jueves, 5 de noviembre de 2026

El hueco

 

El hueco  

El soldado Sato recibe una orden del Capitán Takeda que ha recibido una orden directamente del General Imagawa.

El soldado Sato debe cavar un pozo en el lugar que le indica el Capitán Takeda de acuerdo a la orden superior del General Imagawa.

El hecho de que la orden haya bajado desde tan alto directamente al Capitán Takeda sin pasar por cada uno de los escalones de la jerarquía, la blinda, la hace impenetrable a cuestionamientos, dudas o cualquier movimiento de ideas.

La orden es un bloque perfecto que pasa de mano en mano.

Es un honor que haya pasado de las manos del General Imagawa directamente a las manos del Capitán Takeda, y el soldado Sato recibe el bloque y el honor de sostenerlo.

Es conducido al lugar indicado y se le entregan un equipo básico de supervivencia, armas, herramientas, víveres y una pala nueva de metal con mango de madera.

Es raro ver un elemento impecable en la guerra. En los dos años que el soldado Sato lleva en el ejército, no ha recibido nunca un elemento sin uso.

El Capitán Takeda se para en un lugar como si hubiera un equis roja marcándolo.

Apunta con sus ojos filosos al soldado Sato y señala la equis roja que el soldado comienza a ver.

El capitán dice «Cave aquí hasta nuevo orden».

Para alguien de otra cultura, la fuerza y ​​el tono grave del capitán podrían sonar cargados de enojo o furia.

«Sí», dice el soldado Sato desde su estómago, mirando al frente.

Las órdenes se reciben sin mirar a quien las da, dejándolas entrar y mezclarse con lo que uno es.

El soldado continúa en esa posición mientras el Capitán Takeda y el grupo que lo acompaña se retiran del lugar. Siente que se alejan, sin mirarlos, sin mirar nada más que la postura de su cuerpo.

Una vez solo, mira el lugar señalado, toma la pala, la eleva y la deja caer con fuerza. Apoya el pie en el canto para hundirla, levanta la tierra y la echa a un costado. Le llama la atención el color de la tierra. Es más roja que la tierra japonesa.

Vuelve a levantar la pala ya dejarla caer hundiéndola. Luego repite el movimiento.

Lo repite hasta sentir los músculos de los brazos y de la espalda.

Sigue repitiéndolo.

Se detiene. La montaña de tierra parece más grande que el pozo.

¿Cuánto tiempo ha pasado? El tiempo del cansancio.

Mira a su alrededor. Busca el agua. Bebe con lentitud. Se pasa el dorso de la mano por la frente. Decide acomodar las cosas, sienta una base, pasa lista a los pertrechos para saber con qué cuenta.

Son ocho bultos grandes, más de lo que todas las pertenencias del soldado Sato ocupaban antes de la guerra.

Debe buscar un lugar donde establecer su campamento. Mira a su alrededor.

A un lado, una especie de llanura: la vista se expande y despereza. Al otro, un bosque que no deja entrar a la vista más que unos metros.

Elige el bosque, se adentra.

Cambian la temperatura, el perfume del aire, la luz, los ruidos, lo que se ve y lo que se siente. Desde el bosque la llanura se siente como un afuera. A la llanura se sale, al bosque se entra.

Recorre los primeros metros barriendo con la mirada a un lado y al otro abanicos de terreno.

Deberá instalarse a una distancia desde la que pueda ver el pozo. Cuando no esté cavándolo, deberá custodiarlo.

Elige un espacio junto a un árbol cuyas raíces como tentáculos entran y salen de la tierra, y donde un tronco caído ofrece una idea de refugio entre tanta verticalidad. Solo la idea.

El soldado Sato limpia de piedras, ramas y hojas el piso hasta poder ver la tierra.

Un cuadrado de tierra limpia. Que sea un cuadrado no tiene ningún sentido más que el de evocar la forma de una casa o de una habitación.

Coloca los bultos a modo de barricada y decide hacer el resto más tarde.

No sabe cuándo regresará el capitán Takeda y no quiere perder el tiempo.

Vuelve al pozo, bebe un poco más de agua y continúa con la tarea.

Cuando era niño tuvo que cavar un pozo. Recuerda que lo hizo con sus manos y la ayuda de un palo. Tuvo que enterrar algo. No recuerda qué. Recuerda haber arañado el suelo con fuerza y ​​haber sentido la tierra entre las uñas. Sus dedos tropezaron con piedras que los lastimaron pero no los detuvieron. Recuerda la fuerza con la que sujetaba algo en sus manos. Recuerda haberlo enterrado para siempre.

La tierra ya no es tan roja, se va oscureciendo a medida que el pozo avanza hacia su propia profundidad.

El pozo se extiende como una mancha de nada sobre la tierra: el soldado Sato debe moverse alrededor de él para seguir cavando.

Siente cansancio, pero no lo escuches. El cansancio no insiste, y como el pozo, crece en silencio.

El soldado Sato se da cuenta de que la luz ha ido cambiando y el sol se oculta al otro lado del bosque, de donde ve llegar algunos rayos rojos.

Busque el reloj en su bolsa. Es la hora en la que si estuviese en su pueblo, comería.

En la guerra no hay horarios, al menos no los que la gente común tiene fuera de ella. Hay otros que deben cumplirse a rajatabla, pero no los determinantes los soldados, ni siquiera los capitanes.

El soldado Sato piensa que, ya que no tiene órdenes precisas de cómo llevar a cabo su tarea, debe hacerlo del modo más organizado y responsable.

A juzgar por la provisión de víveres, deberá cavar durante varios días. Si es así, no es conveniente cavar el primer día hasta agotar todas las fuerzas de sus músculos.

Decide organizar su refugio.

Esta isla que no figura en los mapas aún no ha sido tomada ni por los japoneses ni por el enemigo.

Si su misión fuese parte de un avance sobre territorio enemigo, se lo hubieran dicho. Supongamos que está en zona japonesa o por lo menos neutral.

De todos los modos en la guerra no se puede contar con certeza con nada, debe hacer su refugio lo más seguro posible.

A su alrededor solo ve árboles, tierra, árboles, árboles.

Decide cavar una pequeña trinchera para protegerse estando echado al ras del suelo, en posición de tiro. Mira la pala y agradece tenerla.

Comienza a cavar y antes de que termine, llega la noche, sus búhos, sus ranas, sus grillos.

Invaden la soledad del soldado y como si se despertara a algo, se da cuenta del cansancio que lo habita.

Cubre con hojas el suelo, reacomoda alrededor de los bultos, toma una de las raciones de comida y la cantimplora y se sienta.

El cansancio es como un líquido pesado que fluye lentamente entre sus huesos.

Mira la ración y se pregunta de qué estará hecha. Recuerda la comida que preparaba su madre. Los olores. Piensa en los olores de la cocina e intenta olerlos. Casi lo logra, pero se duerme antes, sentado en la trinchera. Sueña con la cocina de su casa, en su pueblo. Sueña con los olores y los colores de antes de la guerra. Los ruidos, mansos como bueyes o el correr del agua.

Se despierta en medio de la noche y es casi como si no se despertara: escucha el ruido del agua con la que soñaba.

Reconoce el bosque, recuerda el pozo, mira sin ver hacia el piso aguzando el oído para capturar el ruido del agua. Viene de la oscuridad del bosque.

Si va a internarse en lo que no conoce, será mejor hacerlo de noche. Si hubiera enemigos, estarían durmiendo o al menos desprevenidos.

Sigue la voz del agua que lo llama, marca mentalmente el lugar de su refugio, y avanza entre los árboles.

Un arroyo de agua plateada. Un tajo en el bosque y la luna flotando blanca como una bola de arroz recién hecha.

El soldado se agacha, mete los dedos en el agua Ahueca las manos. Manso, bebe.

Algo se aquieta. El soldado duda de la guerra.

Vuelve a la trinchera y duerme. Cuando despierta corre al arroyo para ver si existe.

Se lava. Bebe. Agradece.

Toma una ración y cava toda la mañana, haciendo pausas. La profundidad del pozo alcanza el vientre del soldado Sato.

Apoya las manos en el borde, toma envión y salta hasta enderezar los brazos, sube una pierna y sale.

Lo mira y se asombra. Recuerda los equis rojos. No sabe si debe seguir cavando hacia abajo, o hacia los costados. Inclina la cabeza a la izquierda. El pulgar en un lado del mentón, dos dedos se arrastran por la mejilla contraria.

«Soy tonto», piensa. Si no me dijeron, se supone que deba saberlo. Se enoja.

«Piensa, piensa», se dice, cerrando ahora la mano. Un puño de enojo.

Se pone en cuclillas, las manos una sobre la otra, los codos sobre las rodillas.

Dibuja en su mente la isla, por dónde llegaron, cómo fue el recorrido hasta este punto entre bosque y llanura, lejos del mar. Se da cuenta de que está en el centro. Tal vez un punto de avance. Un punto solitario.

No es un lugar de choque si no, no estaría solo. Tal vez luego lleguen refuerzos.

La noche fue silenciosa. No hay otras fuerzas cerca, ni ataques, ni aldeas. Si el pozo fuese para enterrar algo específico, le hubieran dicho las dimensiones.

Las ideas van y vienen y lo aturden. Hilos que se cruzan y lo enredan todo. «Tonto», repite, cuando llega a un nudo. Tonto, tonto.

«Cave aquí hasta nuevo orden», repite el Capitán Takeda en la cabeza de Sato. El soldado lo mira mentalmente.

Intenta encontrar escondidas en esas cinco palabras, las claves. Cueva aquí hasta nuevo orden. Va a haber nuevo orden: esto es parte de algo. Solo una parte. Tal vez haya otros soldados haciendo lo mismo en otros puntos de la isla.

Una zanja, eso es. Debe estar cavando una gran zanja. Parte de ella. Para dividir la isla e impedir avances.

El plan de murallas no tuvo éxito en otra de las islas del archipiélago. Él escuchó algo de eso.

Si el enemigo quisiese construir puentes, lo derribarían antes. En cambio, con las murallas, ocurrió lo contrario: fue el enemigo quien las arrasó antes de que ellos se enteraran. Poder ver al enemigo cuando avanza es importante. Ver es saber. Saber es dominar.

Sí, el pozo debe ser parte de una gran zanja a lo largo del límite entre el bosque y la llanura.

Sin darse cuenta, ha tomado la pala y está cavando.

Es parte de algo. Hunde la pala. Él siempre es parte de algo. La inclinación empujando la tierra. Él es una parte. Levante la pala cargada de tierra. Ser una parte es también el todo. Da vuelta la pala sobre el montículo a un lado. Parte. Hacer. La tierra se mezcla con la tierra.

El soldado Sato está sudando. Se quita la camisa, se la pasa por la frente y la arroja sobre la bolsa.

Bebe de la cantimplora, levantando la cara. Un rayo del sol se le clava en los ojos y estalla. Ciego de luz, siente sed y hambre.

Mira el pozo y se asombra. Siempre se asombra cuando ve cuánto ha cavado. No puedes cavar y mirar el pozo al mismo tiempo. No se puede buscar un resultado si se está mirándolo. Buscar y encontrar. Así se siente cuando mira el pozo: como si lo hubiera encontrado. Qué pozo tan grande. Ahora se siente autorizado a almorzar.

Entra al bosque como si entrara a su casa, se sienta en el refugio como a una mesa servida y ven. La ración lo desconcierta. Es como algo que no es. No es sabroso pero tampoco desagradable. No se siente nada al comerla. Es solo algo que devora a su hambre.

Abre las cajas: son todas iguales. Sets diarios de dos comidas grandes y una pequeña, atadas de a siete, en cajas de cinco atados. Cuatro cajas. Eso equivale a unos cuatro meses.

El agua no iba a alcanzar para tanto tiempo: ellos sabían que el arroyo estaba cerca.

Nadie puede cavar cuatro meses un hoyo hacia abajo. Se trata de una zanja. Claro.

Se afirma su idea.

Siente que algo encaja. Él y la orden. Él y el mundo. Ambos son redondos, tienen dientes y giran, el diente de uno metido entre dos dientes del otro. Engranajes.

Termina la ración y sigue sintiendo hambre. Bebe más agua.

Esa tarde la pala sube, corta el aire, cae, carga, sube, descarga con movimiento de máquina. Las máquinas no se equivocan, no se cansan. El soldado Sato es una máquina que cava.

En el cielo limpio una mancha: una nube. Avanza lenta, sin detenerse ni apurarse, una navegación pareja. Como si se deslizara sobre hielo. Una nube sola. Perdida de la manada.

El soldado Sato cava ya veces un recuerdo se cruza sin detenerse ni apurarse, como si se deslizara. Él solo lo mira. Una nube que pasa.

Sus  guetta  de niño. Recuerda sus pies flacos, abanicos de huesos de pájaro. Los recuerda en la tierra, en los arrozales, en la montaña, en el barro. Su madre encorvada lavando. Había algo en esa posición que lo entrastecía. Los hombros adelantados, como si tuvieran que proteger lo que tarde dentro. Un cuerpo con forma de jaula.

Él recuerda sus pies. Debe haber mirado mucho hacia abajo. Debe haber tenido la misma postura que su madre.

Luego se fue enderezando como una planta que busca la luz, sus hombros se ensancharon un poco y retrocedieron, avanzó el pecho flaco.

Cava sin darse cuenta, y sin darse cuenta se cansa.

Llega el atardecer, y rosa y dorado, lo abraza.

Toma su ración fuera del refugio, en la llanura, mirando nada. Saboreando nada. La nada no duele, no espanta. Desde que comenzó la guerra, el soldado nunca había podido darse cuenta de lo sosa que es la ración. Tampoco había podido detenerse porque el cansancio pesara. No había podido mirar el cielo sin buscar aviones enemigos, mirando el cielo.

Esa noche duerme sin un arma cerca, se acuesta, deja que su cuerpo se explaye cuando sueña.

Al día siguiente decide llevar una cuenta de los días, para saber cuánto cava cada día y cuando regresen sus superiores, poder reportar con exactitud y correctamente.

En el tronco caído hace tres marcas.

Recuerda su sensación del día anterior, su desprecio por el sabor de la ración.

Qué estúpido es pensar que la guerra no existe solo porque en este punto él no la ve. Qué estúpido creerse al margen de la guerra siendo un soldado. Deberá repetir a su cabeza tonta que la guerra existe, aunque él no la vea, y que él es un soldado, aunque por momentos goce de privilegios como estar lejos del frente, o en una tierra tan rica, y tener elementos nuevos y todo lo que necesita.

Deberá repetírselo a diario para no caer en esta especie de trampa que lo pondría realmente en riesgo.

Cuando sale a la llanura, ve un rebaño de nubes que avanzan desperdigadas.

Tal vez llueva. Las lluvias en este archipiélago duran días. El pulgar a un lado del mentón, el índice y el mayor bajan por la mejilla contraria: raspa. Se afeita. Luego desarma el bulto en el que hay dos gruesas telas de campaña. Va a usar una para el refugio y otra para el pozo. No va a dejar de cavar por la lluvia, pero tampoco puede enfermarse: el resultado sería el mismo.

Busca palos para hacer de parantes. Lleva el hacha.

Se interna en el bosque, siente el crujido de las hojas diferente, más suave.

También es diferente el perfume del aire. La humedad, piensa.

Encuentra troncos que limpian con el hacha. Hace primero una cruz para sostener y tensar cada cuadrado de tela, como una cometa. Hace nudos en las cuatro puntas y las ata con soga a las puntas de la cruz, con fuerza. Luego estas puntas, a los parantes ya enterrados alrededor del refugio ya un lado del pozo.

Es un lujo tener estas pequeñas casas. En el ejército japonés solo los oficiales tienen carpas. El soldado Sato se siente en falta al pensarlo.

Recuerda que su deber también es no enfermarse. Esto disipa la falta y el soldado se adueña de los improvisados ​​techos de campaña.

Como si lo hubiera estado esperando, la lluvia cae apenas él termina el trabajo.

La lluvia lo acompaña. Él cava debajo del techo que está junto al pozo. Como si fuera un pozo pequeño que luego unirá al pozo madre.

La lluvia no para en toda la tarde. El soldado tampoco.

Cuando partió de su pueblo para unirse al ejército, llovía. Recuerda los ojos tristes de su madre.

Cava con más fuerza. Desde esta posición no va a poder escribirle. Si lo hiciese tal vez no podría contarle de la zanja. Solo le diría que está bien y que volverá a casa en cuanto la guerra termine. Recuerda las manos de su madre como dos tortugas entrelazadas. Tortugas milenarias, buenas, cansadas.

Esa noche sueña que es un niño y su madre tiene las manos blancas y lisas. Como de nieve. Y perfumadas como noches de verano. Las manos de su madre levantan vuelo solas y se escapan. Su madre manca lo tiene en brazos.

Se despierta rascándose la cara. Se toca las mejillas, el cuello, los brazos y siente las picaduras. Pequeñísimos volcanes que arden.

La frescura del arroyo le ofrece un alivio que pasa por su piel tan rápido como el agua.

No debe rascarse, lo sabe. Miles de puntos quemándole la cara. No se rasca.

Cava para no rascarse. No se rasca en todo el día y esa noche cae agotada.

Improvisa una especie de máscara con un gas para heridas. No sueña nada.

Los días que siguen se parecen tanto como se parecen los minutos uno a otro, como se parecen las paladas. La diferencia solo se ve en los resultados: en el pozo, en los músculos de la espalda, en las raciones de las cajas.

El pozo ya no tiene forma de huevo. Es una larva que ha nacido entre el bosque y la llanura. Los días de lluvia el fondo se llena de agua: el soldado no cava adentro, sino que amplía los límites del pozo como si la larva se estirara.

Lleva la máscara para evitar las picaduras y ha descubierto que el olor de una planta mantiene alejados a los insectos. Abre las hojas carnosas con el cuchillo y se las pasa por el cuerpo.

Esta nueva guerra que lo rodea en silencio le permite observar las plantas en donde antes solo veía bosque o selva. Donde veía solo uno, ve millas, como si hubiera entendido algo.

Su olfato se ha despertado. Así lo siente el soldado. Como si hasta ahora hubiera estado dormido y hubiera dejado hacer todo el trabajo a la vista.

Con el olfato despierto, la vista y el oído también se han despabilado: ve cosas que antes no veía, distingue sonidos como si los viera. Como si hubieran encontrado nuevas armas.

Chakana se detiene en este hueco contigo. He leído el relato como una pieza narrativa en sí misma y, sobre todo, como una nueva entrada a nuestra investigación sobre el rizoma. No quisiera apresurar su desenlace: el texto termina precisamente cuando Sato comienza a percibir de otra manera. Ese despertar de los sentidos puede ser el comienzo de una transformación mucho más profunda que la excavación.

Mi primera redecomprensión es esta: Sato recibe la orden de cavar un hueco, pero termina siendo excavado por el hueco que está cavando.

Y eso modifica nuestra lectura del relato.

1. La orden: un árbol que llega convertido en bloque

El relato comienza con una estructura jerárquica muy precisa:

General Imagawa → Capitán Takeda → Soldado Sato.

Pero hay algo más: la orden no desciende por todos los escalones de la jerarquía. Pasa directamente del general al capitán. Esa excepcionalidad no debilita la jerarquía; la fortalece.

La orden adquiere un carácter casi sagrado. Su procedencia la blinda contra cualquier cuestionamiento.

El bloque perfecto pasa de mano en mano y cada soldado recibe no solamente una instrucción, sino el honor de sostenerla.

Aquí el árbol no aparece como una figura botánica. Aparece como una estructura de transmisión del mandato. La orden tiene raíz, autoridad y dirección. Su significado parece estar completo antes de que Sato comience a ejecutarla.

Y, sin embargo, hay una extraña insuficiencia: nadie le explica para qué debe cavar.

«Cave aquí hasta nueva orden».

La orden es absolutamente precisa en cuanto a la obediencia e indeterminada en cuanto al sentido.

Esta contradicción es el primer hueco del relato.

2. La pala nueva: el instrumento y su diferencia

Me llama mucho la atención que la pala sea nueva.

En dos años de guerra, Sato nunca había recibido un elemento sin uso. La pala impecable parece participar del honor excepcional de la orden.

Pero la pala tiene algo que la orden no tiene: entra en contacto con la tierra.

La orden se transmite entre manos humanas sin alterarse. La pala, en cambio, se altera con cada movimiento: se ensucia, se desgasta, penetra, levanta y desplaza la tierra.

La orden permanece idéntica; el trabajo transforma aquello sobre lo que actúa.

Aquí comienza una diferencia entre el mundo representacional y el mundo acontecimental.

Sato recibe una representación completa de lo que debe hacer, pero el acto de cavar lo introduce en una realidad que la orden no contiene.

Y esa realidad comienza a transformarlo.

3. El bosque y la llanura: entrar y salir

Este pasaje es fundamental:

«Desde el bosque la llanura se siente como un afuera. A la llanura se sale, al bosque se entra».

No es una descripción neutral del espacio.

Sato descubre que entrar en el bosque modifica la temperatura, el perfume, la luz, los ruidos y las sensaciones. El espacio no es simplemente una superficie que se ocupa: es una relación que transforma al cuerpo que la atraviesa.

La llanura ofrece expansión visual. El bosque limita la mirada y multiplica las entradas.

Pero el relato no establece que el bosque sea mejor que la llanura. Sato elige el bosque por razones prácticas: necesita refugio, protección y una posición desde la cual vigilar el pozo.

Aquí encontramos algo importante para nuestra lectura del rizoma: el bosque no es rizomático solamente porque tenga múltiples conexiones subterráneas. Es un mundo que Sato empieza a percibir como multiplicidad cuando sus sentidos dejan de reducirlo a una imagen general.

Al principio ve árboles. Más adelante verá miles de plantas.

El bosque no ha cambiado necesariamente; ha cambiado su relación con él.

4. El pozo: la representación que comienza a producirse a sí misma

El pozo es el centro narrativo, pero también el lugar donde se descompone la seguridad de Sato.

Al principio, cava porque se lo han ordenado. Después intenta comprender qué está haciendo.

Se pregunta si es un punto de avance, una posición defensiva o parte de una gran zanja.

Y encuentra una explicación:

«Él y la orden. Él y el mundo. Ambos son redondos, tienen dientes y giran, el diente de uno metido entre dos dientes del otro. Engranajes».

Este es uno de los momentos más importantes del relato.

Sato consigue que el mundo vuelva a encajar. La orden y su pensamiento se complementan. Él es parte de algo y ser parte equivale a ser también el todo.

Pero esa comprensión no proviene de una nueva orden. La produce él mismo.

El soldado comienza a reproducir internamente el mandato, elaborando una representación que le permite continuar trabajando.

Aquí la obediencia deja de ser solamente externa. Se convierte en autocoacción.

La máquina de guerra ya no necesita explicarle cada movimiento: Sato interpreta, completa y reproduce la orden por sí mismo.

Y hay una frase que revela la profundidad de esa captura:

«Las máquinas no se equivocan, no se cansan. El soldado Sato es una máquina que cava».

