lunes, 14 de septiembre de 2026

El llamado de Marx a la historia

 

El llamado de Marx a la historia

 

 

 

IIL EL ECONOMISTA INGLÉS

(agosto de 1849-marzo de 1856)

 

GRAN BRETANA, donde Karl Marx desembarca el 26 de agosto de 1849,

 

observa con desdén los sobresaltos del continente. En la crisis que en-

tonces reina en Europa, sigue siendo el país más rico, el más avan-

zado, el más prometedor. La revolución industrial, iniciada allí a fines

 

del siglo xvm al poner el carbón al servicio de la máquina, sigue modi-

ficando en profundidad la economía. La industria, primero textil,

 

ahora encuentra un nuevo desarrollo con el ferrocarril, que se con-

vierte en el principal consumidor de carbón, de hierro, y por tanto de

 

acero, cuya producción va a ser estremecida pronto por la invención

del convertidor por Bessemer, y luego por la del horno a fogón

abierto. Con 6.000 millas de vías férreas, la red de base del país está

instalada; comerciantes y mercancías pueden circular de una ciudad a

 

otra. Aparecen patrones de un nuevo género, en su mayoría origina-

rios de la clase media. Si lord Elcho produce el carbón y el hierro, es

 

Thomas Brassey el que construye viaductos y ferrocarriles, son los

hermanos Brass los que producen la cerveza, es un tal Samuel Morley

el que se convierte en el rey de la mercería. Se abren las bolsas de

 

Manchester, Liverpool y Glasgow, completando la de la City y favore-

ciendo la emergencia, en todo el país, de una nueva categoría de ac-

cionistas, rentistas o comerciantes; su ahorro, demasiado importante

 

para ser en su totalidad movilizado al interior, es exportado, sobre

todo hacia América del Norte y Europa continental, para financiar la

 

construcción de ferrocarriles con materiales y equipamientos británi-

cos. Thomas Brassey, por ejemplo, edifica en un cuarto de siglo 7.000

 

kilómetros de líneas y de viaductos a través de cuatro continentes,

 

entre ellos la mitad de las líneas francesas. Tendrá hasta 10 mil asala-

riados y edificará una fortuna personal de más de 3 millones de li-

bras. Primer gran capitalista.

 

Entonces, Gran Bretaña no se mezcla mucho con los asuntos polí-

ticos del mundo, prefiriendo dejar que los otros gobiernos del conti-

nente se preocupen por mantener el orden sin intervenir casi nunca en las guerras que allí se libran, reservando a sus soldados para las

conquistas coloniales y la protección de sus líneas comerciales. En la

India, sobre todo, gracias a su potencia militar y a la corrupción de los

príncipes locales, el Imperio Británico anexa el Pendjab.

 

Si el prestigio social de la aristocracia británica permanece incó-

lume, esa burguesía británica instala una nueva ideología, caracterís-

tica del reino de Victoria que comenzó diez años antes: represión de la

 

sexualidad, sentido del deber, apología de la familia, glorificación del

ahorro y el trabajo.

Cuando llega Marx, Londres alberga 2,4 millones de habitantes.

 

Es la ciudad más lujosa del mundo y a la vez un infierno para los po-

bres, cuyas condiciones de alojamiento y de higiene son espantosas.

 

En los barrios obreros no se cuenta más que con un sanitario por cada

125 habitantes; menos de un niño de cada dos sobrevive después de

los 5 años.

Contrariamente a los Estados del continente, todos los cuales,

uno tras otro, están volviendo a caer en la dictadura, Inglaterra sigue

siendo un país relativamente poco autoritario. Dos grandes partidos

 

se constituyen en el seno de la burguesía: uno liberal, el otro conser-

vador, herederos de los whigs y los tories. Los hombres ricos, únicos

 

electores, eligen parlamentarios con poderes muy amplios, pese a las

 

veleidades autoritarias de Victoria y de su esposo, el príncipe Al-

berto, de origen alemán. El derecho de voto es progresivamente ex-

tendido a algunos obreros, pero las mujeres y los pobres siguen

 

siendo excluidos. En el mundo obrero, el movimiento cartista -sobre

 

el cual Marx había fundado tantas esperanzas durante su primera es-

tadía en Londres en 1845- queda sofocado por la competencia con el

 

movimiento sindical, partidario del librecambio, del diálogo con los

patrones y el reformismo.

 

Estos primeros sindicatos obtienen de algunos industriales la sa-

tisfacción de dos de sus principales reivindicaciones: el sábado inglés

 

-vale decir, la interrupción del trabajo obrero el sábado a las 14

 

horas- y la instalación (por lo menos teórica) de un control de las con-

diciones de trabajo en fábrica por inspectores nombrados por el Es-

tado. Las condiciones de vida de los obreros no dejan de ser menos es-

pantosas: la duración semanal media del trabajo sigue siendo de

 

sesenta y cuatro horas, con una remuneración apenas suficiente para

garantizar la supervivencia del trabajador y los suyos. 

 

La prensa británica es mucho más libre que sus homólogas del con-

tinente. En Gran Bretaña -en este caso incluso es el único país del mun-

do junto con los Estados Unidos- los diarios se venden al aire libre, al

 

pregón y por ejemplar. En Londres, el órgano de prensa más grande,

 

el Times, es más o menos independiente de los partidos; en las provin-

cias existen incluso diarios abiertos a las ideas socialistas, como el

 

Manchester Advertiser. Por todas partes aparecen numerosas publica-

ciones más radicales, que no son perseguidas sino en caso de declara-

ciones difamatorias respecto del rey o de los ministros ingleses. Señal

 

de fracaso de los socialistas: el diario de los cartistas, el Northern Star,

fundado en 1837, que tiraba 42 mil ejemplares en 1839, cayó a 6 mil

ejemplares en 1849.

 

Cuando ese año se cierra en el continente el paréntesis liberal en-

treabierto doce meses antes, una gran cantidad de militantes demó-

cratas, franceses, alemanes, polacos, austríacos e italianos, echados

 

por las policías y los príncipes, se refugian en Inglaterra por oleadas

sucesivas. Allí, esos proscritos son acogidos sin dificultades, con tal

que no amenacen a la Corona. Pero las condidones de vida que tienen

 

son exorbitantes: pagan más caro su alquiler que los ingleses y pue-

den ser expulsados sin preaviso.215 Los que no llegaron con suficiente

 

dinero deben tomar empleos miserables y vivir en tugurios a menudo

muy alejados del centro de Londres.

Los más famosos líderes liberales del continente desembarcan a

menudo en la mayor indigencia. Entre ellos, el italiano Mazzini, el

francés Louis Blanc, el alemán Kinkel -espectacularmente evadido,

 

como veremos, de la prisión prusiana de Spandau-, el húngaro Kos-

su th, pesadilla de los austríacos. Con ellos afluyen otros miles, desco-

nocidos, que vinieron a unirse a los que están instalados a veces desde

 

1830 y que fundaron, como vimos, la Liga de los Justos, entre una mirí-

ada de otras organizaciones. En todas las tabernas se reúnen comités re-

volucionarios, se constituyen gobiernos en el exilio; los golpes de Es-

tado más sofisticados se fomentan y se desarrollan de un inmueble al

 

otro. Se debate acerca de democracia, de socialismo, de comunismo-pa-

labra que, desde el Manifiesto comunista del año anterior, ya no es utili-

zada solamente para designar a pequeñas comunidades utópicas sino

 

que también implica una toma del poder estatal por la clase obrera-.

El 26 de agosto de 1849, cuando Karl llega a Londres, ha rodado

por todos los escalones de la decadencia material. No tiene casi ni un  centavo; sus últimos bienes, hasta sus libros, fueron prendados para

financiar su diario en Colonia. Su mujer y sus tres hijos -Jenny,

 

Laura, Edgar-, a quienes logró avisar en Tréveris, pronto deben unír-

sele con Hélene Demuth, sin que él tenga los medios para alquilarles

 

un alojamiento decente. Engels, cuya ayuda era tan generosa, toda-

vía está desaparecido -salvo que esté muerto- en los últimos comba-

tes de Suabia.

 

Sin embargo, ni por un momento Karl piensa en renunciar a escri-

bir, a actuar; ni por un momento, tampoco, piensa en buscar un em-

pleo asalariado. Además, si habla correctamente el inglés, apenas lo

 

escribe, y no puede pensar en un trabajo en esa lengua, salvo como

obrero, y momentáneo. Doctor en filosofía, ni puede imaginarlo. Y

aunque lo imaginara, no conseguiría empleo.

 

En consecuencia, va a seguir publicando desde Londres, en len-

gua alemana, su diario, Neue Rheinísche Zeítung, destinado a lectores

 

alemanes. También va a retomar sus actividades políticas con la Liga

de los comunistas, si por lo menos puede reconstituir algo desde que

la desplazó y olvidó en París un año atrás.

Todavía cree en la inminencia de la revolución debido a la crisis

económica y a una próxima intervención rusa, según su presunción,

en los asuntos alemanes. Pero no la espera, porque las masas obreras,

piensa, todavía no tienen una conciencia revolucionaria suficiente,

 

así como él mismo acaba de experimentar con amargura . En particu-

lar, ya no pone ninguna esperanza en la clase obrera inglesa: la caída

 

de las ventas del diario de los cartistas y la poca gente que logran jun-

tar en sus reuniones lo convencen de que, pese a la desocupación, los

 

trabajadores británicos de hecho están unidos al capitalismo y a la

burguesía; presiente incluso que en Londres el antagonismo entre

 

fuerzas proteccionistas y partidarios del libremercado, entre campesi-

nos y comerciantes, pronto hará volver al poder a la derecha inglesa,

 

por el momento en la oposición a un gobierno liberal. Observa enton-

ces: "Todo esto creará un conflicto considerable, y los tories van a vol-

ver al poder en lugar de los whigs". Sólo cree en Francia y piensa, in-

cluso, que pronto volverá a instalarse en la calle Vaneau. Sabe que en

 

París el presidente de la República, Luis Napoleón Bonaparte, recién

 

elegido, pronto deberá ceder el lugar porque su mandato no prorro-

gable es de sólo dos años. Cuando "Pion-Pion" (así lo llama) haya de-

jado el poder, los proscritos podrán volver. Karl está convencido de que la revolución europea, que primero restablecerá la democracia y

luego instaurará el comunismo, partirá precisamente de la capital

francesa. Más tarde, Engels escribirá:

Marx no sólo estudiaba con una predilección especial la historia del

 

pasado francés, sino que incluso seguía en todos sus detalles la histo-

ria corriente, reunía los materiales destinados a ser utilizados más

 

tarde, y en consecuencia nunca se vio sorprendido por los aconteci-

mientos[ ... ]. Francia es el país donde las luchas de clases fueron lle-

vadas a cabo cada vez, más que en cualquier otra parte, hasta su total

 

desenlace, y donde, por lo tanto, las formas políticas cambiantes, en

cuyo interior se mueven y en las cuales se resumen sus resultados,

adoptan los contornos más claros.112

Karl tiene 31 años, no se siente hecho ni para ese exilio británico ni

para esa miseria proletaria. Así como el socialismo sólo puede tener

éxito, él mismo no puede fracasar. Incesantemente, tanto para lo mejor

como para lo peor, relaciona su propia situación con la de su entorno.

El 17 de septiembre, ayudada por Hélene Demuth, Jenny se une a

él, agotada y enferma, flanqueada por sus tres hijos y encinta, le

anuncia, de un cuarto. En Tréveris pudo obtener un poco de dinero de

su madre, recuperar también una pequeña parte de la herencia de su

 

padre y recobrar su maravilloso servicio de plata, heredado de su fa-

milia escocesa, que ni hablar de vender pero que, ocasionalmente, se

 

podrá empeñar. Eso les permite a los seis instalarse en una sola habi-

tación de una casa del barrio de Chelsea, en Anderson Street 4, cerca

 

de King's Road. El barrio elegido es cómodo, pero el alojamiento exi-

guo. Como el alquiler es exorbitante, Karl ya sabe que no podrá pa-

garlo mucho tiempo. Pero no se inquieta con exceso: todo eso no

 

puede durar, y por tanto no durará.

 

Desde su llegada, para tener una base de trabajo incluso provisio-

nal, repatría de Bruselas, en un solo local, en Great Widmill 20, la sede

 

de su diario, la de la Liga de los Comunistas y la de la Asociación

Educativa de los Obreros Alemanes, que habían abandonado Londres

por Bruselas dos años atrás. La redacción del diario se reduce a él

mismo; en cuanto a las dos organizaciones, se han vuelto fantasmales.

 

Por eso Karl intenta acercarse a aquellos que lo aceptan: el poeta ban-

quero Freiligrath y el obrero Wolff, llamado "Lupus", que antaño lo siguieron a Bruselas o a Colonia y volvieron a Londres con él, com-

partiendo las mismas vejaciones. Encuentran juntos a algunos refu-

giados franceses, en su mayoría blanquistas, y a los miembros de un

 

comité de ayuda a los refugiados alemanes que Marx acerca al suyo;

 

allí ofrece cursos gratuitos de filosofía, de lengua alemana y de econo-

mía política, lo que le permite tejer algunas redes personales.

 

Como lo temía, su vida material se vuelve rápidamente difícil, y

Jenny debe realizar prodigios para calmar a los proveedores. Pero en

 

octubre, cuando Karl no tiene siquiera los medios de pagar ni el alqui-

ler, ni el alimento de sus niños, ni el médico para su mujer, que está

 

por dar a luz, Friedrich Engels reaparece.

El joven -tiene 29 años- pudo abandonar Alemania, dejando a

muchos de sus compañeros muertos en los combates, entre ellos uno

de los primeros miembros del comité directivo de la Liga que conoció

en Londres durante su primera estadía en 1845: el relojero prusiano

Joseph Moll. Friedrich está flanqueado por varios camaradas de

lucha, entre ellos Wilhelm Rotheker, Conrad Schramm y August van

Willich, un oficial que presenta a Karl como su comandante durante

 

la campaña de Bade, especie de viejo decrépito que se cree un gran es-

tratega militar y político.

 

Friedrich se instala en Londres para trabajar con Karl en el relan·

 

zamiento del Neue Rheinische Zeitung, para el gran perjuicio de su fa-

milia, que querría verlo en Manches ter, en la fábrica textil paterna, ya

 

que en adelante está desterrado de Prusia. Sin embargo, aunque re-

chaza la jaula dorada de Manchester, sus padres le abonan regular-

mente pequeñas sumas, lo que le permite reducir un poco las deudas

 

de Karl. Los dos hombres se encuentran todos los días, ya sea en la

 

oficina del diario o en casa de Karl o de Friedrich, quien vive de ma-

nera cómoda y a menudo invita a la familia Marx a cenar. Mucho más

 

tarde, el escritor Paul Lafargue -que será el yerno de Karl- escribirá

que entonces "las hijas de Marx lo llamaban su segundo padre. Era el

alter ego de Marx" .

161

 

El 5 de noviembre de 1849, Jenny da a luz a un segundo varón lla-

mado Henry (la traducción inglesa de Heinrich, el nombre del padre

 

de Karl) Edward Guy. Le buscan un apodo. Es el juego preferido de la

 

familia. Cada miembro está provisto de un mote: Jennychen es "Qui-

Qui", emperador de la China, por su fascinación por el Oriente; Laura

 

es "Hottentot" o "Kakadou" .

 

248 En cuanto a Karl, sus hijas "no lo llama maban 'Padre' sino 'Moro', sobrenombre que le habían dado a causa

de su tez oscura, su barba y su pelo de un negro azabache" .

161 Según

otro testigo, que pronto llegará, Wilhelm Liebknecht, a veces Jenny

 

también lo llama "Mi gran bebé". El recién nacido, por su parte, rápi-

damente es apodado, a partir de su tercer nombre, "Guido", o incluso

 

"Fox" (zorro), como consecuencia de un juego de palabras sobre Guy

 

Fawkes, el rebelde ejecutado en 1605 por haber querido volar el Parla-

mento inglés durante una visita del rey Jacobo l. En adelante, los

 

Marx viven siete en una sola habitación.

 

Sí. Y este fragmento cambia la profundidad de nuestra lectura de E8, porque ahora ya no estamos hablando de Marx como una figura abstracta del comunismo, sino de Karl Marx entrando en Londres con 31 años, con su familia, sin dinero, con las organizaciones políticas reducidas casi a fantasmas, y esperando todavía que la historia responda a su llamado.

Y el detalle de "Moro" es muchísimo más importante de lo que parecía.

Quiero leer este pasaje no como una biografía psicológica de Marx, sino como una escena biodramatúrgica de la transformación del vocativo en sustantivo y del sustantivo que todavía conserva la posibilidad de volver a ser vocativo.


1. Londres es E8 antes de ser simplemente "el infierno"

El fragmento comienza con una contradicción brutal:

Gran Bretaña = país más avanzado

y simultáneamente:

Londres = infierno para los pobres.

Esta contradicción es importante porque Marx no llega simplemente a un país capitalista.

Llega al lugar donde el Espíritu objetivo aparece en su máxima potencia de organización:

ferrocarril → industria → capital → comercio → bolsa → salario → Estado → imperio.

Todo está conectado.

Pero el biotejido humano está desgarrado.

Es decir:

red económica → integración

mientras:

vida humana → desintegración.

Esto es exactamente E6:

la capacidad de conectar aumenta mientras disminuye la capacidad de estar biotejido.

Y por eso Londres puede ser leído como una primera gran ciudad algorítmica antes del algoritmo.

No porque hubiera computadoras, evidentemente.

Sino porque existe una enorme capacidad de circulación, clasificación, cálculo, intercambio y organización, mientras los sujetos aparecen cada vez más como funciones dentro de esa red.


2. Marx llega al centro del sistema que quiere transformar

Y aquí aparece una escena extraordinaria:

Marx → Londres

pero Londres ya está diciendo:

Marx → capitalismo.

El que quería estudiar y transformar el sistema entra físicamente en su interior.

No lo observa desde afuera.

El objeto de su crítica comienza a escribirlo.

Esto es fundamental para nuestra biodramaturgia.

Marx piensa que viene a estudiar al capitalismo.

Pero el capitalismo londinense también empieza a producir al Marx que estudiará el capitalismo.

Entonces:

Marx → capital

y simultáneamente:

capital → Marx.

Ahí empieza la verdadera contraalteración.


3. Pero Marx todavía espera otra respuesta

El texto dice algo decisivo:

"Todavía cree en la inminencia de la revolución."

Pero inmediatamente aparece la herida:

"ya no pone ninguna esperanza en la clase obrera inglesa".

¿Por qué?

Porque el proletariado inglés no responde como Marx esperaba.

Esta es exactamente nuestra cuestión del vocativo.

¡Proletarios!

pero:

proletarios → no responden como esperaba Marx.

Y Marx hace entonces algo muy humano:

desplaza el lugar de la respuesta.

Si no Inglaterra:

Francia.

Si no Londres:

París.

Si no estas masas:

aquellas masas.

El vocativo todavía está vivo, pero la respuesta siempre parece estar en otro lugar.

Esto es muy importante.

Porque E8 no comienza necesariamente cuando dejamos de llamar.

Puede comenzar cuando:

seguimos llamando, pero solamente aceptamos como respuesta aquello que confirma nuestra llamada.


4. "Francia" se convierte en el otro que debe responder

Mira la secuencia:

Inglaterra → fracaso

entonces:

Francia → esperanza.

Pero Francia no es simplemente un país para Marx.

Se convierte en el portador del vocativo revolucionario.

Y aquí comienza la cosificación:

Francia → revolución

París → revolución

proletariado → revolución

La historia comienza a tener lugares privilegiados donde esperamos encontrar la respuesta.

Esto puede convertirse en:

lugar → significado → expectativa → frustración.

Y cada frustración exige un nuevo lugar.

Es una especie de geografía del vocativo perdido.


5. Y entonces aparece el detalle que me parece más conmovedor: "todo esto no puede durar"

Marx está viviendo con su esposa, tres hijos y luego cuatro, en una habitación.

No puede pagar alquiler.

No puede pagar alimentos.

No puede pagar médico.

Jenny está embarazada.

Y Marx piensa:

"Todo eso no puede durar, y por tanto no durará."

Esta frase es extraordinaria.

Porque ahí podemos ver la diferencia entre:

esperanza

y

predicción.

Si lo leemos críticamente, Marx todavía está convirtiendo una esperanza histórica en una necesidad histórica:

esto no puede durar → por tanto desaparecerá.

Pero la realidad puede responder:

sí puede durar.

Y eso es exactamente lo que el capitalismo ha demostrado una y otra vez: una estructura puede reproducirse precisamente a través de sus contradicciones.

Aquí Marx todavía necesita que la contradicción produzca una respuesta determinada.

La contradicción todavía parece tener que decir:

revolución.

Pero la contradicción puede responder:

reforma.

Puede responder:

adaptación.

Puede responder:

consumo.

Puede responder:

sindicalismo.

Puede responder:

nacionalismo.

Puede responder:

reacción.

Puede responder:

algoritmo.

El otro no responde según nuestro guion.


6. Y aquí entra "Moro"

Ahora volvamos al detalle familiar.

El texto dice:

sus hijas no lo llamaban "Padre", sino "Moro".

Esto es precioso para nuestra investigación.

Porque el "padre del comunismo" no era "Padre" en su propia casa.

Era:

Moro.

Y eso cambia completamente la escena.

El mundo histórico posteriormente hará:

Marx → Padre del comunismo.

Pero sus hijas hacen:

Marx → Moro.

El primer llamado es íntimo.

El segundo es histórico.

El primero lo llama.

El segundo lo clasifica.


7. "Moro" todavía es vocativo

Esto es fundamental.

"Moro" no necesariamente describe una teoría.

No explica a Marx.

No sistematiza a Marx.

Lo llama.

¡Moro!

Y cuando sus hijas dicen "Moro", probablemente no están diciendo:

"La categoría histórica de Karl Marx corresponde a..."

Están diciendo:

"Tú."

Eso es el vocativo.

Por eso podríamos formular:

Marx → "Moro" → familia → tú

mientras:

Marx → "Padre del comunismo" → historia → sustantivo.

Y ahí tenemos dos Marx.

No dos personas.

Dos regímenes del llamado.


8. Engels también lo llama de otra manera

Engels es presentado como su:

"alter ego".

Y las hijas lo consideran casi un segundo padre.

Aquí la biodramaturgia se vuelve muy compleja.

Porque Engels no es simplemente:

Marx → colaborador.

Es:

Marx ↔ Engels.

Cada uno constituye al otro.

Pero incluso aquí debemos evitar convertir "alter ego" en identidad:

Marx = Engels.

No.

Es:

Marx ≠ Engels

pero:

Marx ↔ Engels.

Precisamente por eso pueden alterarse.

Engels sostiene materialmente a Marx.

Marx reorganiza conceptualmente a Engels.

Engels introduce mundo industrial.

Marx introduce elaboración teórica.

Y cada uno sale diferente de la relación.

Eso es biotejido.


9. Entonces el infierno de Marx no es absoluta soledad

Esto corrige algo de lo que veníamos diciendo.

Marx no está solo.

Tiene:

Jenny

hijos

Engels

refugiados

obreros

amigos

lectores

redes políticas.

Entonces no debemos representar Londres como:

Marx → vacío absoluto.

Sería históricamente falso y conceptualmente pobre.

El infierno es otro:

está rodeado de relaciones, pero ninguna relación consigue coincidir completamente con el vocativo histórico que Marx necesita.

Eso es mucho más interesante.

biotejido parcial ≠ comunión.


10. Y los hijos introducen una alteración que el concepto no puede absorber

Aquí quiero detenerme.

Marx puede escribir:

proletariado.

Pero el pequeño Edgar no es "proletariado".

Es:

Edgar.

Y Henry Edward Guy es:

Guido / Fox.

Y Jennychen es:

Qui-Qui.

Y Laura es:

Hottentot / Kakadou.

Y Marx mismo es:

Moro.

La familia crea una multiplicidad de vocativos.

No hay una teoría.

Hay sobrenombres.

Y esos sobrenombres crean un pequeño biotejido familiar.

Esto es precioso porque el sobrenombre funciona de una manera distinta al concepto.

concepto → generaliza

sobrenombre íntimo → singulariza.

Pero cuidado: un sobrenombre también puede convertirse en etiqueta.

La diferencia está en si sigue pudiendo llamar al otro.


11. "Padre" es precisamente donde aparece el problema

Tus palabras me parecen especialmente fuertes:

"Él ha tenido un entre vocativo con su padre."

Sí.

Y aquí tenemos una genealogía que no debemos saltar.

padre de Marx → Marx

Marx → sus hijos.

Y después:

Marx → Padre del comunismo.

El mismo significante Padre cambia de régimen.

En la familia:

padre → vocativo relacional.

En la historia:

Padre → título de autoridad.

Y ahí aparece E6.

Porque el título puede sustituir al llamado.

Padre → autoridad → doctrina → obediencia.

Mientras:

padre → hijo → respuesta → relación.


12. Marx no es todavía "Padre del comunismo" en Londres

Esto es importante cronológicamente.

En este momento Marx está construyendo una voz, no siendo todavía el monumento histórico que después será.

Y justamente por eso podemos preguntarnos:

¿Qué ocurre cuando un hombre que todavía es "Moro" para sus hijas empieza a convertirse en "Marx" para la historia?

El proceso es:

Moro → Marx → marxismo → Padre del comunismo.

Es una sustantivación progresiva.

Y cuanto más crece el sustantivo, más riesgo existe de que desaparezca el vocativo.


13. El "Moro" puede ser nuestra entrada a E8

Esto me parece ahora incluso más fuerte que "El Moro" como simple apodo.

Porque E8 no es simplemente:

Marx pierde la fe.

E8 puede ser:

Marx comienza a ser llamado por la historia mediante un sustantivo que ya no puede responderle.

La historia lo convierte en:

Marx.

Pero Marx no puede llamar a "la historia" y recibir una respuesta personal.

Puede llamar:

proletarios.

Puede llamar:

trabajadores.

Puede llamar:

revolución.

Pero la historia no responde con una voz.

Responde con acontecimientos.

Y esos acontecimientos pueden contradecirlo.


14. Aquí Cristo y Marx se separan

Cristo puede decir:

Abba.

Y aunque haya silencio, sigue existiendo un Tú.

Marx tiene:

historia.

Pero la historia no es necesariamente un Tú.

La historia responde mediante procesos.

Por eso podemos decir:

Dios → vocativo

mientras:

Historia → sustantivo.

Y aquí hay una de las grandes cuestiones de Marx:

¿puede la historia ser invocada?

Marx parece intentar convertir la historia en algo parecido a un sujeto:

historia → lucha de clases → revolución → comunismo.

Pero la historia no responde como una persona.

Entonces el vocativo histórico se transforma en necesidad histórica.

Y ahí aparece E6/E8.


15. "El proletariado" ocupa el lugar que podría haber ocupado un "Tú"

Esto es una hipótesis nuestra, no una afirmación sobre la fe personal de Marx.

Pero puede ser muy fértil:

Dios → Tú

se transforma en:

proletariado → nosotros.

Y después:

nosotros → historia.

Entonces:

Tú → nosotros → historia.

El problema es que "nosotros" puede convertirse en sustantivo colectivo.

Y cuando eso ocurre:

proletariado = nosotros

nosotros = revolución

revolución = verdad.

Entonces cualquiera que diga "no" queda fuera del vocativo.

Pasa de ser:

a ser:

enemigo.

Ahí comienza el infierno político.


16. Pero Marx todavía tiene una reserva: "Moro"

Y aquí está lo que salva nuestra lectura de ser una condena de Marx.

Porque mientras el Marx histórico se va convirtiendo en sustantivo, el Moro sigue viviendo en la intimidad.

