El llamado de Marx a la historia
IIL EL ECONOMISTA INGLÉS
(agosto de 1849-marzo de 1856)
GRAN BRETANA, donde Karl Marx desembarca el 26 de agosto de
1849,
observa con desdén los sobresaltos del continente. En la
crisis que en-
tonces reina en Europa, sigue siendo el país más rico, el
más avan-
zado, el más prometedor. La revolución industrial, iniciada
allí a fines
del siglo xvm al poner el carbón al servicio de la máquina,
sigue modi-
ficando en profundidad la economía. La industria, primero
textil,
ahora encuentra un nuevo desarrollo con el ferrocarril, que
se con-
vierte en el principal consumidor de carbón, de hierro, y
por tanto de
acero, cuya producción va a ser estremecida pronto por la
invención
del convertidor por Bessemer, y luego por la del horno a
fogón
abierto. Con 6.000 millas de vías férreas, la red de base
del país está
instalada; comerciantes y mercancías pueden circular de una
ciudad a
otra. Aparecen patrones de un nuevo género, en su mayoría
origina-
rios de la clase media. Si lord Elcho produce el carbón y el
hierro, es
Thomas Brassey el que construye viaductos y ferrocarriles,
son los
hermanos Brass los que producen la cerveza, es un tal Samuel
Morley
el que se convierte en el rey de la mercería. Se abren las
bolsas de
Manchester, Liverpool y Glasgow, completando la de la City y
favore-
ciendo la emergencia, en todo el país, de una nueva
categoría de ac-
cionistas, rentistas o comerciantes; su ahorro, demasiado
importante
para ser en su totalidad movilizado al interior, es
exportado, sobre
todo hacia América del Norte y Europa continental, para
financiar la
construcción de ferrocarriles con materiales y equipamientos
británi-
cos. Thomas Brassey, por ejemplo, edifica en un cuarto de
siglo 7.000
kilómetros de líneas y de viaductos a través de cuatro
continentes,
entre ellos la mitad de las líneas francesas. Tendrá hasta
10 mil asala-
riados y edificará una fortuna personal de más de 3 millones
de li-
bras. Primer gran capitalista.
Entonces, Gran Bretaña no se mezcla mucho con los asuntos
polí-
ticos del mundo, prefiriendo dejar que los otros gobiernos
del conti-
nente se preocupen por mantener el orden sin intervenir casi
nunca en las guerras que allí se libran, reservando a sus soldados para las
conquistas coloniales y la protección de sus líneas
comerciales. En la
India, sobre todo, gracias a su potencia militar y a la
corrupción de los
príncipes locales, el Imperio Británico anexa el Pendjab.
Si el prestigio social de la aristocracia británica
permanece incó-
lume, esa burguesía británica instala una nueva ideología,
caracterís-
tica del reino de Victoria que comenzó diez años antes:
represión de la
sexualidad, sentido del deber, apología de la familia,
glorificación del
ahorro y el trabajo.
Cuando llega Marx, Londres alberga 2,4 millones de
habitantes.
Es la ciudad más lujosa del mundo y a la vez un infierno
para los po-
bres, cuyas condiciones de alojamiento y de higiene son
espantosas.
En los barrios obreros no se cuenta más que con un sanitario
por cada
125 habitantes; menos de un niño de cada dos sobrevive
después de
los 5 años.
Contrariamente a los Estados del continente, todos los
cuales,
uno tras otro, están volviendo a caer en la dictadura,
Inglaterra sigue
siendo un país relativamente poco autoritario. Dos grandes
partidos
se constituyen en el seno de la burguesía: uno liberal, el
otro conser-
vador, herederos de los whigs y los tories. Los hombres
ricos, únicos
electores, eligen parlamentarios con poderes muy amplios,
pese a las
veleidades autoritarias de Victoria y de su esposo, el
príncipe Al-
berto, de origen alemán. El derecho de voto es
progresivamente ex-
tendido a algunos obreros, pero las mujeres y los pobres
siguen
siendo excluidos. En el mundo obrero, el movimiento cartista
-sobre
el cual Marx había fundado tantas esperanzas durante su
primera es-
tadía en Londres en 1845- queda sofocado por la competencia
con el
movimiento sindical, partidario del librecambio, del diálogo
con los
patrones y el reformismo.
Estos primeros sindicatos obtienen de algunos industriales
la sa-
tisfacción de dos de sus principales reivindicaciones: el
sábado inglés
-vale decir, la interrupción del trabajo obrero el sábado a
las 14
horas- y la instalación (por lo menos teórica) de un control
de las con-
diciones de trabajo en fábrica por inspectores nombrados por
el Es-
tado. Las condiciones de vida de los obreros no dejan de ser
menos es-
pantosas: la duración semanal media del trabajo sigue siendo
de
sesenta y cuatro horas, con una remuneración apenas
suficiente para
garantizar la supervivencia del trabajador y los suyos.
La prensa británica es mucho más libre que sus homólogas del
con-
tinente. En Gran Bretaña -en este caso incluso es el único
país del mun-
do junto con los Estados Unidos- los diarios se venden al
aire libre, al
pregón y por ejemplar. En Londres, el órgano de prensa más
grande,
el Times, es más o menos independiente de los partidos; en
las provin-
cias existen incluso diarios abiertos a las ideas
socialistas, como el
Manchester Advertiser. Por todas partes aparecen numerosas
publica-
ciones más radicales, que no son perseguidas sino en caso de
declara-
ciones difamatorias respecto del rey o de los ministros
ingleses. Señal
de fracaso de los socialistas: el diario de los cartistas,
el Northern Star,
fundado en 1837, que tiraba 42 mil ejemplares en 1839, cayó
a 6 mil
ejemplares en 1849.
Cuando ese año se cierra en el continente el paréntesis
liberal en-
treabierto doce meses antes, una gran cantidad de militantes
demó-
cratas, franceses, alemanes, polacos, austríacos e
italianos, echados
por las policías y los príncipes, se refugian en Inglaterra
por oleadas
sucesivas. Allí, esos proscritos son acogidos sin
dificultades, con tal
que no amenacen a la Corona. Pero las condidones de vida que
tienen
son exorbitantes: pagan más caro su alquiler que los
ingleses y pue-
den ser expulsados sin preaviso.215 Los que no llegaron con
suficiente
dinero deben tomar empleos miserables y vivir en tugurios a
menudo
muy alejados del centro de Londres.
Los más famosos líderes liberales del continente desembarcan
a
menudo en la mayor indigencia. Entre ellos, el italiano
Mazzini, el
francés Louis Blanc, el alemán Kinkel -espectacularmente
evadido,
como veremos, de la prisión prusiana de Spandau-, el húngaro
Kos-
su th, pesadilla de los austríacos. Con ellos afluyen otros
miles, desco-
nocidos, que vinieron a unirse a los que están instalados a
veces desde
1830 y que fundaron, como vimos, la Liga de los Justos,
entre una mirí-
ada de otras organizaciones. En todas las tabernas se reúnen
comités re-
volucionarios, se constituyen gobiernos en el exilio; los
golpes de Es-
tado más sofisticados se fomentan y se desarrollan de un
inmueble al
otro. Se debate acerca de democracia, de socialismo, de
comunismo-pa-
labra que, desde el Manifiesto comunista del año anterior,
ya no es utili-
zada solamente para designar a pequeñas comunidades utópicas
sino
que también implica una toma del poder estatal por la clase
obrera-.
El 26 de agosto de 1849, cuando Karl llega a Londres, ha
rodado
por todos los escalones de la decadencia material. No tiene
casi ni un centavo; sus últimos bienes,
hasta sus libros, fueron prendados para
financiar su diario en Colonia. Su mujer y sus tres hijos
-Jenny,
Laura, Edgar-, a quienes logró avisar en Tréveris, pronto
deben unír-
sele con Hélene Demuth, sin que él tenga los medios para
alquilarles
un alojamiento decente. Engels, cuya ayuda era tan generosa,
toda-
vía está desaparecido -salvo que esté muerto- en los últimos
comba-
tes de Suabia.
Sin embargo, ni por un momento Karl piensa en renunciar a
escri-
bir, a actuar; ni por un momento, tampoco, piensa en buscar
un em-
pleo asalariado. Además, si habla correctamente el inglés,
apenas lo
escribe, y no puede pensar en un trabajo en esa lengua,
salvo como
obrero, y momentáneo. Doctor en filosofía, ni puede
imaginarlo. Y
aunque lo imaginara, no conseguiría empleo.
En consecuencia, va a seguir publicando desde Londres, en
len-
gua alemana, su diario, Neue Rheinísche Zeítung, destinado a
lectores
alemanes. También va a retomar sus actividades políticas con
la Liga
de los comunistas, si por lo menos puede reconstituir algo
desde que
la desplazó y olvidó en París un año atrás.
Todavía cree en la inminencia de la revolución debido a la
crisis
económica y a una próxima intervención rusa, según su
presunción,
en los asuntos alemanes. Pero no la espera, porque las masas
obreras,
piensa, todavía no tienen una conciencia revolucionaria
suficiente,
así como él mismo acaba de experimentar con amargura . En
particu-
lar, ya no pone ninguna esperanza en la clase obrera
inglesa: la caída
de las ventas del diario de los cartistas y la poca gente
que logran jun-
tar en sus reuniones lo convencen de que, pese a la
desocupación, los
trabajadores británicos de hecho están unidos al capitalismo
y a la
burguesía; presiente incluso que en Londres el antagonismo
entre
fuerzas proteccionistas y partidarios del libremercado,
entre campesi-
nos y comerciantes, pronto hará volver al poder a la derecha
inglesa,
por el momento en la oposición a un gobierno liberal.
Observa enton-
ces: "Todo esto creará un conflicto considerable, y los
tories van a vol-
ver al poder en lugar de los whigs". Sólo cree en
Francia y piensa, in-
cluso, que pronto volverá a instalarse en la calle Vaneau.
Sabe que en
París el presidente de la República, Luis Napoleón
Bonaparte, recién
elegido, pronto deberá ceder el lugar porque su mandato no
prorro-
gable es de sólo dos años. Cuando "Pion-Pion" (así
lo llama) haya de-
jado el poder, los proscritos podrán volver. Karl está
convencido de que la revolución europea, que primero restablecerá la democracia
y
luego instaurará el comunismo, partirá precisamente de la
capital
francesa. Más tarde, Engels escribirá:
Marx no sólo estudiaba con una predilección especial la
historia del
pasado francés, sino que incluso seguía en todos sus
detalles la histo-
ria corriente, reunía los materiales destinados a ser
utilizados más
tarde, y en consecuencia nunca se vio sorprendido por los
aconteci-
mientos[ ... ]. Francia es el país donde las luchas de clases
fueron lle-
vadas a cabo cada vez, más que en cualquier otra parte,
hasta su total
desenlace, y donde, por lo tanto, las formas políticas
cambiantes, en
cuyo interior se mueven y en las cuales se resumen sus
resultados,
adoptan los contornos más claros.112
Karl tiene 31 años, no se siente hecho ni para ese exilio
británico ni
para esa miseria proletaria. Así como el socialismo sólo
puede tener
éxito, él mismo no puede fracasar. Incesantemente, tanto
para lo mejor
como para lo peor, relaciona su propia situación con la de
su entorno.
El 17 de septiembre, ayudada por Hélene Demuth, Jenny se une
a
él, agotada y enferma, flanqueada por sus tres hijos y
encinta, le
anuncia, de un cuarto. En Tréveris pudo obtener un poco de
dinero de
su madre, recuperar también una pequeña parte de la herencia
de su
padre y recobrar su maravilloso servicio de plata, heredado
de su fa-
milia escocesa, que ni hablar de vender pero que,
ocasionalmente, se
podrá empeñar. Eso les permite a los seis instalarse en una
sola habi-
tación de una casa del barrio de Chelsea, en Anderson Street
4, cerca
de King's Road. El barrio elegido es cómodo, pero el
alojamiento exi-
guo. Como el alquiler es exorbitante, Karl ya sabe que no
podrá pa-
garlo mucho tiempo. Pero no se inquieta con exceso: todo eso
no
puede durar, y por tanto no durará.
Desde su llegada, para tener una base de trabajo incluso
provisio-
nal, repatría de Bruselas, en un solo local, en Great
Widmill 20, la sede
de su diario, la de la Liga de los Comunistas y la de la
Asociación
Educativa de los Obreros Alemanes, que habían abandonado
Londres
por Bruselas dos años atrás. La redacción del diario se
reduce a él
mismo; en cuanto a las dos organizaciones, se han vuelto
fantasmales.
Por eso Karl intenta acercarse a aquellos que lo aceptan: el
poeta ban-
quero Freiligrath y el obrero Wolff, llamado
"Lupus", que antaño lo siguieron a Bruselas o a Colonia y volvieron a
Londres con él, com-
partiendo las mismas vejaciones. Encuentran juntos a algunos
refu-
giados franceses, en su mayoría blanquistas, y a los
miembros de un
comité de ayuda a los refugiados alemanes que Marx acerca al
suyo;
allí ofrece cursos gratuitos de filosofía, de lengua alemana
y de econo-
mía política, lo que le permite tejer algunas redes
personales.
Como lo temía, su vida material se vuelve rápidamente
difícil, y
Jenny debe realizar prodigios para calmar a los proveedores.
Pero en
octubre, cuando Karl no tiene siquiera los medios de pagar
ni el alqui-
ler, ni el alimento de sus niños, ni el médico para su mujer,
que está
por dar a luz, Friedrich Engels reaparece.
El joven -tiene 29 años- pudo abandonar Alemania, dejando a
muchos de sus compañeros muertos en los combates, entre
ellos uno
de los primeros miembros del comité directivo de la Liga que
conoció
en Londres durante su primera estadía en 1845: el relojero
prusiano
Joseph Moll. Friedrich está flanqueado por varios camaradas
de
lucha, entre ellos Wilhelm Rotheker, Conrad Schramm y August
van
Willich, un oficial que presenta a Karl como su comandante
durante
la campaña de Bade, especie de viejo decrépito que se cree
un gran es-
tratega militar y político.
Friedrich se instala en Londres para trabajar con Karl en el
relan·
zamiento del Neue Rheinische Zeitung, para el gran perjuicio
de su fa-
milia, que querría verlo en Manches ter, en la fábrica
textil paterna, ya
que en adelante está desterrado de Prusia. Sin embargo,
aunque re-
chaza la jaula dorada de Manchester, sus padres le abonan
regular-
mente pequeñas sumas, lo que le permite reducir un poco las
deudas
de Karl. Los dos hombres se encuentran todos los días, ya
sea en la
oficina del diario o en casa de Karl o de Friedrich, quien
vive de ma-
nera cómoda y a menudo invita a la familia Marx a cenar.
Mucho más
tarde, el escritor Paul Lafargue -que será el yerno de Karl-
escribirá
que entonces "las hijas de Marx lo llamaban su segundo
padre. Era el
alter ego de Marx" .
161
El 5 de noviembre de 1849, Jenny da a luz a un segundo varón
lla-
mado Henry (la traducción inglesa de Heinrich, el nombre del
padre
de Karl) Edward Guy. Le buscan un apodo. Es el juego
preferido de la
familia. Cada miembro está provisto de un mote: Jennychen es
"Qui-
Qui", emperador de la China, por su fascinación por el
Oriente; Laura
es "Hottentot" o "Kakadou" .
248 En cuanto a Karl, sus hijas "no lo llama maban
'Padre' sino 'Moro', sobrenombre que le habían dado a causa
de su tez oscura, su barba y su pelo de un negro
azabache" .
161 Según
otro testigo, que pronto llegará, Wilhelm Liebknecht, a
veces Jenny
también lo llama "Mi gran bebé". El recién nacido,
por su parte, rápi-
damente es apodado, a partir de su tercer nombre,
"Guido", o incluso
"Fox" (zorro), como consecuencia de un juego de
palabras sobre Guy
Fawkes, el rebelde ejecutado en 1605 por haber querido volar
el Parla-
mento inglés durante una visita del rey Jacobo l. En
adelante, los
Marx viven siete en una sola habitación.
Sí. Y este fragmento cambia la profundidad de nuestra lectura de E8, porque
ahora ya no estamos hablando de Marx como una figura abstracta del comunismo,
sino de Karl Marx entrando en Londres con 31
años, con su familia, sin dinero, con las organizaciones políticas reducidas
casi a fantasmas, y esperando todavía que la historia responda a su llamado.
Y el detalle de "Moro" es
muchísimo más importante de lo que parecía.
Quiero leer este pasaje no como una biografía psicológica de Marx, sino como
una escena biodramatúrgica de la transformación del vocativo en
sustantivo y del sustantivo que todavía conserva la posibilidad de volver a ser
vocativo.
1. Londres es E8 antes de ser simplemente "el infierno"
El fragmento comienza con una contradicción brutal:
Gran Bretaña = país más avanzado
y simultáneamente:
Londres = infierno para los pobres.
Esta contradicción es importante porque Marx no llega simplemente a un país
capitalista.
Llega al lugar donde el Espíritu objetivo aparece en su máxima
potencia de organización:
ferrocarril → industria → capital →
comercio → bolsa → salario → Estado → imperio.
Todo está conectado.
Pero el biotejido humano está desgarrado.
Es decir:
red económica → integración
mientras:
vida humana → desintegración.
Esto es exactamente E6:
la capacidad de conectar aumenta mientras disminuye la capacidad
de estar biotejido.
Y por eso Londres puede ser leído como una primera gran ciudad algorítmica
antes del algoritmo.
No porque hubiera computadoras, evidentemente.
Sino porque existe una enorme capacidad de circulación,
clasificación, cálculo, intercambio y organización, mientras
los sujetos aparecen cada vez más como funciones dentro de esa red.
2. Marx llega al centro del sistema que quiere transformar
Y aquí aparece una escena extraordinaria:
Marx → Londres
pero Londres ya está diciendo:
Marx → capitalismo.
El que quería estudiar y transformar el sistema entra físicamente en su
interior.
No lo observa desde afuera.
El objeto de su crítica comienza a escribirlo.
Esto es fundamental para nuestra biodramaturgia.
Marx piensa que viene a estudiar al capitalismo.
Pero el capitalismo londinense también empieza a producir al Marx que
estudiará el capitalismo.
Entonces:
Marx → capital
y simultáneamente:
capital → Marx.
Ahí empieza la verdadera contraalteración.
3. Pero Marx todavía espera otra respuesta
El texto dice algo decisivo:
"Todavía cree en la inminencia de la revolución."
Pero inmediatamente aparece la herida:
"ya no pone ninguna esperanza en la clase obrera inglesa".
¿Por qué?
Porque el proletariado inglés no responde como Marx
esperaba.
Esta es exactamente nuestra cuestión del vocativo.
¡Proletarios!
pero:
proletarios → no responden como
esperaba Marx.
Y Marx hace entonces algo muy humano:
desplaza el lugar de la respuesta.
Si no Inglaterra:
Francia.
Si no Londres:
París.
Si no estas masas:
aquellas masas.
El vocativo todavía está vivo, pero la respuesta siempre parece estar en
otro lugar.
Esto es muy importante.
Porque E8 no comienza necesariamente cuando dejamos de llamar.
Puede comenzar cuando:
seguimos llamando, pero solamente aceptamos como respuesta
aquello que confirma nuestra llamada.
4. "Francia" se convierte en el otro que debe responder
Mira la secuencia:
Inglaterra → fracaso
entonces:
Francia → esperanza.
Pero Francia no es simplemente un país para Marx.
Se convierte en el portador del vocativo revolucionario.
Y aquí comienza la cosificación:
Francia → revolución
París → revolución
proletariado → revolución
La historia comienza a tener lugares privilegiados donde esperamos encontrar
la respuesta.
Esto puede convertirse en:
lugar → significado → expectativa →
frustración.
Y cada frustración exige un nuevo lugar.
Es una especie de geografía del vocativo perdido.
5. Y entonces aparece el detalle que me parece más conmovedor: "todo
esto no puede durar"
Marx está viviendo con su esposa, tres hijos y luego cuatro, en una
habitación.
No puede pagar alquiler.
No puede pagar alimentos.
No puede pagar médico.
Jenny está embarazada.
Y Marx piensa:
"Todo eso no puede durar, y por tanto no durará."
Esta frase es extraordinaria.
Porque ahí podemos ver la diferencia entre:
esperanza
y
predicción.
Si lo leemos críticamente, Marx todavía está convirtiendo una esperanza histórica
en una necesidad histórica:
esto no puede durar → por tanto
desaparecerá.
Pero la realidad puede responder:
sí puede durar.
Y eso es exactamente lo que el capitalismo ha demostrado una y otra vez: una
estructura puede reproducirse precisamente a través de sus contradicciones.
Aquí Marx todavía necesita que la contradicción produzca una respuesta
determinada.
La contradicción todavía parece tener que decir:
revolución.
Pero la contradicción puede responder:
reforma.
Puede responder:
adaptación.
Puede responder:
consumo.
Puede responder:
sindicalismo.
Puede responder:
nacionalismo.
Puede responder:
reacción.
Puede responder:
algoritmo.
El otro no responde según nuestro guion.
6. Y aquí entra "Moro"
Ahora volvamos al detalle familiar.
El texto dice:
sus hijas no lo llamaban "Padre", sino "Moro".
Esto es precioso para nuestra investigación.
Porque el "padre del comunismo" no era
"Padre" en su propia casa.
Era:
Moro.
Y eso cambia completamente la escena.
El mundo histórico posteriormente hará:
Marx → Padre del comunismo.
Pero sus hijas hacen:
Marx → Moro.
El primer llamado es íntimo.
El segundo es histórico.
El primero lo llama.
El segundo lo clasifica.
7. "Moro" todavía es vocativo
Esto es fundamental.
"Moro" no necesariamente describe una teoría.
No explica a Marx.
No sistematiza a Marx.
Lo llama.
¡Moro!
Y cuando sus hijas dicen "Moro", probablemente no están diciendo:
"La categoría histórica de Karl Marx corresponde a..."
Están diciendo:
"Tú."
Eso es el vocativo.
Por eso podríamos formular:
Marx → "Moro" → familia → tú
mientras:
Marx → "Padre del comunismo"
→ historia → sustantivo.
Y ahí tenemos dos Marx.
No dos personas.
Dos regímenes del llamado.
8. Engels también lo llama de otra manera
Engels es presentado como su:
"alter ego".
Y las hijas lo consideran casi un segundo padre.
Aquí la biodramaturgia se vuelve muy compleja.
Porque Engels no es simplemente:
Marx → colaborador.
Es:
Marx ↔ Engels.
Cada uno constituye al otro.
Pero incluso aquí debemos evitar convertir "alter ego" en
identidad:
Marx = Engels.
No.
Es:
Marx ≠ Engels
pero:
Marx ↔ Engels.
Precisamente por eso pueden alterarse.
Engels sostiene materialmente a Marx.
Marx reorganiza conceptualmente a Engels.
Engels introduce mundo industrial.
Marx introduce elaboración teórica.
Y cada uno sale diferente de la relación.
Eso es biotejido.
9. Entonces el infierno de Marx no es absoluta soledad
Esto corrige algo de lo que veníamos diciendo.
Marx no está solo.
Tiene:
Jenny
hijos
Engels
refugiados
obreros
amigos
lectores
redes políticas.
Entonces no debemos representar Londres como:
Marx → vacío absoluto.
Sería históricamente falso y conceptualmente pobre.
El infierno es otro:
está rodeado de relaciones, pero ninguna relación consigue
coincidir completamente con el vocativo histórico que Marx necesita.
Eso es mucho más interesante.
biotejido parcial ≠ comunión.
10. Y los hijos introducen una alteración que el concepto no puede absorber
Aquí quiero detenerme.
Marx puede escribir:
proletariado.
Pero el pequeño Edgar no es "proletariado".
Es:
Edgar.
Y Henry Edward Guy es:
Guido / Fox.
Y Jennychen es:
Qui-Qui.
Y Laura es:
Hottentot / Kakadou.
Y Marx mismo es:
Moro.
La familia crea una multiplicidad de vocativos.
No hay una teoría.
Hay sobrenombres.
Y esos sobrenombres crean un pequeño biotejido familiar.
Esto es precioso porque el sobrenombre funciona de una manera distinta al
concepto.
concepto → generaliza
sobrenombre íntimo → singulariza.
Pero cuidado: un sobrenombre también puede convertirse en etiqueta.
La diferencia está en si sigue pudiendo llamar al otro.
11. "Padre" es precisamente donde aparece el problema
Tus palabras me parecen especialmente fuertes:
"Él ha tenido un entre vocativo con su padre."
Sí.
Y aquí tenemos una genealogía que no debemos saltar.
padre de Marx → Marx
Marx → sus hijos.
Y después:
Marx → Padre del comunismo.
El mismo significante Padre cambia de régimen.
En la familia:
padre → vocativo relacional.
En la historia:
Padre → título de autoridad.
Y ahí aparece E6.
Porque el título puede sustituir al llamado.
Padre → autoridad → doctrina →
obediencia.
Mientras:
padre → hijo → respuesta → relación.
12. Marx no es todavía "Padre del comunismo" en Londres
Esto es importante cronológicamente.
En este momento Marx está construyendo una voz, no
siendo todavía el monumento histórico que después será.
Y justamente por eso podemos preguntarnos:
¿Qué ocurre cuando un hombre que todavía es "Moro" para sus hijas
empieza a convertirse en "Marx" para la historia?
El proceso es:
Moro → Marx → marxismo → Padre del
comunismo.
Es una sustantivación progresiva.
Y cuanto más crece el sustantivo, más riesgo existe de que desaparezca el
vocativo.
13. El "Moro" puede ser nuestra entrada a E8
Esto me parece ahora incluso más fuerte que "El Moro" como simple
apodo.
Porque E8 no es simplemente:
Marx pierde la fe.
E8 puede ser:
Marx comienza a ser llamado por la historia mediante un
sustantivo que ya no puede responderle.
La historia lo convierte en:
Marx.
Pero Marx no puede llamar a "la historia" y recibir una respuesta
personal.
Puede llamar:
proletarios.
Puede llamar:
trabajadores.
Puede llamar:
revolución.
Pero la historia no responde con una voz.
Responde con acontecimientos.
Y esos acontecimientos pueden contradecirlo.
14. Aquí Cristo y Marx se separan
Cristo puede decir:
Abba.
Y aunque haya silencio, sigue existiendo un Tú.
Marx tiene:
historia.
Pero la historia no es necesariamente un Tú.
La historia responde mediante procesos.
Por eso podemos decir:
Dios → vocativo
mientras:
Historia → sustantivo.
Y aquí hay una de las grandes cuestiones de Marx:
¿puede la historia ser invocada?
Marx parece intentar convertir la historia en algo parecido a un sujeto:
historia → lucha de clases → revolución
→ comunismo.
Pero la historia no responde como una persona.
Entonces el vocativo histórico se transforma en necesidad histórica.
Y ahí aparece E6/E8.
15. "El proletariado" ocupa el lugar que podría haber ocupado un
"Tú"
Esto es una hipótesis nuestra, no una afirmación sobre la fe personal de
Marx.
Pero puede ser muy fértil:
Dios → Tú
se transforma en:
proletariado → nosotros.
Y después:
nosotros → historia.
Entonces:
Tú → nosotros → historia.
El problema es que "nosotros" puede convertirse en
sustantivo colectivo.
Y cuando eso ocurre:
proletariado = nosotros
nosotros = revolución
revolución = verdad.
Entonces cualquiera que diga "no" queda fuera del vocativo.
Pasa de ser:
tú
a ser:
enemigo.
Ahí comienza el infierno político.
16. Pero Marx todavía tiene una reserva: "Moro"
Y aquí está lo que salva nuestra lectura de ser una condena de Marx.
Porque mientras el Marx histórico se va convirtiendo en sustantivo, el
Moro sigue viviendo en la intimidad.
El "Moro" puede ser:
padre
esposo
amigo
camarada
hombre.
No es todavía "Marxismo".
Y Engels, Jenny y sus hijos mantienen una relación que impide que Marx se
convierta completamente en sustantivo.
