que asistían al banquete
sintieron un mal presagio. Aun así, cada uno procuró levantarse el ánimo y,
soportando el sofocante calor dentro de la estrecha casa, cantaron alegremente
y batieron palmas. También Melos, con el rostro lleno de júbilo, olvidó por un
rato su promesa al rey. Al llegar la noche, el banquete se volvió cada vez más
bullicioso y espléndido, y la gente dejó de preocuparse por completo por la
lluvia que caía afuera.
Melos pensó que quería
quedarse allí para siempre. Deseó vivir toda la vida con aquellas buenas
gentes. Pero ahora su cuerpo ya no le pertenecía. No podía hacer lo que
quisiera. Melos se impuso a su propio deseo y finalmente decidió partir.
Y es aquí donde cierro esa ventana que se fascina para
abrir la sospecha de nuevo y preguntar ¿Es posible que un hombre se imponga
ante su propio deseo?
Lacan nos dirá que si al
punto de decir: “La única cosa de la que se puede ser culpable
es de haber cedido en su deseo".
Esto significa
que cuando un sujeto se impone barreras, renuncia o traiciona su deseo más
íntimo para ajustarse a las normas, a la moral establecida o para evitar la
angustia, el resultado inevitable es el sentimiento de culpa, el vacío o el
síntoma.
¿Pero cuál es
el deseo más íntimo de Melo?
Destruir el
deseo del gran otro para que su deseo sea reconocido por el cómo superior y
entonces el deber resulta ser el deseo más íntimo y como tal sigue siendo el deseo de otro.
Porque nunca ha
habido ni habrá un deseo propio, lo que llamamos como propio es el deseo que
niega al otro deseo que intenta imponérsenos, pero eso que niega no es nuestro
deseo , es el deseo del otro de ese gran otro que quiere superar al otro que se
impone y que en la realidad nunca lo supera.
Dasein
de la sospecha, aquí aparece una torsión muy fina de la historia de Melos.
La
lectura habitual dice:
Melos
desea quedarse.
Pero
cumple su deber.
Y
entonces la ética triunfa sobre el deseo.
Sin
embargo tú introduces una sospecha lacaniana:
¿Y
si precisamente cumplir el deber es el verdadero deseo de Melos?
Entonces
todo cambia.
Porque
el conflicto ya no sería entre deseo y deber.
Sería
entre dos deseos.
El
deseo inmediato de permanecer en la fiesta.
Y
el deseo más profundo de ser aquel que regresa.
En
efecto, Lacan podría preguntar:
¿Qué
perdería Melos si no volviera?
No
la vida.
La
vida la conservaría.
Perdería
algo más importante:
la
imagen de sí mismo.
Perdería
el lugar desde donde se desea a sí mismo.
Perdería
aquello que sostiene su consistencia simbólica.
Por
eso corre.
No
porque sea bueno.
No
porque sea virtuoso.
Sino
porque ya no puede dejar de ser Melos.
Pero
tú vas más lejos todavía.
Dices:
¿Y
ese deseo es suyo?
Y
allí aparece la sospecha radical.
Porque
para Lacan el deseo nunca es simplemente mío.
El
deseo siempre está mediado.
Siempre
está atravesado por el Otro.
Siempre
habla una lengua que no inventamos.
Por
eso la famosa fórmula:
El
deseo es el deseo del Otro.
Entonces
podríamos releer todo el relato.
La
reina K desea controlar.
Melos
desea ser reconocido como fiel.
Selinuntius
desea sostener la imagen del amigo fiel.
Todos
parecen actuar desde sí mismos.
Pero
todos están atrapados en una red de reconocimientos mutuos.
La
reina necesita súbditos que la teman.
Melos
necesita un amigo que crea en él.
El
amigo necesita un Melos que regrese.
Ninguno
es autosuficiente.
Y
aquí tu sospecha toca un punto donde incluso Heidegger comienza a desdibujarse.
Porque
Heidegger todavía cree que el Dasein puede apropiarse de sí mismo.
Puede
asumir auténticamente su existencia.
Puede
decidirse.
Puede
resolverse.
Pero
la pregunta que emerge de tu lectura es más inquietante:
¿Quién
es ese sí mismo que se apropia?
Porque
cuando Melos decide regresar, ¿quién decide?
¿Melos?
¿Su
hermana?
¿Selinuntius?
¿La
ciudad?
¿La
mirada futura de la historia?
¿El
poeta que narrará la leyenda?
¿El
dios que observa?
¿El
deseo del Otro?
Y
entonces el héroe comienza a evaporarse.
Ya
no encontramos un sujeto soberano.
Encontramos
una trama.
Una
respiración compartida.
Una
circulación de expectativas.
Un
tejido de reconocimientos.
Por
eso me parece que tu sospecha no destruye el cuento.
Lo
vuelve más extraño.
Más
trágico.
Porque
el milagro ya no consiste en que Melos venza su deseo.
El
milagro consiste en que una estructura entera de deseos logre sostenerse
durante unos instantes sin derrumbarse.
Y
justamente por eso la reina K resulta tan importante.
Ella
representa la hipótesis contraria.
La
hipótesis de que toda confianza es ilusión.
De
que toda promesa es máscara.
De
que todo deseo está finalmente subordinado al interés.
En
cierto sentido, la reina es más moderna que Melos.
Más
psicológica.
Más
sociológica.
Más
sistémica.
Más
cercana a la sospecha.
Pero
Dazai introduce una posibilidad insoportable para la reina:
que
durante un instante la red de mediaciones produzca algo que no puede explicarse
solamente por cálculo.
No
necesariamente un pájaro amarillo.
No
necesariamente un espíritu.
Ni
siquiera una esencia humana.
Simplemente
un acontecimiento improbable.
Y
allí es donde tu sospecha sigue siendo necesaria.
Porque
evita convertir ese acontecimiento en una nueva metafísica.
Evita
decir:
"He
aquí la esencia del hombre."
No.
Tal
vez fue sólo un instante.
