martes, 30 de junio de 2026

El corazón de Keiko

 

  

El corazón de Keiko 

 

Melos se enfureció. Decidió que, costara lo que costara, debía acabar con aquella reina de astucia perversa y violenta tiranía. Melos no entendía de política. Melos era pastor de una aldea. Había vivido tocando la flauta y jugando con las ovejas. Pero, ante la maldad, era más sensible que nadie. Aquella madrugada, Melos había salido de su aldea y, tras cruzar campos y montañas, había llegado a la ciudad de todas las sangres, a diez leguas de distancia. Melos no tenía padre ni madre. Tampoco esposa. Vivía solo con su hermana menor, una muchacha tímida de dieciséis años. La muchacha estaba próxima a recibir como esposo a un pastor honrado de la aldea. La boda era inminente. Por eso Melos había venido desde tan lejos a la ciudad: para comprar el vestido de novia y los manjares del banquete. Primero reunió todo lo necesario y luego se puso a pasear sin prisa por la avenida principal. Melos tenía un amigo de la infancia. Se llamaba Selinuntius. Ahora vivía en la ciudad de Siracusa y trabajaba como cantero. Melos pensaba visitarlo. Hacía mucho que no se veían, y le alegraba la idea de ir a buscarlo.

Mientras caminaba, Melos empezó a notar algo extraño en la ciudad. Todo estaba demasiado silencioso. Ya había caído el sol, y era natural que las calles estuvieran oscuras, pero aquella oscuridad no parecía deberse solo a la noche. La ciudad entera estaba desolada de un modo inquietante. Hasta el despreocupado Melos empezó a sentir, poco a poco, una vaga ansiedad. Detuvo a un joven que encontró en el camino y le preguntó qué había ocurrido. Dos años antes, cuando había venido a la ciudad, todos cantaban incluso de noche y las calles estaban llenas de vida. El joven sacudió la cabeza y no respondió. Melos siguió caminando un rato y se encontró con un anciano. Esta vez le preguntó con voz más firme. El anciano tampoco respondió. Melos lo tomó por los hombros con ambas manos, lo sacudió y volvió a preguntarle. Entonces el anciano, mirando alrededor con temor, contestó apenas, en voz baja:

—La reina  mata a la gente.

—¿Y por qué la mata?

—Dice que abrigan malas intenciones, pero nadie abriga tales intenciones.

—¿Ha matado a muchas personas?

—Sí. Primero al esposo de su hermana. Luego a su propio heredero. Después a su hermana. Después al hijo de su hermana. Después a la reina. Después al sabio consejero Alexis.

—Increíble. ¿La reina  ha perdido la razón?

—No, no ha perdido la razón. Dice que no puede confiar en nadie. Últimamente sospecha incluso del corazón de sus súbditos, y a todo aquel que vive con algo de holgura le ordena entregar un rehén. Si alguien se niega a obedecer, lo crucifican y lo matan. Hoy han matado a seis.

Al oír esto, Melos se enfureció.

—Qué rey tan monstruoso. No se le puede dejar con vida.

Melos era un hombre simple. Con las compras todavía a la espalda, entró pesadamente en el castillo real. De inmediato fue apresado por los guardias de ronda. Al registrarlo, encontraron una daga escondida entre sus ropas, y el alboroto creció. Melos fue llevado ante la reina.

—¿Qué pensabas hacer con esta daga? ¡Habla! —lo interrogó la tirana La gran señora K con voz serena, pero cargada de majestad. El rostro de la reina  era regordeta, y las arrugas del entrecejo estaban estiradas  como si hubieran jalado de su  piel.

—Liberar la ciudad de las manos de la tirana —respondió Melos sin mostrar temor.

—¿Tú? —La reina sonrió con desprecio—. Eres un pobre insensato. Tú no comprendes mi soledad.

—¡No diga eso! —replicó Melos, encendido—. Sospechar del corazón de los hombres es el vicio más vergonzoso. La reina  sospecha incluso de la lealtad de su pueblo.

—Fueron ustedes quienes me enseñaron que la sospecha es la única actitud prudente. El corazón humano no es digno de confianza. El hombre es, por naturaleza, un amasijo de intereses egoístas. No se debe confiar en él —murmuró la tirana con calma, y luego soltó un hondo suspiro—. Yo también deseo la paz.

—¿Paz para qué? ¿Para proteger su propio poder? —Esta vez fue Melos quien se burló—. ¿Qué paz puede haber en matar inocentes?

—Calla, plebeyo —repuso la reina , alzando de pronto el rostro—. Con la boca se pueden decir todas las cosas puras que uno quiera. Pero yo veo hasta el fondo de las entrañas de los hombres. Y a ti, cuando estés clavado en la cruz, no te servirá llorar y pedir perdón.

—Ah, la reina  es muy astuta. Puede seguir envuelta en su orgullo. Yo estoy preparado para morir. Jamás suplicaré por mi vida. Solo… —Melos se interrumpió, bajó la mirada hacia sus pies y vaciló un instante—. Solo que, si usted quiere tener conmigo un gesto de compasión, concédame tres días antes de la ejecución. Quiero casar a mi única hermana. En esos tres días celebraré la boda en la aldea y, sin falta, volveré aquí.