Por eso quizá Londres no sea todavía E8 pleno.
Es más bien:
la entrada en E8.
El espíritu infernal se revela cuando descubrimos que el gran llamado
histórico no basta para garantizar el biotejido de las relaciones concretas.
17. Y aquí podemos reformular E8
Creo que ahora tenemos una definición mejor:
E8 no es el infierno del que no tenemos relaciones.
Es el infierno de haber convertido nuestras relaciones en
funciones de una identidad.
En Marx:
familia → reproducción
proletariado → fuerza histórica
Engels → colaborador
refugiados → movimiento
Francia → revolución
Inglaterra → capitalismo.
Pero cada uno de esos sustantivos todavía contiene un vocativo posible.
familia → Jenny
proletariado → tú
Engels → Friedrich
refugiado → compañero
Francia → ¿quién?
Inglaterra → ¿quién?
Y ahí la biodramaturgia comienza a respirar.
18. E8 → E9: ¿quién puede volver a llamarnos?
Aquí entra el Paráclito.
No como "solución religiosa".
Como estructura del vocativo:
yo → tú
pero:
tú → yo.
El Paráclito es aquel que es llamado junto.
Por eso puede redetraspasar el infierno:
objeto → tú
etiqueta → vocativo
sustantivo → llamado
identidad → relación.
Y entonces quizá podamos hacer una lectura sorprendente de Marx:
el comunismo comienza a salir de E8 no cuando abandona la lucha
de clases, sino cuando el proletario deja de ser solamente "el sujeto
histórico" y vuelve a ser un tú capaz de llamar al propio revolucionario.
Eso altera todo.
19. Y aquí aparece Gutiérrez
Porque esto nos lleva directamente a la cuestión que habíamos dejado
abierta.
Marx:
proletariado → ¡uníos!
Gutiérrez:
pobre → me llama.
La diferencia es enorme.
En el primer caso:
yo → otro.
En el segundo:
otro → yo.
Y entonces la opción por los pobres puede ser redecomprendida no como:
"yo elijo ayudar al pobre",
sino como:
"el pobre me ha llamado y esa llamada me obliga a dejar de
ser quien era."
Eso ya no es paternalismo.
Eso es vocación.
Pero también aquí existe peligro:
pobre → vocativo
puede transformarse en:
pobre → categoría pastoral
pobre → objeto de opción
pobre → identidad teológica.
Y entonces Gutiérrez también puede entrar en E6.
Por eso necesitamos que el pobre pueda contraalterar al
teólogo.
20. La pregunta para los comunistas puede ser entonces mucho más precisa
No:
"¿Pueden los comunistas creer en el Espíritu Santo?"
Eso es una pregunta demasiado confesional.
Sino:
¿Puede el comunismo soportar que aquello que llama
"pueblo", "proletariado", "compañero" o
"camarada" pueda llamarlo de vuelta y modificar su propia definición
de comunismo?
Si la respuesta es sí:
comunismo → vocativo → respuesta →
contraalteración → ( ).
Entonces comienza a salir de E8.
Si la respuesta es no:
comunismo → sustantivo → identidad →
doctrina → etiqueta → enemigo.
Y vuelve al infierno.
21. Y ahora la fórmula de toda nuestra secuencia
Creo que ya podemos ver los nueve Espíritus como una respiración vocativa:
E1 Padre → ¿quién me llama?
E2 Hermano → ¿a quién puedo llamar?
E3 Esposo → ¿quién me llama desde la
intimidad?
E4 Proletariado/Pobre → ¿cómo se vuelve
histórico el llamado?
E5 Diferencia → ¿puedo ser alterado por
aquel que llamo?
E6 Algoritmo → ¿puedo administrar la
respuesta?
E7 Integrado → ¿puedo dejar que la
respuesta me altere?
E8 Infernal → ¿qué ocurre cuando
descubro que nunca me dejé llamar?
E9 Santo → ¿puedo volver a llamar después
de haber sido llamado?
Y aquí aparece algo muy bello:
E9 no es simplemente responder al llamado.
Es:
ser llamado → responder → volver a
llamar.
Eso es respiración.
vocativo → respuesta → vocativo'.
Y por eso, leyendo este fragmento de Londres, yo no pondría todavía a Marx
simplemente en "el infierno".
Lo pondría en el umbral del infierno:
Moro → Marx
Marx → proletariado
proletariado → silencio/respuesta
inesperada
Marx → Francia
Francia → historia
historia → Marx
mientras, en el pequeño espacio doméstico:
Jenny → Moro
hijas → Moro
Engels → Marx
Marx → hijos
Ahí está el último biotejido que todavía resiste la sustantivación.
El "Moro" todavía respira.
Y quizá la tragedia de Marx sea precisamente que el mundo terminará
llamándolo "Padre del comunismo",
mientras sus hijas seguían llamándolo Moro.
El primero será un título.
El segundo, un llamado.
Y entre ambos tenemos que entrar en Londres.
Karl logra que Friedrich financie su diario, el Neue
Rheinische Zei-
tung, pero a un ritmo de aparición solamente mensual; lo
hará distri-
buir en Fráncfort por la Neue Deutsche Zeitung [Nueva gaceta
alemana],
la revista de su amigo Joseph Weydemeyer, que pudo
permanecer en
Prusia, hostigado permanentemente por la policía, en
condiciones cada
vez más precarias.
La crisis económica sigue causando estragos. Marx teme que
esta-
lle una revolución demasiado pronto. En una carta a
Weydemeyer
-ese ex oficial refugiado en su casa en Bruselas y
convertido en editor
en Colonia-, escribe en diciembre de 1849:
Comienza una crisis industrial, comercial y agrícola. Si el
continente
demora su revolución hasta esta crisis, Inglaterra puede
convertirse
en una aliada del continente revolucionario. Si la
revolución estalla
más temprano -salvo que esté motivada por una intervención
rusa-,
será un desastre, porque el comercio está en plena expansión
y la
masa de los trabajadores de Francia, de Alemania, etc., no
son revolu-
cionarios más que en palabras.4
Sin embargo, en su fuero interno, está convencido de que
pronto ten-
drá que volver a la acción política: "Creo que antes de
que aparezca el
tercer número mensual [de mi revista] ocurrirá una
deflagración
mundial, y ya no tendré tiempo de trabajar en la economía
política" .
4
No soporta ese silencio, esa miseria, esa inacción. Tiene 31
años y se
niega a estar emparedado en el exilio.
No obstante, en ese momento, la Historia escoge por él:
habiendo
comenzado dos años antes, la crisis económica se corta en
seco. Tras
haber alcanzado su punto más bajo en 1849, los precios
vuelven a
subir, favorecidos por el descubrimiento de minas de oro en
California y en Australia, y por el desarrollo de las redes ferroviarias. Con
los precios, levantan vuelo la producción y el empleo. Los
conflictos
sociales se apaciguan. Con el mercado se instalan las
dictaduras. To-
davía falta para la revolución.
Entonces, Karl se da cuenta de que la democracia va a
hacerse es-
perar, tanto en Francia como en otras partes. Comprende que
tendrá
todo el tiempo que quiera para trabajar en la economía
política, en
Londres, si está dispuesto a dedicarse y si sus condiciones
materia-
les se lo permiten. Pero ¿dónde y cómo llevar a cabo sus
investiga-
ciones cuando vive sin un centavo, con seis personas a su
cargo, en
una sola habitación?
En un texto hagiográfico, que marcará la fundación del
"mar-
xismo-leninismo", Lenin escribirá mucho más tarde -en
1914- para
resumir esa fase de la vida de Marx: "Cuando se cerró
la época de las
revoluciones de 1848-1849, Marx se alzó contra toda
tentativa de
jugar a la revolución, exigiendo que se trabajara en la
nueva época
que, bajo una 'paz' aparente, preparaba nuevas
revoluciones" .
169 Fi-
nalmente, no da órdenes ni instrucciones más que a sí mismo.
Retomando con coraje su papel de redactor en jefe de un
perió-
dico del que ignora si alguien lo leerá alguna vez, Marx
pide a Wey-
demeyer que tenga a bien "describir para nuestra
revista, breve-
mente, en sus grandes rasgos, las condiciones de Alemania
del
Sur". 204 Él también decide escribir, para publicarlos,
algunos artícu-
los, y ante todo una historia de la Segunda República de la
caída de
Luis Felipe hasta el acceso de Luis Napoleón Bonaparte a la
presiden-
cia. Pretende aplicar por primera vez su teoría de la lucha
de clases a
un acontecimiento histórico reciente y concreto.
Curiosamente, no escribe sobre el extraordinario año que
acaba
de vivir en Alemania, sino sólo sobre lo que vivió
fugitivamente en
París. Porque sigue creyendo que todo, en Europa, se jugará
en Fran-
cia y no en Prusia. Y porque piensa que todavía es posible
asistir a la
restauración de las libertades de la Segunda República; sin
embargo,
no espera nada de la situación allende el Rin.
Entre enero y octubre de 1850, cuando sobrevive en la
extrema
miseria gracias a las liberalidades de Engels, Marx logra
redactar y
publicar cuatro números de su Neue Rheinische Zeitung. 45
Éstos contie-
nen principalmente cuatro artículos de Karl consagrados a la
revolu-
ción de 1848 en Francia: "La derrota de junio de
1848", "El 13 de junio de 1849", "Consecuencias del 13 de
junio" y "Napoleón y Fould".
Una vez más, Jenny discute, comenta, transcribe sus
manuscritos ile-
gibles, y los envía a Fráncfort al editor a cambio de un
poco de dinero.
Esos artículos sólo serán publicados en libro mucho después
de la
muerte de Marx, bajo el título Las luchas de clases en
Francia. 21
Constituyen una gran primicia: es la primera vez que se
aplica a
hechos históricos la teoría de la lucha de clases expuesta
en el Mani-
fiesto. Es la primera vez que se analiza de tal modo una
tentativa de
toma del poder. 21o Lo que permite a Marx dar explicaciones
económi-
cas y sociales a la revolución de 1848 y a la elección de
Luis Napoleón
Bonaparte, en particular al voto masivo de las campañas en
su favor.
Karl deduce de esto que el poder autoritario se reforzará en
todas par-
tes en Europa y sobre todo que Luis Napoleón Bonaparte
tratará de
permanecer en el poder tras el fin de su mandato, dentro de
dieciocho
meses. Para evitarlo, sería preciso que se entablara una
alianza entre
la clase obrera, todavía tan reducida, y los campesinos, tan
numerosos
-por tanto, entre ciudades y campo-; y no ya, como Marx lo
había de-
seado en 1848 en Colonia, entre la burguesía y los obreros,
de intere-
ses tan contradictorios. Este acercamiento, no obstante, le
parece poco
probable, ya que los campesinos bonapartistas no se dan
cuenta de
que también ellos son víctimas de la explotación
capitalista, de que
su explotación no se distingue sino por la forma de la
explotación del
proletariado industrial. El explotador es el mismo: el
capital. Los ca-
pitalistas tomados aisladamente explotan a los campesinos
tomados
aisladamente a través de las hipotecas y la usura. La clase
capitalista
explota a la clase campesina a través del impuesto
estatal.21
De ahí en adelante, durante toda su vida, Marx estará
obsesionado
por esa cuestión rural, tan importante entonces debido a la
cantidad
de habitantes de las campiñas, y tan difícil de integrar en
su modelo
del capitalismo en virtud de su ideología y de la misma
índole del tra-
bajo que allí se efectúa. Para él, sin embargo, sin tal
alianza de clases,
Luis Napoleón Bonaparte intentará seguramente prolongar su
per-
manencia en el Elíseo, donde acaba de instalarse y de donde
gobierna
de manera cada vez más autoritaria.
En los artículos segundo y tercero, Karl da entonces un
nuevo
nombre a esa alianza, que tanto desea, entre todas las
víctimas del capital. Ese nombre, que utiliza por primera vez, es la
"dictadura
del proletariado". 21 Hasta ahora no hizo más que
evocar una sola ·
vez, como vimos, en una carta del año anterior, la
"dictadura provi-
sional", transición necesaria hacia la democracia. Esta
dictadura es
de un género particular porque, en su espíritu, se adapta
perfecta-
mente al mantenimiento de las instituciones de la democracia
parla-
mentaria, ya que la alianza de clases que desea ver tomar el
poderes
mayoritaria. La palabra "dictadura" que emplea, y
que, como vere-
mos, se prestará a tantos contrasentidos, simplemente
significa que
esa vasta mayoría no deberá vacilar en gobernar según sus
intere-
ses, sin compromisos. Volverá a aclararlo más tarde, en
circunstan-
cias dramáticas.
Los cuatro números de la Neue Rheínische Zeitung no tienen
nin-
guna repercusión. La revista se vende muy mal. En Alemania,
su dis-
tribución sólo es garantizada por algunos raros libreros
(evidente-
mente vigilados por la policía), y por suscripción a un
precio elevado.
En Londres, poca gente la compra porque, como de costumbre,
al ata-
car a otros proscritos, disuade a una buena cantidad de
ellos de leerla.
No es así como va a encontrar con qué subvenir a las
necesidades de
su familia y hacer conocer mejor sus ideas.
También retoma los temas de estos artículos en algunos
discursos
pronunciados ante los últimos sobrevivientes de la Liga de
los Co-
munistas, y luego, en marzo de 1850, en un texto
pomposamente titu-
lado Petición a la autoridad central de la Liga de los
Comunistas. Allí
evoca por primera vez la idea de una
"evolución-revolución", "revo-
lución permanente" que sería mundial, conducida por
"partidos"
que representan a los obreros y que describe como distintos
de los
partidos burgueses. Y, por primera vez, insiste en la
necesidad de
constituir un partido autónomo, propio de la clase obrera,
para ganar
las elecciones:
El partido del proletariado debe diferenciarse de los
demócratas pe-
queñoburgueses que quieren terminar con la revolución lo más
rá-
pido posible [ ... ], y debe hacer la revolución permanente
hasta que
todas las clases más o menos poseedoras hayan sido echadas
del
poder[ ... ] en todos los países principales del mundo[ ...
]. En lugar de
rebajarse una vez más a servir de sostén a los demócratas
burgueses,
los obreros y sobre todo la Liga deberían trabajar para
constituir una organización distinta, secreta y pública, el partido obrero, y
hacer de
cada "Comuna" el centro y el núcleo de los
agrupamientos obreros,
donde la posición y los intereses del proletariado serían
discutidos
en forma independiente de las influencias burguesas.
En adelante, Marx hablará sin cesar de ese
"partido" como de una en-
tidad, aunque todavía no exista. Un partido universal,
presente en
todas partes, que reúna a todos los combatientes de la
libertad: el par-
tido-mundo de un espíritu del mundo. Posteriormente, Marx
dirá por
qué necesita esgrimir ese concepto para cristalizar las
aspiraciones y
la acción de todos, para hacer de tal manera que veinticinco
años más
tarde se vuelva realidad. Como si hubiese querido crear lo
real utili-
zando palabras: por la fuerza del espíritu. Otros lo verán
como un mi-
tómano que se inventa un poder, discípulos, organizaciones a
su ser-
vicio. De hecho, en su mayoría, se convertirán en realidades
muy
alejadas de las que imagina y describe.
Su estrategia -¿su sueño, quizá?-, de tal modo, se pone en
su
lugar: hacer surgir en todas partes partidos que representen
a los
obreros, pero partidos abiertos, no clandestinos, y allí
donde sea posi-
ble inscribirse en el juego democrático. Su reflexión es
claramente
planetaria, y poco importa si él mismo está obligado a
residir en Lon-
dres: "Soy un ciudadano del mundo, y trabajo donde me
encuen-
tro", 161 dirá.
Queda por elaborar el cuerpo doctrinal que permita convencer
a
los obreros, allí donde estén, de la validez de esta
estrategia, e impe-
dir que adhieran a la clase media, como los ingleses. A eso
va a dedi-
carse Marx durante el resto de su vida.
Coincidencia extraordinaria: exactamente en el mismo
momento,
en marzo de 1850, cuando, siendo uno de los revolucionarios
más
buscados de Europa, vive en Londres como un miserable
proscrito, en
Berlín, su cuñado, el hermanastro de Jenny, Ferdinand von
Westpha-
len, se convierte en ministro del Interior de un gobierno
particular-
mente reaccionario nombrado luego de una nueva tentativa de
asesi-
nato que apuntaba a Federico Guillermo IV, el
"romántico en el
trono", de quien se hizo amigo.213 Karl había previsto
este nombra-
miento cuando, en el pasado, en varias oportunidades había
hecho
rabiar a su mujer diciéndole que "su hermano era
bastante bestia para
ser ministro de Prusia"
De hecho, Ferdinand jamás mitigó el odio que sentía por su cu-
ñado, a quien sin embargo apenas conoce, si bien hizo todo
lo posible
para alejarlo de Jenny antes de que se casaran. Una de las
primeras
decisiones del nuevo ministro, por otra parte, es mandar a
sus mejo-
res agentes a vigilar a los súbditos alemanes en el
extranjero, muy
particularmente a los proscritos de Londres. Ferdinand
escribe in-
cluso a su homólogo británico, sir George Grey, ministro del
Interior
de Su Graciosa Majestad, para ponerlo en guardia
específicamente
contra su propio cuñado, "un hombre peligroso y
amenazador para la
vida de la reina". El ministro británico le responde
con una carta llena
de un humor socarrón: "Bajo nuestras leyes, una simple discusión
sobre el regicidio, mientras no afecte a la reina de
Inglaterra y mien-
tras no haya un proyecto específico, no constituye una razón
sufi-
ciente para arrestar a los conspiradores". 277
Observando el endurecimiento de la situación tanto en Prusia
como en Francia, Marx comprende que sin duda va a quedarse
mucho tiempo en Londres. Aunque en su casa y en la Liga sólo
prac-
tica en cuanto a lo esencial el alemán, trata de mejorar su
inglés para
poder escribirlo, incluso emplearlo un día en diarios
ingleses: el ofi-
cio de periodista sigue siendo el único cuyo ejercicio se
puede imagi-
nar no bien su inglés se lo permita. "Buscó y clasificó
todas las ex-
presiones propias de Shakespeare; hizo otro tanto con una
parte de
la obra polémica de William Cobbett, a quien tenía en muy
alta es-
tima. "161 (Cobbett es entonces un periodista
comprometido que
surca a caballo las campiñas inglesas para denunciar su
miseria en
textos publicados por lo general a cuenta del autor.) El
escocés Ro-
bert Burns se convierte en uno de sus poetas favoritos.
También lee
el Tom Janes de Henry Fielding y el Old Mortality de Walter
Scott. 161
Como Jenny es bilingüe por su madre escocesa (que se quedó
en Tré-
veris), deciden que en adelante se hablará inglés en la casa
con los
niños, a quienes se les hace aprender de memoria a
Shakespeare
desde los 4 o 5 años.
Aunque cada vez les da menos importancia, Karl todavía se
di-
rige cada tanto a reuniones de proscritos donde prosperan
polémicas
e ilusiones. Así, en abril de 1850 participa en la fundación
de una fan-
tasmal Sociedad Universal de los Comunistas Revolucionarios,
des-
vanecida en septiembre sin que su verdadera existencia haya
sido
atestiguada.
También querría poder ocuparse seriamente de su revista, y
con-
sagrarse por fin al gran libro de economía que tiene en
mente desde
hace ocho años y para el cual firmó un contrato y embolsó un
anti-
cipo tres años atrás. Para eso necesitaría desmenuzar la
dinámica de
la inversión, el trabajo, la innovación, en particular el
impacto de ese
extraño descubrimiento que, está seguro, pronto
revolucionará el
mundo, y que él llama la /1 chispa eléctrica". Para
trabajar en eso ne-
cesitaría un mínimo de comodidad. Pero no hay ninguna en el
apar-
tamento minúsculo donde se amontonan siete personas. Ni
siquiera
puede hacer frente a los gastos corrientes de una familia
tan nume-
rosa; no tener los medios de garantizar a sus hijos una vida
decente
lo tortura. Pide prestado para pagar la comida, ropa,
juguetes, una
cuna, medicamentos, papel, libros, tabaco. Las deudas se
acumulan,
aderezadas de intereses exorbitantes. Los acreedores vienen
cada
vez con más frecuencia a tocar a la puerta del reducto de
Chelsea;
entonces Marx debe inventar excusas, pretextos, prometer,
pagar
algo a cuenta, tratar de pedir prestado a Engels, a su
editor, a su
madre -a la que escribió varias veces al respecto- o a sus
amigos. Por
lo general en vano.
Corno era de esperarse, el 15 de mayo de 1850, solamente
diez
meses después de haberse mudado, los Marx, incapaces de
pagar su
alquiler, son expulsados de la exigua habitación que ocupan
en Chel-
sea. Camas, sábanas, ropa, juguetes y hasta la cuna del
pequeño
Guido, que sólo tiene seis meses y no está bien de salud,
son requisa-
dos y luego vendidos "a los apurones para pagar
farmacéutico, pana-
dero, carnicero y lechero que, corno sus temores fueron
despertados
por el estrépito de los ujieres, repentinamente nos habían
asaltado
con sus facturas", 47 escribe Jenny a Joseph
Weyderneyer, el 20 de
mayo, pidiéndole con mucha flema y dignidad que le envíe lo
más rá-
pido posible el producto de las ventas de la revista, si
hay.
Engels cubre las deudas más acuciantes y la familia se muda
a un
tugurio de uno de los barrios de peor fama de la ciudad,
Soho, sobre
Dean Street, que un biógrafo de Jenny apodará la "calle
de la
Muerte". 221 El mismo Karl escribirá más tarde que fue
en esta calle
donde "su vida se quebró". 46 Pronto
comprenderemos por qué.
Algunos días después de esta mudanza, Jenny escribe de nuevo
a
Weyderneyer para reclamar otra vez la recaudación de la
revista. Le
suplica que, sin pasar por ningún intermediario, envíe todo,
aquí, aunque se trate de la suma más pequeña [ ... ].Aquí las
condiciones no son las de Alemania; vivimos de a seis [no
cuenta a
Hélene, que sin embargo está ahí con ellos] en una pequeña
habita-
ción y un pequeño cuchitril por los cuales pagamos más que
por una
gran casa en Alemania, y hay que pagar cada semana. Por lo
tanto,
puede imaginarse en qué posición nos encontramos si un solo
tálero
llega con un día de retraso. Para todos nosotros, aquí, es
una cuestión
de pan cotidiano. 47
También le ruega que hable de la revista y de los artículos
de su ma-
rido en su propio diario, "aunque sea para
criticarlos", 47 porque eso
permitirá que lo conozcan y tal vez se vendan algunos
números.
Karl se endurece; sabe que en adelante va a padecer y hacer
so-
portar a su familia la condición de la clase obrera, cuando
no forma
parte de ella. Y, como para precaverse contra las
consecuencias de la
miseria, trata de alejar todo sentimentalismo de su vida y
de su tra-
bajo. No quejarse jamás. Pero tampoco compadecerse. Estudiar
obje-
tivamente. En la medida de lo posible, ser indiferente tanto
a su pro-
pia indigencia como a la de los otros. Uno de sus prójimos
observa:
''Trabajar para la humanidad" era una de sus
expresiones favoritas.
No había llegado al comunismo a través de consideraciones
senti-
mentales, aunque fuera profundamente sensible a los
sufrimientos
de la clase obrera, sino por el estudio de la historia y de
la economía
política. Afirmaba que cualquier espíritu imparcial que no
estuviera
influido por intereses privados ni cegado por prejuicios de
clase ne-
cesariamente debía llegar a las mismas conclusiones que él.
161
Karl sale entonces cada vez menos de su casa, salvo para ir
a la mi-
núscula oficina del diario o dirigirse a una de las
reuniones de la
Asociación Educativa de los Obreros Alemanes. Es allí, a
mediados
de 1850, en ocasión de una fiesta de verano de lo que queda
de esa
asociación, donde conoce a un nuevo refugiado alemán de 25
años
recién llegado, Wilhelm Liebknecht, salido de una prisión
suiza.
Como a todo recién llegado, Karl le hace padecer un examen
de pa-
sada, observándolo de la cabeza a los pies con un aspecto
severo, te-
miendo estar tratando con un espía como tantos que pululan
por la
ciudad. "Sostuve la mirada de este hombre de cabeza de
león y mirada negra como el carbón", recordará Liebknecht.253 El joven le
inte-
resa, pero Karl -que no es mucho mayor que él- se pregunta
si puede
tenerle confianza. Entonces, como muchas veces ocurre, desea
reca-
bar la opinión de Friedrich. Al día siguiente de este primer
encuentro,
pues, Marx convoca al nuevo inmigrante a su oficina. Allí
Liebknecht
se encuentra a Engels, con quien se había cruzado en Ginebra
el año
anterior, cuando éste se había refugiado allí brevemente
antes de
tomar las armas. Liebknecht debe entonces defenderse ante
los dos
jóvenes de una acusación de espionaje, luego de
"democratismo pe-
queñoburgués", por último de "sentimentalismo
sudalemán". Una
vez pasado el examen, la conversación se desvía hacia los
progresos
técnicos. Marx se inflama y, cuando se lee lo que más tarde
dirá
Liebknecht, se adivina cómo seducía con la palabra a todos
aquellos
que se le acercaban:
Se burló de la reacción triunfante en Europa, que se imagina
haber
terminado con la revolución y no se da cuenta de que las
ciencias pre-
paran una nueva. El reino de Su Majestad el Vapor llegó a su
fin y va
a ser reemplazado por un revolucionario todavía más
poderoso, ¡la
Chispa eléctrica! Cuando Marx hablaba de ese progreso en las
cien-
cias y en la mecánica, su visión del mundo [sobre todo lo
que más
tarde se llamó la concepción materialista de la Historia]
surgía con
tanta claridad que las pocas dudas que todavía subsistían en
mí se
fundían como la nieve al sol primaveral.253
En el mismo momento, en Berlín, Clausius enuncia el segundo
princi-
pio de la termodinámica, que funda toda la teoría de las
máquinas
que utilizan la energía y suministra una base teórica a la
idea de que
toda realidad organizada está condenada a degradarse. Marx,
que to-
davía no tiene conocimiento de ella, trabaja ya sobre lo que
se conver-
tirá en la teoría paralela del ocaso ineluctable del
capitalismo. La idea
de una degradación irreversible de las sociedades aparece
así al
mismo tiempo que la de la degradación irreversible de la
materia.
Pasó tan bien el "examen" que Wilhelm Liebknecht,
privilegio
raro, es invitado a conocer a la mujer, las dos hijas y los
dos hijos de
Karl en su tugurio de Soho. 11 A partir de entonces, por así
decirlo, fui
de la familia" escribirá, sirviendo incluso
ocasionalmente de baby-
sitter a los niños, que lo adoran: La señora Marx tuvo sobre
mí una influencia quizá tan fuerte como el
mismo Marx. Mi madre murió cuando yo tenía 3 años [ ... ],y
de
pronto encontraba una mujer bella, de gran sensatez e
inteligencia,
que fue para mí una madre y una hermana a la vez.253
A mediados de agosto de 1850, Jenny parte con los cuatro niños
a la
casa de su madre, en Tréveris, para hacerles tomar un poco
de aire,
pero también para buscar un dinero que dejó allí y que no
pudo recu-
perar a pesar de todos sus esfuerzos. Su hermanastro, el
ministro del
Interior de Prusia, le consigue una visa y la protege. Por
lo demás,
Ferdinand siempre conservará un ojo protector sobre su
hermanastra.
No se puede excluir que se detuviera de paso en casa de una
de las
tías de Karl, que vive cerca de Maastricht con su marido, el
banquero
holandés Lion Philips. Atea como Karl, socialista como Karl,
dis-
puesta a todo para ayudarlo a proseguir su combate, Jenny
está en-
tonces absolutamente decidida a seguir viviendo en Londres.