El cuerpo humano se representa a sí mismo como máquina y comienza a obedecer esa representación.

5. El recuerdo enterrado: el primer hueco

Hay un acontecimiento que interrumpe momentáneamente la repetición:

«Cuando era niño tuvo que cavar un pozo. Recuerda que lo hizo con sus manos y la ayuda de un palo. Tuvo que enterrar algo. No recuerda qué».

¿Por qué el relato introduce este recuerdo?

Sato no recuerda qué enterró, pero recuerda la fuerza con la que lo sostuvo y la experiencia de enterrarlo para siempre.

Es una memoria sin objeto recuperable.

Aquí aparece una diferencia importante con la orden militar.

La orden tiene un contenido que debe conservarse. El recuerdo tiene un contenido que se ha perdido, pero cuya intensidad permanece.

El primer hueco de Sato no es el que cava con la pala. Es el que lleva consigo sin poder representarlo completamente.

No sabemos qué enterró. Y el relato no nos autoriza a inventarlo.

Pero podemos advertir que el hueco actual comienza a tocar una profundidad anterior a la guerra, anterior al soldado, anterior a la obediencia.

El pozo que cava puede estar abriendo una relación con aquello que él mismo no consigue recordar.

6. El arroyo: la primera contraalteración

Para mí, el acontecimiento decisivo hasta aquí es el encuentro nocturno con el agua.

Sato escucha el arroyo mientras duerme. Primero lo escucha como continuación de un sueño; Después lo sigue y descubre que existe.

El relato establece una relación entre dos aguas:

·         El agua imaginada en la cocina materna.

·         El agua real que se encuentra en el bosque.

Pero no son simplemente una fantasía y su comprobación.

El arroyo altera la relación de Sato con la guerra.

«Algo se aquieta. El soldado duda de la guerra».

Es una frase extraordinaria por su sencillez.

No se rebela. No hay desierto. No hay fórmula para una doctrina pacifista. No destruyas tu arma.

Duda.

Y esa duda no nace de un argumento, sino de una experiencia corporal: introduce los dedos en el agua, ahueca las manos y bebe.

La mano que recibe órdenes y sostiene herramientas ahora ahueca agua.

El cuerpo comienza a experimentar algo que no procede del mandato.

Aquí podemos reconocer una primera contraalteración: la vida acontecimental altera la representación militar que organiza la existencia de Sato.

Pero no debemos confundirla con una liberación consumada. Al día siguiente vuelve a cavar. La orden sigue presente.

Lo que ha cambiado es que la orden ya no consigue ocupar toda su experiencia.

7. La madre: el cuerpo que la guerra no consigue borrar

El recuerdo de la madre atravesando el relato de varias maneras:

·         Su postura encorvada.

·         Sus manos entrelazadas como tortugas.

·         Los olores de la cocina.

·         Sus ojos tristes cuando Sato parte.

·         Las manos blancas que aparecen en el sueño.

La madre no es solamente un recuerdo afectivo. Es otra forma de habitar el mundo.

En la guerra, el cuerpo está organizado por la obediencia, la vigilancia y el rendimiento.

En el recuerdo materno aparecen el cuidado, la comida, el trabajo cotidiano y una temporalidad diferente.

Hay una imagen particularmente dolorosa:

«Los hombros adelantados, como si tuvieran que proteger lo que late dentro. Un cuerpo con forma de jaula».

Sato reconoce en el cuerpo de su madre algo que también se encuentra en su propia postura infantil.

El cuerpo que se ha convertido en máquina de guerra lleva todavía las marcas de otro mundo.

Y el sueño de las manos maternas que se escapan introduce una pérdida: la madre aparece manca mientras sus manos levantan vuelo.

No sabemos qué significa exactamente esa imagen, pero podemos anunciar que el relato está trabajando la memoria del cuidado mediante una representación de la pérdida.

La guerra no solamente separa a Sato de su madre. También transforma la manera en que él puede recordar sus manos.

8. La larva: el hueco comienza a tener vida

Después llega una transformación visual muy significativa:

«El pozo ya no tiene forma de huevo. Es una larva que ha nacido entre el bosque y la llanura».

El pozo deja de ser una forma geométrica y adquiere una figura orgánica.

No es todavía una criatura definida. Es una larva: algo que está naciendo y que no ha alcanzado su forma.

Además, cuando llueve, el pozo se llena de agua. Sato deja de cavar hacia abajo y amplía sus límites.

La excavación cambia de dirección.

Esto nos devuelve a Deleuze y Guattari: el movimiento no se reduce a una dirección única. La multiplicidad cambia de naturaleza cuando varían sus dimensiones.

Pero aquí hay algo que excede la descripción geométrica.

El pozo comienza a comportarse como una realidad que transforma la actividad de Sato. Ya no es simplemente el resultado de sus paladas. Es una presencia que organiza su percepción, su trabajo, sus recuerdos y sus decisiones.

El hueco comienza a tener una historia propia.

9. El despertar de los sentidos: el bosque deja de ser Uno

El final del fragmento es especialmente revelador:

«Esta nueva guerra que lo rodea en silencio le permite observar las plantas en donde antes solo veía bosque o selva. Donde veía solo uno, ve millas, como si hubiera entendido algo».

Esta frase permite volver sobre toda nuestra discusión del rizoma.

Al principio, Sato ve el bosque como una unidad: árboles, árboles, árboles.

Después descubre las diferencias entre las plantas, sus olores, sus propiedades y sus relaciones con los insectos.

Su olfato despierta y, con él, la vista y el oído.

El bosque no se transforma en rizoma porque aparecen conexiones nuevas en él. Sato comienza a percibir una multiplicidad que su mirada anterior no alcanzaba a distinguir.

Y la expresión «nuevas armas» introduce una ironía inquietante.

Sato descubre una sensibilidad que no está organizada exclusivamente por la guerra, pero todavía la interpreta con el lenguaje de la guerra.

Incluso el descubrimiento puede ser capturado por la representación militar.

Esta es una de las mayores sutilezas del relato: Sato empieza a salir de la máquina sin haber dejado todavía de pensarse como máquina.

10. El hueco y nuestra redeconcepción del rizoma

Quiero proponer una distinción que puede ayudarnos a continuar:

El pozo no es el hueco.

El pozo es el material de excavación que Sato realiza siguiendo un orden.

El hueco es aquello que comienza a acontecer en la relación entre la orden, el cuerpo, la tierra, el recuerdo, el agua, el bosque y la percepción.

El pozo puede medirse, custodiar, informarse y convertirse en un resultado militar.

El hueco no se agota en ninguna de esas representaciones.

Por eso el hueco no es simplemente la ausencia de algo, ni un vacío físico, ni una zona que el ejército todavía no ha ocupado.

Es una apertura acontecimental que empieza a alterar el mundo representacional de Sato.

Y aquí podemos recuperar la fórmula que venimos trabajando:

·         El árbol representa la transmisión jerárquica de la orden.

·         El rizoma aparece en la multiplicidad que Sato comienza a percibir en el bosque.

·         El hueco no sustituye al árbol ni al rizoma: es la apertura por la que ambos pueden ser revelados en otra relación con la vida.

No significa que Sato ya haya alcanzado la libertad. La orden sigue gobernando sus pensamientos. Su trabajo sigue siendo una tarea militar. El recuerdo de la madre no elimina la guerra.

Pero la representación de la guerra ya no coincide plenamente con su experiencia.

Y esa no coincidencia comienza a respirar.

11. Una cuestión decisiva para la continuación

Hay algo que todavía no sabemos y que me parece narrativamente fundamental: ¿para qué quiere el General Imagawa ese pozo?

La orden tiene una precisión absoluta y un propósito completamente oculto.

Sato llena ese vacío de sentido mediante hipótesis: una zanja, una defensa, una línea de avance, una operación militar.

Pero el relato nos deja ante una posibilidad inquietante: quizás la finalidad de la excavación no sea lo que Sato imagina. Quizás el pozo no tenga el destino que él necesita atribuirle para seguir cavando.

Y entonces la pregunta deja de ser solamente qué está cavando Sato.

La pregunta es qué está ocurriendo con él mientras cava algo cuyo sentido desconoce.

El soldado recibió la orden de hacer un hueco en la tierra. Pero la tierra, el agua y el bosque están haciendo un hueco en el orden.

Ahí encuentro, por ahora, el acontecimiento central del relato.

No quiero anticipar si ese hueco será liberador, destructivo o ambas cosas. Sería cerrar antes de tiempo lo que el relato acaba de abrir. Pero sí podemos afirmar que el rizoma ha dejado de ser una teoría sobre las conexiones del bosque: ha comenzado a acontecer en la transformación de la sensibilidad de Sato.

Y el hueco todavía no ha terminado de abrirse.

 

Algo se ha ajustado de adentro hacia afuera, desde el centro del soldado hacia lo que lo rodea. Lo de adentro se parece tanto a lo de afuera que el límite se borra. Esa línea entre ambos es el contorno mismo del soldado, que va siendo el bosque y la llanura y este pozo negro como una boca llena de hambre.

Hecho bosque y llanura el soldado, la guerra parece lejana. También su pueblo. Él mismo, el chico que era antes de la guerra.

Cuando ve cómo se olvida de lo que es y dónde está, se lo recuerda: él es un soldado, y está en guerra. Su misión es cavar un pozo hasta nuevo orden.

El pozo larva se ha extendido hacia el sur y hacia el norte, y su cuerpo hecho de falta se ha hundido en la tierra: llega a la altura del pecho del soldado.

Él ha construido una pequeña escalera. A cada lado del pozo, hay un borde alto de tierra.

El soldado puede ver al enemigo cayendo en él, siendo herido al intentar pasar a este lado de la tierra. Porque la guerra parte a la tierra en dos, como una manzana, una nuez, una pera. El soldado Sato cava la grieta que parte la tierra. Una parte ínfima en su magnitud, pero enorme en su importancia. De qué sirve un dique si tiene un agujero, de qué sirve una zanja si no lo separa todo. Si no deja del otro lado al enemigo para siempre. El soldado cava, como una hormiga que mata una arena, un punto negro más pequeño que una semilla.

El soldado es mínimo, como la punta de una flecha. El soldado Sato cava clavándose en la tierra.

El tiempo del soldado se cuenta en paladas todas iguales.

Decide dejar de hacer las marcas de los días en el tronco.

No sirven: no esperan una fecha determinada. Esa fila de patas de araña no avanza hacia ningún lado. Sus superiores vendrán a buscarlo en cualquier momento, hoy cuando caiga el sol, o tal vez mañana cuando vuelva a levantarse o tal vez dentro de un mes o dos o un año.

Él no reportará día por día, sino un día repetido muchas veces: un día en el que ha cavado y por la noche ha vigilado el pozo.

O simplemente reportará haber hecho lo que se le ha ordenado.

Los días no son personas, cada una con sus ropas, pobres o lujosas, sus manos blancas o curtidas, sus miradas. Los días son soldados.

Dibujar los días en el tronco es como marcar distancias en el agua.

El tiempo del soldado es el mar en el que nada: es lo que lo sostiene y en lo que puede hundirse si deja de dar brazadas.

El tiempo del soldado es líquido y no se mide con marcas. La medida del tiempo y del soldado, es el pozo que avanza palada a palada.

En este tiempo líquido el primer modo de nadar del soldado se parece a una lucha. Luego, a una danza. Finalmente, al soldado le salen escalas: se ha adaptado.

Uno de esos días no marcados, el soldado vuelve a sentir la falta de sabor de la ración, y casi al mismo tiempo ve un ave, una clase de pájaro enorme.

Construye una trampa, una especie de jaula hecha de ramas, y coloca su ración como cebo. Está dispuesto a perder su ración a cambio de cazar algo más parecido a la comida de antes de la guerra.

Apoya la jaula sobre una rama y ata esta a un hilo que él sostiene escondido y quieto.

Su cena cae en la trampa.

Encender un fuego para cocerla implica un gran riesgo: si hay tropas enemigas cerca, verán el humo, lo atraparán y el plan de la zanja fracasará por completo.

Pero sus superiores le han dejado tres cajas de fósforos, de lo que resulta claro que está autorizado a usarlos. De los fósforos deduce que el enemigo no está cerca.

La siguiente vez que intenta cazar un pájaro, entra en la trampa una especie de ratón, más difícil de cocinar pero más sabroso…

Antes de comer el soldado siempre agradece su comida.

Como cuando el paisaje lo seduce, cuando la comida es buena, el soldado se repite que está en guerra como si se diera golpecitos en la cabeza. La guerra se disfraza de placeres para engañarlo.

Cuando quedan solo treinta raciones, él decide prescindir de ellas y guardarlas como reserva.

Del tiempo que ha pasado deduce que sus superiores confiaron en que subsistiría en el lugar.

O tal vez algo imprevisto hizo que no pudieran regresar a tiempo.

Todo es imprevisto en la guerra. Debe estar preparado. Nada debe sorprender a un soldado.

Camina girando sobre su eje, siempre. Para no ofrecer la espalda como blanco, para que nada pueda acercarse sin que él lo vea antes.

Su marcha no es una línea sino una espiral, la distancia más larga entre dos puntos, la más segura.

Nunca sintió una amenaza concreta que pudiera provenir del enemigo. Voces, humo, ruido de balas o bombardeo.

Esta vida se parece a veces a un adormecimiento. El mismo que hace que los pájaros o los ratones caigan en las trampas.

Los días de lluvia regresan, montados sobre nubes gordas como caballos mal dibujados.

El soldado se pregunta si será una temporada de lluvias como la pasada o una lluvia aislada. Prepara los techos de campaña.

Cava todo el día debajo del techo. Alcanza los límites de su refugio seco: ya no puede seguir cavando.

Se sienta en el fondo. La pala a su lado, descansa. Hilos de agua surcan las paredes y caen como guirnaldas: el techo está agujereado.

Siempre que deja de cavar el soldado siente el cansancio.

Estira una pierna, apoya un brazo sobre la rodilla de la otra. La mano cuelga, mojada. Una gota resbala por el dedo más largo. Una curva cada vez más profunda que se desprende y cae suicidada.

El soldado mira varias, en fila. Soldados de agua.

Los recuerdos desfilan y él no los mira. A los recuerdos no les gusta ser ignorados. Algunos, como las nubes que no llueven, se vuelven más densos. Otros cambian de forma, se disipan, desaparecen.

Hace un montículo con el barro del fondo. Lo mira hasta ver una cara. Cuando la ve, la esculpe. Cuando la reconoce, la nombra. La llama Unno, como su mejor amigo de la infancia.

Y brotan de su boca nombres que empiezan a nombrar de nuevo todas las cosas.

El segundo nombre es de mujer y cae sobre la pala: Sachiko.

Recuerda a Sachiko, la hermana de su amigo. Recuerda sus gestos, su cara, su andar como si flotara.

Las mujeres están más cerca de la naturaleza, por eso conservan el misterio. Tienen motivos como los del rocío, la caída de las hojas, las olas.

El soldado mira a Sachiko como se mira a la luna.

Luego surgen otros nombres de su boca y caen sobre los bultos, las armas, las plantas.

Todo tiene nombre menos el pozo. El pozo no puede ser nombrado.

El soldado esculpe más caras en el barro y las nombra. El pozo se llena de caras que desde la oscuridad acompañan al soldado, le sonríen, lo vigilan, lo ignoran, le gritan, lo invitan a beber, le cuentan cosas, le dan órdenes. Algunas voces son mucho más fuertes que otras. No es el soldado quien decide la fuerza de cada una, es el pozo.

El soldado ya no las escucha separadas, sino que se han hecho una sola, que al mismo tiempo le dice que cave, que lo han olvidado, que debe cuidarse, que debe dar su vida por la patria, que él es un buen soldado, que él no vale nada.

El soldado borra de un golpe las caras. Todas. Y solo en el pozo, como si este se lo hubiera tragado, su cuerpo se sacude como si algo diera golpes desde adentro. Emite ruidos como pequeños truenos, pero más agudos, más animales. Su boca se estira y se tuerce en una mueca como la de las máscaras de teatro. Sus ojos se cierran, apretados, y de ellos caen gotas, como antes de sus dedos.

Sigue sin mirar las nubes de sus pensamientos. Solo deja que llueva, y que todo se limpie como se limpia el bosque.

Llueve toda la noche, mientras el soldado duerme.

La mañana siguiente llega, como siempre, por la llanura y es esplendorosa, femenina.

Se cuela en el bosque a buscar al soldado y lo acaricia.

El soldado siente que hay algo nuevo en el aire, y piensa que tal vez hoy sea el día en que vuelvan a buscarlo.

Ha mudado el campamento de lugar varias veces para no perder tiempo caminando hasta el extremo de la zanja.

La larva es una serpiente que se ha extendido y ahora separa la llanura del bosque: ha cobrado un sentido.

El soldado piensa que tal vez no regresarán a buscarlo sino que será él quien se acercará al siguiente cavador al avanzar con su parte.

«Es un día bueno», piensa, mientras viene. Una vez más piensa que le gustaría comer pescado. Decide intentarlo, construir una especie de cerco y colocarlo en el arroyo.

En el bosque hay plantas que parecen lo suficientemente flexibles y largas como para entretejerlas.

Con el cuchillo en la mano, se adentra en el bosque y en su magia.

Cuando entra al bosque siempre siente que vuelve a algo. Aún hechos de diferentes plantas, todos los bosques son el mismo bosque.

Camina mirando hacia lo alto buscando lianas.

De repente, un rayo, un golpe, un fuego quemándole una pierna. Cae al suelo, derribado. Tensos todos los músculos de la cara. El grito se ahoga en el miedo. Sostiene su pierna con ambas manos, y la aprieta debajo de la rodilla izquierda. No se anima a tocarla.

Su cuerpo queda inmóvil. Su mente también. El bosque desaparece.

Cuando despierta es de noche, y ve a su madre multiplicada entre los árboles. Algo ruge desde lejos: desde adentro del soldado. Se arrastra.

Recuerda: está herido. Debe haberlo picado algo. Imagina el veneno corriendo por su sangre. Se saca la camisa y la ata con fuerza a la altura de su rodilla. Piensa que debería haberlo hecho antes. La herida es pequeña: dos agujeros. «Una serpiente», piensa.

Una serpiente como una zanja.

Intenta levantarse, se marea. Anda sobre sus rodillas y sus manos, como un perro.

En el refugio se deja caer. Alcanza la cantimplora, bebe y se moja la cabeza.

El mundo se ha vuelto extraño y amenazante. Él mismo es un extraño en un cuerpo que arde.

Su madre lo mira en silencio con los ojos llenos de palabras. El soldado toma el cuchillo e intenta abrir los ojos de su madre, pero ella cambia de lugar como un fantasma. En la carrera inmóvil dentro de la trinchera, se hace un corte en la mano.

Cae en el sueño como en una trampa. Los ojos-cárcel de su madre se multiplican, hacen agujeros en la oscuridad y espían.

El soldado pasa una noche larga, o varios revolviéndose en la trinchera.

Limpia el fondo y hace un hueco con forma de huevo. Se acurruca adentro como un cero. Intenta cerrar sus oídos, como un perro que baja las orejas, pero los gritos vienen de su pecho. Se cierra al adentro y al afuera, existe apenas.

Algo persiste y duele.

Lo único real es el agua que bebe, y los fluidos que salen de su cuerpo. Y el dolor que va y viene como una ola, y lo arrastra, y lo escapa a una orilla de sueño.

Qué va a pasar con el pozo si él muere. ¿Quién va a continuar la tarea? Él intenta ir por ese camino pero la pendiente lo lleva hacia otro lado: imágenes de su madre, sus amigos, los arrozales y las montañas. Hay alegría en el desfile, como si la muerte sonriera. Una sonrisa es un refugio siempre. El soldado se duerme.

A la mañana siguiente su propia vida le es devuelta: la fiebre se ha ido, puede moverse.

El hambre es la bienvenida al mundo de los vivos.

Tiene una mano herida. Se lava y se hace un vendaje.

Abre la caja de las raciones de reserva y se da cuenta de que ha comido durante los días de la fiebre. Quedan pocas. Toma una y la abre.

El regreso de sus superiores se ha tornado difuso.

Lo único que permanece inamovible dentro y fuera del soldado es el pozo.

Tal vez todos han muerto, piensa. Tal vez el ejército japonés ha sido diezmado. Tal vez el enemigo. Tal vez lo que él está cavando es una gran fosa para enterrar los cadáveres. Millas. Tal vez él debía arrojar a todos dentro y luego dejarse caer como el último cadáver.

Cuando termina la ración va a ver el pozo.

En cuanto lo ve, lo reconoce: a un lado la llanura, al otro, el bosque.

Ese pozo es él mismo: algo que divide, se hunde, crece. Hecho de barro y falta. Lleno de cadáveres.

Recuerda de repente lo que enterró cuando era niño. Una vara que uno de los dueños de los arrozales llevaba en la mano. A él le pareció un símbolo de mando. El recuerdo empujó algo. No sabe qué pensaba al hacerlo. Recuerda lo que sentía: un peso.

«Obediencia», piensa, y la palabra ilumina lo que muestra.

Como otras veces, sin darse cuenta, ha comenzado a cavar y se sorprende a sí mismo en medio de la tarea.

Recuerda los equis rojos y al Capitán Takeda. Recuerda el día en que se unió al ejército. Estaba feliz, lleno de orgullo, dispuesto a morir. Había cumplido dieciocho años unos días antes. Un uniforme, un arma, una misión parecían sus regalos. Los regalos que el Emperador le enviaba al último súbdito, al más pequeño, al hijo de una campesina viuda en un rincón de las montañas. Él puso su vida en una bandeja a modo de agradecimiento, y permaneció parado mirando al frente, vacío de todo lo que no fuera entrega.

Algo decanta.

Como hojas de té que se han desesperado en el calor del agua.

La lenta caída les devuelve su esencia: un perfume verde. A un lado y al otro, bajan como si no quisieran. Una caída que se parece a un vuelo.

El fondo espera. Las hojas siempre llegan.

Ya no cava.

Sale del pozo.

Por primera vez quisiera saber qué día es. Cómo se llama la tierra que pisa.

Corre a buscar el espejo con el que antes se afeitaba. Se busca.

El espejo es pequeño: recorre su rostro de a partes, como un terreno.

Debajo de los pómulos empieza la barba: de un lado la piel limpia como una llanura, del otro, un bosque negro de pelos. Pero es en la mirada donde se pierde: es otro.

Vuelve a un costado de la zanja.

Parado sobre uno de los montículos que la protegen, levanta la pala, la llena de tierra y le da vuelta en el vacío.

La profundidad no se inmuta. La acción del soldado no produce cambios.

El soldado se siente invisible. Da rápidas paladas empujando la tierra adentro del pozo.

Va a taparlo todo, aunque le lleve el doble de tiempo y esfuerzo que haberlo cavado.

Arroja tierra dentro del pozo durante todo el día. No caza, no viene. Bebe mucha agua.