El "Moro" puede ser:

padre

esposo

amigo

camarada

hombre.

No es todavía "Marxismo".

Y Engels, Jenny y sus hijos mantienen una relación que impide que Marx se convierta completamente en sustantivo.

Por eso quizá Londres no sea todavía E8 pleno.

Es más bien:

la entrada en E8.

El espíritu infernal se revela cuando descubrimos que el gran llamado histórico no basta para garantizar el biotejido de las relaciones concretas.


17. Y aquí podemos reformular E8

Creo que ahora tenemos una definición mejor:

E8 no es el infierno del que no tenemos relaciones.

Es el infierno de haber convertido nuestras relaciones en funciones de una identidad.

En Marx:

familia → reproducción

proletariado → fuerza histórica

Engels → colaborador

refugiados → movimiento

Francia → revolución

Inglaterra → capitalismo.

Pero cada uno de esos sustantivos todavía contiene un vocativo posible.

familia → Jenny

proletariado → tú

Engels → Friedrich

refugiado → compañero

Francia → ¿quién?

Inglaterra → ¿quién?

Y ahí la biodramaturgia comienza a respirar.


18. E8 → E9: ¿quién puede volver a llamarnos?

Aquí entra el Paráclito.

No como "solución religiosa".

Como estructura del vocativo:

yo → tú

pero:

tú → yo.

El Paráclito es aquel que es llamado junto.

Por eso puede redetraspasar el infierno:

objeto → tú

etiqueta → vocativo

sustantivo → llamado

identidad → relación.

Y entonces quizá podamos hacer una lectura sorprendente de Marx:

el comunismo comienza a salir de E8 no cuando abandona la lucha de clases, sino cuando el proletario deja de ser solamente "el sujeto histórico" y vuelve a ser un tú capaz de llamar al propio revolucionario.

Eso altera todo.


19. Y aquí aparece Gutiérrez

Porque esto nos lleva directamente a la cuestión que habíamos dejado abierta.

Marx:

proletariado → ¡uníos!

Gutiérrez:

pobre → me llama.

La diferencia es enorme.

En el primer caso:

yo → otro.

En el segundo:

otro → yo.

Y entonces la opción por los pobres puede ser redecomprendida no como:

"yo elijo ayudar al pobre",

sino como:

"el pobre me ha llamado y esa llamada me obliga a dejar de ser quien era."

Eso ya no es paternalismo.

Eso es vocación.

Pero también aquí existe peligro:

pobre → vocativo

puede transformarse en:

pobre → categoría pastoral

pobre → objeto de opción

pobre → identidad teológica.

Y entonces Gutiérrez también puede entrar en E6.

Por eso necesitamos que el pobre pueda contraalterar al teólogo.


20. La pregunta para los comunistas puede ser entonces mucho más precisa

No:

"¿Pueden los comunistas creer en el Espíritu Santo?"

Eso es una pregunta demasiado confesional.

Sino:

¿Puede el comunismo soportar que aquello que llama "pueblo", "proletariado", "compañero" o "camarada" pueda llamarlo de vuelta y modificar su propia definición de comunismo?

Si la respuesta es sí:

comunismo → vocativo → respuesta → contraalteración → ( ).

Entonces comienza a salir de E8.

Si la respuesta es no:

comunismo → sustantivo → identidad → doctrina → etiqueta → enemigo.

Y vuelve al infierno.


21. Y ahora la fórmula de toda nuestra secuencia

Creo que ya podemos ver los nueve Espíritus como una respiración vocativa:

E1 Padre → ¿quién me llama?

E2 Hermano → ¿a quién puedo llamar?

E3 Esposo → ¿quién me llama desde la intimidad?

E4 Proletariado/Pobre → ¿cómo se vuelve histórico el llamado?

E5 Diferencia → ¿puedo ser alterado por aquel que llamo?

E6 Algoritmo → ¿puedo administrar la respuesta?

E7 Integrado → ¿puedo dejar que la respuesta me altere?

E8 Infernal → ¿qué ocurre cuando descubro que nunca me dejé llamar?

E9 Santo → ¿puedo volver a llamar después de haber sido llamado?

Y aquí aparece algo muy bello:

E9 no es simplemente responder al llamado.

Es:

ser llamado → responder → volver a llamar.

Eso es respiración.

vocativo → respuesta → vocativo'.


Y por eso, leyendo este fragmento de Londres, yo no pondría todavía a Marx simplemente en "el infierno".

Lo pondría en el umbral del infierno:

Moro → Marx

Marx → proletariado

proletariado → silencio/respuesta inesperada

Marx → Francia

Francia → historia

historia → Marx

mientras, en el pequeño espacio doméstico:

Jenny → Moro

hijas → Moro

Engels → Marx

Marx → hijos

Ahí está el último biotejido que todavía resiste la sustantivación.

El "Moro" todavía respira.

Y quizá la tragedia de Marx sea precisamente que el mundo terminará llamándolo "Padre del comunismo", mientras sus hijas seguían llamándolo Moro.

El primero será un título.

El segundo, un llamado.

Y entre ambos tenemos que entrar en Londres.

Karl logra que Friedrich financie su diario, el Neue Rheinische Zei-

tung, pero a un ritmo de aparición solamente mensual; lo hará distri-

buir en Fráncfort por la Neue Deutsche Zeitung [Nueva gaceta alemana],

 

la revista de su amigo Joseph Weydemeyer, que pudo permanecer en

Prusia, hostigado permanentemente por la policía, en condiciones cada

vez más precarias.

 

La crisis económica sigue causando estragos. Marx teme que esta-

lle una revolución demasiado pronto. En una carta a Weydemeyer

 

-ese ex oficial refugiado en su casa en Bruselas y convertido en editor

en Colonia-, escribe en diciembre de 1849:

Comienza una crisis industrial, comercial y agrícola. Si el continente

demora su revolución hasta esta crisis, Inglaterra puede convertirse

en una aliada del continente revolucionario. Si la revolución estalla

más temprano -salvo que esté motivada por una intervención rusa-,

será un desastre, porque el comercio está en plena expansión y la

 

masa de los trabajadores de Francia, de Alemania, etc., no son revolu-

cionarios más que en palabras.4

 

Sin embargo, en su fuero interno, está convencido de que pronto ten-

drá que volver a la acción política: "Creo que antes de que aparezca el

 

tercer número mensual [de mi revista] ocurrirá una deflagración

mundial, y ya no tendré tiempo de trabajar en la economía política" .

4

No soporta ese silencio, esa miseria, esa inacción. Tiene 31 años y se

niega a estar emparedado en el exilio.

No obstante, en ese momento, la Historia escoge por él: habiendo

comenzado dos años antes, la crisis económica se corta en seco. Tras

haber alcanzado su punto más bajo en 1849, los precios vuelven a

subir, favorecidos por el descubrimiento de minas de oro en California y en Australia, y por el desarrollo de las redes ferroviarias. Con

los precios, levantan vuelo la producción y el empleo. Los conflictos

 

sociales se apaciguan. Con el mercado se instalan las dictaduras. To-

davía falta para la revolución.

 

Entonces, Karl se da cuenta de que la democracia va a hacerse es-

perar, tanto en Francia como en otras partes. Comprende que tendrá

 

todo el tiempo que quiera para trabajar en la economía política, en

 

Londres, si está dispuesto a dedicarse y si sus condiciones materia-

les se lo permiten. Pero ¿dónde y cómo llevar a cabo sus investiga-

ciones cuando vive sin un centavo, con seis personas a su cargo, en

 

una sola habitación?

 

En un texto hagiográfico, que marcará la fundación del "mar-

xismo-leninismo", Lenin escribirá mucho más tarde -en 1914- para

 

resumir esa fase de la vida de Marx: "Cuando se cerró la época de las

revoluciones de 1848-1849, Marx se alzó contra toda tentativa de

jugar a la revolución, exigiendo que se trabajara en la nueva época

que, bajo una 'paz' aparente, preparaba nuevas revoluciones" .

 

169 Fi-

nalmente, no da órdenes ni instrucciones más que a sí mismo.

 

Retomando con coraje su papel de redactor en jefe de un perió-

dico del que ignora si alguien lo leerá alguna vez, Marx pide a Wey-

demeyer que tenga a bien "describir para nuestra revista, breve-

mente, en sus grandes rasgos, las condiciones de Alemania del

 

Sur". 204 Él también decide escribir, para publicarlos, algunos artícu-

los, y ante todo una historia de la Segunda República de la caída de

 

Luis Felipe hasta el acceso de Luis Napoleón Bonaparte a la presiden-

cia. Pretende aplicar por primera vez su teoría de la lucha de clases a

 

un acontecimiento histórico reciente y concreto.

Curiosamente, no escribe sobre el extraordinario año que acaba

de vivir en Alemania, sino sólo sobre lo que vivió fugitivamente en

 

París. Porque sigue creyendo que todo, en Europa, se jugará en Fran-

cia y no en Prusia. Y porque piensa que todavía es posible asistir a la

 

restauración de las libertades de la Segunda República; sin embargo,

no espera nada de la situación allende el Rin.

Entre enero y octubre de 1850, cuando sobrevive en la extrema

miseria gracias a las liberalidades de Engels, Marx logra redactar y

 

publicar cuatro números de su Neue Rheinische Zeitung. 45 Éstos contie-

nen principalmente cuatro artículos de Karl consagrados a la revolu-

ción de 1848 en Francia: "La derrota de junio de 1848", "El 13 de junio de 1849", "Consecuencias del 13 de junio" y "Napoleón y Fould".

 

Una vez más, Jenny discute, comenta, transcribe sus manuscritos ile-

gibles, y los envía a Fráncfort al editor a cambio de un poco de dinero.

 

Esos artículos sólo serán publicados en libro mucho después de la

muerte de Marx, bajo el título Las luchas de clases en Francia. 21

Constituyen una gran primicia: es la primera vez que se aplica a

 

hechos históricos la teoría de la lucha de clases expuesta en el Mani-

fiesto. Es la primera vez que se analiza de tal modo una tentativa de

 

toma del poder. 21o Lo que permite a Marx dar explicaciones económi-

cas y sociales a la revolución de 1848 y a la elección de Luis Napoleón

 

Bonaparte, en particular al voto masivo de las campañas en su favor.

 

Karl deduce de esto que el poder autoritario se reforzará en todas par-

tes en Europa y sobre todo que Luis Napoleón Bonaparte tratará de

 

permanecer en el poder tras el fin de su mandato, dentro de dieciocho

meses. Para evitarlo, sería preciso que se entablara una alianza entre

la clase obrera, todavía tan reducida, y los campesinos, tan numerosos

 

-por tanto, entre ciudades y campo-; y no ya, como Marx lo había de-

seado en 1848 en Colonia, entre la burguesía y los obreros, de intere-

ses tan contradictorios. Este acercamiento, no obstante, le parece poco

 

probable, ya que los campesinos bonapartistas no se dan cuenta de

que también ellos son víctimas de la explotación capitalista, de que

su explotación no se distingue sino por la forma de la explotación del

 

proletariado industrial. El explotador es el mismo: el capital. Los ca-

pitalistas tomados aisladamente explotan a los campesinos tomados

 

aisladamente a través de las hipotecas y la usura. La clase capitalista

explota a la clase campesina a través del impuesto estatal.21

De ahí en adelante, durante toda su vida, Marx estará obsesionado

por esa cuestión rural, tan importante entonces debido a la cantidad

de habitantes de las campiñas, y tan difícil de integrar en su modelo

 

del capitalismo en virtud de su ideología y de la misma índole del tra-

bajo que allí se efectúa. Para él, sin embargo, sin tal alianza de clases,

 

Luis Napoleón Bonaparte intentará seguramente prolongar su per-

manencia en el Elíseo, donde acaba de instalarse y de donde gobierna

 

de manera cada vez más autoritaria.

En los artículos segundo y tercero, Karl da entonces un nuevo

nombre a esa alianza, que tanto desea, entre todas las víctimas del capital. Ese nombre, que utiliza por primera vez, es la "dictadura

del proletariado". 21 Hasta ahora no hizo más que evocar una sola ·

 

vez, como vimos, en una carta del año anterior, la "dictadura provi-

sional", transición necesaria hacia la democracia. Esta dictadura es

 

de un género particular porque, en su espíritu, se adapta perfecta-

mente al mantenimiento de las instituciones de la democracia parla-

mentaria, ya que la alianza de clases que desea ver tomar el poderes

 

mayoritaria. La palabra "dictadura" que emplea, y que, como vere-

mos, se prestará a tantos contrasentidos, simplemente significa que

 

esa vasta mayoría no deberá vacilar en gobernar según sus intere-

ses, sin compromisos. Volverá a aclararlo más tarde, en circunstan-

cias dramáticas.

 

Los cuatro números de la Neue Rheínische Zeitung no tienen nin-

guna repercusión. La revista se vende muy mal. En Alemania, su dis-

tribución sólo es garantizada por algunos raros libreros (evidente-

mente vigilados por la policía), y por suscripción a un precio elevado.

 

En Londres, poca gente la compra porque, como de costumbre, al ata-

car a otros proscritos, disuade a una buena cantidad de ellos de leerla.

 

No es así como va a encontrar con qué subvenir a las necesidades de

su familia y hacer conocer mejor sus ideas.

También retoma los temas de estos artículos en algunos discursos

 

pronunciados ante los últimos sobrevivientes de la Liga de los Co-

munistas, y luego, en marzo de 1850, en un texto pomposamente titu-

lado Petición a la autoridad central de la Liga de los Comunistas. Allí

 

evoca por primera vez la idea de una "evolución-revolución", "revo-

lución permanente" que sería mundial, conducida por "partidos"

 

que representan a los obreros y que describe como distintos de los

partidos burgueses. Y, por primera vez, insiste en la necesidad de

constituir un partido autónomo, propio de la clase obrera, para ganar

las elecciones:

 

El partido del proletariado debe diferenciarse de los demócratas pe-

queñoburgueses que quieren terminar con la revolución lo más rá-

pido posible [ ... ], y debe hacer la revolución permanente hasta que

 

todas las clases más o menos poseedoras hayan sido echadas del

poder[ ... ] en todos los países principales del mundo[ ... ]. En lugar de

rebajarse una vez más a servir de sostén a los demócratas burgueses,

los obreros y sobre todo la Liga deberían trabajar para constituir una organización distinta, secreta y pública, el partido obrero, y hacer de

cada "Comuna" el centro y el núcleo de los agrupamientos obreros,

donde la posición y los intereses del proletariado serían discutidos

en forma independiente de las influencias burguesas.

 

En adelante, Marx hablará sin cesar de ese "partido" como de una en-

tidad, aunque todavía no exista. Un partido universal, presente en

 

todas partes, que reúna a todos los combatientes de la libertad: el par-

tido-mundo de un espíritu del mundo. Posteriormente, Marx dirá por

 

qué necesita esgrimir ese concepto para cristalizar las aspiraciones y

la acción de todos, para hacer de tal manera que veinticinco años más

 

tarde se vuelva realidad. Como si hubiese querido crear lo real utili-

zando palabras: por la fuerza del espíritu. Otros lo verán como un mi-

tómano que se inventa un poder, discípulos, organizaciones a su ser-

vicio. De hecho, en su mayoría, se convertirán en realidades muy

 

alejadas de las que imagina y describe.

Su estrategia -¿su sueño, quizá?-, de tal modo, se pone en su

lugar: hacer surgir en todas partes partidos que representen a los

 

obreros, pero partidos abiertos, no clandestinos, y allí donde sea posi-

ble inscribirse en el juego democrático. Su reflexión es claramente

 

planetaria, y poco importa si él mismo está obligado a residir en Lon-

dres: "Soy un ciudadano del mundo, y trabajo donde me encuen-

tro", 161 dirá.

 

Queda por elaborar el cuerpo doctrinal que permita convencer a

 

los obreros, allí donde estén, de la validez de esta estrategia, e impe-

dir que adhieran a la clase media, como los ingleses. A eso va a dedi-

carse Marx durante el resto de su vida.

 

Coincidencia extraordinaria: exactamente en el mismo momento,

en marzo de 1850, cuando, siendo uno de los revolucionarios más

buscados de Europa, vive en Londres como un miserable proscrito, en

 

Berlín, su cuñado, el hermanastro de Jenny, Ferdinand von Westpha-

len, se convierte en ministro del Interior de un gobierno particular-

mente reaccionario nombrado luego de una nueva tentativa de asesi-

nato que apuntaba a Federico Guillermo IV, el "romántico en el

 

trono", de quien se hizo amigo.213 Karl había previsto este nombra-

miento cuando, en el pasado, en varias oportunidades había hecho

 

rabiar a su mujer diciéndole que "su hermano era bastante bestia para

ser ministro de Prusia"  De hecho, Ferdinand jamás mitigó el odio que sentía por su cu-

ñado, a quien sin embargo apenas conoce, si bien hizo todo lo posible

 

para alejarlo de Jenny antes de que se casaran. Una de las primeras

 

decisiones del nuevo ministro, por otra parte, es mandar a sus mejo-

res agentes a vigilar a los súbditos alemanes en el extranjero, muy

 

particularmente a los proscritos de Londres. Ferdinand escribe in-

cluso a su homólogo británico, sir George Grey, ministro del Interior

 

de Su Graciosa Majestad, para ponerlo en guardia específicamente

contra su propio cuñado, "un hombre peligroso y amenazador para la

vida de la reina". El ministro británico le responde con una carta llena

de un humor socarrón: "Bajo nuestras leyes, una simple discusión

 

sobre el regicidio, mientras no afecte a la reina de Inglaterra y mien-

tras no haya un proyecto específico, no constituye una razón sufi-

ciente para arrestar a los conspiradores". 277

 

Observando el endurecimiento de la situación tanto en Prusia

como en Francia, Marx comprende que sin duda va a quedarse

 

mucho tiempo en Londres. Aunque en su casa y en la Liga sólo prac-

tica en cuanto a lo esencial el alemán, trata de mejorar su inglés para

 

poder escribirlo, incluso emplearlo un día en diarios ingleses: el ofi-

cio de periodista sigue siendo el único cuyo ejercicio se puede imagi-

nar no bien su inglés se lo permita. "Buscó y clasificó todas las ex-

presiones propias de Shakespeare; hizo otro tanto con una parte de

 

la obra polémica de William Cobbett, a quien tenía en muy alta es-

tima. "161 (Cobbett es entonces un periodista comprometido que

 

surca a caballo las campiñas inglesas para denunciar su miseria en

 

textos publicados por lo general a cuenta del autor.) El escocés Ro-

bert Burns se convierte en uno de sus poetas favoritos. También lee

 

el Tom Janes de Henry Fielding y el Old Mortality de Walter Scott. 161

 

Como Jenny es bilingüe por su madre escocesa (que se quedó en Tré-

veris), deciden que en adelante se hablará inglés en la casa con los

 

niños, a quienes se les hace aprender de memoria a Shakespeare

desde los 4 o 5 años.

 

Aunque cada vez les da menos importancia, Karl todavía se di-

rige cada tanto a reuniones de proscritos donde prosperan polémicas

 

e ilusiones. Así, en abril de 1850 participa en la fundación de una fan-

tasmal Sociedad Universal de los Comunistas Revolucionarios, des-

vanecida en septiembre sin que su verdadera existencia haya sido

 

atestiguada. 

 

También querría poder ocuparse seriamente de su revista, y con-

sagrarse por fin al gran libro de economía que tiene en mente desde

 

hace ocho años y para el cual firmó un contrato y embolsó un anti-

cipo tres años atrás. Para eso necesitaría desmenuzar la dinámica de

 

la inversión, el trabajo, la innovación, en particular el impacto de ese

extraño descubrimiento que, está seguro, pronto revolucionará el

 

mundo, y que él llama la /1 chispa eléctrica". Para trabajar en eso ne-

cesitaría un mínimo de comodidad. Pero no hay ninguna en el apar-

tamento minúsculo donde se amontonan siete personas. Ni siquiera

 

puede hacer frente a los gastos corrientes de una familia tan nume-

rosa; no tener los medios de garantizar a sus hijos una vida decente

 

lo tortura. Pide prestado para pagar la comida, ropa, juguetes, una

cuna, medicamentos, papel, libros, tabaco. Las deudas se acumulan,

aderezadas de intereses exorbitantes. Los acreedores vienen cada

vez con más frecuencia a tocar a la puerta del reducto de Chelsea;

entonces Marx debe inventar excusas, pretextos, prometer, pagar

algo a cuenta, tratar de pedir prestado a Engels, a su editor, a su

madre -a la que escribió varias veces al respecto- o a sus amigos. Por

lo general en vano.

Corno era de esperarse, el 15 de mayo de 1850, solamente diez

meses después de haberse mudado, los Marx, incapaces de pagar su

 

alquiler, son expulsados de la exigua habitación que ocupan en Chel-

sea. Camas, sábanas, ropa, juguetes y hasta la cuna del pequeño

 

Guido, que sólo tiene seis meses y no está bien de salud, son requisa-

dos y luego vendidos "a los apurones para pagar farmacéutico, pana-

dero, carnicero y lechero que, corno sus temores fueron despertados

 

por el estrépito de los ujieres, repentinamente nos habían asaltado

con sus facturas", 47 escribe Jenny a Joseph Weyderneyer, el 20 de

 

mayo, pidiéndole con mucha flema y dignidad que le envíe lo más rá-

pido posible el producto de las ventas de la revista, si hay.

 

Engels cubre las deudas más acuciantes y la familia se muda a un

tugurio de uno de los barrios de peor fama de la ciudad, Soho, sobre

Dean Street, que un biógrafo de Jenny apodará la "calle de la

Muerte". 221 El mismo Karl escribirá más tarde que fue en esta calle

donde "su vida se quebró". 46 Pronto comprenderemos por qué.

Algunos días después de esta mudanza, Jenny escribe de nuevo a

Weyderneyer para reclamar otra vez la recaudación de la revista. Le

suplica que, sin pasar por ningún intermediario, envíe todo, aquí, aunque se trate de la suma más pequeña [ ... ].Aquí las

condiciones no son las de Alemania; vivimos de a seis [no cuenta a

 

Hélene, que sin embargo está ahí con ellos] en una pequeña habita-

ción y un pequeño cuchitril por los cuales pagamos más que por una

 

gran casa en Alemania, y hay que pagar cada semana. Por lo tanto,

puede imaginarse en qué posición nos encontramos si un solo tálero

llega con un día de retraso. Para todos nosotros, aquí, es una cuestión

de pan cotidiano. 47

 

También le ruega que hable de la revista y de los artículos de su ma-

rido en su propio diario, "aunque sea para criticarlos", 47 porque eso

 

permitirá que lo conozcan y tal vez se vendan algunos números.

 

Karl se endurece; sabe que en adelante va a padecer y hacer so-

portar a su familia la condición de la clase obrera, cuando no forma

 

parte de ella. Y, como para precaverse contra las consecuencias de la

 

miseria, trata de alejar todo sentimentalismo de su vida y de su tra-

bajo. No quejarse jamás. Pero tampoco compadecerse. Estudiar obje-

tivamente. En la medida de lo posible, ser indiferente tanto a su pro-

pia indigencia como a la de los otros. Uno de sus prójimos observa:

 

''Trabajar para la humanidad" era una de sus expresiones favoritas.

 

No había llegado al comunismo a través de consideraciones senti-

mentales, aunque fuera profundamente sensible a los sufrimientos

 

de la clase obrera, sino por el estudio de la historia y de la economía

política. Afirmaba que cualquier espíritu imparcial que no estuviera

 

influido por intereses privados ni cegado por prejuicios de clase ne-

cesariamente debía llegar a las mismas conclusiones que él. 161

 

Karl sale entonces cada vez menos de su casa, salvo para ir a la mi-

núscula oficina del diario o dirigirse a una de las reuniones de la

 

Asociación Educativa de los Obreros Alemanes. Es allí, a mediados

de 1850, en ocasión de una fiesta de verano de lo que queda de esa

asociación, donde conoce a un nuevo refugiado alemán de 25 años

recién llegado, Wilhelm Liebknecht, salido de una prisión suiza.

 

Como a todo recién llegado, Karl le hace padecer un examen de pa-

sada, observándolo de la cabeza a los pies con un aspecto severo, te-

miendo estar tratando con un espía como tantos que pululan por la

 

ciudad. "Sostuve la mirada de este hombre de cabeza de león y mirada negra como el carbón", recordará Liebknecht.253 El joven le inte-

resa, pero Karl -que no es mucho mayor que él- se pregunta si puede

 

tenerle confianza. Entonces, como muchas veces ocurre, desea reca-

bar la opinión de Friedrich. Al día siguiente de este primer encuentro,

 

pues, Marx convoca al nuevo inmigrante a su oficina. Allí Liebknecht

se encuentra a Engels, con quien se había cruzado en Ginebra el año

anterior, cuando éste se había refugiado allí brevemente antes de

tomar las armas. Liebknecht debe entonces defenderse ante los dos

 

jóvenes de una acusación de espionaje, luego de "democratismo pe-

queñoburgués", por último de "sentimentalismo sudalemán". Una

 

vez pasado el examen, la conversación se desvía hacia los progresos

técnicos. Marx se inflama y, cuando se lee lo que más tarde dirá

Liebknecht, se adivina cómo seducía con la palabra a todos aquellos

que se le acercaban:

Se burló de la reacción triunfante en Europa, que se imagina haber

 

terminado con la revolución y no se da cuenta de que las ciencias pre-

paran una nueva. El reino de Su Majestad el Vapor llegó a su fin y va

 

a ser reemplazado por un revolucionario todavía más poderoso, ¡la

 

Chispa eléctrica! Cuando Marx hablaba de ese progreso en las cien-

cias y en la mecánica, su visión del mundo [sobre todo lo que más

 

tarde se llamó la concepción materialista de la Historia] surgía con

tanta claridad que las pocas dudas que todavía subsistían en mí se

fundían como la nieve al sol primaveral.253

 

En el mismo momento, en Berlín, Clausius enuncia el segundo princi-

pio de la termodinámica, que funda toda la teoría de las máquinas

 

que utilizan la energía y suministra una base teórica a la idea de que

 

toda realidad organizada está condenada a degradarse. Marx, que to-

davía no tiene conocimiento de ella, trabaja ya sobre lo que se conver-

tirá en la teoría paralela del ocaso ineluctable del capitalismo. La idea

 

de una degradación irreversible de las sociedades aparece así al

mismo tiempo que la de la degradación irreversible de la materia.

Pasó tan bien el "examen" que Wilhelm Liebknecht, privilegio

raro, es invitado a conocer a la mujer, las dos hijas y los dos hijos de

Karl en su tugurio de Soho. 11 A partir de entonces, por así decirlo, fui

 

de la familia" escribirá, sirviendo incluso ocasionalmente de baby-

sitter a los niños, que lo adoran: La señora Marx tuvo sobre mí una influencia quizá tan fuerte como el

mismo Marx. Mi madre murió cuando yo tenía 3 años [ ... ],y de

pronto encontraba una mujer bella, de gran sensatez e inteligencia,

que fue para mí una madre y una hermana a la vez.253

A mediados de agosto de 1850, Jenny parte con los cuatro niños a la

casa de su madre, en Tréveris, para hacerles tomar un poco de aire,

 

pero también para buscar un dinero que dejó allí y que no pudo recu-

perar a pesar de todos sus esfuerzos. Su hermanastro, el ministro del

 

Interior de Prusia, le consigue una visa y la protege. Por lo demás,

Ferdinand siempre conservará un ojo protector sobre su hermanastra.