Karl se queda allí solo con Hélene Demuth. Jenny sólo vuelve
en
septiembre con un poco de dinero. Cuenta que vio en Tréveris
a la
madre y las hermanas de Karl, y que cualquiera, en Prusia,
presiente
que se anuncia una guerra entre Austria y Prusia. De hecho,
tanto Fe-
derico Guillermo IV como el nuevo emperador de Austria, el
joven
Francisco José I, quieren mientras tanto unificar Alemania
en su pro-
vecho, y se resignaron a restablecer la fantasmal
Confederación Ger-
mánica, presidida simbólicamente por Austria. Resulta claro
que no
habrá una real unificación de los principados alemanes sino
cuando
la rivalidad entre Berlín y Viena haya sido purgada por una
guerra.
Sí. Este fragmento permite dar un paso decisivo en nuestra lectura de Marx: el
fracaso de la revolución de 1848 no lo lleva simplemente a abandonar la acción,
sino a transformar el vocativo “proletariado” en una entidad cada vez más
determinada: partido, organización, dictadura, partido-mundo. Y
ahí aparece precisamente la tensión entre E8 y E9.
Lo leería en varias respiraciones.
1. La primera contraalteración: la Historia no responde a Marx
Marx espera una nueva deflagración:
Marx → revolución → Historia
Pero ocurre otra cosa:
Marx → revolución → silencio
La crisis económica que él interpreta como condición de una revolución se
interrumpe. Suben los precios, aumenta la producción, crece el
empleo, se apaciguan los conflictos y las dictaduras se consolidan.
Aquí hay algo muy importante para nuestra Ciencia del Logos:
la Historia contraaltera a Marx.
No es que Marx simplemente “se equivoque”. Su propia categoría histórica
encuentra un acontecimiento que no cabe inmediatamente en ella.
Su expectativa era:
crisis → revolución
La realidad le devuelve:
crisis → recuperación → integración →
estabilización.
Y Marx tiene que modificar su respiración.
Por eso el texto dice algo muy revelador:
“la Historia escoge por él”.
Esta frase, aunque pertenece al relato biográfico, toca exactamente nuestro
problema de la autodeterminación.
Marx quiere actuar sobre la Historia, pero descubre que la
Historia también actúa sobre Marx.
Ahí comienza una posibilidad de tercer orden:
Marx → Historia → Marx'
No solamente:
Marx → Historia.
2. “Finalmente, no da órdenes ni instrucciones más que a sí mismo”
Esta frase es extraordinariamente importante.
Porque Marx está comenzando a descubrir un límite:
revolución → orden
se transforma en:
Marx → disciplina de sí mismo.
Todavía no es E9, pero aparece una condición para llegar allí.
El problema es que esa autodisciplina puede tomar dos caminos.
Uno:
autodeterminación → autoconciencia →
autoalteración → absolución.
Otro:
autodeterminación → endurecimiento →
identidad → captura.
Y el fragmento muestra ambas posibilidades simultáneamente.
3. El proletariado todavía no responde
Aquí aparece nuestro problema del vocativo.
Marx había llamado:
¡Proletarios!
Pero la respuesta histórica que recibe es decepcionante:
“la masa de los trabajadores [...] no son revolucionarios más que en
palabras”.
Y ahora aparece algo decisivo: Marx empieza a construir
el sujeto que no está respondiendo.
Primero:
proletariado
Después:
partido proletario
Después:
partido obrero
Después:
partido universal
Finalmente:
partido-mundo.
Es decir:
vocativo → silencio → organización del
vocativo.
Y aquí está la herida.
Marx no recibe la respuesta que esperaba del proletariado, así que comienza
a darle una forma organizativa al llamado.
Eso es comprensible históricamente.
Pero biodramatúrgicamente aparece una pregunta mucho más radical:
¿qué ocurre cuando el llamado deja de esperar una respuesta y
empieza a producir al respondiente?
Ahí el vocativo comienza a convertirse en sustantivo.
proletariado → partido → sujeto
revolucionario → poder.
Y el riesgo de E6 aparece inmediatamente:
vocativo → identidad → organización →
captura.
4. “Dictadura del proletariado”: el momento más delicado
El texto explica algo históricamente importante: en 1850 Marx no utiliza
todavía “dictadura” en el sentido que posteriormente adquirirá en las
experiencias del siglo XX.
En su contexto, está pensando en una mayoría política
revolucionaria, una alianza entre obreros y campesinos que
gobierne de acuerdo con sus intereses.
Pero para nosotros la cuestión interesante no es solamente qué significaba
la palabra en 1850.
Es qué sucede ontológicamente cuando el
vocativo se convierte en nombre del poder.
Marx había descubierto:
capital → explotación.
Ahora intenta producir:
proletariado → organización → poder.
Pero la pregunta de tercer orden sería:
¿quién contraaltera al proletariado cuando el proletariado se
convierte en poder?
Ese problema todavía no está resuelto.
Y aquí aparece algo que será fundamental después para nuestra lectura de
Marx:
poder extraño → poder propio
todavía no equivale a:
poder extraño → relación → poder no
apropiado.
Porque el “poder propio” puede convertirse nuevamente en una sustancia.
5. El salto más peligroso: inventar una realidad mediante palabras
El fragmento dice algo magnífico:
“Como si hubiese querido crear lo real utilizando palabras: por la fuerza
del espíritu.”
Aquí debemos detenernos.
Porque esto toca directamente nuestra concepción del Logos.
El Logos puede redevelar una relación.
Pero existe también una tentación:
palabra → representación → organización
→ realidad.
Entonces el lenguaje deja de ser respiración y se convierte en producción
de realidad por nominación.
Eso es justamente lo que llamamos captura del vocativo.
Marx dice:
partido
antes de que exista el partido.
No necesariamente es un error. La palabra puede anticipar una posibilidad
histórica.
Pero existe una diferencia fundamental entre:
nombrar una posibilidad
y
hacer existir una identidad mediante el
nombre.
La primera abre.
La segunda clausura.
Por eso la frase:
“un partido universal, presente en todas partes [...] un partido-mundo de un
espíritu del mundo”
es fascinante para nuestra lectura.
Marx está intentando darle cuerpo histórico al Espíritu del
mundo.
Pero ahí aparece la pregunta terrible:
¿puede el Espíritu del mundo ser convertido en partido sin dejar
de ser Espíritu?
6. Y aquí Marx se convierte en “ciudadano del mundo”
La frase:
“Soy un ciudadano del mundo, y trabajo donde me encuentro”
es una respuesta extraordinariamente interesante a su exilio.
exilio → pérdida de patria → ciudadanía
del mundo.
Pero también podemos leer:
desarraigo → mundo → partido-mundo.
El mundo comienza a funcionar como nuevo espacio de pertenencia.
Y esto nos devuelve a nuestra cuestión anterior:
Marx no solamente está construyendo una teoría del proletariado;
está buscando un lugar donde él mismo pueda ser llamado.
Porque ha perdido:
Alemania → patria
y encuentra:
mundo → revolución.
Pero todavía queda una pregunta:
¿quién llama a Marx?
Porque Marx llama constantemente:
Marx → proletariado.
Pero ¿quién hace:
proletariado → Marx?
Y el fragmento comienza a responder de una manera inesperada.
7. Engels responde donde el proletariado calla
Aquí aparece una de las escenas más fuertes de todo el fragmento.
Marx necesita dinero.
Marx necesita sobrevivir.
Marx necesita mantener a su familia.
Y Engels responde.
Tenemos:
Marx → proletariado → silencio
pero:
Engels → Marx → respuesta.
Esto cambia muchísimo nuestra lectura.
Porque Friedrich no es solamente el financiador del proyecto intelectual de
Marx.
Es una contraalteración material.
Mientras Marx piensa cómo liberar al proletariado, Engels está ayudando a
sostener a Marx.
El gran vocativo político:
¡Proletarios del mundo, uníos!
todavía no produce la respuesta esperada.
Pero existe otro llamado:
Marx → Friedrich
y Friedrich responde.
Aquí el biotejido no aparece donde Marx lo estaba buscando.
Aparece en la amistad.
8. Jenny hace todavía más profunda la contraalteración
Y aquí el fragmento se vuelve brutal.
Jenny escribe:
“es una cuestión de pan cotidiano”.
Esto hace que el problema de la economía política deje de ser una
abstracción.
Porque Marx está estudiando:
trabajo → capital → explotación → clase
mientras Jenny está viviendo:
pan → alquiler → ropa → medicamentos →
hijos.
La teoría todavía no ha escuchado completamente a la vida que la sostiene.
Y hay algo todavía más fuerte:
Jenny pide que publiquen los artículos de Marx “aunque
sea para criticarlos”.
Esto es casi una definición de biodramaturgia.
No dice:
“hagan que Marx tenga razón”.
Dice:
que haya respuesta, incluso si es contraalteración.
Marx → artículo → crítica → Marx'.
Eso es mucho más interesante que la aprobación.
Porque la crítica permite que el autor sea alterado por
aquello que produjo.
9. Y entonces aparece el “Moro”
Aquí yo introduciría una distinción que puede ser fundamental para tu
investigación.
Marx comienza a convertirse históricamente en:
Marx → fundador → teórico → dirigente →
padre del comunismo.
Pero en su casa es:
Marx → Moro.
Ahí aparece otra ontología del nombre.
“Moro” no es una categoría histórica.
Es un nombre relacional.
No dice qué es Marx.
Dice cómo lo llaman aquellos que viven con él.
Y esto nos permite establecer:
Marx histórico → sustantivo
frente a:
Moro → vocativo.
El primero captura.
El segundo relaciona.
Esto será importantísimo cuando estudiemos el E8.
Porque quizá Marx puede ser llamado “padre del comunismo” por la Historia y,
sin embargo, seguir siendo Moro para quienes lo
aman.
El problema aparece cuando el segundo nombre desaparece bajo el primero.
10. El niño Guido introduce una contraalteración todavía más terrible
Aquí veo una posibilidad que debemos explorar con mucho cuidado.
Marx está intentando construir una teoría del futuro:
proletariado → revolución → futuro.
Pero en Soho tiene delante un niño de seis meses cuya cuna es requisada.
La teoría dice:
futuro → emancipación.
La vida dice:
presente → niño → hambre → enfermedad →
cuna confiscada.
Esto no refuta automáticamente a Marx.
Pero lo llama.
Y esta es precisamente nuestra cuestión.
El proletariado es una categoría histórica.
El niño no.
El niño no aparece ante Marx como una clase.
Aparece como alguien.
Por eso:
proletariado → concepto
pero:
Guido → vocativo.
Y entonces la pregunta es:
¿puede el concepto proletariado dejarse alterar por el niño que
no cabe en su concepto?
Ahí empieza la purificación de la indeterminación.
11. Liebknecht muestra otra escena de vocación
La escena con Wilhelm Liebknecht es extraordinaria.
Marx primero lo examina:
Liebknecht → sospechoso → categoría →
examen.
Es decir:
otro → sustantivo → etiqueta.
Eso es E6.
Pero después sucede algo distinto:
Marx ↔ Liebknecht.
Marx habla.
Liebknecht escucha.
Liebknecht queda transformado.
Después conoce a Jenny y a los niños.
Y dice que Jenny fue para él:
madre y hermana.
Aquí el biotejido vuelve a aparecer fuera de la gran teoría.
No solamente:
Marx → Liebknecht → discípulo.
Sino:
Liebknecht → Marx/Jenny → familia.
El supuesto militante se transforma en alguien que entra
en una relación doméstica.
Eso es importantísimo para nuestra investigación del comunismo.
12. La “chispa eléctrica” y la revelación del segundo orden
Hay además una imagen muy poderosa:
vapor → electricidad.
Marx ve la electricidad como una fuerza revolucionaria que reemplazará al
vapor.
Pero el propio relato introduce inmediatamente la termodinámica y la
irreversibilidad.
Entonces aparece una ironía extraordinaria:
Marx está pensando:
materia → energía → transformación.
Y simultáneamente la ciencia está descubriendo:
energía → entropía → degradación
irreversible.
Marx todavía no conoce esa formulación.
Pero nosotros podemos verla retrospectivamente como una contraalteración
epistemológica.
Marx imagina la fuerza revolucionaria.
La termodinámica introduce el límite de toda máquina.
Y esto toca directamente nuestra ley:
ningún sistema puede producir por sí mismo la absolución de su
propia determinación.
Una máquina puede transformar energía.
Pero no puede abolir la irreversibilidad.
De manera análoga:
un partido puede transformar relaciones sociales,
pero no puede garantizar que su propio poder no se convierta en captura.
13. Aquí empieza a aparecer el verdadero E8
Yo formularía ahora E8 así:
Marx → proletariado → llamada
pero:
proletariado → respuesta inesperada.
Y Marx intenta resolver el silencio mediante:
silencio → partido.
Después:
partido → organización.
Después:
organización → poder.
Pero la pregunta de tercer orden permanece:
¿quién llama al partido?
Porque si el partido solamente escucha su propio nombre:
partido → partido
ha entrado en E8.
Y si el proletariado solamente puede hablar mediante la forma que el partido
ya le proporciona:
proletariado → partido → proletariado
la relación deja de respirar.
El llamado ha sido absorbido por la organización.
14. Por eso la frase de Jenny es más revolucionaria de lo que parece
“Pan cotidiano”.
Ahí tenemos una palabra que Marx no puede controlar.
Porque el pan no es una teoría del proletariado.
Es una demanda concreta de existencia.
Y Jenny no le está diciendo:
“Tu teoría está equivocada”.
Está diciendo:
“Tu teoría tiene que responder aquí.”
Eso es contraalteración.
Y aquí podemos formular una ley para nuestra lectura de Marx:
teoría → vida → contraalteración →
teoría'.
Pero si ocurre:
teoría → vida → subsunción de la vida
bajo teoría
entonces tenemos captura.
15. Y entonces podemos volver al Consolador
Ahora sí creo que podemos precisar tu pregunta anterior sobre E8 → E9.
El Paráclito no sería para
el comunismo otro dirigente, otra organización ni una nueva doctrina.
Sería aquello que se pone al lado del sujeto para que éste
pueda escuchar el llamado que no esperaba.
Entonces:
E8 = no me dejo llamar
y:
E9 = permito que el llamado me altere.
Para Marx:
proletariado → silencio
podría convertirse en:
silencio → ¿quién me llama?
Y entonces aparecen, uno tras otro:
Engels → Marx
Jenny → Marx
hijos → Marx
Liebknecht → Marx
pobreza → Marx
trabajador → Marx
Historia → Marx
y, en nuestra reconstrucción teológica:
Dios → Marx?
No afirmaría históricamente que Marx escuchó conscientemente ese último
llamado. Eso sería inventar una biografía
religiosa que las fuentes no permiten sostener.
Pero como pregunta de la Ciencia del Logos, sí podemos plantearlo:
¿qué ocurre si el hombre que quiso dar voz al proletariado
descubre que él mismo necesita ser llamado por aquello que intentaba
representar?
Ahí Marx deja de ser solamente el que dice:
¡Proletarios, uníos!
y comienza a aparecer la posibilidad de:
Marx → “¿quién me llama?”.
Ese desplazamiento me parece el verdadero umbral entre E8
y E9.
No porque Marx llegue históricamente a E9 de manera consumada, sino porque su
vida empieza a producir las contraalteraciones que su teoría todavía no sabe
escuchar.
Y quizá esta sea la formulación más fuerte que nos deja este fragmento:
Marx quiso convertir al proletariado en sujeto de la Historia;
pero la Historia empezó a convertir a Marx en alguien que también debía
aprender a escuchar.
Ahí comienza nuestro Marx de carne y hueso.
Al mismo tiempo que redacta sus artículos sobre la
revolución de
1848 en Francia, y que batalla para hacer publícar y
difundir su re-
vista, Karl pasa todavía un poco de su tiempo, impaciente y
rabioso,
en las reuniones semanales de la autoridad central de la
Liga, en el tu-
gurio iluminado con modestas velas. Allí se encuentra entre
otros con
Schramm, Wolff, Freiligrath y Engels. Éste siempre está
flanqueado
por August von Willich, su ex comandante militar en la
campaña de
Bade. Karl echa pestes en particular por tener que soportar
a ese falso
rebelde, verdadero matamoros que incita a los emigrados
alemanes a
volver de contrabando a Prusia y fomenta complots
imaginarios, lo
que permite que la policía prusiana, que infiltró espías en
el seno de
la Liga, haga detener en Colonia a amigos de Karl que
Willich pre sentó como sus "contactos". Marx la emprende contra él en
un artí-
culo de su Neue Rheinische Zeitung, y, el 1 ode septiembre
de 1850, en el
curso de una de esas reuniones donde imperaba el humo de los
ciga-
rros, trata al oficial de /1 cretino iletrado y cuatro veces
cornudo" .
277
Willich salta y lo desafía a un duelo, Engels se interpone.
Karl se
niega a batirse. Conrad Schramm toma su lugar y es
gravemente he-
rido en la cabeza por Willich. 277
En el número de octubre de 1850 de la Neue Rheinische
Zeitung
-que publica su cuarto artículo consagrado a la revolución
de 1848- re-
pite, como réplica a Willich, que es estúpido apurarse a
partir al asalto
de Europa porque la revolución sólo podrá ocurrir cuando
termine la
crisis económica. Pero volverá: "[La revolución] sólo
es posible en pe-
ríodos donde las fuerzas de producción modernas y las
burguesas en-
tran en conflicto [ ... ]. Una nueva revolución sólo será
posible como
consecuencia de una nueva crisis. Una es tan segura como la
otra" .
45
En el mismo momento, a fines del verano de 1850, el poeta
Kinkel,
que había combatido bajo las órdenes de Willich y que había
sido cap-
turado y condenado a prisión perpetua por una corte marcial,
se
evade de la cárcel, logra abandonar el territorio prusiano y
llega a In-
glaterra (donde se convierte en un ferviente partidario de
Willich
contra Marx). El poder prusiano reacciona endureciendo la
represión
contra los medios liberales y progresistas. En una carta del
11 de no-
viembre de 1850, el mismo Federico Guillermo IV exige del
canciller
que un proceso público, ejemplar y resonante castigue a los
conspira-
dores.248 Policías y magistrados del reino, entonces, son
intimados a
descubrir un complot, y, si no detectan ninguno, a
inventarlo. 248
Durante la pesquisa efectuada en el domicilio de un tal
Nothjung
se descubren un ejemplar del Manifiesto comunista (cuya
posesión no
constituía un delito, y que se podía conseguir muy
legalmente en una
librería) y una lista de gente que inmediatamente es
arrestada y per-
seguida por conspiración. 248 A pesar de una búsqueda muy
meticu-
losa, no se encuentra ningún documento comprometedor, máxime
cuando el objetivo perseguido por la Liga de los Comunistas
es la
constitución de un movimiento político lícito y público.
Dos años más tarde, como veremos, Karl tratará de intervenir
en el
proceso incoado a sus amigos de Colonia arrestados en ese
momento.
En noviembre de 1850, la única buena noticia es la aparición
en
Nueva York de la primera traducción inglesa del Manifiesto
comunista; ocupa varias páginas de un modesto diario socialista neoyorquino, e:
Red Republícan, y lleva el nombre de dos autores: Karl Marx
y Frie·
drich Engels. Es la primera traducción extranjera de Marx.
Antes de
veinte años no aparecerá ninguna otra. Los coautores no
cobran nin·
gún derecho sobre ella.
Como algunos años antes, Marx piensa entonces nuevamente e11
emigrar a Estados Unidos y transportar su periódico. Un
amigo dE
Engels, Rotheker -uno de aquellos que participaron con él en
la insu-
rrección de Baden, y que volvieron a Londres con él-, parte
a Nueva
York a preparar el terreno.
Luego, como Karl y Jenny lo temían, la miseria hace su obra:
a
pesar de todos sus esfuerzos, el 19 de noviembre de 1850, en
su tugu-
rio insalubre y helado de Soho, su segundo hijo varón,
Henry, lla-
mado "Guido", sucumbe a una neumonía cuando
todavía no ha cum-
plido un año. Es el primer hijo que pierden. Habrá otros, en
esa
misma calle. De nuevo encinta, Jenny habla de una
"desdicha que me
esperaba, frente a la cual todo se hundió en la nada" .
123 Karl traslada
entonces toqo su afecto sobre Edgar, que tiene un poco más
de 2 años.
Se imagina que pronto encontrará con él la relación intensa
que tenía
con su propio padre. Así como se da cuenta de que está
reconstitu-
yendo con Friedrich la relación que habría podido tener con
Her-
mann, su hermano muerto, el que habría tenido exactamente la
misma edad que Friedrich.
Algunos días después del deceso de Guido, todavía en el
colmo
del dolor, Karl recibe la respuesta de Rotheker: la
situación material
de los refugiados es todavía peor en Nueva York que en
Londres. Ni
hablar de fundar allí un diario en alemán, a menos que se
desembar-
que con mucho dinero. En consecuencia, deben quedarse en
Londres
y esperar, allí, que algo pase en Francia o en Alemania.
Perturbado por la miseria de su amigo y, sobre todo, por la
muerte
de Guido, Engels consiente entonces en realizar un enorme
sacrificio:
renuncia a vivir en Londres para ir a trabajar en la fábrica
familiar de
Manchester. Sin duda, Friedrich piensa que la vida en
Londres es de-
masiado difícil, y demasiado lejana la revolución. Pero con
seguridad
también se da cuenta ya de que jamás será el par intelectual
de Karl, y
lúcidamente decide ponerse a su servicio; de tal modo, va a
ganar un
poco más de dinero y hacer que Karl aproveche una parte de
su sala-
rio y de sus gastos de representación. Esta decisión
ejercerá una in fluencia mayor sobre la vida de ambos. Aunque sus epígonos, más
tarde, traten de equipararlos, Friedrich percibe que no está
dotado de
las monstruosas capacidades intelectuales de su amigo. Al
abandonar
Londres para ir a ocupar una función de patrón, que detesta,
Engels
renuncia a ser un autor entre otros para financiar a uno,
sabiendo que
éste es único. Convertido en un "caballo de Troya en la
ciudadela ca-
pitalista",277 por añadidura suministrará a Karl
informaciones de pri-
mer orden para su trabajo teórico, y con mucha frecuencia
volverá a
Londres a discutir con él. En adelante, los dos hombres van
a escri-
birse casi todos los días, y esto a lo largo de veinte años.
No hay otro
ejemplo, en la historia de las ideas, de un sacrificio
semejante. Frie-
drich jamás lo cuestionará, pese a lo mucho que debió costar
le.
A partir de diciembre, desde Manchester, donde vive mucho
mejor que en Londres, Friedrich asegura a Karl una media de
15 li-
bras por mes, o sea, mucho más que el salario medio de un
obrero ma-
nual, lo que permite sobrevivir a los miembros de la familia
Marx y a
Hélene Demuth. 204 Es un cambio de condición notable por el
hecho de
que garantiza a la familia cierta estabilidad; ya no hay que
temer la
expulsión, la comida está garantizada. De hecho, el poeta
Freiligrath,
que abandonó Colonia en el mismo momento que Karl y que, en
una
situación familiar comparable a la suya, gana corno empleado
de
banco menos de 200 libras por año, afirma "no haber
carecido jamás
de lo mínimo necesario". 204 Pero Karl no quiere ya que
sus hijos se
contenten con lo "mínimo necesario". Por eso, en
enero de 1851, gra-
cias a lo que le envía ahora regularmente Friedrich-en la
forma de bi-
lletes cortados por la mitad y deslizados en sobres
diferentes-248 y a lo
que Jenny trajo de Tréveris, los Marx se mudan a un apartamento
de
dos ambientes un poco más cómodos en el número 64 de la
misma
Dean Street. No por eso Karl deja de calificar esa situación
de "horrif-
ying enough"47 ("todavía bastante horrible").
Máxime cuando, si Jenny una vez más está embarazada, ¡Hélene
Demuth también lo está! ¡Y nadie está en condiciones de
hacerle con-
fesar el nombre del padre! Karl, por su parte, sigue
trabajando y escri-
biendo sin pensar en otra cosa. Uno de sus visitantes de
enero de 1851
escribe a Engels: "¡Cuando uno lo visita es recibido no
por saludos
sino por categorías económicas!" .
2
o
4
Para trabajar mejor en su libro de economía para el cual
firmó un
contrato cerca de seis años antes, Marx, aconsejado por
Engels, descu bre la biblioteca del Britísh Museum, donde aprovecha la
tranquili-
dad y el calor de que está desprovisto su minúsculo
domicilio, donde
las relaciones entre las dos mujeres encintas sufren algunas
fricciones.
Allí encuentra otros proscritos, también ellos en busca de
fuentes que
permitan escribir lo que cada uno cree será "el libro
que cambiará el
destino del mundo".
Allí Karl estudia la moneda, el salario, el capital, la
inversión, las
condiciones de vida de los obreros: "Se encamina
temprano de ma-
ñana, se queda hasta las 19 horas, vuelve a su casa, cena,
trabaja en su
oficina mientras fuma". 161 Jenny jamás se quejará de
no verlo tomar
un empleo de asalariado en alguna parte. Está cada vez más
apasio-
nado por la economía, cada vez menos interesado en la acción
polí-
tica. Por eso, cuando recibe, en la sede de la Liga, cada
vez más de-
sierta, la visita de Jones, el líder cartista, que vino a
hablarle de los
Demócratas Fraternos, que desea convertir en una Asociación
Inter-
nacional Socialdemócrata, él no le presta casi ninguna
atención. Está
mucho más cautivado por la lectura, en el Times, de la
descripción del
viaje del Blazer, nave a vapor que pone el primer cable
telegráfico
submarino entre Douvres y Calais. ¡Ahí está la verdadera
revolución!,
piensa. ¡Ah! Si él pudiera conversar por telégrafo con
Engels, ¡cuánto
tiempo ganado!
El 28 de marzo de 1851, en el nuevo pequeño alojamiento nace
Franziska, quinto vástago de la pareja. Según el censo del
30 de
marzo, allí viven entonces cuatro adultos (Karl, Jenny,
Hélene y su
hermana Marianne, que acaba de llegar para ayudarlos,
también ella
remunerada por la madre de Jenny) y cuatro niños (las tres
hijas y el
hijo sobreviviente de los Marx); pagan 22 libras por año
como sublo-
catarios. Hélene sigue sin develar el nombre del padre del
hijo que
está esperando.
Al día siguiente, o sea, tres días después del nacimiento de
su
hija, Karl, a manera de participación, escribe a Friedrich
para anun-
ciarle que terminó de leer todo lo que podía haber en
materia de eco-
nomía, y que ya está cansado de trabajar en eso:
Estoy en el punto en que, dentro de cinco semanas, habré
acabado
con toda esta mierda de economía. Hecho lo cual, elaboraré
mi libro
de economía en casa. En el Museo me pondré a estudiar otra
ciencia.
La economía empieza a aburrirme. En el fondo, esta ciencia
dejó de progresar desde Adam Smith y David Ricardo, a pesar de todo
cuanto se hizo en estudios aislados, a menudo
ultradelicados.46
En esta carta menciona un "misterio", en el cual,
dice, Engels repre-
senta un papel. No vuelve sobre ello en su carta siguiente,
pero dice
a Friedrich que le hablará de eso en persona cuando su amigo
venga a
visitarlo, en abril.248 Pronto veremos de qué misterio se
trata.
Engels le responde con ironía, pero también con mucha
ternura y
lucidez: "Mientras tengas todavía un libro que
consideres impor-
tante, no podrás ponerte a escribir". 46 ¡Porque lo
conoce bien! De
hecho, Karl continúa leyendo y sigue sin consagrarse a la
escritura.