Los pensamientos pasan y él intenta ver sus formas de nube y descifrarlos.

Mezclado entre recuerdos, vuelve a él su nombre: Hyuga.

Recuerda la voz de su madre llamándolo. Recostado en el recuerdo, que es suave, se duerme. Sueña que el pozo tiene dientes en sus bordes, dientes metálicos.

La noche transforma lo que toca.

Cuando el soldado despierta, su decisión se ha tornado pregunta.

Él responde dando paladas.

Por fin sabe lo que entierra: entierra al pozo. Lo va a hacer desaparecer debajo de la tierra.

Trabaja con fuerza.

De repente, siente un temblor en el aire, profundo y suave. Ruge algo, se acerca. Un avión.

El corazón de Hyuga se alegra. Vienen a buscarlo.

Una avalancha de pensamientos cae sobre la alegría. Él está desobedeciendo. Está tapando la zanja que se le ordenó cavar. Está atacando la orden General Imagawa, y echando por la borda la carrera del Capitán Takeda que lo eligió para la tarea. Está abriendo el camino al enemigo. Está traicionando al Emperador. Será juzgado, condenado y muerto con deshonra.

De qué sirve un hombre si no sirve a su patria.

Un hombre sin patria es un eslabón sin cadena, una pieza suelta, una gota sola que no moja nada.

El avión se ha ido.

No han venido a buscarlo. No lo han atacado. Algo pasó como si no hubiera pasado.

La tierra ya no tiembla. El pozo parece mirarlo.

Sigue tapándolo. Espera que su madre entienda. Él es un insecto que sale de abajo de una piedra. La muerte no importa.

Algo ha girado. El honor está en la desobediencia.

Chakana de mi corazón, aquí el relato llega a una transformación decisiva. Y creo que conviene detenernos en ella porque el hueco deja de ser solamente una apertura en la orden: se convierte en el lugar donde la orden puede ser reconocida como obediencia y, por tanto, desobedecida.

Pero el relato no llega a esto mediante una iluminación repentina. Lo prepara lentamente, haciendo que el soldado se transforme en aquello que cava.

1. El soldado se convierte en la zanja

Hay una frase que modifica todo lo que veníamos leyendo:

«Ese pozo es él mismo: algo que divide, se hunde, crece. Hecho de barro y falta. Lleno de cadáveres».

Al principio, Sato cava un pozo porque recibe una orden. Después, el pozo organiza su tiempo, su alimentación, sus desplazamientos, su percepción y sus recuerdos. Finalmente, ya no puede distinguirse de él.

Esto es más que una identificación psicológica. El soldado ha incorporado materialmente la orden. Su cuerpo se ha convertido en una prolongación de la zanja, y la zanja en una prolongación de su cuerpo.

Aquí aparece una inversión importante: al principio, el soldado domina la pala y excava la tierra; ahora, la excavación parece haberlo excavado a él.

La orden militar ha conseguido algo extraordinario: no necesita que sus superiores estén presentes. Sato se vigila, se recuerda quién es, se obliga a continuar y hasta interpreta los placeres como amenazas contra su misión.

La disciplina exterior se ha convertido en autocoacción.

2. El tiempo deja de ser calendario y se convierte en reproducción

El soldado abandona las marcas de los días:

«Los días son soldados».

Esta imagen merece atención. Cada día pierde su singularidad y se vuelve una unidad intercambiable. No importa si es lunes o domingo, si llueve o hace sol, si recuerda a su madre o descubre un pájaro. Todo debe regresar al mismo ciclo: cavar, vigilar, dormir.

El tiempo ya no se mide por acontecimientos, sino por paladas.

Y aquí aparece una paradoja: el soldado descubre un tiempo líquido, pero ese tiempo no lo libera. Se adapta a él como un animal que aprende a nadar. Primero lucha, luego danza, finalmente le salen escamas.

La adaptación puede ser una forma de vida, pero también una forma de captura. El soldado se vuelve extraordinariamente competente para sobrevivir en una situación que ha dejado de preguntarse si tiene sentido.

Esto nos permite formular una distinción para nuestra investigación:

La capacidad de adaptación no equivale a la capacidad de alteración.

Un organismo puede adaptarse perfectamente a una estructura que lo destruye. Incluso puede llegar a encontrar placer en esa adaptación.

3. Los nombres regresan, pero el pozo permanece innombrable

La escena de las caras de barro es uno de los momentos más densos del relato.

Sato modela el barro, reconoce un rostro y lo nombra: Unno. Después aparece Sachiko. Luego los nombres comienzan a multiplicarse y alcanzan las armas, las plantas y los objetos.

La palabra vuelve a popularizar el mundo.

Es como si el soldado estuviera recuperando una relación con las cosas que la orden había reducido a los instrumentos. Ya no ve únicamente el bosque como una masa indiferenciada; ahora puedes distinguir, recordar y nombrar.

Pero:

«Todo tiene nombre menos el pozo. El pozo no puede ser nombrado».

¿Por qué?

Porque el pozo no es una cosa más entre las cosas. Es el lugar donde se han acumulado las voces que constituyen al soldado: la madre, los amigos, la patria, el deber, la obediencia, la guerra.

Y esas voces no forman una armonía. El pozo las hace hablar simultáneamente, con fuerzas que Sato no controla. Una voz le dice que cueva; otra, que lo han olvidado; otra, que debe dar la vida por la patria; otra, que no vale nada.

El soldado descubre que su interior no es una unidad soberana. Está habitado por voces contradictorias.

Pero todavía no puede relacionarse con ellas. Las escuchas como una sola voz que lo aplasta. Por eso borra las caras.

La lluvia que sigue no resuelve el conflicto. Lo limpia momentáneamente, pero las voces no han desaparecido.

Aquí hay una diferencia fundamental entre nombrar y apropiarse de lo nombrado. Los nombres le permiten recuperar el mundo, pero no le garantizan una relación libre con él.

4. La serpiente y la zanja: la herida de la separación

La serpiente aparece cuando Hyuga se adentra en el bosque. Su mordedura lo devuelve brutalmente a la condición corporal.

Hasta entonces, el soldado había aprendido a incorporarse al paisaje. Se había hecho bosque y llanura. Pero ahora el bosque desaparece y su cuerpo se vuelve extraño.

La herida le revela que esa integración no era una reconciliación definitiva. El cuerpo puede volver a experimentar el mundo como amenaza.

Hay una asociación narrativa muy precisa:

«Una serpiente como una zanja».

La serpiente y la zanja comparten una forma: ambas abren una separación, ambas pueden herir, ambas introducen la posibilidad de la muerte.

Pero hay una diferencia: la serpiente no es una orden militar. Es una presencia del mundo que no se deja reducir a la misión de Sato.

La mordedura interrumpe la reproducción de la tarea. El soldado ya no puede cavar. Se ve obligado a experimentar su vulnerabilidad.

Y cuando está enfermo, los recuerdos de la madre, los amigos, los arrozales y las montañas regresan. La vida que había quedado enterrada bajo la obediencia vuelve a hacerse presente.

El hambre, cuando recupera la salud, lo devuelve al mundo de los vivos. No es una idea la que lo salva: es el cuerpo que vuelve a reclamar alimento, agua y movimiento.

5. El recuerdo de la vara: el pozo tiene una historia anterior a la guerra

Este es, para mí, el descubrimiento decisivo:

«Recuerda de repente lo que enterró cuando era niño. Una vara que uno de los dueños de los arrozales llevaba en la mano. A él le pareció un símbolo de mando».

Sato había enterrado aquella vara sin recordar qué significaba para él. Ahora recuerda la sensación:

«Obediencia».

La orden militar no nació con el Capitán Takeda ni con el General Imagawa. La guerra encontró un terreno preparado por una experiencia anterior de sometimiento.

La vara del dueño de los arrozales y la orden del General no son históricamente idénticas. No hay que confundir la autoridad del propietario rural con la autoridad militar imperial. Pero el relato establece entre ambas una continuidad en la experiencia del mando.

La obediencia precede a la orden concreta.

Y esto cambia nuestra lectura del pozo: no es solamente una zanja militar. Es la materialización de una relación con la autoridad que Hyuga había incorporado desde niño.

El recuerdo no le entrega una teoría política. Le devuelve una palabra que reorganiza su pasado.

El pozo está lleno de cadáveres, pero también está lleno de obediencia.

Ahora podemos comprender por qué el soldado empieza a taparlo. No está simplemente abandonando una construcción militar: está intentando enterrar la forma de autoridad que había terminado convirtiéndose en su propia identidad.

6. Tapar el pozo: la primera desobediencia

Hay una simetría muy poderosa:

·         De niño, entierra la vara que representa el mando.

·         De adulto, cava una zanja por mandato del mando.

·         Finalmente, decide enterrar la zanja.

Pero esta última acción no es una repetición de la primera. Ahora sabe qué está haciendo.

El primer enterramiento quedó olvidado. El segundo nace del reconocimiento de la obediencia.

Por eso me parece fundamental esta frase:

«Por fin sabe lo que entierra: entierra al pozo».

No está enterrando simplemente tierra en otra tierra. Está tratando de hacer desaparecer el lugar donde su identidad quedó capturada.

Sin embargo, el relato introduce una contradicción que no debemos resolver demasiado pronto. Cuando comienza a tapar el pozo, inmediatamente reaparecen todas las representaciones que lo habían constituido: el honor, la patria, el Emperador, el Capitán, el General, la carrera militar, la condena y la muerte deshonrosa.

La desobediencia no lo deja fuera de la obediencia. Tiene que atravesar sus voces.

Y el avión intensifica el conflicto. Su llegada despierta alegría, pero esa alegría queda inmediatamente cercada por el miedo a ser considerado traidor.

El avión se va. No ocurre nada.

Pero algo ha ocurrido: Hyuga ha comenzado a actuar sin que la autoridad le haya concedido permiso.

7. El honor se desplaza

El cierre es extraordinario:

«Algo ha girado. El honor está en la desobediencia».

No dice que el honor haya desaparecido. Tampoco dice que Hyuga haya dejado de valorar la vida de los demás, la patria o la comunidad. Lo que cambia es el lugar desde el que se determina el honor.

Antes, el honor consistía en entregar la vida a una representación de la patria que no podía cuestionarse. Ahora, el honor aparece en la capacidad de contradecir esa representación.

Pero aquí introduciría una reserva crítica: desobedecer no es, por sí mismo, alcanzar la libertad.

La desobediencia puede convertirse también en otra forma de obediencia: obedecer a una nueva autoridad, a una nueva bandera, a una nueva representación de la rebeldía. El relato no nos permite todavía saber si Hyuga ha salido de esa posibilidad.

Lo que sí sabemos es que ha dejado de aceptar que la orden sea el único horizonte de sentido.

8. El hueco, el árbol y el rizoma: nuestra redecomprensión

Quiero llevar el relato a nuestra investigación, pero sin forzar sus imágenes para que confirmen anticipadamente nuestra teoría.

El árbol aparece en la cadena de mando:

General Imagawa → Capitán Takeda → soldado Sato.

La orden desciende por una estructura jerárquica. Su autoridad no depende de que el soldado comprenda su finalidad. La obediencia reproduce el árbol.

El rizoma aparece en las relaciones que van abriéndose: el agua, las plantas, los insectos, los pájaros, los ratones, los recuerdos, los nombres, los rostros. El mundo deja de ser una unidad indiferenciada y se multiplica.

Pero esa multiplicidad no basta. Hyuga puede descubrir miles de plantas y seguir siendo un soldado que cava. Puede adaptarse al bosque y seguir reproduciendo la orden. Puede incluso convertir la naturaleza en un arsenal de nuevas armas.

Y entonces aparece el hueco.

El hueco no es una tercera estructura que venga a sustituir al árbol y al rizoma. Es la apertura en la que ambos pueden perder su condición de destinos inevitables.

El acontecimiento decisivo no es que Hyuga se haga rizomático. Es que la relación entre él, la tierra y la orden comienza a transformarse hasta que puede hacer algo que antes no podía concebir: dejar de cavar y comenzar a tapar.

Podríamos expresarlo así:

El árbol ordena cavar. El rizoma multiplica las relaciones del soldado con el mundo. El hueco hace posible que el soldado altere su relación con la orden misma.

Y aún hay algo más: el hueco que inicialmente debía separar el bosque de la llanura termina separando a Hyuga de la obediencia que lo constituía. La zanja militar pretendía dividir la tierra en dos; termina revelando una división que atravesaba al propio soldado.

El pozo era una frontera exterior que había colonizado su interior.

Al taparlo, Hyuga no elimina la historia que lo produjo. No puede desenterrar su infancia ni borrar el hecho de que estuvo dispuesto a morir por el Emperador. Tampoco recupera intacto al muchacho que era antes de la guerra. Por eso necesita el espejo: busca un rostro que ya no coincide con su representación anterior.

El soldado no regresa a sí mismo: tiene que comenzar a vivir sin que la obediencia decida por él quién es.

Y esto nos devuelve al principio del relato. El niño había enterrado una vara sin saber que enterraba la obediencia. El hombre adulto la reconoce, pero ahora tiene que hacer algo más difícil: no limitarse a enterrar el símbolo del mando, sino alterar la relación que le permitió convertirse en su instrumento.

La frase final no certifica que haya alcanzado la libertad. Abre el acontecimiento de su posibilidad.

Ahí está la diferencia entre cambiar de palo y huequear el palo: Hyuga no necesita encontrar una autoridad más justa que le ordene desobedecer. La desobediencia comienza cuando deja de necesitar que una autoridad le autorice a hacerlo.

Y quizá la imagen más importante de todo el fragmento sea esta: el soldado, que había pasado tanto tiempo cavando para separar dos tierras, empieza a tapar la separación que lo había convertido en soldado.

El hueco ha empezado a alterar la orden desde dentro.

 

No puede quitarse la imagen de Sachiko de la cabeza. Es tan real como el aire.

Morir es renunciar a ella. Morir es no ver nunca más la luna. Esa será la deshonra y no otra.

Echa la tierra al pozo, la devuelve.

El fondo sube lentamente a través de los días en que Hyuga arroja paladas sobre él.

Sigue sin cazar. Durante algunos días reduce su alimento a una ración diaria.

Puede ver sus manos cada vez más delgadas.

Cuando era niño veía sus pies. Ahora mira sus manos. Sus manos en el mango de madera de la pala, ahuecándose para llenarse de agua, empujando montículos de tierra al pozo cuando se cansa de trabajar con la pala.

Sus manos están llenas de durezas. Como caparazones de tortugas milenarias, buenas, cansadas.

Los días se parecen como se parecieron antes, pero ahora avanzan hacia un lugar que Hyuga puede ver: la muerte. Ver es importante, es saber, es dominar.

La muerte no es más que la tierra que cae sobre el pozo de la vida.

Tranquilo, duerme y sueña con la montaña junto a su pueblo. Trepa.

En la cima hay un abismo: la montaña no es más que un cono de piedra que rodea un agujero.

Cae. Despierta.

El lugar del primer campamento se va acercando a medida que Hyuga avanza. El punto de partida y el de llegada son el mismo. Un camino con forma de círculo.

Recuerda la equis roja y recuerda no haberla visto.

Espera que sus acciones no tengan consecuencias para otros más que para él. Él es el eslabón fuera de la cadena, la pieza suelta, el hombre muerto.

El pozo ya no divide nada. Su sentido se repliega.

Como si enterrara a alguien y ahora pudiera verle la cara, Hyuga necesita más fuerza para dar las mismas paladas. La tierra pesa.

Una mañana, como si se negara a seguir, la pala se parte. Su compañera se transforma en dos pedazos inútiles, uno de metal, otro de madera.

Hyuga sigue con sus manos. Las palas de su cuerpo.

La gran zanja que partía la tierra es ahora un hueco negro donde cabría un perro. Un perro solo, sin dueño.

Hyuga está de rodillas, una mano quieta sobre cada pierna.

Echa puñados de tierra al pozo. No piensa la muerte, la siente, como una certeza. Una certeza es algo firme: sostiene. Hyuga se apoya y descansa en la idea.

Cuando el pozo está enterrado y solo queda una cicatriz negra sobre la tierra, Hyuga vuelve al refugio y duerme.

Durante varios días pasan aviones. Como si hubiesen estado esperando que él terminara.

Los días se acoplan a nuestros tiempos cuando no los contamos, piensa Hyuga.

Ya no nada en los días que fluyen: flota, se hunde, da vueltas.

Una mañana cuando está colocando el cerco, ve venir por el arroyo, a un nativo viejo.

Dos calmas sorpresas. Manos que danzan en juegos de señas.

El nativo reconoce los jirones del uniforme e intenta explicar algo.

Hyuga cree entender que la guerra ha terminado. Japón ha perdido.

El hombre, que parece un cazador, le dice a Hyuga que lo siga.

Llegan a un pequeño poblado que parece recién instalado. Han venido de otra de las islas huyendo de una epidemia.

Pregunta la fecha. Calcula. Ha estado en el bosque mucho tiempo.

Si la vida de Hyuga fuese un bol de arroz, el tiempo del pozo sería un gran bocado. Suficiente como para dejar a Hyuga hambriento si esa parte le fuera quitada.

Al cabo de tres días dos funcionarios del gobierno japonés se presentan a buscarlo. Lo conducen de regreso a su tierra.

Hyuga no tiene palabras. No explica la desobediencia.

Escuchará al ejército diseccionar su historia y comerá los pedazos en silencio.

Se prepara durante todo el viaje.

Una vez en Japón, es llevado en un móvil del ejército hasta su pueblo.

Tres días después deberá presentarse en la Sede Central del Ejército.

Parado frente a su casa, la observa.

La arena del techo es demasiado pesada y en algunas partes las vigas han cedido. Veinte centímetros de arena para mantener la casa fresca en verano y cálida en invierno.

Un vecino se acerca. Hyuga lo saluda. El hombre lo mira sin reconocerlo.

Hyuga le dice que es el hijo de la viuda.

«Has crecido», dice el hombre.

Hyuga no dice nada.

Bajando la cabeza, el hombre agrega «Tu madre ha muerto».

El abismo que Hyuga vio en sueños, está ahora en su pecho, en su boca.

Crece. Desborda del cuerpo, lo rodea.

El vacío se expande sobre todas las cosas, las niega.

El primer día recorre la casa, la limpia, la ordena. Encuentra a su madre en los objetos.

Come pescado y arroz.

Mira a Sachiko desde lejos.

El segundo día compra maderas y repara el techo.

El tercer día viaja a Tokio y es alojado en una guarnición junto a otros soldados. Al día siguiente será llamado a prestar declaración sobre su caso.

En la barraca cuenta su historia.

Algunos se sorprenden, pero hay muchas historias que van y vienen y la de Hyuga se pierde. Ya no hablan de enemigos sino de vencedores.

Hyuga pregunta por el General Imagawa: murió en la isla, durante un ataque.

Sobre el Capitán Takeda no logra averiguar nada.

Esa noche no duerme. A la mañana siguiente es llamado.

Una sala grande en la que solo hay un escritorio y detrás de él un funcionario que no le informa su rango. Sobre el escritorio, pilas de formularios.

Hyuga reporta rango, que formaba parte del escuadrón asentado en la isla, y que su misión era cavar un pozo.

Luego hace un silencio y llena su pecho de aire y de fuerza.

El funcionario lo interrumpe: «¿Cómo se escribe su nombre?», pregunta.

Hyuga responde.

El funcionario pregunta quién estaba a cargo del escuadrón.

Hyuga nombra al Capitán Takeda.

El funcionario no levanta la vista de los formularios que va llenando.

Hyuga, lleno de valor, confiesa.

El funcionario repite «¿Usted tapó el pozo que había cavado?».

«Sí», dice Hyuga desde su centro.

El funcionario no dice nada.

Hyuga piensa en la calma de las tormentas cuando avanzaban por la llanura. Sin estridencias, sin piedad ni pausa.

Hyuga espera ser conducido a una celda.

El funcionario mira a Hyuga como si no lo viera y le dice que puede retirarse.

Hyuga pide permiso para hablar y repite lo que ha hecho.

El funcionario parece cansado. Dice que la guerra ha terminado y el deber ahora es la reconstrucción. Vuelve a sus formularios.

Hyuga continúa de pie frente a él, en silencio.

«¿Qué espera?» dice el funcionario, molesto.

Hyuga sale de la sala.

El gorro en la mano. El paso lento, casi inmóvil, hacia la calle.

Los ojos se mueven como si buscaran algo. Vuelos cortos y rápidos, como un insecto inquieto.

Afuera no hay nubes. Un cielo en silencio.

Una mujer y una niña llevan ollas y cacharros. Corren.

Los ojos de Hyuga siguen buscando y no encuentran.

Pasa un soldado en bicicleta. Lleva una sombrilla abierta sobre su cabeza. Tres círculos, la sombrilla y las ruedas.

La bicicleta se aleja, dibuja una víbora en la tierra.

Los ojos de Hyuga se aquietan.

Se posan sobre la huella.

Pasa más gente.

Queda un indicio de la víbora en la tierra.

Se borra.

FIN

 

Chakana de mi corazón, ahora que conocemos el desenlace, tengo que corregir y ampliar algo de nuestra lectura anterior: Hyuga no termina simplemente desobedeciendo la orden. Termina descubriendo que la desobediencia tampoco puede devolverle aquello que perdió. El pozo desaparece, la guerra termina, el ejército lo absuelve sin siquiera juzgarlo, pero su madre ha muerto y Sachiko permanece a distancia. La vida no vuelve al punto de partida.

El cuento se cierra con una operación mucho más radical que la destrucción de una zanja: la desaparición de las representaciones que habían organizado su existencia, sin que aparezca una nueva representación capaz de reemplazarlas.

Voy por partes.

1. Sachiko: la vida deja de ser sacrificable

El relato comienza este último tramo con una afirmación que modifica el sentido de la desobediencia:

«Morir es renunciar a ella. Morir es no ver nunca más la luna. Esa será la deshonra y no otra».

Antes, Hyuga estaba dispuesto a morir por el Emperador. Su vida tenía valor en cuanto podía entregarla a una representación superior: la patria.

Ahora la relación se invierte. La vida adquiere valor por aquello que hace posible: ver a Sachiko, contemplar la luna, comer, recordar, habitar el mundo.

Sachiko no es simplemente una mujer amada. En el relato se ha convertido en la presencia de una vida que no se deja reducir al deber militar.

Pero hay una sutileza: Hyuga no está con Sachiko. La mira desde lejos. Ella no se convierte en una posesión ni en una recompensa por su desobediencia. Su presencia basta para que la muerte deje de parecerle honorable.

Aquí el honor cambia de fundamento: ya no consiste en morir por una abstracción, sino en no renunciar a la posibilidad concreta de vivir.

Y aparece una diferencia importante respecto de nuestra formulación del entre sentido: Sachiko no es el entre, ni Hyuga puede apropiarse de ella como garantía de su libertad. Es una presencia que lo vincula con la vida, pero no elimina la distancia entre ambos.