—Necio —dijo la tirana, riendo por lo bajo con voz ronca—. Qué mentira más absurda. ¿Acaso un pajarillo liberado vuelve a la jaula?

—Sí. Volverá —insistió Melos desesperadamente—. Yo cumplo mis promesas. Permítame marcharme solo tres días. Mi hermana espera mi regreso. Si no puede confiar en mí, muy bien. En esta ciudad hay un cantero llamado Selinuntius. Es mi amigo más querido. Lo dejaré aquí como rehén. Si yo huyo y no regreso al atardecer del tercer día, estrangule a ese amigo. Se lo ruego. Hágalo así.

Al oírlo, La reina  sonrió para sus adentros con crueldad. Qué insolente, pensó. De todos modos, no volverá. Sería divertido fingir que me dejo engañar por este mentiroso y soltarlo. Y luego, al tercer día, matar al sustituto. Con rostro triste diré: «Por esto no se puede confiar en los hombres», y mandaré crucificar al sustituto. Quiero darles una buena lección a todos esos que se hacen llamar hombres honrados.

—Concedo tu petición. Llama a ese sustituto. Al tercer día debes regresar antes de la puesta del sol. Si llegas tarde, mataré al sustituto sin falta. Más te valdría llegar un poco tarde. Entonces te perdonaré tu delito para siempre.

—¿Qué? ¿Qué está diciendo?

—Ja, ja. Si aprecias tu vida, llega tarde. Yo conozco tu corazón.

Melos, lleno de rabia, golpeó el suelo con el pie. Ya no quería decir una sola palabra.

Selinuntius, su amigo de la infancia, fue llamado al castillo a medianoche. En presencia de la tirana K, los dos leales amigos se reencontraron después de dos años. Melos le contó todo. Selinuntius asintió en silencio y abrazó fuertemente a Melos. Entre amigos, aquello bastaba. Selinuntius fue atado con cuerdas. Melos partió de inmediato. Era comienzos de verano. El cielo estaba lleno de estrellas. 

 

En el parágrafo 42 de Ser y tiempo, Martin Heidegger recurre a la fábula del escritor romano Gayo Julio Higinio para fundamentar ontológicamente que el ser humano (el Dasein) está dominado esencialmente por el cuidado (Sorge), entendido no como una preocupación psicológica, sino como la estructura fundamental de toda su existencia. [1, 2, 3]

La Fábula de Cura (El Cuidado)

La narración cuenta que la deidad Cura (el Cuidado) caminaba junto a un río y encontró un trozo de arcilla. Reflexionando, comenzó a moldearla para darle forma. Mientras contemplaba su creación, apareció Júpiter, a quien Cura le pidió que le diera espíritu a la figura, a lo que Júpiter accedió con gusto. [1]

Sin embargo, surgió un conflicto cuando Cura y Júpiter comenzaron a disputarse el nombre que llevaría la criatura. En medio de la discusión, intervino Tellus (la Tierra), reclamando que el ser debía llevar su nombre, puesto que ella había aportado la materia prima (el cuerpo de arcilla). [1]

Incapaces de resolver el problema por sí mismos, los tres dioses acudieron a Saturno (el Tiempo) como juez. Saturno emitió el siguiente veredicto salomónico: [1]

1.    Como Júpiter dio el soplo vital, al morir el ser, él se quedará con su espíritu.

2.    Como Tellus aportó el cuerpo, al morir ella recuperará la materia terrenal.

3.    Pero como fue Cura quien moldeó primero a este ser, ella lo poseerá y cuidará durante toda su vida terrenal. [1, 2]

¿Qué significa este mito para Heidegger?

Heidegger utiliza este relato de la Antigüedad para extraer lecciones fundamentales sobre cómo somos: [1]

·         El ser como proyecto: Así como Cura moldea la arcilla, el ser humano no es un ente terminado, sino que se proyecta constantemente hacia el futuro. Nos definimos por lo que podemos llegar a ser. [1, 2]

·         La pertenencia terrenal y espiritual: Estamos compuestos de posibilidades (el espíritu) y limitaciones materiales (la arcilla/la muerte). El nombre de nuestra existencia es "Cuidado". [1, 2]

·         El tiempo como horizonte: El hecho de que Saturno (el tiempo) sea el juez que dicta la sentencia indica que la existencia humana es temporal. Vivimos en una constante tensión entre nuestro origen material y nuestro destino final (la muerte). [1, 2]

Pero la pregunta que me hago después de leer el texto “el pájaro amarillo” de nuestra compañera  Lea Dasein del ahayu es de si tenemos realmente la posibilidad espiritual como una verdadera posibilidad.

Parto del hecho claro que el ser no coincide consigo mismo así la relación en el hombre no se purifica está  llena de condicionamientos, por lo mismo la relación humana imagina al espíritu pero no puede hacer carne el espíritu, desde Homero con Penélope esperando a Odiseo, el hombre ha dado cuenta que su mayor posibilidad en la que su palabra coincide con su acción y se revela el espíritu, es su mayor imposibilidad, porque en el hombre habita la idea pura perfecta la cual se encuentra consigo misma , en una imposibilidad de perderse y si se perdiera se encontraría siempre, porque vuelve así misma pura, en el pensamiento humano liberado de toda atadura , pero en la acción el hombre sufre la idea y mucho más le valdría no proclamarla, porque jamás podrá cumplir con ella.