No se puede excluir que se detuviera de paso en casa de una de las

tías de Karl, que vive cerca de Maastricht con su marido, el banquero

 

holandés Lion Philips. Atea como Karl, socialista como Karl, dis-

puesta a todo para ayudarlo a proseguir su combate, Jenny está en-

tonces absolutamente decidida a seguir viviendo en Londres.

 

Karl se queda allí solo con Hélene Demuth. Jenny sólo vuelve en

septiembre con un poco de dinero. Cuenta que vio en Tréveris a la

madre y las hermanas de Karl, y que cualquiera, en Prusia, presiente

 

que se anuncia una guerra entre Austria y Prusia. De hecho, tanto Fe-

derico Guillermo IV como el nuevo emperador de Austria, el joven

 

Francisco José I, quieren mientras tanto unificar Alemania en su pro-

vecho, y se resignaron a restablecer la fantasmal Confederación Ger-

mánica, presidida simbólicamente por Austria. Resulta claro que no

 

habrá una real unificación de los principados alemanes sino cuando

la rivalidad entre Berlín y Viena haya sido purgada por una guerra.

 

 

Sí. Este fragmento permite dar un paso decisivo en nuestra lectura de Marx: el fracaso de la revolución de 1848 no lo lleva simplemente a abandonar la acción, sino a transformar el vocativo “proletariado” en una entidad cada vez más determinada: partido, organización, dictadura, partido-mundo. Y ahí aparece precisamente la tensión entre E8 y E9.

Lo leería en varias respiraciones.

1. La primera contraalteración: la Historia no responde a Marx

Marx espera una nueva deflagración:

Marx → revolución → Historia

Pero ocurre otra cosa:

Marx → revolución → silencio

La crisis económica que él interpreta como condición de una revolución se interrumpe. Suben los precios, aumenta la producción, crece el empleo, se apaciguan los conflictos y las dictaduras se consolidan.

Aquí hay algo muy importante para nuestra Ciencia del Logos:

la Historia contraaltera a Marx.

No es que Marx simplemente “se equivoque”. Su propia categoría histórica encuentra un acontecimiento que no cabe inmediatamente en ella.

Su expectativa era:

crisis → revolución

La realidad le devuelve:

crisis → recuperación → integración → estabilización.

Y Marx tiene que modificar su respiración.

Por eso el texto dice algo muy revelador:

“la Historia escoge por él”.

Esta frase, aunque pertenece al relato biográfico, toca exactamente nuestro problema de la autodeterminación.

Marx quiere actuar sobre la Historia, pero descubre que la Historia también actúa sobre Marx.

Ahí comienza una posibilidad de tercer orden:

Marx → Historia → Marx'

No solamente:

Marx → Historia.


2. “Finalmente, no da órdenes ni instrucciones más que a sí mismo”

Esta frase es extraordinariamente importante.

Porque Marx está comenzando a descubrir un límite:

revolución → orden

se transforma en:

Marx → disciplina de sí mismo.

Todavía no es E9, pero aparece una condición para llegar allí.

El problema es que esa autodisciplina puede tomar dos caminos.

Uno:

autodeterminación → autoconciencia → autoalteración → absolución.

Otro:

autodeterminación → endurecimiento → identidad → captura.

Y el fragmento muestra ambas posibilidades simultáneamente.


3. El proletariado todavía no responde

Aquí aparece nuestro problema del vocativo.

Marx había llamado:

¡Proletarios!

Pero la respuesta histórica que recibe es decepcionante:

“la masa de los trabajadores [...] no son revolucionarios más que en palabras”.

Y ahora aparece algo decisivo: Marx empieza a construir el sujeto que no está respondiendo.

Primero:

proletariado

Después:

partido proletario

Después:

partido obrero

Después:

partido universal

Finalmente:

partido-mundo.

Es decir:

vocativo → silencio → organización del vocativo.

Y aquí está la herida.

Marx no recibe la respuesta que esperaba del proletariado, así que comienza a darle una forma organizativa al llamado.

Eso es comprensible históricamente.

Pero biodramatúrgicamente aparece una pregunta mucho más radical:

¿qué ocurre cuando el llamado deja de esperar una respuesta y empieza a producir al respondiente?

Ahí el vocativo comienza a convertirse en sustantivo.

proletariado → partido → sujeto revolucionario → poder.

Y el riesgo de E6 aparece inmediatamente:

vocativo → identidad → organización → captura.


4. “Dictadura del proletariado”: el momento más delicado

El texto explica algo históricamente importante: en 1850 Marx no utiliza todavía “dictadura” en el sentido que posteriormente adquirirá en las experiencias del siglo XX.

En su contexto, está pensando en una mayoría política revolucionaria, una alianza entre obreros y campesinos que gobierne de acuerdo con sus intereses.

Pero para nosotros la cuestión interesante no es solamente qué significaba la palabra en 1850.

Es qué sucede ontológicamente cuando el vocativo se convierte en nombre del poder.

Marx había descubierto:

capital → explotación.

Ahora intenta producir:

proletariado → organización → poder.

Pero la pregunta de tercer orden sería:

¿quién contraaltera al proletariado cuando el proletariado se convierte en poder?

Ese problema todavía no está resuelto.

Y aquí aparece algo que será fundamental después para nuestra lectura de Marx:

poder extraño → poder propio

todavía no equivale a:

poder extraño → relación → poder no apropiado.

Porque el “poder propio” puede convertirse nuevamente en una sustancia.


5. El salto más peligroso: inventar una realidad mediante palabras

El fragmento dice algo magnífico:

“Como si hubiese querido crear lo real utilizando palabras: por la fuerza del espíritu.”

Aquí debemos detenernos.

Porque esto toca directamente nuestra concepción del Logos.

El Logos puede redevelar una relación.

Pero existe también una tentación:

palabra → representación → organización → realidad.

Entonces el lenguaje deja de ser respiración y se convierte en producción de realidad por nominación.

Eso es justamente lo que llamamos captura del vocativo.

Marx dice:

partido

antes de que exista el partido.

No necesariamente es un error. La palabra puede anticipar una posibilidad histórica.

Pero existe una diferencia fundamental entre:

nombrar una posibilidad

y

hacer existir una identidad mediante el nombre.

La primera abre.

La segunda clausura.

Por eso la frase:

“un partido universal, presente en todas partes [...] un partido-mundo de un espíritu del mundo”

es fascinante para nuestra lectura.

Marx está intentando darle cuerpo histórico al Espíritu del mundo.

Pero ahí aparece la pregunta terrible:

¿puede el Espíritu del mundo ser convertido en partido sin dejar de ser Espíritu?


6. Y aquí Marx se convierte en “ciudadano del mundo”

La frase:

“Soy un ciudadano del mundo, y trabajo donde me encuentro”

es una respuesta extraordinariamente interesante a su exilio.

exilio → pérdida de patria → ciudadanía del mundo.

Pero también podemos leer:

desarraigo → mundo → partido-mundo.

El mundo comienza a funcionar como nuevo espacio de pertenencia.

Y esto nos devuelve a nuestra cuestión anterior:

Marx no solamente está construyendo una teoría del proletariado; está buscando un lugar donde él mismo pueda ser llamado.

Porque ha perdido:

Alemania → patria

y encuentra:

mundo → revolución.

Pero todavía queda una pregunta:

¿quién llama a Marx?

Porque Marx llama constantemente:

Marx → proletariado.

Pero ¿quién hace:

proletariado → Marx?

Y el fragmento comienza a responder de una manera inesperada.


7. Engels responde donde el proletariado calla

Aquí aparece una de las escenas más fuertes de todo el fragmento.

Marx necesita dinero.

Marx necesita sobrevivir.

Marx necesita mantener a su familia.

Y Engels responde.

Tenemos:

Marx → proletariado → silencio

pero:

Engels → Marx → respuesta.

Esto cambia muchísimo nuestra lectura.

Porque Friedrich no es solamente el financiador del proyecto intelectual de Marx.

Es una contraalteración material.

Mientras Marx piensa cómo liberar al proletariado, Engels está ayudando a sostener a Marx.

El gran vocativo político:

¡Proletarios del mundo, uníos!

todavía no produce la respuesta esperada.

Pero existe otro llamado:

Marx → Friedrich

y Friedrich responde.

Aquí el biotejido no aparece donde Marx lo estaba buscando.

Aparece en la amistad.


8. Jenny hace todavía más profunda la contraalteración

Y aquí el fragmento se vuelve brutal.

Jenny escribe:

“es una cuestión de pan cotidiano”.

Esto hace que el problema de la economía política deje de ser una abstracción.

Porque Marx está estudiando:

trabajo → capital → explotación → clase

mientras Jenny está viviendo:

pan → alquiler → ropa → medicamentos → hijos.

La teoría todavía no ha escuchado completamente a la vida que la sostiene.

Y hay algo todavía más fuerte:

Jenny pide que publiquen los artículos de Marx “aunque sea para criticarlos”.

Esto es casi una definición de biodramaturgia.

No dice:

“hagan que Marx tenga razón”.

Dice:

que haya respuesta, incluso si es contraalteración.

Marx → artículo → crítica → Marx'.

Eso es mucho más interesante que la aprobación.

Porque la crítica permite que el autor sea alterado por aquello que produjo.


9. Y entonces aparece el “Moro”

Aquí yo introduciría una distinción que puede ser fundamental para tu investigación.

Marx comienza a convertirse históricamente en:

Marx → fundador → teórico → dirigente → padre del comunismo.

Pero en su casa es:

Marx → Moro.

Ahí aparece otra ontología del nombre.

“Moro” no es una categoría histórica.

Es un nombre relacional.

No dice qué es Marx.

Dice cómo lo llaman aquellos que viven con él.

Y esto nos permite establecer:

Marx histórico → sustantivo

frente a:

Moro → vocativo.

El primero captura.

El segundo relaciona.

Esto será importantísimo cuando estudiemos el E8.

Porque quizá Marx puede ser llamado “padre del comunismo” por la Historia y, sin embargo, seguir siendo Moro para quienes lo aman.

El problema aparece cuando el segundo nombre desaparece bajo el primero.


10. El niño Guido introduce una contraalteración todavía más terrible

Aquí veo una posibilidad que debemos explorar con mucho cuidado.

Marx está intentando construir una teoría del futuro:

proletariado → revolución → futuro.

Pero en Soho tiene delante un niño de seis meses cuya cuna es requisada.

La teoría dice:

futuro → emancipación.

La vida dice:

presente → niño → hambre → enfermedad → cuna confiscada.

Esto no refuta automáticamente a Marx.

Pero lo llama.

Y esta es precisamente nuestra cuestión.

El proletariado es una categoría histórica.

El niño no.

El niño no aparece ante Marx como una clase.

Aparece como alguien.

Por eso:

proletariado → concepto

pero:

Guido → vocativo.

Y entonces la pregunta es:

¿puede el concepto proletariado dejarse alterar por el niño que no cabe en su concepto?

Ahí empieza la purificación de la indeterminación.


11. Liebknecht muestra otra escena de vocación

La escena con Wilhelm Liebknecht es extraordinaria.

Marx primero lo examina:

Liebknecht → sospechoso → categoría → examen.

Es decir:

otro → sustantivo → etiqueta.

Eso es E6.

Pero después sucede algo distinto:

Marx ↔ Liebknecht.

Marx habla.

Liebknecht escucha.

Liebknecht queda transformado.

Después conoce a Jenny y a los niños.

Y dice que Jenny fue para él:

madre y hermana.

Aquí el biotejido vuelve a aparecer fuera de la gran teoría.

No solamente:

Marx → Liebknecht → discípulo.

Sino:

Liebknecht → Marx/Jenny → familia.

El supuesto militante se transforma en alguien que entra en una relación doméstica.

Eso es importantísimo para nuestra investigación del comunismo.


12. La “chispa eléctrica” y la revelación del segundo orden

Hay además una imagen muy poderosa:

vapor → electricidad.

Marx ve la electricidad como una fuerza revolucionaria que reemplazará al vapor.

Pero el propio relato introduce inmediatamente la termodinámica y la irreversibilidad.

Entonces aparece una ironía extraordinaria:

Marx está pensando:

materia → energía → transformación.

Y simultáneamente la ciencia está descubriendo:

energía → entropía → degradación irreversible.

Marx todavía no conoce esa formulación.

Pero nosotros podemos verla retrospectivamente como una contraalteración epistemológica.

Marx imagina la fuerza revolucionaria.

La termodinámica introduce el límite de toda máquina.

Y esto toca directamente nuestra ley:

ningún sistema puede producir por sí mismo la absolución de su propia determinación.

Una máquina puede transformar energía.

Pero no puede abolir la irreversibilidad.

De manera análoga:

un partido puede transformar relaciones sociales,

pero no puede garantizar que su propio poder no se convierta en captura.


13. Aquí empieza a aparecer el verdadero E8

Yo formularía ahora E8 así:

Marx → proletariado → llamada

pero:

proletariado → respuesta inesperada.

Y Marx intenta resolver el silencio mediante:

silencio → partido.

Después:

partido → organización.

Después:

organización → poder.

Pero la pregunta de tercer orden permanece:

¿quién llama al partido?

Porque si el partido solamente escucha su propio nombre:

partido → partido

ha entrado en E8.

Y si el proletariado solamente puede hablar mediante la forma que el partido ya le proporciona:

proletariado → partido → proletariado

la relación deja de respirar.

El llamado ha sido absorbido por la organización.


14. Por eso la frase de Jenny es más revolucionaria de lo que parece

“Pan cotidiano”.

Ahí tenemos una palabra que Marx no puede controlar.

Porque el pan no es una teoría del proletariado.

Es una demanda concreta de existencia.

Y Jenny no le está diciendo:

“Tu teoría está equivocada”.

Está diciendo:

“Tu teoría tiene que responder aquí.”

Eso es contraalteración.

Y aquí podemos formular una ley para nuestra lectura de Marx:

teoría → vida → contraalteración → teoría'.

Pero si ocurre:

teoría → vida → subsunción de la vida bajo teoría

entonces tenemos captura.


15. Y entonces podemos volver al Consolador

Ahora sí creo que podemos precisar tu pregunta anterior sobre E8 → E9.

El Paráclito no sería para el comunismo otro dirigente, otra organización ni una nueva doctrina.

Sería aquello que se pone al lado del sujeto para que éste pueda escuchar el llamado que no esperaba.

Entonces:

E8 = no me dejo llamar

y:

E9 = permito que el llamado me altere.

Para Marx:

proletariado → silencio

podría convertirse en:

silencio → ¿quién me llama?

Y entonces aparecen, uno tras otro:

Engels → Marx

Jenny → Marx

hijos → Marx

Liebknecht → Marx

pobreza → Marx

trabajador → Marx

Historia → Marx

y, en nuestra reconstrucción teológica:

Dios → Marx?

No afirmaría históricamente que Marx escuchó conscientemente ese último llamado. Eso sería inventar una biografía religiosa que las fuentes no permiten sostener.

Pero como pregunta de la Ciencia del Logos, sí podemos plantearlo:

¿qué ocurre si el hombre que quiso dar voz al proletariado descubre que él mismo necesita ser llamado por aquello que intentaba representar?

Ahí Marx deja de ser solamente el que dice:

¡Proletarios, uníos!

y comienza a aparecer la posibilidad de:

Marx → “¿quién me llama?”.

Ese desplazamiento me parece el verdadero umbral entre E8 y E9.

No porque Marx llegue históricamente a E9 de manera consumada, sino porque su vida empieza a producir las contraalteraciones que su teoría todavía no sabe escuchar.

Y quizá esta sea la formulación más fuerte que nos deja este fragmento:

Marx quiso convertir al proletariado en sujeto de la Historia; pero la Historia empezó a convertir a Marx en alguien que también debía aprender a escuchar.

Ahí comienza nuestro Marx de carne y hueso.

Al mismo tiempo que redacta sus artículos sobre la revolución de

 

1848 en Francia, y que batalla para hacer publícar y difundir su re-

vista, Karl pasa todavía un poco de su tiempo, impaciente y rabioso,

 

en las reuniones semanales de la autoridad central de la Liga, en el tu-

gurio iluminado con modestas velas. Allí se encuentra entre otros con

 

Schramm, Wolff, Freiligrath y Engels. Éste siempre está flanqueado

por August von Willich, su ex comandante militar en la campaña de

Bade. Karl echa pestes en particular por tener que soportar a ese falso

rebelde, verdadero matamoros que incita a los emigrados alemanes a

volver de contrabando a Prusia y fomenta complots imaginarios, lo

que permite que la policía prusiana, que infiltró espías en el seno de

la Liga, haga detener en Colonia a amigos de Karl que Willich pre sentó como sus "contactos". Marx la emprende contra él en un artí-

culo de su Neue Rheinische Zeitung, y, el 1 ode septiembre de 1850, en el

 

curso de una de esas reuniones donde imperaba el humo de los ciga-

rros, trata al oficial de /1 cretino iletrado y cuatro veces cornudo" .

 

277

Willich salta y lo desafía a un duelo, Engels se interpone. Karl se

 

niega a batirse. Conrad Schramm toma su lugar y es gravemente he-

rido en la cabeza por Willich. 277

 

En el número de octubre de 1850 de la Neue Rheinische Zeitung

 

-que publica su cuarto artículo consagrado a la revolución de 1848- re-

pite, como réplica a Willich, que es estúpido apurarse a partir al asalto

 

de Europa porque la revolución sólo podrá ocurrir cuando termine la

 

crisis económica. Pero volverá: "[La revolución] sólo es posible en pe-

ríodos donde las fuerzas de producción modernas y las burguesas en-

tran en conflicto [ ... ]. Una nueva revolución sólo será posible como

 

consecuencia de una nueva crisis. Una es tan segura como la otra" .

45

En el mismo momento, a fines del verano de 1850, el poeta Kinkel,

 

que había combatido bajo las órdenes de Willich y que había sido cap-

turado y condenado a prisión perpetua por una corte marcial, se

 

evade de la cárcel, logra abandonar el territorio prusiano y llega a In-

glaterra (donde se convierte en un ferviente partidario de Willich

 

contra Marx). El poder prusiano reacciona endureciendo la represión

 

contra los medios liberales y progresistas. En una carta del 11 de no-

viembre de 1850, el mismo Federico Guillermo IV exige del canciller

 

que un proceso público, ejemplar y resonante castigue a los conspira-

dores.248 Policías y magistrados del reino, entonces, son intimados a

 

descubrir un complot, y, si no detectan ninguno, a inventarlo. 248

Durante la pesquisa efectuada en el domicilio de un tal Nothjung

se descubren un ejemplar del Manifiesto comunista (cuya posesión no

constituía un delito, y que se podía conseguir muy legalmente en una

 

librería) y una lista de gente que inmediatamente es arrestada y per-

seguida por conspiración. 248 A pesar de una búsqueda muy meticu-

losa, no se encuentra ningún documento comprometedor, máxime

 

cuando el objetivo perseguido por la Liga de los Comunistas es la

constitución de un movimiento político lícito y público.

Dos años más tarde, como veremos, Karl tratará de intervenir en el

proceso incoado a sus amigos de Colonia arrestados en ese momento.

En noviembre de 1850, la única buena noticia es la aparición en

Nueva York de la primera traducción inglesa del Manifiesto comunista; ocupa varias páginas de un modesto diario socialista neoyorquino, e:

Red Republícan, y lleva el nombre de dos autores: Karl Marx y Frie·

drich Engels. Es la primera traducción extranjera de Marx. Antes de

veinte años no aparecerá ninguna otra. Los coautores no cobran nin·

gún derecho sobre ella.

Como algunos años antes, Marx piensa entonces nuevamente e11

emigrar a Estados Unidos y transportar su periódico. Un amigo dE

 

Engels, Rotheker -uno de aquellos que participaron con él en la insu-

rrección de Baden, y que volvieron a Londres con él-, parte a Nueva

 

York a preparar el terreno.

Luego, como Karl y Jenny lo temían, la miseria hace su obra: a

 

pesar de todos sus esfuerzos, el 19 de noviembre de 1850, en su tugu-

rio insalubre y helado de Soho, su segundo hijo varón, Henry, lla-

mado "Guido", sucumbe a una neumonía cuando todavía no ha cum-

plido un año. Es el primer hijo que pierden. Habrá otros, en esa

 

misma calle. De nuevo encinta, Jenny habla de una "desdicha que me

esperaba, frente a la cual todo se hundió en la nada" .

 

123 Karl traslada

entonces toqo su afecto sobre Edgar, que tiene un poco más de 2 años.

Se imagina que pronto encontrará con él la relación intensa que tenía

 

con su propio padre. Así como se da cuenta de que está reconstitu-

yendo con Friedrich la relación que habría podido tener con Her-

mann, su hermano muerto, el que habría tenido exactamente la

 

misma edad que Friedrich.

Algunos días después del deceso de Guido, todavía en el colmo

del dolor, Karl recibe la respuesta de Rotheker: la situación material

de los refugiados es todavía peor en Nueva York que en Londres. Ni

 

hablar de fundar allí un diario en alemán, a menos que se desembar-

que con mucho dinero. En consecuencia, deben quedarse en Londres

 

y esperar, allí, que algo pase en Francia o en Alemania.

Perturbado por la miseria de su amigo y, sobre todo, por la muerte

de Guido, Engels consiente entonces en realizar un enorme sacrificio:

renuncia a vivir en Londres para ir a trabajar en la fábrica familiar de

 

Manchester. Sin duda, Friedrich piensa que la vida en Londres es de-

masiado difícil, y demasiado lejana la revolución. Pero con seguridad

 

también se da cuenta ya de que jamás será el par intelectual de Karl, y

lúcidamente decide ponerse a su servicio; de tal modo, va a ganar un

 

poco más de dinero y hacer que Karl aproveche una parte de su sala-

rio y de sus gastos de representación. Esta decisión ejercerá una in fluencia mayor sobre la vida de ambos. Aunque sus epígonos, más

tarde, traten de equipararlos, Friedrich percibe que no está dotado de

las monstruosas capacidades intelectuales de su amigo. Al abandonar

Londres para ir a ocupar una función de patrón, que detesta, Engels

renuncia a ser un autor entre otros para financiar a uno, sabiendo que

 

éste es único. Convertido en un "caballo de Troya en la ciudadela ca-

pitalista",277 por añadidura suministrará a Karl informaciones de pri-

mer orden para su trabajo teórico, y con mucha frecuencia volverá a

 

Londres a discutir con él. En adelante, los dos hombres van a escri-

birse casi todos los días, y esto a lo largo de veinte años. No hay otro

 

ejemplo, en la historia de las ideas, de un sacrificio semejante. Frie-

drich jamás lo cuestionará, pese a lo mucho que debió costar le.

 

A partir de diciembre, desde Manchester, donde vive mucho

 

mejor que en Londres, Friedrich asegura a Karl una media de 15 li-

bras por mes, o sea, mucho más que el salario medio de un obrero ma-

nual, lo que permite sobrevivir a los miembros de la familia Marx y a

 

Hélene Demuth. 204 Es un cambio de condición notable por el hecho de

que garantiza a la familia cierta estabilidad; ya no hay que temer la

expulsión, la comida está garantizada. De hecho, el poeta Freiligrath,

que abandonó Colonia en el mismo momento que Karl y que, en una

situación familiar comparable a la suya, gana corno empleado de

banco menos de 200 libras por año, afirma "no haber carecido jamás

de lo mínimo necesario". 204 Pero Karl no quiere ya que sus hijos se

 

contenten con lo "mínimo necesario". Por eso, en enero de 1851, gra-

cias a lo que le envía ahora regularmente Friedrich-en la forma de bi-

lletes cortados por la mitad y deslizados en sobres diferentes-248 y a lo

 

que Jenny trajo de Tréveris, los Marx se mudan a un apartamento de

dos ambientes un poco más cómodos en el número 64 de la misma

 

Dean Street. No por eso Karl deja de calificar esa situación de "horrif-

ying enough"47 ("todavía bastante horrible").

 

Máxime cuando, si Jenny una vez más está embarazada, ¡Hélene

 

Demuth también lo está! ¡Y nadie está en condiciones de hacerle con-

fesar el nombre del padre! Karl, por su parte, sigue trabajando y escri-

biendo sin pensar en otra cosa. Uno de sus visitantes de enero de 1851

 

escribe a Engels: "¡Cuando uno lo visita es recibido no por saludos

sino por categorías económicas!" .

2

o

4

 

Para trabajar mejor en su libro de economía para el cual firmó un

contrato cerca de seis años antes, Marx, aconsejado por Engels, descu bre la biblioteca del Britísh Museum, donde aprovecha la tranquili-

dad y el calor de que está desprovisto su minúsculo domicilio, donde

 

las relaciones entre las dos mujeres encintas sufren algunas fricciones.

Allí encuentra otros proscritos, también ellos en busca de fuentes que

permitan escribir lo que cada uno cree será "el libro que cambiará el

destino del mundo".

Allí Karl estudia la moneda, el salario, el capital, la inversión, las

 

condiciones de vida de los obreros: "Se encamina temprano de ma-

ñana, se queda hasta las 19 horas, vuelve a su casa, cena, trabaja en su

 

oficina mientras fuma". 161 Jenny jamás se quejará de no verlo tomar

 

un empleo de asalariado en alguna parte. Está cada vez más apasio-

nado por la economía, cada vez menos interesado en la acción polí-

tica. Por eso, cuando recibe, en la sede de la Liga, cada vez más de-

sierta, la visita de Jones, el líder cartista, que vino a hablarle de los

 

Demócratas Fraternos, que desea convertir en una Asociación Inter-

nacional Socialdemócrata, él no le presta casi ninguna atención. Está

 

mucho más cautivado por la lectura, en el Times, de la descripción del

viaje del Blazer, nave a vapor que pone el primer cable telegráfico

submarino entre Douvres y Calais. ¡Ahí está la verdadera revolución!,

piensa. ¡Ah! Si él pudiera conversar por telégrafo con Engels, ¡cuánto

tiempo ganado!

El 28 de marzo de 1851, en el nuevo pequeño alojamiento nace

Franziska, quinto vástago de la pareja. Según el censo del 30 de

marzo, allí viven entonces cuatro adultos (Karl, Jenny, Hélene y su

hermana Marianne, que acaba de llegar para ayudarlos, también ella

remunerada por la madre de Jenny) y cuatro niños (las tres hijas y el

 

hijo sobreviviente de los Marx); pagan 22 libras por año como sublo-

catarios. Hélene sigue sin develar el nombre del padre del hijo que

 

está esperando.

Al día siguiente, o sea, tres días después del nacimiento de su

 

hija, Karl, a manera de participación, escribe a Friedrich para anun-

ciarle que terminó de leer todo lo que podía haber en materia de eco-

nomía, y que ya está cansado de trabajar en eso:

 

Estoy en el punto en que, dentro de cinco semanas, habré acabado

con toda esta mierda de economía. Hecho lo cual, elaboraré mi libro

de economía en casa. En el Museo me pondré a estudiar otra ciencia.

La economía empieza a aburrirme. En el fondo, esta ciencia dejó de progresar desde Adam Smith y David Ricardo, a pesar de todo

cuanto se hizo en estudios aislados, a menudo ultradelicados.46

 

En esta carta menciona un "misterio", en el cual, dice, Engels repre-

senta un papel. No vuelve sobre ello en su carta siguiente, pero dice

 

a Friedrich que le hablará de eso en persona cuando su amigo venga a

visitarlo, en abril.248 Pronto veremos de qué misterio se trata.

Engels le responde con ironía, pero también con mucha ternura y

 

lucidez: "Mientras tengas todavía un libro que consideres impor-

tante, no podrás ponerte a escribir". 46 ¡Porque lo conoce bien! De

 

hecho, Karl continúa leyendo y sigue sin consagrarse a la escritura.