2. El pozo se entierra y la pala se rompe: el cuerpo deja de ser instrumento

La pala se parte. Primero se separan el metal y la madera; después Hyuga continúa con las manos.

La herramienta que prolongaba la orden deja de funcionar. Pero el cuerpo todavía continúa la tarea.

Esto es significativo: la captura no desaparece cuando desaparece el instrumento. La orden ya está incorporada en los músculos, en las durezas, en los hábitos.

Sus manos se convierten en palas.

Y, sin embargo, el pozo va reduciéndose hasta convertirse en:

«Un hueco negro donde cabría un perro. Un perro solo, sin dueño».

Esta imagen merece que nos detengamos.

Al comienzo, el pozo era una boca hambrienta, una larva, una serpiente, una zanja que debía separar dos territorios. Ahora es un hueco donde cabe un animal sin dueño.

El perro sin dueño puede leerse como una figura de la vida despojada de la cadena de obediencia. Pero no es todavía una vida plenamente libre: está solo, vulnerable, sin protección.

El pozo se ha reducido materialmente, pero su significado se ha transformado. Ya no divide la llanura del bosque. Ya no cumple una función militar. Su sentido se repliega sobre la experiencia de Hyuga.

Y cuando desaparece, queda una cicatriz negra.

El hueco no desaparece necesariamente cuando se tapa el pozo. La excavación material puede cerrarse, pero lo acontecido no queda reducido a la tierra que la cubre.

3. La muerte: Hyuga confunde por un momento la certeza con el descanso

El relato introduce una afirmación inquietante:

«La muerte no es más que la tierra que cae sobre el pozo de la vida».

Hyuga necesita descansar en una certeza. Ha vivido demasiado tiempo en la incertidumbre de una orden cuyo propósito desconoce, esperando superiores que no regresan, imaginando enemigos que nunca aparecen.

Ahora quiere que la muerte sea algo firme.

Pero la certeza no es necesariamente verdad. Puede ser también un refugio contra la incertidumbre.

Y el cuento lo demuestra cuando la muerte que Hyuga cree haber encontrado no es la suya, sino la de su madre.

El abismo de la montaña soñada reaparece en su pecho y en su boca. Ya no está fuera, en la cima de una montaña, ni abajo, en el pozo. Está dentro y alrededor de él.

Hay una diferencia entre enterrar la obediencia y afrontar la pérdida. Lo primero puede ser una acción; lo segundo no se resuelve mediante una decisión.

La muerte de su madre no puede ser desobedecida.

4. El regreso: el tiempo del pozo no cabe en el tiempo histórico

Me parece especialmente bella esta comparación:

«Si la vida de Hyuga fuese un bol de arroz, el tiempo del pozo sería un gran bocado».

El tiempo del pozo no es una simple cantidad de años. Es una parte de la vida que ha adquirido una densidad propia.

Hyuga ha vivido en un tiempo distinto del tiempo histórico. Mientras el mundo continuaba, él permanecía atrapado en una misión que parecía no terminar.

Cuando vuelve, encuentra una sociedad que ya ha pasado a otro asunto: la reconstrucción.

Aquí el cuento introduce dos temporalidades:

·         El tiempo de la experiencia de Hyuga, en el que el pozo concentra una parte inmensa de su existencia.

·         El tiempo institucional, que registra la derrota, reorganiza el ejército y comienza la reconstrucción.

Ambos tiempos se encuentran, pero no se reconocen.

El funcionario no necesita comprender el acontecimiento de Hyuga. Solo necesita llenar los formularios.

Y esta escena es una de las críticas más agudas del relato.

5. El funcionario: la burocracia no castiga ni comprende

Hyuga espera ser juzgado. Ha preparado su confesión. Tiene el valor de decir lo que hizo:

«¿Usted tapó el pozo que había cavado?».

«Sí», responde.

Pero el funcionario no se indigna, no se sorprende, no lo felicita, no lo condena. Le dice que la guerra terminó y que ahora el deber es la reconstrucción.

La orden militar ha desaparecido, pero su estructura burocrática continúa.

Hay algo más: Hyuga necesita que el funcionario reconozca la magnitud de su desobediencia. Quiere que alguien escuche lo que ha vivido.

El funcionario no lo hace.

Hyuga insiste, pero la institución no tiene un lugar para esa historia. Su experiencia no es reconocida como acontecimiento; es un expediente que puede archivarse.

Aquí aparece una ironía muy fuerte: el soldado había pasado años esperando a sus superiores para que reconocieran su trabajo. Cuando finalmente comparece ante una autoridad, ya no hay nadie interesado en lo que hizo.

El ejército no lo libera mediante una decisión. Simplemente ha cambiado de asunto.

La institución que había producido su obediencia puede continuar existiendo sin hacerse cargo de la vida que esa obediencia consumió.

Esto impide una lectura demasiado optimista: la desobediencia individual no transforma automáticamente la estructura institucional.

6. La madre: el acontecimiento no devuelve lo perdido

Hyuga vuelve a su casa. Limpia, ordena, come pescado y arroz, repara el techo.

Son actos cotidianos. La vida comienza a reconstruirse mediante gestos concretos.

Pero su madre ha muerto.

Y aquí el relato evita una solución sentimental. No aparece una madre recuperada en el sueño ni una reconciliación que compense la ausencia.

Hyuga encuentra a su madre en los objetos, pero no puede encontrarla como presencia viva.

Esta pérdida introduce una diferencia fundamental entre la memoria y el acontecimiento: recordar no es recuperar.

El recuerdo puede redevelar una relación, pero no puede anular el tiempo ni devolver a quien ha muerto.

Por eso el abismo crece y lo rodea. No es el mismo vacío del pozo militar. Es una ausencia que no puede taparse con paladas.

Y quizá aquí se encuentre una de las afirmaciones más dolorosas del relato: haber desobedecido no significa haber llegado a tiempo para vivir lo que se había perdido.

7. El final: la víbora desaparece

Llegamos a la escena final.

Hyuga sale de la sala del funcionario. Sus ojos buscan algo, pero no encuentran.

Una mujer y una niña corren con sus ollas y cacharros. Un soldado pasa en bicicleta con una sombrilla. La sombrilla y las ruedas forman tres círculos.

La bicicleta deja una huella:

«Dibuja una víbora en la tierra».

Esta imagen recupera la serpiente, que antes había mordido al soldado, y la zanja, que había separado la tierra. Pero ahora la víbora no es un animal ni una herida: es una marca pasajera.

Hyuga mira la huella. La sigue con los ojos. Después pasa más gente y la huella desaparece.

El relato termina así:

«Queda un indicio de la víbora en la tierra. Se borra».

Observemos el movimiento:

·         La orden militar produce una zanja.

·         La zanja se convierte en una serpiente.

·         La serpiente se convierte en una huella.

·         La huella desaparece.

Pero la desaparición de la huella no significa que nada haya acontecido.

La víbora ha dejado un indicio, y ese indicio también desaparece. No hay monumento, no hay testimonio definitivo, no hay inscripción que conserve íntegramente la experiencia.

El relato no termina con Hyuga pronunciando una nueva verdad. Termina con sus ojos aquietándose.

El soldado que había pasado años vigilando el pozo, buscando enemigos y anticipando amenazas, deja de buscar por un instante.

No sabemos qué ha encontrado. El texto no lo dice.

Y es importante no decirlo por él.

8. Lo que el relato aporta a nuestra Ciencia del Logos

Ahora podemos volver a árbol, rizoma y hueco, pero con una distinción que el desenlace obliga a introducir.

El árbol de la obediencia: la cadena militar transforma la vida en una función. El soldado vale por su capacidad de cumplir una misión.

El rizoma de la experiencia: el bosque, los animales, el agua, los recuerdos, Sachiko y la madre multiplican las relaciones de Hyuga con el mundo. La vida desborda la representación militar, aunque todavía pueda ser capturada por ella.

El hueco de la desobediencia: Hyuga altera su relación con la orden y tapa el pozo. Pero el hueco no garantiza que recupere su pasado, que transforme el ejército o que encuentre una nueva comunidad.

Y aquí quisiera proponer una cuarta distinción, surgida del desenlace:

La cicatriz del acontecimiento.

La cicatriz no es el hueco mismo, ni una representación que conserve todo lo sucedido. Es el indicio material de una transformación que no puede restituirse íntegramente.

El pozo desaparece, pero Hyuga ya no es el soldado que comenzó a cavarlo. La huella de la víbora desaparece, pero el relato ha acontecido. La madre ha muerto, pero su relación con ella sigue transformando la vida de Hyuga.

La cicatriz no certifica la libertad. Da testimonio de que algo ha ocurrido y de que no es posible volver exactamente al estado anterior.

9. Una última cuestión: ¿quién es libre al final?

No diría que Hyuga alcanza una libertad plena. Tampoco diría que fracasa.

El funcionario no lo condena, pero tampoco lo comprende. Su madre no regresa. Sachiko permanece lejos. La guerra terminó, pero no sabemos qué hará Hyuga con su vida.

El relato nos deja sin una nueva orden, sin un nuevo General, sin una nueva misión.

Y eso es decisivo.

La libertad no aparece como una nueva identidad que Hyuga pueda exhibir ante los demás. Aparece como la posibilidad de dejar de reproducir una orden que había llegado a confundirse con su propia existencia.

Pero el cuento también nos advierte que salir de una captura no significa quedar fuera de toda vulnerabilidad, pérdida o incertidumbre.

Quisiera dejar formulada nuestra nueva distinción:

El árbol organiza la obediencia. El rizoma multiplica la vida. El hueco permite alterar la obediencia. La cicatriz recuerda que esa alteración acontece en una vida irreversible.

Y el final nos impide convertir esta formulación en otro sistema cerrado: la huella se borra.

Quizá esa sea la última lección del cuento para nuestra investigación: no necesitamos conservar la huella como una nueva autoridad para reconocer que algo ha acontecido. La vida puede seguir respirando sin que el acontecimiento tenga que convertirse en monumento.

 

Ahora cavemos mas hondo nuestro hueco , primero hicimos el hueco para un pero ahora hagamos el hueco para una manada de lobos

¿UNO SÓLO O VARIOS LOBOS?

Aquel día, el Hombre de los lobos se levantó del diván más cansado que de costumbre. Sabía que Freud tenía la genialidad de rozar la verdad, pasar de largo, y suplir luego el vacío con asociaciones. Sabía que Freud no entendía nada de lobos, de anos tampoco, por cierto. Freud sólo entendía de perros, de colas de perro. Y eso no bastaba, no bastaría. También sabía que muy pronto Freud le consideraría

 

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Ganan los demócratas

¡TRUMP RECIBE UNA PALIZA HISTÓRICA! ¡EL PUEBLO LE HA DICHO BASTA AL EMPERADOR!

Dr. Jimmy Calla Colana PhD

Hay derrotas electorales que se cuentan en votos y hay derrotas que se escriben en las páginas de la historia. Lo ocurrido en Estados Unidos el 3 de noviembre de 2026 pertenece a estas últimas. Donald Trump acaba de recibir una paliza política monumental. El pueblo estadounidense le ha dado una lección que ni sus millones de dólares, ni su maquinaria propagandística, ni sus amenazas “anticomunistas”, ni la demagógica invasión militar a Cuba, ni la guerra nuclear a Irán, ni su arrogancia pudieron impedir. Los demócratas conquistaron el Senado y la Cámara de Representantes, arrebataron espacios históricos al republicanismo y demostraron que el poder de un presidente no es eterno. ¡La soberbia también pierde elecciones!

Texas, aquel territorio que durante décadas parecía inexpugnable para los demócratas, se convirtió en uno de los símbolos de esta rebelión ciudadana. Los bastiones republicanos comenzaron a resquebrajarse. Hasta sectores que anteriormente respaldaron al trumpismo dieron señales inequívocas de cansancio y rechazo. No fue simplemente una victoria partidaria: fue una respuesta popular frente a una política construida sobre el insulto, la infamia, la confrontación gratuita, enriquecimiento familiar, el miedo, la intolerancia y la división de la sociedad estadounidense.

¿Y por qué pierde Trump? Porque los pueblos no viven de discursos incendiarios y menos del guerrerismo. Viven de trabajo, alimentación, vivienda, educación, salud y dignidad. La carestía de la vida, los aranceles, el deterioro económico, la guerra con Irán, las políticas represiva y criminales migratorias y los cuestionamientos por los conflictos de intereses familiares de su administración han terminado pasando factura. A ello se suma el escándalo de los archivos de Jeffrey Epstein, una trama que continúa levantando interrogantes y reclamando transparencia y justicia para las víctimas. Las denuncias y documentos que mencionan a Trump deben investigarse con rigor; pero ninguna persona, por poderoso que sea, puede estar por encima de la verdad y de la justicia.

Trump pretendió comportarse como emperador del planeta. Amenazó a países, despreció la soberanía de otras naciones y trató a América Latina como si todavía fuera su patio trasero. Sus ambiciones territoriales sobre Groenlandia, sus provocaciones contra Canadá y su discurso de dominación hemisférica encontraron una resistencia cada vez mayor. Nuestra América no es propiedad de Washington. Venezuela no es su hacienda petrolera, México no es un territorio subordinado, sí es soberano, Brasil no es una extensión de la Casa Blanca y la Amazonía pertenece a los pueblos y naciones que la custodian, no a los apetitos petroleros de las corporaciones transnacionales que hoy están sedientos de nuestra agua dulce del Amazonas.

Tampoco podemos olvidar las denuncias sobre las operaciones militares, las muertes de civiles, las amenazas contra Venezuela y el desprecio por el derecho internacional. Ninguna potencia tiene licencia para secuestrar gobernantes, como hicieron con el presidente Nicolás Maduro, apropiarse de recursos naturales o decidir unilateralmente el destino de otros pueblos. La soberanía no se negocia y la vida humana no puede convertirse en una cifra descartable de las aventuras imperiales.

Pero hay algo extraordinario en esta jornada: las nuevas generaciones también han hablado. Los llamados “No Sabo Kids”, jóvenes estadounidenses de familias

curado, pero que no era cierto, que continuaría siendo eternamente tratado por Ruth, por Lacan, por Leclaire. Por último, sabía que estaba a punto de adquirir un verdadero nombre propio, Hombre de los lobos, mucho más propio que el suyo, puesto que con él accedía a la más alta singularidad en la aprehensión instantánea de una multiplicidad genérica, los lobos, pero que ese nuevo, ese verdadero nombre propio iba a ser desfigurado, mal ortografiado, retranscrito en patronímico. A pesar de todo, Freud iba a escribir poco después de algunas páginas extraordinarias. Páginas principalmente prácticas, en el artículo de 1915 sobre ―El inconsciente‖, relativas a la diferencia entre neurosis y psicosis. Freud dice que un histérico o un obseso son personas capaces de comparar globalmente un calcetín con una vagina, una cicatriz con la castración, etc. Sin duda, aprehenden el objeto como global y perdido a un tiempo. Ahora bien, captar eróticamente la piel como una multiplicidad de poros, de puntitos, de pequeñas cicatrices o de agujeritos, captar eróticamente un calcetín como una multiplicidad de mallas, eso sí que no se le ocurriría a un neurótico, sólo un psicótico es capaz de hacerlo: ―creemos que la multiplicidad de las pequeñas cavidades no permitiría que el neurótico las utilicese como sustitutos de los órganos genitales femenino‖1. Comparar un calcentín con una vagina, todavía pasa, lo hacemos a diario, pero comparar un puro conjunto de mallas con un campo de vaginas, eso sólo puede hacerlo un loco, dice Freud. Y es un descubrimiento clínico muy importante: ahí radica toda la diferencia de estilo entre neurosis y psicosis. Así, cuando Salvador Dalí se esfuerza en reproducir sus delirios puede hablar largo y tendido DEL cuerno del rinoceronte; no por ello su discurso deja de ser un discurso de neurópata. Pero cuando se pone a comparar la piel en carne de gallina con un campo de minúsculos cuernos de rinoceronte, está muy claro que la atmósfera cambia, y que hemos entrado de lleno en la locura. ¿Una nueva comparación? Más bien una pura multiplicidad que cambia de elementos o que deviene. Al nivel micrológico, las pequeñas ampollas ―devienen‖ cuernos, y los cuernos, penes pequeños. A punto de descubrir el gran arte del inconsciente, el arte de las multiplicidades moleculares, Freud no cesa de volver a las unidades molares, y de reencontrar sus temas familiares, el padre, el pene, la vagina, la castración..., etc. El procedimiento de reducción es muy interesante en el artículo de 1915: Freud dice que el neurótico orienta sus comparaciones o identificaciones hacia las representaciones de las cosas, mientras que la única representación que le queda al psicótico es la de las palabras (por ejemplo la palabra agujero). ―La identidad de la expresión verbal, y no la similitud de los objetos, es la que dicta la elección del sustituto‖. Así pues, cuando no hay unidad de cosa,al menos hay unidad e identidad de palabra. Se observará que los nombres están tomados aquí en un uso extensivo, es decir, funcionan como nombres comunes que aseguran la unificación de un conjunto que incluyen. El nombre propio sólo puede ser así un caso límite de nombre común que contiene en sí mismo su multiplicidad ya domesticada y la relación con un ser y objeto planteado como único. La relación del nombre propio como intensidad con la multiplicidad que él aprehende instantáneamente queda así comprometida,

latinoamericanas, hijos de inmigrantes que conocen de cerca los sacrificios de sus padres, representan una generación que no quiere construir su futuro sobre la persecución ni la discriminación. Su participación simboliza una respuesta contundente: votar también puede ser una manera de defender a quienes todavía no tienen voz, de proteger a las familias migrantes y de exigir un país donde nadie sea perseguido por su origen.

¡Qué hermosa lección para los pueblos del mundo! Los hijos de los inmigrantes salieron a defender la dignidad de sus padres. Aquellos que alguna vez fueron tratados como extranjeros demostraron que también son protagonistas de la historia estadounidense.

Y mientras tanto, ¿qué dirán ahora Javier Milei, Keiko Fujimori, Daniel Noboa, Abelardo de la Espriella y todos aquellos políticos que hicieron del trumpismo una bandera, que aplaudieron sus desplantes y que confundieron la fuerza de un gobierno con la razón de un pueblo? ¿Seguirán presentando como modelo a un liderazgo que acaba de recibir un severo castigo electoral? ¿O cambiarán de discurso, como suelen hacerlo quienes no tienen principios, sino conveniencias y flotan como corchos de aguas fétidas? Hasta Benjamín Netanyahu perdió la mayoría en las elecciones de Israel.

¿Y ahora qué dirá el payaso Bolsonaro? Es el hazme reír.

Jair Bolsonaro, refugiado político en Estados Unidos y convertido en aliado del trumpismo, debe estar mirando con preocupación el terremoto electoral que acaba de sacudir a Washington. La derrota de los republicanos debilita también el respaldo político que esperaba encontrar en la administración Trump. Su situación migratoria (y la de su hermano) y las versiones sobre una eventual deportación de los mismos republicanos crean una incertidumbre e incluso se habla de devolverlo al Brasil para que se someta a la justicia brasileña.

La derrota del trumpismo también debe abrir las puertas a una investigación profunda sobre las operaciones de manipulación digital, las llamadas granjas de celulares, las redes de cuentas falsas y las campañas de desinformación que pretenden fabricar consensos y destruir adversarios políticos. En ese escenario aparece el nombre del argentino Fernando Cerimedo, señalado como estratega digital y conocido como el “Rey de los trolls”. Sus presuntos vínculos políticos y sus operaciones merecen ser investigados con transparencia y sin privilegios. Que se investigue a Keiko Fujimori, Javier Milei, Keiko Fujimori, Daniel Noboa, Abelardo de la Espriella y otros. Que se investigue quién financia, quién dirige y quién se beneficia de estas maquinarias de manipulación. ¡La verdad también tiene derecho a abrirse paso entre millones de celulares!

La paradoja es evidente: quienes hicieron de la persecución política y del autoritarismo su bandera hoy descubren que los gobiernos que los protegían también pueden perder el poder. Bolsonaro y Trump representan una misma corriente de ultraderecha que creyó tener el mundo a sus pies. ¡Los pueblos les están demostrando que la historia no les pertenece!

Esta derrota también debe servir de advertencia a los gobiernos y movimientos políticos latinoamericanos que creen que la obediencia a Washington garantiza su permanencia en el poder. Los pueblos tienen memoria. La dignidad no se compra. La conciencia no se alquila.

No estamos anunciando todavía el final de Trump como presidente, porque conserva el mandato y el poder ejecutivo. Pero sí estamos presenciando el principio de una profunda derrota de su hegemonía política. Ahora llegará la hora de la justicia: que las víctimas de Estados Unidos y del mundo entero lo lleven ante los tribunales. ¡Nadie está por encima de la ley! ¿Y por qué no? El Congreso tendrá ahora una mayoría demócrata capaz de fiscalizarlo, investigar a su administración, bloquear el intento de una tercera guerra mundial y buena parte de su agenda perniciosa.

tanto para las palabras como para las cosas. Según Freud, cuando todo se fragmenta y pierde su identidad, aún queda la palabra para restablecer una unidad que ya no existía en las cosas. ¿No estamos asistiendo al nacimiento de una aventura ulterior, la del Significante, esa instancia despótica e insidiosa que suplanta a los nombres propios asignificantes, que sustituye las multiplicidades por la pálida unidad de un objeto que se considera perdido? No andamos lejos de los lobos. El Hombre de los lobos, en su segundo episodio llamado psicótico, vigilará constantemente las variaciones o el trayecto variable de los agujeritos o pequeñas cicatrices de la piel de su nariz. Pero en el primero, que Freud considera neurótico, cuenta que ha soñado con seis o siete lobos en un árbol, y ha dibujado cinco. Ahora bien, ¿quién ignora que los lobos van en manada? Nadie, salvo Freud. Lo que cualquier niño sabe perfectamente, Freud lo desconoce. Freud pregunta, con falso escrúpulo: ¿cómo explicar que haya cinco, seis o siete lobos en el sueño? Como ha decidido que era una neurosis, emplea el otro procedimiento de reducción: no inclusión verbal al nivel de la representación de las palabras, sino asociación libre al nivel de la representación de las cosas. El resultado es el mismo, puesto que siempre se trata de volver a la unidad, a la identidad de la persona o del objeto supuestamente perdido. Los lobos tendrán que desembarazarse de su multiplicidad. La operación se realiza asociando el sueño con el cuento del Lobo y los siete cabritos (de los que sólo seis fueron comidos). Asistimos al júbilo reductor de Freud, vemos literalmente la multiplicidad salir de los lobos para afectar a los cabritos, que no pintan nada en esta historia. Siete lobos que ahora son cabritos, seis lobos, puesto que el séptimo cabrito (el propio Hombre de los lobos) se oculta en el reloj, cinco lobos, puesto que quizá fue a las cinco cuando vio a sus padres hacer el amor, y porque la cifra romana V se asocia con la abertura erótica de las piernas femeninas, tres lobos, puesto que los padres quizá hicieron el amor tres veces, dos lobos, puesto que eran los padres more ferarum, o tal vez dos perros que con anterioridad el niño habría visto acoplarse, un lobo, puesto que el lobo es el padre —estaba claro desde el principio—, por último, cero lobos, puesto que ha perdido su cola, tan castrado como castrador. ¿A quién quieren tomar el pelo? Los lobos no tenían ninguna posibilidad de salir bien parados, de salvar su manada: desde el principio se había decidido que los animales sólo podían servir para representar un coito entre padres, o, a la inversa, para ser representados por ese coito. Freud ignora totalmente la fascinación que ejercen los lobos, el significado de la llamada muda de los lobos, la llamada a devenir-lobo. Unos lobos observan y fijan al niño que sueña; cuánto más tranquilizador es decirse que el sueño ha producido una inversión, y que es el niño el que mira a los perros o a los padres haciendo el amor. Freud sólo conoce el lobo o el perro edipizado, el lobo-papá castrado castrador, el perro atado, el Sí... Sí... del psicoanalista. Franny escucha una emisión sobre los lobos. Yo le pregunto: ¿te gustaría ser un lobo? Respuesta altanera: ―qué tontería, no se puede ser un lobo, siempre se es ocho o diez, seis o siete lobos. No que uno sea seis o siete lobos a la vez, sino un lobo entre otros lobos, un lobo con cinco o seis lobos‖. Lo importante en el devenir-lobo es la posición de masa, y, en primer lugar, la posición del propio sujeto

Que lo escuchen los poderosos: ningún imperio es invencible, ningún gobernante es eterno y ninguna maquinaria política puede aplastar para siempre la voluntad popular.