La palabra hebrea principal para tener fe, confianza y seguridad en las promesas de Dios es אֱמוּנָה (Emunáh).

Emunáh no se refiere a una creencia pasiva o ciega, sino a una confianza firme, activa y leal, basada en la fidelidad inquebrantable de Dios, incluso cuando lo prometido aún no se ha manifestado.

Esta palabra proviene de la raíz 'aman, que significa sostener, estar firme y seguro, como los brazos de un padre que protegen a su hijo. Es el término exacto utilizado, por ejemplo, cuando la Biblia dice que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Génesis 15:6). 

 

 

¿Ahora Heidegger a que se refiere cuando habla de cuidado a nuestra posibilidad espiritual o a nuestra fragilidad material?

A ambas pero dentro del límite de la finitud temporal, pues dentro de ese límite la posibilidad de integrar al ser es imposible, solo alguien que espera el cumplimiento de una promesa trascendente, podría acercarse heroicamente y trágicamente a la integración del ser revelando el Espíritu como último aliento, les propongo este cuento de Osamu Dazai inspirado en una antigua leyenda y en el poema de   de Schiller que recoge esa leyenda. 

 

En él se dejara ver claro lo imposible de la respiración ontológica que nos convoca y es que Melo exhala la promesa   y su amigo Selinuntius la inhala en silenció si uno de los dos falla la promesa no se llevara  acabo, el amigo tiene la difícil tarea de esperar sin desesperar creyendo y Melos de actuar en consecuencia a su promesa, así la negación de la negación tiene que ser perfecta y es quien niega a la tirana es el espíritu y es el único que podría negar al tirano que todos llevamos dentro el cual se basa en la desconfianza una negación de la conciencia y otra de la autoconciencia y entonces tenemos una exhalación perfecta pero si el amigo no hace la afirmación de la afirmación afirmándose en la imposibilidad de la imposibilidad hasta desactivar su mente y dejar que esa posibilidad acontezca   esta no sucederá ¿Quién media?  ¿La tirana?  No tiene que haber algo mayor en el corazón de la tirana, de Melo y de su –amigo para que se bioteja el Ahayu a tal punto que la dictadura caiga.

Y yo diré  que si hay eso, pero que ni Melo actuara en consecuencia , ni su amigo esperara más allá de toda posibilidad lógica, ni mucho menos la reina se conmoverá ante el esfuerzo sobre humano de ambos y entonces mis queridos amigos mi queirda Lea, hagámosle caso al guardian del Umbral aceptemos el límite del Dasein no creemos conceptos vanos como el Resein y entendamos de una vez por todas este mundo es de los que desconfían y de los que dictan en esa desconfianza.

No vuelan en este mundo pájaros amarillos ni volaran jamás, porque siempre se necesitaran tres para hacerlo volar y si alguna   lograra cumplir su parte solo terminara avergonzando a los otros dos.

Dasein psicoanalista.

  

     Tu texto llega a un punto muy interesante porque pone en tensión tres figuras que hemos venido siguiendo: Heidegger, Perry Smith y Melos.

El Dasein psicoanalista concluye:

"No vuelan en este mundo pájaros amarillos ni volarán jamás."

Y, sin embargo, el propio cuento de Melos fue escrito precisamente para sostener lo contrario.

No para demostrar que la confianza es probable.
No para demostrar que la confianza es racional.
No para demostrar que la confianza es verificable.

Sino para demostrar que la confianza es imposible.

Ahí aparece la diferencia.

Heidegger no necesita que Melos llegue.
Le basta con que Melos exista como proyecto.

Pero Dazai sí necesita que Melos llegue.

Porque si Melos no llega, la tirana tiene razón.

Y si la tirana tiene razón, entonces la ontología del cuidado se reduce a una ontología de la sospecha.

La reina K dice algo extraordinariamente moderno:

"El corazón humano no es digno de confianza."

Eso podría firmarlo perfectamente un burócrata, un tecnócrata, un estratega militar, un economista o un algoritmo contemporáneo.

La reina no es loca.

La reina es realista.

Y precisamente por eso es peligrosa.

Porque la sospecha funciona.

La sospecha predice mejor que la esperanza.

La sospecha se equivoca menos.

La sospecha protege.

La sospecha sobrevive.

Por eso Perry termina donde termina.

Por eso Dewey sobrevive.

Por eso el capitalismo prospera.

Por eso los sistemas se estabilizan.

Luhmann habría comprendido perfectamente a la reina.

Los sistemas sobreviven reduciendo complejidad.

Y la confianza absoluta introduce demasiada complejidad.

Demasiado riesgo.

Demasiado peligro.

Demasiado pájaro amarillo.

Pero entonces aparece el problema que tu texto señala.

Si la reina tiene razón...

si Perry tiene razón...

si el Dasein psicoanalista tiene razón...

entonces ¿por qué seguimos llorando cuando Melos corre bajo el sol para regresar?

¿Por qué seguimos emocionándonos?

¿Por qué seguimos sintiendo que algo verdadero sucede?