El 1 o de mayo de ese año 1851, en Londres, Karl, acompañado
por Jenny y sus dos hijas mayores, en medio de innumerables
curio-
sos, divisa a la distancia a la reina Victoria y al príncipe
Alberto, que
vinieron a inaugurar la primera Exposición universal bajo
las majes-
tuosas vidrieras del Palacio de Cristal, construido
especialmente en
Hyde Park. Allí, Karl descubre las enormes prensas
hidráulicas, la
prensa para imprimir capaz de tirar en una hora 5 mil
ejemplares del
Illustrated London, la locomotora que puede rodar a más de
100 kiló-
metros por hora, y la cámara fotográfica de Daguerre. Ese
verano, 6
millones de visitantes se ap·retujan en la Exposición. Un
grupo de
neoyorquinos viene incluso de viaje organizado por la
primera 11 agencia de turismo", creada ese año en Leicester por un
descono-
cido, Thomas Cook.65
Aprovechando la muchedumbre que arrastra la Exposición, el
hermanastro de Jenny envía a Londres a su mejor agente,
Wilhelm
Stieber, futuro jefe de los servicios secretos de Bismarck,
policía aus-
tero que, como veremos, perseguirá a Marx con su odio
durante todo
el cuarto de siglo siguiente. El hombre está ahí para
infiltrar las reu-
niones de la Liga de los Comunistas; desembarca en Great
Windmill
20, y se hace pasar por un simpatizante. Desbarata tan
hábilmente los
controles que hasta logra hacerse invitar a casa de Marx, al
miserable
dos ambientes de Soho donde sólo son admitidos los fieles.
Sin embargo, Karl sabe que es espiado, porque, en una carta
abierta dirigida en ese momento al director del Spectator,
denuncia la
vigilancia de los 11 espías prusianos en Londres". 248
Pero se deja enga-
ñar por Stieber y lo recibe en su casa como a un militante.
El espía en-
trega entonces en sus informes secretos enviados a Berlín
una des cripción detallada de la vida de los Marx en esa época. Descripción
inuy crítica que tal vez apunta a complacer a su
comanditario:
En la vida privada, [Marx] es muy desordenado, cínico, y es
un anfi-
trión detestable. Lleva una vida de bohemio. Raramente se
lava y se
cambia de ropa interior. Se emborracha con facilidad. A
menudo se
arrastra durante toda la jornada; pero, si tiene trabajo, se
consagra a
eso día y noche. No tiene horarios para dormir ni para
levantarse. A
menudo se queda en pie durante toda la noche y la mañana,
después
se acuesta a eso del mediodía sobre un canapé, todo vestido,
y
duerme hasta la tarde sin importarle las idas y venidas a su
alrede-
dor. En su apartamento no hay un solo mueble. Todo está
roto, cu-
bierto de polvo, en gran desorden. En medio del salón, una
gran
mesa cubierta por una suerte de mantel. Encima manuscritos,
libros,
diarios, pedazos de tejido rotos procedentes de la costura
de su
mujer, tazas de té melladas, cucharas sucias, cuchillos,
tenedores,
velas, tinteros, vasos, pipas, cenizas de tabaco; todo eso
en desorden
sobre la misma mesa.
Y añade:
Cuando se penetra en casa de los Marx, los ojos son
invadidos por el
humo del carbón y el tabaco como si se tratara de un sótano,
hasta
que uno se habitúa a la oscuridad y comienza a discernir los
objetos a
través del humo [ ... ].El visitante es invitado a sentarse,
pero la silla
de los niños no está limpia y uno corre el riesgo de
mancharse el pan-
talón. Todo eso no provoca ninguna molestia ni a Marx ni
tampoco a
su mujer.
El espía infiere que el hombre sigue siendo peligroso y que
está ro-
deado de compañeros dispuestos a todo para servirlo; entre
ellos cita
a Friedrich Engels, que vive en Manchester y viene a menudo
a ver a
Karl, y a Lupus Wolff.
Una imagen muy distinta de la hospitalidad de los Marx será
ofrecida más tarde por quien se convertirá en uno de sus
yernos:
Una gran cantidad de obreros de todos los países gozaron de
su ama-
ble hospitalidad, y estoy convencido de que ninguno de ellos
sospe chó jamás que aquella que los recibía con una cordialidad tan sencilla
y franca descendía, por la rama materna, de la familia de
los duques
de Argyll, y que su hermano había sido ministro del rey de
Prusia. 161
En ese momento, la situación empeora para los últimos
demócratas
prusianos: muchos son detenidos, a menudo vegetan en prisión
du-
rante años sin ser juzgados. Joseph Weydemeyer, amigo de
Bruselas,
su editor de Fráncfort, amenazado con la misma suerte,
renuncia en-
tonces a su revista, abandona Alemania y se instala en Nueva
York
para crear allí un nuevo periódico, al que quiere titular
Die Revolution.
Esto pone fin a la distribución de los ejemplares restantes
de la Neue
Rheinische Zeitung. Es la partida de defunción de esa
revista creada en
Frándort en plena batalla, tres años atrás. Karl ya no tiene
un perió-
dico donde expresarse.
El 23 de junio de 1851, Hélene Demuth trae al mundo a un
varón.
¡Sorpresa! Friedrich Engels reconoce al niño, que es llamado
Frédéric
Lewis y puesto a criar por una nodriza a su costa. Muchos
años des-
pués, Louise Freyberger-Kautsky (última ama de llaves de
Engels,
que, como veremos, representará un papel considerable en la
disputa
por el control póstumo de los manuscritos de Marx),
sostendrá que
Engels le habría confesado en su lecho de muerte que el
padre del
niflo no era otro que Karl Marx. Hélene guardará silencio
toda su vida
al respecto. Marx jamás hará nada por el niño, que Engels
siempre se
negará a ver y que los hijos de Karl, tras la muerte de su
padre, termi-
narán por considerar como su hermanastro, aunque él mismo,
con-
vertido en obrero y militante socialista, jamás sabrá nada
de su ori-
gen. En sus breves notas autobiográficas, Jenny se limita a
escribir:
"A comienzos del verano de 1851 ocurrió un
acontecimiento sobre el
que no me extenderé". 2
o1 De hecho, Jenny jamás dirá nada. Si el niño
fue concebido a fines de septiembre de 1850, eso abogaría
por la pa-
ternidad de Marx, ya que Jenny se encontraba entonces en
Tréveris.
Engels no podría ser su padre, salvo que se tratara de un
prematuro
concebido a fines de octubre, puesto que él mismo estaba
entonces en
Londres. Hélene retoma su servicio en cuanto el niño es
destetado.
Los rumores sobre un nacimiento ilegítimo dan la vuelta con
gran
rapidez al pequeño mundo de los proscritos.
"¡Indescriptibles infa-
mias!", escribe Marx, apenas un mes más tarde, a
Weydemeyer, insta-
lado en Nueva York, que ya está al tanto. Al mismo tiempo,
Karl de nuncia todas las calumnias propaladas por "mis enemigos en el seno
de la izquierda democrática. ¡Ni siquiera deben ser
mencionadas!".248
Porque este rumor no es más que uno de los innumerables
chismes
que lo agobian en esa época: 248 es acusado de despreciar al
proleta-
riado, de admirar la aristocracia, de tramar todo tipo de
complots es-
trafalarios, de desviar fondos para llevar una vida
burguesa. Gran
cantidad de estas acusaciones adoptan una tonalidad
antisemita, y
varias retoman incluso el apodo que le pusieron sus amigos y
sus
hijos, "el Moro", para convertirlo en una manera
de designarlo como
judío.248 Llegan incluso a acusarlo de colaborar con el Neue
Preussische
Zeitung [Nueva gaceta prusiana], diario conservador de
Berlín de
cuyo comité de redacción es miembro Ferdinand von
Westphalen,
siempre ministro del Interior.248 ¡Otros dicen incluso que
es un agente
prusiano infiltrado en los medios revolucionarios! Esas
fantasías son
retomadas por los diarios alemanes de Londres, que también
regular-
mente abundan en alusiones sobre las excelentes relaciones
que Karl
mantendría con su cuñado. En cuanto las oye, Marx reacciona
con
violencia277 y reta a duelo, ese año, sin tener el menor
entrenamiento
en el manejo de las armas, a tres de sus detractores, entre
ellos el edi-
tor de un diario que lo criticó. Los tres piden mil perdones
y los due-
los no se llevan a cabo.
Por todas partes en Europa, los acontecimientos de fines de
1851
confirman la predicción de Karl en sus artículos sobre 1848:
la revolu-
ción no es inminente, ni mucho menos.
En Prusia, la Constitución liberal es revocada; los
opositores, des-
terrados; las libertades de prensa y de asociación, anuladas;
los dere-
chos fundamentales concedidos en 1848 son suprimidos. Ni
hablar de
esperar una amnistía que permitiría que Marx regresara al
país.
La última esperanza de retorno al continente se desvanece
cuando, en París, en la noche del 1° al 2 de diciembre de
1851, Luis
Napoleón Bonaparte disuelve la Asamblea Nacional, "foco
de com-
plots", porque se niega a revisar la Constitución para
autorizarlo a
que se vuelva a presentar para la presidencia de la
República. 163 El 3
de diciembre se levantan barricadas en la capital francesa;
un dipu-
tado del Ain es muerto en el suburbio Saint-Antoine mientras
grita:
"¡Van a ver cómo se muere por 25 francos!", 163
suma que corresponde
al monto de la dieta diaria de los parlamentarios. La tropa
tira sobre
una muchedumbre de manifestantes: alrededor de 200 muertos sobre
los Grandes Bulevares. Estallan motines también en la Ni.evre,
el Hérault, el Var y los Alpes Bajos, 163 pero son
marginales, ya que los
campesinos se sienten identificados con el recuerdo napoleónico.
Karl sigue esos acontecimientos con pasión. En ellos ve la
confir-
mación de lo que escribió: s~n una alianza sólida entre
obreros y cam-
pesinos, una revolución no puede sino fracasar. Y ésta
fracasa como la
precedente.
La mayoría de los diputados republicanos, como Victor Hugo,
son detenidos y desterrados en medio de otras 27 mil
personas dete-
nidas, 4 mil de las cuales son deportadas. Hugo abandona
Francia. El
20 de diciembre de 1851, el pueblo rural aprueba masivamente
el
golpe de Estado y delega en Luis Napoleón el poder de
redactar una
nueva Constítución, que le confía el poder por diez años.
Karl ve en esto una última confirmación de lo que había
previsto
en su serie de artículos sobre la revolución de 1848: tanto
en Francia
como en Prusia, como los obreros no supieron aliarse con los
campesi-
nos, un poder autoritario pone punto final a las últimas
veleidades li-
berales. Su júbilo intelectual no le impide comprender que
ahora está
bloqueado durante un tiempo indeterminado en un país cuya
lengua
todavía habla mal y en el que literalmente se muere de
hambre.
De Joseph Weydemeyer, instalado en Nueva York, recibe en
enero
de 1852 la propuesta de escribir, para el semanario político
que éste
está a punto de lanzar con el título de Die Revolution, el
relato de ese
golpe de Estado de 1851, como hizo antaño el de la
revolución de 1848
en el diario que distribuía Weydemeyer. Se fija una
remuneración
muy escasa. Karl acepta. Cada semana, hasta el comienzo de
marzo
de 1852, hace llegar a Nueva York un artículo; de hecho, los
siete
serán reunidos para publicación por Weydemeyer en uno solo,
bajo el
título El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. zo Como
siempre, Jenny se
ocupó de despacharlo -a costa del editor- tras haberlos
pasado en
limpio y haber discutido sobre ellos. A manera de artículos
de prensa,
una vez más es un texto teórico mayor.
Como en su serie de artículos anterior, Karl quiere explicar
el
golpe de Estado mediante la lucha de clases. Comienza con
esa frase
tan famosa:
En un pasaje de sus obras, Hegel observa que todos los
grandes acon-
tecimientos y los grandes personajes de la historia
universal se pre sentan por así decirlo dos veces. Pero se ha olvidado de
añadir: la pri-
mera como tragedia, la segunda como farsa. 20
Muestra luego que, así como la crisis mundial de 1847 había
debili-
tado a la burguesía, la prosperidad recuperada en 1849 la
reforzó;
que la manera en que fracasó la revolución prueba incluso,
de ser ne-
cesario, que el Estado no es, como lo pensaban Hegel y los
"socialis-
tas verdaderos" alemanes -sus primeros compañeros-, el
poseedor y
el garante de un "interés general" sino el
instrumento de las clases
dominantes; que los campesinos cuya defección aseguró la
derrota
de la República un día serán decepcionados por el mismo a
quien lle-
varon al poder; que comprenderán que tienen los mismos
intereses
que los obreros, que son los adversarios de los notables
rurales alia-
dos a los del capital:
Los intereses de los campesinos no se confunden ya con los
de la bur-
guesía y el capital, como ocurría con Napoleón I; por el
contrario, se
oponen a el1os [ ... ]. Por eso, los campesinos encuentran
un aliado na-
tural y un guía en el proletariado de las ciudades, cuyo
destino es de-
rrocar el orden burgués. 20
"Un aliado y un guía": en estas palabras se
anuncia el papel de diri-
gente atribuido a la clase obrera, clase minoritaria,
entonces en el
vértice de la inteligencia industrial pero esencialmente
explotada.
Marx pensará siempre que a esa minoría debe corresponder la
direc-
ción de la revolución, aunque no volverá a decirlo. Y aunque
jamás
piense que la clase obrera, y mucho menos el partido que la
repre-
sente, debe monopolizar el poder. Más tarde, Engels y luego
Lenin
harán esa elección.
Si prevé que un día el Imperio será derrocado, teme que el
prole-
tariado obrero no permita que se confisque su victoria por
no haber
sabido aliarse con los campesinos. Más precisamente, explica
que
cuando caiga el Imperio, primero se instalará una república
parla-
mentaria que recuperará el Estado y lo pondrá al servicio de
la bur-
guesía; y que una revolución obrera no podrá luego
prevalecer a
menos que los obreros de las ciudades se alíen con los
pequeños pro-
pietarios del campo, con los campesinos y los comerciantes,
para
"concentrar contra el Estado todas esas fuerzas de
destrucción" 20 y "quebrar la maquinaria estatal que todas esas
revoluciones políticas
no hicieron más que perfeccionar".20 La tarea del
dirigente proletario,
pues, consiste en engendrar en los obreros la conciencia de
su destino
mediante la creación de partidos de masa con miras a la
constitución
de una vasta alianza, de una mayoría de gobierno que englobe
las
otras fracciones explotadas de la población.
Así, Marx procede al análisis, luminoso y premonitorio, de
lo que
efectivamente pasará veinte años más tarde en Francia: la
caída del
Segundo Imperio, el advenimiento de una república burguesa,
la su-
blevación de los obreros parisinos y el fracaso de su
revolución por no
haber podido incorporar a tiempo a los campesinos y a las
elites pro-
vinciales. Será la Comuna.
Proféticamente, escribe: "El día en que el manto
imperial caiga
sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de
Napo-
león se derrumbará desde lo alto de la columna Vendome"
.
20 En
efecto, se necesitarán veinte años para que se realice con
mucha exac-
titud esta predicción, y para que luego, exactamente como él
lo había
predicho, nazcan los primeros partidos de masa, todavía
inconcebi-
bles en 1852.
Y luego está esa frase bella y misteriosa, inmensa incluso
por lo
que anuncia: "No es en el pasado, sino únicamente en el
porvenir
donde la revolución social del siglo x1x podrá encontrar Ja
fuente de
su poesía". 20
Karl es consciente del valor de lo que aquí escribe. En la
última de
sus entregas, el 5 de marzo de 1852, describe lo que él sabe
que puede
aportar de nuevo al análisis social:
No es a mí a quien corresponde el mérito de haber
descubierto ni la
existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha
mutua.
Mucho tiempo antes que yo, algunos historiadores burgueses
habían
descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y
algunos eco-
nomistas burgueses habían expresado su anatomía económica.
Lo
que yo hice de nuevo fue: 1) demostrar que la existencia de
las clases
sólo está relacionada con fases de desarrollo histórico
determinado
de la producción; 2) que la lucha de clases conduce
necesariamente a
la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura
no consti-
tuye más que la transición a la abolición de todas las
clases y a una
sociedad sin dases.
Al mismo tiempo que redacta sus artículos sobre la
revolución de
1848 en Francia, y que batalla para hacer publícar y
difundir su re-
vista, Karl pasa todavía un poco de su tiempo, impaciente y
rabioso,
en las reuniones semanales de la autoridad central de la
Liga, en el tu-
gurio iluminado con modestas velas. Allí se encuentra entre
otros con
Schramm, Wolff, Freiligrath y Engels. Éste siempre está
flanqueado
por August von Willich, su ex comandante militar en la
campaña de
Bade. Karl echa pestes en particular por tener que soportar
a ese falso
rebelde, verdadero matamoros que incita a los emigrados
alemanes a
volver de contrabando a Prusia y fomenta complots
imaginarios, lo
que permite que la policía prusiana, que infiltró espías en
el seno de
la Liga, haga detener en Colonia a amigos de Karl que
Willich pre sentó como sus "contactos". Marx la emprende contra él en
un artí-
culo de su Neue Rheinische Zeitung, y, el 1 ode septiembre
de 1850, en el
curso de una de esas reuniones donde imperaba el humo de los
ciga-
rros, trata al oficial de /1 cretino iletrado y cuatro veces
cornudo" .
277
Willich salta y lo desafía a un duelo, Engels se interpone.
Karl se
niega a batirse. Conrad Schramm toma su lugar y es
gravemente he-
rido en la cabeza por Willich. 277
En el número de octubre de 1850 de la Neue Rheinische
Zeitung
-que publica su cuarto artículo consagrado a la revolución
de 1848- re-
pite, como réplica a Willich, que es estúpido apurarse a
partir al asalto
de Europa porque la revolución sólo podrá ocurrir cuando
termine la
crisis económica. Pero volverá: "[La revolución] sólo
es posible en pe-
ríodos donde las fuerzas de producción modernas y las
burguesas en-
tran en conflicto [ ... ]. Una nueva revolución sólo será
posible como
consecuencia de una nueva crisis. Una es tan segura como la
otra" .
45
En el mismo momento, a fines del verano de 1850, el poeta
Kinkel,
que había combatido bajo las órdenes de Willich y que había
sido cap-
turado y condenado a prisión perpetua por una corte marcial,
se
evade de la cárcel, logra abandonar el territorio prusiano y
llega a In-
glaterra (donde se convierte en un ferviente partidario de
Willich
contra Marx). El poder prusiano reacciona endureciendo la
represión
contra los medios liberales y progresistas. En una carta del
11 de no-
viembre de 1850, el mismo Federico Guillermo IV exige del
canciller
que un proceso público, ejemplar y resonante castigue a los
conspira-
dores.248 Policías y magistrados del reino, entonces, son
intimados a
descubrir un complot, y, si no detectan ninguno, a
inventarlo. 248
Durante la pesquisa efectuada en el domicilio de un tal
Nothjung
se descubren un ejemplar del Manifiesto comunista (cuya
posesión no
constituía un delito, y que se podía conseguir muy
legalmente en una
librería) y una lista de gente que inmediatamente es
arrestada y per-
seguida por conspiración. 248 A pesar de una búsqueda muy
meticu-
losa, no se encuentra ningún documento comprometedor, máxime
cuando el objetivo perseguido por la Liga de los Comunistas
es la
constitución de un movimiento político lícito y público.
Dos años más tarde, como veremos, Karl tratará de intervenir
en el
proceso incoado a sus amigos de Colonia arrestados en ese
momento.
En noviembre de 1850, la única buena noticia es la aparición
en
Nueva York de la primera traducción inglesa del Manifiesto
comunista; ocupa varias páginas de un modesto diario socialista neoyorquino, e:
Red Republícan, y lleva el nombre de dos autores: Karl Marx
y Frie·
drich Engels. Es la primera traducción extranjera de Marx.
Antes de
veinte años no aparecerá ninguna otra. Los coautores no
cobran nin·
gún derecho sobre ella.
Como algunos años antes, Marx piensa entonces nuevamente e11
emigrar a Estados Unidos y transportar su periódico. Un
amigo dE
Engels, Rotheker -uno de aquellos que participaron con él en
la insu-
rrección de Baden, y que volvieron a Londres con él-, parte
a Nueva
York a preparar el terreno.
Luego, como Karl y Jenny lo temían, la miseria hace su obra:
a
pesar de todos sus esfuerzos, el 19 de noviembre de 1850, en
su tugu-
rio insalubre y helado de Soho, su segundo hijo varón,
Henry, lla-
mado "Guido", sucumbe a una neumonía cuando
todavía no ha cum-
plido un año. Es el primer hijo que pierden. Habrá otros, en
esa
misma calle. De nuevo encinta, Jenny habla de una
"desdicha que me
esperaba, frente a la cual todo se hundió en la nada" .
123 Karl traslada
entonces toqo su afecto sobre Edgar, que tiene un poco más
de 2 años.
Se imagina que pronto encontrará con él la relación intensa
que tenía
con su propio padre. Así como se da cuenta de que está
reconstitu-
yendo con Friedrich la relación que habría podido tener con
Her-
mann, su hermano muerto, el que habría tenido exactamente la
misma edad que Friedrich.
Algunos días después del deceso de Guido, todavía en el
colmo
del dolor, Karl recibe la respuesta de Rotheker: la
situación material
de los refugiados es todavía peor en Nueva York que en
Londres. Ni
hablar de fundar allí un diario en alemán, a menos que se
desembar-
que con mucho dinero. En consecuencia, deben quedarse en
Londres
y esperar, allí, que algo pase en Francia o en Alemania.
Perturbado por la miseria de su amigo y, sobre todo, por la
muerte
de Guido, Engels consiente entonces en realizar un enorme
sacrificio:
renuncia a vivir en Londres para ir a trabajar en la fábrica
familiar de
Manchester. Sin duda, Friedrich piensa que la vida en
Londres es de-
masiado difícil, y demasiado lejana la revolución. Pero con
seguridad
también se da cuenta ya de que jamás será el par intelectual
de Karl, y
lúcidamente decide ponerse a su servicio; de tal modo, va a
ganar un
poco más de dinero y hacer que Karl aproveche una parte de
su sala-
rio y de sus gastos de representación. Esta decisión
ejercerá una in fluencia mayor sobre la vida de ambos. Aunque sus epígonos, más
tarde, traten de equipararlos, Friedrich percibe que no está
dotado de
las monstruosas capacidades intelectuales de su amigo. Al
abandonar
Londres para ir a ocupar una función de patrón, que detesta,
Engels
renuncia a ser un autor entre otros para financiar a uno,
sabiendo que
éste es único. Convertido en un "caballo de Troya en la
ciudadela ca-
pitalista",277 por añadidura suministrará a Karl
informaciones de pri-
mer orden para su trabajo teórico, y con mucha frecuencia
volverá a
Londres a discutir con él. En adelante, los dos hombres van
a escri-
birse casi todos los días, y esto a lo largo de veinte años.
No hay otro
ejemplo, en la historia de las ideas, de un sacrificio
semejante. Frie-
drich jamás lo cuestionará, pese a lo mucho que debió costar
le.
A partir de diciembre, desde Manchester, donde vive mucho
mejor que en Londres, Friedrich asegura a Karl una media de
15 li-
bras por mes, o sea, mucho más que el salario medio de un obrero
ma-
nual, lo que permite sobrevivir a los miembros de la familia
Marx y a
Hélene Demuth. 204 Es un cambio de condición notable por el
hecho de
que garantiza a la familia cierta estabilidad; ya no hay que
temer la
expulsión, la comida está garantizada. De hecho, el poeta
Freiligrath,
que abandonó Colonia en el mismo momento que Karl y que, en
una
situación familiar comparable a la suya, gana corno empleado
de
banco menos de 200 libras por año, afirma "no haber
carecido jamás
de lo mínimo necesario". 204 Pero Karl no quiere ya que
sus hijos se
contenten con lo "mínimo necesario". Por eso, en
enero de 1851, gra-
cias a lo que le envía ahora regularmente Friedrich-en la
forma de bi-
lletes cortados por la mitad y deslizados en sobres
diferentes-248 y a lo
que Jenny trajo de Tréveris, los Marx se mudan a un
apartamento de
dos ambientes un poco más cómodos en el número 64 de la
misma
Dean Street. No por eso Karl deja de calificar esa situación
de "horrif-
ying enough"47 ("todavía bastante horrible").
Máxime cuando, si Jenny una vez más está embarazada, ¡Hélene
Demuth también lo está! ¡Y nadie está en condiciones de
hacerle con-
fesar el nombre del padre! Karl, por su parte, sigue
trabajando y escri-
biendo sin pensar en otra cosa. Uno de sus visitantes de
enero de 1851
escribe a Engels: "¡Cuando uno lo visita es recibido no
por saludos
sino por categorías económicas!" .
2
o
4
Para trabajar mejor en su libro de economía para el cual
firmó un
contrato cerca de seis años antes, Marx, aconsejado por
Engels, descu bre la biblioteca del Britísh Museum, donde aprovecha la
tranquili-
dad y el calor de que está desprovisto su minúsculo
domicilio, donde
las relaciones entre las dos mujeres encintas sufren algunas
fricciones.
Allí encuentra otros proscritos, también ellos en busca de
fuentes que
permitan escribir lo que cada uno cree será "el libro
que cambiará el
destino del mundo".
Allí Karl estudia la moneda, el salario, el capital, la
inversión, las
condiciones de vida de los obreros: "Se encamina
temprano de ma-
ñana, se queda hasta las 19 horas, vuelve a su casa, cena,
trabaja en su
oficina mientras fuma". 161 Jenny jamás se quejará de
no verlo tomar
un empleo de asalariado en alguna parte. Está cada vez más
apasio-
nado por la economía, cada vez menos interesado en la acción
polí-
tica. Por eso, cuando recibe, en la sede de la Liga, cada
vez más de-
sierta, la visita de Jones, el líder cartista, que vino a
hablarle de los
Demócratas Fraternos, que desea convertir en una Asociación
Inter-
nacional Socialdemócrata, él no le presta casi ninguna
atención. Está
mucho más cautivado por la lectura, en el Times, de la
descripción del
viaje del Blazer, nave a vapor que pone el primer cable
telegráfico
submarino entre Douvres y Calais. ¡Ahí está la verdadera
revolución!,
piensa. ¡Ah! Si él pudiera conversar por telégrafo con
Engels, ¡cuánto
tiempo ganado!
El 28 de marzo de 1851, en el nuevo pequeño alojamiento nace
Franziska, quinto vástago de la pareja. Según el censo del
30 de
marzo, allí viven entonces cuatro adultos (Karl, Jenny,
Hélene y su
hermana Marianne, que acaba de llegar para ayudarlos,
también ella
remunerada por la madre de Jenny) y cuatro niños (las tres
hijas y el
hijo sobreviviente de los Marx); pagan 22 libras por año
como sublo-
catarios. Hélene sigue sin develar el nombre del padre del
hijo que
está esperando.
Al día siguiente, o sea, tres días después del nacimiento de
su
hija, Karl, a manera de participación, escribe a Friedrich
para anun-
ciarle que terminó de leer todo lo que podía haber en materia
de eco-
nomía, y que ya está cansado de trabajar en eso:
Estoy en el punto en que, dentro de cinco semanas, habré
acabado
con toda esta mierda de economía. Hecho lo cual, elaboraré
mi libro
de economía en casa. En el Museo me pondré a estudiar otra
ciencia.
La economía empieza a aburrirme. En el fondo, esta ciencia
dejó de progresar desde Adam Smith y David Ricardo, a pesar de todo
cuanto se hizo en estudios aislados, a menudo
ultradelicados.46
En esta carta menciona un "misterio", en el cual,
dice, Engels repre-
senta un papel. No vuelve sobre ello en su carta siguiente,
pero dice
a Friedrich que le hablará de eso en persona cuando su amigo
venga a
visitarlo, en abril.248 Pronto veremos de qué misterio se
trata.
Engels le responde con ironía, pero también con mucha
ternura y
lucidez: "Mientras tengas todavía un libro que
consideres impor-
tante, no podrás ponerte a escribir". 46 ¡Porque lo
conoce bien! De
hecho, Karl continúa leyendo y sigue sin consagrarse a la
escritura.