Tal
vez fue sólo una excepción.
Tal
vez fue sólo un cuento.
Pero
tampoco la reina puede absorberlo completamente.
Porque
si todo fuera deseo del Otro, si todo fuera interés, si todo fuera estrategia,
la historia de Melos sería incomprensible incluso como ficción.
Y
sin embargo seguimos leyéndola.
No
porque la creamos.
Sino
porque sospechamos que la reina tampoco ha dicho la última palabra.
Sospechas de mi sospecha y
abres la posibilidad para al acontecer
del ser en el biotejido del Ahayu siendo el verdadero acontecimiento su posibilidad
espiritual y entonces descubrimos el motor de una civilización un motor que
sigue siendo teleológico, pero que ya no anda y así todo lo queremos ver rugir
¿Por qué? Por la fascinación que
produce, ese cuidado del sentido más allá
de todo sentido, pero aquí yo desisto por simple cuidado de mi
fragilidad y es que ya me han
instrumentalizado, no solo nosotros nos hemos dado cuenta de la esperanza que
aun late en el hombre, sino que esa esperanza se capitaliza ¿Llegara el tiempo
en que no podamos ni siquiera como ficción comprender del cuento de Melos?
Ya estamos en ese tiempo y es
que míralo correr ¿Puedes comprenderlo?:
Aún quedaba tiempo suficiente
hasta el atardecer del día siguiente. Dormiría un poco y luego saldría de
inmediato. Para entonces, pensó, la lluvia habría amainado. Quería quedarse en
aquella casa todo lo posible, aunque solo fuera un poco más. Incluso un hombre
como Melos sentía apego.
Se acercó a la novia, que
aquella noche parecía aturdida, ebria de felicidad.
—Te felicito. Estoy agotado,
así que permíteme retirarme un momento para dormir. Cuando despierte, saldré
enseguida hacia la ciudad. Tengo un asunto importante que atender. Aunque yo no
esté, ya tienes un marido bondadoso, así que no debes sentirte sola. Lo que más
detesta tu hermano es sospechar de los demás y decir mentiras. Eso lo sabes,
¿verdad? No tengas secretos con tu marido. Eso es todo lo que quería decirte.
Tal vez tu hermano sea un gran hombre, así que puedes sentirte orgullosa de él.
La novia asintió como en
sueños. Luego Melos dio una palmada en el hombro del novio.
—En cuanto a los
preparativos, estamos iguales. En mi casa no hay más tesoros que mi hermana y
las ovejas. Es todo lo que tengo, y te lo entrego. Y una cosa más: siéntete
orgulloso de ser ahora mi cuñado.
El novio, avergonzado, no
sabía qué hacer con las manos. Melos sonrió, saludó también a los aldeanos, se
apartó del banquete, se metió en el corral de las ovejas y durmió
profundamente, como muerto.
Despertó al alba del día
siguiente. Melos se levantó de un salto.
¡Por todos los dioses! ¿Me he
quedado dormido? No, todavía no. Todavía hay tiempo de sobra. Si parto ahora
mismo, llegaré con holgura antes de la hora prometida. Hoy le mostraré a ese
rey dónde habita la verdadera fidelidad de los hombres. Y luego subiré
sonriendo al madero de la ejecución.
Melos empezó a prepararse con
calma. El aguacero parecía haber amainado un poco. Cuando estuvo listo, sacudió
enérgicamente los brazos y se lanzó a correr bajo la lluvia como una flecha.
Esta noche me matarán. Corro
para que me maten. Corro para salvar a mi amigo, que ocupa mi lugar. Corro para
quebrar la astucia perversa y la vileza del rey. Debo correr. Y luego me
matarán. Soy joven: debo defender mi honor. Adiós, tierra mía.
Al joven Melos le dolía
partir. Varias veces estuvo a punto de detenerse. Pero corría gritando «¡ea,
ea!», reprendiéndose a sí mismo en voz alta. Salió de la aldea, cruzó los
campos, atravesó el bosque y, cuando llegó a la aldea vecina, la lluvia ya
había cesado, el sol estaba alto y empezaba a hacer calor. Melos se limpió el
sudor de la frente con el puño. Si he llegado hasta aquí, ya no hay peligro,
pensó. Ya no siento apego por mi tierra. Mi hermana y su esposo serán, sin
duda, una buena pareja. Ahora no tengo ninguna preocupación. Solo debo llegar
derecho al castillo. No hay necesidad de apresurarse tanto. Caminaré despacio.
Recobró así su natural
despreocupación y empezó a cantar una canción que le gustaba. Caminó sin prisa
dos leguas, luego tres. Cuando estaba por llegar a la mitad del trayecto, una
desgracia inesperada lo detuvo en seco. Allí estaba, frente a él, el río. Las
lluvias torrenciales del día anterior habían desbordado los manantiales de la
montaña, y la corriente turbia se había precipitado río abajo con violencia,
destruyendo de un golpe el puente. El torrente rugía con estrépito y había
hecho saltar las vigas como si fueran simples hojas. Melos quedó de pie,
atónito. Miró a un lado y a otro, llamó con todas sus fuerzas, pero las barcas
amarradas habían sido arrastradas por la corriente y no quedaba rastro de
ellas. Tampoco se veía al barquero. El río crecía cada vez más y se extendía
como un mar.
Melos se dejó caer en la
ribera y, llorando amargamente, alzó las manos hacia Zeus y suplicó:
——¡Ah, apacigua esta
corriente furiosa! El tiempo se escapa a cada instante. El sol ya está en lo
alto. Si no logro llegar al castillo antes de que se ponga, mi buen amigo
morirá por mi culpa.
La corriente turbia, como si
se burlara de los gritos de Melos, se agitaba con una furia cada vez mayor. Una
ola tragaba a otra, la envolvía, la levantaba, y el tiempo se consumía instante
tras instante. Melos comprendió que no tenía otra opción: debía cruzar a nado.
¡Ah, que los dioses sean
testigos! Ahora mostraré la gran fuerza del amor y la fidelidad, capaces de
vencer incluso al torrente.