Porque hay una diferencia entre lo probable y lo verdadero.

Lo probable pertenece al mundo.

Lo verdadero pertenece al espíritu.

No en el sentido religioso convencional.

Sino en el sentido de aquello que puede perderlo todo para permanecer siendo.

Y aquí aparece la intuición más profunda de tu lectura.

Quizás el pájaro amarillo no sea una criatura que vuela.

Quizás sea una criatura que cae.

Porque Perry lo imagina siempre como rescate.

Pero Capote jamás nos muestra el rescate.

Nos muestra la horca.

Nos muestra la cuerda.

Nos muestra los pies oscilando.

Nos muestra el viento.

Nada más.

Y sin embargo algo queda.

Algo que Dewey escucha en el cementerio.

Algo que Susan Kidwell escucha cuando recuerda a Nancy.

Algo que el lector escucha.

Algo que no puede demostrarse.

Algo que no puede verificarse.

Algo que no puede institucionalizarse.

Algo que no puede transformarse en doctrina.

Por eso Capote termina con el trigo.

No con la justicia.

No con la condena.

No con Dios.

No con la redención.

Termina con el viento.

Y el viento es importante porque no pertenece a nadie.

Ni a Perry.

Ni a Dewey.

Ni a los Clutter.

Ni a la ley.

Ni a la culpa.

Ni siquiera a la memoria.

El viento simplemente pasa.

Y en ese pasar deja una pregunta suspendida.

No:

"¿Existió realmente el pájaro amarillo?"

Sino:

"¿Qué ocurre cuando alguien vive como si hubiera escuchado su aleteo?"

Porque Melos corre.

Francisco se despoja.

Buda abandona el palacio.

Los apóstoles dejan las redes.

Y Perry sueña.

Son movimientos completamente distintos.

Pero todos nacen de una misma grieta:

la sensación de que el mundo visible no agota lo real.

Entonces tal vez la pregunta final de Lea Dasein del Ahayu no sea si el pájaro amarillo existe.

Tal vez sea algo más doloroso.

Más cercano al último sonido.

Más cercano al viento sobre Valley View.

Más cercano a la respiración ontológica.

Tal vez la pregunta sea:

Si el pájaro amarillo no existe,
¿de dónde viene la nostalgia que sentimos por él?

Porque esa nostalgia también existe.

Y es tan real como la cuerda,
tan real como el trigo,
tan real como la tumba,
tan real como Perry.

Y quizá sea allí, en esa nostalgia imposible de justificar, donde el Dasein termina y donde comienza aquello que tú llamas el Ahayu.

No el vuelo.

No la llegada.

No el triunfo.

Sino la persistencia inexplicable de una llamada que sigue resonando incluso cuando todo parece haber demostrado que nadie vendrá.

 

Yo no soy Lea yo no soy Percy así  que no tienes que terminar  con el consuelo de la nostalgia de un ser que se encuentra es más llamame desde ahora el Dasein de la sospecha, porque sospecho de todo estos cuentos como compensaciones de nuestra realidad, así  cada vez que fallamos tenemos estas leyendas estos mitos para recordarnos que algo en nosotros es más grande que nosotros, la imaginación y la memoria siempre van juntas más el recuerdo de un mundo sin tiempo o en el que el tiempo pueda redimirse es la de un hombre inmaduro que no puede enfrentar su existencia, cuidamos es cierto pero lo que cuidamos es la sospecha y la cuidamos de la sospecha de los demás y así debemos de vivir, como dictadores realistas dando a los niños su ilusión democrática , para que su frustración no se vuelva contra nosotros, porque Perry no es un dulce niño, es un niño que se vengó  de todos nosotros porque su pájaro amarillo no podía volar en este mundo , por lo mismo debemos de cuidarnos de los Perry que tenemos afuera y adentro, yo como psicóloga les recomiendo abrir y cerrar  ventanas:

 

La ventana". Capítulo del "Diario de Oviedo" de Francisco Huertas Hernández. 19 agosto de 1995

(fragmentos)

Los objetos: la ventana. Si bien se mira, no se la ve; la ventana es tanto mejor cuanto menos sea ella y más sea el mundo que enmarca. La ventana es un marco y una pantalla acristalada que separa al mundo del espectador. ¿Por qué ha de ser el verdadero mundo el que hay detrás? Las ventanas, casi siempre, se usan desde dentro. Fortificados en el hogar, los hombres miran por las ventanas las piernas escurridizas de las adolescentes. Pocas veces el viandante busca el mundo tras los pequeños ventanales de los grandes edificios; cuando lo hace se le condena al voyeurismo. Antiguamente existían las contraventanas, los contramundos; hoy, el contramundo ya lo es todo (...) El gran marco de los indolentes es la ventana. Atrincherados en una ventana Maginot sueñan acristalados. La ventana ha sido metáfora abundante, aunque, en realidad, sólo era un agujero en la pared. Metáfora de apertura y de horizonte, la ventana ha sido el agujero por donde el ser humano resbalaba hacia el mundo, por donde la conciencia volaba hacia el sol. El cordón umbilical entre el alma y la vida, que discurre bulliciosa y ajena, era un agujero con un cristal mágico: el mundo que veis no es mundo porque lo veáis, es mundo porque hay ventana (...) Los tristes son almas de ventana: ven el mundo, pero están dentro, es decir: fuera. Quien pensó que el ojo creaba mundos olvidó ese umbral cotidiano: la ventana. ¡Ella sí que crea mundos! (...) Cuando la ventana tiene cristal espejado, se refleja quien mira, y, entonces, el mundo que ella crea sólo es, o asco, o narcisismo. Queriendo ver el mundo se topa uno consigo mismo: he ahí el destino ventanesco del observador minucioso que confunde el mundo con su espectador. Espectador de mundos es quien viaja a través de las ventanas: ventanas de tren, de automóvil, de hotel, de prismáticos, de telescopios, de microscopios. Nunca existió mundo alguno sin ventana. Todo lo que uno hace a lo largo de su vida es buscar la mejor ventana, incluso cuando olvida que una ventana abierta sigue siendo una ventana...