El 1 o de mayo de ese año 1851, en Londres, Karl, acompañado
por Jenny y sus dos hijas mayores, en medio de innumerables
curio-
sos, divisa a la distancia a la reina Victoria y al príncipe
Alberto, que
vinieron a inaugurar la primera Exposición universal bajo
las majes-
tuosas vidrieras del Palacio de Cristal, construido
especialmente en
Hyde Park. Allí, Karl descubre las enormes prensas
hidráulicas, la
prensa para imprimir capaz de tirar en una hora 5 mil
ejemplares del
Illustrated London, la locomotora que puede rodar a más de
100 kiló-
metros por hora, y la cámara fotográfica de Daguerre. Ese
verano, 6
millones de visitantes se ap·retujan en la Exposición. Un
grupo de
neoyorquinos viene incluso de viaje organizado por la
primera 11 agencia de turismo", creada ese año en Leicester por un
descono-
cido, Thomas Cook.65
Aprovechando la muchedumbre que arrastra la Exposición, el
hermanastro de Jenny envía a Londres a su mejor agente,
Wilhelm
Stieber, futuro jefe de los servicios secretos de Bismarck,
policía aus-
tero que, como veremos, perseguirá a Marx con su odio
durante todo
el cuarto de siglo siguiente. El hombre está ahí para
infiltrar las reu-
niones de la Liga de los Comunistas; desembarca en Great
Windmill
20, y se hace pasar por un simpatizante. Desbarata tan hábilmente
los
controles que hasta logra hacerse invitar a casa de Marx, al
miserable
dos ambientes de Soho donde sólo son admitidos los fieles.
Sin embargo, Karl sabe que es espiado, porque, en una carta
abierta dirigida en ese momento al director del Spectator,
denuncia la
vigilancia de los 11 espías prusianos en Londres". 248
Pero se deja enga-
ñar por Stieber y lo recibe en su casa como a un militante.
El espía en-
trega entonces en sus informes secretos enviados a Berlín
una des cripción detallada de la vida de los Marx en esa época. Descripción
inuy crítica que tal vez apunta a complacer a su
comanditario:
En la vida privada, [Marx] es muy desordenado, cínico, y es
un anfi-
trión detestable. Lleva una vida de bohemio. Raramente se
lava y se
cambia de ropa interior. Se emborracha con facilidad. A
menudo se
arrastra durante toda la jornada; pero, si tiene trabajo, se
consagra a
eso día y noche. No tiene horarios para dormir ni para
levantarse. A
menudo se queda en pie durante toda la noche y la mañana,
después
se acuesta a eso del mediodía sobre un canapé, todo vestido,
y
duerme hasta la tarde sin importarle las idas y venidas a su
alrede-
dor. En su apartamento no hay un solo mueble. Todo está
roto, cu-
bierto de polvo, en gran desorden. En medio del salón, una
gran
mesa cubierta por una suerte de mantel. Encima manuscritos,
libros,
diarios, pedazos de tejido rotos procedentes de la costura
de su
mujer, tazas de té melladas, cucharas sucias, cuchillos,
tenedores,
velas, tinteros, vasos, pipas, cenizas de tabaco; todo eso
en desorden
sobre la misma mesa.
Y añade:
Cuando se penetra en casa de los Marx, los ojos son
invadidos por el
humo del carbón y el tabaco como si se tratara de un sótano,
hasta
que uno se habitúa a la oscuridad y comienza a discernir los
objetos a
través del humo [ ... ].El visitante es invitado a sentarse,
pero la silla
de los niños no está limpia y uno corre el riesgo de
mancharse el pan-
talón. Todo eso no provoca ninguna molestia ni a Marx ni
tampoco a
su mujer.
El espía infiere que el hombre sigue siendo peligroso y que
está ro-
deado de compañeros dispuestos a todo para servirlo; entre
ellos cita
a Friedrich Engels, que vive en Manchester y viene a menudo
a ver a
Karl, y a Lupus Wolff.
Una imagen muy distinta de la hospitalidad de los Marx será
ofrecida más tarde por quien se convertirá en uno de sus
yernos:
Una gran cantidad de obreros de todos los países gozaron de
su ama-
ble hospitalidad, y estoy convencido de que ninguno de ellos
sospe chó jamás que aquella que los recibía con una cordialidad tan sencilla
y franca descendía, por la rama materna, de la familia de
los duques
de Argyll, y que su hermano había sido ministro del rey de
Prusia. 161
En ese momento, la situación empeora para los últimos
demócratas
prusianos: muchos son detenidos, a menudo vegetan en prisión
du-
rante años sin ser juzgados. Joseph Weydemeyer, amigo de
Bruselas,
su editor de Fráncfort, amenazado con la misma suerte,
renuncia en-
tonces a su revista, abandona Alemania y se instala en Nueva
York
para crear allí un nuevo periódico, al que quiere titular
Die Revolution.
Esto pone fin a la distribución de los ejemplares restantes
de la Neue
Rheinische Zeitung. Es la partida de defunción de esa
revista creada en
Frándort en plena batalla, tres años atrás. Karl ya no tiene
un perió-
dico donde expresarse.
El 23 de junio de 1851, Hélene Demuth trae al mundo a un
varón.
¡Sorpresa! Friedrich Engels reconoce al niño, que es llamado
Frédéric
Lewis y puesto a criar por una nodriza a su costa. Muchos
años des-
pués, Louise Freyberger-Kautsky (última ama de llaves de
Engels,
que, como veremos, representará un papel considerable en la
disputa
por el control póstumo de los manuscritos de Marx),
sostendrá que
Engels le habría confesado en su lecho de muerte que el padre
del
niflo no era otro que Karl Marx. Hélene guardará silencio
toda su vida
al respecto. Marx jamás hará nada por el niño, que Engels
siempre se
negará a ver y que los hijos de Karl, tras la muerte de su
padre, termi-
narán por considerar como su hermanastro, aunque él mismo,
con-
vertido en obrero y militante socialista, jamás sabrá nada
de su ori-
gen. En sus breves notas autobiográficas, Jenny se limita a
escribir:
"A comienzos del verano de 1851 ocurrió un
acontecimiento sobre el
que no me extenderé". 2
o1 De hecho, Jenny jamás dirá nada. Si el niño
fue concebido a fines de septiembre de 1850, eso abogaría
por la pa-
ternidad de Marx, ya que Jenny se encontraba entonces en
Tréveris.
Engels no podría ser su padre, salvo que se tratara de un
prematuro
concebido a fines de octubre, puesto que él mismo estaba
entonces en
Londres. Hélene retoma su servicio en cuanto el niño es
destetado.
Los rumores sobre un nacimiento ilegítimo dan la vuelta con
gran
rapidez al pequeño mundo de los proscritos. "¡Indescriptibles
infa-
mias!", escribe Marx, apenas un mes más tarde, a
Weydemeyer, insta-
lado en Nueva York, que ya está al tanto. Al mismo tiempo,
Karl de nuncia todas las calumnias propaladas por "mis enemigos en el seno
de la izquierda democrática. ¡Ni siquiera deben ser
mencionadas!".248
Porque este rumor no es más que uno de los innumerables
chismes
que lo agobian en esa época: 248 es acusado de despreciar al
proleta-
riado, de admirar la aristocracia, de tramar todo tipo de
complots es-
trafalarios, de desviar fondos para llevar una vida
burguesa. Gran
cantidad de estas acusaciones adoptan una tonalidad
antisemita, y
varias retoman incluso el apodo que le pusieron sus amigos y
sus
hijos, "el Moro", para convertirlo en una manera
de designarlo como
judío.248 Llegan incluso a acusarlo de colaborar con el Neue
Preussische
Zeitung [Nueva gaceta prusiana], diario conservador de
Berlín de
cuyo comité de redacción es miembro Ferdinand von
Westphalen,
siempre ministro del Interior.248 ¡Otros dicen incluso que
es un agente
prusiano infiltrado en los medios revolucionarios! Esas
fantasías son
retomadas por los diarios alemanes de Londres, que también
regular-
mente abundan en alusiones sobre las excelentes relaciones
que Karl
mantendría con su cuñado. En cuanto las oye, Marx reacciona
con
violencia277 y reta a duelo, ese año, sin tener el menor
entrenamiento
en el manejo de las armas, a tres de sus detractores, entre
ellos el edi-
tor de un diario que lo criticó. Los tres piden mil perdones
y los due-
los no se llevan a cabo.
Por todas partes en Europa, los acontecimientos de fines de
1851
confirman la predicción de Karl en sus artículos sobre 1848:
la revolu-
ción no es inminente, ni mucho menos.
En Prusia, la Constitución liberal es revocada; los
opositores, des-
terrados; las libertades de prensa y de asociación,
anuladas; los dere-
chos fundamentales concedidos en 1848 son suprimidos. Ni
hablar de
esperar una amnistía que permitiría que Marx regresara al
país.
La última esperanza de retorno al continente se desvanece
cuando, en París, en la noche del 1° al 2 de diciembre de
1851, Luis
Napoleón Bonaparte disuelve la Asamblea Nacional, "foco
de com-
plots", porque se niega a revisar la Constitución para
autorizarlo a
que se vuelva a presentar para la presidencia de la
República. 163 El 3
de diciembre se levantan barricadas en la capital francesa;
un dipu-
tado del Ain es muerto en el suburbio Saint-Antoine mientras
grita:
"¡Van a ver cómo se muere por 25 francos!", 163
suma que corresponde
al monto de la dieta diaria de los parlamentarios. La tropa
tira sobre
una muchedumbre de manifestantes: alrededor de 200 muertos
sobre los Grandes Bulevares. Estallan motines también en la Ni.evre,
el Hérault, el Var y los Alpes Bajos, 163 pero son
marginales, ya que los
campesinos se sienten identificados con el recuerdo
napoleónico.
Karl sigue esos acontecimientos con pasión. En ellos ve la
confir-
mación de lo que escribió: s~n una alianza sólida entre
obreros y cam-
pesinos, una revolución no puede sino fracasar. Y ésta
fracasa como la
precedente.
La mayoría de los diputados republicanos, como Victor Hugo,
son detenidos y desterrados en medio de otras 27 mil
personas dete-
nidas, 4 mil de las cuales son deportadas. Hugo abandona
Francia. El
20 de diciembre de 1851, el pueblo rural aprueba masivamente
el
golpe de Estado y delega en Luis Napoleón el poder de
redactar una
nueva Constítución, que le confía el poder por diez años.
Karl ve en esto una última confirmación de lo que había
previsto
en su serie de artículos sobre la revolución de 1848: tanto
en Francia
como en Prusia, como los obreros no supieron aliarse con los
campesi-
nos, un poder autoritario pone punto final a las últimas
veleidades li-
berales. Su júbilo intelectual no le impide comprender que
ahora está
bloqueado durante un tiempo indeterminado en un país cuya
lengua
todavía habla mal y en el que literalmente se muere de
hambre.
De Joseph Weydemeyer, instalado en Nueva York, recibe en
enero
de 1852 la propuesta de escribir, para el semanario político
que éste
está a punto de lanzar con el título de Die Revolution, el
relato de ese
golpe de Estado de 1851, como hizo antaño el de la
revolución de 1848
en el diario que distribuía Weydemeyer. Se fija una
remuneración
muy escasa. Karl acepta. Cada semana, hasta el comienzo de
marzo
de 1852, hace llegar a Nueva York un artículo; de hecho, los
siete
serán reunidos para publicación por Weydemeyer en uno solo,
bajo el
título El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. zo Como
siempre, Jenny se
ocupó de despacharlo -a costa del editor- tras haberlos
pasado en
limpio y haber discutido sobre ellos. A manera de artículos
de prensa,
una vez más es un texto teórico mayor.
Como en su serie de artículos anterior, Karl quiere explicar
el
golpe de Estado mediante la lucha de clases. Comienza con
esa frase
tan famosa:
En un pasaje de sus obras, Hegel observa que todos los
grandes acon-
tecimientos y los grandes personajes de la historia
universal se pre sentan por así decirlo dos veces. Pero se ha olvidado de
añadir: la pri-
mera como tragedia, la segunda como farsa. 20
Muestra luego que, así como la crisis mundial de 1847 había
debili-
tado a la burguesía, la prosperidad recuperada en 1849 la
reforzó;
que la manera en que fracasó la revolución prueba incluso,
de ser ne-
cesario, que el Estado no es, como lo pensaban Hegel y los
"socialis-
tas verdaderos" alemanes -sus primeros compañeros-, el
poseedor y
el garante de un "interés general" sino el
instrumento de las clases
dominantes; que los campesinos cuya defección aseguró la derrota
de la República un día serán decepcionados por el mismo a
quien lle-
varon al poder; que comprenderán que tienen los mismos
intereses
que los obreros, que son los adversarios de los notables
rurales alia-
dos a los del capital:
Los intereses de los campesinos no se confunden ya con los
de la bur-
guesía y el capital, como ocurría con Napoleón I; por el
contrario, se
oponen a el1os [ ... ]. Por eso, los campesinos encuentran
un aliado na-
tural y un guía en el proletariado de las ciudades, cuyo destino
es de-
rrocar el orden burgués. 20
"Un aliado y un guía": en estas palabras se
anuncia el papel de diri-
gente atribuido a la clase obrera, clase minoritaria,
entonces en el
vértice de la inteligencia industrial pero esencialmente
explotada.
Marx pensará siempre que a esa minoría debe corresponder la
direc-
ción de la revolución, aunque no volverá a decirlo. Y aunque
jamás
piense que la clase obrera, y mucho menos el partido que la
repre-
sente, debe monopolizar el poder. Más tarde, Engels y luego
Lenin
harán esa elección.
Si prevé que un día el Imperio será derrocado, teme que el
prole-
tariado obrero no permita que se confisque su victoria por
no haber
sabido aliarse con los campesinos. Más precisamente, explica
que
cuando caiga el Imperio, primero se instalará una república
parla-
mentaria que recuperará el Estado y lo pondrá al servicio de
la bur-
guesía; y que una revolución obrera no podrá luego
prevalecer a
menos que los obreros de las ciudades se alíen con los
pequeños pro-
pietarios del campo, con los campesinos y los comerciantes,
para
"concentrar contra el Estado todas esas fuerzas de
destrucción" 20 y "quebrar la maquinaria estatal que todas esas
revoluciones políticas
no hicieron más que perfeccionar".20 La tarea del
dirigente proletario,
pues, consiste en engendrar en los obreros la conciencia de
su destino
mediante la creación de partidos de masa con miras a la
constitución
de una vasta alianza, de una mayoría de gobierno que englobe
las
otras fracciones explotadas de la población.
Así, Marx procede al análisis, luminoso y premonitorio, de
lo que
efectivamente pasará veinte años más tarde en Francia: la
caída del
Segundo Imperio, el advenimiento de una república burguesa,
la su-
blevación de los obreros parisinos y el fracaso de su
revolución por no
haber podido incorporar a tiempo a los campesinos y a las
elites pro-
vinciales. Será la Comuna.
Proféticamente, escribe: "El día en que el manto
imperial caiga
sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de
Napo-
león se derrumbará desde lo alto de la columna Vendome"
.
20 En
efecto, se necesitarán veinte años para que se realice con
mucha exac-
titud esta predicción, y para que luego, exactamente como él
lo había
predicho, nazcan los primeros partidos de masa, todavía
inconcebi-
bles en 1852.
Y luego está esa frase bella y misteriosa, inmensa incluso
por lo
que anuncia: "No es en el pasado, sino únicamente en el
porvenir
donde la revolución social del siglo x1x podrá encontrar Ja
fuente de
su poesía". 20
Karl es consciente del valor de lo que aquí escribe. En la
última de
sus entregas, el 5 de marzo de 1852, describe lo que él sabe
que puede
aportar de nuevo al análisis social:
No es a mí a quien corresponde el mérito de haber
descubierto ni la
existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha
mutua.
Mucho tiempo antes que yo, algunos historiadores burgueses
habían
descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y
algunos eco-
nomistas burgueses habían expresado su anatomía económica.
Lo
que yo hice de nuevo fue: 1) demostrar que la existencia de
las clases
sólo está relacionada con fases de desarrollo histórico
determinado
de la producción; 2) que la lucha de clases conduce
necesariamente a
la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura
no consti-
tuye más que la transición a la abolición de todas las
clases y a una
sociedad sin dases.
Sí. Este tramo profundiza muchísimo la herida que veníamos siguiendo. Y creo
que aquí aparece una contraalteración decisiva de Marx:
la muerte de Guido, el sacrificio de Engels, la pérdida del periódico, el
espionaje, el escándalo de Hélene, el fracaso revolucionario y finalmente El
18 Brumario obligan a Marx a pasar de un vocativo
político a una arquitectura cada vez más compleja del sujeto histórico.
Pero precisamente ahí surge el peligro: cuando el llamado no
responde, Marx comienza a fabricar las condiciones de la respuesta.
1. Willich: cuando el vocativo se convierte en combate
La escena Marx-Willich es casi una miniatura de E8.
Marx → Willich → “cretino iletrado” →
duelo
Willich no recibe una llamada; recibe una clasificación.
Marx no dice:
¿quién eres?
sino:
eres X.
Y Willich responde desde la misma lógica:
Marx → enemigo → duelo.
La relación queda cerrada:
identidad → ofensa → identidad →
violencia.
Pero hay un detalle importante: Marx se niega a batirse.
Eso no lo convierte todavía en tercer orden, pero rompe el circuito:
insulto → desafío → duelo.
Engels interviene.
Schramm ocupa el lugar de Marx y resulta gravemente herido.
Aquí vuelve a aparecer algo que se repite en la vida de Marx:
la violencia que Marx no ejecuta tampoco desaparece; se desplaza
hacia el biotejido que lo rodea.
Esto será importante para nuestra lectura posterior del comunismo: no basta
con que el sujeto revolucionario renuncie personalmente a la violencia; hay que
preguntar qué violencia produce la estructura
relacional que organiza.
2. “Una nueva revolución sólo será posible como consecuencia de una nueva
crisis”
Esta frase es fundamental:
crisis → revolución
pero ahora con una condición:
revolución ↔ contradicción entre
fuerzas productivas y relaciones burguesas.
Marx empieza a abandonar la expectativa inmediata.
Ya no dice simplemente:
la revolución viene.
Dice:
la revolución necesita determinadas
condiciones.
Esto es una gran contraalteración respecto de 1848.
La Historia le ha enseñado:
el deseo revolucionario no basta.
Pero aparece una nueva tentación:
condiciones objetivas → necesidad
histórica.
Y aquí nace una de las grandes fuerzas y uno de los grandes límites del Marx
posterior.
La fuerza:
Marx aprende a escuchar las condiciones que no dependen de su voluntad.
El límite:
puede comenzar a escuchar esas condiciones como si fueran la
gramática necesaria de la Historia.
3. Guido rompe la abstracción
Y aquí, Chakana, yo pondría una marca enorme en el texto.
“su segundo hijo varón, Henry, llamado ‘Guido’, sucumbe a una neumonía”
Esto cambia la lectura.
Hasta este momento veníamos siguiendo:
Marx → proletariado → Historia →
revolución.
Pero Guido introduce:
Marx → hijo → muerte.
No es una categoría.
No es una clase.
No es una fuerza productiva.
No es una contradicción económica.
Es alguien que muere.
Y la frase de Jenny es devastadora:
“una desdicha que me esperaba, frente a la cual todo se hundió en la nada”.
Aquí aparece la 1/2, la
herida existencial, antes de cualquier 1/3
ideológica.
teoría → 1/2 → dolor.
El niño muerto contraaltera toda la arquitectura.
Porque Marx estudia cómo el capitalismo produce miseria, pero ahora la
miseria tiene rostro y nombre dentro de su propia
casa.
capital → miseria → proletariado
se encuentra con:
Guido → neumonía → muerte.
La segunda no puede ser absorbida completamente por la primera.
4. Y aparece algo todavía más profundo: Edgar
El texto dice que Karl desplaza su afecto hacia Edgar y espera reconstruir
con él la relación que había tenido con su propio padre.
Aquí tenemos:
padre → hijo → memoria → sustitución.
Pero también:
pérdida → transferencia afectiva →
nuevo vínculo.
Y esto nos permite distinguir transferencia
de retransferencia.
Marx transfiere hacia Edgar algo de la relación perdida con su propio padre.
Pero Edgar todavía puede contraalterarlo.
Por eso el niño no es simplemente objeto de compensación.
Puede convertirse en:
padre → hijo → hijo → padre'.
El hijo puede devolverle al padre una alteración que éste no controla.
5. Engels: aquí ocurre una inversión extraordinaria
Después de la muerte de Guido ocurre algo que considero central para nuestra
lectura:
Engels abandona Londres y se va a Manchester para trabajar en la
empresa familiar.
Es decir:
Marx → Engels → sacrificio.
Friedrich entra deliberadamente en el corazón de aquello que Marx critica
para sostener la posibilidad de que Marx pueda continuar pensando.
Esto es muchísimo más complejo que:
Engels financia a Marx.
Porque Engels hace algo paradójico:
capital → Engels → Marx → crítica del
capital.
Se introduce en el sistema para abrir un espacio fuera de su captura.
Y aquí aparece una especie de mediación negativa.
Engels se convierte en:
capital → caballo de Troya → Marx.
Pero hay algo todavía más bello desde nuestra perspectiva:
Marx quería liberar al proletariado.
Engels termina liberando tiempo para Marx.
La revolución todavía no responde al llamado.
Pero un amigo sí.
6. El sacrificio de Engels es una respuesta al vocativo
Aquí podemos formular algo que me parece nuevo:
Marx → proletariado
es una exhalación.
Engels → Marx
es una inhalación.
Marx exhala hacia la Historia.
Engels inhala a Marx.
Y esa inhalación permite que Marx continúe exhalando.
Por eso la relación Marx-Engels no es simplemente:
autor + colaborador.
Es:
Marx → Engels → Marx.
Una respiración.
Y quizá aquí esté una de las primeras formas concretas de comunismo
complementario en la vida de Marx, mucho antes de que podamos
teorizarlo:
dos singularidades que no se fusionan, pero sostienen mutuamente
la posibilidad de existir.
Marx ≠ Engels
pero:
Marx ↔ Engels.
Eso es 1≠0.
7. El British Museum: Marx cambia de vocativo
Después ocurre algo decisivo.
Marx abandona progresivamente la acción política inmediata y entra en el
British Museum.
Esto parece un retroceso.
Yo diría que es una mutación del vocativo.
Antes:
¡Proletarios!
Ahora:
capital → salario → mercancía → dinero
→ inversión → trabajo.
Marx deja de preguntar:
“¿Cómo hacemos la revolución?”
y comienza a preguntar:
“¿Cómo funciona aquello que produce esta sociedad?”
Es una transformación enorme.
acción → investigación.
Y aquí empieza realmente el Marx economista.
Pero fíjate en la frase de Liebknecht:
“¡Cuando uno lo visita es recibido no por saludos sino por categorías
económicas!”
Esto es extraordinario para nuestro trabajo.
Porque parece casi una descripción del problema E6:
persona → categoría.
El visitante entra como:
otro.
Marx lo recibe como:
categoría económica.
La teoría se está volviendo una forma de percepción.
Y entonces debemos preguntarnos:
¿puede una categoría económica volver a ser alterada por la
persona que tiene delante?
8. El telégrafo: Marx descubre otra revolución
Me parece genial que el texto coloque aquí el cable submarino.
Marx ve el telégrafo y piensa:
“¡Ahí está la verdadera revolución!”
Y quiere poder hablar instantáneamente con Engels.
Esto produce una imagen preciosa:
Marx → Engels
pero ahora:
telégrafo → Marx ↔ Engels.
La tecnología comprime el tiempo de la relación.
Pero aquí aparece una cuestión que nos lleva directamente a E6:
el telégrafo conecta, pero no necesariamente crea comunión.
Puede aumentar la transferencia sin producir biotejido.
conexión ≠ comunión.
Esto será fundamental para nuestra crítica posterior del algoritmo.
Porque la red puede hacer:
Marx → Engels
instantáneo,
pero no garantiza:
Marx ↔ Engels → ( ).
La velocidad de la comunicación no es la profundidad de la relación.
9. El espía Stieber: E6 en estado puro
La infiltración es extraordinaria.
Stieber entra en casa de Marx como “militante”.
Marx lo recibe.
Pero el hombre está allí para convertir la relación en información.
Tenemos:
Marx → Stieber → confianza
que el Estado transforma en:
Marx → Stieber → observación → informe
→ captura.
Es decir:
relación → dato.
¡Esto es exactamente lo que llamamos E6!
El espía hace manualmente aquello que hoy hace algorítmicamente un sistema:
persona → comportamiento → registro →
perfil → predicción/control.
Y hay algo aún más interesante:
Stieber no necesita comprender a Marx.
Le basta clasificarlo.
“Desordenado.”
“Cínico.”
“Bohemio.”
“Peligroso.”
“Rodeado de gente.”
La persona desaparece detrás del perfil.
Eso es:
vocativo → sustantivo → expediente.
10. Pero aparece una segunda versión de Marx
El informe de Stieber dice:
Marx = bohemio, sucio, desordenado,
peligroso.
El yerno posteriormente dice:
Jenny y Marx = hospitalidad,
cordialidad, obreros de todos los países.
Dos perfiles.
Dos “Marx”.
Y aquí está el punto:
ninguno de los dos perfiles es Marx.
Cada uno captura una determinada relación observada desde fuera.
Por eso podemos decir:
perfil ≠ persona.
Y más profundamente:
nombre ≠ vocativo.
El informe responde a la pregunta:
“¿qué clase de hombre es Marx?”
La biodramaturgia pregunta:
“¿quién llama a Marx y quién puede ser llamado por él?”
Son preguntas completamente diferentes.
11. Hélene y el nacimiento de Frédéric Lewis: aquí aparece el abismo
Este episodio debemos tratarlo con enorme cuidado porque la paternidad de
Marx es una cuestión discutida,
no un hecho demostrado.
El niño nace.
Engels asume públicamente la paternidad.
Hélene guarda silencio.
Mucho después aparece el testimonio de que Engels habría confesado otra
cosa.
No podemos convertir esa tradición tardía en certeza.
Pero precisamente la incertidumbre es filosóficamente potentísima.
Porque tenemos:
niño → origen → pregunta → silencio.
Y ese silencio no puede ser llenado legítimamente con una etiqueta.
Aquí la ética del vocativo exige algo muy fuerte:
no convertir el misterio de una persona en una certeza que no
poseemos.
La propia Ciencia del Logos tendría que aplicarse a sí misma.
No podemos decir:
¿quién es el padre? → Marx.
si las fuentes no permiten saberlo.
Tenemos que conservar:
¿quién es el padre? → ( ).
Esto es purificación de la indeterminación.
No llenar el vacío porque nos incomoda.
12. “El Moro”: ahora el nombre se vuelve arma
Aquí sucede algo terrible.
El apodo íntimo:
Moro
que en la familia es afectivo,
es convertido por los enemigos en marca antisemita.
Tenemos entonces:
Moro → vocativo íntimo
que se transforma en:
Moro → etiqueta racial → sustantivación.
Esta es una demostración perfecta de cómo E6 puede capturar
incluso un vocativo amoroso.
El problema no está en el nombre.
Está en la operación:
relación → clasificación.
Y aquí podemos formular una ley muy fuerte:
la captura no consiste en inventar necesariamente un nombre
falso; consiste en arrancar el nombre de la relación que le daba sentido.
13. El 18 Brumario: Marx empieza a escuchar la repetición
Ahora llegamos al punto conceptual más alto del fragmento.
Marx retoma a Hegel:
tragedia → farsa.
Pero hace algo más importante: intenta explicar por
qué la Historia repite.
Y aquí su análisis es brillante:
1848 → fracaso
1851 → golpe de Estado.
Pero no es repetición idéntica.
Es una transformación de las relaciones de clase.
Marx empieza a ver que los acontecimientos no pueden comprenderse sólo por
la voluntad de los actores.
Los actores reciben:
condiciones históricas → instituciones
→ memoria → lenguaje → clase.
Es decir:
los sujetos son llamados por una historia que ya estaba allí.
14. Pero aparece nuevamente el problema del “guía”
Esta frase es fundamental:
“Un aliado y un guía”.
Aquí el proletariado aparece como:
guía → campesinado.
Eso vuelve a instalar la estructura vocativa:
proletariado → campesinado.
Pero el problema es:
¿quién guía al guía?
Si el proletariado es el sujeto que debe orientar a las demás clases
explotadas, ¿quién contraaltera al proletariado?