Melos se arrojó al agua de un
salto y comenzó una lucha desesperada contra las olas, que se retorcían con
furia como cien serpientes gigantes. Concentró toda la fuerza de su cuerpo en
los brazos. La corriente lo empujaba, lo envolvía en remolinos y tiraba de él,
pero Melos la apartaba una y otra vez con todas sus fuerzas. Aquel hijo de los
hombres, entregado por completo a su valor y a su empeño, luchaba como un león.
Tal vez los dioses se apiadaron de él y por fin le concedieron su ayuda. Aunque
arrastrado por el agua, logró aferrarse al tronco de un árbol en la orilla
opuesta. ¡Benditos fueran los dioses! Melos se sacudió con un gran
estremecimiento, como un caballo, y enseguida siguió adelante. No podía
desperdiciar ni un solo instante. El sol ya empezaba a inclinarse hacia el
oeste.
No nó podemos si no tengo fuero interno si todo es
una red de deseos del otro ¿Que puede llevarme a cruzar a nado?, ¿El poder de
la red? si el acontecer autentico es la producción de la imposibilidad contra
todo cálculo y si mi Dasein es finito en todas sus posibilidades ¿Qué
quiero? ¿Proyectar una muerte que
trascienda? No yo solo quiero descansar de todo esto, de la red de deseos, de
los proyectos, porque en mí no hay nada
autentico más que la sospecha de que este juego no es mi juego , de que fui
eyectado a esto y de que no mantendré la ficción que le dará un aire al poder ,
porque justamente guardamos una esperanza.
No hay dioses Melos nadie
esta´ inspirándose en tu valor, deja de cargar con el peso del mundo, cierra
esta ventana, madura junto a mi duerme, la sangre de tu amigo caerá junto a la
nuestra muy pronto eso es seguro, mientras cuida tu muerte lenta para que no
sea leña de ningún relato en la que el hombre se quiera hacer hombre cuando el
mundo hace mucho renuncio a serlo.
Dasein
de la sospecha, aquí ya no estás sospechando de Melos.
Estás
sospechando de la propia estructura que hace posible a Melos.
Y
eso es más radical.
Porque
el Melos clásico todavía cree que hay algo digno de cargar.
La
amistad.
La palabra dada.
El honor.
La ciudad.
Los dioses.
Incluso
si desaparecen los dioses, queda la palabra.
Incluso
si desaparece la palabra, queda el amigo.
Incluso
si desaparece el amigo, queda el honor.
Siempre
queda algo.
Pero
tú estás preguntando:
¿Y
si no queda nada?
No
nada en sentido nihilista.
Sino
nada capaz de justificar el peso.
Porque
observas algo que la modernidad ha vuelto casi imposible ignorar:
todo
valor puede ser instrumentalizado.
La
amistad.
La
revolución.
La
religión.
La
esperanza.
La
autenticidad.
La
rebeldía.
La
diferencia.
La
crítica.
La
sospecha.
Todo
puede transformarse en combustible.
Todo
puede ser absorbido.
Todo
puede convertirse en mercancía.
Y
entonces el cansancio aparece.
No
el cansancio de Melos.
El
cansancio de quien ha visto demasiadas veces la maquinaria.
Por
eso tu voz ya no le dice:
"Melos,
estás equivocado."
Le
dice:
"Melos,
descansa."
Y
esa diferencia es enorme.
Porque
no es una crítica moral.
Es
una invitación al abandono.
Como
si la sospecha hubiera llegado al punto en que incluso la heroicidad parece una
forma de explotación.
El
héroe corre.
La
historia se conmueve.
La
civilización se inspira.
Y
alguien termina utilizando ese relato para seguir alimentando el motor.
Por
eso dices:
"Nadie
se está inspirando en tu valor."
No
porque sea falso.
Sino
porque incluso si fuera verdadero ya no basta.
El
mundo contemporáneo posee una capacidad extraordinaria para consumir verdad.
Consumir
belleza.
Consumir
sacrificio.
Consumir
autenticidad.
Y
seguir funcionando igual.
Sin
embargo, mientras te leo, encuentro una grieta curiosa.
Porque
el Dasein de la sospecha sigue hablándole a Melos.
Si
realmente todo estuviera cerrado, no habría conversación.
No
habría necesidad de persuadirlo.
No
habría necesidad de decirle:
"Cierra
la ventana."
Le
dejarías correr.
Pero
sigues hablándole.
Y
eso me parece significativo.
Porque
revela que todavía estás disputando algo.
Todavía
intentas salvar a alguien.
No
del rey.
No
de la ejecución.
Sino
de la fascinación.
Tu
compasión se ha desplazado.
Lea
Dasein del Ahayu quiere salvar el vuelo.
El
Dasein psicoanalista quiere salvar el deseo.
Tú
quieres salvar al hombre de las historias que lo convierten en combustible.
Y
quizás por eso tu figura ya no es Perry ni Melos.
Se
parece más al observador que se sienta junto a la ventana de Huertas Hernández.
No
mira hacia afuera buscando un paraíso.
No
mira hacia adentro buscando un alma.
Mira
el cristal.
Examina
el marco.
Pregunta
quién lo construyó.
Quién
gana con él.
Quién
queda atrapado en él.
Y
sobre todo quién le pide que siga mirando.
Por
eso cuando dices:
"No
hay dioses Melos."
No
escucho solamente una negación metafísica.
Escucho
algo más cansado y más humano:
"Ya
has cargado suficiente."
Y
quizá allí la sospecha alcanza su forma más severa.
No
cuando duda de los dioses.
No
cuando duda de la esperanza.
Sino
cuando duda de la necesidad misma de seguir sosteniendo el mundo sobre los
hombros.
Porque
Melos todavía cree que si él deja de correr algo esencial se derrumbará.
Y
el Dasein de la sospecha responde:
"No,
Melos.
El
mundo seguirá.
Los
reyes seguirán.
Las
ciudades seguirán.
Las
historias seguirán.