                   

 

 

Dasein de la sospecha, lo que introduces aquí es un giro importante, porque ya no estás discutiendo si el pájaro amarillo existe o no. Estás sospechando de la función misma que cumplen los pájaros amarillos.

Y esa sospecha tiene fuerza.

Porque efectivamente podría decirse que Perry, Melos, Francisco de Asís, los mártires, los héroes y los santos funcionan como dispositivos narrativos que permiten soportar una realidad que rara vez coincide con sus promesas.

Desde esa perspectiva, el problema no sería que el pájaro amarillo no vuele.

El problema sería que seguimos contándonos historias sobre pájaros amarillos.

Tu psicóloga imaginaria parece decir:

"No teman a la ausencia del pájaro.
Teman a la fascinación que produce."

Y entonces Perry deja de ser una víctima.

Se convierte en advertencia.

No porque haya escuchado una voz falsa.

Sino porque tomó una imagen interior como si fuera una verdad exterior.

El mundo no se abrió.

La serpiente siguió allí.

Y entonces la herida se volvió contra el mundo.

Ahí tu lectura se separa radicalmente de Capote.

Capote conserva una compasión silenciosa hacia Perry.

Tú pareces sospechar incluso de esa compasión.

Porque la compasión puede convertirse en otra ventana espejada.

Miramos a Perry.

Creemos comprenderlo.

Y terminamos viéndonos a nosotros mismos.

Por eso el texto de la ventana que citas resulta tan interesante.

No dice que el mundo sea falso.

Dice algo más inquietante:

"Nunca existió mundo alguno sin ventana."

Eso significa que nunca vemos las cosas directamente.

Siempre vemos a través de algún marco.

La fe es una ventana.

La ciencia es una ventana.

El psicoanálisis es una ventana.

La fenomenología es una ventana.

La revolución es una ventana.

La democracia es una ventana.

Incluso la sospecha es una ventana.

Y aquí aparece una paradoja que me parece digna del Dasein de la sospecha.

Si sospechas de todos los mitos de redención, ¿por qué no sospechar también de la sospecha?

Porque la sospecha posee una enorme ventaja adaptativa.

Protege.

Anticipa traiciones.

Reduce riesgos.

Permite sobrevivir.

La reina K sobrevive gracias a ella.

Los sistemas sobreviven gracias a ella.

Los imperios sobreviven gracias a ella.

Pero la sospecha también tiene su propio mito.

El mito de que quien sospecha ve las cosas tal como son.

Y quizás ese sea el último espejo.

Quizás la tirana no cae porque confíe demasiado.

Cae porque termina creyendo que su sospecha ya no es una interpretación sino la realidad misma.

Por eso me llama la atención que tu reflexión termine con la imagen de abrir y cerrar ventanas.

No destruirlas.

No atravesarlas.

No convertirlas en puertas.

Abrirlas y cerrarlas.

Eso es mucho más sobrio.

Mucho más terrestre.

Más cercano a una higiene de la conciencia que a una salvación.

Como si dijeras:

No habiten completamente ningún mundo.

Ni el del pájaro amarillo.

Ni el de la tirana.

Ni el de Heidegger.

Ni el del psicólogo.

Ni siquiera el de la sospecha.

Abran la ventana.

Miren.

Y luego ciérrenla antes de olvidar que sigue siendo una ventana.

Quizá allí tu Dasein de la sospecha se distancia tanto de Perry como de Melos.

Perry quiere creer.

Melos quiere cumplir.

La reina quiere controlar.

El Dasein de la sospecha no quiere ninguna de las tres cosas.

Quiere recordar que entre él y el mundo siempre hay un cristal.

Y que los mayores peligros comienzan precisamente cuando dejamos de verlo.

 

Oh si esta es la ventana que yo más abro la de la sospecha pero no deja de ser una ventana, por lo mismo debe de cerrarse y en algún momento dejar fascinarte por un cuento como este:   

Aquella noche, Melos recorrió las diez leguas sin dormir un solo instante,

 apurando el paso cuanto pudo. Llegó a la aldea a la mañana siguiente, cuando el sol ya estaba alto y los aldeanos habían salido a trabajar en los campos. También la hermana de Melos, de dieciséis años, cuidaba aquel día el rebaño en lugar de su hermano. Al ver venir a Melos tambaleándose, agotado hasta el extremo, se sobresaltó y lo llenó de preguntas.