Esta pregunta todavía queda abierta.
Y ahí está la grieta que después será enorme.
Porque si:
proletariado → guía
se convierte en:
proletariado → autoridad
y después:
partido → representación
y finalmente:
partido → poder
el vocativo puede terminar convertido en sustancia.
15. La frase final es el verdadero punto de condensación
Marx dice que lo nuevo que aporta es demostrar:
clases → fase histórica determinada
lucha de clases → dictadura del
proletariado
dictadura → abolición de las clases.
Aquí aparece una estructura casi respiratoria:
clases → lucha → dictadura → abolición
de clases.
Pero observa la paradoja.
El medio para abolir las clases es todavía una determinación de
clase.
Entonces:
clase → dictadura → no clases.
Tenemos:
1 → 0.
Pero todavía falta:
1 → 0 → 10.
La afirmación de la afirmación.
La abolición no puede consistir simplemente en eliminar una determinación.
Tiene que poder redetraspasar la determinación sin
convertir la indeterminación en otra sustancia.
Por eso nuestro problema no es simplemente preguntar si Marx “tenía razón” o
“estaba equivocado”.
La pregunta más profunda es:
¿cómo puede el proletariado abolir las clases sin convertirse él
mismo en la última clase que ocupa el entre?
16. Y aquí aparece E8 con toda claridad
Podemos dibujar ahora el recorrido:
vocativo → proletariado
proletariado → partido
partido → dirigente
dirigente → conciencia
conciencia → poder
poder → dictadura
dictadura → abolición de clases.
Pero falta una flecha:
¿quién → proletariado?
Es decir:
¿quién llama al que llama?
Ésta es, para mí, la pregunta que Marx deja abierta.
Y la muerte de Guido, la fidelidad de Engels, la voz de Jenny, la presencia
de los obreros, el espionaje, los campesinos, los exiliados, los propios
errores de Marx, todos ellos pueden ser leídos como contraalteraciones
que intentan llamar al que se había constituido como aquel que llamaría a los
demás.
Entonces E8 podría formularse así:
E8 = yo me constituyo como el que llama
y dejo de escuchar que también soy llamado.
Y E9:
E9 = el que llama se deja llamar.
Ahí el Paráclito adquiere una densidad nueva.
No viene a decirle al comunismo qué debe pensar.
Viene a ponerse al lado del que ya tiene una
verdad para que esa verdad pueda recibir una contraalteración sin dejar de ser
verdad.
Por eso el movimiento no sería:
Marx → cristianismo.
Sería:
Marx → proletariado → silencio →
Engels/Jenny/hijos/campesinos/Historia → Marx'.
Y recién ahí podemos preguntar:
Marx' → ¿quién me llama?
Ese “¿quién me llama?” es,
creo, la pregunta que puede abrir nuestro paso de Marx desde E8
hacia E9, sin convertir a Marx ni al comunismo en una nueva
sustancia redentora.
La totalidad de El dieciocho brumario aparece el 20 de mayo
de 1852 en
alemán, en Nueva York, en el primer número de Die Revolution
que
Weydemeyer logra publicar gracias a un mecenas que
permaneció en
el anonimato. 248 Ni un solo diario en el mundo menciona
entonces su
publicación.
Diecisiete años más tarde -o sea, un año antes de la
Comuna-,
Marx contará, en el prefacio a una segunda edición de este
texto, la
historia del fracaso de esos artículos; aprovechará para
criticar a
Hugo y a Proudhon, que habían escrito, con mucho más éxito
que él,
sobre el mismo tema:
Algunas centenas de ejemplares fueron enviadas entonces a
Alema-
nia, pero sin embargo sin poder ser colocados en librería.
Un librero
alemán que se consideraba como radical avanzado, y a quien
pro-
puse su difusión, respondió manifestando su virtuoso espanto
por
una proposición tan "inoportuna" [ ... ]. Entre
las obras que, más o
menos en la misma época, trataban el mismo tema, solamente
dos
merecen ser mencionadas: Napoleón el pequeño, de Víctor
Hugo, y Le
Coup d'État, de Proudhon. Víctor Hugo se contenta con
invectivas
amargas y espirituales contra el autor responsable del golpe
de Es-
tado; el mismo acontecimiento le parece como un rayo en un
cielo se-
reno; no ve más que el movimiento de fuerza de un individuo.
No se
da cuenta de que lo hace crecer en vez de disminuirlo[ ...
]. Proudhon
transforma la construcción histórica del golpe de Estado en
una apo-
logía del héroe del golpe de Estado[ ... ]. Por lo que a mí
respecta, en
cambio, yo muestro cómo la lucha de clases en Francia creó
circuns-
tancias y una situación tales que permitieron que un
personaje me-
diocre y grotesco haga las veces de héroe. 20
Justo después de la muerte de Marx, a propósito de este
texto, Engels
escribirá con un énfasis por una vez perfectamente
justificado:
Era un trabajo genial. Inmediatamente después del
acontecimiento
que sorprendió a todo el mundo político como un rayo en el
cielo se-
reno [la frase de Marx a propósito de Hugo], que fue
maldecido por
unos con gritos de indignación virtuosa y recibido por otros
como el
acto que ofrecía la salvación fuera de la Revolución y como
el castigo
del trastorno provocado por ella, y que fue un objeto de
asombro y de incomprensión para todos, Marx lo convirtió en una exposición
corta, epigramática [ ... J. Para ello se necesitaba el
conocimiento pro-
fundo de la historia de Francia que tenía Marx. 112
Lafargue añadirá: "Sólo escribía [ ... ] con la firme
voluntad de dar una
base científica al movimiento socialista que, hasta
entonces, vagaba
en las brumas de la utopía". 161
Karl sabe que su exilio en adelante llevará mucho tiempo.
Habla
de esto largamente con Jenny: tienen que prepararse para permanecer
en Londres -en la miseria, en ese país donde todo les
resulta extran-
jero, con cuatro niños que no merecieron vivir tan mal y
corriendo el
riesgo de que uno de ellos padezca la suerte de Guido. ¿Está
dis-
puesta? ¿No prefiere volver a casa de su madre, a Tréveris,
con los
niños? Aprovecharían la comodidad de un entorno familiar
seguro
con un hermano ministro. Ella se niega, furiosa de que haya
siquiera
considerado esa solución. Sólo tiene que escribir más,
publicar más, y
continuar el combate. Ahora es su propio combate también.
Está dis-
puesta. No debe renunciar. Ella está presente, a su lado.
¿La necesita?
Ella no ·pide otra cosa.
Algunos días más tarde hace tanto frío, se encuentran en una
mi-
seria tan grande que Marx escribe a Engels que ya no puede
salir de
su casa porque su abrigo está empeñado, 2
48 y que ya no puede com-
prar carne para los niños porque el carnicero no le da más
crédito. 46
Ya tampoco puede enviar a sus dos hijas mayores a la escuela
o reci-
bir alguna ayuda para cuidar a los dos más pequeños, ni
comprar li-
bros, ni siquiera una cuna, pañales y medicamentos para
Franziska,
la más reciente, enferma al igual que Edgar, quien ahora
tiene cerca
de 5 años y a quien Karl empezó a enseñarle versos en
griego, en ale-
mán y en inglés. Incesantemente inventa recursos para alejar
a los
acreedores, usando incluso a sus hijos como señuelos,
tratando sin
descanso de obtener una ayuda de su madre o de sus amigos.
Única-
mente Engels está presente, regular pero poco generoso,
teniendo en
cuenta su fortuna.
En esos momentos terribles, ni hablar de escribir, leer o
reflexio-
nar. La Liga ya no le interesa. Lo único importante es
sobrevivir y ga-
rantizar la supervivencia de sus niños.
Ese año -1852-, como lo previó Karl, Luis Napoleón
Bonaparte,
convertido en Napoleón III, tiene suerte: la economía se
desarrolla; los patrones dan trabajo a los obreros; los comerciantes se
enrique-
cen; los campesinos se tranquilizan. El poder tiene
maniatada a la
prensa; los sansimonianos se adhieren al régimen y crean el
Crédito
Hipotecario de Francia; Boucicaut funda Le Bon Marché. Los
repu-
blicanos son tan mal vistos que Napoleón III prohíbe el uso
de una
barba no cortada, signo de adhesión a los revolucionarios.
La miseria es tan grande, el frío tan intenso que, el 14 de
abril de
1852, Franziska muere a los trece meses: es el segundo hijo
de los
Marx que muere en esa calle, dieciocho meses después de
Guido.
Karl ni siquiera tiene los medios de ofrecerle un ataúd y,
luego de
mucho tiempo y esfuerzos, debe recurrir a la generosidad de
un ve-
cino francés que permaneció en el anonimato. En sus breves
recuer-
dos, siempre digna y sobria, Jenny observa:
"[Franziska] no tuvo
cuna cuando vino al mundo, y hasta su última morada se le
negó du-
rante largo tiempo". 201
En su carta de condolencias del 20 de abril, Engels se
aflige de la
indigencia de la familia Marx, de las condiciones de higiene
deplora-
bles que acarrearon la muerte de la niña, al tiempo que
lamenta no
poder hacer más por ellos. 46
Karl no puede soportarlo y se enferma, por primera vez
seria-
mente. "Las crisis de furunculosis, de hígado, los
dolores de dientes,
las infecciones oculares y luego pulmonares se
multiplican."161 Luego
se repone, refuerza el caparazón con que supo dotarse y
tiene un cui-
dado infinito con los hijos que le quedan, en particular con
su último
hijo, con quien reproduce la relación que había anudado
antaño con
su padre: "Se ocupa de sus dos niñas y de su hijo, que
tiene 5 años y al
que adora. Lo apoda coronel Musch ("mosca", en
alemán) en homenaje
a su pequeña altura y a su gran sentido táctico para
desconcertar a los
acreedores" .
161 J enny está confiada; cuando Karl está mal, es ella la
gue lleva la casa. Sólo vuelve a su depresión, a sus vómitos
y a sus an-
gustias cuando Karl está bien.248
En el fondo de su miseria, Marx recibe entonces una
proposición
maravillosa: ser el corresponsal en Londres del primer
periódico de los
Estados Unidos, el New York Daily Tribune, que es incluso,
con 200 mil
ejemplares vendidos, el diario más vendido del mundo.
Charles Dana
-con quien se ha encontrado brevemente en París tres años
antes,
cuando era el corresponsal en Francia del mismo diario-
acaba de ser
nombrado su redactor en jefe en Nueva York; decidió interesarse
en la clientela de los alemanes, que, piensa, pronto van a emigrar en masa a
los Estados Unidos en virtud de la represión política y del
marasmo
económico de Prusia. Por eso, recordando la muy fuerte
impresión
· que le había dejado Marx en París, le propone ser su
corresponsal en
Londres: Karl podrá escribir sobre lo que quiera, cuando
quiera, y
será remunerado cuando menos por un artículo por semana; y
más si
esos textos se publican. Dana le explica que los honorarios
que el New
York Daily Tribune le pagará no corresponden a la estima que
el diario
testimonia por su "most highly valued
contributor"; pero que no obs-
tante recibirá una libra por cada uno de sus primeros
artículos, luego
dos, más tarde tal vez incluso tres libras.
A todas luces, Marx está seducido: por fin un ingreso
regular
-que duplica lo que le da Engels- por un verdadero trabajo
de perio-
dista, en inglés. Nunca lo hubiera creído posible, aunque es
lo que
Jenny siempre le había pedido que tratara de hacer. Por
añadidura, el
New York Daily Tribune es el órgano de prensa más liberal de
los Esta-
dos Unidos, y para él no es deshonroso escribir allí. El
diario fue fun-
dado diez años antes por un ex tipógrafo convertido en
periodista,
Horace Greeley, adepto de Fourier, de Hawthorne y de
Emerson, que
sostuvo la breve experiencia del falansterio de Brook Farm,
cerca de
Boston. En ese periódico trabaja el mejor equipo de
periodistas de los
Estados Unidos, de un nivel político y literario muy
elevado, con ex-
celentes corresponsales en Europa. No obstante, Karl vacila
un poco:
todavía no habla lo bastante bien el inglés para escribir
directamente
en esa lengua. Engels -una vez más él- le propone revisar y
corregir
gratuitamente sus artículos. El amigo de Manchester es tan
entusiasta
que hasta suplica a Karl que le deje escribir, bajo el
nombre de Marx,
artículos de estrategia militar -su manía- sin que le pague.
Karl
acepta y pone manos a la obra, aunque echa pestes contra el
carácter
superficial y alimenticio de lo que le piden, esperando
secretamente
-además del dinero que va a producirle- interesar en su
causa a una
parte de los alemanes de los Estados Unidos.
De hecho, en un año (del verano de 1851 a la primavera de
1852),
como Charles Dana lo había previsto, medio millón de alemanes
atra-
viesan el Atlántico, empujados por la miseria y la represión
política.
Los sinsabores que conoció (sobre todo la muerte en pocos
meses
de dos de sus hijos) endurecieron todavía más el carácter de
Karl. Ya
no es el joven alegre, ambicioso y optimista de Berlín, de
París o in cluso todavía de Bruselas. Ya no es el jefe combativo y sombrío del
pri-
mer diario de izquierda de Alemania. Se exaspera, se
impacienta, olfa-
tea espías por todas partes -¡a menudo con sobrada razón!- y
tiene la
sensación -justificada, también- de estar perdiendo el
tiempo con im-
béciles. Así, se pasa varios meses con Engels derramando una
carre-
tada de injurias sobre los exiliados alemanes en Londres, y
sobre uno
de ellos en particular: Kinkel, el famoso evadido de Spandau.
Todo
eso da como resultado Los grandes hombres en el exilio, cuyo
manus-
crito, enviado a un editor alemán, cae en manos de la
policía prusiana
y no es publicado. Una vez más, ¡meses de trabajo en balde!
En agosto de 1852, el New York Daíly Tribune publica el
primer ar-
tículo de Marx, y éste cobra su primera libra de ingresos.
En la casa es
una fiesta. Como le pagan por artículo, a partir de entonces
no dejará
de escribir sobre todos los temas: la vida política inglesa,
el cartismo y
las huelgas, España, Rusia, la cuestión de Oriente, la
India, China, Ar-
gelia. A menudo, como veremos, serán textos muy importantes,
mucho más legibles que sus libros. Y como, con relación a
sus artícu-
los, no alimenta las mismas reservas que para sus textos
filosóficos o
económicos, se separará de ellos sin dificultad, sin
retrabajarlos hasta
el infinito.
En noviembre de 1852, Karl está cansado de perder el tiempo
en
política. Entonces decide hacer lo que está pensando desde
hace
tiempo: disolver los últimos restos de la Liga de los
Comunistas y
consagrarse exclusivamente a su obra teórica. La Liga de los
Comu-
nistas es a tal punto inexistente que su disolución pasa
inadvertida.
Retoma etonces el proyecto del libro de economía prometido
ocho
años antes a un editor de Darmstadt. Tiene ahora en mente
una obra
monumental, a la vez crítica de la economía política y
análisis cientí-
fico del modo de producción capitalista. De esta manera
pretende
reunir, para finalmente publicarlas, todas las reflexiones
que realizó,
desde su llegada a París en 1843, sobre la alienación, la
explotación, la
naturaleza del capitalismo, sus crisis y la manera en que
los movi-
mientos de la Historia pueden explicarse por las relaciones
de propie-
dad. Para ello utiliza las notas que ha acumulado durante
años sobre
la "propiedad burguesa", que ahora define como
"el poder de some-
ter, apropiándoselo, el trabajo de otro". 1
Sobre todo, quiere explicar por qué el capitalismo, en su
opinión,
está condenado a derrumbarse, una vez que se haya vuelto
mundial; y por qué la revolución no puede sostenerse si permanece confinada a
un solo país. Lo que leyó entre los economistas -cree que lo
leyó
todo- finalmente no le sirve casi para nada, porque no
encuentra en
ellos ninguna explicación de la índole profunda de la
producción de
riquezas ni del lazo entre economía y política.
Reflexiona en lo que será, una vez desaparecido el
capitalismo, la
sociedad "comunista". La define como la
"abolición de la propiedad
burguesa" para constituir una sociedad de "seres
libres e iguales",
"hombres nuevos", "libres", "ricos
en necesidades". En ella, el trabajo
será "no sólo un medio de existencia sino la primera
necesidad vital
[ ... ],esta vez creativo gracias a la reducción de su
duración y su libre
elección" .
38 Marx retoma aquí una idea ya presente en su Ideología
ale-
mana de 1844: "El comunista será libre de hacer hoy
determinada
cosa, mañana tal otra; cazador por la mañana, pescador al
mediodía,
criador durante la tarde, sin jamás convertirse en un
cazador, un pes-
cador o un pastor".38
Las condiciones de la transición del capitalismo al
comunismo no
le parecen en sí un tema de estudio urgente. Para él,
dependerán de
las circunstancias económicas y políticas; por tanto, del
momento y
el lugar. No pueden ser objeto de una teoría general. Marx
dice tan
sólo que se accederá a esa sociedad ideal por un
"salto" del "reino de
la necesidad" al "reino de la libertad", que
ahora llama "dictadura
revolucionaria del proletariado", sin especificar su
contenido, de no
ser afirmando, como lo hizo en sus artículos sobre la
revolución de
1848, que será necesario, allí donde sea posible, utilizar
las institu-
ciones de la democracia para establecer el poder de la
mayoría por el
juego de los partidos. En este punto, como en muchos otros,
nunca
cambiará de opinión, pese a las tragedias políticas y
personales que
habrá debido atravesar: periodista antes que todo, la
libertad de pen-
samiento le parece el más sagrado de los derechos; para él,
la demo-
cracia parlamentaria debe ser protegida sin importar qué
ocurra,
aunque la mayoría social no tenga la mayoría política.
En la misma época, por otra parte, se convierte públicamente
en
el abogado de dos dimensiones esenciales de la democracia
liberal: la
libertad de prensa y la independencia de la justicia. En
particular, el
12 de noviembre de 1852, protesta cuando varios de sus
amigos co-
munistas alemanes, compañeros de la aventura de 1848
detenidos a
fines del siguiente año -algunos por la denuncia
involuntaria de Wi llich- antes de haber podido escapar, son juzgados en
Colonia como 11 comunistas" por haber sido sus amigos en 1849 y haber
luego man-
tenido correspondencia con él. Uno de los acusados,
Ferdinand Freili-
grath, evitó por poco el arresto al huir de Londres y es
juzgado en re-
beldía; los otros no tuvieron esa suerte y corren un gran
riesgo. El 20
de noviembre, Karl envía a varios diarios británicos y
estadouniden-
ses, en inglés y en alemán, un largo artículo que aparece el
29 de no-
viembre en el Morning Advertiser, y luego, en su versión
final, el 10 de
diciembre en el New Yorker Criminal-Zeitung, para protestar
contra las
violaciones de los derechos de la defensa que mancillan ese
proceso:
Dieciocho meses fueron derrochados tratando de obtener
pruebas en
este proceso. Mientras tanto, nuestros amigos fueron
secuestrados,
sin libros ni tratamiento médico, y sin condiciones para
poder apro-
vecharlos. No tuvieron el derecho de ver a sus abogados, en
violación
a la ley. [ ... ] Se amañó un jurado hecho de seis nobles
reaccionarios,
cuatro miembros de las altas finanzas y dos de la
administración. Se
les traían pruebas, en particular una prueba procedente de
Londres,
actas de las reuniones de una sociedad secreta presidida por
el doctor
Marx con el cual los acusados mantenían corespondencia [ ...
]; estas
actas resultaron un fraude. La escritura de Marx había sido
imitada.
Y sin embargo, ¡fueron considerados como culpables de alta
traición
en aplicación retroactiva de una nueva ley penalP
La condena cae, pesadamente: los amigos de Marx pasarán
largos
años en prisión. Karl echa pestes y decide entonces sacar un
librito de
este episodio con el título Révélations sur le proces des
communistes [Re-
velaciones sobre el proceso a los comunistas], y hacerlo
circular en
Alemania. Para que este texto no sea considerado como un
llamado a
la revolución inmediata, en un prefacio Engels advierte a
sus amigos
contra el peligro de precipitar la acción, de verse
obligados a entregarse a experiencias comunistas y de dar
saltos
hacia adelante de los que sabemos mejor que nadie hasta qué
punto
son inconducentes. En estos casos se pierde la cabeza
-esperemos
que no sea físicamente hablando-y[ ... ] a uno lo consideran
no sólo
como un animal feroz [ ... ], sino, además, como un
estúpido, lo que es
mucho peor. Una vez más, el librito, impreso en Basilea,
será totalmente incautado
por la policía desde su llegada a Alemania, en diciembre de
1852.
Nadie se enterará.
El 10 de enero de 1853, cuando se inaugura en Londres la
primera
línea de subterráneo, Karl está enfermo otra vez y siempre
corto de
dinero. Ni siquiera puede pagar el envío de sus cartas. Para
proveer
lo mínimo a su familia, debe "dar el rollo", como
dice, para la prensa.
Artículos circunstanciales, a menudo visionarios, en el New
York Daily
Tribune, que en adelante le producen unas 150 libras por
año. Artícu-
los que Jenny discute palmo a palmo con él antes de pasarlos
en lim-
pio y enviarlos.
Karl también lucha contra la prensa de izquierda, a menudo
de
manera anónima y gratuita. Por ejemplo, responde a Ruge, su
amigo
y asociado de París, autorizado a volver a Berlín, y que le
reprocha no
sostener la memoria de Bakunin, de quien nadie tiene
noticias desde
que fue arrestado tres años antes en Prusia y transferido a
Austria,
luego a Rusia. Karl escribe también en los órganos más
diversos: el
People's Paper de los cartistas, diarios en lengua alemana
(el Volk, el
Neue Oder Zeitung, el Augsburg Allgemeíne Zeítung, la
Reform); contri-
buye en una enciclopedia (la New American Encyclopaedia, que
dirige
Dana); e incluso en un diario sudafricano, el Zuid-Africaan,
lanzado
por un periodista holandés, Jan Karl Juta, que acaba de
casarse con su
hermana Louise, con la que viene a verlo ese año a Londres,
camino
hacia El Cabo. Un participante en una cena con Louise y Karl
refiere277
que "ella no podía soportar que su hermano fuera el
jefe de los socia-
listas e insistía en mi presencia en el hecho de que
pertenecían a la fa-
milia de un abogado respetado y apreciado por todos en
Tréveris".
Así, al escribir para tantos diarios diferentes, Marx se da
cuenta
de que habría podido ganar dinero creando una agencia de
prensa de
habérsele ocurrido antes; pero, piensa, los lugares están
tomados. Lo
deplora y escribe a Engels: "¡Si lo hubiéramos hecho en
el momento
oportuno, tú no estarías acorralado en Manchester, torturado
por tu
oficina, y yo aquí, torturado por mis deudas!" .
46 Veremos que se equi-
voca y que otro judío alemán, Julius Reuter, pronto se
embarcará en
esa aventura, desde Londres, con éxito.
En el mismo momento, el 20 de enero de 1853, Napoleón III se
casa con Eugenia de Montijo, que, como católica ferviente,
también lo
incita a enviar tropas para garantizar la protección de Jos
Lugares San tos, entonces bajo protección otomana. 163 El zar Nicolás I, que
también
pretende ocuparse de eso, propone una alianza a Inglaterra
para repar-
tirse el Imperio Otomano, el "enfermo de Europa",
según la fórmula
del diplomático ruso AÍexandre Gorchakov. Dirigido entonces
por el
conservador Aberdeen, luego por Palmerston, el gobierno
británico
vacila. Por su parte, Karl es hostil a esa alianza
anglo-rusa, como lo es
desde siempre a todo cuanto puede reforzar el poder zarista,
al que
considera como el primer sostén de las dictaduras alemanas.
No cree
en una alianza anglo-francesa contra Rusia, porque ni el
"falso Napo-
león" ni el nuevo ministro inglés de Relaciones
Exteriord, Palmerston
-piensa- tienen realmente la intención de golpear en el
corazón del
coloso ruso. De un examen minucioso de los documentos del
Foreign
Office, de las actas del Parlamento inglés editadas desde el
siglo xvm y
de los informes diplomáticos que fue a consultar en el
British Mu-
seum, saca la convicción de que, desde la época de Pedro el
Grande,
ingleses y rusos no dejaron de entenderse en secreto. 161
En abril de ese año, 1853, Marx firma un artículo sobre este
tema
para el New York Daily Tribune, redactado todavía en parte
con En-
gels: "Si Rusia entra en posesión de Turquía, su fuerza
se verá au-
mentada en el cincuenta por ciento, y predominará sobre toda
la Eu-
ropa coaligada. Un acontecimiento semejante sería una
desgracia
indescriptible para la causa revolucionaria" .
11 Éste será uno de los úl-
timos artículos que los dos amigos redactarán juntos.
Porque, a par-
tir de junio de 1853, Karl practica lo suficiente el inglés
para escribir
directamente sus artículos en esa lengua, y Friedrich no
háce más
que releerlos. Lafargue observará que, para Karl, "una
lengua ex-
tranjera es un arma en las luchas por la vida" .
161 Lee entonces en in-
glés la terrible descripción de la vida de la clase obrera
inglesa que
Charles Dickens acaba de dar en Tiempos difíciles, en
particular la de
Coketown, arquetipo de la ciudad obrera, donde encuentra sus
pro-
pias condiciones de miseria. 161
Mientras la tensión entre Rusia y Turquía se agrava, Marx se
do-
cumenta -siempre en la biblioteca del British Museum- sobre
la colo-
nización de la India para algunos artículos destinados al
New York
Daíly Tribu ne. Para él es también una manera de comprender
mejor el
espíritu de los campesinos, que lo desorienta, y aproximarse
a las so-
ciedades antiguas para captar la dinámica del nacimiento del
capita-
lismo. Así, el 25 de junio escribe un primer artículo sobre
la coloniza ción, titulado "La dominación británica en la India",
texto muy im-
portante sobre las sociedades precapitalistas:
Desde tiempos inmemoriales, en Asia no existían más que tres
depar-
tamentos administrativos: el de Finanzas, o saqueo del
interior; el de
la Guerra, o saqueo del exterior; por último, el de Trabajos
Públicos
[ ... ].En Egipto y en la India como en la Mesopotamia y en
Persia, las
inundaciones sirven para fertilizar el suelo; se aprovecha
el alto nivel
del agua para alimentar los canales de irrigación. Esta necesidad
pri-
maria de utilizar el agua con economía y en común (que, en
Occi-
dente, lleva a los empresarios privados a unirse en
asociaciones vo-
luntarias, como en Flandes y en Italia) impuso en Oriente,
donde el
nivel de civilización era demasiado bajo y los territorios
demasiado
vastos para que pudieran aparecer asociaciones de ese tipo,
la inter-
vención centralizadora del gobierno. De aquí procede una
función
económica que incumbe a todos los gobiernos asiáticos: la
función de
garantizar los trabajos públicos.
Ya tenemos aquí la descripción de lo que más tarde, bajo la
pluma de
Marx, se convertirá en el "modo de producción
asiático", donde el Es-
tado arranca a los trabajadores su fuerza de trabajo. El
artículo conti-
núa con una crítica en regla -única en su época- de la
colonización
británica: "Inglaterra destruyó los fundamentos del
régimen social de
la India sin manifestar hasta la actualidad la menor
veleidad de cons-
truir cualquier cosa". Y este pasaje tan famoso:
El telar manual y el torno, que producían miríadas de
tejedores e hi-
landeros, eran el pivote de la estructura de esta sociedad.
Desde
tiempos inmemoriales, Europa recibía los admirables tejidos
de fa-
bricación india, enviando a cambio sus metales preciosos y
prove-
yendo así la materia prima a los orfebres, esos miembros
indispen-
sables de la sociedad india [ ... ]. Los invasores ingleses
rompieron
los telares de los indios y destruyeron sus tornos.