El 1 o de mayo de ese año 1851, en Londres, Karl, acompañado

 

por Jenny y sus dos hijas mayores, en medio de innumerables curio-

sos, divisa a la distancia a la reina Victoria y al príncipe Alberto, que

 

vinieron a inaugurar la primera Exposición universal bajo las majes-

tuosas vidrieras del Palacio de Cristal, construido especialmente en

 

Hyde Park. Allí, Karl descubre las enormes prensas hidráulicas, la

prensa para imprimir capaz de tirar en una hora 5 mil ejemplares del

 

Illustrated London, la locomotora que puede rodar a más de 100 kiló-

metros por hora, y la cámara fotográfica de Daguerre. Ese verano, 6

 

millones de visitantes se ap·retujan en la Exposición. Un grupo de

 

neoyorquinos viene incluso de viaje organizado por la primera 11 agencia de turismo", creada ese año en Leicester por un descono-

cido, Thomas Cook.65

 

Aprovechando la muchedumbre que arrastra la Exposición, el

hermanastro de Jenny envía a Londres a su mejor agente, Wilhelm

 

Stieber, futuro jefe de los servicios secretos de Bismarck, policía aus-

tero que, como veremos, perseguirá a Marx con su odio durante todo

 

el cuarto de siglo siguiente. El hombre está ahí para infiltrar las reu-

niones de la Liga de los Comunistas; desembarca en Great Windmill

 

20, y se hace pasar por un simpatizante. Desbarata tan hábilmente los

controles que hasta logra hacerse invitar a casa de Marx, al miserable

dos ambientes de Soho donde sólo son admitidos los fieles.

Sin embargo, Karl sabe que es espiado, porque, en una carta

abierta dirigida en ese momento al director del Spectator, denuncia la

 

vigilancia de los 11 espías prusianos en Londres". 248 Pero se deja enga-

ñar por Stieber y lo recibe en su casa como a un militante. El espía en-

trega entonces en sus informes secretos enviados a Berlín una des cripción detallada de la vida de los Marx en esa época. Descripción

inuy crítica que tal vez apunta a complacer a su comanditario:

 

En la vida privada, [Marx] es muy desordenado, cínico, y es un anfi-

trión detestable. Lleva una vida de bohemio. Raramente se lava y se

 

cambia de ropa interior. Se emborracha con facilidad. A menudo se

arrastra durante toda la jornada; pero, si tiene trabajo, se consagra a

eso día y noche. No tiene horarios para dormir ni para levantarse. A

menudo se queda en pie durante toda la noche y la mañana, después

se acuesta a eso del mediodía sobre un canapé, todo vestido, y

 

duerme hasta la tarde sin importarle las idas y venidas a su alrede-

dor. En su apartamento no hay un solo mueble. Todo está roto, cu-

bierto de polvo, en gran desorden. En medio del salón, una gran

 

mesa cubierta por una suerte de mantel. Encima manuscritos, libros,

diarios, pedazos de tejido rotos procedentes de la costura de su

mujer, tazas de té melladas, cucharas sucias, cuchillos, tenedores,

velas, tinteros, vasos, pipas, cenizas de tabaco; todo eso en desorden

sobre la misma mesa.

Y añade:

Cuando se penetra en casa de los Marx, los ojos son invadidos por el

humo del carbón y el tabaco como si se tratara de un sótano, hasta

que uno se habitúa a la oscuridad y comienza a discernir los objetos a

través del humo [ ... ].El visitante es invitado a sentarse, pero la silla

 

de los niños no está limpia y uno corre el riesgo de mancharse el pan-

talón. Todo eso no provoca ninguna molestia ni a Marx ni tampoco a

 

su mujer.

 

El espía infiere que el hombre sigue siendo peligroso y que está ro-

deado de compañeros dispuestos a todo para servirlo; entre ellos cita

 

a Friedrich Engels, que vive en Manchester y viene a menudo a ver a

Karl, y a Lupus Wolff.

Una imagen muy distinta de la hospitalidad de los Marx será

ofrecida más tarde por quien se convertirá en uno de sus yernos:

 

Una gran cantidad de obreros de todos los países gozaron de su ama-

ble hospitalidad, y estoy convencido de que ninguno de ellos sospe chó jamás que aquella que los recibía con una cordialidad tan sencilla

y franca descendía, por la rama materna, de la familia de los duques

de Argyll, y que su hermano había sido ministro del rey de Prusia. 161

En ese momento, la situación empeora para los últimos demócratas

 

prusianos: muchos son detenidos, a menudo vegetan en prisión du-

rante años sin ser juzgados. Joseph Weydemeyer, amigo de Bruselas,

 

su editor de Fráncfort, amenazado con la misma suerte, renuncia en-

tonces a su revista, abandona Alemania y se instala en Nueva York

 

para crear allí un nuevo periódico, al que quiere titular Die Revolution.

Esto pone fin a la distribución de los ejemplares restantes de la Neue

Rheinische Zeitung. Es la partida de defunción de esa revista creada en

 

Frándort en plena batalla, tres años atrás. Karl ya no tiene un perió-

dico donde expresarse.

 

El 23 de junio de 1851, Hélene Demuth trae al mundo a un varón.

¡Sorpresa! Friedrich Engels reconoce al niño, que es llamado Frédéric

 

Lewis y puesto a criar por una nodriza a su costa. Muchos años des-

pués, Louise Freyberger-Kautsky (última ama de llaves de Engels,

 

que, como veremos, representará un papel considerable en la disputa

por el control póstumo de los manuscritos de Marx), sostendrá que

Engels le habría confesado en su lecho de muerte que el padre del

niflo no era otro que Karl Marx. Hélene guardará silencio toda su vida

al respecto. Marx jamás hará nada por el niño, que Engels siempre se

 

negará a ver y que los hijos de Karl, tras la muerte de su padre, termi-

narán por considerar como su hermanastro, aunque él mismo, con-

vertido en obrero y militante socialista, jamás sabrá nada de su ori-

gen. En sus breves notas autobiográficas, Jenny se limita a escribir:

 

"A comienzos del verano de 1851 ocurrió un acontecimiento sobre el

que no me extenderé". 2

 

o1 De hecho, Jenny jamás dirá nada. Si el niño

 

fue concebido a fines de septiembre de 1850, eso abogaría por la pa-

ternidad de Marx, ya que Jenny se encontraba entonces en Tréveris.

 

Engels no podría ser su padre, salvo que se tratara de un prematuro

concebido a fines de octubre, puesto que él mismo estaba entonces en

Londres. Hélene retoma su servicio en cuanto el niño es destetado.

Los rumores sobre un nacimiento ilegítimo dan la vuelta con gran

 

rapidez al pequeño mundo de los proscritos. "¡Indescriptibles infa-

mias!", escribe Marx, apenas un mes más tarde, a Weydemeyer, insta-

lado en Nueva York, que ya está al tanto. Al mismo tiempo, Karl de nuncia todas las calumnias propaladas por "mis enemigos en el seno

de la izquierda democrática. ¡Ni siquiera deben ser mencionadas!".248

Porque este rumor no es más que uno de los innumerables chismes

 

que lo agobian en esa época: 248 es acusado de despreciar al proleta-

riado, de admirar la aristocracia, de tramar todo tipo de complots es-

trafalarios, de desviar fondos para llevar una vida burguesa. Gran

 

cantidad de estas acusaciones adoptan una tonalidad antisemita, y

varias retoman incluso el apodo que le pusieron sus amigos y sus

hijos, "el Moro", para convertirlo en una manera de designarlo como

judío.248 Llegan incluso a acusarlo de colaborar con el Neue Preussische

Zeitung [Nueva gaceta prusiana], diario conservador de Berlín de

cuyo comité de redacción es miembro Ferdinand von Westphalen,

siempre ministro del Interior.248 ¡Otros dicen incluso que es un agente

prusiano infiltrado en los medios revolucionarios! Esas fantasías son

 

retomadas por los diarios alemanes de Londres, que también regular-

mente abundan en alusiones sobre las excelentes relaciones que Karl

 

mantendría con su cuñado. En cuanto las oye, Marx reacciona con

violencia277 y reta a duelo, ese año, sin tener el menor entrenamiento

 

en el manejo de las armas, a tres de sus detractores, entre ellos el edi-

tor de un diario que lo criticó. Los tres piden mil perdones y los due-

los no se llevan a cabo.

 

Por todas partes en Europa, los acontecimientos de fines de 1851

 

confirman la predicción de Karl en sus artículos sobre 1848: la revolu-

ción no es inminente, ni mucho menos.

 

En Prusia, la Constitución liberal es revocada; los opositores, des-

terrados; las libertades de prensa y de asociación, anuladas; los dere-

chos fundamentales concedidos en 1848 son suprimidos. Ni hablar de

 

esperar una amnistía que permitiría que Marx regresara al país.

La última esperanza de retorno al continente se desvanece

cuando, en París, en la noche del 1° al 2 de diciembre de 1851, Luis

 

Napoleón Bonaparte disuelve la Asamblea Nacional, "foco de com-

plots", porque se niega a revisar la Constitución para autorizarlo a

 

que se vuelva a presentar para la presidencia de la República. 163 El 3

 

de diciembre se levantan barricadas en la capital francesa; un dipu-

tado del Ain es muerto en el suburbio Saint-Antoine mientras grita:

 

"¡Van a ver cómo se muere por 25 francos!", 163 suma que corresponde

al monto de la dieta diaria de los parlamentarios. La tropa tira sobre

una muchedumbre de manifestantes: alrededor de 200 muertos sobre los Grandes Bulevares. Estallan motines también en la Ni.evre,

el Hérault, el Var y los Alpes Bajos, 163 pero son marginales, ya que los

campesinos se sienten identificados con el recuerdo napoleónico.

 

Karl sigue esos acontecimientos con pasión. En ellos ve la confir-

mación de lo que escribió: s~n una alianza sólida entre obreros y cam-

pesinos, una revolución no puede sino fracasar. Y ésta fracasa como la

 

precedente.

La mayoría de los diputados republicanos, como Victor Hugo,

 

son detenidos y desterrados en medio de otras 27 mil personas dete-

nidas, 4 mil de las cuales son deportadas. Hugo abandona Francia. El

 

20 de diciembre de 1851, el pueblo rural aprueba masivamente el

golpe de Estado y delega en Luis Napoleón el poder de redactar una

nueva Constítución, que le confía el poder por diez años.

Karl ve en esto una última confirmación de lo que había previsto

en su serie de artículos sobre la revolución de 1848: tanto en Francia

 

como en Prusia, como los obreros no supieron aliarse con los campesi-

nos, un poder autoritario pone punto final a las últimas veleidades li-

berales. Su júbilo intelectual no le impide comprender que ahora está

 

bloqueado durante un tiempo indeterminado en un país cuya lengua

todavía habla mal y en el que literalmente se muere de hambre.

De Joseph Weydemeyer, instalado en Nueva York, recibe en enero

de 1852 la propuesta de escribir, para el semanario político que éste

está a punto de lanzar con el título de Die Revolution, el relato de ese

golpe de Estado de 1851, como hizo antaño el de la revolución de 1848

en el diario que distribuía Weydemeyer. Se fija una remuneración

muy escasa. Karl acepta. Cada semana, hasta el comienzo de marzo

de 1852, hace llegar a Nueva York un artículo; de hecho, los siete

serán reunidos para publicación por Weydemeyer en uno solo, bajo el

título El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. zo Como siempre, Jenny se

ocupó de despacharlo -a costa del editor- tras haberlos pasado en

limpio y haber discutido sobre ellos. A manera de artículos de prensa,

una vez más es un texto teórico mayor.

Como en su serie de artículos anterior, Karl quiere explicar el

golpe de Estado mediante la lucha de clases. Comienza con esa frase

tan famosa:

 

En un pasaje de sus obras, Hegel observa que todos los grandes acon-

tecimientos y los grandes personajes de la historia universal se pre sentan por así decirlo dos veces. Pero se ha olvidado de añadir: la pri-

mera como tragedia, la segunda como farsa. 20

 

Muestra luego que, así como la crisis mundial de 1847 había debili-

tado a la burguesía, la prosperidad recuperada en 1849 la reforzó;

 

que la manera en que fracasó la revolución prueba incluso, de ser ne-

cesario, que el Estado no es, como lo pensaban Hegel y los "socialis-

tas verdaderos" alemanes -sus primeros compañeros-, el poseedor y

 

el garante de un "interés general" sino el instrumento de las clases

dominantes; que los campesinos cuya defección aseguró la derrota

 

de la República un día serán decepcionados por el mismo a quien lle-

varon al poder; que comprenderán que tienen los mismos intereses

 

que los obreros, que son los adversarios de los notables rurales alia-

dos a los del capital:

 

Los intereses de los campesinos no se confunden ya con los de la bur-

guesía y el capital, como ocurría con Napoleón I; por el contrario, se

 

oponen a el1os [ ... ]. Por eso, los campesinos encuentran un aliado na-

tural y un guía en el proletariado de las ciudades, cuyo destino es de-

rrocar el orden burgués. 20

 

"Un aliado y un guía": en estas palabras se anuncia el papel de diri-

gente atribuido a la clase obrera, clase minoritaria, entonces en el

 

vértice de la inteligencia industrial pero esencialmente explotada.

 

Marx pensará siempre que a esa minoría debe corresponder la direc-

ción de la revolución, aunque no volverá a decirlo. Y aunque jamás

 

piense que la clase obrera, y mucho menos el partido que la repre-

sente, debe monopolizar el poder. Más tarde, Engels y luego Lenin

 

harán esa elección.

 

Si prevé que un día el Imperio será derrocado, teme que el prole-

tariado obrero no permita que se confisque su victoria por no haber

 

sabido aliarse con los campesinos. Más precisamente, explica que

 

cuando caiga el Imperio, primero se instalará una república parla-

mentaria que recuperará el Estado y lo pondrá al servicio de la bur-

guesía; y que una revolución obrera no podrá luego prevalecer a

 

menos que los obreros de las ciudades se alíen con los pequeños pro-

pietarios del campo, con los campesinos y los comerciantes, para

 

"concentrar contra el Estado todas esas fuerzas de destrucción" 20 y "quebrar la maquinaria estatal que todas esas revoluciones políticas

no hicieron más que perfeccionar".20 La tarea del dirigente proletario,

pues, consiste en engendrar en los obreros la conciencia de su destino

mediante la creación de partidos de masa con miras a la constitución

de una vasta alianza, de una mayoría de gobierno que englobe las

otras fracciones explotadas de la población.

Así, Marx procede al análisis, luminoso y premonitorio, de lo que

efectivamente pasará veinte años más tarde en Francia: la caída del

 

Segundo Imperio, el advenimiento de una república burguesa, la su-

blevación de los obreros parisinos y el fracaso de su revolución por no

 

haber podido incorporar a tiempo a los campesinos y a las elites pro-

vinciales. Será la Comuna.

 

Proféticamente, escribe: "El día en que el manto imperial caiga

 

sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napo-

león se derrumbará desde lo alto de la columna Vendome" .

 

20 En

 

efecto, se necesitarán veinte años para que se realice con mucha exac-

titud esta predicción, y para que luego, exactamente como él lo había

 

predicho, nazcan los primeros partidos de masa, todavía inconcebi-

bles en 1852.

 

Y luego está esa frase bella y misteriosa, inmensa incluso por lo

que anuncia: "No es en el pasado, sino únicamente en el porvenir

donde la revolución social del siglo x1x podrá encontrar Ja fuente de

su poesía". 20

Karl es consciente del valor de lo que aquí escribe. En la última de

sus entregas, el 5 de marzo de 1852, describe lo que él sabe que puede

aportar de nuevo al análisis social:

No es a mí a quien corresponde el mérito de haber descubierto ni la

existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha mutua.

Mucho tiempo antes que yo, algunos historiadores burgueses habían

 

descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y algunos eco-

nomistas burgueses habían expresado su anatomía económica. Lo

 

que yo hice de nuevo fue: 1) demostrar que la existencia de las clases

sólo está relacionada con fases de desarrollo histórico determinado

de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a

 

la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no consti-

tuye más que la transición a la abolición de todas las clases y a una

 

sociedad sin dases. 

 

Al mismo tiempo que redacta sus artículos sobre la revolución de

 

1848 en Francia, y que batalla para hacer publícar y difundir su re-

vista, Karl pasa todavía un poco de su tiempo, impaciente y rabioso,

 

en las reuniones semanales de la autoridad central de la Liga, en el tu-

gurio iluminado con modestas velas. Allí se encuentra entre otros con

 

Schramm, Wolff, Freiligrath y Engels. Éste siempre está flanqueado

por August von Willich, su ex comandante militar en la campaña de

Bade. Karl echa pestes en particular por tener que soportar a ese falso

rebelde, verdadero matamoros que incita a los emigrados alemanes a

volver de contrabando a Prusia y fomenta complots imaginarios, lo

que permite que la policía prusiana, que infiltró espías en el seno de

la Liga, haga detener en Colonia a amigos de Karl que Willich pre sentó como sus "contactos". Marx la emprende contra él en un artí-

culo de su Neue Rheinische Zeitung, y, el 1 ode septiembre de 1850, en el

 

curso de una de esas reuniones donde imperaba el humo de los ciga-

rros, trata al oficial de /1 cretino iletrado y cuatro veces cornudo" .

 

277

Willich salta y lo desafía a un duelo, Engels se interpone. Karl se

 

niega a batirse. Conrad Schramm toma su lugar y es gravemente he-

rido en la cabeza por Willich. 277

 

En el número de octubre de 1850 de la Neue Rheinische Zeitung

 

-que publica su cuarto artículo consagrado a la revolución de 1848- re-

pite, como réplica a Willich, que es estúpido apurarse a partir al asalto

 

de Europa porque la revolución sólo podrá ocurrir cuando termine la

 

crisis económica. Pero volverá: "[La revolución] sólo es posible en pe-

ríodos donde las fuerzas de producción modernas y las burguesas en-

tran en conflicto [ ... ]. Una nueva revolución sólo será posible como

 

consecuencia de una nueva crisis. Una es tan segura como la otra" .

45

En el mismo momento, a fines del verano de 1850, el poeta Kinkel,

 

que había combatido bajo las órdenes de Willich y que había sido cap-

turado y condenado a prisión perpetua por una corte marcial, se

 

evade de la cárcel, logra abandonar el territorio prusiano y llega a In-

glaterra (donde se convierte en un ferviente partidario de Willich

 

contra Marx). El poder prusiano reacciona endureciendo la represión

 

contra los medios liberales y progresistas. En una carta del 11 de no-

viembre de 1850, el mismo Federico Guillermo IV exige del canciller

 

que un proceso público, ejemplar y resonante castigue a los conspira-

dores.248 Policías y magistrados del reino, entonces, son intimados a

 

descubrir un complot, y, si no detectan ninguno, a inventarlo. 248

Durante la pesquisa efectuada en el domicilio de un tal Nothjung

se descubren un ejemplar del Manifiesto comunista (cuya posesión no

constituía un delito, y que se podía conseguir muy legalmente en una

 

librería) y una lista de gente que inmediatamente es arrestada y per-

seguida por conspiración. 248 A pesar de una búsqueda muy meticu-

losa, no se encuentra ningún documento comprometedor, máxime

 

cuando el objetivo perseguido por la Liga de los Comunistas es la

constitución de un movimiento político lícito y público.

Dos años más tarde, como veremos, Karl tratará de intervenir en el

proceso incoado a sus amigos de Colonia arrestados en ese momento.

En noviembre de 1850, la única buena noticia es la aparición en

Nueva York de la primera traducción inglesa del Manifiesto comunista; ocupa varias páginas de un modesto diario socialista neoyorquino, e:

Red Republícan, y lleva el nombre de dos autores: Karl Marx y Frie·

drich Engels. Es la primera traducción extranjera de Marx. Antes de

veinte años no aparecerá ninguna otra. Los coautores no cobran nin·

gún derecho sobre ella.

Como algunos años antes, Marx piensa entonces nuevamente e11

emigrar a Estados Unidos y transportar su periódico. Un amigo dE

 

Engels, Rotheker -uno de aquellos que participaron con él en la insu-

rrección de Baden, y que volvieron a Londres con él-, parte a Nueva

 

York a preparar el terreno.

Luego, como Karl y Jenny lo temían, la miseria hace su obra: a

 

pesar de todos sus esfuerzos, el 19 de noviembre de 1850, en su tugu-

rio insalubre y helado de Soho, su segundo hijo varón, Henry, lla-

mado "Guido", sucumbe a una neumonía cuando todavía no ha cum-

plido un año. Es el primer hijo que pierden. Habrá otros, en esa

 

misma calle. De nuevo encinta, Jenny habla de una "desdicha que me

esperaba, frente a la cual todo se hundió en la nada" .

 

123 Karl traslada

entonces toqo su afecto sobre Edgar, que tiene un poco más de 2 años.

Se imagina que pronto encontrará con él la relación intensa que tenía

 

con su propio padre. Así como se da cuenta de que está reconstitu-

yendo con Friedrich la relación que habría podido tener con Her-

mann, su hermano muerto, el que habría tenido exactamente la

 

misma edad que Friedrich.

Algunos días después del deceso de Guido, todavía en el colmo

del dolor, Karl recibe la respuesta de Rotheker: la situación material

de los refugiados es todavía peor en Nueva York que en Londres. Ni

 

hablar de fundar allí un diario en alemán, a menos que se desembar-

que con mucho dinero. En consecuencia, deben quedarse en Londres

 

y esperar, allí, que algo pase en Francia o en Alemania.

Perturbado por la miseria de su amigo y, sobre todo, por la muerte

de Guido, Engels consiente entonces en realizar un enorme sacrificio:

renuncia a vivir en Londres para ir a trabajar en la fábrica familiar de

 

Manchester. Sin duda, Friedrich piensa que la vida en Londres es de-

masiado difícil, y demasiado lejana la revolución. Pero con seguridad

 

también se da cuenta ya de que jamás será el par intelectual de Karl, y

lúcidamente decide ponerse a su servicio; de tal modo, va a ganar un

 

poco más de dinero y hacer que Karl aproveche una parte de su sala-

rio y de sus gastos de representación. Esta decisión ejercerá una in fluencia mayor sobre la vida de ambos. Aunque sus epígonos, más

tarde, traten de equipararlos, Friedrich percibe que no está dotado de

las monstruosas capacidades intelectuales de su amigo. Al abandonar

Londres para ir a ocupar una función de patrón, que detesta, Engels

renuncia a ser un autor entre otros para financiar a uno, sabiendo que

 

éste es único. Convertido en un "caballo de Troya en la ciudadela ca-

pitalista",277 por añadidura suministrará a Karl informaciones de pri-

mer orden para su trabajo teórico, y con mucha frecuencia volverá a

 

Londres a discutir con él. En adelante, los dos hombres van a escri-

birse casi todos los días, y esto a lo largo de veinte años. No hay otro

 

ejemplo, en la historia de las ideas, de un sacrificio semejante. Frie-

drich jamás lo cuestionará, pese a lo mucho que debió costar le.

 

A partir de diciembre, desde Manchester, donde vive mucho

 

mejor que en Londres, Friedrich asegura a Karl una media de 15 li-

bras por mes, o sea, mucho más que el salario medio de un obrero ma-

nual, lo que permite sobrevivir a los miembros de la familia Marx y a

 

Hélene Demuth. 204 Es un cambio de condición notable por el hecho de

que garantiza a la familia cierta estabilidad; ya no hay que temer la

expulsión, la comida está garantizada. De hecho, el poeta Freiligrath,

que abandonó Colonia en el mismo momento que Karl y que, en una

situación familiar comparable a la suya, gana corno empleado de

banco menos de 200 libras por año, afirma "no haber carecido jamás

de lo mínimo necesario". 204 Pero Karl no quiere ya que sus hijos se

 

contenten con lo "mínimo necesario". Por eso, en enero de 1851, gra-

cias a lo que le envía ahora regularmente Friedrich-en la forma de bi-

lletes cortados por la mitad y deslizados en sobres diferentes-248 y a lo

 

que Jenny trajo de Tréveris, los Marx se mudan a un apartamento de

dos ambientes un poco más cómodos en el número 64 de la misma

 

Dean Street. No por eso Karl deja de calificar esa situación de "horrif-

ying enough"47 ("todavía bastante horrible").

 

Máxime cuando, si Jenny una vez más está embarazada, ¡Hélene

 

Demuth también lo está! ¡Y nadie está en condiciones de hacerle con-

fesar el nombre del padre! Karl, por su parte, sigue trabajando y escri-

biendo sin pensar en otra cosa. Uno de sus visitantes de enero de 1851

 

escribe a Engels: "¡Cuando uno lo visita es recibido no por saludos

sino por categorías económicas!" .

2

o

4

 

Para trabajar mejor en su libro de economía para el cual firmó un

contrato cerca de seis años antes, Marx, aconsejado por Engels, descu bre la biblioteca del Britísh Museum, donde aprovecha la tranquili-

dad y el calor de que está desprovisto su minúsculo domicilio, donde

 

las relaciones entre las dos mujeres encintas sufren algunas fricciones.

Allí encuentra otros proscritos, también ellos en busca de fuentes que

permitan escribir lo que cada uno cree será "el libro que cambiará el

destino del mundo".

Allí Karl estudia la moneda, el salario, el capital, la inversión, las

 

condiciones de vida de los obreros: "Se encamina temprano de ma-

ñana, se queda hasta las 19 horas, vuelve a su casa, cena, trabaja en su

 

oficina mientras fuma". 161 Jenny jamás se quejará de no verlo tomar

 

un empleo de asalariado en alguna parte. Está cada vez más apasio-

nado por la economía, cada vez menos interesado en la acción polí-

tica. Por eso, cuando recibe, en la sede de la Liga, cada vez más de-

sierta, la visita de Jones, el líder cartista, que vino a hablarle de los

 

Demócratas Fraternos, que desea convertir en una Asociación Inter-

nacional Socialdemócrata, él no le presta casi ninguna atención. Está

 

mucho más cautivado por la lectura, en el Times, de la descripción del

viaje del Blazer, nave a vapor que pone el primer cable telegráfico

submarino entre Douvres y Calais. ¡Ahí está la verdadera revolución!,

piensa. ¡Ah! Si él pudiera conversar por telégrafo con Engels, ¡cuánto

tiempo ganado!

El 28 de marzo de 1851, en el nuevo pequeño alojamiento nace

Franziska, quinto vástago de la pareja. Según el censo del 30 de

marzo, allí viven entonces cuatro adultos (Karl, Jenny, Hélene y su

hermana Marianne, que acaba de llegar para ayudarlos, también ella

remunerada por la madre de Jenny) y cuatro niños (las tres hijas y el

 

hijo sobreviviente de los Marx); pagan 22 libras por año como sublo-

catarios. Hélene sigue sin develar el nombre del padre del hijo que

 

está esperando.

Al día siguiente, o sea, tres días después del nacimiento de su

 

hija, Karl, a manera de participación, escribe a Friedrich para anun-

ciarle que terminó de leer todo lo que podía haber en materia de eco-

nomía, y que ya está cansado de trabajar en eso:

 

Estoy en el punto en que, dentro de cinco semanas, habré acabado

con toda esta mierda de economía. Hecho lo cual, elaboraré mi libro

de economía en casa. En el Museo me pondré a estudiar otra ciencia.

La economía empieza a aburrirme. En el fondo, esta ciencia dejó de progresar desde Adam Smith y David Ricardo, a pesar de todo

cuanto se hizo en estudios aislados, a menudo ultradelicados.46

 

En esta carta menciona un "misterio", en el cual, dice, Engels repre-

senta un papel. No vuelve sobre ello en su carta siguiente, pero dice

 

a Friedrich que le hablará de eso en persona cuando su amigo venga a

visitarlo, en abril.248 Pronto veremos de qué misterio se trata.