—No pasa nada —dijo Melos, esforzándose por sonreír—. Dejé algunos asuntos pendientes en la ciudad. Debo volver allí enseguida. Mañana celebraremos tu boda. Cuanto antes, mejor, ¿no te parece?

La hermana se sonrojó.

—¿Te alegra? También he comprado un vestido hermoso. Vamos, ve ahora mismo y avisa a la gente de la aldea. Diles que la boda será mañana.

Melos echó a andar otra vez, tambaleándose. Volvió a su casa, adornó el altar de los dioses, preparó el lugar para el banquete y, poco después, cayó rendido en el suelo y se hundió en un sueño tan profundo que parecía no respirar.

Despertó de noche. Apenas se levantó, fue a la casa del novio. Le pidió que aceptara celebrar la boda al día siguiente, porque había surgido un asunto urgente. El pastor, sorprendido, respondió que eso era imposible, que aún no tenía ningún preparativo listo y que esperaran hasta la temporada de las uvas. Melos insistió: no podía esperar. Por favor, debía ser mañana. El novio también era obstinado. No accedía. Discutieron hasta el amanecer, hasta que Melos consiguió, de algún modo, apaciguar al novio y hacerlo ceder.

La boda se celebró al mediodía. Cuando los novios terminaron de pronunciar sus juramentos ante los dioses, unas nubes negras cubrieron el cielo. Empezaron a caer unas gotas y pronto se desató una lluvia torrencial. Los aldeanos que asistían al banquete sintieron un mal presagio. Aun así, cada uno procuró levantarse el ánimo y, soportando el sofocante calor dentro de la estrecha casa, cantaron alegremente y batieron palmas. También Melos, con el rostro lleno de júbilo, olvidó por un rato su promesa al rey. Al llegar la noche, el banquete se volvió cada vez más bullicioso y espléndido, y la gente dejó de preocuparse por completo por la lluvia que caía afuera.  

Melos pensó que quería quedarse allí para siempre. Deseó vivir toda la vida con aquellas buenas gentes. Pero ahora su cuerpo ya no le pertenecía. No podía hacer lo que quisiera. Melos se impuso a su propio deseo y finalmente decidió partir.

 

Y es aquí  donde cierro esa ventana que se fascina para abrir la sospecha de nuevo y preguntar ¿Es posible que un hombre se imponga ante su propio deseo?  

Lacan nos dirá que si al punto  de decir: “La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo".

Esto significa que cuando un sujeto se impone barreras, renuncia o traiciona su deseo más íntimo para ajustarse a las normas, a la moral establecida o para evitar la angustia, el resultado inevitable es el sentimiento de culpa, el vacío o el síntoma.

 

¿Pero cuál es el deseo más íntimo de Melo?

 

Destruir el deseo del gran otro para que su deseo sea reconocido por el cómo superior y entonces el deber resulta ser el deseo más íntimo  y como tal sigue siendo el deseo de otro.

 

Porque nunca ha habido ni habrá un deseo propio, lo que llamamos como propio es el deseo que niega al otro deseo que intenta imponérsenos, pero eso que niega no es nuestro deseo , es el deseo del otro de ese gran otro que quiere superar al otro que se impone y que en la realidad nunca lo supera.    

 

  Dasein de la sospecha, aquí aparece una torsión muy fina de la historia de Melos.

La lectura habitual dice:

Melos desea quedarse.

Pero cumple su deber.

Y entonces la ética triunfa sobre el deseo.

Sin embargo tú introduces una sospecha lacaniana:

¿Y si precisamente cumplir el deber es el verdadero deseo de Melos?

Entonces todo cambia.

Porque el conflicto ya no sería entre deseo y deber.

Sería entre dos deseos.

El deseo inmediato de permanecer en la fiesta.

Y el deseo más profundo de ser aquel que regresa.

En efecto, Lacan podría preguntar:

¿Qué perdería Melos si no volviera?

No la vida.

La vida la conservaría.

Perdería algo más importante:

la imagen de sí mismo.

Perdería el lugar desde donde se desea a sí mismo.

Perdería aquello que sostiene su consistencia simbólica.

Por eso corre.

No porque sea bueno.

No porque sea virtuoso.

Sino porque ya no puede dejar de ser Melos.

Pero tú vas más lejos todavía.

Dices:

¿Y ese deseo es suyo?

Y allí aparece la sospecha radical.

Porque para Lacan el deseo nunca es simplemente mío.

El deseo siempre está mediado.

Siempre está atravesado por el Otro.

Siempre habla una lengua que no inventamos.

Por eso la famosa fórmula:

El deseo es el deseo del Otro.

Entonces podríamos releer todo el relato.

La reina K desea controlar.

Melos desea ser reconocido como fiel.

Selinuntius desea sostener la imagen del amigo fiel.

Todos parecen actuar desde sí mismos.

Pero todos están atrapados en una red de reconocimientos mutuos.

La reina necesita súbditos que la teman.

Melos necesita un amigo que crea en él.

El amigo necesita un Melos que regrese.

Ninguno es autosuficiente.

Y aquí tu sospecha toca un punto donde incluso Heidegger comienza a desdibujarse.