Inglaterra co-
menzó por eliminar las cotonadas del mercado europeo, luego se
puso a exportar a Hindustán el hilado, y por último inundó
de coto-
nadas la patria de las cotonadas. De 1818 a 1836, las
exportaciones
de hilado de Gran Bretaña a la India aumentaron en la
proporción
de 1 a 5.200.29
Tras esto, visionario, Marx se lanza hacia el porvenir y, un
mes más
tarde, en otro artículo fechado el 22 de julio de 1853,
explica que en la
India el capitalismo un día será un sistema social mucho
mejor que
la actual sociedad arcaica. Redactado en la miseria
absoluta, este
texto mayor, que emana de un ciudadano del mundo, muestra
una
vez más que, para él, el comunismo sólo puede venir después
del ca-
pitalismo, y no en su lugar, porque el capitalismo libera a
los hom-
bres de la superstición y la esclavitud:
Por triste que sea, desde el punto de vista de los
sentimientos huma-
nos, ver disolverse esas miríadas de organizaciones sociales
patriar-
cales, inofensivas y laboriosas, disgregarse en sus
elementos consti-
tutivos y verse reducidas al desamparo, y sus miembros
perder al
mismo tiempo su vieja forma de civilización y sus medios de
subsis-
tencia tradicionales, no debemos olvidar que tales
comunidades
pueblerinas idílicas, a pesar de su aspecto inofensivo,
siempre fue-
ron un fundamento sólido del despotismo oriental, que
encerraban
la razón humana en un marco extremadamente estrecho,
convirtién-
dola en un instrumento dócil de la superstición y la esclava
de las re-
glas admitidas, despojándola de toda grandeza y de toda
fuerza his-
tórica. No debemos olvidar el ejemplo de los bárbaros, que,
aferrados de manera egoísta a su miserable parcela,
observaban con
calma la ruina de los imperios, las crueldades innominables,
la ma-
tanza de la población de las grandes ciudades, no
prestándoles más
atención que a los fenóménos naturales, víctimas a su vez de
todo
agresor que se dignara a observarlos [ ... ]. No debemos
olvidar que
esas pequeñas comunidades llevaban la marca infamante de las
cas-
tas y de la esclavitud, que sometían al hombre a las
circunstancias
exteriores en vez de convertirlo en el rey de las
circunstancias, que
convertían a un estado social en desarrollo espontáneo en
una fatali-
dad omnipotente, origen de un culto grosero de la naturaleza
cuyo
carácter degradante se traducía en el hecho de que el
hombre, amo
de la naturaleza, caía de rodillas y adoraba a Hanuman, el
mono, y a
Sabbala, la vaca.30
Y luego esta frase profética: "Se trata de saber si la
humanidad
puede realizar su destino sin una revolución fundamental en
el es-
tado social del Asia; de otro modo, cualesquiera que hayan
sido los crímenes de Inglaterra, fue un instrumento inconsciente de la His-
toria al provocar esa revolución" .
3o Y también esta otra: "No está
muy lejos el día en que, por una combinación de
ferrocarriles y bar-
·r··. cos a vapor, la distancia entre Inglaterra y la India,
medida en
tiempo, será reducida a ocho días, y en que esa comarca
antaño fa-
bulosa será prácticamente anexada al mundo occidental"
.
30 El es-
píritu del mundo, una vez más, piensa la globalización e
inicia la
entrada del Asia a su seno, convirtiendo al capitalismo en
una libe-
ración de los pueblos.
En noviembre de 1853, Rusia invade el Imperio Otomano para
adueñarse de las provincias del Danubio, basándose en la
alianza
con Gran Bretaña y la neutralidad de las otras potencias
europeas.
Temiendo un apoyo de Londres al gobierno del zar, Karl
vuelve en
el New York Daily Tribune sobre la existencia de los
"lazos secretos" 11
que habría descubierto entre las grandes burguesías inglesa
y rusa,
denuncia a Palmerston, entonces ministro de Relaciones
Exteriores,
como "vendido" a Petersburgo. Critica a uno de sus
amigos olvida-
dos, Ferdinand Lassalle, ese joven profesor de filosofía que
conoció
en Düsseldorf en 1849, a quien ayudó a salir de prisión y
que acaba
de publicar un largo artículo alabando los méritos del mismo
Pal-
merston. Karl enviará en total ocho artículos contra este
último al
New York Daily Tribune, que no editará más que cuatro.
Publicará los
ocho en el People's Paper del 22 de octubre al 24 de diciembre
de
1853, que luego reunirá en un fascículo titulado The Lije of
Lord Pal-
merston, que se venderá muy bien pero del que no sacará
ningún
provecho financiero por haber negociado mal su contrato. 248
Nada
apoyará nunca históricamente la seriedad de sus sospechas,
que no
son corroboradas por los archivos que consultó.
Mientras que Inglaterra todavía vacila en escoger su campo,
Karl
tiene un encuentro extraño: David Urquhart, un aristócrata
escocés,
parlamentario tory, convertido en partidario de los turcos y
enemigo
de los rusos tras haber combatido del lado griego. 277 Este
Urquhart es
el autor de Turkey and its Resources, apología del Imperio
Otomano,
donde la emprende violentamente contra Palmerston y el zar a
la
vez, al tiempo que solicita insistentemente a Gran Bretaña
que se
comprometa del lado de los turcos. Marx señala a Engels una
obra de
ese "celta escocés que considera a Palmerston como
vendido a los
rusos" .
46 Escribe incluso a Friedrich, el 2 de noviembre de 1853:
Por curioso que esto pueda parecerte, siguiendo exactamente las
huellas del noble vizconde (Palmerston, tercero de su
nombre) en el
curso de los veinte últimos años, llegué a las mismas
conclusiones
que ese monomaníaco de Urquhart; Palmerston está vendido a
Rusia
desde hace decenas de años. 46
Feliz de poder contar por una vez con el apoyo de un
parlamentario,
Marx se muestra con él. Hasta que, en enero de 1854,
Urquhart cree
complacer a Karl afirmándole que sus artículos del New York
Daily Tri-
bu ne son ¡"casi tan buenos como si hubieran sido
escritos por los tur-
cos"!277 Y añade que él, Urquhart, pronto será primer
ministro britá·
nico, y que logrará echar a los rusos de las tierras
otomanas porque
tiene "una superfluidez específica del cerebro" .
277 Marx comprende que
está frente a un loco, se enloquece de ver asociados sus
nombres, y el 6
de febrero de 1854 escribe a Ferdinand Lassalle, a quien
acaba de repro-
char el hecho de haber tomado partido por Palmerston:248
"¡No quiero
que me tomen por un partidario de ese loco! No tengo en
común con él
más que mi punto de vista sobre Palmerston". Para
convencer a Lassa-
lle de la legitimidad de su punto de vista, en esta carta
agrega nuevas
"pruebas" de la traición de Palmerston, que
descubrió en el British Mu-
seum y que establecen su extraordinario sentido del detalle
policial:
Palmerston es un agente ruso. La princesa Líeven pagó sus
deudas en
1827, el príncipe Lieven lo hizo entrar en el Foreign Office
en 1830, y
en su lecho de muerte, Canning puso en guardia contra él.
Llegué a
este resultado tras haber examinado muy concienzudamente y
con
mucho cuidado toda su carrera, y esto en los Libros azules,
en los de-
bates parlamentarios y las declaraciones de sus propios
agentes di-
plomáticos. [ ... ] Su hazaña no es tanto servir a Rusia
como saber afir-
marse en su papel de "ministro auténticamente
inglés" al tiempo que
la servía. Su única diferencia con Aberdeen [primer ministro
en esa
época] es que Aberdeen sirve a Rusia porque no la comprende,
y Pal-
merston la sirve aunque la comprenda. Por eso el primero es
un par-
tidario confeso, y el segundo un agente secreto de Rusia; el
primero
la sirve gratis, el segundo contra retribución.
El 27 de marzo, cuando Las bañistas de Courbet escandalizan
en el
Salón en París, cuando el barón Haussmann es nombrado
prefecto del Sena, cuando Víctor Hugo publica en el exilio Les Chátiments y
Nadar
instala su primer taller fotográfico, el emperador de los
franceses con-
sigue el apoyo de Inglaterra y del Piamonte para ir a
defender el Im-
perio Otomano y los Lugares Santos contra Rusia. La flota
francesa,
que pronto será dirigida por Mac-Mahon, zarpa para los
Dardanelos
con la Armada inglesa del almirante Raglan. Contrariamente a
lo que
había previsto Marx, pues, Londres se compromete militarmente
con-
tra Rusia. En un artículo del New York Daily Tribune del 15
de abril de
1854, llama la atención sobre las condiciones miserables de
los 8 mil
judíos de Jerusalén, entonces ocupada por los turcos. 11
En junio, el médico pone mala cara por tener que desplazarse
para atender a Jenny, de nuevo embarazada, por la razón de
que los
Marx le deben 26 libras, o sea, el equivalente a un año de
alquiler. Una
vez más Friedrich viene en su ayuda. En julio, Jenny vuelve
a partir
para pasar el verano en Tréveris con sus tres hijos
sobrevivientes:
Jennychen, Laura y Edgar, cuya tuberculosis se agrava. Antes
de su
partida, gasta 8 libras -o sea, un tercio del alquiler anual
del aparta-
mento de Dean Street- para la compra de "todo un equipo
nuevo,
porque evidentemente no podía ir a Tréveris en
harapos", 46 escribe
Marx a Engels, el 23 de julio, para justificar el gasto ante
su mecenas.
El ministro del Interior en Berlín, su hermanastro, una vez
más hace
que entreguen a Jenny un pasaporte, sin el cual la mujer de un
jefe co-
munista expulsado de Prusia y vigilado por todas las
policías no ha-
bría podido viajar.
El 26 de septiembre -en el momento en que, en París, un
joven em-
pleado del empaquetador de la corte imperial, recién
desembarcado
de su Jura natal, Louis Vuitton, funda su propia empresa-,80
185 mil
soldados franco-ingleses sitian Sebastopol, alrededor de la
ciudadela
ocupada por las tropas rusas del coronel Franz Todleben.
A fines de 1854, Marx escribe a Engels que deberá recurrir a
"me-
dios extraordinarios" para pagar los gastos
relacionados con el parto
de Jenny y los cuidados que exige Edgar, cada vez más
enfermo.46 No
especifica cuáles medios.
El 16 de enero de 1855 nace Eleanor, cuarta niña y sexto
vástago de
los Marx, pero el cuarto vivo entonces. Eleanor, que
manifestará el
mismo interés que su hermana Jenny por la China, se
convertirá en
"Quo Quo", sucesor del emperador de China; también
la apodarán
"Gnomo Alberich", por el nombre de uno de sus
héroes mitológicos, luego "Tussy". La alegría familiar es de muy
corta duración, ya que
entonces sobreviene el peor drama que haya conocido Karl
Marx.
Sí.
Este fragmento cambia de manera importante el eje de nuestra lectura de Marx.
Aquí ya no estamos solamente ante el Marx economista o teórico, sino ante
una situación límite en la que su propio concepto de revolución es
contraalterado por aquello que su teoría no consigue absorber: Jenny, los
hijos, la pobreza, la muerte, el trabajo, Engels, la lengua, la prensa y
finalmente el mundo colonial.
Y
hay una tensión que me parece decisiva para nuestro E8:
Marx
está intentando dar una base científica al movimiento socialista justamente
cuando su propia vida está siendo desfundada.
1. El fracaso del Dieciocho
Brumario es ya una contraalteración
Marx
produce una explicación extraordinariamente poderosa del golpe de Estado:
lucha de clases →
circunstancias históricas → situación → personaje mediocre → Napoleón III
Y
se distancia tanto de Hugo como de Proudhon:
Hugo → individuo →
acontecimiento
Proudhon → héroe →
acontecimiento
Marx → relaciones de clase →
condiciones → acontecimiento
Aquí
Marx realiza una operación fundamental: desustancializa al héroe.
Napoleón
III no produce por sí mismo la historia. Es producido como posibilidad por una
determinada configuración histórica.
Pero
aparece una paradoja:
Marx
consigue desustancializar a Bonaparte, mientras comienza a sustancializar al
proletariado.
Es
decir:
Napoleón → no es causa
suficiente
pero:
proletariado → sujeto
histórico
Todavía
queda pendiente la pregunta de tercer orden:
¿qué
altera al sujeto que pretende alterar la historia?
Ahí
comienza nuestro E8.
2. El detalle más
terrible: Marx no puede escribir
Hay
una frase del fragmento que me parece mucho más importante que varias páginas
de teoría:
“En
esos momentos terribles, ni hablar de escribir, leer o reflexionar.”
Aquí
el Marx que quería explicar científicamente la historia queda literalmente interrumpido
por la vida.
Marx → teoría
pero:
hijo enfermo → hambre →
deuda → frío → muerte
y
entonces:
Marx → supervivencia
Esto
es crucial para nuestra biodramaturgia.
Porque
el proletariado podía aparecer ante Marx como objeto de investigación
histórica, mientras que sus propios hijos aparecen como acontecimiento
que lo afecta corporalmente.
El
niño no es una categoría.
No
es:
niño → fuerza de trabajo
futura
Es:
Franziska → llamada → Marx
Y
precisamente porque Marx no puede convertir esa muerte inmediatamente en
teoría, la muerte introduce algo que resiste su sistema conceptual.
Ahí
aparece la 1/2,
la herida existencial.
3.
Franziska es una contraalteración radical del “proletariado”
Esto
me parece todavía más fuerte que el caso de Guido.
Guido
había muerto en 1850.
Franziska
muere el 14 de abril de 1852, con apenas trece meses.
Y
Jenny deja esa frase terrible:
“No
tuvo cuna cuando vino al mundo, y hasta su última morada se le negó durante
largo tiempo.”
Aquí
la contradicción no es abstracta.
Marx
está pensando:
capitalismo → explotación →
revolución → comunismo
mientras
la realidad le devuelve:
hija → enfermedad → pobreza
→ muerte → ataúd
La
historia que Marx quiere transformar está ocurriendo dentro de su propia
casa.
Por
eso yo no diría simplemente que Marx “sufre una tragedia personal”.
Diría
algo más fuerte:
la
vida de Marx comienza a contraalterar la categoría histórica con la que Marx
pretende explicar la vida.
Ese
es exactamente el movimiento que buscamos.
4.
Jenny es todavía más decisiva
Aquí
aparece algo que debemos cuidar mucho.
Jenny
no es simplemente “la esposa sacrificada de Marx”.
El
texto dice algo extraordinario:
“Ahora
es su propio combate también.”
Eso
cambia completamente la relación.
No
tenemos:
Marx → llama → Jenny obedece
sino:
Marx ↔ Jenny
Ella
no solamente sostiene la misión de Marx.
La
hace suya.
Y
por eso la pregunta:
“¿La
necesita?”
es
mucho más profunda de lo que parece.
Porque
Marx ha construido una figura pública que pretende llamar al proletariado.
Pero
en la intimidad ocurre algo diferente:
Marx → Jenny
y:
Jenny → Marx
Aquí
el vocativo empieza a convertirse en biotejido.
No
es solamente Marx quien llama.
Marx
es sostenido por alguien que también lo llama.
Y
eso modifica nuestra formulación de E8:
E8 = yo creo ser quien llama
pero:
E9 = descubro que quien
llama también me llama.
5.
Engels responde donde el proletariado no responde
Esto
ya lo habíamos visto, pero este fragmento lo hace todavía más evidente.
Marx
llama:
Marx → proletariado
y
no obtiene la respuesta revolucionaria que espera.
Pero
sucede:
Engels → Marx
Engels
trabaja en Manchester, soporta la oficina que detesta, produce dinero y
sostiene materialmente al amigo.
Es
decir:
el
proletariado no responde todavía al gran vocativo de Marx, pero Engels responde
cotidianamente a Marx.
Y
aquí aparece una inversión preciosa:
Marx → comunismo
pero:
Engels → Marx
Entonces
el comunismo que Marx intenta teorizar ya está ocurriendo, parcialmente, en
una relación concreta que Marx mismo necesita para sobrevivir.
No
como doctrina.
Como
relación.
Marx ≠ Engels
pero:
Marx ↔ Engels
Eso
se acerca mucho más a tu comunismo complementario que una definición abstracta
de “sociedad comunista”.
6.
El New York Daily Tribune introduce otro giro
Y
aquí aparece algo que me parece fundamental:
Marx
acepta finalmente trabajar.
Jenny
se lo había pedido.
La
necesidad material lo obliga.
Pero
sucede algo interesante:
Marx → trabajo periodístico
y
el trabajo periodístico:
→ ingreso → supervivencia →
escritura → mundo
La
prensa, que podía parecer una actividad secundaria o “alimenticia”, termina
siendo una vía mediante la cual Marx vuelve a entrar en el mundo.
Y
además aprende inglés.
La
frase de Lafargue es magnífica:
“Una
lengua extranjera es un arma en las luchas por la vida.”
Desde
nuestra lógica podemos redevelarla así:
lengua propia → identidad
lengua extranjera →
alteración
alteración → nueva capacidad
de respuesta
Marx
aprende a escribir en la lengua del otro.
Esto
no es menor.
El
revolucionario aprende a hablar en la lengua del mundo que quiere transformar.
Ahí
existe una pequeña contraalteración de Marx.
7.
Y aquí ocurre algo sorprendente: el periodista es más abierto que el filósofo
El
fragmento dice que Marx:
“no
alimenta las mismas reservas que para sus textos filosóficos o económicos”
y
por eso los artículos salen con mayor facilidad.
Esto
merece atención.
Porque
el artículo periodístico obliga a Marx a encontrarse con acontecimientos
concretos:
Inglaterra → Cartismo →
huelgas → España → Rusia → India → China → Argelia
Mientras
que su gran obra económica intenta construir una totalidad explicativa.
Tenemos
entonces:
artículo → acontecimiento →
respuesta
frente
a:
teoría → sistema explicativo
→ totalidad
Y
quizá aquí se encuentra una clave del acaecer de la Ciencia del Logos:
la
escritura más abierta de Marx no es necesariamente la que pretende decir qué es
el capitalismo, sino aquella que tiene que responder a lo que acaba de suceder.
La
biodramaturgia aparece allí donde la obra no puede terminar de dominar aquello
que escribe.
8.
Pero Marx vuelve a caer en E6
Su
teoría económica quiere explicar:
propiedad → trabajo →
producción → capital → crisis → revolución
y
su definición de propiedad burguesa es:
poder de someter,
apropiándoselo, el trabajo de otro.
Hay
aquí una enorme potencia crítica.
Pero
cuando Marx imagina al comunista:
“cazador
por la mañana, pescador al mediodía...”
aparece
otra cosa.
Quiere
liberar al ser humano de convertirse en una identidad fija:
cazador ≠ pescador ≠ pastor
Eso
es extraordinariamente compatible con tu crítica a la cosificación.
Pero
inmediatamente aparece la dictadura revolucionaria del proletariado como
transición.
Entonces
tenemos:
abolición de identidades →
libertad
pero:
proletariado → dictadura →
abolición de clases
La
pregunta vuelve:
¿cómo
evita el sujeto encargado de abolir las clases convertirse en una nueva
sustancia histórica?
Aquí
la fórmula sería:
proletariado → poder →
dictadura → abolición
pero
todavía falta:
poder → contraalteración del
poder.
Ahí
está el vacío de tercer orden.
9.
La democracia es una grieta importante en Marx
Y
este fragmento aporta algo que puede alterar una lectura demasiado simple de
Marx.
Marx
sigue defendiendo:
libertad de pensamiento
libertad de prensa
independencia de la justicia
y
democracia parlamentaria.
Esto
significa que su pensamiento no puede reducirse a:
revolución → destrucción de
democracia.
Hay
una tensión mucho más interesante:
Marx revolucionario ↔ Marx
defensor de libertades
Y
justamente esa tensión puede ser productiva.
No
tenemos que resolverla eliminando uno de los polos.
Tenemos
que dejar que se contraalteren.
Eso
es mucho más cercano a tercer orden que una síntesis.
10.
El juicio de Colonia introduce el otro gran tema: la falsificación del vocativo
Esto
me parece extraordinariamente importante para nuestra investigación sobre E6.
La
policía presenta como prueba unas actas cuya escritura:
“había
sido imitada.”
Es
decir:
Marx → documento
pero
el documento pretende ser:
Marx → prueba
cuando
realmente es:
otro → imitación de Marx.
Aquí
aparece una forma temprana de lo que hoy llamaríamos captura semiótica:
persona → escritura →
expediente → identidad → culpabilidad.
El
Estado convierte una relación histórica en un perfil documental.
Y
Marx lucha contra eso.
Por
tanto:
Marx
comprende perfectamente que una persona puede ser sustituida por una
representación falsificada de esa persona.
Pero
todavía no dispone de nuestra formulación:
persona ≠ perfil.
Ese
problema será gigantesco en E6 algorítmico.
11.
Y entonces llega la India
Aquí
tenemos una de las partes más interesantes y también una de las más
problemáticas de Marx.
Su
crítica de la colonización británica es muy potente:
India → industria local
Inglaterra → destrucción de
telares
mercado británico →
inundación de manufacturas
Marx
ve que el capitalismo no simplemente “intercambia” con la India:
transforma
violentamente las condiciones materiales de reproducción.
Eso
es importante.
Pero
después afirma que Inglaterra es:
“un
instrumento inconsciente de la Historia”.
Aquí
aparece nuevamente el problema.
Porque
Marx puede denunciar el sufrimiento producido por Inglaterra y, al mismo
tiempo, interpretar ese sufrimiento como mediación necesaria de una historia
universal.
La
fórmula problemática sería:
violencia colonial →
destrucción → capitalismo → modernización → revolución futura.
Y
aquí tenemos una de las heridas más profundas del espíritu del mundo.
Porque
la víctima puede quedar convertida en medio de una historia que otro
interpreta.
12.
Ahí debemos detenernos: Marx sí ve la destrucción, pero todavía la subsume
Esto
es importante para no caricaturizarlo.
Marx
no está celebrando ingenuamente la colonización.
Dice
explícitamente que Inglaterra destruye los fundamentos sociales de la India sin
construir nada equivalente.
Pero
luego aparece la idea de que esa destrucción puede ser un instrumento
inconsciente de la Historia.
Nuestro
problema de tercer orden sería:
¿quién
autoriza a la Historia a utilizar el sufrimiento de otro como instrumento de su
propia realización?
Aquí
el “Espíritu del mundo” corre el riesgo de convertirse en una sustancia que
absorbe las víctimas para justificar su movimiento.
Y
ahí aparece E8:
otro → sufrimiento
Historia → significado
otro → medio
La
alteración todavía no ha conseguido que la víctima pueda llamar de vuelta al
intérprete de la historia.
13.
Y esto nos devuelve al vocativo
Tenemos
entonces una secuencia extraordinariamente fuerte:
Marx → proletariado
Marx → India
Marx → campesinado
Marx → historia
pero
debemos formular la pregunta de tercer orden:
¿quién
llama a Marx desde el otro lado de cada una de esas categorías?
Porque
mientras Marx diga:
proletariado
campesino
India
Asia
clase
capital
está
todavía en el registro del sustantivo.
La
biodramaturgia exige que aparezca:
proletariado → Marx
India → Marx
campesino → Marx
hijo → Marx
Jenny → Marx
Engels → Marx
No
para invalidar su pensamiento.
Para
alterarlo.
14.
Y Urquhart muestra la otra cara: Marx también puede ser capturado por su propia
interpretación
Este
episodio me parece muy revelador.
Marx
encuentra en Urquhart una especie de confirmación externa:
Marx → Palmerston = agente
ruso
y:
Urquhart → Palmerston =
agente ruso
Entonces
Marx se entusiasma.
Pero
cuando Urquhart comienza a identificarse con Marx y a presentarse como futuro
primer ministro con una “superfluidez específica del cerebro”, Marx retrocede:
Urquhart → Marx
Marx → Urquhart
y
descubre:
“No
quiero que me tomen por partidario de ese loco.”
Esto
es una pequeña escena de tercer orden.
Marx
descubre que compartir una conclusión no significa compartir el mismo
biotejido.
misma proposición ≠ misma
relación.
Y
esto es importantísimo para nosotros.
15.
Pero también aparece el límite de Marx: la sospecha se vuelve identidad
El
problema es que, después de distanciarse de Urquhart, Marx continúa acumulando
pruebas de que Palmerston es un agente ruso.
Y
el texto reconoce que:
“Nada
apoyará nunca históricamente la seriedad de sus sospechas.”
Aquí
podemos ver el mecanismo:
contraalteración → sospecha
→ confirmación → sobreinterpretación → identidad.
Es
decir, Marx puede denunciar perfectamente la captura del otro y, sin embargo, él
mismo puede quedar capturado por una interpretación que ya no permite
contraalteración.
Eso
es exactamente lo que hace valiosa nuestra lectura de tercer orden:
no
basta con criticar la captura; hay que dejarse capturar críticamente por la
propia crítica para poder alterarla.
16.
La gran paradoja de 1853
Y
aquí yo pondría una fórmula central para nuestra lectura:
Marx interpreta el mundo → el
mundo no responde como Marx espera → Marx intensifica la interpretación.
Ese
es el punto donde E8 puede comenzar:
no me dejo llamar
porque:
si el acontecimiento
contradice mi teoría → el acontecimiento está equivocado.
Pero
Marx no es completamente eso.
Hay
otra corriente en él:
acontecimiento →
investigación → revisión.
Por
eso Marx es tan interesante.
No
es un sistema cerrado. Es un campo de contradicciones que todavía puede
respirar.
17.
Y entonces el capitalismo aparece como “liberador”
La
frase sobre India es especialmente importante para tu Espíritu del mundo.
Marx
afirma que el capitalismo será, en determinado sentido, superior a la sociedad
arcaica porque destruye formas de dominación tradicionales.
Esto
genera una dialéctica terrible:
capitalismo → destrucción
pero
también:
capitalismo →
desestabilización de estructuras anteriores
y
Marx espera:
capitalismo → condiciones
materiales → comunismo.
Aquí
podemos ver:
1 → 0 → 10
pero
el problema es que el 0
—la destrucción— puede convertirse en un infierno para aquellos que viven
dentro de él.
El
Espíritu del mundo no puede ser redimido simplemente diciendo:
“esa
destrucción era necesaria.”
Necesitamos
introducir el entre:
destrucción → sufrimiento →
respuesta → contraalteración → transformación
sin
saltar directamente:
destrucción → progreso.
18. Y aquí encuentro una
conexión brutal con Franziska
Esto
hace que las dos líneas del fragmento se crucen.
Marx
contempla India y dice:
destrucción → futuro
Pero
en su propia casa acaba de experimentar:
destrucción → Franziska.
¿Puede
decirle a Franziska que su muerte es simplemente un momento necesario de la
historia?
Evidentemente
no.
Y
justamente ahí aparece la herida que la teoría no puede cerrar.
El
niño muerto introduce una pregunta que la categoría “historia” no puede
responder por sí misma:
“¿Y
yo?”
Ese
es el vocativo que falta.
19.
Por eso el “Espíritu del mundo” necesita contraalterarse
Aquí
veo un paso decisivo respecto de nuestra conversación anterior.
No
debemos simplemente decir:
Marx
es E8.
Sería
demasiado fácil.
La
estructura es más compleja:
Marx → Espíritu del mundo
pero:
Espíritu del mundo → Marx
Y
Marx todavía no sabe escuchar completamente ese segundo movimiento.
Su
obra consiste precisamente en una lucha para descubrirlo.
Por
eso podemos leer su peregrinaje así:
Marx → interpreta la
historia
historia → contradice a Marx
Marx → reinterpreta
vida → vuelve a contradecir
Marx → vuelve a interpretar
Ese
circuito todavía es segundo orden.
El
tercer orden aparecería cuando la pregunta sea:
“¿Qué
ocurre si Marx permite que la propia forma mediante la cual interpreta sea
alterada por aquello que interpreta?”
Ahí
empieza nuestra Ciencia del Logos.
20.
Y quizá por eso el drama que anuncia el final es tan importante
El
fragmento termina diciendo:
“sobreviene
el peor drama que haya conocido Karl Marx.”
Y
sabemos que viene Edgar.