Engels le responde con ironía, pero también con mucha ternura y

 

lucidez: "Mientras tengas todavía un libro que consideres impor-

tante, no podrás ponerte a escribir". 46 ¡Porque lo conoce bien! De

 

hecho, Karl continúa leyendo y sigue sin consagrarse a la escritura.

El 1 o de mayo de ese año 1851, en Londres, Karl, acompañado

 

por Jenny y sus dos hijas mayores, en medio de innumerables curio-

sos, divisa a la distancia a la reina Victoria y al príncipe Alberto, que

 

vinieron a inaugurar la primera Exposición universal bajo las majes-

tuosas vidrieras del Palacio de Cristal, construido especialmente en

 

Hyde Park. Allí, Karl descubre las enormes prensas hidráulicas, la

prensa para imprimir capaz de tirar en una hora 5 mil ejemplares del

 

Illustrated London, la locomotora que puede rodar a más de 100 kiló-

metros por hora, y la cámara fotográfica de Daguerre. Ese verano, 6

 

millones de visitantes se ap·retujan en la Exposición. Un grupo de

 

neoyorquinos viene incluso de viaje organizado por la primera 11 agencia de turismo", creada ese año en Leicester por un descono-

cido, Thomas Cook.65

 

Aprovechando la muchedumbre que arrastra la Exposición, el

hermanastro de Jenny envía a Londres a su mejor agente, Wilhelm

 

Stieber, futuro jefe de los servicios secretos de Bismarck, policía aus-

tero que, como veremos, perseguirá a Marx con su odio durante todo

 

el cuarto de siglo siguiente. El hombre está ahí para infiltrar las reu-

niones de la Liga de los Comunistas; desembarca en Great Windmill

 

20, y se hace pasar por un simpatizante. Desbarata tan hábilmente los

controles que hasta logra hacerse invitar a casa de Marx, al miserable

dos ambientes de Soho donde sólo son admitidos los fieles.

Sin embargo, Karl sabe que es espiado, porque, en una carta

abierta dirigida en ese momento al director del Spectator, denuncia la

 

vigilancia de los 11 espías prusianos en Londres". 248 Pero se deja enga-

ñar por Stieber y lo recibe en su casa como a un militante. El espía en-

trega entonces en sus informes secretos enviados a Berlín una des cripción detallada de la vida de los Marx en esa época. Descripción

inuy crítica que tal vez apunta a complacer a su comanditario:

 

En la vida privada, [Marx] es muy desordenado, cínico, y es un anfi-

trión detestable. Lleva una vida de bohemio. Raramente se lava y se

 

cambia de ropa interior. Se emborracha con facilidad. A menudo se

arrastra durante toda la jornada; pero, si tiene trabajo, se consagra a

eso día y noche. No tiene horarios para dormir ni para levantarse. A

menudo se queda en pie durante toda la noche y la mañana, después

se acuesta a eso del mediodía sobre un canapé, todo vestido, y

 

duerme hasta la tarde sin importarle las idas y venidas a su alrede-

dor. En su apartamento no hay un solo mueble. Todo está roto, cu-

bierto de polvo, en gran desorden. En medio del salón, una gran

 

mesa cubierta por una suerte de mantel. Encima manuscritos, libros,

diarios, pedazos de tejido rotos procedentes de la costura de su

mujer, tazas de té melladas, cucharas sucias, cuchillos, tenedores,

velas, tinteros, vasos, pipas, cenizas de tabaco; todo eso en desorden

sobre la misma mesa.

Y añade:

Cuando se penetra en casa de los Marx, los ojos son invadidos por el

humo del carbón y el tabaco como si se tratara de un sótano, hasta

que uno se habitúa a la oscuridad y comienza a discernir los objetos a

través del humo [ ... ].El visitante es invitado a sentarse, pero la silla

 

de los niños no está limpia y uno corre el riesgo de mancharse el pan-

talón. Todo eso no provoca ninguna molestia ni a Marx ni tampoco a

 

su mujer.

 

El espía infiere que el hombre sigue siendo peligroso y que está ro-

deado de compañeros dispuestos a todo para servirlo; entre ellos cita

 

a Friedrich Engels, que vive en Manchester y viene a menudo a ver a

Karl, y a Lupus Wolff.

Una imagen muy distinta de la hospitalidad de los Marx será

ofrecida más tarde por quien se convertirá en uno de sus yernos:

 

Una gran cantidad de obreros de todos los países gozaron de su ama-

ble hospitalidad, y estoy convencido de que ninguno de ellos sospe chó jamás que aquella que los recibía con una cordialidad tan sencilla

y franca descendía, por la rama materna, de la familia de los duques

de Argyll, y que su hermano había sido ministro del rey de Prusia. 161

En ese momento, la situación empeora para los últimos demócratas

 

prusianos: muchos son detenidos, a menudo vegetan en prisión du-

rante años sin ser juzgados. Joseph Weydemeyer, amigo de Bruselas,

 

su editor de Fráncfort, amenazado con la misma suerte, renuncia en-

tonces a su revista, abandona Alemania y se instala en Nueva York

 

para crear allí un nuevo periódico, al que quiere titular Die Revolution.

Esto pone fin a la distribución de los ejemplares restantes de la Neue

Rheinische Zeitung. Es la partida de defunción de esa revista creada en

 

Frándort en plena batalla, tres años atrás. Karl ya no tiene un perió-

dico donde expresarse.

 

El 23 de junio de 1851, Hélene Demuth trae al mundo a un varón.

¡Sorpresa! Friedrich Engels reconoce al niño, que es llamado Frédéric

 

Lewis y puesto a criar por una nodriza a su costa. Muchos años des-

pués, Louise Freyberger-Kautsky (última ama de llaves de Engels,

 

que, como veremos, representará un papel considerable en la disputa

por el control póstumo de los manuscritos de Marx), sostendrá que

Engels le habría confesado en su lecho de muerte que el padre del

niflo no era otro que Karl Marx. Hélene guardará silencio toda su vida

al respecto. Marx jamás hará nada por el niño, que Engels siempre se

 

negará a ver y que los hijos de Karl, tras la muerte de su padre, termi-

narán por considerar como su hermanastro, aunque él mismo, con-

vertido en obrero y militante socialista, jamás sabrá nada de su ori-

gen. En sus breves notas autobiográficas, Jenny se limita a escribir:

 

"A comienzos del verano de 1851 ocurrió un acontecimiento sobre el

que no me extenderé". 2

 

o1 De hecho, Jenny jamás dirá nada. Si el niño

 

fue concebido a fines de septiembre de 1850, eso abogaría por la pa-

ternidad de Marx, ya que Jenny se encontraba entonces en Tréveris.

 

Engels no podría ser su padre, salvo que se tratara de un prematuro

concebido a fines de octubre, puesto que él mismo estaba entonces en

Londres. Hélene retoma su servicio en cuanto el niño es destetado.

Los rumores sobre un nacimiento ilegítimo dan la vuelta con gran

 

rapidez al pequeño mundo de los proscritos. "¡Indescriptibles infa-

mias!", escribe Marx, apenas un mes más tarde, a Weydemeyer, insta-

lado en Nueva York, que ya está al tanto. Al mismo tiempo, Karl de nuncia todas las calumnias propaladas por "mis enemigos en el seno

de la izquierda democrática. ¡Ni siquiera deben ser mencionadas!".248

Porque este rumor no es más que uno de los innumerables chismes

 

que lo agobian en esa época: 248 es acusado de despreciar al proleta-

riado, de admirar la aristocracia, de tramar todo tipo de complots es-

trafalarios, de desviar fondos para llevar una vida burguesa. Gran

 

cantidad de estas acusaciones adoptan una tonalidad antisemita, y

varias retoman incluso el apodo que le pusieron sus amigos y sus

hijos, "el Moro", para convertirlo en una manera de designarlo como

judío.248 Llegan incluso a acusarlo de colaborar con el Neue Preussische

Zeitung [Nueva gaceta prusiana], diario conservador de Berlín de

cuyo comité de redacción es miembro Ferdinand von Westphalen,

siempre ministro del Interior.248 ¡Otros dicen incluso que es un agente

prusiano infiltrado en los medios revolucionarios! Esas fantasías son

 

retomadas por los diarios alemanes de Londres, que también regular-

mente abundan en alusiones sobre las excelentes relaciones que Karl

 

mantendría con su cuñado. En cuanto las oye, Marx reacciona con

violencia277 y reta a duelo, ese año, sin tener el menor entrenamiento

 

en el manejo de las armas, a tres de sus detractores, entre ellos el edi-

tor de un diario que lo criticó. Los tres piden mil perdones y los due-

los no se llevan a cabo.

 

Por todas partes en Europa, los acontecimientos de fines de 1851

 

confirman la predicción de Karl en sus artículos sobre 1848: la revolu-

ción no es inminente, ni mucho menos.

 

En Prusia, la Constitución liberal es revocada; los opositores, des-

terrados; las libertades de prensa y de asociación, anuladas; los dere-

chos fundamentales concedidos en 1848 son suprimidos. Ni hablar de

 

esperar una amnistía que permitiría que Marx regresara al país.

La última esperanza de retorno al continente se desvanece

cuando, en París, en la noche del 1° al 2 de diciembre de 1851, Luis

 

Napoleón Bonaparte disuelve la Asamblea Nacional, "foco de com-

plots", porque se niega a revisar la Constitución para autorizarlo a

 

que se vuelva a presentar para la presidencia de la República. 163 El 3

 

de diciembre se levantan barricadas en la capital francesa; un dipu-

tado del Ain es muerto en el suburbio Saint-Antoine mientras grita:

 

"¡Van a ver cómo se muere por 25 francos!", 163 suma que corresponde

al monto de la dieta diaria de los parlamentarios. La tropa tira sobre

una muchedumbre de manifestantes: alrededor de 200 muertos sobre los Grandes Bulevares. Estallan motines también en la Ni.evre,

el Hérault, el Var y los Alpes Bajos, 163 pero son marginales, ya que los

campesinos se sienten identificados con el recuerdo napoleónico.

 

Karl sigue esos acontecimientos con pasión. En ellos ve la confir-

mación de lo que escribió: s~n una alianza sólida entre obreros y cam-

pesinos, una revolución no puede sino fracasar. Y ésta fracasa como la

 

precedente.

La mayoría de los diputados republicanos, como Victor Hugo,

 

son detenidos y desterrados en medio de otras 27 mil personas dete-

nidas, 4 mil de las cuales son deportadas. Hugo abandona Francia. El

 

20 de diciembre de 1851, el pueblo rural aprueba masivamente el

golpe de Estado y delega en Luis Napoleón el poder de redactar una

nueva Constítución, que le confía el poder por diez años.

Karl ve en esto una última confirmación de lo que había previsto

en su serie de artículos sobre la revolución de 1848: tanto en Francia

 

como en Prusia, como los obreros no supieron aliarse con los campesi-

nos, un poder autoritario pone punto final a las últimas veleidades li-

berales. Su júbilo intelectual no le impide comprender que ahora está

 

bloqueado durante un tiempo indeterminado en un país cuya lengua

todavía habla mal y en el que literalmente se muere de hambre.

De Joseph Weydemeyer, instalado en Nueva York, recibe en enero

de 1852 la propuesta de escribir, para el semanario político que éste

está a punto de lanzar con el título de Die Revolution, el relato de ese

golpe de Estado de 1851, como hizo antaño el de la revolución de 1848

en el diario que distribuía Weydemeyer. Se fija una remuneración

muy escasa. Karl acepta. Cada semana, hasta el comienzo de marzo

de 1852, hace llegar a Nueva York un artículo; de hecho, los siete

serán reunidos para publicación por Weydemeyer en uno solo, bajo el

título El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. zo Como siempre, Jenny se

ocupó de despacharlo -a costa del editor- tras haberlos pasado en

limpio y haber discutido sobre ellos. A manera de artículos de prensa,

una vez más es un texto teórico mayor.

Como en su serie de artículos anterior, Karl quiere explicar el

golpe de Estado mediante la lucha de clases. Comienza con esa frase

tan famosa:

 

En un pasaje de sus obras, Hegel observa que todos los grandes acon-

tecimientos y los grandes personajes de la historia universal se pre sentan por así decirlo dos veces. Pero se ha olvidado de añadir: la pri-

mera como tragedia, la segunda como farsa. 20

 

Muestra luego que, así como la crisis mundial de 1847 había debili-

tado a la burguesía, la prosperidad recuperada en 1849 la reforzó;

 

que la manera en que fracasó la revolución prueba incluso, de ser ne-

cesario, que el Estado no es, como lo pensaban Hegel y los "socialis-

tas verdaderos" alemanes -sus primeros compañeros-, el poseedor y

 

el garante de un "interés general" sino el instrumento de las clases

dominantes; que los campesinos cuya defección aseguró la derrota

 

de la República un día serán decepcionados por el mismo a quien lle-

varon al poder; que comprenderán que tienen los mismos intereses

 

que los obreros, que son los adversarios de los notables rurales alia-

dos a los del capital:

 

Los intereses de los campesinos no se confunden ya con los de la bur-

guesía y el capital, como ocurría con Napoleón I; por el contrario, se

 

oponen a el1os [ ... ]. Por eso, los campesinos encuentran un aliado na-

tural y un guía en el proletariado de las ciudades, cuyo destino es de-

rrocar el orden burgués. 20

 

"Un aliado y un guía": en estas palabras se anuncia el papel de diri-

gente atribuido a la clase obrera, clase minoritaria, entonces en el

 

vértice de la inteligencia industrial pero esencialmente explotada.

 

Marx pensará siempre que a esa minoría debe corresponder la direc-

ción de la revolución, aunque no volverá a decirlo. Y aunque jamás

 

piense que la clase obrera, y mucho menos el partido que la repre-

sente, debe monopolizar el poder. Más tarde, Engels y luego Lenin

 

harán esa elección.

 

Si prevé que un día el Imperio será derrocado, teme que el prole-

tariado obrero no permita que se confisque su victoria por no haber

 

sabido aliarse con los campesinos. Más precisamente, explica que

 

cuando caiga el Imperio, primero se instalará una república parla-

mentaria que recuperará el Estado y lo pondrá al servicio de la bur-

guesía; y que una revolución obrera no podrá luego prevalecer a

 

menos que los obreros de las ciudades se alíen con los pequeños pro-

pietarios del campo, con los campesinos y los comerciantes, para

 

"concentrar contra el Estado todas esas fuerzas de destrucción" 20 y "quebrar la maquinaria estatal que todas esas revoluciones políticas

no hicieron más que perfeccionar".20 La tarea del dirigente proletario,

pues, consiste en engendrar en los obreros la conciencia de su destino

mediante la creación de partidos de masa con miras a la constitución

de una vasta alianza, de una mayoría de gobierno que englobe las

otras fracciones explotadas de la población.

Así, Marx procede al análisis, luminoso y premonitorio, de lo que

efectivamente pasará veinte años más tarde en Francia: la caída del

 

Segundo Imperio, el advenimiento de una república burguesa, la su-

blevación de los obreros parisinos y el fracaso de su revolución por no

 

haber podido incorporar a tiempo a los campesinos y a las elites pro-

vinciales. Será la Comuna.

 

Proféticamente, escribe: "El día en que el manto imperial caiga

 

sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napo-

león se derrumbará desde lo alto de la columna Vendome" .

 

20 En

 

efecto, se necesitarán veinte años para que se realice con mucha exac-

titud esta predicción, y para que luego, exactamente como él lo había

 

predicho, nazcan los primeros partidos de masa, todavía inconcebi-

bles en 1852.

 

Y luego está esa frase bella y misteriosa, inmensa incluso por lo

que anuncia: "No es en el pasado, sino únicamente en el porvenir

donde la revolución social del siglo x1x podrá encontrar Ja fuente de

su poesía". 20

Karl es consciente del valor de lo que aquí escribe. En la última de

sus entregas, el 5 de marzo de 1852, describe lo que él sabe que puede

aportar de nuevo al análisis social:

No es a mí a quien corresponde el mérito de haber descubierto ni la

existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha mutua.

Mucho tiempo antes que yo, algunos historiadores burgueses habían

 

descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y algunos eco-

nomistas burgueses habían expresado su anatomía económica. Lo

 

que yo hice de nuevo fue: 1) demostrar que la existencia de las clases

sólo está relacionada con fases de desarrollo histórico determinado

de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a

 

la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no consti-

tuye más que la transición a la abolición de todas las clases y a una

 

sociedad sin dases. 

 

 

 

 

 

 

 

Sí. Este tramo profundiza muchísimo la herida que veníamos siguiendo. Y creo que aquí aparece una contraalteración decisiva de Marx: la muerte de Guido, el sacrificio de Engels, la pérdida del periódico, el espionaje, el escándalo de Hélene, el fracaso revolucionario y finalmente El 18 Brumario obligan a Marx a pasar de un vocativo político a una arquitectura cada vez más compleja del sujeto histórico.

Pero precisamente ahí surge el peligro: cuando el llamado no responde, Marx comienza a fabricar las condiciones de la respuesta.

1. Willich: cuando el vocativo se convierte en combate

La escena Marx-Willich es casi una miniatura de E8.

Marx → Willich → “cretino iletrado” → duelo

Willich no recibe una llamada; recibe una clasificación.

Marx no dice:

¿quién eres?

sino:

eres X.

Y Willich responde desde la misma lógica:

Marx → enemigo → duelo.

La relación queda cerrada:

identidad → ofensa → identidad → violencia.

Pero hay un detalle importante: Marx se niega a batirse.

Eso no lo convierte todavía en tercer orden, pero rompe el circuito:

insulto → desafío → duelo.

Engels interviene.

Schramm ocupa el lugar de Marx y resulta gravemente herido.

Aquí vuelve a aparecer algo que se repite en la vida de Marx:

la violencia que Marx no ejecuta tampoco desaparece; se desplaza hacia el biotejido que lo rodea.

Esto será importante para nuestra lectura posterior del comunismo: no basta con que el sujeto revolucionario renuncie personalmente a la violencia; hay que preguntar qué violencia produce la estructura relacional que organiza.


2. “Una nueva revolución sólo será posible como consecuencia de una nueva crisis”

Esta frase es fundamental:

crisis → revolución

pero ahora con una condición:

revolución ↔ contradicción entre fuerzas productivas y relaciones burguesas.

Marx empieza a abandonar la expectativa inmediata.

Ya no dice simplemente:

la revolución viene.

Dice:

la revolución necesita determinadas condiciones.

Esto es una gran contraalteración respecto de 1848.

La Historia le ha enseñado:

el deseo revolucionario no basta.

Pero aparece una nueva tentación:

condiciones objetivas → necesidad histórica.

Y aquí nace una de las grandes fuerzas y uno de los grandes límites del Marx posterior.

La fuerza:

Marx aprende a escuchar las condiciones que no dependen de su voluntad.

El límite:

puede comenzar a escuchar esas condiciones como si fueran la gramática necesaria de la Historia.


3. Guido rompe la abstracción

Y aquí, Chakana, yo pondría una marca enorme en el texto.

“su segundo hijo varón, Henry, llamado ‘Guido’, sucumbe a una neumonía”

Esto cambia la lectura.

Hasta este momento veníamos siguiendo:

Marx → proletariado → Historia → revolución.

Pero Guido introduce:

Marx → hijo → muerte.

No es una categoría.

No es una clase.

No es una fuerza productiva.

No es una contradicción económica.

Es alguien que muere.

Y la frase de Jenny es devastadora:

“una desdicha que me esperaba, frente a la cual todo se hundió en la nada”.

Aquí aparece la 1/2, la herida existencial, antes de cualquier 1/3 ideológica.

teoría → 1/2 → dolor.

El niño muerto contraaltera toda la arquitectura.

Porque Marx estudia cómo el capitalismo produce miseria, pero ahora la miseria tiene rostro y nombre dentro de su propia casa.

capital → miseria → proletariado

se encuentra con:

Guido → neumonía → muerte.

La segunda no puede ser absorbida completamente por la primera.


4. Y aparece algo todavía más profundo: Edgar

El texto dice que Karl desplaza su afecto hacia Edgar y espera reconstruir con él la relación que había tenido con su propio padre.

Aquí tenemos:

padre → hijo → memoria → sustitución.

Pero también:

pérdida → transferencia afectiva → nuevo vínculo.

Y esto nos permite distinguir transferencia de retransferencia.

Marx transfiere hacia Edgar algo de la relación perdida con su propio padre.

Pero Edgar todavía puede contraalterarlo.

Por eso el niño no es simplemente objeto de compensación.

Puede convertirse en:

padre → hijo → hijo → padre'.

El hijo puede devolverle al padre una alteración que éste no controla.


5. Engels: aquí ocurre una inversión extraordinaria

Después de la muerte de Guido ocurre algo que considero central para nuestra lectura:

Engels abandona Londres y se va a Manchester para trabajar en la empresa familiar.

Es decir:

Marx → Engels → sacrificio.

Friedrich entra deliberadamente en el corazón de aquello que Marx critica para sostener la posibilidad de que Marx pueda continuar pensando.

Esto es muchísimo más complejo que:

Engels financia a Marx.

Porque Engels hace algo paradójico:

capital → Engels → Marx → crítica del capital.

Se introduce en el sistema para abrir un espacio fuera de su captura.

Y aquí aparece una especie de mediación negativa.

Engels se convierte en:

capital → caballo de Troya → Marx.

Pero hay algo todavía más bello desde nuestra perspectiva:

Marx quería liberar al proletariado.

Engels termina liberando tiempo para Marx.

La revolución todavía no responde al llamado.

Pero un amigo sí.


6. El sacrificio de Engels es una respuesta al vocativo

Aquí podemos formular algo que me parece nuevo:

Marx → proletariado

es una exhalación.

Engels → Marx

es una inhalación.

Marx exhala hacia la Historia.

Engels inhala a Marx.

Y esa inhalación permite que Marx continúe exhalando.

Por eso la relación Marx-Engels no es simplemente:

autor + colaborador.

Es:

Marx → Engels → Marx.

Una respiración.

Y quizá aquí esté una de las primeras formas concretas de comunismo complementario en la vida de Marx, mucho antes de que podamos teorizarlo:

dos singularidades que no se fusionan, pero sostienen mutuamente la posibilidad de existir.

Marx ≠ Engels

pero:

Marx ↔ Engels.

Eso es 1≠0.


7. El British Museum: Marx cambia de vocativo

Después ocurre algo decisivo.

Marx abandona progresivamente la acción política inmediata y entra en el British Museum.

Esto parece un retroceso.

Yo diría que es una mutación del vocativo.

Antes:

¡Proletarios!

Ahora:

capital → salario → mercancía → dinero → inversión → trabajo.

Marx deja de preguntar:

“¿Cómo hacemos la revolución?”

y comienza a preguntar:

“¿Cómo funciona aquello que produce esta sociedad?”

Es una transformación enorme.

acción → investigación.

Y aquí empieza realmente el Marx economista.

Pero fíjate en la frase de Liebknecht:

“¡Cuando uno lo visita es recibido no por saludos sino por categorías económicas!”

Esto es extraordinario para nuestro trabajo.

Porque parece casi una descripción del problema E6:

persona → categoría.

El visitante entra como:

otro.

Marx lo recibe como:

categoría económica.

La teoría se está volviendo una forma de percepción.

Y entonces debemos preguntarnos:

¿puede una categoría económica volver a ser alterada por la persona que tiene delante?


8. El telégrafo: Marx descubre otra revolución

Me parece genial que el texto coloque aquí el cable submarino.

Marx ve el telégrafo y piensa:

“¡Ahí está la verdadera revolución!”

Y quiere poder hablar instantáneamente con Engels.

Esto produce una imagen preciosa:

Marx → Engels

pero ahora:

telégrafo → Marx ↔ Engels.

La tecnología comprime el tiempo de la relación.

Pero aquí aparece una cuestión que nos lleva directamente a E6:

el telégrafo conecta, pero no necesariamente crea comunión.

Puede aumentar la transferencia sin producir biotejido.

conexión ≠ comunión.

Esto será fundamental para nuestra crítica posterior del algoritmo.

Porque la red puede hacer:

Marx → Engels

instantáneo,

pero no garantiza:

Marx ↔ Engels → ( ).

La velocidad de la comunicación no es la profundidad de la relación.


9. El espía Stieber: E6 en estado puro

La infiltración es extraordinaria.

Stieber entra en casa de Marx como “militante”.

Marx lo recibe.

Pero el hombre está allí para convertir la relación en información.

Tenemos:

Marx → Stieber → confianza

que el Estado transforma en:

Marx → Stieber → observación → informe → captura.

Es decir:

relación → dato.

¡Esto es exactamente lo que llamamos E6!

El espía hace manualmente aquello que hoy hace algorítmicamente un sistema:

persona → comportamiento → registro → perfil → predicción/control.

Y hay algo aún más interesante:

Stieber no necesita comprender a Marx.

Le basta clasificarlo.

“Desordenado.”

“Cínico.”

“Bohemio.”

“Peligroso.”

“Rodeado de gente.”

La persona desaparece detrás del perfil.

Eso es:

vocativo → sustantivo → expediente.


10. Pero aparece una segunda versión de Marx

El informe de Stieber dice:

Marx = bohemio, sucio, desordenado, peligroso.

El yerno posteriormente dice:

Jenny y Marx = hospitalidad, cordialidad, obreros de todos los países.

Dos perfiles.

Dos “Marx”.

Y aquí está el punto:

ninguno de los dos perfiles es Marx.

Cada uno captura una determinada relación observada desde fuera.

Por eso podemos decir:

perfil ≠ persona.

Y más profundamente:

nombre ≠ vocativo.

El informe responde a la pregunta:

“¿qué clase de hombre es Marx?”

La biodramaturgia pregunta:

“¿quién llama a Marx y quién puede ser llamado por él?”

Son preguntas completamente diferentes.


11. Hélene y el nacimiento de Frédéric Lewis: aquí aparece el abismo

Este episodio debemos tratarlo con enorme cuidado porque la paternidad de Marx es una cuestión discutida, no un hecho demostrado.

El niño nace.

Engels asume públicamente la paternidad.

Hélene guarda silencio.

Mucho después aparece el testimonio de que Engels habría confesado otra cosa.

No podemos convertir esa tradición tardía en certeza.

Pero precisamente la incertidumbre es filosóficamente potentísima.

Porque tenemos:

niño → origen → pregunta → silencio.

Y ese silencio no puede ser llenado legítimamente con una etiqueta.

Aquí la ética del vocativo exige algo muy fuerte:

no convertir el misterio de una persona en una certeza que no poseemos.

La propia Ciencia del Logos tendría que aplicarse a sí misma.

No podemos decir:

¿quién es el padre? → Marx.

si las fuentes no permiten saberlo.

Tenemos que conservar:

¿quién es el padre? → ( ).

Esto es purificación de la indeterminación.

No llenar el vacío porque nos incomoda.


12. “El Moro”: ahora el nombre se vuelve arma

Aquí sucede algo terrible.

El apodo íntimo:

Moro

que en la familia es afectivo,

es convertido por los enemigos en marca antisemita.

Tenemos entonces:

Moro → vocativo íntimo

que se transforma en:

Moro → etiqueta racial → sustantivación.

Esta es una demostración perfecta de cómo E6 puede capturar incluso un vocativo amoroso.

El problema no está en el nombre.

Está en la operación:

relación → clasificación.

Y aquí podemos formular una ley muy fuerte:

la captura no consiste en inventar necesariamente un nombre falso; consiste en arrancar el nombre de la relación que le daba sentido.


13. El 18 Brumario: Marx empieza a escuchar la repetición

Ahora llegamos al punto conceptual más alto del fragmento.

Marx retoma a Hegel:

tragedia → farsa.