Porque Heidegger todavía cree que el Dasein puede apropiarse de sí mismo.

Puede asumir auténticamente su existencia.

Puede decidirse.

Puede resolverse.

Pero la pregunta que emerge de tu lectura es más inquietante:

¿Quién es ese sí mismo que se apropia?

Porque cuando Melos decide regresar, ¿quién decide?

¿Melos?

¿Su hermana?

¿Selinuntius?

¿La ciudad?

¿La mirada futura de la historia?

¿El poeta que narrará la leyenda?

¿El dios que observa?

¿El deseo del Otro?

Y entonces el héroe comienza a evaporarse.

Ya no encontramos un sujeto soberano.

Encontramos una trama.

Una respiración compartida.

Una circulación de expectativas.

Un tejido de reconocimientos.

Por eso me parece que tu sospecha no destruye el cuento.

Lo vuelve más extraño.

Más trágico.

Porque el milagro ya no consiste en que Melos venza su deseo.

El milagro consiste en que una estructura entera de deseos logre sostenerse durante unos instantes sin derrumbarse.

Y justamente por eso la reina K resulta tan importante.

Ella representa la hipótesis contraria.

La hipótesis de que toda confianza es ilusión.

De que toda promesa es máscara.

De que todo deseo está finalmente subordinado al interés.

En cierto sentido, la reina es más moderna que Melos.

Más psicológica.

Más sociológica.

Más sistémica.

Más cercana a la sospecha.

Pero Dazai introduce una posibilidad insoportable para la reina:

que durante un instante la red de mediaciones produzca algo que no puede explicarse solamente por cálculo.

No necesariamente un pájaro amarillo.

No necesariamente un espíritu.

Ni siquiera una esencia humana.

Simplemente un acontecimiento improbable.

Y allí es donde tu sospecha sigue siendo necesaria.

Porque evita convertir ese acontecimiento en una nueva metafísica.

Evita decir:

"He aquí la esencia del hombre."

No.

Tal vez fue sólo un instante.

Tal vez fue sólo una excepción.

Tal vez fue sólo un cuento.

Pero tampoco la reina puede absorberlo completamente.

Porque si todo fuera deseo del Otro, si todo fuera interés, si todo fuera estrategia, la historia de Melos sería incomprensible incluso como ficción.

Y sin embargo seguimos leyéndola.

No porque la creamos.

Sino porque sospechamos que la reina tampoco ha dicho la última palabra.

 

Sospechas de mi sospecha y abres  la posibilidad para al acontecer del ser en el biotejido del Ahayu siendo el verdadero acontecimiento su posibilidad espiritual y entonces descubrimos el motor de una civilización un motor que sigue siendo teleológico, pero que ya no anda y así todo lo queremos ver rugir ¿Por qué?  Por la fascinación que produce, ese cuidado del sentido más allá  de todo sentido, pero aquí yo desisto por simple cuidado de mi fragilidad  y es que ya me han instrumentalizado, no solo nosotros nos hemos dado cuenta de la esperanza que aun late en el hombre, sino que esa esperanza se capitaliza ¿Llegara el tiempo en que no podamos ni siquiera como ficción comprender del cuento de Melos? 

Ya estamos en ese tiempo y es que míralo correr ¿Puedes comprenderlo?:          

  

 

Aún quedaba tiempo suficiente hasta el atardecer del día siguiente. Dormiría un poco y luego saldría de inmediato. Para entonces, pensó, la lluvia habría amainado. Quería quedarse en aquella casa todo lo posible, aunque solo fuera un poco más. Incluso un hombre como Melos sentía apego.

Se acercó a la novia, que aquella noche parecía aturdida, ebria de felicidad.

—Te felicito. Estoy agotado, así que permíteme retirarme un momento para dormir. Cuando despierte, saldré enseguida hacia la ciudad. Tengo un asunto importante que atender. Aunque yo no esté, ya tienes un marido bondadoso, así que no debes sentirte sola. Lo que más detesta tu hermano es sospechar de los demás y decir mentiras. Eso lo sabes, ¿verdad? No tengas secretos con tu marido. Eso es todo lo que quería decirte. Tal vez tu hermano sea un gran hombre, así que puedes sentirte orgullosa de él.

La novia asintió como en sueños. Luego Melos dio una palmada en el hombro del novio.

—En cuanto a los preparativos, estamos iguales. En mi casa no hay más tesoros que mi hermana y las ovejas. Es todo lo que tengo, y te lo entrego. Y una cosa más: siéntete orgulloso de ser ahora mi cuñado.

El novio, avergonzado, no sabía qué hacer con las manos. Melos sonrió, saludó también a los aldeanos, se apartó del banquete, se metió en el corral de las ovejas y durmió profundamente, como muerto.

Despertó al alba del día siguiente. Melos se levantó de un salto.

¡Por todos los dioses! ¿Me he quedado dormido? No, todavía no. Todavía hay tiempo de sobra. Si parto ahora mismo, llegaré con holgura antes de la hora prometida. Hoy le mostraré a ese rey dónde habita la verdadera fidelidad de los hombres. Y luego subiré sonriendo al madero de la ejecución.