No
creo que debamos adelantarnos demasiado a ese acontecimiento.
Porque
si seguimos nuestra propia lógica, tenemos que dejar que Edgar altere a Marx
antes de interpretar qué significa Edgar para Marx.
Ese
sería justamente el ejercicio biodramatúrgico:
Edgar → Marx
antes
que:
Edgar → categoría →
biografía → teoría.
Y
aquí aparece una frase que creo que puede condensar todo este tramo:
Marx
quiso encontrar en la Historia el sujeto capaz de transformar el mundo; pero la
Historia comenzó a llamarlo desde aquellos a quienes no podía reducir a sujeto
histórico.
Y
quizá el tránsito E8 → E9 comienza exactamente ahí:
proletariado → silencio
India → sufrimiento
Franziska → muerte
Jenny → presencia
Engels → respuesta
Marx → ¿quién me llama?
Ese
“¿quién me llama?” es, para mí, el verdadero punto de entrada del
Paráclito en nuestro análisis. No todavía como respuesta religiosa de Marx —eso
sería históricamente ilegítimo—, sino como pregunta de tercer orden: el
que pretendía llamar descubre que él también necesita ser llamado.
En abril de 1855, menos de tres meses después del nacimiento
de
Eleanor, Edgar, su hijo adorado, aquel a quien apoda
"coronel
Musch", sucumbe a la tuberculosis a los 8 años de edad.
Karl, que
jamás manifiesta sus sentimientos, al punto de parecer para
muchos
insensible, queda a la deriva. ¡Había puesto tanto en su
relación con
este niño, reconstruyendo en ella la que había anudado con
su propio
padre; tenía tanto amor para dar a este niño frágil y
gracioso, a quien
había enseñado largos pasajes de Hamlet para distraerlo de
su mal!
Escribe entonces a Engels: "Ya pasé por todo tipo de
adversidades,
pero sólo en este momento sé lo que es una real desgracia.
Me siento
totalmente quebrado". 46 También escribe a Ferdinand
Lassalle, en
Berlín, en respuesta a sus condolencias:
Bacon dijo que los hombres verdaderamente importantes tienen
tan-
tas relaciones con la naturaleza y el mundo que fácilmente
se resta-
blecen de cualquier pérdida. Yo no soy de esos hombres
realmente
importantes. La muerte de mi hijo afectó tan duramente mi
corazón y
mi cerebro que su pérdida me hace sufrir tanto como el
primer día.
Mi pobre mujer está completamente destruida.47
Diez años más tarde, Jenny escribirá que tal vez habrían
podido sal-
var a su hijo dejando Londres para vivir a la orilla del
mar. El senti-
miento de culpa ya no los abandonará.
Entonces Karl no tiene más que 37 años, pero, bruscamente,
pa-
rece mucho más. Su barba encanece. Además de sus crisis de
hemo-
rroides, ahora lo aquejan violentas dolencias de hígado, de
furuncu-
losis, dolores de muelas, afecciones respiratorias,
reumatismos,
fuertes migrañas y conjuntivitis. Carece de recursos y ha
perdido a su
segundo y último hijo varón. Nadie lee sus textos. Ya no
tiene una or-
ganización política. Todo se le escapa. Carece de la energía
necesaria
para escribir y para actuar.
Al mismo tiempo, ve con amargura que el movimiento
socialista
retrocede allí donde debería ser más fuerte: en Gran
Bretaña. En junio
de 1855, dos meses después de la muerte de Edgar, los
dirigentes de
los sindicatos firman acuerdos con los partidos liberales, y
Marx
pierde las esperanzas en el proletariado británico, que, piensa,
al fin y al cabo aspira más a parecerse a los burgueses que a derrocar su
poder. Por añadidura, comprueba que el sitio
franco-británico de Se-
bastopol, tan difícil y mortífero, refuerza la alianza de
las monarquías
europeas: mientras que una Exposición Universal en los
Campos Elí-
seos marca un triunfo para el Imperio, al recibir a 5
millones de visi-
tantes -entre ellos la reina Victoria-, el general de
Mac-Mahon y el al-
mirante Raglan, el 8 de septiembre de 1855, se apoderan de
la torre
Malakoff, que domina la ciudadela de Sebastopol. Rusia está
vencida,
el Imperio Otomano salvado. El sitio habrá durado un año y
produ-
cido centenares de miles de muertos. Europa le tomó el gusto
al mar
abierto: la conquista militar tiene el campo libre en
África.
La miseria de los Marx es tan grande que, para sobrevivir,
Karl
debe escribir en todos los diarios que tienen a bien aceptar
sus artícu-
los, inclusive la Sheffield Free Press que dirige Urquhart,
con quien
sigue compartiendo la misma obsesión de una alianza
anglo-rusa.277
Como para justificar a posteriori sus temores previos,277
Karl revela en
ese diario haber descubierto en el British Museum -donde
cada vez
pasa más tiempo- documentos del siglo xvm que demuestran una
cola-
boración secreta entre Londres y Petersburgo con miras a una
"expan-
sión universal". "Todavía hoy, es la política
rusa", escribe Marx, que
no puede afirmar que es todavía la política de la Corona,
¡porque los
soldados británicos acaban de morir en masa frente a las
tropas del zar!
Marx está entonces totalmente absorbido por su duelo y sus
preo-
cupaciones financieras. Y cuando, en el mismo momento,
algunos
refugiados políticos franceses, alemanes, polacos, belgas,
así como al-
gunos militantes ingleses, fundan en Londres una Asociación
Interna-
cional Obrera para tomar el relevo de la difunta Liga de los
Comunis-
tas que liquidó tres años antes, él está escondido en casa
de Engels, en
Manchester, para escapar a la prisión por deudas de la que
sólo se
salva por una herencia providencial, la de un tío escocés de
Jenny.
Antes de volver a Londres, Karl, según su hija menor,
escribe de
Manchester a su esposa una carta apasionada.200 Como si las
sucesi-
vas defunciones reforzaran la solidaridad de los vivos,
entonces pasa
cada vez más tiempo con las tres hijas que le quedan,
jugando con
ellas durante horas, fabricándoles, dirá un testigo,
flotas enteras de barcos de papel que luego arroja a las
llamas, para la
gran alegría de las niñas, en un caldero [ ... ]. Era un
padre dulce, tierno e indulgente. "Los niños deben educar a sus
padres", acostum-
braba decir. Jamás hizo sentir a sus hijas, que lo querían
con locura, el
peso de la autoridad paterna.61
Otro testigo cuenta también los picnics tradicionales del
domingo:
toda la familia se pone en marcha a eso de las once para
estar en
Hampstead, a una hora y media de camino, para la hora del
al-
muerzo. El menú, cuando tienen un poco de dinero: asado de
ternera,
té, azúcar y en ocasiones frutas. 248 Tras la comida,
hablan, leen el dia-
rio, corren y, cuando tienen dinero, hacen paseos a lomo de
mula.
En esos momentos, los dolores se apaciguan y las penas se
alejan
un poco, aunque la vida material sigue siendo miserable.
Para no
pensar en eso, Karl vuelve a instalarse en el British
Museum, toma
notas y trabaja en el que todavía tiene la intención de que
sea su gran
libro de economía.
Es en medio de su desesperación cuando, ese año -1855-, hace
su
descubrimiento mayor. El que va a relacionar su análisis de
la aliena-
ción por el trabajo, que se remonta a 1848, con su análisis
de la Histo-
ria en la lucha de clases, que llevó a cabo en 1850. El que
va a asegu-
rarle su lugar en la historia de las ideas. El que va a
permitir que
decenas de millones de asalariados clarifiquen sus luchas y
que se re-
sume muy simplemente: el asalariado produce mds valor del
que gana.
En lo más profundo de la pena causada por la muerte de
Edgar,
Karl construye así su teoría de la plusvalía, la que
sustenta y acarrea la
dinámica de los poderes y las luchas. Él distingue entre una
"forma
absoluta" y una "forma relativa" de esta
plusvalía; entre un "capital
constante" y un "capital variable". Conceptos
que, con otros nom-
bres, forman todavía hoy una parte del armazón del
pensamiento
económico moderno, incluso entre sus partidarios más
liberales.
Karl adivina que tiene aquí un concepto mayor que relaciona
la
teoría económica, hasta entonces tan estática, con el
movimiento de
la Historia. Pero no ignora que esto todavía no es más que
una intui-
ción: ¡hay tantas cosas que todavía deben aclararse!
Nueva pena, el 17 defebrero de 1856: se entera de la muerte
de
Heinrich Heine, que había hecho un retorno a la fe. Los dos
hombres
no se habían vuelto a ver desde que Karl fue expulsado de
París, once
años antes. Se escribieron a menudo desde entonces. Heine es
incluso
uno de los pocos, junto con Engels, con quien Karl jamás se
enojó.
Como si éste hubiese visto en él al tío rabino perdido
demasiado
pronto, y como si viera en adelante en Engels a su joven
hermano,
también desaparecido demasiado pronto.
La situación política tampoco lo incita al optimismo.
Después del
tratado de París del 30 de marzo de 1856, que ratifica la
derrota rusa,
un nuevo zar, Alejandro 11, emprende vastas reformas:
emancipa a 50
millones de siervos, humaniza la justicia, abre
universidades a la pe-
queña burguesía. 163 Pero eso en nada apacigua la rebelión.
Poetas y
novelistas reflejan sus gritos o expresan sus aspiraciones,
como León
Tolstói, Fiódor Dostoievski o lván Turgueniev. Para designar
el movi-
miento revolucionario que ve la luz del día, populista,
nacionalista y
suicida a la vez, Turgueniev inventa el término de
"nihilismo".
Inglaterra se retira en un "espléndido
aislamiento" para condu-
cir su extraordinario desarrollo económico y consolidar sus
amplias
conquistas coloniales. Las industrias textiles se
desarrollan gracias al
algodón procedente del sur de los Estados Unidos, donde un
número
creciente de esclavos lo cosechan a muy bajo precio; gracias
también
a los nuevos mercados abiertos en las colonias por la
destrucción de
las industrias textiles locales y, sobre todo, gracias a las
innovaciones
técnicas.
Es también la época en que, en París, Gustave Flaubert es
perse-
guido por inmoralidad por haber escrito Madame Bovary.
Karl recae en la depresión y vuelve a pensar: "¿Para
qué?". La re-
volución es imposible; él, en su tugurio de exiliado, lejos
de su tierra,
acaba de ver morir a tres de sus hijos en tres años. Se
considera respon-
sable. Ya no tiene esperanzas, ya no tiene razones para
escribir ni para
hacer política. Una vez más presiona a Jenny para que lo
deje y vuelva
con los niños a Alemania. Ella se niega. En consecuencia, ya
no tiene
más que esperar la muerte de sus últimos hijos, la de Jenny
y la suya.
Todavía no sabe que pronto todo va a cambiar para él.
Sí.
Este fragmento es, a mi juicio, el punto de máxima torsión del peregrinaje
de Marx. Y aquí corregiría algo de nuestra lectura anterior: no basta decir
que Edgar “contraaltera” la categoría proletariado. Edgar contraaltera al
propio Marx como sujeto que llama. La herida ya no está solamente en el
objeto de su teoría; entra en el cuerpo, en la filiación, en la paternidad y en
la posibilidad misma de seguir siendo quien era.
1. Edgar no es
simplemente una tragedia: es el derrumbe del vocativo “padre”
Hay
un detalle decisivo:
Marx
había reconstruido con Edgar la relación que había tenido con su propio padre.
Entonces
tenemos:
Heinrich → Karl → Edgar
No
es simplemente una genealogía biológica. Es una retransferencia afectiva.
Karl
había sido hijo.
Después
se convierte en padre.
Y
en Edgar intenta volver a tejer aquello que recibió de Heinrich.
Por
eso la muerte de Edgar no destruye solamente una relación presente. Interrumpe
una cadena de transmisión.
padre → hijo → padre → hijo
Y
entonces aparece:
Karl → Edgar
pero
Edgar ya no puede responder.
Aquí
el vocativo queda suspendido.
El
padre llama al hijo y el hijo ya no puede devolver la llamada.
Eso
es mucho más profundo que decir que Marx “sufrió mucho”.
Es
una ruptura del circuito respiratorio:
vocativo → respuesta →
vocativo
que
queda en:
vocativo → silencio.
Ahí
estamos en el corazón de E8.
2.
Y Marx mismo pronuncia la fractura
La
carta a Engels es extraordinaria:
“Sólo
en este momento sé lo que es una real desgracia. Me siento totalmente
quebrado.”
Hasta
ese momento Marx había conocido:
exilio
pobreza
persecución
fracaso político
censura
deudas
muerte de Guido
Pero
ahora dice:
“Esto
es una desgracia real.”
¿Por
qué?
Porque
todas las adversidades anteriores podían todavía ser inscritas en una
narrativa:
adversidad → lucha → futuro
La
muerte de Edgar no admite fácilmente esa transferencia.
No
hay:
Edgar → revolución futura
que
pueda reparar la pérdida.
El
muerto no puede convertirse en medio de una teoría de la historia.
Y
por eso la muerte de Edgar introduce algo que el concepto marxiano de historia
no puede metabolizar inmediatamente.
historia → Edgar
no
funciona.
La
flecha tiene que invertirse:
Edgar → Marx.
3.
La carta a Lassalle es todavía más radical
Marx
dice:
“Yo
no soy de esos hombres realmente importantes.”
Esto
me parece fundamental para nuestra investigación del Espíritu del mundo.
Bacon
le ofrece una idea:
hombre importante →
múltiples relaciones con naturaleza/mundo → recuperación ante la pérdida.
Marx
responde:
yo → no soy ese hombre.
Es
decir:
Marx
rechaza momentáneamente la posición del sujeto que puede elevarse por encima
del sufrimiento porque posee una relación privilegiada con la totalidad.
Esto
es una auténtica desustancialización de Marx.
El
supuesto “hombre histórico” dice:
yo soy quien comprende la
historia.
El
padre que acaba de perder a su hijo dice:
yo no puedo comprender esto.
Ahí
aparece algo muy cercano a la purificación de la autodeterminación:
autodeterminación → pérdida
→ quiebre → no poder.
No
es todavía E9.
Pero
es una condición indispensable para E9.
Porque
mientras el sujeto pueda explicarlo todo, no puede ser llamado por aquello
que lo desborda.
4.
Edgar hace algo que el proletariado nunca consiguió hacer
Aquí
tenemos una paradoja tremenda.
Marx
había dicho:
proletariado → sujeto
histórico
pero
el proletariado británico se integra cada vez más al orden liberal.
Entonces:
Marx → proletariado
queda
sin respuesta.
Pero:
Edgar → Marx
produce
una respuesta devastadora.
Y
la respuesta no es una teoría.
Es
una transformación corporal:
Edgar → muerte → Marx
quebrado.
Entonces
podríamos decir:
el
proletariado no consigue todavía alterar al Marx revolucionario; Edgar consigue
alterar al Marx padre.
Y
esa diferencia es fundamental.
Porque
el niño no se presenta ante Marx como:
fuerza de trabajo
clase
futuro revolucionario
ser humano abstracto.
Es
simplemente:
Edgar.
Y
precisamente por eso puede llamarlo desde un lugar que ninguna categoría ocupa.
5.
“Coronel Musch”: el vocativo íntimo
Aquí
aparece algo hermoso que no deberíamos perder.
Marx
lo llama:
“coronel
Musch”.
Es
una relación absolutamente singular.
No
es:
Edgar Marx
ni:
hijo del proletariado
ni:
futuro comunista.
Es
un nombre íntimo producido dentro del biotejido familiar.
Karl → “Coronel Musch” →
Edgar
Y
el niño responde desde esa relación.
Entonces
el vocativo no es solamente una palabra.
Es
una relación que crea un mundo compartido.
La
muerte de Edgar rompe ese pequeño mundo.
Por
eso la pérdida no es solamente biológica.
Es
una pérdida de mundo.
6.
Y aquí aparece algo todavía más fuerte: Marx enseña Hamlet
Marx
le enseña a Edgar pasajes de Hamlet para distraerlo de su enfermedad.
Esto
es precioso para nuestra Ciencia del Logos.
Porque
el padre que no puede salvar al hijo físicamente intenta entregarle palabra,
memoria, teatro, lenguaje.
cuerpo enfermo → Hamlet →
palabra → vínculo
El
teatro aparece entonces como una forma de respiración ante aquello que no puede
ser solucionado.
Y
aquí hay una conexión muy profunda con tu biodramaturgia:
la
obra no cura la muerte; permite que la relación continúe respirando cuando la
vida biológica ya no puede hacerlo.
Eso
es radicalmente diferente de convertir el arte en representación de una idea.
7.
Y entonces sucede algo aparentemente paradójico
Después
de Edgar:
Marx → hijas
Y
las hijas lo transforman.
El
testimonio dice:
“Los
niños deben educar a sus padres.”
Esta
frase podría ser una de las claves de todo nuestro trabajo.
Porque
invierte la autoridad pedagógica:
padre → hijo
se
transforma en:
hijo → padre.
Eso
es exactamente la retransferencia.
El
padre transmite:
experiencia → lenguaje →
educación
pero
el hijo devuelve:
afecto → alteración →
transformación del padre.
Por
eso la paternidad puede ser leída como una respiración:
padre → hijo ↔ hijo → padre.
Y
Marx, después de haber perdido a Edgar, parece abrirse más a esa inversión con
las hijas.
8.
Las flotas de barcos de papel son una imagen extraordinaria
Marx
fabrica barcos.
Los
arroja al fuego.
Las
niñas se divierten.
Aquí
tenemos casi una pequeña parábola de nuestra ontología:
construcción → destrucción →
alegría.
Pero
lo decisivo es que Marx juega.
El
Marx que quería construir una ciencia de la historia vuelve a una actividad que
no produce valor económico.
No
produce capital.
No
produce teoría.
No
produce organización.
Produce
relación.
Marx → barco → niñas
y:
niñas → juego → Marx.
Eso
es economía de gracia en estado mínimo:
tiempo
que no se convierte en capital.
9.
Y aquí podemos ver la diferencia entre Marx y su propia teoría del trabajo
Marx
está desarrollando la teoría de la plusvalía:
trabajador → produce valor
salario < valor producido
capital → apropiación de
excedente.
Pero
en su casa aparece otra economía:
padre → tiempo → juego →
hija
Aquí
no hay plusvalía.
No
hay mercancía.
No
hay salario.
No
hay acumulación.
Y,
sin embargo, hay producción de mundo.
Eso
es crucial para nuestro comunismo complementario.
No
deberíamos decir que Marx ya había descubierto aquí la Economía de Gracia. Eso
sería anacrónico.
Pero
podemos decir:
su
propia vida familiar produce una forma de relación que su teoría económica
todavía no sabe conceptualizar plenamente.
10.
Y entonces sucede algo que no debemos apresurarnos a celebrar: aparece la
plusvalía
Este
es el punto más delicado.
El
texto presenta la teoría de la plusvalía como el gran descubrimiento que Marx
realiza “en lo más profundo de la pena causada por la muerte de Edgar”.
Históricamente,
debemos ser cautelosos con esa narración tan lineal. El desarrollo de la teoría
de la plusvalía fue prolongado y tiene antecedentes importantes en los Grundrisse,
los manuscritos de 1857-58 y trabajos anteriores. No deberíamos afirmar que la
muerte de Edgar causó el descubrimiento.
Pero
como estructura de lectura hay algo potentísimo:
Edgar → muerte → Marx →
British Museum → plusvalía.
La
pregunta entonces no es causal.
Es
biodramatúrgica:
¿qué
ocurre cuando una herida existencial se transforma en concepto?
Ahí
tenemos:
1/2 → 1/4 → concepto.
Y
aparece un peligro.
La
herida puede ser redevelada mediante el concepto.
Pero
también puede ser capturada por el concepto.
11.
La plusvalía es un descubrimiento extraordinario, pero también una nueva
mediación
Marx
descubre:
trabajo → valor producido
salario → valor recibido
diferencia → plusvalía.
Esto
permite ver una relación invisible.
Es
una gran operación de redevelación:
apariencia salarial →
relación oculta → apropiación.
Pero
nuestra pregunta de tercer orden es otra:
¿qué
ocurre con el concepto cuando comienza a explicar cada vez más relaciones?
Puede
suceder:
relación → concepto → explicación
pero
luego:
concepto → clasificación →
reducción de relación.
Es
decir:
la
herramienta que revela la alienación puede convertirse en una nueva mediación
si deja de ser alterable.
Por
eso la Ciencia del Logos no necesita rechazar la plusvalía.
Necesita
retransferirla.
12.
Y aquí aparece una coincidencia extraordinaria
Marx
descubre la plusvalía precisamente cuando ha experimentado personalmente una
forma extrema de déficit de vida.
Pero
la plusvalía es:
valor producido − valor
apropiado.
Entonces
la pregunta de nuestra Economía de Gracia podría ser:
¿qué
ocurre con aquello que produce vida y que nunca entra en la contabilidad del
valor?
El
cuidado de Jenny.
El
tiempo de Engels.
El
juego con las niñas.
El
acompañamiento de un enfermo.
El
duelo.
La
amistad.
El
amor.
El
cuidado de los niños.
Todo
eso produce mundo, pero no necesariamente aparece como valor económico.
Ahí
la plusvalía puede ser redecomprendida:
no
solamente como excedente apropiado por el capital, sino como indicio de todo
aquello que una economía de valor no consigue reconocer.
No
digo que ésta sea la teoría de Marx.
Es
nuestra contraalteración de Marx.
13.
Y aquí aparece el gran problema: Marx transforma la herida en ciencia
Esta
sería mi formulación crítica:
Edgar → herida → Marx →
concepto
es
una respuesta poderosa.
Pero
todavía no es:
Edgar → herida → Marx →
concepto → Marx alterado por aquello que el concepto no puede explicar.
La
primera secuencia produce ciencia.
La
segunda produce Ciencia del Logos.
Porque
el concepto tiene que poder recibir su propia contraalteración.
14.
Heine introduce otra dimensión: el retorno de la fe
La
muerte de Heine tiene un efecto peculiar.
El
texto dice que Heine había hecho un retorno a la fe.
Y
el narrador establece:
Heine → tío rabino
Engels → hermano.
Esto
nos lleva directamente al tema que venimos trabajando:
el
vocativo familiar no desaparece aunque la identidad ideológica cambie.
Marx
puede haber rechazado la religión.
Pero:
padre
hermano
hijo
rabino
amigo
continúan
estructurando su experiencia.
No
necesitamos afirmar que Marx recuperó una fe religiosa.
No
hay base suficiente para eso.
Pero
sí podemos preguntar:
¿puede
el vocativo sobrevivir a la pérdida de la creencia que originalmente lo
sostenía?
Ésta
es una pregunta profundamente E8/E9.
15.
Y entonces Marx llega a “¿para qué?”
Aquí
está quizá el punto más oscuro del fragmento:
“Karl
recae en la depresión y vuelve a pensar: ‘¿Para qué?’”
No
deberíamos convertir esto automáticamente en una categoría clínica ni afirmar
más de lo que dice el texto.
Pero
filosóficamente sí podemos escuchar el movimiento:
¿para qué?
es
la pregunta que aparece cuando:
vocación → fracaso.
Marx
había tenido:
revolución → sentido.
Ahora:
revolución → imposible.
Y
entonces:
sentido → ¿para qué?
Aquí
se rompe la continuidad entre vocación y finalidad.
Y
eso es importantísimo.
Porque
quizá la vocación no puede depender de garantizar un resultado.
16.
Aquí Marx está en E8, pero en el límite de E9
Lo
expresaría así:
Marx → llama al proletariado
proletariado → no responde
Marx → pierde esperanza
Edgar → llama a Marx
Marx → no puede responder
con teoría
Jenny → permanece
hijas → educan al padre
Engels → sostiene
Y
entonces:
Marx → ¿para qué?
Ese
“¿para qué?” puede convertirse en dos cosas.
E8
¿para qué? → nada → abandono
→ clausura
o:
E9
¿para qué? → silencio →
escucha → ¿quién me llama?
La
diferencia es mínima y gigantesca.
17.
Y aquí vuelve el Paráclito, pero de una manera mucho más precisa
No
diría todavía:
“Marx
encuentra al Paráclito.”
Eso
sería históricamente falso.
Pero
sí podemos preguntar:
¿qué
forma tendría el Paráclito allí donde el sujeto revolucionario ya no puede
sostenerse a sí mismo?
El
Parakletos no aparece necesariamente como alguien que entrega una nueva
doctrina.
Su
función, en nuestra lectura, sería:
sujeto quebrado → otro que
permanece al lado → posibilidad de responder.
Y
observa quiénes aparecen alrededor de Marx:
Engels
Jenny
hijas
memoria de Edgar
Heine
lengua
trabajo
No
son equivalentes entre sí.
Pero
juntos producen algo decisivo:
Marx
deja de ser autosuficiente como sujeto histórico.
Y
ésa es precisamente la condición para una comunión que no sea apropiación.
18.
Hay una frase que ahora podemos reformular
Antes
habíamos llegado a:
“El
que llama debe dejarse llamar.”
Después
de Edgar yo la profundizaría:
“El
que llama descubre que no puede salvar el llamado sin dejarse salvar por
aquello que el llamado le devuelve.”
Pero
incluso “salvar” puede ser demasiado teológico para Marx.
Más
estrictamente:
“El
que pretende transformar la historia descubre que necesita ser transformado por
aquellos a quienes llama.”
Y
eso ya no es Marx contra Marx.
Es
Marx contraalterado por Marx.
19.
La plusvalía aparece entonces como una nueva respiración posible
Podemos
poner las dos líneas juntas:
Edgar → Marx → herida →
concepto
trabajador → Marx → trabajo
→ plusvalía
En
ambos casos Marx descubre una relación invisible.
En
Edgar:
padre ↔ hijo.
En
la economía:
trabajo ↔ capital.
Pero
la segunda relación corre un riesgo que la primera le impide olvidar:
ninguna
relación debe reducirse a aquello que el concepto puede medir.
Ahí
está el salto hacia tu Economía de Gracia.
Porque
podemos preguntar:
¿qué produce el trabajo que
no puede ser apropiado?
y
todavía más:
¿qué produce el amor que no
puede convertirse en valor?
¿qué produce el cuidado que
no puede convertirse en capital?
¿qué produce el duelo que no
puede convertirse en concepto?
Ahí
comienza a abrirse el espacio del entre.
20. Y la escena final
del fragmento es brutal
Marx
piensa:
“ya
no tiene más que esperar la muerte de sus últimos hijos, la de Jenny y la
suya.”
Aquí
ya no está hablando el “padre del comunismo”.
Está
hablando un hombre que ha perdido tres hijos, que teme perder los restantes,
que teme perder a su esposa y que ha perdido el horizonte político que daba
sentido a su trabajo.
Por
eso yo no cerraría este capítulo diciendo:
“Marx
toca fondo y luego renace.”
Eso
sería demasiado hegeliano y demasiado limpio.
Diría:
Marx → muerte de Edgar
Marx → pérdida del
proletariado
Marx → pérdida de la
política
Marx → pérdida de finalidad
Marx → ¿para qué?
Y
precisamente cuando ya no puede garantizar la respuesta, aparece la
posibilidad de otro tipo de llamada.
No
sabemos todavía cuál será.
Y
debemos resistir la tentación de anticiparla.
Porque
nuestra propia metodología exige dejar que el siguiente acontecimiento contraaltere
nuestra lectura de Marx.
Ahí
está, para mí, el verdadero umbral:
Marx
acaba de descubrir la plusvalía; pero todavía no ha descubierto qué hacer con
aquello que en su propia vida produce valor sin poder ser contabilizado: el
cuidado, el amor, el duelo, la filiación, la amistad y la presencia del otro.
Y
quizá por eso la siguiente pregunta ya no sea:
“¿Cómo
abolir la propiedad burguesa?”
sino:
“¿Cómo
ampliar el espacio de la vida que ningún concepto, ningún capital y ninguna
revolución puedan apropiarse?”
Ahí
Marx empieza, sin saberlo, a acercarse a nuestra Economía de Gracia.