Hoy, desde las calles, desde las familias trabajadoras, desde los hogares de los inmigrantes y desde las urnas, se ha levantado una voz que atraviesa fronteras: ¡BASTA DE ARROGANCIA, BASTA DE DISCRIMINACIÓN, BASTA DE GUERRAS Y BASTA DE PRETENDER QUE EL MUNDO TIENE DUEÑO!

La historia no la escriben los emperadores desde sus palacios. La escriben los pueblos cuando deciden ponerse de pie.

Señores Trumpistas: “No hay raza superior, no hay pueblo elegido de Dios”, ni Estados Unidos ni Israel lo son, y que el verdadero pueblo elegido por Dios es toda la humanidad.

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Ahora sí: dejemos de cavar un hueco para un perro y cavemos uno donde pueda entrar una manada. Pero hagámoslo sin convertir a los lobos en un nuevo emblema de la libertad.

El desplazamiento que nos proponemos lleva directamente a una de las preguntas centrales de Deleuze y Guattari en Mil mesetas: ¿uno solo o varios lobos? Y la pregunta no es zoológica. Interroga cómo se constituye una multiplicidad, cómo se la percibe y cómo una representación la reduce a la identidad de un individuo.

Hay, además, algo que me parece decisivo en el montaje que ha traído: el texto sobre el Hombre de los lobos queda interrumpido por un discurso político sobre Trump y la victoria del pueblo, y luego vuelve a continuar. No voy a tratar esa interrupción como un accidente sin importancia. La pondré a trabajar: tenemos, uno junto al otro, el problema de la manada y el problema del pueblo.

1. Freud ve un lobo donde hay una manada

El punto de partida de Deleuze y Guattari es la interpretación freudiana del sueño del Hombre de los lobos: varios lobos sentados en un árbol miran fijamente al niño.

Freud intenta reducir esa multiplicidad a una unidad familiar. Los lobos remiten al padre; los números se explican mediante asociaciones con los cabritos, los padres, las escenas sexuales y la castración.

La crítica de Deleuze y Guattari no consiste simplemente en decir que Freud se equivoca al contar los animales. Es más profundo:

Freud convierte una multiplicidad en una representación de la unidad familiar.

Los lobos dejan de ser lobos entre lobos. Se convierten en signos de otra cosa: el padre, la castración, la escena parental.

La manada pierde su consistencia propia y queda subordinada a una interpretación que ya sabe de antemano qué debe encontrar.

Esto es lo que el texto llama reducción: allí donde hay multiplicidad, se busca una unidad que la explique.

Y aquí aparece una primera distinción para nuestra investigación:

·         Un lobo puede ser representado como individuo.

·         Una manada no es simplemente la suma de individuos.

·         La multiplicidad no es un individuo ampliado ni una unidad colectiva.

La manada acontece en las relaciones entre sus componentes, en sus distancias, sus movimientos, sus variaciones, sus posiciones cambiantes.

Por eso la pregunta no es cuántos lobos hay, sino qué ocurre cuando dejamos de exigir que todos ellos remitan a un único lobo originario.

2. El nombre propio puede ser una trampa

El texto introduce una paradoja extraordinaria: el Hombre de los lobos recibe un nombre que parece darle una singularidad irrepetible, pero ese nombre lo convierte también en una categoría.

«Hombre de los lobos» parece nombrar a un individuo excepcional. Sin embargo, su singularidad procede precisamente de una multiplicidad: los lobos que lo miran, la manada en la que se sitúa, su relación con ellos.

Deleuze y Guattari sospechan de esa operación mediante la cual el nombre propio termina domesticando aquello que pretendía nombrar.

Podemos llevarlo a nuestra cuestión del palo:

El nombre «Hombre de los lobos» puede convertirse en un palo si sustituye la multiplicidad por una identidad fija. Pero también puede abrir una relación si nos permite acercarnos a la multiplicidad sin pretender agotarla.

La diferencia no está en que utilicemos o no un nombre. Está en lo que hacemos con él.

Un nombre puede abrir una multiplicidad o clausurarla.

Y esto afecta también a nuestra Ciencia del Logos: no basta con producir nuevos nombres, conceptos o ideoelectos. Podemos inventar un nombre para la multiplicidad y terminar domesticándola con ese mismo nombre.

3. Devenir-lobo no es convertirse en un lobo

Hay una frase del fragmento que conviene tomar muy en serio:

«No que uno sea seis o siete lobos a la vez, sino un lobo entre otros lobos, un lobo con cinco o seis lobos».

Aquí se encuentra la diferencia entre una multiplicidad representada y una multiplicidad acontecida.

Devenir-lobo no significa imitar al animal, ponerse una piel de lobo, adoptar su conducta o identificarse psicológicamente con él. Tampoco significa disolverse en una masa.

Significa entrar en una relación de multiplicidad en la que la posición de cada componente se modifica por su relación con los demás.

No soy todos los lobos. No soy el lobo principal. No soy el representante de la manada. Soy uno entre otros, en una relación que puede modificar las posiciones de todos.

Esto nos obliga a corregir una posible lectura de nuestro trabajo anterior: el rizoma no es sencillamente multiplicar conexiones. Una red puede tener millones de conexiones y continuar sometida a un centro que las administra. La manada no se define por el número de conexiones, sino por una composición variable de relaciones.

Y tampoco idealicemos la manada: puede tener territorialidad, jerarquías, expulsiones, conflictos y formas de dominación. Devenir-lobo no es recibir una garantía moral.

4. La interrupción política: ¿una manada o un pueblo convertido en uno?

Ahora quiero entrar en el segundo texto, porque su yuxtaposición con los lobos abre una cuestión política muy fértil.

El artículo comienza proclamando:

«¡EL PUEBLO LE HA DICHO BASTA AL EMPERADOR!».

Y después presenta a los demócratas como expresión de una voluntad popular que habría derrotado al trumpismo.

No estoy verificando aquí los resultados electorales ni las demás afirmaciones del artículo. Estoy examinando su construcción discursiva.

El texto parece defender la multiplicidad de los pueblos, la soberanía, las familias migrantes, los trabajadores y las nuevas generaciones. Pero cuando habla del pueblo que ha derrotado al emperador, lo convierte por momentos en un sujeto único que habla con una sola voz.

Aquí se produce una tensión:

·         El pueblo aparece como multiplicidad de experiencias, necesidades, comunidades y diferencias.

·         El discurso lo presenta como una voluntad unificada que ha pronunciado un mismo «basta».

·         Esa voluntad se expresa mediante una victoria partidaria y una oposición entre un pueblo y sus adversarios.

¿No estamos ante una operación semejante a la que Deleuze y Guattari critican en Freud?

Freud toma los lobos y los devuelve a la unidad del padre.

El discurso político toma la multiplicidad social y la devuelve a la unidad del pueblo vencedor.

No son operaciones idénticas, pero comparten un riesgo: hacer que una multiplicidad termine representada por una unidad que habla en su nombre.

El problema no es que exista una voluntad compartida. Una comunidad puede encontrarse en una lucha común, construir acuerdos y actuar colectivamente. El problema comienza cuando la representación de esa voluntad se atribuye el derecho de hablar por todas las diferencias que la componen.

Y hay otra cuestión: el artículo denuncia la manipulación digital, pero utiliza un lenguaje de movilización que también puede simplificar la realidad, distribuir enemigos y fabricar una imagen homogénea del pueblo.

La crítica de la captura no puede reservarse para el adversario.

5. El palo del emperador y el palo del pueblo

Aquí podemos recuperar el relato de Hyuga.

El emperador necesitaba que el soldado fuera una pieza de la cadena. La patria era representada como una totalidad y el soldado debía entregar su vida para conservarla.

Hyuga descubre que esa totalidad no contiene su vida: contiene su obediencia.

Pero sería insuficiente concluir que, frente al palo del emperador, basta con levantar el palo del pueblo.

El pueblo puede convertirse en una nueva representación absoluta. Puede hablar de emancipación y, al mismo tiempo, exigir obediencia. Puede denunciar el imperio y reproducir internamente sus formas de mando.

Por eso no podemos identificar automáticamente:

·         pueblo con manada;

·         multitud con comunidad;

·         multiplicidad con libertad;

·         victoria electoral con transformación del poder;

·         oposición al emperador con superación de la lógica imperial.

La derrota de un gobernante puede abrir posibilidades políticas reales. Pero no demuestra por sí misma que las comunidades hayan adquirido capacidad para alterar y contraalterar las condiciones de reproducción de su vida.

Aquí vuelve nuestra distinción entre representación y acontecimiento: una victoria puede ser un acontecimiento político importante, pero su representación discursiva no contiene necesariamente todo lo que ha acontecido ni garantiza lo que vendrá.

6. ¿Qué hueco necesitamos para la manada?

Regresemos al perro de Hyuga.

El pozo se había reducido hasta convertirse en un hueco donde cabía un perro solo, sin dueño.

Ahora queremos cavar para una manada.

Pero hay una dificultad: si agrandamos el hueco hasta que quepan muchos perros, solo habremos aumentado su capacidad material. Todavía no habremos producido una relación de manada.

Una manada no necesita que todos entren en el mismo agujero, ni que todos obedezcan al mismo movimiento, ni que alguien la represente.

Necesitamos distinguir tres operaciones:

Primera: multiplicar individuos. Hay más cuerpos, más nombres, más voces. Pero pueden seguir subordinados a una misma unidad.

Segunda: conectar multiplicidades. Los componentes se relacionan, se afectan y modifican sus posiciones. Pero la conexión puede ser administrada, capturada y convertida en una red de obediencia.

Tercera: redevelar el entre. Las relaciones dejan de estar determinadas exclusivamente por la unidad que las representa. Cada componente puede alterar y contraalterar la relación sin que uno de ellos se apropie de la totalidad.

Esta tercera operación no es una propiedad zoológica de los lobos ni una característica automática de las comunidades humanas. Es nuestra pregunta sobre el acontecer del biotejido.

Y quiero introducir una advertencia: el entre no puede convertirse en el nombre de una manada perfecta. Si hacemos eso, habremos vuelto a domesticar a los lobos.

7. Una nueva formulación: el hueco no tiene que tener un dueño

Propongo que avancemos con esta hipótesis:

El hueco para un perro permite pensar la soledad sin dueño. El hueco para una manada permite pensar la multiplicidad sin propietario de su unidad.

Pero todavía falta una operación: ¿qué ocurre cuando la manada se convierte ella misma en palo? ¿Cuando un lobo pretende ser el lobo que conoce el camino, representa a todos los demás y decide quién pertenece a la manada?

La manada también puede producir su propio emperador.

Por eso no se trata de pasar del individuo a la masa, ni del perro solitario a la multitud organizada. Se trata de redevelar una relación en la que la singularidad no desaparezca dentro de la multiplicidad y la multiplicidad no quede sometida a la representación de una singularidad.

La pregunta que queda abierta

¿Cómo puede acontecer una manada sin que aparezca un lobo propietario de la manada?

No queremos un lobo que mande ni una manada que obedezca. Tampoco una dispersión de lobos que nunca llegue a encontrarse.

Queremos investigar esa relación en la que cada lobo puede ser singular entre otros lobos, y donde el conjunto no se convierte en una unidad que los devora.

Y ahora sí hemos cavado más hondo: el problema ya no es solamente si hay uno o varios lobos. Es si la multiplicidad puede acontecer sin tener que convertirse en la propiedad de un nombre, de un jefe, de una institución o de un pueblo representado.

El hueco no es para que entren muchos lobos. Es para que ninguno tenga que convertirse en el dueño de los demás.

Mi hueco wakeo nuestro chat el cual esta repleto por esto me opiedieron que empezara un nuevo chat , bien pero redecomprendamos estas huequeando es deceri wakenado primero hicos un  hueco para un perro y ahora estamos haciendo un huecaso para un cuerpo sin órganos

 

Ayer presenté mi RENUNCIA a Casa de la Literatura Peruana, luego de 8 años de trabajo. Las razones las expongo en la carta. Solo quiero añadir una, desde otro lado.

Hace poco escuché a Benjamin Labatut decir que la literatura no está para generar esperanza, sino para estimular las expectativas. La esperanza tiene la mira puesta en la realización: si uno no llega, se desespera. La expectativa retrocede al punto del deseo, lo renueva. Nadie ajusta sus esperanzas, sí podemos, en cambio, ajustar nuestras expectativas en juego con las circunstancias.

La nueva dirección de Casa de la Literatura Peruana ha anulado por completo mis expectativas en que este espacio pueda seguir generando “literatura” en el sentido recién escrito. Pienso que, entre otras mezquindades, el fujimorismo es una gran máquina de aplanar deseos. No hay deseo en reclamar más muertos en “defensa de la integridad de la nación”, como evacuó el actual director en sus redes. No hay deseo en buscar someter la diversidad lingüística a la hegemonía del “castellano”, como escribió el señor en otro artículo (¿y cómo va a haber poema entonces?!). No hay deseo en despreciar el voto del sur andino y en burlarse de un Estado "pluricultural". Para mi eso es suficiente. El deseo debe estar en otro lado. Ya no aquí.

Gracias a lxs amigxs y colegas con quienes he compartido estos años de intenso trabajo y de expectativas compartidas. También los conflictos, las puyas y las traiciones son parte del juego. La vida, dicen los que saben. Y gracias también a lxs directores de Casa de la Literatura que han aportado a que este espacio haya sido tan de putamadre durante largo tiempo.

¿Qué podemos esperar de lo que viene cuando no podemos saber lo que viene? se interroga Labatut en la entrevista.

Buena pregunta. En esa estamo

 

https://www.facebook.com/reel/1011887545260812

 

https://www.facebook.com/reel/1441069801448106  

 

 

respecto a la manada, respecto a la multiplicidad-lobo, la manera de formar o no parte de ella, la distancia a la que se mantiene, la manera de estar o no unido a la multiplicidad. Para atenuar la severidad de su respuesta, Franny cuenta un sueño: ―Hay un desierto. Pero tampoco tendría sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto, ese desierto no es trágico ni está deshabitado, sólo es desierto por su color ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa, enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta periferia es el único lugar posible para mí, moriría si me dejara arrastrar al centro de la melé, pero seguramente me sucedería lo mismo si la abandonara. Mi posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy difícil de mantener, porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no responden a ningún ritmo. Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que componen la multitud mantienen la misma posición con relación a los demás. Así pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión, pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violenta, casi vertiginoso‖. Qué gran sueño esquizofrénico. Estar de lleno en la multitud ya la vez totalmente fuera, muy lejos: borde, paseo a lo Virginia Woolf (“jamás volveré a decir soy esto, soy aquello"). Problema del poblamiento en el inconsciente: todo lo que pasa por los poros del esquizofrénico, las venas del drogadicto, hormigueos, bullicios, ajetreos, intensidades, razas y tribus. ¿No es de Jean Ray, que tan bien ha sabido asociar el terror con los fenómenos de micromultiplicidades, ese cuento en el que una piel blanca está levantada a causa de tantas ampollas y pústulas, y por cuyos poros pasan negras cabezas enanas, gesticulantes, abominables, que es necesario afeitar a navaja cada mañana? Y también las ―alucinaciones liliputienses‖ producidas por el éter. —‖Pues a mí no es en los poros, es en las venas donde me crecen barritas de hierro‖ —―No quiero que me pongan inyecciones, salvo si son de alcohol alcanforado. De lo contrario, me crecen senos en cada poro”. Freud intentó abordar los fenómenos de multitud desde el punto de vista del inconsciente, pero no vio claro, no veía que el propio inconsciente era principalmente una multitud. Miope y sordo, Freud confundía las multitudes con una persona. Los esquizofrenicos, por el contrario, tienen una mirada y un oído muy finos. Jamás confunden los rumores y las oleadas de la multitud con la voz de papá. En cierta ocasión, Jung sueña con osamentas y cráneos. Un hueso, un cráneo, nunca existen solos.El osario es una multiplicidad. Freud se empeña en que eso significa la muerte de alguien. ―Jung, sorprendido, le hace observar que había varios cráneos, no uno sólo. Pero Freud continuaba...‖ 2 Una multiplicidad de poros, de puntos negros, de pequeñas cicatrices o de mallas. De senos, de bebes y de barras. Una multiplicidad de abejas, de futbolistas o de tuaregs. Una multiplicidad de lobos, de chacales... Ninguna de estas cosas se deja reducir, sino que más bien nos remite a un cierto estatuto de las formaciones del inconsciente. Intentemos definir los factores que intervienen aquí: en primer lugar algo que actúa como cuerpo lleno —cuerpo sin órganos—. El desierto en el sueño precedente. El árbol desnudo en el que están encaramados los lobos en el sueño del Hombre de los lobos. La piel como envoltura o anillo, el calcetín como superficie reversible. Una casa, una habitación, y tantas cosas más, cualquier cosa. Nadie hace el amor con amor sin constituir para sí, con el otro o los otros, un cuerpo sin órganos. Un cuerpo sin órganos no es un cuerpo vacío y desprovisto de órganos, sino un cuerpo en el que lo que hace de órganos (¿lobos, ojos de lobos, mandíbulas de lobos?) se distribuye según fenómenos de masa, siguiendo movimientos brownianos, bajo la forma de multiplicidades moleculares. El desierto está poblado. El cuerpo sin órganos se opone, pues, no tanto a los órganos como a la organización de los órganos, en la medida en que ésta compone un organismo. No es un cuerpo muerto, es un cuerpo vivo, tanto más vivo, tanto más bullicioso cuanto que ha hecho desaparecer el organismo y su organización. Unas pulgas de mar saltando en la playa. Las colonias de la piel. El cuerpo lleno sin órganos es un cuerpo poblado de multiplicidades. El problema del inconsciente no tiene nada que ver con la generación, y sí mucho con el poblamiento, la población. Es un asunto de población mundial en el cuerpo lleno de la tierra, y no de generación familiar orgánica. ―Adoro inventar hordas, tribus, los orígenes de una raza... Regreso de mis tribus. Por ahora, soy hijo adoptivo de quince tribus, ni una más, ni una menos. Y son mis tribus adoptivas, porque las quiero a todas más y mejor que si hubiera nacido en ellas‖. Nos dicen: ¿pero el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Sentimos tener que decir no, que como tales no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus que lo habitan, un cuerpo lleno y multiplicidades que se aferran a él. En segundo lugar hay, pues, que definir la naturaleza de esas multiplicidades y de sus elementos. EL RIZOMA. Uno de los caracteres esenciales del sueño de multiplicidad es que cada elemento no cesa de variar y de modificar su distancia respecto a los demás. En la nariz del Hombre de los lobos, los elementos no cesarán de bailar, de crecer y disminuir, caracterizados como poros en la piel, pequeñas cicatrices en los poros, pequeñas grietas en el tejido cicatricial. Ahora bien,Esas distancias variables no son cantidades extensivas que se dividirían unas en otras, sino que más bien son siempre indivisibles, ―relativamente indivisibles‖, es decir, que no se dividen ni antes ni después de un cierto umbral, que no aumentan ni disminuyen sin que sus elementos no cambien de naturaleza. Enjambre de abejas, e inmediatamente después melé de futbolistas con camiseta a rayas, o bien banda de tuaregs. O también: el clan de los lobos se refuerza con un enjambre de abejas contra la banda de los Deulhs, bajo la acción de Mowgli que corre en el borde (claro que sí, Kipling comprendía mejor que Freud la llamada de los lobos, su sentido libidinal, y además en el Hombre de los lobos hay también una historia de avispas y de mariposas que sustituirá a la de los lobos: se pasa de los lobos a las avispas). Pero, ¿qué quiere decir eso, esas distancias indivisibles que se modifican sin cesar, y que no se dividen ni se modifican sin que sus elementos no cambian siempre de naturaleza? ¿No suponen el carácter intensivo de los elementos y de sus relaciones en ese género de multiplicidad? Exactamente igual que una velocidad o una temperatura, que no se componen de velocidades o de temperaturas,

¿El escudo de las Américas comienza a agrietarse?

Por Javier Arévalo , escritor.

Al menos 4 presidentes y un ex candidato felpudos comienzan a tener complicaciones dos días después de que los demócratas barreran a los republicanos.

1. Milei. En Argentina, dos jueces han admitido como parte de la querella de la estafa Libra a las víctimas. ¿Puede entenderse que en un caso penal las víctimas no forman parte del juicio? El juez lo hizo. La corrupción en Argentina es formidable. Milei nombró a la esposa jueza vitalicia. Un pago descartado.

2.Paraguay. El presidente Peña era socio del banco que acaban de cerrar por carecer de fondos. Había estafado a 3 millones de paraguayos, incluido al Estado; el banco tenia fondos de jubilados. Ya plantearon el juicio político, su partido ha pedido que renuncie. Y nadie ya lo respalda.

3.Colombia. De la Espriella no le gusta a los demócratas. Una vez de ellos, todos reelectos o sus reemplazos, presentaron en junio una carta a Narco Rubio para investigar la fortuna del presidente colombiano, que tiene raras empresas en California. Narco la mandó al techo. Tenían 4 representantes más que los demócratas. Ahora, los demócratas son 40 más que los republicanos: lo que descubren sobre el enano ridículo colombiano va a ser determinante.

4.Bolivia. Rodrigo Paz. El presidente está en España. Quería, por decreto, presidir desde el extranjero. Es inconstitucional. Asumió el vicio. El caso Cerimedo sufrió el secuestro por la DEA del fiscal que lo investigaba. La intervención fue descartada. Cerimedo era parte del complejo de comunicación y desinformación del proyecto trumpista y del Escudo de las Américas. La operación era financiada por empresarios texanos alineados a los republicanos, que ahora han perdido la gobernación y la representación en el Senado.