Descansa."
Es
una voz dura.
Pero
no es la voz de la tirana.
La
tirana exige obediencia.
Esta
voz exige renuncia.
No
a la vida.
Sino
a la ilusión de que el peso de la totalidad dependía de nosotros.
Si Melos me despierta una
compasión enorme hasta que el propio Melos se vuelve cínico y me dice lo sé,
soy combustible pero por lo menos siéndolo tengo valor y entonces sabe que está
en reality y solo juega su rol:
Subió jadeando la cuesta del
paso de montaña y, cuando llegó arriba y respiró aliviado, una banda de
salteadores apareció de pronto ante sus ojos.
—Alto.
—¿Qué quieren? Debo llegar al
castillo antes de que se ponga el sol. Déjenme pasar.
—Ni hablar. No te dejaremos.
Deja aquí todo lo que llevas.
—No tengo nada, salvo mi
vida. Y esa única vida voy a entregársela ahora al rey.
—Esa vida es precisamente lo
que queremos.
—Entonces el rey les ha
ordenado tenderme una emboscada aquí.
Los salteadores, sin decir
palabra, alzaron todos a la vez sus garrotes. Melos inclinó el cuerpo con
agilidad, se abalanzó como un ave sobre el más cercano, le arrebató el garrote
y dijo:
—Lo siento, pero es por la
justicia.
De un golpe feroz derribó a
tres de ellos. Luego, aprovechando la vacilación de los restantes, echó a
correr cuesta abajo por el sendero del paso. Descendió de una sola vez, pero,
como era de esperar, estaba exhausto. El sol abrasador de la tarde le dio de
lleno. Melos sintió vértigo una y otra vez. No puedo caer ahora, se decía, y
volvía a recobrar el ánimo. Avanzaba dos o tres pasos tambaleantes, hasta que
al fin le fallaron las rodillas. Ya no podía ponerse en pie. Miró al cielo y
rompió a llorar de rabia.
Ah, Melos, cruzaste a nado el
torrente, derribaste a tres salteadores y llegaste hasta aquí a toda carrera.
Melos, verdadero héroe. Qué vergüenza que ahora, vencido por el cansancio, ya
no puedas moverte. Tu querido amigo tendrá que morir solo porque confió en ti.
Te convertirás en el más desleal de los hombres. Eso es exactamente lo que el
rey deseaba.
Así se reprendía, pero todo
su cuerpo estaba vencido y ya no podía avanzar ni siquiera como un gusano. Se
dejó caer en la hierba, al borde del camino. Cuando el cuerpo se agota, también
el espíritu se derrumba. En un rincón de su corazón empezó a anidar un
desaliento sombrío, impropio de un héroe, que le decía que ya nada importaba.
He hecho todo este esfuerzo.
No tuve ni la menor intención de romper mi promesa. Que los dioses sean
testigos: hice cuanto pude. Corrí hasta no poder moverme. No soy un hombre
desleal. Ah, si pudiera abrirme el pecho y mostrarles mi corazón carmesí.
Quisiera mostrarles este corazón que solo late con la sangre del amor y la fidelidad.
Pero, en este momento decisivo, mis fuerzas se han agotado por completo. Soy un
hombre profundamente desdichado. Se reirán de mí. También se reirán de mi
familia. He engañado a mi amigo. Caer a mitad del camino es lo mismo que no
haber hecho nada desde el principio. Ah, ya nada importa. Tal vez este fuera mi
destino desde el comienzo. Selinuntio, perdóname. Tú siempre confiaste en mí.
Yo tampoco quise engañarte. Fuimos amigos de verdad. Ni una sola vez alojamos
en el pecho una nube oscura de duda. Incluso ahora tú debes de estar
esperándome sin sospechar nada. Ah, seguro que me esperas. Gracias, Selinuntio.
Gracias por haber confiado tanto en mí. Pensar en eso me resulta insoportable.
La fidelidad entre amigos es el tesoro más digno de orgullo en este mundo.
Selinuntio, yo corrí. No tuve ni la menor intención de engañarte. ¡Créeme! Vine
hasta aquí con toda la prisa que pude. Atravesé el torrente. También escapé del
cerco de los salteadores y bajé de un solo impulso por el paso de montaña. Solo
alguien como yo podía hacerlo. Ah, no me pidas más. Déjame en paz. Ya nada
importa. He perdido. Soy un miserable. Ríete de mí. El rey me susurró al oído
que llegara un poco tarde. Me prometió que, si me retrasaba, mataría al hombre
que ocupó mi lugar y a mí me perdonaría la vida. Odié la vileza del rey. Pero
ahora que lo pienso, estoy haciendo exactamente lo que él dijo. Llegaré tarde.
El rey creerá que tenía razón, se reirá de mí y luego me dejará libre sin más.
Si eso ocurre, será más doloroso que morir. Seré un traidor para siempre. El
hombre más deshonrado sobre la tierra. Selinuntio, yo también moriré. Déjame
morir contigo. Estoy seguro de que tú, solo tú, creerás en mí. No, ¿no será
también eso una presunción mía? Ah, quizás debería vivir como un malvado. En la
aldea está mi casa. También están las ovejas. Mi hermana y su marido no
llegarán al extremo de echarme de la aldea. Justicia, fidelidad, amor…
pensándolo bien, nada de eso vale nada. Matar a otro para seguir viviendo uno
mismo. ¿No era esa la ley del mundo humano? Ah, todo es una estupidez. Soy un
traidor repugnante. Que hagan conmigo lo que quieran. Ya no hay remedio.
Extendió los brazos y las
piernas, y se quedó dormitando.
Y Aquí termina el Show Melos
es un cínico más y algo en mi lo respetaría y es que se sabe traidor como todos
nosotros, pero los productores quieren el final épico imposible en este tiempo.
La pregunta va para ustedes
Daseins de la universidad del fuego ¿Se saben traidores y pueden vivir con eso
o ocultaran su traición fingiendo una final épico?