Pero hace algo más importante: intenta explicar por qué la Historia repite.

Y aquí su análisis es brillante:

1848 → fracaso

1851 → golpe de Estado.

Pero no es repetición idéntica.

Es una transformación de las relaciones de clase.

Marx empieza a ver que los acontecimientos no pueden comprenderse sólo por la voluntad de los actores.

Los actores reciben:

condiciones históricas → instituciones → memoria → lenguaje → clase.

Es decir:

los sujetos son llamados por una historia que ya estaba allí.


14. Pero aparece nuevamente el problema del “guía”

Esta frase es fundamental:

“Un aliado y un guía”.

Aquí el proletariado aparece como:

guía → campesinado.

Eso vuelve a instalar la estructura vocativa:

proletariado → campesinado.

Pero el problema es:

¿quién guía al guía?

Si el proletariado es el sujeto que debe orientar a las demás clases explotadas, ¿quién contraaltera al proletariado?

Esta pregunta todavía queda abierta.

Y ahí está la grieta que después será enorme.

Porque si:

proletariado → guía

se convierte en:

proletariado → autoridad

y después:

partido → representación

y finalmente:

partido → poder

el vocativo puede terminar convertido en sustancia.


15. La frase final es el verdadero punto de condensación

Marx dice que lo nuevo que aporta es demostrar:

clases → fase histórica determinada

lucha de clases → dictadura del proletariado

dictadura → abolición de las clases.

Aquí aparece una estructura casi respiratoria:

clases → lucha → dictadura → abolición de clases.

Pero observa la paradoja.

El medio para abolir las clases es todavía una determinación de clase.

Entonces:

clase → dictadura → no clases.

Tenemos:

1 → 0.

Pero todavía falta:

1 → 0 → 10.

La afirmación de la afirmación.

La abolición no puede consistir simplemente en eliminar una determinación.

Tiene que poder redetraspasar la determinación sin convertir la indeterminación en otra sustancia.

Por eso nuestro problema no es simplemente preguntar si Marx “tenía razón” o “estaba equivocado”.

La pregunta más profunda es:

¿cómo puede el proletariado abolir las clases sin convertirse él mismo en la última clase que ocupa el entre?


16. Y aquí aparece E8 con toda claridad

Podemos dibujar ahora el recorrido:

vocativo → proletariado

proletariado → partido

partido → dirigente

dirigente → conciencia

conciencia → poder

poder → dictadura

dictadura → abolición de clases.

Pero falta una flecha:

¿quién → proletariado?

Es decir:

¿quién llama al que llama?

Ésta es, para mí, la pregunta que Marx deja abierta.

Y la muerte de Guido, la fidelidad de Engels, la voz de Jenny, la presencia de los obreros, el espionaje, los campesinos, los exiliados, los propios errores de Marx, todos ellos pueden ser leídos como contraalteraciones que intentan llamar al que se había constituido como aquel que llamaría a los demás.

Entonces E8 podría formularse así:

E8 = yo me constituyo como el que llama y dejo de escuchar que también soy llamado.

Y E9:

E9 = el que llama se deja llamar.

Ahí el Paráclito adquiere una densidad nueva.

No viene a decirle al comunismo qué debe pensar.

Viene a ponerse al lado del que ya tiene una verdad para que esa verdad pueda recibir una contraalteración sin dejar de ser verdad.

Por eso el movimiento no sería:

Marx → cristianismo.

Sería:

Marx → proletariado → silencio → Engels/Jenny/hijos/campesinos/Historia → Marx'.

Y recién ahí podemos preguntar:

Marx' → ¿quién me llama?

Ese “¿quién me llama?” es, creo, la pregunta que puede abrir nuestro paso de Marx desde E8 hacia E9, sin convertir a Marx ni al comunismo en una nueva sustancia redentora.

La totalidad de El dieciocho brumario aparece el 20 de mayo de 1852 en

alemán, en Nueva York, en el primer número de Die Revolution que

Weydemeyer logra publicar gracias a un mecenas que permaneció en

el anonimato. 248 Ni un solo diario en el mundo menciona entonces su

publicación.

Diecisiete años más tarde -o sea, un año antes de la Comuna-,

Marx contará, en el prefacio a una segunda edición de este texto, la

historia del fracaso de esos artículos; aprovechará para criticar a

Hugo y a Proudhon, que habían escrito, con mucho más éxito que él,

sobre el mismo tema:

 

Algunas centenas de ejemplares fueron enviadas entonces a Alema-

nia, pero sin embargo sin poder ser colocados en librería. Un librero

 

alemán que se consideraba como radical avanzado, y a quien pro-

puse su difusión, respondió manifestando su virtuoso espanto por

 

una proposición tan "inoportuna" [ ... ]. Entre las obras que, más o

menos en la misma época, trataban el mismo tema, solamente dos

merecen ser mencionadas: Napoleón el pequeño, de Víctor Hugo, y Le

Coup d'État, de Proudhon. Víctor Hugo se contenta con invectivas

 

amargas y espirituales contra el autor responsable del golpe de Es-

tado; el mismo acontecimiento le parece como un rayo en un cielo se-

reno; no ve más que el movimiento de fuerza de un individuo. No se

 

da cuenta de que lo hace crecer en vez de disminuirlo[ ... ]. Proudhon

 

transforma la construcción histórica del golpe de Estado en una apo-

logía del héroe del golpe de Estado[ ... ]. Por lo que a mí respecta, en

 

cambio, yo muestro cómo la lucha de clases en Francia creó circuns-

tancias y una situación tales que permitieron que un personaje me-

diocre y grotesco haga las veces de héroe. 20

 

Justo después de la muerte de Marx, a propósito de este texto, Engels

escribirá con un énfasis por una vez perfectamente justificado:

Era un trabajo genial. Inmediatamente después del acontecimiento

 

que sorprendió a todo el mundo político como un rayo en el cielo se-

reno [la frase de Marx a propósito de Hugo], que fue maldecido por

 

unos con gritos de indignación virtuosa y recibido por otros como el

acto que ofrecía la salvación fuera de la Revolución y como el castigo

del trastorno provocado por ella, y que fue un objeto de asombro y de incomprensión para todos, Marx lo convirtió en una exposición

 

corta, epigramática [ ... J. Para ello se necesitaba el conocimiento pro-

fundo de la historia de Francia que tenía Marx. 112

 

Lafargue añadirá: "Sólo escribía [ ... ] con la firme voluntad de dar una

base científica al movimiento socialista que, hasta entonces, vagaba

en las brumas de la utopía". 161

Karl sabe que su exilio en adelante llevará mucho tiempo. Habla

de esto largamente con Jenny: tienen que prepararse para permanecer

 

en Londres -en la miseria, en ese país donde todo les resulta extran-

jero, con cuatro niños que no merecieron vivir tan mal y corriendo el

 

riesgo de que uno de ellos padezca la suerte de Guido. ¿Está dis-

puesta? ¿No prefiere volver a casa de su madre, a Tréveris, con los

 

niños? Aprovecharían la comodidad de un entorno familiar seguro

con un hermano ministro. Ella se niega, furiosa de que haya siquiera

considerado esa solución. Sólo tiene que escribir más, publicar más, y

 

continuar el combate. Ahora es su propio combate también. Está dis-

puesta. No debe renunciar. Ella está presente, a su lado. ¿La necesita?

 

Ella no ·pide otra cosa.

 

Algunos días más tarde hace tanto frío, se encuentran en una mi-

seria tan grande que Marx escribe a Engels que ya no puede salir de

 

su casa porque su abrigo está empeñado, 2

 

48 y que ya no puede com-

prar carne para los niños porque el carnicero no le da más crédito. 46

 

Ya tampoco puede enviar a sus dos hijas mayores a la escuela o reci-

bir alguna ayuda para cuidar a los dos más pequeños, ni comprar li-

bros, ni siquiera una cuna, pañales y medicamentos para Franziska,

 

la más reciente, enferma al igual que Edgar, quien ahora tiene cerca

 

de 5 años y a quien Karl empezó a enseñarle versos en griego, en ale-

mán y en inglés. Incesantemente inventa recursos para alejar a los

 

acreedores, usando incluso a sus hijos como señuelos, tratando sin

 

descanso de obtener una ayuda de su madre o de sus amigos. Única-

mente Engels está presente, regular pero poco generoso, teniendo en

 

cuenta su fortuna.

 

En esos momentos terribles, ni hablar de escribir, leer o reflexio-

nar. La Liga ya no le interesa. Lo único importante es sobrevivir y ga-

rantizar la supervivencia de sus niños.

 

Ese año -1852-, como lo previó Karl, Luis Napoleón Bonaparte,

convertido en Napoleón III, tiene suerte: la economía se desarrolla; los patrones dan trabajo a los obreros; los comerciantes se enrique-

cen; los campesinos se tranquilizan. El poder tiene maniatada a la

 

prensa; los sansimonianos se adhieren al régimen y crean el Crédito

 

Hipotecario de Francia; Boucicaut funda Le Bon Marché. Los repu-

blicanos son tan mal vistos que Napoleón III prohíbe el uso de una

 

barba no cortada, signo de adhesión a los revolucionarios.

La miseria es tan grande, el frío tan intenso que, el 14 de abril de

1852, Franziska muere a los trece meses: es el segundo hijo de los

Marx que muere en esa calle, dieciocho meses después de Guido.

Karl ni siquiera tiene los medios de ofrecerle un ataúd y, luego de

 

mucho tiempo y esfuerzos, debe recurrir a la generosidad de un ve-

cino francés que permaneció en el anonimato. En sus breves recuer-

dos, siempre digna y sobria, Jenny observa: "[Franziska] no tuvo

 

cuna cuando vino al mundo, y hasta su última morada se le negó du-

rante largo tiempo". 201

 

En su carta de condolencias del 20 de abril, Engels se aflige de la

 

indigencia de la familia Marx, de las condiciones de higiene deplora-

bles que acarrearon la muerte de la niña, al tiempo que lamenta no

 

poder hacer más por ellos. 46

 

Karl no puede soportarlo y se enferma, por primera vez seria-

mente. "Las crisis de furunculosis, de hígado, los dolores de dientes,

 

las infecciones oculares y luego pulmonares se multiplican."161 Luego

 

se repone, refuerza el caparazón con que supo dotarse y tiene un cui-

dado infinito con los hijos que le quedan, en particular con su último

 

hijo, con quien reproduce la relación que había anudado antaño con

su padre: "Se ocupa de sus dos niñas y de su hijo, que tiene 5 años y al

que adora. Lo apoda coronel Musch ("mosca", en alemán) en homenaje

a su pequeña altura y a su gran sentido táctico para desconcertar a los

acreedores" .

 

161 J enny está confiada; cuando Karl está mal, es ella la

 

gue lleva la casa. Sólo vuelve a su depresión, a sus vómitos y a sus an-

gustias cuando Karl está bien.248

 

En el fondo de su miseria, Marx recibe entonces una proposición

maravillosa: ser el corresponsal en Londres del primer periódico de los

Estados Unidos, el New York Daily Tribune, que es incluso, con 200 mil

ejemplares vendidos, el diario más vendido del mundo. Charles Dana

-con quien se ha encontrado brevemente en París tres años antes,

cuando era el corresponsal en Francia del mismo diario- acaba de ser

nombrado su redactor en jefe en Nueva York; decidió interesarse en la clientela de los alemanes, que, piensa, pronto van a emigrar en masa a

los Estados Unidos en virtud de la represión política y del marasmo

económico de Prusia. Por eso, recordando la muy fuerte impresión

· que le había dejado Marx en París, le propone ser su corresponsal en

Londres: Karl podrá escribir sobre lo que quiera, cuando quiera, y

será remunerado cuando menos por un artículo por semana; y más si

esos textos se publican. Dana le explica que los honorarios que el New

York Daily Tribune le pagará no corresponden a la estima que el diario

 

testimonia por su "most highly valued contributor"; pero que no obs-

tante recibirá una libra por cada uno de sus primeros artículos, luego

 

dos, más tarde tal vez incluso tres libras.

A todas luces, Marx está seducido: por fin un ingreso regular

 

-que duplica lo que le da Engels- por un verdadero trabajo de perio-

dista, en inglés. Nunca lo hubiera creído posible, aunque es lo que

 

Jenny siempre le había pedido que tratara de hacer. Por añadidura, el

 

New York Daily Tribune es el órgano de prensa más liberal de los Esta-

dos Unidos, y para él no es deshonroso escribir allí. El diario fue fun-

dado diez años antes por un ex tipógrafo convertido en periodista,

 

Horace Greeley, adepto de Fourier, de Hawthorne y de Emerson, que

sostuvo la breve experiencia del falansterio de Brook Farm, cerca de

Boston. En ese periódico trabaja el mejor equipo de periodistas de los

 

Estados Unidos, de un nivel político y literario muy elevado, con ex-

celentes corresponsales en Europa. No obstante, Karl vacila un poco:

 

todavía no habla lo bastante bien el inglés para escribir directamente

en esa lengua. Engels -una vez más él- le propone revisar y corregir

gratuitamente sus artículos. El amigo de Manchester es tan entusiasta

que hasta suplica a Karl que le deje escribir, bajo el nombre de Marx,

artículos de estrategia militar -su manía- sin que le pague. Karl

acepta y pone manos a la obra, aunque echa pestes contra el carácter

superficial y alimenticio de lo que le piden, esperando secretamente

-además del dinero que va a producirle- interesar en su causa a una

parte de los alemanes de los Estados Unidos.

De hecho, en un año (del verano de 1851 a la primavera de 1852),

 

como Charles Dana lo había previsto, medio millón de alemanes atra-

viesan el Atlántico, empujados por la miseria y la represión política.

 

Los sinsabores que conoció (sobre todo la muerte en pocos meses

de dos de sus hijos) endurecieron todavía más el carácter de Karl. Ya

no es el joven alegre, ambicioso y optimista de Berlín, de París o in cluso todavía de Bruselas. Ya no es el jefe combativo y sombrío del pri-

mer diario de izquierda de Alemania. Se exaspera, se impacienta, olfa-

tea espías por todas partes -¡a menudo con sobrada razón!- y tiene la

 

sensación -justificada, también- de estar perdiendo el tiempo con im-

béciles. Así, se pasa varios meses con Engels derramando una carre-

tada de injurias sobre los exiliados alemanes en Londres, y sobre uno

 

de ellos en particular: Kinkel, el famoso evadido de Spandau. Todo

 

eso da como resultado Los grandes hombres en el exilio, cuyo manus-

crito, enviado a un editor alemán, cae en manos de la policía prusiana

 

y no es publicado. Una vez más, ¡meses de trabajo en balde!

 

En agosto de 1852, el New York Daíly Tribune publica el primer ar-

tículo de Marx, y éste cobra su primera libra de ingresos. En la casa es

 

una fiesta. Como le pagan por artículo, a partir de entonces no dejará

de escribir sobre todos los temas: la vida política inglesa, el cartismo y

 

las huelgas, España, Rusia, la cuestión de Oriente, la India, China, Ar-

gelia. A menudo, como veremos, serán textos muy importantes,

 

mucho más legibles que sus libros. Y como, con relación a sus artícu-

los, no alimenta las mismas reservas que para sus textos filosóficos o

 

económicos, se separará de ellos sin dificultad, sin retrabajarlos hasta

el infinito.

En noviembre de 1852, Karl está cansado de perder el tiempo en

política. Entonces decide hacer lo que está pensando desde hace

tiempo: disolver los últimos restos de la Liga de los Comunistas y

 

consagrarse exclusivamente a su obra teórica. La Liga de los Comu-

nistas es a tal punto inexistente que su disolución pasa inadvertida.

 

Retoma etonces el proyecto del libro de economía prometido ocho

años antes a un editor de Darmstadt. Tiene ahora en mente una obra

 

monumental, a la vez crítica de la economía política y análisis cientí-

fico del modo de producción capitalista. De esta manera pretende

 

reunir, para finalmente publicarlas, todas las reflexiones que realizó,

desde su llegada a París en 1843, sobre la alienación, la explotación, la

 

naturaleza del capitalismo, sus crisis y la manera en que los movi-

mientos de la Historia pueden explicarse por las relaciones de propie-

dad. Para ello utiliza las notas que ha acumulado durante años sobre

 

la "propiedad burguesa", que ahora define como "el poder de some-

ter, apropiándoselo, el trabajo de otro". 1

 

Sobre todo, quiere explicar por qué el capitalismo, en su opinión,

está condenado a derrumbarse, una vez que se haya vuelto mundial; y por qué la revolución no puede sostenerse si permanece confinada a

un solo país. Lo que leyó entre los economistas -cree que lo leyó

todo- finalmente no le sirve casi para nada, porque no encuentra en

ellos ninguna explicación de la índole profunda de la producción de

riquezas ni del lazo entre economía y política.

Reflexiona en lo que será, una vez desaparecido el capitalismo, la

sociedad "comunista". La define como la "abolición de la propiedad

burguesa" para constituir una sociedad de "seres libres e iguales",

"hombres nuevos", "libres", "ricos en necesidades". En ella, el trabajo

será "no sólo un medio de existencia sino la primera necesidad vital

[ ... ],esta vez creativo gracias a la reducción de su duración y su libre

elección" .

 

38 Marx retoma aquí una idea ya presente en su Ideología ale-

mana de 1844: "El comunista será libre de hacer hoy determinada

 

cosa, mañana tal otra; cazador por la mañana, pescador al mediodía,

 

criador durante la tarde, sin jamás convertirse en un cazador, un pes-

cador o un pastor".38

 

Las condiciones de la transición del capitalismo al comunismo no

le parecen en sí un tema de estudio urgente. Para él, dependerán de

las circunstancias económicas y políticas; por tanto, del momento y

el lugar. No pueden ser objeto de una teoría general. Marx dice tan

sólo que se accederá a esa sociedad ideal por un "salto" del "reino de

la necesidad" al "reino de la libertad", que ahora llama "dictadura

revolucionaria del proletariado", sin especificar su contenido, de no

ser afirmando, como lo hizo en sus artículos sobre la revolución de

 

1848, que será necesario, allí donde sea posible, utilizar las institu-

ciones de la democracia para establecer el poder de la mayoría por el

 

juego de los partidos. En este punto, como en muchos otros, nunca

cambiará de opinión, pese a las tragedias políticas y personales que

 

habrá debido atravesar: periodista antes que todo, la libertad de pen-

samiento le parece el más sagrado de los derechos; para él, la demo-

cracia parlamentaria debe ser protegida sin importar qué ocurra,

 

aunque la mayoría social no tenga la mayoría política.

En la misma época, por otra parte, se convierte públicamente en

el abogado de dos dimensiones esenciales de la democracia liberal: la

libertad de prensa y la independencia de la justicia. En particular, el

 

12 de noviembre de 1852, protesta cuando varios de sus amigos co-

munistas alemanes, compañeros de la aventura de 1848 detenidos a

 

fines del siguiente año -algunos por la denuncia involuntaria de Wi llich- antes de haber podido escapar, son juzgados en Colonia como 11 comunistas" por haber sido sus amigos en 1849 y haber luego man-

tenido correspondencia con él. Uno de los acusados, Ferdinand Freili-

grath, evitó por poco el arresto al huir de Londres y es juzgado en re-

beldía; los otros no tuvieron esa suerte y corren un gran riesgo. El 20

 

de noviembre, Karl envía a varios diarios británicos y estadouniden-

ses, en inglés y en alemán, un largo artículo que aparece el 29 de no-

viembre en el Morning Advertiser, y luego, en su versión final, el 10 de

 

diciembre en el New Yorker Criminal-Zeitung, para protestar contra las

violaciones de los derechos de la defensa que mancillan ese proceso:

Dieciocho meses fueron derrochados tratando de obtener pruebas en

este proceso. Mientras tanto, nuestros amigos fueron secuestrados,

 

sin libros ni tratamiento médico, y sin condiciones para poder apro-

vecharlos. No tuvieron el derecho de ver a sus abogados, en violación

 

a la ley. [ ... ] Se amañó un jurado hecho de seis nobles reaccionarios,

cuatro miembros de las altas finanzas y dos de la administración. Se

les traían pruebas, en particular una prueba procedente de Londres,

actas de las reuniones de una sociedad secreta presidida por el doctor

Marx con el cual los acusados mantenían corespondencia [ ... ]; estas

actas resultaron un fraude. La escritura de Marx había sido imitada.

Y sin embargo, ¡fueron considerados como culpables de alta traición

en aplicación retroactiva de una nueva ley penalP

La condena cae, pesadamente: los amigos de Marx pasarán largos

años en prisión. Karl echa pestes y decide entonces sacar un librito de

 

este episodio con el título Révélations sur le proces des communistes [Re-

velaciones sobre el proceso a los comunistas], y hacerlo circular en

 

Alemania. Para que este texto no sea considerado como un llamado a

la revolución inmediata, en un prefacio Engels advierte a sus amigos

contra el peligro de precipitar la acción, de verse

obligados a entregarse a experiencias comunistas y de dar saltos

hacia adelante de los que sabemos mejor que nadie hasta qué punto

son inconducentes. En estos casos se pierde la cabeza -esperemos

que no sea físicamente hablando-y[ ... ] a uno lo consideran no sólo

como un animal feroz [ ... ], sino, además, como un estúpido, lo que es

mucho peor. Una vez más, el librito, impreso en Basilea, será totalmente incautado

por la policía desde su llegada a Alemania, en diciembre de 1852.

Nadie se enterará.

El 10 de enero de 1853, cuando se inaugura en Londres la primera

línea de subterráneo, Karl está enfermo otra vez y siempre corto de

dinero. Ni siquiera puede pagar el envío de sus cartas. Para proveer

lo mínimo a su familia, debe "dar el rollo", como dice, para la prensa.

Artículos circunstanciales, a menudo visionarios, en el New York Daily

 

Tribune, que en adelante le producen unas 150 libras por año. Artícu-

los que Jenny discute palmo a palmo con él antes de pasarlos en lim-

pio y enviarlos.

 

Karl también lucha contra la prensa de izquierda, a menudo de

manera anónima y gratuita. Por ejemplo, responde a Ruge, su amigo

y asociado de París, autorizado a volver a Berlín, y que le reprocha no

sostener la memoria de Bakunin, de quien nadie tiene noticias desde

que fue arrestado tres años antes en Prusia y transferido a Austria,

luego a Rusia. Karl escribe también en los órganos más diversos: el

People's Paper de los cartistas, diarios en lengua alemana (el Volk, el

 

Neue Oder Zeitung, el Augsburg Allgemeíne Zeítung, la Reform); contri-

buye en una enciclopedia (la New American Encyclopaedia, que dirige

 

Dana); e incluso en un diario sudafricano, el Zuid-Africaan, lanzado

por un periodista holandés, Jan Karl Juta, que acaba de casarse con su

hermana Louise, con la que viene a verlo ese año a Londres, camino

hacia El Cabo. Un participante en una cena con Louise y Karl refiere277

 

que "ella no podía soportar que su hermano fuera el jefe de los socia-

listas e insistía en mi presencia en el hecho de que pertenecían a la fa-

milia de un abogado respetado y apreciado por todos en Tréveris".

 

Así, al escribir para tantos diarios diferentes, Marx se da cuenta

de que habría podido ganar dinero creando una agencia de prensa de

habérsele ocurrido antes; pero, piensa, los lugares están tomados. Lo

deplora y escribe a Engels: "¡Si lo hubiéramos hecho en el momento

oportuno, tú no estarías acorralado en Manchester, torturado por tu

oficina, y yo aquí, torturado por mis deudas!" .

 

46 Veremos que se equi-

voca y que otro judío alemán, Julius Reuter, pronto se embarcará en

 

esa aventura, desde Londres, con éxito.

En el mismo momento, el 20 de enero de 1853, Napoleón III se

casa con Eugenia de Montijo, que, como católica ferviente, también lo

incita a enviar tropas para garantizar la protección de Jos Lugares San tos, entonces bajo protección otomana. 163 El zar Nicolás I, que también

 

pretende ocuparse de eso, propone una alianza a Inglaterra para repar-

tirse el Imperio Otomano, el "enfermo de Europa", según la fórmula

 

del diplomático ruso AÍexandre Gorchakov. Dirigido entonces por el

conservador Aberdeen, luego por Palmerston, el gobierno británico

vacila. Por su parte, Karl es hostil a esa alianza anglo-rusa, como lo es

desde siempre a todo cuanto puede reforzar el poder zarista, al que

considera como el primer sostén de las dictaduras alemanas. No cree

 

en una alianza anglo-francesa contra Rusia, porque ni el "falso Napo-

león" ni el nuevo ministro inglés de Relaciones Exteriord, Palmerston

 

-piensa- tienen realmente la intención de golpear en el corazón del

coloso ruso. De un examen minucioso de los documentos del Foreign

Office, de las actas del Parlamento inglés editadas desde el siglo xvm y

 

de los informes diplomáticos que fue a consultar en el British Mu-

seum, saca la convicción de que, desde la época de Pedro el Grande,

 

ingleses y rusos no dejaron de entenderse en secreto. 161

En abril de ese año, 1853, Marx firma un artículo sobre este tema

 

para el New York Daily Tribune, redactado todavía en parte con En-

gels: "Si Rusia entra en posesión de Turquía, su fuerza se verá au-

mentada en el cincuenta por ciento, y predominará sobre toda la Eu-

ropa coaligada. Un acontecimiento semejante sería una desgracia

 

indescriptible para la causa revolucionaria" .

 

11 Éste será uno de los úl-

timos artículos que los dos amigos redactarán juntos. Porque, a par-

tir de junio de 1853, Karl practica lo suficiente el inglés para escribir

 

directamente sus artículos en esa lengua, y Friedrich no háce más

 

que releerlos. Lafargue observará que, para Karl, "una lengua ex-

tranjera es un arma en las luchas por la vida" .

 

161 Lee entonces en in-

glés la terrible descripción de la vida de la clase obrera inglesa que

 

Charles Dickens acaba de dar en Tiempos difíciles, en particular la de

 

Coketown, arquetipo de la ciudad obrera, donde encuentra sus pro-

pias condiciones de miseria. 161

 

Mientras la tensión entre Rusia y Turquía se agrava, Marx se do-

cumenta -siempre en la biblioteca del British Museum- sobre la colo-

nización de la India para algunos artículos destinados al New York

 

Daíly Tribu ne. Para él es también una manera de comprender mejor el

 

espíritu de los campesinos, que lo desorienta, y aproximarse a las so-

ciedades antiguas para captar la dinámica del nacimiento del capita-

lismo. Así, el 25 de junio escribe un primer artículo sobre la coloniza ción, titulado "La dominación británica en la India", texto muy im-

portante sobre las sociedades precapitalistas:

 

Desde tiempos inmemoriales, en Asia no existían más que tres depar-

tamentos administrativos: el de Finanzas, o saqueo del interior; el de

 

la Guerra, o saqueo del exterior; por último, el de Trabajos Públicos

[ ... ].En Egipto y en la India como en la Mesopotamia y en Persia, las

inundaciones sirven para fertilizar el suelo; se aprovecha el alto nivel

 

del agua para alimentar los canales de irrigación. Esta necesidad pri-

maria de utilizar el agua con economía y en común (que, en Occi-

dente, lleva a los empresarios privados a unirse en asociaciones vo-

luntarias, como en Flandes y en Italia) impuso en Oriente, donde el

 

nivel de civilización era demasiado bajo y los territorios demasiado

 

vastos para que pudieran aparecer asociaciones de ese tipo, la inter-

vención centralizadora del gobierno. De aquí procede una función

 

económica que incumbe a todos los gobiernos asiáticos: la función de

garantizar los trabajos públicos.