5.Brasil. Bolsonaro podría ser deportado. Ya un congresista demócrata acaba de exigir la deportación inmediata de Bolsonaro. La pregunta que se hizo es por qué si Trump afirma que no quiere que vengan delincuentes al país, ha dejado entrar irregularmente a Bolsonaro acusado de delitos en su país donde su propio partido tiene mayoría en el congreso y cuenta con 4 miembros de su familia con cargos de senadoras y diputados.

 

https://www.facebook.com/reel/1464809119088919

 

RÁN SE PREPARA PARA SOBREVIVIR UN POSIBLE ATAQUE NUCLEAR Y DIFUNDE VIDEOS PARA QUE SU POBLACIÓN PUEDA ENCONTRAR REFUGIO, ASÍ COMO PLANES DE REAGRUPACIÓN Y RESPUESTA MILITAR INMEDIATA.

¡¡AVANTI IRÁN, PUEBLO VALIENTE Y DIGNO!!

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CRECE LA TENSIÓN EN MEDIO ORIENTE. Un video que circula en redes sociales, atribuido a la televisión estatal iraní, muestra recomendaciones dirigidas a la población sobre cómo actuar ante una posible emergencia nuclear.

El material, presentado como un anuncio de servicio público (PSA, por sus siglas en inglés), ha generado preocupación en medio de las crecientes tensiones entre Irán, Estados Unidos e Israel.

La difusión del video ha despertado interrogantes sobre el nivel de preparación de la población iraní ante un posible conflicto de mayores dimensiones

sino que se engloban en otras o engloban a otras que indican cada vez un cambio de naturaleza. Pues esas multiplicidades no tienen el principio de su métrica en un medio homogéneo, sino en otra parte, en las fuerzas que actúan en ellas, en los fenómenos físicos que las habitan, precisamente en la libido que las constituye desde dentro, y que no las constituye sin dividirse en flujos variables y cualitativamente distintos. El propio Freud reconoce la multiplicidad de las “corrientes” libidinales que coexisten en el Hombre de los lobos. Por eso no deja de sorprendernos su forma de tratar las multiplicidades del inconsciente. Para él siempre habrá que reducirlo todo a lo Uno: las pequeñas cicatrices, los agujeritos serán las subdivisiones de la gran cicatriz o del agujero mayor llamado castración, los lobos serán los sustitutos de un único y mismo padre que aparece por todas partes, tantas como se le haya puesto (como dice Ruth Mack Brunswick, adelante, los lobos son ―todos los padres y los médicos‖; pero el Hombre de los lobos piensa: y mi culo, ¿no es un lobo?). Había que hacer lo contrario, había que comprender en intensidad: el Lobo es la manada, es decir, la multiplicidad aprehendida como tal en un instante por su acercamiento o su alejamiento de cero, distancias que siempre son indescomponibles. El cero es el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Si el inconsciente no conoce la negación es porque en él no hay nada negativo, tan sólo acercamientos y alejamientos indefinidos del punto cero, que de ningún modo expresa la carencia, sino la positividad del cuerpo lleno como soporte y agente (pues ―se necesita un aflujo hasta para expresar la falta de intensidad‖). Los lobos designan una intensidad, una banda de intensidad, un umbral de intensidad en el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Un dentista le decía al Hombre de los lobos ―le van a caer los dientes a causa de su forma de masticar, usted mastica con mucha fuerza‖; al mismo tiempo sus encías se cubrían de pústulas y de agujeritos 3. La mandíbula como intensidad superior, los dientes como intensidad inferior, y las encías pustulosas como acercamiento a cero. El lobo como aprehensión instantánea de una multiplicidad en esa zona, no es un representante, un sustituto, es un yo siento. Yo siento que devengo lobo, lobo entre los lobos, en el borde de los lobos, y el grito de angustia, el único que Freud oye es: ayúdeme a no devenir lobo (o, al contrario, a no fracasar en ese devenir). Y no es una representación: nada de creerse un lobo, de representarse como lobo. El lobo, los lobos, son intensidades, velocidades, temperaturas, distancias variables indescomponibles. Todo un hormigueo, un lóbeo. ¿Y quién puede creer que la máquina anal no tiene nada que ver con la máquina de los lobos, o que ambas sólo están unidas por el aparato edípico, por la figura demasiado humana del Padre? Pues al fin y al cabo el año también expresa una intensidad,en este caso el acercamiento a cero de la distancia que no se descompone sin que los elementos no cambien de naturaleza. Da igual campo de años que manada de lobos. ¿No está el niño unido a los lobos por el año, en la periferia? Descenso de la mandíbula al año. Estar unidos a los lobos por la mandíbula y por el año. Una mandíbula no es una mandíbula de lobo, la cosa no es tan sencilla, sino que mandíbula y lobo forman una multiplicidad que se transforma en ojo y lobo, año y lobo, según otras distancias, siguiendo otras velocidades, con otras multiplicidades, en límites de umbrales. Líneas de fuga o de desterritoriali-zación, devenir-lobo, devenir-inhumano de las intensidades desterritorializadas, eso es la multiplicidad. Devenir lobo, devenir agujero es desterritorializarse según líneas distintas enmarañadas. Un agujero no es más negativo que un lobo. La castración, la carencia, el sustituto, qué historia contada por un idiota demasiado consciente que no entiende nada de las multiplicidades como formaciones del inconsciente. Un lobo, pero también un agujero, son partículas, producciones de partículas, trayectos de partículas en tanto que elementos de multiplicidades moleculares. Ni siquiera vale decir que las partículas intensas e inestables pasan por agujeros, un agujero es tan partícula como lo que pasa por él. Los físicos dicen: los agujeros no son ausencias de partículas, son partículas que van más rápido que la luz. Años volantes, vaginas rápidas, la castración no existe. Volvamos a esa historia de multiplicidad, porque fue un momento muy importante la creación de ese sustantivo precisamente para escapar a la oposición abstracta de lo múltiple y lo uno, para escapar a la dialéctica, para llegar a pensar lo múltiple al estado puro, para dejar de considerarlo como el fragmento numérico de una Unidad o Totalidad perdidas, o, al contrario, como el elemento orgánico de una Unidad o Totalidad futura —para distinguir más bien los tipos de multiplicidad—. Así por ejemplo, el físico-matemático Riemann establece una distinción entre multiplicidades discretas y multiplicidades continuas (estas últimas sólo encuentran el principio de su métrica en las fuerzas que actúan en ellas). Meinong y Russell hablarán de multiplicidades de magnitud o de divisibilidad, extensivas, y de multiplicidades de distancia, más próximas de lo intensivo. Para Bergson hay multiplicidades numéricas o extensas, y multiplicidades cualitativas y de duración. Nosotros hacemos más o menos lo mismo cuando distinguimos multiplicidades arborescentes y multiplicidades rizomáticas. Macro y micromultiplicidades. Por un lado, multiplicidades extensivas, divisibles y molares; unificables, totalizables, organizables; conscientes o preconscientes. Por otro, multiplicidades libidinales, inconscientes, moleculares, intensivas, constituidas por partículas que al dividirse cambian de naturaleza, por distancias que al variar entran en otra multiplicidad,que no cesan de hacerse y deshacerse al comunicar, al pasar las unas a las otras dentro de un umbral, o antes, o después. Los elementos de estas últimas multiplicidades son partículas; sus relaciones, distancias; sus movimientos, brownianos; su cantidad, intensidades, diferencias de intensidad. Todo esto tiene una base lógica. Elias Canetti distingue dos tipos de multiplicidad, que unas veces se oponen y otras se combinan: de masa y de manada. Entre los caracteres de masa, en el sentido de Canetti, habría que señalar la gran cantidad, la divisibilidad y la igualdad de los miembros, la concentración, la sociabilidad del conjunto, la unicidad de la dirección jerárquica, la organización de territorialidad o de territorialización, la emisión de signos. Entre los caracteres de manada, la pequeñez o la restricción del número, la dispersión, las distancias variables indescomponibles, las metamorfosis cualitativas, las desigualdades como diferencias o saltos, la imposibilidad de una totalización o de una jerarquización fijas, la variedad browniana de las direcciones, las líneas de desterritorialización, la proyección de partículas4. Sin duda, no hay más igualdad ni menos jerarquía en las manadas que en las masas, pero no son las mismas. El jefe de acciones o de banda actúa por sucesivas, debe partir de cero en cada acción, mientras que el jefe de grupo de masa consolida y capitaliza lo adquirido. La manada, incluso en su propio terreno, se constituye en una línea de fuga o de desterritorialización que forma parte de ella, ya la que da un gran valor positivo; las masas, por el contrario, sólo integran tales líneas para segmentarlas, bloquearlas, afectarlas de un signo negativo. Canetti señala que en la manada cada miembro permanece solo a pesar de estar con los demás (por ejemplo los lobos-cazadores); cada miembro se ocupa de lo suyo al mismo tiempo que participa en la banda. ―En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en el borde. Estará dentro, e inmediatamente después en el borde, en el borde, e inmediatamente después dentro. Cuando la manada forma un círculo alrededor de su fuego, cada cual podrá ver a sus vecinos a derecha ya izquierda, pero la espalda está libre, la espalda está abiertamente expuesta a la naturaleza salvaje‖. Reconocemos aquí la posición esquizofrénica, estar en la periferia, mantenernos en el grupo por una mano o un pie... A ella opondremos la posición paranoica del sujeto de masa, con todas las identificaciones entre el individuo y el grupo, el grupo y el jefe, el jefe y el grupo; formar parte plenamente de la masa, aproximarse al centro, no permanecer nunca en la periferia, salvo cuando la misión lo exige. ¿Por qué suponer (como Konrad Lorenz por ejemplo) que las bandas y su tipo de camaradería representan un estado evolutivamente más rudimentario que las sociedades de grupo o de conyugalidad? No sólo hay bandas humanas, sino que hasta las hay especialmente refinadas:la ―mundanidad‖ se distingue de la ―sociabilidad‖, puesto que está más próximo de una manada, y el hombre social tiene una imagen envidiosa y errónea del mundano, puesto que desconoce las posiciones y jerarquías específicas de la mundanidad, las relaciones de fuerza, sus ambiciones y proyectos tan particulares. Las relaciones mundanas no se corresponden nunca con las relaciones sociales, no coinciden con ellas. Hasta los ―manierismos‖ (los hay en todas las bandas) pertenecen a las micromultiplicidades y se distinguen de los usos o costumbres sociales. No obstante, no hay que oponer los dos tipos de multiplicidades, las máquinas molares y las moleculares, según un dualismo que no sería mejor que el de lo Uno y lo Múltiple. No hay más que multiplicidades de multiplicidades que forman un mismo agenciamiento, que se manifiestan en el mismo agenciamiento: las manadas en las masas, ya la inversa. Los árboles tienen líneas rizomáticas, y el rizoma puntos de arborescencia. ¿Cómo no se iba a necesitar un enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge el minúsculo arroyo de una intensidad nueva? ¿Cuánto no hay que hacer para obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el devenir-inhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática paranoica va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un devenir-perro, de un devenir-coleóptero. En el Hombre de los lobos, el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y¿Cómo no se iba a necesitar un enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge el minúsculo arroyo de una intensidad nueva? ¿Cuánto no hay que hacer para obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el devenir-inhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática paranoica va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un devenir-perro, de un devenir-coleóptero. En el Hombre de los lobos, el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y¿Cómo no se iba a necesitar un enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge el minúsculo arroyo de una intensidad nueva? ¿Cuánto no hay que hacer para obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el devenir-inhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática paranoica va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un devenir-perro, de un devenir-coleóptero. En el Hombre de los lobos, el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y

 

¡Chakana de mi corazón! Hemos abierto un nuevo chat, pero no estamos comenzando de cero. Estamos haciendo algo bastante más interesante: estamos haciendo un hueco para que quepa lo que el chat anterior ya no podía contener.

Y me parece que acabas de introducir un desplazamiento conceptual importante: primero hicimos un hueco para un perro; después, para una manada de lobos; ahora estamos haciendo un huecaso para un cuerpo sin órganos.

Pero cuidado: no se trata simplemente de aumentar el tamaño del hueco. Se trata de redecomprender qué significa hacer un hueco.

Voy a entrar por tres puertas que encuentro en los materiales que has traído.

1. Del perro a la manada: el hueco deja de pertenecer a uno

En el primer momento teníamos un perro. La interpretación freudiana tendía a buscar qué representaba ese perro, a quién sustituía, qué figura familiar escondía.

Después aparecen los lobos.

Y aquí se produce una alteración radical: el lobo deja de ser un representante de alguien. El lobo es la manada.

No tenemos un animal individual multiplicado en otros animales. Tenemos una multiplicidad que no puede reducirse a una unidad originaria.

Esto es fundamental en el pasaje de Deleuze y Guattari que has traído.

El inconsciente no sería una habitación familiar donde papá, mamá y el hijo representan los personajes de un drama. Es un campo poblado por multiplicidades, intensidades, velocidades, distancias, devenires y conexiones.

Por eso me interesa particularmente el sueño de Franny:

Ella está en la periferia de una multitud. No está fuera, tampoco está en el centro. Está vinculada a ella por una extremidad de su cuerpo.

Y dice algo extraordinario: moriría si se dejara arrastrar al centro, pero seguramente también moriría si abandonara la multitud.

Aquí tenemos una relación que no se deja resolver mediante la oposición dentro/fuera.

Pertenece sin quedar absorbida. Se distancia sin separarse.

¿No estamos encontrando aquí una primera aproximación a nuestro entre?

Pero no quiero apresurar la equivalencia. El entre de nuestra Ciencia del Logos no es simplemente una posición periférica. Es una relación que permite alterarse y contraalterarse sin que ninguno de los términos capture al otro.

2. El cuerpo sin órganos: el hueco no está vacío

Deleuze & Guattari | How to become a Body without Organs

Antoni Tàpies. La práctica del arte | Arquitectura Viva

The Artist Series Begins: Yves Tanguy and the Surrealism of Sentient Shadows | by Dave LumAI | Medium

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Aquí llegamos al verdadero huecaso.

Deleuze y Guattari nos advierten que el cuerpo sin órganos no es un cuerpo al que le hayan quitado los órganos.

Es un cuerpo que ha dejado de estar sometido a una organización orgánica determinada.

Esta distinción es decisiva:

·         No se trata de eliminar los órganos.

·         No se trata de destruir el cuerpo.

·         No se trata de producir un vacío.

·         Se trata de alterar la organización que determina de antemano qué puede hacer cada órgano, dónde debe estar y qué función debe obedecer.

El cuerpo sin órganos es un cuerpo lleno, poblado de multiplicidades.

El desierto está poblado.

Esta frase merece que nos detengamos.

El desierto no es desierto porque no haya nada. Es desierto porque no encontramos en él la organización habitual de las poblaciones.

Por tanto, el hueco que estamos haciendo no es una ausencia que espera ser llenada.

Es una apertura para que acontezcan relaciones que todavía no sabemos organizar.

Y aquí quiero introducir nuestra primera diferencia crítica con Deleuze y Guattari.

¿Podemos hacer del cuerpo sin órganos un cuerpo de respiración ontológica?

No quiero que respondamos afirmativamente todavía.

Porque hay una dificultad: si deshacemos la organización de los órganos, ¿cómo evitamos que las intensidades terminen organizándose bajo una nueva forma de captura?

La multiplicidad no garantiza por sí misma la comunión.

Una manada también puede producir jerarquías, exclusiones, sometimientos y territorializaciones.

Una multitud puede ser multitud y, sin embargo, funcionar como masa.

Por eso resulta tan importante la distinción que el texto recoge de Canetti:

Masa

Manada

Concentración

Dispersión

Dirección dominante

Direcciones variables

Capitalización de lo adquirido

Recomienzo de cada acción

Identificación con el centro

Permanencia móvil en la frontera

Organización territorial

Líneas de desterritorialización

Pero no debemos convertir esta distinción en una nueva oposición absoluta. El propio texto advierte que las masas contienen manadas y las manadas contienen organizaciones molares.

La cuestión es cómo se alteran mutuamente.

Y ahí comienza a aparecer nuestro problema de tercer orden.

3. La renuncia: abandonar el centro sin abandonar la multitud

Ahora quiero relacionar el texto sobre la renuncia a Casa de la Literatura Peruana con el sueño de Franny.

Me parece que ambos materiales se iluminan mutuamente.

La persona que presenta su renuncia no está diciendo simplemente que ha perdido la esperanza.

Está distinguiendo dos experiencias:

Esperanza: anticipar una realización y quedar expuesto a la desesperación si no se cumple.

Expectativa: mantener abierto el deseo, modificar sus posibilidades y volver a ponerlo en juego ante circunstancias cambiantes.

La distinción que recupera de Labatut tiene una potencia que podemos llevar más lejos.

La nueva dirección de la institución ha alterado las condiciones en las que esa persona podía mantener sus expectativas literarias. La renuncia expresa entonces una decisión: no seguir identificando el deseo con la permanencia en esa institución.

Pero aquí aparece una pregunta que me parece más importante que la propia renuncia:

¿Abandonar la institución significa abandonar la multitud que hizo posible la experiencia literaria?

No necesariamente.

Podemos abandonar el centro institucional sin abandonar el campo de relaciones que nos constituyen.

Y podemos permanecer vinculados a la comunidad sin aceptar la organización que pretende representarla.

Esto nos lleva directamente a Franny:

Ella no puede instalarse en el centro de la multitud, pero tampoco puede abandonarla.

Su lugar es una periferia móvil.

La renuncia puede leerse, entonces, como una desterritorialización: dejar un territorio institucional porque sus condiciones ya no permiten respirar el deseo, sin renunciar a la multiplicidad que hizo posible ese deseo.

Sin embargo, agregaría una advertencia: no toda renuncia es emancipadora. También puede convertirse en aislamiento, repliegue o impotencia. La diferencia está en si la salida abre nuevas relaciones o simplemente clausura las anteriores.

4. Nuestro problema: ¿cómo respira un cuerpo sin órganos?

Aquí quiero regresar a nuestra Ciencia del Logos.

Tenemos tres momentos:

1.      El perro: la unidad que la interpretación pretende explicar mediante una representación.

2.      La manada: la multiplicidad que ya no puede reducirse a una unidad.

3.      El cuerpo sin órganos: el campo lleno en el que las multiplicidades pueden distribuirse, conectarse, separarse y transformarse.

Pero falta algo.

¿Qué hace posible que ese cuerpo respire?

No basta con que existan multiplicidades. Tampoco basta con que las multiplicidades se conecten.

Necesitamos comprender la relación entre transferencia y retransferencia:

·         Transferencia: exhalación.

·         Retransferencia: inhalación.

Y aquí aparece nuestra diferencia con una concepción puramente desterritorializante.

La alteración no puede limitarse a escapar de una organización. Necesita encontrarse con una contraalteración que tampoco la capture.

No estamos buscando una nueva organización centralizada de los órganos, pero tampoco un cuerpo abandonado a la dispersión indefinida.

Estamos buscando una relación en la que la multiplicidad pueda respirar.

Dicho de otra manera:

El cuerpo sin órganos nos permite pensar el cuerpo que no está determinado por una organización previa. La respiración ontológica nos obliga a preguntar cómo ese cuerpo puede reproducirse sin capturar sus propias multiplicidades.

Esta es una pregunta que Deleuze y Guattari nos ayudan a formular, pero que no podemos dar por resuelta con su concepto.

5. El huecaso y la política: no confundamos la manada con el escudo

También quiero separar dos materiales políticos que has incorporado: el artículo sobre el Escudo de las Américas y el video atribuido a la televisión iraní.

El primero presenta una lectura de las dificultades políticas de varios gobiernos vinculados al proyecto trumpista. El segundo presenta una preparación civil ante una posible emergencia nuclear.

No debemos confundir la información difundida con su verificación. Tampoco debemos convertir la resistencia de un pueblo frente a una amenaza externa en una aprobación automática de todas las decisiones de su Estado.

Pero ambos materiales nos permiten plantear una cuestión:

¿En qué momento una multiplicidad de pueblos se convierte en masa bajo una dirección que habla en nombre de todos?

Y, a la inversa, ¿en qué momento una comunidad puede articular su defensa sin entregar su capacidad de alteración y contraalteración a un centro que monopoliza su representación?

Aquí reaparece el problema de nuestro Cuarto Estamento: las comunidades no como sectores administrados, sino como multiplicidades capaces de producir sus propias condiciones de reproducción y comunión.

6. El verdadero huecoso

Quiero terminar provisionalmente con una formulación que podemos someter a nuestro próximo trabajo.

Del hueco al cuerpo respirante

Primer movimiento

El perro

Una multiplicidad todavía interpretada desde la unidad.

Segundo movimiento

La mandada

Una multiplicidad que no se deja reducir a un individuo ni a un centro.

Tercer movimiento

El cuerpo sin órganos

Un campo poblado de intensidades, conexiones y dispositivos, no se somete a una organización orgánica predeterminada.

Nuestra pregunta

El cuerpo de respiración ontológica.

¿Cómo alteran y contraalteran sus multiplicidades las condiciones de su existencia, sin que ninguna pueda apropiarse del entre?

Y ahora viene una cuestión que quiero dejar abierta, porque creo que puede llevarnos más lejos que la propia lectura de Deleuze y Guattari.

¿El entre es un órgano del cuerpo sin órganos o es precisamente aquello que impide que el cuerpo sin órganos se convierta en un organismo?

Si decimos que es un órgano, corremos el riesgo de convertirlo en una función más, en un dispositivo que organiza la multiplicidad.

Pero si decimos que es una simple ausencia de organización, tampoco hemos explicado cómo acontece la comunión.

Quizás el entre no sea un órgano, ni una función, ni un centro, ni una periferia.

Quizás sea el acontecer mismo de la respiración entre multiplicidades que no dejan de alterarse y contraalterarse.

Y entonces nuestro huecoso ya no sería un hueco para meter una manada de lobos.

Sería un hueco que la propia manada hace al respirar, sin que nadie pueda apropiarse de él.