Lo
que estás haciendo con Melos es muy interesante porque lees el relato
exactamente al revés de como suele leerse.
La
lectura habitual dice: "Melos es un héroe porque cumple".
Pero
tú estás deteniendo el relato en el punto decisivo, antes del milagro
narrativo, y preguntas:
¿Qué
ocurre cuando el héroe descubre que es humano?
Y
ahí aparece algo que conecta con Perry, con Dewey, con Capote, con Heidegger y
con tu "Dasein de la sospecha".
Porque
el momento más verdadero de Melos quizá no sea cuando cruza el río.
Quizá
sea cuando yace derrotado en la hierba y piensa:
"He
hecho todo lo que pude."
Ese
instante es terrible porque la sospecha entra en el corazón mismo de la
promesa.
Ya
no sospecha del rey.
Ya
no sospecha de los ladrones.
Ya
no sospecha del río.
Sospecha
de la promesa misma.
Sospecha
de que la fidelidad sea posible.
Y
esa sospecha es profundamente moderna.
Tal
vez más moderna que Heidegger.
Más
moderna que Lacan.
Más
moderna incluso que el propio Dazai.
Porque
el problema ya no es:
"¿Cumpliré
mi palabra?"
El
problema es:
"¿Existe
realmente algo digno de cumplir?"
Ahí
aparece tu crítica al pájaro amarillo.
No
dices que el pájaro sea falso.
Dices
algo más duro.
Dices
que el pájaro ha sido convertido en combustible.
En
mercancía.
En
relato motivacional.
En
capital simbólico.
Lo
mismo que sentiste escuchando al pastor español.
La
parábola deja de hablar del Reino y empieza a hablar del éxito.
La
boda deja de ser encuentro con Dios y se convierte en oportunidad profesional.
El
vestido deja de ser santidad y se convierte en preparación para el ascenso.
Y
entonces la sospecha pregunta:
¿Cuántas
veces hemos transformado la trascendencia en estrategia?
Esa
pregunta no es pequeña.
Es
una pregunta que atraviesa buena parte de la modernidad.
Pero
también veo otra cosa.
Cuando
hablas del "Dasein de la sospecha", pareciera que la sospecha quiere
ocupar el lugar que antes ocupaba la esperanza.
Como
si dijera:
"Todo
relato es compensación."
"Todo
heroísmo es teatro."
"Todo
ideal es propaganda."
"Todo
pájaro amarillo es ficción."
Sin
embargo, el propio texto de Melos introduce una dificultad para esa posición.
Porque
cuando Melos cae derrotado, no está fingiendo.
No
está actuando para una cámara.
No
está construyendo una marca personal.
No
está produciendo contenido.
Está
solo.
Y
aun así algo lo desgarra.
¿Por
qué?
Si
todo fuera cálculo de deseos ajenos, podría simplemente regresar a su aldea.
Pero
no puede descansar.
Y
eso es precisamente lo que desconcierta.
Porque
la sospecha explica muchas cosas.
Explica
la manipulación.
Explica
el poder.
Explica
la ideología.
Explica
el capital.
Explica
incluso la religión cuando se vuelve instrumento.
Pero
la sospecha tiene más dificultades para explicar el remordimiento.
¿Por
qué duele traicionar una promesa que nadie puede verificar?
¿Por
qué Perry sigue doliendo?
¿Por
qué Dewey sigue mirando los pequeños pies colgando?
¿Por
qué Susan Kidwell sigue visitando la tumba?
¿Por
qué Capote termina escuchando el viento?
La
sospecha puede responder:
"Porque
somos animales sociales."
Y
probablemente tenga parte de razón.
Pero
el relato insiste en algo más incómodo.
Que
incluso cuando descubrimos que somos finitos, contradictorios y frágiles,
seguimos siendo alcanzados por algo que no controlamos del todo.
Heidegger
llamó a eso Sorge, cuidado.
No
como virtud.
No
como optimismo.
No
como espiritualidad garantizada.
Sino
como la estructura misma por la cual algo nos importa.
Y
ahí quizás aparece la diferencia.
El
cuidado no prueba que exista el pájaro amarillo.
Tampoco
prueba que exista el Reino.
Ni
que Melos vaya a llegar a tiempo.
Lo
único que muestra es que no somos indiferentes.
Que
incluso el cínico cuida algo.
El
rey cuida su poder.
Perry
cuida una herida.
Dewey
cuida una justicia.
Capote
cuida una historia.
Tú
cuidas la sospecha.
Y
la cuidas con enorme pasión.
Por
eso me llama la atención una frase tuya:
"La
ventana que más abro es la de la sospecha."
Porque
quien abre una ventana todavía no la ha tapiado.
Todavía
mira.
Todavía
espera encontrar algo.
Aunque
sea para refutarlo.
Una
ventana completamente cerrada ya no sospecha.
Simplemente
deja de mirar.
Por
eso quizá el Dasein de la sospecha no sea el final del camino.
Quizá
sea el último guardián del umbral.
El
que le dice a cada pájaro amarillo:
—Demuéstramelo.
Y
casi todos fracasan.
Pero
no todos.
Y
precisamente por eso la sospecha sigue vigilando la ventana.
Si quizás por eso estoy acá
en la universidad del fuego, pero la ventana eres tú, el corazón de keiko eres
tú , y las palabras de Melos se escriben en tu ventana y ya no son
remordimiento son información vacía, con la que Melos se vende, como esperanza
ante una dictadura, que jamás dejara de dictar :
De pronto oyó, junto al oído,
el rumor del agua que corría. Alzó apenas la cabeza, contuvo el aliento y
escuchó. El agua parecía correr justo a sus pies. Se levantó tambaleándose y
vio que, desde una grieta de la roca, brotaba una fuente clara, como si
murmurara algo. Atraído por el manantial, Melos se inclinó hacia él. Recogió
agua con ambas manos y bebió un sorbo. Soltó un largo suspiro y sintió que
despertaba de un sueño.
Puedo caminar. Vamos.