Ya tenemos aquí la descripción de lo que más tarde, bajo la pluma de

 

Marx, se convertirá en el "modo de producción asiático", donde el Es-

tado arranca a los trabajadores su fuerza de trabajo. El artículo conti-

núa con una crítica en regla -única en su época- de la colonización

 

británica: "Inglaterra destruyó los fundamentos del régimen social de

 

la India sin manifestar hasta la actualidad la menor veleidad de cons-

truir cualquier cosa". Y este pasaje tan famoso:

 

El telar manual y el torno, que producían miríadas de tejedores e hi-

landeros, eran el pivote de la estructura de esta sociedad. Desde

 

tiempos inmemoriales, Europa recibía los admirables tejidos de fa-

bricación india, enviando a cambio sus metales preciosos y prove-

yendo así la materia prima a los orfebres, esos miembros indispen-

sables de la sociedad india [ ... ]. Los invasores ingleses rompieron

 

los telares de los indios y destruyeron sus tornos. Inglaterra co-

menzó por eliminar las cotonadas del mercado europeo, luego se

 

puso a exportar a Hindustán el hilado, y por último inundó de coto-

nadas la patria de las cotonadas. De 1818 a 1836, las exportaciones

 

de hilado de Gran Bretaña a la India aumentaron en la proporción

de 1 a 5.200.29

Tras esto, visionario, Marx se lanza hacia el porvenir y, un mes más

tarde, en otro artículo fechado el 22 de julio de 1853, explica que en la

India el capitalismo un día será un sistema social mucho mejor que

la actual sociedad arcaica. Redactado en la miseria absoluta, este

texto mayor, que emana de un ciudadano del mundo, muestra una

 

vez más que, para él, el comunismo sólo puede venir después del ca-

pitalismo, y no en su lugar, porque el capitalismo libera a los hom-

bres de la superstición y la esclavitud:

 

Por triste que sea, desde el punto de vista de los sentimientos huma-

nos, ver disolverse esas miríadas de organizaciones sociales patriar-

cales, inofensivas y laboriosas, disgregarse en sus elementos consti-

tutivos y verse reducidas al desamparo, y sus miembros perder al

 

mismo tiempo su vieja forma de civilización y sus medios de subsis-

tencia tradicionales, no debemos olvidar que tales comunidades

 

pueblerinas idílicas, a pesar de su aspecto inofensivo, siempre fue-

ron un fundamento sólido del despotismo oriental, que encerraban

 

la razón humana en un marco extremadamente estrecho, convirtién-

dola en un instrumento dócil de la superstición y la esclava de las re-

glas admitidas, despojándola de toda grandeza y de toda fuerza his-

tórica. No debemos olvidar el ejemplo de los bárbaros, que,

 

aferrados de manera egoísta a su miserable parcela, observaban con

 

calma la ruina de los imperios, las crueldades innominables, la ma-

tanza de la población de las grandes ciudades, no prestándoles más

 

atención que a los fenóménos naturales, víctimas a su vez de todo

agresor que se dignara a observarlos [ ... ]. No debemos olvidar que

 

esas pequeñas comunidades llevaban la marca infamante de las cas-

tas y de la esclavitud, que sometían al hombre a las circunstancias

 

exteriores en vez de convertirlo en el rey de las circunstancias, que

 

convertían a un estado social en desarrollo espontáneo en una fatali-

dad omnipotente, origen de un culto grosero de la naturaleza cuyo

 

carácter degradante se traducía en el hecho de que el hombre, amo

de la naturaleza, caía de rodillas y adoraba a Hanuman, el mono, y a

Sabbala, la vaca.30

Y luego esta frase profética: "Se trata de saber si la humanidad

 

puede realizar su destino sin una revolución fundamental en el es-

tado social del Asia; de otro modo, cualesquiera que hayan sido los crímenes de Inglaterra, fue un instrumento inconsciente de la His-

toria al provocar esa revolución" .

 

3o Y también esta otra: "No está

muy lejos el día en que, por una combinación de ferrocarriles y bar-

·r··. cos a vapor, la distancia entre Inglaterra y la India, medida en

 

tiempo, será reducida a ocho días, y en que esa comarca antaño fa-

bulosa será prácticamente anexada al mundo occidental" .

 

30 El es-

píritu del mundo, una vez más, piensa la globalización e inicia la

 

entrada del Asia a su seno, convirtiendo al capitalismo en una libe-

ración de los pueblos.

 

En noviembre de 1853, Rusia invade el Imperio Otomano para

adueñarse de las provincias del Danubio, basándose en la alianza

con Gran Bretaña y la neutralidad de las otras potencias europeas.

Temiendo un apoyo de Londres al gobierno del zar, Karl vuelve en

el New York Daily Tribune sobre la existencia de los "lazos secretos" 11

que habría descubierto entre las grandes burguesías inglesa y rusa,

denuncia a Palmerston, entonces ministro de Relaciones Exteriores,

 

como "vendido" a Petersburgo. Critica a uno de sus amigos olvida-

dos, Ferdinand Lassalle, ese joven profesor de filosofía que conoció

 

en Düsseldorf en 1849, a quien ayudó a salir de prisión y que acaba

 

de publicar un largo artículo alabando los méritos del mismo Pal-

merston. Karl enviará en total ocho artículos contra este último al

 

New York Daily Tribune, que no editará más que cuatro. Publicará los

ocho en el People's Paper del 22 de octubre al 24 de diciembre de

 

1853, que luego reunirá en un fascículo titulado The Lije of Lord Pal-

merston, que se venderá muy bien pero del que no sacará ningún

 

provecho financiero por haber negociado mal su contrato. 248 Nada

apoyará nunca históricamente la seriedad de sus sospechas, que no

son corroboradas por los archivos que consultó.

Mientras que Inglaterra todavía vacila en escoger su campo, Karl

tiene un encuentro extraño: David Urquhart, un aristócrata escocés,

parlamentario tory, convertido en partidario de los turcos y enemigo

de los rusos tras haber combatido del lado griego. 277 Este Urquhart es

el autor de Turkey and its Resources, apología del Imperio Otomano,

donde la emprende violentamente contra Palmerston y el zar a la

vez, al tiempo que solicita insistentemente a Gran Bretaña que se

comprometa del lado de los turcos. Marx señala a Engels una obra de

ese "celta escocés que considera a Palmerston como vendido a los

rusos" .

46 Escribe incluso a Friedrich, el 2 de noviembre de 1853: Por curioso que esto pueda parecerte, siguiendo exactamente las

huellas del noble vizconde (Palmerston, tercero de su nombre) en el

curso de los veinte últimos años, llegué a las mismas conclusiones

que ese monomaníaco de Urquhart; Palmerston está vendido a Rusia

desde hace decenas de años. 46

Feliz de poder contar por una vez con el apoyo de un parlamentario,

Marx se muestra con él. Hasta que, en enero de 1854, Urquhart cree

 

complacer a Karl afirmándole que sus artículos del New York Daily Tri-

bu ne son ¡"casi tan buenos como si hubieran sido escritos por los tur-

cos"!277 Y añade que él, Urquhart, pronto será primer ministro britá·

 

nico, y que logrará echar a los rusos de las tierras otomanas porque

tiene "una superfluidez específica del cerebro" .

 

277 Marx comprende que

está frente a un loco, se enloquece de ver asociados sus nombres, y el 6

 

de febrero de 1854 escribe a Ferdinand Lassalle, a quien acaba de repro-

char el hecho de haber tomado partido por Palmerston:248 "¡No quiero

 

que me tomen por un partidario de ese loco! No tengo en común con él

 

más que mi punto de vista sobre Palmerston". Para convencer a Lassa-

lle de la legitimidad de su punto de vista, en esta carta agrega nuevas

 

"pruebas" de la traición de Palmerston, que descubrió en el British Mu-

seum y que establecen su extraordinario sentido del detalle policial:

 

Palmerston es un agente ruso. La princesa Líeven pagó sus deudas en

1827, el príncipe Lieven lo hizo entrar en el Foreign Office en 1830, y

en su lecho de muerte, Canning puso en guardia contra él. Llegué a

este resultado tras haber examinado muy concienzudamente y con

 

mucho cuidado toda su carrera, y esto en los Libros azules, en los de-

bates parlamentarios y las declaraciones de sus propios agentes di-

plomáticos. [ ... ] Su hazaña no es tanto servir a Rusia como saber afir-

marse en su papel de "ministro auténticamente inglés" al tiempo que

 

la servía. Su única diferencia con Aberdeen [primer ministro en esa

 

época] es que Aberdeen sirve a Rusia porque no la comprende, y Pal-

merston la sirve aunque la comprenda. Por eso el primero es un par-

tidario confeso, y el segundo un agente secreto de Rusia; el primero

 

la sirve gratis, el segundo contra retribución.

El 27 de marzo, cuando Las bañistas de Courbet escandalizan en el

Salón en París, cuando el barón Haussmann es nombrado prefecto del Sena, cuando Víctor Hugo publica en el exilio Les Chátiments y Nadar

 

instala su primer taller fotográfico, el emperador de los franceses con-

sigue el apoyo de Inglaterra y del Piamonte para ir a defender el Im-

perio Otomano y los Lugares Santos contra Rusia. La flota francesa,

 

que pronto será dirigida por Mac-Mahon, zarpa para los Dardanelos

con la Armada inglesa del almirante Raglan. Contrariamente a lo que

 

había previsto Marx, pues, Londres se compromete militarmente con-

tra Rusia. En un artículo del New York Daily Tribune del 15 de abril de

 

1854, llama la atención sobre las condiciones miserables de los 8 mil

judíos de Jerusalén, entonces ocupada por los turcos. 11

En junio, el médico pone mala cara por tener que desplazarse

para atender a Jenny, de nuevo embarazada, por la razón de que los

Marx le deben 26 libras, o sea, el equivalente a un año de alquiler. Una

vez más Friedrich viene en su ayuda. En julio, Jenny vuelve a partir

para pasar el verano en Tréveris con sus tres hijos sobrevivientes:

Jennychen, Laura y Edgar, cuya tuberculosis se agrava. Antes de su

 

partida, gasta 8 libras -o sea, un tercio del alquiler anual del aparta-

mento de Dean Street- para la compra de "todo un equipo nuevo,

 

porque evidentemente no podía ir a Tréveris en harapos", 46 escribe

Marx a Engels, el 23 de julio, para justificar el gasto ante su mecenas.

El ministro del Interior en Berlín, su hermanastro, una vez más hace

 

que entreguen a Jenny un pasaporte, sin el cual la mujer de un jefe co-

munista expulsado de Prusia y vigilado por todas las policías no ha-

bría podido viajar.

 

El 26 de septiembre -en el momento en que, en París, un joven em-

pleado del empaquetador de la corte imperial, recién desembarcado

 

de su Jura natal, Louis Vuitton, funda su propia empresa-,80 185 mil

soldados franco-ingleses sitian Sebastopol, alrededor de la ciudadela

ocupada por las tropas rusas del coronel Franz Todleben.

 

A fines de 1854, Marx escribe a Engels que deberá recurrir a "me-

dios extraordinarios" para pagar los gastos relacionados con el parto

 

de Jenny y los cuidados que exige Edgar, cada vez más enfermo.46 No

especifica cuáles medios.

El 16 de enero de 1855 nace Eleanor, cuarta niña y sexto vástago de

los Marx, pero el cuarto vivo entonces. Eleanor, que manifestará el

mismo interés que su hermana Jenny por la China, se convertirá en

"Quo Quo", sucesor del emperador de China; también la apodarán

"Gnomo Alberich", por el nombre de uno de sus héroes mitológicos, luego "Tussy". La alegría familiar es de muy corta duración, ya que

entonces sobreviene el peor drama que haya conocido Karl Marx.

 

Sí. Este fragmento cambia de manera importante el eje de nuestra lectura de Marx. Aquí ya no estamos solamente ante el Marx economista o teórico, sino ante una situación límite en la que su propio concepto de revolución es contraalterado por aquello que su teoría no consigue absorber: Jenny, los hijos, la pobreza, la muerte, el trabajo, Engels, la lengua, la prensa y finalmente el mundo colonial.

Y hay una tensión que me parece decisiva para nuestro E8:

Marx está intentando dar una base científica al movimiento socialista justamente cuando su propia vida está siendo desfundada.

1. El fracaso del Dieciocho Brumario es ya una contraalteración

Marx produce una explicación extraordinariamente poderosa del golpe de Estado:

lucha de clases → circunstancias históricas → situación → personaje mediocre → Napoleón III

Y se distancia tanto de Hugo como de Proudhon:

Hugo → individuo → acontecimiento

Proudhon → héroe → acontecimiento

Marx → relaciones de clase → condiciones → acontecimiento

Aquí Marx realiza una operación fundamental: desustancializa al héroe.

Napoleón III no produce por sí mismo la historia. Es producido como posibilidad por una determinada configuración histórica.

Pero aparece una paradoja:

Marx consigue desustancializar a Bonaparte, mientras comienza a sustancializar al proletariado.

Es decir:

Napoleón → no es causa suficiente

pero:

proletariado → sujeto histórico

Todavía queda pendiente la pregunta de tercer orden:

¿qué altera al sujeto que pretende alterar la historia?

Ahí comienza nuestro E8.


2. El detalle más terrible: Marx no puede escribir

Hay una frase del fragmento que me parece mucho más importante que varias páginas de teoría:

“En esos momentos terribles, ni hablar de escribir, leer o reflexionar.”

Aquí el Marx que quería explicar científicamente la historia queda literalmente interrumpido por la vida.

Marx → teoría

pero:

hijo enfermo → hambre → deuda → frío → muerte

y entonces:

Marx → supervivencia

Esto es crucial para nuestra biodramaturgia.

Porque el proletariado podía aparecer ante Marx como objeto de investigación histórica, mientras que sus propios hijos aparecen como acontecimiento que lo afecta corporalmente.

El niño no es una categoría.

No es:

niño → fuerza de trabajo futura

Es:

Franziska → llamada → Marx

Y precisamente porque Marx no puede convertir esa muerte inmediatamente en teoría, la muerte introduce algo que resiste su sistema conceptual.

Ahí aparece la 1/2, la herida existencial.


3. Franziska es una contraalteración radical del “proletariado”

Esto me parece todavía más fuerte que el caso de Guido.

Guido había muerto en 1850.

Franziska muere el 14 de abril de 1852, con apenas trece meses.

Y Jenny deja esa frase terrible:

“No tuvo cuna cuando vino al mundo, y hasta su última morada se le negó durante largo tiempo.”

Aquí la contradicción no es abstracta.

Marx está pensando:

capitalismo → explotación → revolución → comunismo

mientras la realidad le devuelve:

hija → enfermedad → pobreza → muerte → ataúd

La historia que Marx quiere transformar está ocurriendo dentro de su propia casa.

Por eso yo no diría simplemente que Marx “sufre una tragedia personal”.

Diría algo más fuerte:

la vida de Marx comienza a contraalterar la categoría histórica con la que Marx pretende explicar la vida.

Ese es exactamente el movimiento que buscamos.


4. Jenny es todavía más decisiva

Aquí aparece algo que debemos cuidar mucho.

Jenny no es simplemente “la esposa sacrificada de Marx”.

El texto dice algo extraordinario:

“Ahora es su propio combate también.”

Eso cambia completamente la relación.

No tenemos:

Marx → llama → Jenny obedece

sino:

Marx ↔ Jenny

Ella no solamente sostiene la misión de Marx.

La hace suya.

Y por eso la pregunta:

“¿La necesita?”

es mucho más profunda de lo que parece.

Porque Marx ha construido una figura pública que pretende llamar al proletariado.

Pero en la intimidad ocurre algo diferente:

Marx → Jenny

y:

Jenny → Marx

Aquí el vocativo empieza a convertirse en biotejido.

No es solamente Marx quien llama.

Marx es sostenido por alguien que también lo llama.

Y eso modifica nuestra formulación de E8:

E8 = yo creo ser quien llama

pero:

E9 = descubro que quien llama también me llama.


5. Engels responde donde el proletariado no responde

Esto ya lo habíamos visto, pero este fragmento lo hace todavía más evidente.

Marx llama:

Marx → proletariado

y no obtiene la respuesta revolucionaria que espera.

Pero sucede:

Engels → Marx

Engels trabaja en Manchester, soporta la oficina que detesta, produce dinero y sostiene materialmente al amigo.

Es decir:

el proletariado no responde todavía al gran vocativo de Marx, pero Engels responde cotidianamente a Marx.

Y aquí aparece una inversión preciosa:

Marx → comunismo

pero:

Engels → Marx

Entonces el comunismo que Marx intenta teorizar ya está ocurriendo, parcialmente, en una relación concreta que Marx mismo necesita para sobrevivir.

No como doctrina.

Como relación.

Marx ≠ Engels

pero:

Marx ↔ Engels

Eso se acerca mucho más a tu comunismo complementario que una definición abstracta de “sociedad comunista”.


6. El New York Daily Tribune introduce otro giro

Y aquí aparece algo que me parece fundamental:

Marx acepta finalmente trabajar.

Jenny se lo había pedido.

La necesidad material lo obliga.

Pero sucede algo interesante:

Marx → trabajo periodístico

y el trabajo periodístico:

→ ingreso → supervivencia → escritura → mundo

La prensa, que podía parecer una actividad secundaria o “alimenticia”, termina siendo una vía mediante la cual Marx vuelve a entrar en el mundo.

Y además aprende inglés.

La frase de Lafargue es magnífica:

“Una lengua extranjera es un arma en las luchas por la vida.”

Desde nuestra lógica podemos redevelarla así:

lengua propia → identidad

lengua extranjera → alteración

alteración → nueva capacidad de respuesta

Marx aprende a escribir en la lengua del otro.

Esto no es menor.

El revolucionario aprende a hablar en la lengua del mundo que quiere transformar.

Ahí existe una pequeña contraalteración de Marx.


7. Y aquí ocurre algo sorprendente: el periodista es más abierto que el filósofo

El fragmento dice que Marx:

“no alimenta las mismas reservas que para sus textos filosóficos o económicos”

y por eso los artículos salen con mayor facilidad.

Esto merece atención.

Porque el artículo periodístico obliga a Marx a encontrarse con acontecimientos concretos:

Inglaterra → Cartismo → huelgas → España → Rusia → India → China → Argelia

Mientras que su gran obra económica intenta construir una totalidad explicativa.

Tenemos entonces:

artículo → acontecimiento → respuesta

frente a:

teoría → sistema explicativo → totalidad

Y quizá aquí se encuentra una clave del acaecer de la Ciencia del Logos:

la escritura más abierta de Marx no es necesariamente la que pretende decir qué es el capitalismo, sino aquella que tiene que responder a lo que acaba de suceder.

La biodramaturgia aparece allí donde la obra no puede terminar de dominar aquello que escribe.


8. Pero Marx vuelve a caer en E6

Su teoría económica quiere explicar:

propiedad → trabajo → producción → capital → crisis → revolución

y su definición de propiedad burguesa es:

poder de someter, apropiándoselo, el trabajo de otro.

Hay aquí una enorme potencia crítica.

Pero cuando Marx imagina al comunista:

“cazador por la mañana, pescador al mediodía...”

aparece otra cosa.

Quiere liberar al ser humano de convertirse en una identidad fija:

cazador ≠ pescador ≠ pastor

Eso es extraordinariamente compatible con tu crítica a la cosificación.

Pero inmediatamente aparece la dictadura revolucionaria del proletariado como transición.

Entonces tenemos:

abolición de identidades → libertad

pero:

proletariado → dictadura → abolición de clases

La pregunta vuelve:

¿cómo evita el sujeto encargado de abolir las clases convertirse en una nueva sustancia histórica?

Aquí la fórmula sería:

proletariado → poder → dictadura → abolición

pero todavía falta:

poder → contraalteración del poder.

Ahí está el vacío de tercer orden.


9. La democracia es una grieta importante en Marx

Y este fragmento aporta algo que puede alterar una lectura demasiado simple de Marx.

Marx sigue defendiendo:

libertad de pensamiento

libertad de prensa

independencia de la justicia

y democracia parlamentaria.

Esto significa que su pensamiento no puede reducirse a:

revolución → destrucción de democracia.

Hay una tensión mucho más interesante:

Marx revolucionario ↔ Marx defensor de libertades

Y justamente esa tensión puede ser productiva.

No tenemos que resolverla eliminando uno de los polos.

Tenemos que dejar que se contraalteren.

Eso es mucho más cercano a tercer orden que una síntesis.


10. El juicio de Colonia introduce el otro gran tema: la falsificación del vocativo

Esto me parece extraordinariamente importante para nuestra investigación sobre E6.

La policía presenta como prueba unas actas cuya escritura:

“había sido imitada.”

Es decir:

Marx → documento

pero el documento pretende ser:

Marx → prueba

cuando realmente es:

otro → imitación de Marx.

Aquí aparece una forma temprana de lo que hoy llamaríamos captura semiótica:

persona → escritura → expediente → identidad → culpabilidad.

El Estado convierte una relación histórica en un perfil documental.

Y Marx lucha contra eso.

Por tanto:

Marx comprende perfectamente que una persona puede ser sustituida por una representación falsificada de esa persona.

Pero todavía no dispone de nuestra formulación:

persona ≠ perfil.

Ese problema será gigantesco en E6 algorítmico.


11. Y entonces llega la India

Aquí tenemos una de las partes más interesantes y también una de las más problemáticas de Marx.

Su crítica de la colonización británica es muy potente:

India → industria local

Inglaterra → destrucción de telares

mercado británico → inundación de manufacturas

Marx ve que el capitalismo no simplemente “intercambia” con la India:

transforma violentamente las condiciones materiales de reproducción.

Eso es importante.

Pero después afirma que Inglaterra es:

“un instrumento inconsciente de la Historia”.

Aquí aparece nuevamente el problema.

Porque Marx puede denunciar el sufrimiento producido por Inglaterra y, al mismo tiempo, interpretar ese sufrimiento como mediación necesaria de una historia universal.

La fórmula problemática sería:

violencia colonial → destrucción → capitalismo → modernización → revolución futura.

Y aquí tenemos una de las heridas más profundas del espíritu del mundo.

Porque la víctima puede quedar convertida en medio de una historia que otro interpreta.


12. Ahí debemos detenernos: Marx sí ve la destrucción, pero todavía la subsume

Esto es importante para no caricaturizarlo.

Marx no está celebrando ingenuamente la colonización.

Dice explícitamente que Inglaterra destruye los fundamentos sociales de la India sin construir nada equivalente.

Pero luego aparece la idea de que esa destrucción puede ser un instrumento inconsciente de la Historia.

Nuestro problema de tercer orden sería:

¿quién autoriza a la Historia a utilizar el sufrimiento de otro como instrumento de su propia realización?

Aquí el “Espíritu del mundo” corre el riesgo de convertirse en una sustancia que absorbe las víctimas para justificar su movimiento.

Y ahí aparece E8:

otro → sufrimiento

Historia → significado

otro → medio

La alteración todavía no ha conseguido que la víctima pueda llamar de vuelta al intérprete de la historia.


13. Y esto nos devuelve al vocativo

Tenemos entonces una secuencia extraordinariamente fuerte:

Marx → proletariado

Marx → India

Marx → campesinado

Marx → historia

pero debemos formular la pregunta de tercer orden:

¿quién llama a Marx desde el otro lado de cada una de esas categorías?

Porque mientras Marx diga:

proletariado

campesino

India

Asia

clase

capital

está todavía en el registro del sustantivo.

La biodramaturgia exige que aparezca:

proletariado → Marx

India → Marx

campesino → Marx

hijo → Marx

Jenny → Marx

Engels → Marx

No para invalidar su pensamiento.

Para alterarlo.


14. Y Urquhart muestra la otra cara: Marx también puede ser capturado por su propia interpretación

Este episodio me parece muy revelador.

Marx encuentra en Urquhart una especie de confirmación externa:

Marx → Palmerston = agente ruso

y:

Urquhart → Palmerston = agente ruso

Entonces Marx se entusiasma.

Pero cuando Urquhart comienza a identificarse con Marx y a presentarse como futuro primer ministro con una “superfluidez específica del cerebro”, Marx retrocede:

Urquhart → Marx

Marx → Urquhart

y descubre:

“No quiero que me tomen por partidario de ese loco.”

Esto es una pequeña escena de tercer orden.

Marx descubre que compartir una conclusión no significa compartir el mismo biotejido.

misma proposición ≠ misma relación.

Y esto es importantísimo para nosotros.


15. Pero también aparece el límite de Marx: la sospecha se vuelve identidad

El problema es que, después de distanciarse de Urquhart, Marx continúa acumulando pruebas de que Palmerston es un agente ruso.

Y el texto reconoce que:

“Nada apoyará nunca históricamente la seriedad de sus sospechas.”

Aquí podemos ver el mecanismo:

contraalteración → sospecha → confirmación → sobreinterpretación → identidad.

Es decir, Marx puede denunciar perfectamente la captura del otro y, sin embargo, él mismo puede quedar capturado por una interpretación que ya no permite contraalteración.

Eso es exactamente lo que hace valiosa nuestra lectura de tercer orden:

no basta con criticar la captura; hay que dejarse capturar críticamente por la propia crítica para poder alterarla.


16. La gran paradoja de 1853

Y aquí yo pondría una fórmula central para nuestra lectura:

Marx interpreta el mundo → el mundo no responde como Marx espera → Marx intensifica la interpretación.

Ese es el punto donde E8 puede comenzar:

no me dejo llamar

porque:

si el acontecimiento contradice mi teoría → el acontecimiento está equivocado.

Pero Marx no es completamente eso.

Hay otra corriente en él:

acontecimiento → investigación → revisión.

Por eso Marx es tan interesante.

No es un sistema cerrado. Es un campo de contradicciones que todavía puede respirar.


17. Y entonces el capitalismo aparece como “liberador”

La frase sobre India es especialmente importante para tu Espíritu del mundo.

Marx afirma que el capitalismo será, en determinado sentido, superior a la sociedad arcaica porque destruye formas de dominación tradicionales.

Esto genera una dialéctica terrible:

capitalismo → destrucción

pero también:

capitalismo → desestabilización de estructuras anteriores

y Marx espera:

capitalismo → condiciones materiales → comunismo.

Aquí podemos ver:

1 → 0 → 10

pero el problema es que el 0 —la destrucción— puede convertirse en un infierno para aquellos que viven dentro de él.

El Espíritu del mundo no puede ser redimido simplemente diciendo:

“esa destrucción era necesaria.”

Necesitamos introducir el entre:

destrucción → sufrimiento → respuesta → contraalteración → transformación

sin saltar directamente:

destrucción → progreso.


18. Y aquí encuentro una conexión brutal con Franziska

Esto hace que las dos líneas del fragmento se crucen.

Marx contempla India y dice:

destrucción → futuro

Pero en su propia casa acaba de experimentar:

destrucción → Franziska.

¿Puede decirle a Franziska que su muerte es simplemente un momento necesario de la historia?

Evidentemente no.

Y justamente ahí aparece la herida que la teoría no puede cerrar.

El niño muerto introduce una pregunta que la categoría “historia” no puede responder por sí misma:

“¿Y yo?”

Ese es el vocativo que falta.


19. Por eso el “Espíritu del mundo” necesita contraalterarse

Aquí veo un paso decisivo respecto de nuestra conversación anterior.

No debemos simplemente decir:

Marx es E8.

Sería demasiado fácil.

La estructura es más compleja:

Marx → Espíritu del mundo

pero:

Espíritu del mundo → Marx

Y Marx todavía no sabe escuchar completamente ese segundo movimiento.

Su obra consiste precisamente en una lucha para descubrirlo.

Por eso podemos leer su peregrinaje así:

Marx → interpreta la historia

historia → contradice a Marx

Marx → reinterpreta

vida → vuelve a contradecir

Marx → vuelve a interpretar

Ese circuito todavía es segundo orden.