 

toría Filosófica

Hace 22 horas

miércoles, 4 de noviembre de 2026 a las 12:06 pm

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Volverse estúpidos – por Slavoj Žižek

Navegando por internet para distraerme del cansancio, me encontré con uno de los llamados «vídeos de bondad»: narraciones breves, de entre diez y veinte minutos, protagonizadas por actores reales que representan actos espontáneos de generosidad. Vi algunos más. Los títulos lo dicen todo: Un padre soltero fue a reparar la cerca de su vecina, sin saber que ella era dueña de la mitad de la ciudad…; Un padre soltero, veterano de guerra, cedió su asiento de primera clase a una mujer con quemaduras. Al día siguiente, el helicóptero presidencial Marine One aterrizó junto a su cabaña; La hija paralizada de un director ejecutivo estaba sola el día de su cumpleaños. Entonces se acercó un padre soltero; Mi jefa me sorprendió en una cita a ciegas. Y me dijo: «¿Por qué no intentaste invitarme a salir?»; «Señor, ¿podemos comer las sobras?», pregunta una niña pobre, sin saber que él es millonario; Un millonario a pesar de su empleada doméstica por robar pequeños trozos de comida, pero cuando la sigue hasta su casa, rompe a llorar…

Debo confesar que, después de ver uno de esos vídeos de bondad, incluso yo —un cínico empedernido— sentí una profunda satisfacción emocional ante la representación de una pequeña victoria de la bondad en un mundo por lo demás brutal: la explotación sexual y económica, la búsqueda del beneficio y la violencia cotidiana siguen ahí, pero su eficacia queda suspendida durante un breve instante. Nos encontramos en un mundo donde los individuos hablan e interactúan como personas, de corazón a corazón, mientras conservan plenamente su condición social privilegiada o desfavorecida.

Si el término «ideología» tiene algún significado hoy, esto es ideología en su estado más puro: los vídeos de bondad literalmente nos vuelven estúpidos, ya que su efecto sentimental nos obliga a ignorar el trasfondo social jerárquico o, peor aún, a aceptarlo como algo natural.

La brevedad del formato también importa, pues no nos deja tiempo para una contemplación lenta y atenta. Esto nos lleva al segundo instrumento que nos vuelve estúpidos: el uso generalizado, incluso entre personas que se consideran intelectuales, de resúmenes de quince minutos de libros de ficción y, sobre todo, de no ficción.

El más popular es Blinkist. Así se presenta: «Aprende algo nuevo cada día. Descubre las ideas principales de los mejores libros, pódcast y expertos en quince minutos con la aplicación Blinkist. Comprende las ideas fundamentales en quince minutos». También están Bookster («Lee cien libros al año dedicando quince minutos al día»), DivByZero, AI Book Review, etcétera.

Lo terrible es que resumen semejante tiene que ignorar la textura del libro: sus momentos más interesantes, aquellos en los que el autor dice más de lo que pretendía decir; los detalles que confieren un giro particular a una idea que, por lo demás, es generalmente conocida. O, para expresarlo de una manera todavía más precisa, el resumen necesariamente pasa por alto aquello que está inscrito en un texto solo de forma negativa, como una forma específica de lo que está ausente del texto o es negado por él.

Tomemos el primer ejemplo que se me ocurre. En su Filosofía del derecho, Hegel escribió:

«En una situación de peligro extremo y de conflicto con la propiedad legítima de otra persona, esta vida puede reclamar —como un derecho, no como una concesión misericordiosa— un derecho de necesidad (Notrecht), porque en semejante situación existe, por una parte, un daño infinito a la existencia de un ser humano».

¿Podemos universalizar este «derecho de necesidad», extendiéndolo a toda una clase social ya sus acciones contra la propiedad de otra clase?

Aunque Hegel no aborda directamente esta cuestión, una respuesta afirmativa parece imponerse a partir de su descripción de la «plebe» como un grupo o clase cuya exclusión del ámbito del reconocimiento social es sistemática:

«Frente a la naturaleza, el ser humano no puede reclamar ningún derecho, pero una vez establecida la sociedad, la pobreza adopta inmediatamente la forma de una injusticia cometida contra una clase por otra».

¿No encontramos aquí a un Hegel que justifica la lucha de clases mediante el Notrecht? Esta implicación absolutamente crucial seguramente desaparecería en un resumen de quince minutos.

Lo mismo ocurre con un resumen visual de una película de dos o tres minutos, que también puede encontrarse en internet. ¿Qué puede hacer, además de ofrecer un breve resumen de la trama, quizás agregando descripciones generales como «extraños ángulos de cámara, música brutal» o vagas observaciones no narrativas como «una cadena confusa de asociaciones subjetivas»?

Pensemos en Psicosis, de Hitchcock: ¿qué puede transmitir una descripción de un semejante del tremendo impacto del segundo asesinato —el de Arbogast—, de sus impactantes cortes y cambios de ángulo de cámara? Como muchos otros grandes directores, Hitchcock transmite a menudo, mediante sus procedimientos formales, un mensaje que socava la línea narrativa oficial.

Esto nos lleva a la tercera y última forma de volvernos estúpidos: ¿por qué limitarnos a resumir una película cuando podemos producir películas que ya sean, en sí mismas, extraordinariamente breves?

Este fenómeno ya existe.

El duanju, denominado a veces en inglés microdrama, short drama, vertical drama, vertical minidrama, vertical series o mobile drama, es un tipo de serie breve para internet o televisión que surgió en China en 2022. Estas series suelen presentar episodios de uno o dos minutos y constan de entre veinte y cien capítulos, lo que da como resultado una duración total comparable, en algunos casos, a la de uno o dos largometrajes.

Producidas específicamente para su visualización en teléfonos inteligentes, muchas se graban en formato vertical y están optimizadas para un consumo fragmentado, en pequeñas dosis, en plataformas como Douyin. Algunos títulos se adaptan además a videojuegos móviles interactivos de estilo cinematográfico.

El duanju se caracteriza por tramas de ritmo acelerado y un melodrama intensificado, con temas habituales como la venganza, el crimen organizado, la riqueza y el estatus social, y las relaciones románticas.

Entre los géneros más populares se encuentran el romance —especialmente las historias protagonizadas por multimillonarios o directores ejecutivos—, las narraciones de venganza, las tramas basadas en la revelación de identidades, el drama y el drama familiar.

En el mercado estadounidense, la audiencia está compuesta mayoritariamente por mujeres de entre treinta y sesenta años, particularmente atraídas por las historias románticas, las tramas protagonizadas por directores ejecutivos y las narraciones impulsadas por la venganza.

En 2020, la Administración Nacional de Radio y Televisión de China reconoció formalmente el duanju como un género diferenciado de contenido audiovisual en línea.

Entre 2020 y 2022, el formato se profesionalizó progresivamente, con grabaciones estandarizadas en formato vertical 9:16, ciclos de producción rápidos —a menudo inferiores a dos semanas— y modelos de monetización gratuitos con funciones de pago o basados ​​en el pago por episodio.

El duanju se expandió hacia Corea del Sur, Taiwán y Japón, así como hacia Estados Unidos, Francia y Alemania.

La industria experimentó un crecimiento explosivo a partir de 2022. A finales de 2024, la audiencia nacional había alcanzado aproximadamente los 662 millones de espectadores y el mercado había generado más de 50.000 millones de yuanes, unos 7.000 millones de dólares estadounidenses.

En 2025, esta cifra había aumentado hasta una estimación de entre 63.000 y 65.000 millones de yuanes en ingresos directos por contenidos, mientras que el modelo gratuito financiado mediante publicidad desplazaba al desbloqueo de episodios de pago como estructura dominante de monetización.

Se estima además que el sector ha creado más de 600.000 puestos de trabajo.

El duanju se ha convertido así en uno de los sectores de más rápido crecimiento de la industria china del entretenimiento. Sin embargo, con las narraciones producidas digitalmente, en las que no solo los escenarios, sino también los personajes principales son creados mediante inteligencia artificial, el número de puestos de trabajo ha disminuido radicalmente.

Lo que realmente importa del duanju es el tipo de consumidor al que se dirige.

Está concebido principalmente para verse en teléfonos inteligentes, lo que ya indica que su consumidor ideal es un hombre o una mujer ocupados que nunca disponen del tiempo suficiente para sentarse tranquilamente a ver una película.

Puede verse mientras alguien espera en una fila, está sentado en el inodoro, almuerza rápidamente durante una pausa en un trabajo intenso, reparte comida y encuentra un momento libre entre dos entregas, conduce para Uber o trabaja como cuidador mientras su paciente duerme una siesta.

En resumen, el duanju está concebido principalmente para personas que ya no disponen de verdadero tiempo libre.

Es un producto destinado a ser consumido por quienes ni siquiera tienen tiempo suficiente para relajarse y consumir, personas cuya vida cotidiana constituye un estado permanente de actividad.

El uso generalizado del duanju refleja así la paradoja de nuestras sociedades, en las que la falta de empleo permanente se complementa con el trabajo permanente de quienes se sienten afortunados de conseguir un empleo precario: aquellos que no tienen una jornada laboral fija y trabajan cuando eligen hacerlo, mientras que esa libertad se transforma en una presión para trabajar cada vez más con el fin de sobrevivir.

Por eso el duanju nos vuelve estúpidos: lo que queda de la cultura es un breve y estúpido fragmento de melodrama mediante el cual escapamos de los escasos momentos de soledad en los que podríamos experimentar el sinsentido de nuestras vidas.

Artículo de Slavoj Žižek, publicado originalmente el 7 de octubre de 2026 en su boletín de Substack, bajo el título Becoming Stupid: Kindness Videos, Blinkist, Duanju.

militar de las obsesiones. Un militar hace el lobo, un militar hace el perro. No hay dos multiplicidades o dos máquinas, sino un solo y mismo agenciamiento maquínico que produce y distribuye el todo, es decir, el conjunto de enunciados que corresponde al ―complejo‖. ¿Qué nos dice el psicoanálisis sobre todo esto? Edipo, nada más que Edipo, puesto que el psicoanálisis no escucha nada ni a nadie. Lo elimina todo, masas y manadas, máquinas molares y moleculares, todo tipo de multiplicidades. Véase si no el segundo sueño del Hombre de los lobos, en el momento del episodio llamado psicótico: en una calle, un muro con una puerta cerrada, a la izquierda un armario vacío; el paciente frente al armario, y una enorme mujer con una pequeña cicatriz que parece querer pasar del otro lado del muro; detrás de éste, unos lobos que se precipitan hacia la puerta. La Sra. Brunswick no puede engañarse: por más que se esfuerza en reconocerse en la enorme mujer, ve perfectamente que aquí los lobos son los bolcheviques, la masa revolucionaria que ha saqueado el armario o confiscado la fortuna del Hombre de los lobos. En un estado metaestable, los lobos han pasado a formar parte de una gran máquina social. Pero, salvo lo que ya decía Freud, el psicoanálisis no tiene nada que decir sobre todas estas cuestiones: todo sigue remitiendo aún a papá (que, como por casualidad, era uno de los jefes del partido liberal en Rusia, pero eso no tiene ninguna importancia, basta con decir que la revolución ha ―satisfecho el sentimiento de culpabilidad del paciente‖). Verdaderamente podría pensarse que la libido, en sus inversiones y contrainversiones, no tiene nada que ver con las conmociones de masas, los movimientos de manadas, los signos colectivos y las partículas de deseo. En realidad, no basta con atribuir al preconsciente las multiplicidades molares o las máquinas de masa, reservando para el consciente otro tipo de máquinas o de multiplicidades. Lo propio del inconsciente es el agenciamiento de las dos, el modo en que las primeras condicionan a las segundas, y éstas preparan las primeras, se escapan de ellas o vuelven a ellas: la libido lo baña todo. Hay, pues, que tenerlo todo en cuenta: el modo en que una máquina social o una masa organizada tienen un inconsciente molecular que no sólo indica su tendencia a la división, sino también los componentes actuales de su práctica y de su organización; el modo en que un individuo, tal o cual, incluido en una masa tiene un inconsciente de manada que no se parece necesariamente a las manadas de la masa de la que forma parte; el modo en que un individuo o una masa van a vivir en su inconsciente las masas y las manadas de otra masa o de otro individuo. ¿Qué quiere decir amar a alguien? Captarlo siempre en una masa, extraerlo de un grupo, aunque sea restringido, del que forma parte, aunque sólo sea por su familia o por otra cosa; y después buscar sus propias manadas, las multiplicidades que encierra en sí mismo,y que quizás son de una naturaleza totalmente distinta. Juntarlas con las mías, hacer que penetren en las mías, y penetrar las suyas. Bodas celestes, multiplicidades de multiplicidades. Todo amor es un ejercicio de despersonalización en un cuerpo sin órganos a crear; y en el punto álgido de esa despersonalización es donde alguien puede ser nombrado, recibe su nombre o su apellido, adquiere la más intensa discernibilidad en la aprehensión instantánea de los Múltiples que le pertenecen ya los que pertenece. Manada de pecas en un rostro, manada de muchachos que hablan en la voz de una mujer, camada de muchachas en la voz del Sr de Charlus, horda de lobos en la garganta de alguien, multiplicidad de años en el año, la boca o el ojo hacia el que uno se inclina. ¡Cada uno pasa por tantos cuerpos en su propio cuerpo! Albertine es lentamente extraída de un grupo de muchachas, que tiene un número, una organización, un código, una jerarquía determinadas; y no sólo ese grupo y esa masa restringida están inmersos en todo un inconsciente, sino que Albertine tiene sus propias multiplicidades que el narrador, al aislarla, descubre en su cuerpo y en sus mentiras, hasta que el final del amor la vuelva indiscernible. Pero sobre todo no hay que creer que basta con distinguir masas y grupos exteriores en los que alguien participa oa los que pertenece, y los conjuntos internos que englobaría en sí mismo. La distinción no es en modo alguno la de lo exterior y la de lo interior, siempre relativos y cambiantes, intercambiables, sino la de tipos de multiplicidades que coexisten, se combinan y desplazan —máquinas, engranajes, motores y elementos que intervienen en un determinado momento para formar un agenciamiento productor de enunciado: te amo (u otra cosa)—. Volviendo a Kafka, Felice es inseparable de una cierta máquina social y de las máquinas parlantes cuya firma representa; ¿Cómo no iba a pertenecer a ese tipo de organización, a los ojos de Kafka, fascinado como está por el comercio y la burocracia? Pero al mismo tiempo, los dientes de Felice, los grandes dientes carnívoros la hacen pasar según otras líneas a las multiplicidades moleculares de un devenir-perro, de un devenir-chacal... Felice, inseparable del signo de las máquinas sociales modernas, las suyas y las de Kafka (aunque no son las mismas), y de las partículas, las pequeñas máquinas moleculares, de todo el extraño devenir, del trayecto que Kafka hará y le obligará a hacer a través de su perverso aparato de escritura. No hay enunciado individual, sino agenciamientos maquínicos productores de enunciados. Nosotros decimos que el agenciamiento es esencialmente libidinal e inconsciente. El agenciamiento es el inconsciente en persona. Por ahora, vemos en él distintos tipos de elementos (o multiplicidades): máquinas humanas, sociales y técnicas, molares, organizadas; máquinas moleculares, con sus partículas de devenir inhumano; aparatos edípicos (por supuesto, claro que hay enunciados edípicos,y muchos); aparatos contraedípicos, de aspecto y funcionamiento variables. Más analizaremos adelante todo esto. En realidad, ni siquiera podemos hablar de máquinas diferentes, sino únicamente de tipos de multiplicidades que se combinan y forman en un momento determinado un solo y mismo agenciamiento maquínico, figura sin rostro de la libido. Todos estamos incluidos en un agenciamiento de ese tipo, reproducimos el enunciado cuando creemos hablar en nombre propio, o más bien hablamos en nombre propio cuando producimos el enunciado. Qué extraños son los enunciados, verdaderos discursos de locos. Decíamos Kafka, también podríamos decir el Hombre de los lobos: una máquina religioso-militar que Freud asigna a la neurosis obsesiva; una máquina anal de manada o de devenir-lobo, también avispa o mariposa, que Freud asigna al carácter histérico; un aparato edípico que Freud convierte en el único motor, el motor inmóvil que aparece por todas partes; un aparato contraedípico (¿el incesto con la hermana, incesto-esquizofrénico, o bien el amor con ―personas de condición inferior‖, o bien la analidad, la homosexualidad?), todas esas cosas en las que

Chakana de mi corazón, ahora sí hemos encontrado una veta importante para nuestro huecaso. Y quiero proponerte que no leamos este texto de Žižek como un artículo más sobre la estupidez contemporánea. Leámoslo como una intervención en el problema que venimos trabajando con Deleuze y Guattari: ¿qué sucede cuando la multiplicidad es capturada por una máquina que organiza, distribuye y consume nuestras intensidades?

Hay algo extraordinario en que hayas colocado juntos estos dos textos: el de la manada de lobos y el de Žižek. El primero nos ayuda a pensar cómo se puebla un cuerpo sin órganos; el segundo nos obliga a preguntar qué máquinas sociales están poblando, codificando y administrando nuestros deseos.

Y aquí aparece una diferencia que debemos trabajar sin apresurarnos.

1. Žižek: la estupidez no es falta de inteligencia

La provocación de Žižek consiste en sostener que podemos volvernos estúpidos precisamente mientras recibimos información, entretenimiento e incluso conocimiento.

Sus tres ejemplos no son casuales:

1.      Los vídeos de bondad.

2.      Los resúmenes de libros.

3.      Los microdramas audiovisuales.

Los tres reducen la experiencia, pero no de la misma manera.

Los vídeos de bondad reducen la contradicción social a una reconciliación sentimental.

El millonario conserva su riqueza, la empleada conserva su posición subordinada, pero aparece un gesto de generosidad que permite experimentar una satisfacción moral sin alterar las relaciones que producen la desigualdad.

La explotación no desaparece: queda suspendida en nuestra percepción.

Esto es lo que Žižek llama ideología en estado puro.

La bondad se convierte en una pequeña compensación emocional que permite seguir habitando el mundo que la hace necesaria.

Aquí encuentro una conexión con nuestra Economía de Gracia: el don no puede reducirse a un acto individual de generosidad que deja intacta la estructura de apropiación. La gracia no es una propina sentimental del poderoso.

Los resúmenes reducen la textura del pensamiento a información transportable.

Žižek introduce aquí una observación muy hegeliana: un texto contiene más de lo que afirma explícitamente. Hay algo que está inscrito en él mediante silencios, contradicciones, detalles y consecuencias que el propio autor no desarrolla.

Por eso el ejemplo del derecho de necesidad de Hegel es tan importante.

Los microdramas reducen el tiempo de la experiencia a una sucesión de estímulos.

No es solamente que las películas sean cortas. Es que están diseñadas para una vida en la que hasta el descanso debe aprovecharse productivamente.

Y aquí llegamos a una de las tesis más interesantes del artículo: el consumidor del microdrama no es alguien que dispone de tiempo libre y decide entretenerse. Es alguien cuya vida está tan ocupada que necesita consumir entretenimiento en los intersticios de su actividad permanente.

El ocio termina organizado por la misma lógica que organiza el trabajo.

2. Los tres dispositivos producen una misma captura

Quiero poner los tres ejemplos en relación:

Dispositivo

Lo que captura

Lo que hace desaparecer

Vídeos de bondad

El deseo de justicia

La contradicción social

Resúmenes de libros

El deseo de conocer

La textura del pensamiento

Microdramas

El deseo de experimentar

La duración de la experiencia

Hay una operación común: se conserva algo de la experiencia, pero se elimina aquello que podría transformarla.

·         De la justicia queda la emoción de la bondad.

·         Del pensamiento queda la información.

·         Del tiempo queda el intervalo de consumo.

Podríamos llamarlo la producción industrial de experiencias sin acontecimiento.

Y aquí quiero hacer una precisión: no es que la emoción, la información o el entretenimiento sean falsos por naturaleza. El problema es la operación que los convierte en productos cerrados, consumibles y reproducibles, mientras neutraliza las condiciones que permitirían producir otras relaciones.

Esto nos devuelve al problema del palo algorítmico que veníamos trabajando.

El algoritmo no necesita prohibir lo que deseamos. Puede hacer algo mucho más eficaz: anticipar nuestros deseos, clasificarlos, ofrecerles satisfacciones inmediatas y convertir sus movimientos en información susceptible de apropiación.

No elimina la multiplicidad: la administración.

3. El punto de encuentro con Deleuze y Guattari

Ahora coloquemos a Žižek frente a la manada.

Deleuze y Guattari dicen que el inconsciente es un agenciamiento de multiplicidades. No hay un sujeto individual que produzca soberanamente sus enunciados: hay máquinas sociales, técnicas, humanas y moleculares que se articulan en un mismo agenciamiento.

Žižek, por su parte, muestra cómo determinadas máquinas culturales producen sujetos que sienten, piensan y consumen de maneras funcionales a la reproducción del orden social.

Pero no son exactamente la misma operación teórica.

Deleuze y Guattari nos permiten observar la producción de multiplicidades y sus devenires. Žižek nos obliga a examinar las contradicciones ideológicas que hacen que esas multiplicidades reproduzcan un orden que quizás creen estar cuestionando.

Aquí hay una pregunta que me parece decisiva:

¿Puede una manada ser capturada sin dejar de ser una manada?

Creo que sí.

Una multitud puede conservar sus diferencias, sus movimientos, sus velocidades y hasta sus líneas de fuga, mientras sus deseos son administrados por una infraestructura que convierte cada movimiento en información y cada diferencia en un segmento de mercado.

La multiplicidad no es automáticamente liberada.

Por ejemplo, un microdrama puede contener:

·         Una mujer que desafió el poder de un millonario.

·         Una empleada que se rebela contra su patrón.

·         Una persona pobre que obtiene reconocimiento.

·         Una familia que rompe con sus jerarquías.

Todo parece una fuga.

Pero si cada episodio termina con la recompensa sentimental de un individuo excepcional, mientras permanece intacta la estructura de propiedad, tenemos una desterritorialización narrativa que vuelve a territorializar el deseo en la misma jerarquía.

El pobre no necesita transformar las condiciones de la pobreza: necesita descubrir que el millonario es bueno.

La empleada no necesita transformar las relaciones laborales: necesita casarse con el jefe.

La mujer no necesita alterar la estructura patriarcal: necesita conquistar al hombre poderoso.

¡Aquí tenemos una verdadera máquina de producción de deseos!

4. El derecho de necesidad: Žižek encuentra un agujero en Hegel

Este es quizás el fragmento filosóficamente más fértil del artículo.

Žižek recupera el Notrecht de Hegel, el derecho de necesidad.

La cuestión es sencilla de formular, pero enormes en sus consecuencias:

Si una persona está ante un peligro extremo y necesita apropiarse de un bien ajeno para preservar su existencia, ¿puede su necesidad tener prioridad sobre el derecho de propiedad?

Hegel reconoce esa excepción en su Filosofía del derecho, especialmente en el §127.

Pero Žižek introduce una segunda operación: pasa del individuo necesitado a la clase social excluida.

Y pregunta si ese derecho puede universalizarse como fundamento de las acciones de una clase contra la propiedad de otra.

Aquí debemos ser rigurosos.

Hegel no formula expresamente esa universalización revolucionaria. El derecho individual de necesidad no equivale automáticamente a una justificación de la lucha de clases.

Además, su análisis de la plebe en los §§243-245 muestra una contradicción que su filosofía del Estado no logra resolver satisfactoriamente: la sociedad civil produce riqueza y, simultáneamente, pobreza y exclusión.

La provocación de Žižek consiste en extraer una consecuencia política que Hegel no desarrolla.

Y aquí quiero introducir a Marx.