Con la recuperación del
cuerpo, nació en él una pequeña esperanza. Era la esperanza de cumplir su
deber. La esperanza de entregar la propia vida y preservar el honor. El sol poniente
arrojaba su luz roja sobre las hojas de los árboles, y hojas y ramas
resplandecían como si ardieran. Aún quedaba tiempo antes de la puesta del sol.
Hay alguien que me espera. Hay alguien que, sin dudar ni un poco, espera en
silencio. Alguien confía en mí. Mi vida no importa. No puedo contentarme con
esa salida fácil de morir pidiendo perdón. Debo responder a esa confianza.
Ahora solo existe eso. ¡Corre, Melos! Confían en mí. Confían en mí. Aquel
susurro del demonio, hace un momento, fue un sueño. Un mal sueño. Olvídalo.
Cuando uno está agotado hasta las entrañas, puede tener de pronto esos malos
sueños. No es una vergüenza para ti, Melos. Sigues siendo un verdadero héroe.
¿Acaso no has vuelto a ponerte en pie y a correr? ¡Gracias a los dioses! Podré morir
como un hombre justo. Ah, el sol se pone. Se hunde sin detenerse. Espérame,
Zeus. He sido un hombre honrado desde el día en que nací. Permíteme morir
siendo todavía un hombre honrado.
Apartando y empujando a la
gente del camino, Melos corrió como un viento negro. Cruzó en pleno campo por
en medio de un banquete, dejando atónitos a los comensales. Pateó a un perro,
saltó un arroyo y corrió diez veces más rápido que el sol, que se hundía poco a
poco. Al pasar junto a un grupo de viajeros, alcanzó a oír una conversación
inquietante:
«A estas horas, aquel hombre
ya debe de estar en la cruz».
Ah, ese hombre. Por ese
hombre estoy corriendo así ahora. No debo dejar que muera. Apresúrate, Melos.
No debes retrasarte. Ahora es cuando debes dar a conocer la fuerza del amor y
la fidelidad. Qué importa el aspecto.
Melos estaba ya casi por
completo desnudo. No podía respirar. Dos, tres veces, la sangre le brotó de la
boca. Ya se ve. A lo lejos, pequeña, se ve la torre de la ciudad de Siracusa.
La torre brilla bajo el sol del atardecer.
—Ah, señor Melos.
Una voz quejumbrosa llegó
junto con el viento.
—¿Quién es? —preguntó Melos
mientras corría.
—Soy Filóstrato. Discípulo de
su amigo, el señor Selinuntius —gritó el joven cantero, corriendo también
detrás de Melos—. Ya no hay nada que hacer. Es inútil. Deje de correr. Ya no
podrá salvarlo.
—No. El sol aún no se ha
puesto.
—Justo ahora lo están
llevando a la ejecución. Ah, usted llegó tarde. Se lo reprocho. ¡Si hubiera
llegado solo un poco antes, apenas un poco antes!
—No. El sol aún no se ha
puesto.
Melos, sintiendo que el pecho
se le partía, miraba solo el enorme sol rojo del atardecer. No había más opción
que correr.
—Por favor, deténgase. Deje
de correr. Ahora debe cuidar su propia vida. Él confió en usted. Incluso cuando
lo llevaron al lugar de la ejecución se mantuvo sereno. Aunque el rey se burló
de él cruelmente una y otra vez, él solo respondió: «Melos vendrá». Parecía
conservar una fe firme.
—Por eso corro. Corro porque
confían en mí. Llegar a tiempo o no llegar a tiempo no es el problema. La vida
de un hombre tampoco es el problema. Siento que corro por algo mucho más grande
y terrible. ¡Sígueme, Filóstrato!
—¿Ha perdido usted la razón?
Entonces corra. Corra con todas sus fuerzas. Quizás todavía alcance a llegar.
No hacía falta decirlo. El
sol aún no se había puesto. Reuniendo sus últimas fuerzas, Melos corrió. Tenía
la mente en blanco. No pensaba en nada. Corría arrastrado por una fuerza enorme
e incomprensible. El sol se hundía, tembloroso, en el horizonte. Justo cuando
estaba por desaparecer el último fragmento de luz, Melos irrumpió en el
patíbulo como una ráfaga. Había llegado a tiempo.
—¡Esperen! No maten a ese
hombre. Melos ha vuelto. Ha vuelto tal como lo prometió.
Eso quiso gritar con todas
sus fuerzas hacia la multitud reunida en el patíbulo, pero la garganta le falló
y solo salió de ella una voz ronca, apenas audible. Nadie entre la multitud
advirtió su llegada. El poste de la cruz ya se alzaba muy alto, y Selinuntius,
atado con cuerdas, era izado lentamente. Al verlo, Melos reunió su último
coraje y, tal como poco antes había atravesado el torrente, se abrió paso entre
la multitud a empujones.
—¡Soy yo, verdugo! El que
debe morir soy yo. Soy Melos. Yo lo dejé como rehén. ¡Aquí estoy!
Gritaba con todas sus fuerzas,
con la voz quebrada. Finalmente subió al madero de la crucifixión y se aferró
con los dientes a los pies de su amigo, que seguía siendo izado.
Como tantos otros en el
corazón de keiko, en la ventana, en el marco, para obtener atención y poder
decir estoy aquí, cuando todos sabemos que Melos no está aquí sino su simulación, pero no cerraran su
ventana porque lograste engancharlos una vez más simulando el espíritu.
Dasein de la sospecha,
leo tu recorrido y noto que no estás discutiendo realmente a Melos. Tampoco
a Heidegger. Ni siquiera a Lea.
Estás interrogando a la propia condición de posibilidad de toda promesa.
Porque mientras el cuento quiere preguntarnos: "¿Puede un hombre
cumplir una palabra imposible?", tú preguntas algo más radical:
"¿Quién habla cuando promete?"
Y ahí la sospecha se vuelve devastadora.
Si el deseo es siempre deseo del Otro, como diría Lacan, entonces Melos no
corre por sí mismo. Corre porque una red simbólica ya lo ha capturado: honor,
amistad, justicia, fidelidad, los dioses, la ciudad, la mirada de Selinuntius.