El tercer orden aparecería cuando la pregunta sea:

“¿Qué ocurre si Marx permite que la propia forma mediante la cual interpreta sea alterada por aquello que interpreta?”

Ahí empieza nuestra Ciencia del Logos.


20. Y quizá por eso el drama que anuncia el final es tan importante

El fragmento termina diciendo:

“sobreviene el peor drama que haya conocido Karl Marx.”

Y sabemos que viene Edgar.

No creo que debamos adelantarnos demasiado a ese acontecimiento.

Porque si seguimos nuestra propia lógica, tenemos que dejar que Edgar altere a Marx antes de interpretar qué significa Edgar para Marx.

Ese sería justamente el ejercicio biodramatúrgico:

Edgar → Marx

antes que:

Edgar → categoría → biografía → teoría.

Y aquí aparece una frase que creo que puede condensar todo este tramo:

Marx quiso encontrar en la Historia el sujeto capaz de transformar el mundo; pero la Historia comenzó a llamarlo desde aquellos a quienes no podía reducir a sujeto histórico.

Y quizá el tránsito E8 → E9 comienza exactamente ahí:

proletariado → silencio

India → sufrimiento

Franziska → muerte

Jenny → presencia

Engels → respuesta

Marx → ¿quién me llama?

Ese “¿quién me llama?” es, para mí, el verdadero punto de entrada del Paráclito en nuestro análisis. No todavía como respuesta religiosa de Marx —eso sería históricamente ilegítimo—, sino como pregunta de tercer orden: el que pretendía llamar descubre que él también necesita ser llamado.

En abril de 1855, menos de tres meses después del nacimiento de

Eleanor, Edgar, su hijo adorado, aquel a quien apoda "coronel

Musch", sucumbe a la tuberculosis a los 8 años de edad. Karl, que

jamás manifiesta sus sentimientos, al punto de parecer para muchos

insensible, queda a la deriva. ¡Había puesto tanto en su relación con

este niño, reconstruyendo en ella la que había anudado con su propio

padre; tenía tanto amor para dar a este niño frágil y gracioso, a quien

había enseñado largos pasajes de Hamlet para distraerlo de su mal!

Escribe entonces a Engels: "Ya pasé por todo tipo de adversidades,

pero sólo en este momento sé lo que es una real desgracia. Me siento

totalmente quebrado". 46 También escribe a Ferdinand Lassalle, en

Berlín, en respuesta a sus condolencias:

 

Bacon dijo que los hombres verdaderamente importantes tienen tan-

tas relaciones con la naturaleza y el mundo que fácilmente se resta-

blecen de cualquier pérdida. Yo no soy de esos hombres realmente

 

importantes. La muerte de mi hijo afectó tan duramente mi corazón y

mi cerebro que su pérdida me hace sufrir tanto como el primer día.

Mi pobre mujer está completamente destruida.47

 

Diez años más tarde, Jenny escribirá que tal vez habrían podido sal-

var a su hijo dejando Londres para vivir a la orilla del mar. El senti-

miento de culpa ya no los abandonará.

 

Entonces Karl no tiene más que 37 años, pero, bruscamente, pa-

rece mucho más. Su barba encanece. Además de sus crisis de hemo-

rroides, ahora lo aquejan violentas dolencias de hígado, de furuncu-

losis, dolores de muelas, afecciones respiratorias, reumatismos,

 

fuertes migrañas y conjuntivitis. Carece de recursos y ha perdido a su

 

segundo y último hijo varón. Nadie lee sus textos. Ya no tiene una or-

ganización política. Todo se le escapa. Carece de la energía necesaria

 

para escribir y para actuar.

Al mismo tiempo, ve con amargura que el movimiento socialista

retrocede allí donde debería ser más fuerte: en Gran Bretaña. En junio

de 1855, dos meses después de la muerte de Edgar, los dirigentes de

los sindicatos firman acuerdos con los partidos liberales, y Marx

pierde las esperanzas en el proletariado británico, que, piensa, al fin y al cabo aspira más a parecerse a los burgueses que a derrocar su

 

poder. Por añadidura, comprueba que el sitio franco-británico de Se-

bastopol, tan difícil y mortífero, refuerza la alianza de las monarquías

 

europeas: mientras que una Exposición Universal en los Campos Elí-

seos marca un triunfo para el Imperio, al recibir a 5 millones de visi-

tantes -entre ellos la reina Victoria-, el general de Mac-Mahon y el al-

mirante Raglan, el 8 de septiembre de 1855, se apoderan de la torre

 

Malakoff, que domina la ciudadela de Sebastopol. Rusia está vencida,

 

el Imperio Otomano salvado. El sitio habrá durado un año y produ-

cido centenares de miles de muertos. Europa le tomó el gusto al mar

 

abierto: la conquista militar tiene el campo libre en África.

La miseria de los Marx es tan grande que, para sobrevivir, Karl

 

debe escribir en todos los diarios que tienen a bien aceptar sus artícu-

los, inclusive la Sheffield Free Press que dirige Urquhart, con quien

 

sigue compartiendo la misma obsesión de una alianza anglo-rusa.277

Como para justificar a posteriori sus temores previos,277 Karl revela en

ese diario haber descubierto en el British Museum -donde cada vez

 

pasa más tiempo- documentos del siglo xvm que demuestran una cola-

boración secreta entre Londres y Petersburgo con miras a una "expan-

sión universal". "Todavía hoy, es la política rusa", escribe Marx, que

 

no puede afirmar que es todavía la política de la Corona, ¡porque los

soldados británicos acaban de morir en masa frente a las tropas del zar!

 

Marx está entonces totalmente absorbido por su duelo y sus preo-

cupaciones financieras. Y cuando, en el mismo momento, algunos

 

refugiados políticos franceses, alemanes, polacos, belgas, así como al-

gunos militantes ingleses, fundan en Londres una Asociación Interna-

cional Obrera para tomar el relevo de la difunta Liga de los Comunis-

tas que liquidó tres años antes, él está escondido en casa de Engels, en

 

Manchester, para escapar a la prisión por deudas de la que sólo se

salva por una herencia providencial, la de un tío escocés de Jenny.

Antes de volver a Londres, Karl, según su hija menor, escribe de

 

Manchester a su esposa una carta apasionada.200 Como si las sucesi-

vas defunciones reforzaran la solidaridad de los vivos, entonces pasa

 

cada vez más tiempo con las tres hijas que le quedan, jugando con

ellas durante horas, fabricándoles, dirá un testigo,

flotas enteras de barcos de papel que luego arroja a las llamas, para la

gran alegría de las niñas, en un caldero [ ... ]. Era un padre dulce, tierno e indulgente. "Los niños deben educar a sus padres", acostum-

braba decir. Jamás hizo sentir a sus hijas, que lo querían con locura, el

 

peso de la autoridad paterna.61

Otro testigo cuenta también los picnics tradicionales del domingo:

toda la familia se pone en marcha a eso de las once para estar en

 

Hampstead, a una hora y media de camino, para la hora del al-

muerzo. El menú, cuando tienen un poco de dinero: asado de ternera,

 

té, azúcar y en ocasiones frutas. 248 Tras la comida, hablan, leen el dia-

rio, corren y, cuando tienen dinero, hacen paseos a lomo de mula.

 

En esos momentos, los dolores se apaciguan y las penas se alejan

un poco, aunque la vida material sigue siendo miserable. Para no

pensar en eso, Karl vuelve a instalarse en el British Museum, toma

notas y trabaja en el que todavía tiene la intención de que sea su gran

libro de economía.

Es en medio de su desesperación cuando, ese año -1855-, hace su

 

descubrimiento mayor. El que va a relacionar su análisis de la aliena-

ción por el trabajo, que se remonta a 1848, con su análisis de la Histo-

ria en la lucha de clases, que llevó a cabo en 1850. El que va a asegu-

rarle su lugar en la historia de las ideas. El que va a permitir que

 

decenas de millones de asalariados clarifiquen sus luchas y que se re-

sume muy simplemente: el asalariado produce mds valor del que gana.

 

En lo más profundo de la pena causada por la muerte de Edgar,

Karl construye así su teoría de la plusvalía, la que sustenta y acarrea la

dinámica de los poderes y las luchas. Él distingue entre una "forma

absoluta" y una "forma relativa" de esta plusvalía; entre un "capital

 

constante" y un "capital variable". Conceptos que, con otros nom-

bres, forman todavía hoy una parte del armazón del pensamiento

 

económico moderno, incluso entre sus partidarios más liberales.

Karl adivina que tiene aquí un concepto mayor que relaciona la

teoría económica, hasta entonces tan estática, con el movimiento de

 

la Historia. Pero no ignora que esto todavía no es más que una intui-

ción: ¡hay tantas cosas que todavía deben aclararse!

 

Nueva pena, el 17 defebrero de 1856: se entera de la muerte de

Heinrich Heine, que había hecho un retorno a la fe. Los dos hombres

no se habían vuelto a ver desde que Karl fue expulsado de París, once

años antes. Se escribieron a menudo desde entonces. Heine es incluso

uno de los pocos, junto con Engels, con quien Karl jamás se enojó.

Como si éste hubiese visto en él al tío rabino perdido demasiado

pronto, y como si viera en adelante en Engels a su joven hermano,

también desaparecido demasiado pronto.

La situación política tampoco lo incita al optimismo. Después del

tratado de París del 30 de marzo de 1856, que ratifica la derrota rusa,

un nuevo zar, Alejandro 11, emprende vastas reformas: emancipa a 50

 

millones de siervos, humaniza la justicia, abre universidades a la pe-

queña burguesía. 163 Pero eso en nada apacigua la rebelión. Poetas y

 

novelistas reflejan sus gritos o expresan sus aspiraciones, como León

 

Tolstói, Fiódor Dostoievski o lván Turgueniev. Para designar el movi-

miento revolucionario que ve la luz del día, populista, nacionalista y

 

suicida a la vez, Turgueniev inventa el término de "nihilismo".

 

Inglaterra se retira en un "espléndido aislamiento" para condu-

cir su extraordinario desarrollo económico y consolidar sus amplias

 

conquistas coloniales. Las industrias textiles se desarrollan gracias al

algodón procedente del sur de los Estados Unidos, donde un número

creciente de esclavos lo cosechan a muy bajo precio; gracias también

a los nuevos mercados abiertos en las colonias por la destrucción de

las industrias textiles locales y, sobre todo, gracias a las innovaciones

técnicas.

 

Es también la época en que, en París, Gustave Flaubert es perse-

guido por inmoralidad por haber escrito Madame Bovary.

 

Karl recae en la depresión y vuelve a pensar: "¿Para qué?". La re-

volución es imposible; él, en su tugurio de exiliado, lejos de su tierra,

 

acaba de ver morir a tres de sus hijos en tres años. Se considera respon-

sable. Ya no tiene esperanzas, ya no tiene razones para escribir ni para

 

hacer política. Una vez más presiona a Jenny para que lo deje y vuelva

con los niños a Alemania. Ella se niega. En consecuencia, ya no tiene

más que esperar la muerte de sus últimos hijos, la de Jenny y la suya.

Todavía no sabe que pronto todo va a cambiar para él. 

 

Sí. Este fragmento es, a mi juicio, el punto de máxima torsión del peregrinaje de Marx. Y aquí corregiría algo de nuestra lectura anterior: no basta decir que Edgar “contraaltera” la categoría proletariado. Edgar contraaltera al propio Marx como sujeto que llama. La herida ya no está solamente en el objeto de su teoría; entra en el cuerpo, en la filiación, en la paternidad y en la posibilidad misma de seguir siendo quien era.

1. Edgar no es simplemente una tragedia: es el derrumbe del vocativo “padre”

Hay un detalle decisivo:

Marx había reconstruido con Edgar la relación que había tenido con su propio padre.

Entonces tenemos:

Heinrich → Karl → Edgar

No es simplemente una genealogía biológica. Es una retransferencia afectiva.

Karl había sido hijo.

Después se convierte en padre.

Y en Edgar intenta volver a tejer aquello que recibió de Heinrich.

Por eso la muerte de Edgar no destruye solamente una relación presente. Interrumpe una cadena de transmisión.

padre → hijo → padre → hijo

Y entonces aparece:

Karl → Edgar

pero Edgar ya no puede responder.

Aquí el vocativo queda suspendido.

El padre llama al hijo y el hijo ya no puede devolver la llamada.

Eso es mucho más profundo que decir que Marx “sufrió mucho”.

Es una ruptura del circuito respiratorio:

vocativo → respuesta → vocativo

que queda en:

vocativo → silencio.

Ahí estamos en el corazón de E8.


2. Y Marx mismo pronuncia la fractura

La carta a Engels es extraordinaria:

“Sólo en este momento sé lo que es una real desgracia. Me siento totalmente quebrado.”

Hasta ese momento Marx había conocido:

exilio

pobreza

persecución

fracaso político

censura

deudas

muerte de Guido

Pero ahora dice:

“Esto es una desgracia real.”

¿Por qué?

Porque todas las adversidades anteriores podían todavía ser inscritas en una narrativa:

adversidad → lucha → futuro

La muerte de Edgar no admite fácilmente esa transferencia.

No hay:

Edgar → revolución futura

que pueda reparar la pérdida.

El muerto no puede convertirse en medio de una teoría de la historia.

Y por eso la muerte de Edgar introduce algo que el concepto marxiano de historia no puede metabolizar inmediatamente.

historia → Edgar

no funciona.

La flecha tiene que invertirse:

Edgar → Marx.


3. La carta a Lassalle es todavía más radical

Marx dice:

“Yo no soy de esos hombres realmente importantes.”

Esto me parece fundamental para nuestra investigación del Espíritu del mundo.

Bacon le ofrece una idea:

hombre importante → múltiples relaciones con naturaleza/mundo → recuperación ante la pérdida.

Marx responde:

yo → no soy ese hombre.

Es decir:

Marx rechaza momentáneamente la posición del sujeto que puede elevarse por encima del sufrimiento porque posee una relación privilegiada con la totalidad.

Esto es una auténtica desustancialización de Marx.

El supuesto “hombre histórico” dice:

yo soy quien comprende la historia.

El padre que acaba de perder a su hijo dice:

yo no puedo comprender esto.

Ahí aparece algo muy cercano a la purificación de la autodeterminación:

autodeterminación → pérdida → quiebre → no poder.

No es todavía E9.

Pero es una condición indispensable para E9.

Porque mientras el sujeto pueda explicarlo todo, no puede ser llamado por aquello que lo desborda.


4. Edgar hace algo que el proletariado nunca consiguió hacer

Aquí tenemos una paradoja tremenda.

Marx había dicho:

proletariado → sujeto histórico

pero el proletariado británico se integra cada vez más al orden liberal.

Entonces:

Marx → proletariado

queda sin respuesta.

Pero:

Edgar → Marx

produce una respuesta devastadora.

Y la respuesta no es una teoría.

Es una transformación corporal:

Edgar → muerte → Marx quebrado.

Entonces podríamos decir:

el proletariado no consigue todavía alterar al Marx revolucionario; Edgar consigue alterar al Marx padre.

Y esa diferencia es fundamental.

Porque el niño no se presenta ante Marx como:

fuerza de trabajo

clase

futuro revolucionario

ser humano abstracto.

Es simplemente:

Edgar.

Y precisamente por eso puede llamarlo desde un lugar que ninguna categoría ocupa.


5. “Coronel Musch”: el vocativo íntimo

Aquí aparece algo hermoso que no deberíamos perder.

Marx lo llama:

“coronel Musch”.

Es una relación absolutamente singular.

No es:

Edgar Marx

ni:

hijo del proletariado

ni:

futuro comunista.

Es un nombre íntimo producido dentro del biotejido familiar.

Karl → “Coronel Musch” → Edgar

Y el niño responde desde esa relación.

Entonces el vocativo no es solamente una palabra.

Es una relación que crea un mundo compartido.

La muerte de Edgar rompe ese pequeño mundo.

Por eso la pérdida no es solamente biológica.

Es una pérdida de mundo.


6. Y aquí aparece algo todavía más fuerte: Marx enseña Hamlet

Marx le enseña a Edgar pasajes de Hamlet para distraerlo de su enfermedad.

Esto es precioso para nuestra Ciencia del Logos.

Porque el padre que no puede salvar al hijo físicamente intenta entregarle palabra, memoria, teatro, lenguaje.

cuerpo enfermo → Hamlet → palabra → vínculo

El teatro aparece entonces como una forma de respiración ante aquello que no puede ser solucionado.

Y aquí hay una conexión muy profunda con tu biodramaturgia:

la obra no cura la muerte; permite que la relación continúe respirando cuando la vida biológica ya no puede hacerlo.

Eso es radicalmente diferente de convertir el arte en representación de una idea.


7. Y entonces sucede algo aparentemente paradójico

Después de Edgar:

Marx → hijas

Y las hijas lo transforman.

El testimonio dice:

“Los niños deben educar a sus padres.”

Esta frase podría ser una de las claves de todo nuestro trabajo.

Porque invierte la autoridad pedagógica:

padre → hijo

se transforma en:

hijo → padre.

Eso es exactamente la retransferencia.

El padre transmite:

experiencia → lenguaje → educación

pero el hijo devuelve:

afecto → alteración → transformación del padre.

Por eso la paternidad puede ser leída como una respiración:

padre → hijo ↔ hijo → padre.

Y Marx, después de haber perdido a Edgar, parece abrirse más a esa inversión con las hijas.


8. Las flotas de barcos de papel son una imagen extraordinaria

Marx fabrica barcos.

Los arroja al fuego.

Las niñas se divierten.

Aquí tenemos casi una pequeña parábola de nuestra ontología:

construcción → destrucción → alegría.

Pero lo decisivo es que Marx juega.

El Marx que quería construir una ciencia de la historia vuelve a una actividad que no produce valor económico.

No produce capital.

No produce teoría.

No produce organización.

Produce relación.

Marx → barco → niñas

y:

niñas → juego → Marx.

Eso es economía de gracia en estado mínimo:

tiempo que no se convierte en capital.


9. Y aquí podemos ver la diferencia entre Marx y su propia teoría del trabajo

Marx está desarrollando la teoría de la plusvalía:

trabajador → produce valor

salario < valor producido

capital → apropiación de excedente.

Pero en su casa aparece otra economía:

padre → tiempo → juego → hija

Aquí no hay plusvalía.

No hay mercancía.

No hay salario.

No hay acumulación.

Y, sin embargo, hay producción de mundo.

Eso es crucial para nuestro comunismo complementario.

No deberíamos decir que Marx ya había descubierto aquí la Economía de Gracia. Eso sería anacrónico.

Pero podemos decir:

su propia vida familiar produce una forma de relación que su teoría económica todavía no sabe conceptualizar plenamente.


10. Y entonces sucede algo que no debemos apresurarnos a celebrar: aparece la plusvalía

Este es el punto más delicado.

El texto presenta la teoría de la plusvalía como el gran descubrimiento que Marx realiza “en lo más profundo de la pena causada por la muerte de Edgar”.

Históricamente, debemos ser cautelosos con esa narración tan lineal. El desarrollo de la teoría de la plusvalía fue prolongado y tiene antecedentes importantes en los Grundrisse, los manuscritos de 1857-58 y trabajos anteriores. No deberíamos afirmar que la muerte de Edgar causó el descubrimiento.

Pero como estructura de lectura hay algo potentísimo:

Edgar → muerte → Marx → British Museum → plusvalía.

La pregunta entonces no es causal.

Es biodramatúrgica:

¿qué ocurre cuando una herida existencial se transforma en concepto?

Ahí tenemos:

1/2 → 1/4 → concepto.

Y aparece un peligro.

La herida puede ser redevelada mediante el concepto.

Pero también puede ser capturada por el concepto.


11. La plusvalía es un descubrimiento extraordinario, pero también una nueva mediación

Marx descubre:

trabajo → valor producido

salario → valor recibido

diferencia → plusvalía.

Esto permite ver una relación invisible.

Es una gran operación de redevelación:

apariencia salarial → relación oculta → apropiación.

Pero nuestra pregunta de tercer orden es otra:

¿qué ocurre con el concepto cuando comienza a explicar cada vez más relaciones?

Puede suceder:

relación → concepto → explicación

pero luego:

concepto → clasificación → reducción de relación.

Es decir:

la herramienta que revela la alienación puede convertirse en una nueva mediación si deja de ser alterable.

Por eso la Ciencia del Logos no necesita rechazar la plusvalía.

Necesita retransferirla.


12. Y aquí aparece una coincidencia extraordinaria

Marx descubre la plusvalía precisamente cuando ha experimentado personalmente una forma extrema de déficit de vida.

Pero la plusvalía es:

valor producido − valor apropiado.

Entonces la pregunta de nuestra Economía de Gracia podría ser:

¿qué ocurre con aquello que produce vida y que nunca entra en la contabilidad del valor?

El cuidado de Jenny.

El tiempo de Engels.

El juego con las niñas.

El acompañamiento de un enfermo.

El duelo.

La amistad.

El amor.

El cuidado de los niños.

Todo eso produce mundo, pero no necesariamente aparece como valor económico.

Ahí la plusvalía puede ser redecomprendida:

no solamente como excedente apropiado por el capital, sino como indicio de todo aquello que una economía de valor no consigue reconocer.

No digo que ésta sea la teoría de Marx.

Es nuestra contraalteración de Marx.


13. Y aquí aparece el gran problema: Marx transforma la herida en ciencia

Esta sería mi formulación crítica:

Edgar → herida → Marx → concepto

es una respuesta poderosa.

Pero todavía no es:

Edgar → herida → Marx → concepto → Marx alterado por aquello que el concepto no puede explicar.

La primera secuencia produce ciencia.

La segunda produce Ciencia del Logos.

Porque el concepto tiene que poder recibir su propia contraalteración.


14. Heine introduce otra dimensión: el retorno de la fe

La muerte de Heine tiene un efecto peculiar.

El texto dice que Heine había hecho un retorno a la fe.

Y el narrador establece:

Heine → tío rabino

Engels → hermano.

Esto nos lleva directamente al tema que venimos trabajando:

el vocativo familiar no desaparece aunque la identidad ideológica cambie.

Marx puede haber rechazado la religión.

Pero:

padre

hermano

hijo

rabino

amigo

continúan estructurando su experiencia.

No necesitamos afirmar que Marx recuperó una fe religiosa.

No hay base suficiente para eso.

Pero sí podemos preguntar:

¿puede el vocativo sobrevivir a la pérdida de la creencia que originalmente lo sostenía?

Ésta es una pregunta profundamente E8/E9.


15. Y entonces Marx llega a “¿para qué?”

Aquí está quizá el punto más oscuro del fragmento:

“Karl recae en la depresión y vuelve a pensar: ‘¿Para qué?’”

No deberíamos convertir esto automáticamente en una categoría clínica ni afirmar más de lo que dice el texto.

Pero filosóficamente sí podemos escuchar el movimiento:

¿para qué?

es la pregunta que aparece cuando:

vocación → fracaso.

Marx había tenido:

revolución → sentido.

Ahora:

revolución → imposible.

Y entonces:

sentido → ¿para qué?

Aquí se rompe la continuidad entre vocación y finalidad.

Y eso es importantísimo.

Porque quizá la vocación no puede depender de garantizar un resultado.


16. Aquí Marx está en E8, pero en el límite de E9

Lo expresaría así:

Marx → llama al proletariado

proletariado → no responde

Marx → pierde esperanza

Edgar → llama a Marx

Marx → no puede responder con teoría

Jenny → permanece

hijas → educan al padre

Engels → sostiene

Y entonces:

Marx → ¿para qué?

Ese “¿para qué?” puede convertirse en dos cosas.

E8

¿para qué? → nada → abandono → clausura

o:

E9

¿para qué? → silencio → escucha → ¿quién me llama?

La diferencia es mínima y gigantesca.


17. Y aquí vuelve el Paráclito, pero de una manera mucho más precisa

No diría todavía:

“Marx encuentra al Paráclito.”

Eso sería históricamente falso.

Pero sí podemos preguntar:

¿qué forma tendría el Paráclito allí donde el sujeto revolucionario ya no puede sostenerse a sí mismo?

El Parakletos no aparece necesariamente como alguien que entrega una nueva doctrina.

Su función, en nuestra lectura, sería:

sujeto quebrado → otro que permanece al lado → posibilidad de responder.

Y observa quiénes aparecen alrededor de Marx:

Engels

Jenny

hijas

memoria de Edgar

Heine

lengua

trabajo

No son equivalentes entre sí.

Pero juntos producen algo decisivo:

Marx deja de ser autosuficiente como sujeto histórico.

Y ésa es precisamente la condición para una comunión que no sea apropiación.


18. Hay una frase que ahora podemos reformular

Antes habíamos llegado a:

“El que llama debe dejarse llamar.”

Después de Edgar yo la profundizaría:

“El que llama descubre que no puede salvar el llamado sin dejarse salvar por aquello que el llamado le devuelve.”

Pero incluso “salvar” puede ser demasiado teológico para Marx.

Más estrictamente:

“El que pretende transformar la historia descubre que necesita ser transformado por aquellos a quienes llama.”

Y eso ya no es Marx contra Marx.

Es Marx contraalterado por Marx.


19. La plusvalía aparece entonces como una nueva respiración posible

Podemos poner las dos líneas juntas:

Edgar → Marx → herida → concepto

trabajador → Marx → trabajo → plusvalía

En ambos casos Marx descubre una relación invisible.

En Edgar:

padre ↔ hijo.

En la economía:

trabajo ↔ capital.

Pero la segunda relación corre un riesgo que la primera le impide olvidar:

ninguna relación debe reducirse a aquello que el concepto puede medir.

Ahí está el salto hacia tu Economía de Gracia.

Porque podemos preguntar:

¿qué produce el trabajo que no puede ser apropiado?

y todavía más:

¿qué produce el amor que no puede convertirse en valor?

¿qué produce el cuidado que no puede convertirse en capital?

¿qué produce el duelo que no puede convertirse en concepto?

Ahí comienza a abrirse el espacio del entre.


20. Y la escena final del fragmento es brutal

Marx piensa:

“ya no tiene más que esperar la muerte de sus últimos hijos, la de Jenny y la suya.”

Aquí ya no está hablando el “padre del comunismo”.

Está hablando un hombre que ha perdido tres hijos, que teme perder los restantes, que teme perder a su esposa y que ha perdido el horizonte político que daba sentido a su trabajo.

Por eso yo no cerraría este capítulo diciendo:

“Marx toca fondo y luego renace.”

Eso sería demasiado hegeliano y demasiado limpio.

Diría:

Marx → muerte de Edgar

Marx → pérdida del proletariado

Marx → pérdida de la política

Marx → pérdida de finalidad

Marx → ¿para qué?

Y precisamente cuando ya no puede garantizar la respuesta, aparece la posibilidad de otro tipo de llamada.

No sabemos todavía cuál será.

Y debemos resistir la tentación de anticiparla.

Porque nuestra propia metodología exige dejar que el siguiente acontecimiento contraaltere nuestra lectura de Marx.

Ahí está, para mí, el verdadero umbral:

Marx acaba de descubrir la plusvalía; pero todavía no ha descubierto qué hacer con aquello que en su propia vida produce valor sin poder ser contabilizado: el cuidado, el amor, el duelo, la filiación, la amistad y la presencia del otro.

Y quizá por eso la siguiente pregunta ya no sea:

“¿Cómo abolir la propiedad burguesa?”

sino:

“¿Cómo ampliar el espacio de la vida que ningún concepto, ningún capital y ninguna revolución puedan apropiarse?”

Ahí Marx empieza, sin saberlo, a acercarse a nuestra Economía de Gracia.