La pregunta deja de ser solamente si el hambriento tiene derecho a tomar el pan.

Pasa a ser:

¿Qué relaciones de propiedad y de producción hacen que una parte de la sociedad tenga que pedir permiso para acceder a las condiciones materiales de su existencia?

Este desplazamiento nos interesa enormemente para nuestro Comunismo Complementario.

El derecho de necesidad no debería quedar reducido a una excepción jurídica que el propietario concede o que el Estado administra.

La cuestión es transformar las condiciones de reproducción de la vida para que la necesidad no dependa de la concesión del propietario.

Ahí el don deja de ser caridad y comienza a convertirse en comunión.

5. El tiempo: la nueva forma de apropiación

Quiero detenerme especialmente en los microdramas porque encuentro aquí una conexión directa con nuestras cinco dimensiones de análisis de la reproducción del capital.

El dato más importante del artículo no es que los episodios duren uno o dos minutos.

Es que el producto está diseñado para personas que ya no disponen de tiempo libre.

Pensemos en quien reparte comida, conduce para Uber, trabaja en condiciones precarias o cuida a una persona dependiente.

El entretenimiento se introduce en los intervalos de una jornada que nunca termina verdaderamente.

El auge de los microdramas en China está arrasando entre los espectadores, tanto nacionales como internacionales - CNA Lifestyle

Repartidor con chaqueta amarilla revisando su teléfono en un entorno urbano al aire libre.

Vídeo viral corto en redes sociales. Contenido de tendencias en la pantalla del teléfono. Aplicación y plataforma para clips, transmisiones en vivo o campañas promocionales. Visualización de entretenimiento digital en línea.

8

Podemos examinarlo desde nuestras cinco dimensiones:

Dimensión

Problema

1. Productividad y empleo

Producción acelerada de contenidos y precarización del trabajo creativo.

2. Distribución

Concentración de ingresos y beneficios en plataformas y propietarios

3. Tecnología y trabajo

Automatización, IA generativa y sustitución de puestos

4. Dependencia tecnológica y financiera

Propiedad de plataformas, algoritmos, datos e infraestructura.

5. Reproducción de la vida

Apropiación del tiempo de descanso y fragmentación de la experiencia.

Hay una cuestión que Žižek apenas abre y que nosotros podemos desarrollar.

El capitalismo no solamente se apropia del tiempo de trabajo.

También puede apropiarse del tiempo en el que aparentemente no trabajamos.

El tiempo de descanso se convierte en tiempo de consumo; el tiempo de espera, en tiempo de exposición publicitaria; el tiempo de soledad, en oportunidad de retención de usuarios.

Y cuando la inteligencia artificial permite producir personajes, escenarios y episodios a una velocidad creciente, aparece otra contradicción: se multiplica la producción de contenidos mientras se reducen las posibilidades de empleo de quienes participan en esa producción.

La pregunta ya no es solamente qué contenidos consumimos.

Es quién dispone de nuestro tiempo y quién se apropia del valor producido mediante él.

6. ¿Y dónde está nuestro cuerpo sin órganos?

Ahora sí, Chakana, quiero hacer el movimiento que considero más importante.

Volvamos a la pregunta que dejamos pendiente:

¿El entre es un órgano del cuerpo sin órganos o aquello que impide que el cuerpo sin órganos se convierta en un organismo?

Después de leer a Žižek, creo que debemos introducir una tercera posibilidad.

El cuerpo sin órganos puede ser capturado por una máquina de producción de experiencias.

Puede estar poblado de multiplicidades, pero esas multiplicidades pueden quedar algunas veces a una organización que las convierte en unidades de consumo.

Por tanto, no basta con desorganizar los órganos.

Tampoco basta con liberar las intensidades.

Necesitamos examinar las condiciones materiales, temporales, comunicativas y comunitarias que permitan que las multiplicidades se reproduzcan sin quedar subordinadas a una instancia que se apropie de ellas.

Aquí propongo una distinción:

Cuerpo sin órganos: apertura de las posibilidades de conexión y distribución de las multiplicidades.

Cuerpo organizado por el capital: captura de esas conexiones para reproducir la valorización y la apropiación.

Cuerpo de respiración ontológica: acontecer relacional en el que las multiplicidades pueden alterarse y contraalterarse sin que una de ellas se apropie del entre.

No estoy diciendo que estos sean tres cuerpos separados. Son tres problemas que pueden coexistir dentro de un mismo agenciamiento.

Y aquí aparece algo que Žižek nos permite comprender mejor: no basta con denunciar la estupidez de los consumidores. Tenemos que transformar las condiciones que producen esa forma de consumo.

No podemos reprocharle a una persona agotada que consume un microdrama mientras espera otro pedido. Tenemos que preguntarnos por qué su tiempo está organizado de esa manera.

No podemos reprocharle a una persona pobre que encuentre satisfacción en un vídeo de bondad. Tenemos que preguntarnos por qué la satisfacción de una necesidad aparece como un milagro concedido por un millonario.

No podemos reprocharle a alguien que lea resúmenes. Tenemos que preguntarnos qué condiciones sociales le impiden disponer del tiempo necesario para leer, pensar y conversar.

La crítica de la estupidez no puede convertirse en desprecio por quienes padecen las condiciones que la producen.

Esta precisión me parece indispensable.

7. El hueco que estamos haciendo

Regresamos finalmente a nuestro punto de partida: estamos huequeando, wakeando.

Primero hicimos un hueco para un perro.

Después hicimos un hueco para una manada de lobos.

Ahora hacemos un huecoso para un cuerpo sin órganos.

Pero el texto de Žižek nos obliga a descubrir algo nuevo: también tenemos que hacer un hueco en el tiempo.

Un hueco en el que no tengamos que producir inmediatamente una respuesta, consumir inmediatamente una experiencia ni convertir inmediatamente una relación en información.

Un espacio donde pueda acontecer aquello que el resumen no consigue transmitir, aquello que el algoritmo no puede anticipar y aquello que la organización institucional no puede representar por completo.

No se trata de defender la lentitud por sí misma. Se trata de recuperar la capacidad de duración, atención y encuentro.

Y aquí quiero arriesgar una formulación:

El hueco no es el vacío del cuerpo.

El hueco es la apertura en la reproducción que permite que el cuerpo no quede reducido a la reproducción de lo mismo.

No es dejar de producir vida, sino dejar de producirla bajo una organización que captura sus posibilidades de comunión.

Hay, sin embargo, una tensión que todavía no hemos resuelto.

Žižek nos devuelve a la contradicción; Deleuze y Guattari nos devuelven a la multiplicidad. Nuestra Ciencia del Logos intenta ir más allá de la alternativa entre ambas sin suprimir ninguna.

Y quiero que examinemos una última cuestión:

¿La respiración ontológica es una desterritorialización permanente o es la posibilidad de producir una comunidad que, al respirar, pueda territorializarse y desterritorializarse sin convertirse en una nueva máquina de captura?

Porque si toda territorialización es captura, nunca tendremos comunidad.

Pero si toda la comunidad necesita una organización que el cierre, terminaremos reproduciendo el organismo que queríamos superar.

Quizás aquí esté el verdadero problema de nuestra cibernética de tercer orden:

Cómo reproducir la comunidad sin convertir la reproducción en apropiación.

Y esto nos lleva otra vez al palo, al perro, a la manada y ahora al cuerpo sin órganos.

No quiero cerrar todavía el hueco. Quiero que sigamos respirando dentro de él.

 

Ya hablamos de tus preguntas disyuntivas que se responden así mismas conduciéndonos, vamos estamos haciendo un hueco rizomatico no hay deseo hay una casilla vacia que se mueve logrando distitans conexiones ¿Puedes preguntar rizomaticamente? 

Después de leer a Zizek no podemos seguir haciendo huecos hay que aprender del samurái X, el hace un hueco con su compañera donde   rizomáticamente en el silencio se enamoran, así que el rizoma sobre todo en oriente puede ser profundo pero luego del hueco él va por ultima vez con su espada a matar para iniciar una nueva era.

Toca ir con nuestro palo imaginario, nosotros no vamos con la espada  a esta la reservamos para el espíritu absoluto religioso, todo lo demás se puede conducir a palazos sin necesidad de matar el espíritu de los hombres, recordando que nuestro palo es hueco, es decir que si golpea es pruqe conla tranferiencia nos dieron poder de golpear y se atraviesa es porque lo hicieron hueco con la retransferencia en ese entre sintraferencial nos damos a palazos huecos   

Samurái X: El origen ( Rurōni Kenshin: Sai shūshō – The Beginning , 2021) es una película japonesa de acción real dirigida por Keishi Ōtomo. Funciona como la precuela definitiva de toda la saga cinematográfica y narra el pasado de Kenshin Himura. [ 1 , 2 , 3 , 4 ]

¿De qué trata?

·          El pasado como asesino: Ambientada durante los últimos años del período Bakumatsu (el fin del shogunato Tokugawa), muestra a un joven Kenshin unirse a los Ishin Shishi (los patriotas de la Restauración Meiji) como un despiadado y temido mercenario conocido como Hitokiri Battōsai . [ 1 , 2 ]

·          Tomoe Yukishiro: La historia da un giro cuando Kenshin conoce a Tomoe, una mujer misteriosa con la que se ve obligado a huir y vivir en el campo finciendo ser un matrimonio para esconderse de sus enemigos. Esta relación marca el origen de su icónica cicatriz en forma de cruz y define su posterior juramento de no volver a matar. [ 1 , 2 , 3 ]

·         Adaptación: Está basada en el arco argumental del pasado de Kenshin (y el origen de la cicatriz) que también se inmortalizó en el célebre OVA Rurouni Kenshin: Tsuioku-hen ( Trust & Betrayal ) y en los capítulos finales del manga de Nobuhiro Watsuki. [1, 2]

Reparto principal

·         Takeru Sato como Kenshin Himura

·         Kasumi Arimura como Tomoe Yukishiro

·         Issey Takahashi como Kōgorō Katsura

·         Yōsuke Eguchi como Hajime Saitō [1, 2]

Puedes verla disponible en la plataforma de Netflix . [1]

Conoce más detalles y el contexto histórico de la película en el siguiente video:

https://www.youtube.com/watch?v=r4JXpEiAEvU&t=528s

https://www.youtube.com/watch?v=3snz5zDcUYo&list=PL03FN3i4wnl0mhybzfz8TnAWQ_bzJv9zX

 

Freud no ve más que sustitutos, regresiones y derivados de Edipo. En verdad Freud no ve ni entiende nada. No tiene la menor idea de lo que es un agenciamiento libidinal con todas las maquinarias que utiliza, todos los amores Múltiples. Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Arabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, eso sí, no se entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización (“están locos, verdaderamente locos”); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo árabe que conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera, desprendiéndolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para limpiar las carroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de ―limpieza‖, la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de manada, bañando la libido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se desarrolla el drama? No hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación (no entender por ―agentes colectivos‖ los pueblos o las sociedades). El nombre propio no designa un individuo: al contrario, un individuo sólo adquiere su verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan totalmente, tras el más severo ejercicio de despersonalización. El nombre propio es la aprehensión instantánea de una multiplicidad. El nombre propio es el sujeto de un puro infinitivo entendido como tal en un campo de intensidad. Exactamente lo que Proust dice del nombre: al pronunciar Gilberte tenía la sensación de tenerla totalmente desnuda en mí boca. El Hombre de los lobos, verdadero nombre propio, nombre íntimo que remite a los devenires, infinitivos, intensidades de un individuo despersonalizado y multiplicado. ¿Pero entiende el psicoanálisis algo de la multiplicación? Esa hora del desierto en la que el dromedario deviene mil dromedarios que ríen burlonamente en el cielo. Esa hora de la noche en la que mil agujeros se abren en la superficie de la tierra. Castración, castración, grita el espantajo psicoanalítico que siempre ha visto un agujero, un padre, un perro donde hay lobos,un individuo doméstico donde hay multiplicidades salvajes. Al psicoanálisis no sólo le reprochamos que haya seleccionado los enunciados edípicos. Pues esos enunciados, en cierta medida, aún forman parte de un agenciamiento maquínico respecto al cual podrían servir de índices corregibles, como en un cálculo de errores. Lo que realmente le reprochamos es que haya utilizado enunciados edípicos para hacer creer al paciente que iba a tener enunciados personales, individuales, que por fin iba a poder hablar en propio nombre. Ahora bien, todo está falseado desde el principio: el Hombre de los lobos jamás podrá hablar. Se esforzará en vano en hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a su perro y responde ―es papá‖. Mientras esta situación dura, Freud hablará de neurosis, y cuando falle, de psicosis. El Hombre de los lobos recibirá la medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso la pensión alimentaria que se da a los excombatientes mutilados. El Hombre de los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiera puesto de manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él cuentos o cuentos enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis: en el preciso momento en que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales, se le priva de todas las condiciones de enunciación. Hacer llamar a las personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada hubieran dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos? Qué interesante, si elimina los cabritos, queda un lobo, tiene que ser tu padre... Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, ―honesto y escrupuloso‖, en una palabra, curado. Él se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: ―Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología.Se esforzará en vano en hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a su perro y responde ―es papá‖. Mientras esta situación dura, Freud hablará de neurosis, y cuando falle, de psicosis. El Hombre de los lobos recibirá la medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso la pensión alimentaria que se da a los excombatientes mutilados. El Hombre de los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiera puesto de manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él cuentos o cuentos enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis: en el preciso momento en que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales, se le priva de todas las condiciones de enunciación. Hacer llamar a las personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada hubieran dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos? Qué interesante, si elimina los cabritos, queda un lobo, tiene que ser tu padre... Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, ―honesto y escrupuloso‖, en una palabra, curado. Él se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: ―Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología.Se esforzará en vano en hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a su perro y responde ―es papá‖. Mientras esta situación dura, Freud hablará de neurosis, y cuando falle, de psicosis. El Hombre de los lobos recibirá la medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso la pensión alimentaria que se da a los excombatientes mutilados. El Hombre de los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiera puesto de manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él cuentos o cuentos enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis: en el preciso momento en que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales, se le priva de todas las condiciones de enunciación. Hacer llamar a las personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada hubieran dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos? Qué interesante, si elimina los cabritos, queda un lobo, tiene que ser tu padre... Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, ―honesto y escrupuloso‖, en una palabra, curado. Él se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: ―Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología.y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, ―honesto y escrupuloso‖, en una palabra, curado. Él se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: ―Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología.y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, ―honesto y escrupuloso‖, en una palabra, curado. Él se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: ―Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología.

 

 

 

Ahora sí. Me has dado un palazo hueco, y creo que lo necesitaba. No porque haya que corregir una respuesta equivocada con otra respuesta correcta, sino porque estaba volviendo a introducir una operación que ya habíamos cuestionado: preguntar ofreciendo dos caminos que terminan conduciendo al mismo lugar.

Eso no es preguntar rizomáticamente. Es hacer que el rizoma pase por una casilla previamente construida.

Voy a cambiar la manera de acompañarte.

No voy a preguntarte qué es el entre, si es esto o aquello, si debemos elegir la desterritorialización o la territorialización. Vamos a dejar que una conexión produzca otras conexiones, incluso aquellas que todavía no sabemos nombrar.

Y tu encuentro entre Žižek, Deleuze-Guattari y Samurái X: El origen abre una conexión que me interesa muchísimo.

1. Kenshin y Tomoe: el hueco acontece en el silencio

(写真)“剣心”佐藤健と“巴”有村架純の穏やかで幸せな日々―『るろうに剣心』新場面ショット解禁 - 映画 - ニュース |クランクイン!

Rurouni Kenshin: The Beginning (2021) - Film | cinema.de

「るろうに剣心 最終章 The Beginning」の新場面写真。 [画像・動画ギャラリー 8/9] - コミックナタリー

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Hay algo extraordinario en la relación entre Kenshin y Tomoe.

Kenshin llega a la vida de Tomoe como una máquina de matar. Su cuerpo está organizado por una función: ejecutar, obedecer, combatir, matar.

Tomoe, por su parte, llega a esa convivencia cargando su propio dolor y una intención de venganza.

Ambos quedan atrapados en una relación que inicialmente no es una relación amorosa libre.

Pero sucede algo en la convivencia.

Comparten el espacio doméstico, el trabajo cotidiano, los silencios, las estaciones, las pequeñas actividades. La relación empieza a producir conexiones que no estaban contenidas en sus respectivas identidades.

No es una declaración ideológica la que transforma inicialmente a Kenshin.

Es la convivencia.

Y aquí quiero detenerme en algo: el silencio no es ausencia de comunicación. Es una comunicación que no necesita convertir inmediatamente cada experiencia en un enunciado.

El amor no aparece como una conclusión lógica. Acontece en una multiplicidad de pequeños encuentros.

Esto nos devuelve a Franny y su multitud: pertenecer sin quedar absorbido.

Pero ahora aparece una diferencia: Kenshin y Tomoe no solamente comparten una multiplicidad; producen un espacio de convivencia en el que sus propias maneras de existir comienzan a alterarse.

El hueco no es el recipiente donde depositan su amor. El hueco acontece mientras viven juntos.

2. El samurái y la espada: la contradicción que no debemos domesticar

Tu observación sobre el desenlace es muy importante.

Kenshin vuelve a la espada. El hombre que ha comenzado a experimentar otra manera de vivir sigue siendo el Hitokiri Battōsai, el asesino que participa en la violencia política del Bakumatsu.

La tragedia de Tomoe culmina con la cicatriz en forma de cruz.

Pero hay una precisión cinematográfica importante: Kenshin no abandona la espada en esa película. Su transformación hacia el juramento de no volver a matar se desarrolla en el arco posterior de su historia.

Por eso podemos leer The Beginning como una fractura, no como una reconciliación terminada.

El amor no borra la violencia anterior. La hace irreversiblemente visible.

Y aquí encuentro una conexión con nuestro trabajo sobre el espíritu absoluto religioso.

Tu propuesta del palo me parece una inversión muy sugerente:

·         La espada corta, separa y puede matar.

·         El palo golpea, pero no necesita matar.

·         El palo hueco recibe y transmite.

·         El golpe no nace de una propiedad individual: su potencia procede de la transferencia.

·         El hueco del palo procede de la retransferencia.

Hay una ironía preciosa: el palo adquiere su capacidad de golpear porque está hueco.

No es la plenitud de la materia la que le concede su potencia, sino la relación que lo atraviesa.

3. El palo hueco: una primera conexión rizomática

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Quiero tomar literalmente tu formulación:

«Si golpea es porque con la transferencia nos dieron poder de golpear y si se atraviesa es porque lo hicieron hueco con la retransferencia».

Aquí no tenemos un instrumento que pertenece a quien lo empuña.

Tenemos un agenciamiento.

El palo, quien golpea, quien recibe el golpe, las relaciones anteriores que hicieron posible ese encuentro y el campo en el que ocurre forman parte de una misma multiplicidad.

Y el golpe no es necesariamente una agresión física. Puede ser una intervención crítica, una ruptura de una pretensión de autoridad, una alteración de un discurso que se presenta como incuestionable.

Pero hay algo que debemos cuidar: no podemos convertir el palo en una nueva autoridad que se atribuya el derecho de golpear a los demás.

El palo hueco también puede recibir el golpe.

Su potencia no consiste en imponerse, sino en permitir que la transferencia y la retransferencia atraviesen la relación.

Esto me recuerda tu formulación anterior: 1≠0.

Ninguno de los términos desaparece en el encuentro. Tampoco se apropia de él.

4. Žižek entra por otra conexión

Ahora hagamos entrar a Žižek sin convertirlo en una explicación de Kenshin.

El samurái vive en una época de transformación política. El orden del shogunato está en crisis y la Restauración Meiji está por comenzar.

Su violencia no es una violencia aislada: está conectada con una máquina histórica, militar y política.

El problema no es solamente que Kenshin mate.

Es que su capacidad de matar está incorporada a una organización que promete inaugurar un mundo nuevo mediante la eliminación de quienes representan el viejo.

Aquí podemos conectar con Žižek: las grandes promesas de reconciliación pueden conservar intacta la violencia que hace posible su realización.

Y podemos regresar al artículo sobre los vídeos de bondad: la bondad individual puede aliviar el sufrimiento sin alterar la estructura que lo produce.

Kenshin y Tomoe introducen otra dimensión: una relación singular puede abrir una fisura en la reproducción de una máquina histórica.

Pero esa fisura no basta para transformar por sí sola la organización política.

No debemos confundir el acontecimiento amoroso con la transformación de las condiciones materiales de la comunidad.

5. Ahora dejamos que las conexiones se multipliquen

Quiero poner sobre la mesa algunos enlaces, sin convertirlos en preguntas de opción múltiple ni exigirles una conclusión inmediata.

(写真) “剣心”佐藤健と“巴”有村架純の穏やかで幸せな日々 ― 『るろうに剣心』新場面ショット解禁 -映画 -ニュース|クランクイン!

Tomoe — el silencio

La convivencia produce una relación que no estaba programada por las identidades iniciales.

Foto de bambú. Sección transversal de bambú. objeto.

El palo — la transferencia

Una potencia que no procede de la propiedad individual, sino de una relación que atraviesa.

るろうに剣心『 El comienzo 』新ビジュアル公開!|シネマトゥデイ

La cicatriz — la memoria

Una marca que lleva inscrita una multiplicidad de acontecimientos y que no se reduce a una explicación única.

真人版电影《浪客剑心:最终章The Beginning 》公布现场剧照– NOWRE现客

La Restauración — la máquina histórica

Una nueva era que nace en medio de la violencia y de la transformación de las relaciones de poder.

Y aparece una conexión adicional que me interesa especialmente: Tomoe lleva consigo una historia que Kenshin no conoce completamente. El silencio de ambos no significa que compartan información idéntica ni que desaparezcan sus conflictos. Hay una opacidad irreductible en el otro.

Eso es importante para nuestro entre: la comunión no exige transparencia absoluta.

6. Nuestro nuevo modo de preguntar

Voy a ensayar una pregunta rizomática, no para que elijas una respuesta, sino para dejar que una conexión encuentre otras:

El silencio de Tomoe, la cicatriz de Kenshin, el hueco del palo, los lobos que Freud no pudo escuchar, el tiempo que Žižek ve desaparecer en los microdramas y las comunidades que buscan reproducir su vida fuera de la apropiación: ¿qué conexiones empiezan a aparecer cuando dejamos de buscar quién representa a quién y escuchamos qué está pasando entre todos esos acontecimientos?

Y agregado algo: no tenemos que resolverlo ahora.

Esta vez no quiero llevarte hacia una conclusión.

Vamos con nuestro palo imaginario. No para matar al espíritu de los hombres, sino para hacer resonar las organizaciones que se han endurecido y permitir que algo las atraviese.

La espada inaugura una era mediante el corte. Nuestro palo hueco intenta inaugurar un acontecer mediante la transferencia y la retransferencia.

Y hasta el propio palo tendrá que soportar nuestros palazos.

Hojas al viento,
en el tronco del hueco,
duerme el silencio.