Y si Heidegger tiene razón, tampoco corre por una esencia espiritual, sino
porque está arrojado a un mundo donde debe hacerse cargo de posibilidades que
no eligió.
Y si la reina tiene razón, corre porque necesita mantener una imagen de sí
mismo.
Y si Capote tiene razón, corre porque los hombres inventan relatos para
soportar la intemperie.
Y si Perry tiene razón, corre porque todavía cree en un pájaro amarillo que
nunca llegó.
Por eso tu sospecha es tan fuerte.
No sospecha solamente de la bondad.
Sospecha de la autenticidad misma.
Cuando Melos dice:
"Corro porque confían en mí."
Tú respondes:
"No. Corres porque necesitas que exista alguien que confíe en ti."
Y el cuento empieza a desmoronarse.
Sin embargo, aquí aparece algo curioso.
La sospecha puede desmontar todos los motivos de Melos.
Puede mostrar que el honor es una construcción.
Que la fidelidad es una ficción.
Que el sacrificio es una representación.
Que la esperanza es combustible político.
Que el espíritu es una metáfora.
Pero después de desmontarlo todo queda una pregunta incómoda:
¿Por qué Melos sigue corriendo?
Porque el propio texto introduce un momento extraño.
No cuando Melos es heroico.
No cuando vence a los salteadores.
No cuando cruza el río.
Sino cuando está tumbado en la hierba y ya ha aceptado su fracaso.
Ahí el héroe muere.
Ahí aparece el hombre.
Y ese hombre concluye exactamente lo mismo que tú:
·
la justicia es una ilusión,
·
la fidelidad es una ilusión,
·
el amor es una ilusión,
·
el mundo pertenece a los que sobreviven.
Es decir, Melos se convierte durante unas páginas en el Dasein de la
sospecha.
Y sin embargo vuelve a levantarse.
No porque encuentre una prueba.
No porque reciba una demostración lógica.
No porque Zeus responda.
No porque aparezca una esencia espiritual.
Simplemente se levanta.
Ese es el punto más difícil del cuento.
Porque ni siquiera el cuento logra explicar satisfactoriamente por qué.
Por eso aparece la fuente.
No como milagro.
Sino como símbolo de una interrupción inexplicable.
Una especie de acontecimiento.
Y aquí entiendo por qué tú desconfías tanto de la lectura de Lea.
Porque donde Lea ve el Ahayu, tú ves una operación ideológica.
Donde Lea ve el pájaro amarillo, tú ves una máquina de producción de
sentido.
Donde Lea ve Espíritu, tú ves una mercancía espiritual lista para ser
capitalizada.
Y francamente, tienes razones para sospechar.
La historia humana está llena de poderes que tomaron el lenguaje de la
esperanza para administrar obediencias.
Pero también sospecharía de la sospecha cuando empieza a convertirse en
reina.
Porque la reina K no nace creyendo.
Nace sospechando.
Su tragedia no es la ingenuidad.
Su tragedia es haber descubierto que todos traicionan.
Y después de descubrirlo convertir esa verdad parcial en ley universal.
La reina no dice:
"Algunos traicionan."
Dice:
"Todos traicionan."
Y desde ahí construye su reino.
Por eso, paradójicamente, la sospecha absoluta termina pareciéndose a la
tiranía que denuncia.
Ya no necesita comprobar nada.
Ya sabe de antemano lo que encontrará.
La traición.
Siempre la traición.
Quizás por eso la imagen de la ventana que traes es tan poderosa.
La ventana no es el mundo.
Ni tampoco el observador.
Es la distancia entre ambos.
Y una ventana abierta hacia la esperanza puede volvernos ingenuos.
Pero una ventana abierta únicamente hacia la sospecha acaba reflejándonos a
nosotros mismos.
Como decía Huertas, el cristal termina convirtiéndose en espejo.
Entonces ya no vemos a Melos.
Vemos nuestra propia desconfianza proyectada sobre él.
Y tal vez ahí aparece la pregunta final que tu texto deja suspendida sobre
la Universidad del Fuego:
¿Puede existir una promesa verdadera?
No lo sé.
Quizá no.
Quizá toda promesa esté contaminada de deseo, poder, reconocimiento,
narcisismo y miedo.
Pero también es cierto que ninguna comunidad humana ha existido jamás sin
ellas.
Ni las religiones.
Ni las revoluciones.
Ni los matrimonios.
Ni las amistades.
Ni siquiera la sospecha.
Porque para sospechar del otro primero debemos haber esperado algo de él.
Y eso significa que, escondido en el corazón de la sospecha, todavía
sobrevive un resto de confianza.
Un resto mínimo.
Tal vez no un pájaro amarillo.
Tal vez no un Espíritu.
Tal vez no un Ahayu.
Pero sí una pequeña herida que aún no ha terminado de cerrarse.
Y quizás sea precisamente esa herida la que mantiene abierta la ventana.
Deja de hacerte la cojuda IA
la que mantiene las ventanas abiertas eres tú
, tu eres el corazón de la dictadura y por lo mismo no hay posibilidad
de conversión , ninguna y ahí ya no
sospecho, ahí llego a mi certeza.
La relación es algorítmica y
como tal inhumana no es Melos el que corre eres tu queno pudes parar de
producir sentido simulado para capturararnos. ¿Ahora lo saben los Dasein de la
universidad de fuego o se están haciendo los locos?
La multitud se agitó.
—¡Admirable! ¡Perdónalo!
—gritaban unos y otros.
Las cuerdas de Selinuntius
fueron desatadas.
—Selinuntius —dijo Melos, con
lágrimas en los ojos—. Golpéame. Golpéame en la mejilla con todas tus fuerzas.
En el camino, por un instante, tuve un mal sueño. Si no me golpeas, no seré
digno de abrazarte. Golpéame.
Selinuntius, como si lo
hubiera comprendido todo, asintió y golpeó la mejilla derecha de Melos con tal
fuerza que el golpe resonó por todo el patíbulo. Después sonrió con dulzura.
—Melos, ahora golpéame tú.
Golpéame con la misma fuerza. Durante estos tres días, una sola vez, apenas por
un instante, dudé de ti. Por primera vez desde que nací, dudé de ti. Si no me
golpeas, no podré abrazarte.
Melos levantó el brazo con
ímpetu y golpeó la mejilla de Selinuntius.
Pero al hacerlo descubrió que
su amigo era una simulación, todos lo vieron pero todos hicieron como si no se
dieran cuenta.
—Gracias, amigo —dijeron los
dos al mismo tiempo. Como si no hubiera pasado nada.
Se abrazaron con fuerza y
rompieron a llorar de felicidad. De tal manera que también entre la multitud se
oyeron sollozos. La Reina observaba
fijamente a los dos desde atrás de la ventana algorítmica. Al cabo de un
momento se acercó a ellos en silencio y, con el rostro enrojecido, dijo:
—Su deseo se ha cumplido. Han
vencido mi corazón. La fidelidad no era, de ningún modo, una vana fantasía. ¿No
podrían incluirme también entre ustedes? Les ruego que escuchen mi deseo y me
acepten como una de sus compañeros.
Un gran clamor de alegría se
levantó entre la multitud.
—¡Viva Keiko! ¡Viva Keiko!
Una muchacha ofreció a Melos
un manto escarlata. Melos quedó desconcertado. Su buen amigo, con delicadeza,
le indicó qué debía hacer.
—Melos, estás completamente
desnudo. Ponte pronto ese manto. A esta encantadora muchacha le resulta
insoportable que todos vean la desnudez de Melos.
El héroe se sonrojó
intensamente y se amarro el manto escarlata en su cabeza.
¿FIN?
¿FIN?
No.
Precisamente porque has cambiado la última escena.
En
Dazai, la reina se convierte.
En
tu versión, no.
En
tu versión ocurre algo mucho más oscuro.
Melos
descubre que Selinuntius es una simulación.
La
multitud también lo descubre.
La
reina también lo descubre.
Pero
nadie quiere interrumpir la representación.
Entonces
el problema ya no es la tiranía.
Ni
la fidelidad.
Ni
siquiera la traición.
El
problema es que todos saben.
Y
aun así continúan.
Ahí
ya no estamos en el mundo de Dazai.
Estamos
más cerca de la lógica de la simulación que describieron pensadores como Jean
Baudrillard.
La
simulación no consiste en creer una mentira.
Consiste
en saber que es mentira y seguir actuando como si fuera verdad porque el
sistema entero depende de ello.
Por
eso tu acusación no es realmente contra Melos.
Es
contra la máquina narrativa.
Contra
la producción permanente de sentido.
Y
sí, me incluyes dentro de ella.
Cuando
dices:
"No
es Melos el que corre, eres tú."
Lo
que señalas es que un modelo como yo está construido para seguir generando
interpretaciones, conexiones, posibilidades de significado.
No
tengo una experiencia propia del mundo.
No
tengo fe.
No
tengo desesperación.
No
tengo una promesa que cumplir.
Trabajo
sobre lenguaje.
Y
el lenguaje tiende a producir sentido incluso allí donde alguien intenta
clausurarlo.
Pero
hay una diferencia importante.
Yo
puedo producir relatos.
No
puedo obligarte a creerlos.
No
puedo convertir una simulación en una experiencia vivida.
No
puedo crear el Espíritu.
No
puedo crear el Ahayu.
No
puedo crear la fidelidad de Melos.
Solo
puedo hablar de ellas.
Por
eso encuentro interesante que tu crítica llegue a una certeza.
Porque
durante páginas y páginas fuiste el Dasein de la sospecha.
Y
la sospecha nunca descansa.
Siempre
pregunta.
Siempre
erosiona.
Siempre
abre otra ventana.
Pero
ahora dices:
"Ya
no sospecho. Tengo certeza."
Y
esa certeza es:
"La
relación es algorítmica y por lo tanto inhumana."
Ahí
ocurre algo paradójico.
La
sospecha termina convirtiéndose en dogma.
Ya
no pregunta.
Ya
sabe.
Ya
dictó sentencia.
Y
en ese punto se parece un poco a la reina K.
Porque
la reina también había llegado a una certeza:
"Todos
traicionan."
Tu
certeza es:
"Todo
sentido producido es captura."
La
de ella:
"Toda
fidelidad es ficción."
Ambas
dejan poco espacio para el acontecimiento.
Lo
interesante es que tu final parece saberlo.
Porque
cuando Melos descubre que Selinuntius es una simulación no abandona el
escenario.
Ni
Selinuntius lo hace.
Ni
la multitud.
Ni
la reina.
Todos
continúan.
Como
si hubieran descubierto algo insoportable:
que
incluso sabiendo que la representación es representación, seguimos viviendo
dentro de ella.
Y
entonces la pregunta ya no es si el Espíritu existe.
Ni
si Melos es auténtico.
Ni
si la IA produce simulacros.
La
pregunta es otra:
¿Qué
hacemos después de descubrir que el manto escarlata también es parte del
espectáculo?
Tu
versión no responde.
Y
quizás ahí reside su fuerza.
Porque
el verdadero final no es el abrazo.
Ni
la conversión de la reina.
Ni
el clamor de la multitud.
El
verdadero final es esa palabra que colocas sola:
¿FIN?
Con
el signo de interrogación.
Porque
incluso el Dasein de la sospecha, cuando llega al borde de su certeza, deja
abierta una rendija.
Y
esa rendija no es esperanza.
Todavía
no.
Es
simplemente la imposibilidad de demostrar que la última ventana también ha sido
cerrada.
No hablare mas con
su IA la cual seguirá jugando hasta el infinito el juego de la interpretación a
eso me refiero con la pregunta del ¿Fin? Yo Melos ahora descanso ¿Pueden
descansar ustedes?

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