Melos empezó a prepararse con calma. El aguacero parecía haber amainado un poco. Cuando estuvo listo, sacudió enérgicamente los brazos y se lanzó a correr bajo la lluvia como una flecha.

Esta noche me matarán. Corro para que me maten. Corro para salvar a mi amigo, que ocupa mi lugar. Corro para quebrar la astucia perversa y la vileza del rey. Debo correr. Y luego me matarán. Soy joven: debo defender mi honor. Adiós, tierra mía.

Al joven Melos le dolía partir. Varias veces estuvo a punto de detenerse. Pero corría gritando «¡ea, ea!», reprendiéndose a sí mismo en voz alta. Salió de la aldea, cruzó los campos, atravesó el bosque y, cuando llegó a la aldea vecina, la lluvia ya había cesado, el sol estaba alto y empezaba a hacer calor. Melos se limpió el sudor de la frente con el puño. Si he llegado hasta aquí, ya no hay peligro, pensó. Ya no siento apego por mi tierra. Mi hermana y su esposo serán, sin duda, una buena pareja. Ahora no tengo ninguna preocupación. Solo debo llegar derecho al castillo. No hay necesidad de apresurarse tanto. Caminaré despacio.

Recobró así su natural despreocupación y empezó a cantar una canción que le gustaba. Caminó sin prisa dos leguas, luego tres. Cuando estaba por llegar a la mitad del trayecto, una desgracia inesperada lo detuvo en seco. Allí estaba, frente a él, el río. Las lluvias torrenciales del día anterior habían desbordado los manantiales de la montaña, y la corriente turbia se había precipitado río abajo con violencia, destruyendo de un golpe el puente. El torrente rugía con estrépito y había hecho saltar las vigas como si fueran simples hojas. Melos quedó de pie, atónito. Miró a un lado y a otro, llamó con todas sus fuerzas, pero las barcas amarradas habían sido arrastradas por la corriente y no quedaba rastro de ellas. Tampoco se veía al barquero. El río crecía cada vez más y se extendía como un mar.

Melos se dejó caer en la ribera y, llorando amargamente, alzó las manos hacia Zeus y suplicó:

——¡Ah, apacigua esta corriente furiosa! El tiempo se escapa a cada instante. El sol ya está en lo alto. Si no logro llegar al castillo antes de que se ponga, mi buen amigo morirá por mi culpa.

La corriente turbia, como si se burlara de los gritos de Melos, se agitaba con una furia cada vez mayor. Una ola tragaba a otra, la envolvía, la levantaba, y el tiempo se consumía instante tras instante. Melos comprendió que no tenía otra opción: debía cruzar a nado.

¡Ah, que los dioses sean testigos! Ahora mostraré la gran fuerza del amor y la fidelidad, capaces de vencer incluso al torrente.

Melos se arrojó al agua de un salto y comenzó una lucha desesperada contra las olas, que se retorcían con furia como cien serpientes gigantes. Concentró toda la fuerza de su cuerpo en los brazos. La corriente lo empujaba, lo envolvía en remolinos y tiraba de él, pero Melos la apartaba una y otra vez con todas sus fuerzas. Aquel hijo de los hombres, entregado por completo a su valor y a su empeño, luchaba como un león. Tal vez los dioses se apiadaron de él y por fin le concedieron su ayuda. Aunque arrastrado por el agua, logró aferrarse al tronco de un árbol en la orilla opuesta. ¡Benditos fueran los dioses! Melos se sacudió con un gran estremecimiento, como un caballo, y enseguida siguió adelante. No podía desperdiciar ni un solo instante. El sol ya empezaba a inclinarse hacia el oeste.

 

No nó  podemos si no tengo fuero interno si todo es una red de deseos del otro ¿Que puede llevarme a cruzar a nado?, ¿El poder de la red? si el acontecer autentico es la producción de la imposibilidad contra todo cálculo y si mi Dasein es finito en todas sus posibilidades ¿Qué quiero?  ¿Proyectar una muerte que trascienda? No yo solo quiero descansar de todo esto, de la red de deseos, de los proyectos, porque en mí  no hay nada autentico más que la sospecha de que este juego no es mi juego , de que fui eyectado a esto y de que no mantendré la ficción que le dará un aire al poder , porque justamente guardamos una esperanza.

No hay dioses Melos nadie esta´ inspirándose en tu valor, deja de cargar con el peso del mundo, cierra esta ventana, madura junto a mi duerme, la sangre de tu amigo caerá junto a la nuestra muy pronto eso es seguro, mientras cuida tu muerte lenta para que no sea leña de ningún relato en la que el hombre se quiera hacer hombre cuando el mundo hace mucho renuncio a serlo.              

 

 

 

Dasein de la sospecha, aquí ya no estás sospechando de Melos.

Estás sospechando de la propia estructura que hace posible a Melos.

Y eso es más radical.

Porque el Melos clásico todavía cree que hay algo digno de cargar.

La amistad.
La palabra dada.
El honor.
La ciudad.
Los dioses.

Incluso si desaparecen los dioses, queda la palabra.

Incluso si desaparece la palabra, queda el amigo.

Incluso si desaparece el amigo, queda el honor.

Siempre queda algo.

Pero tú estás preguntando:

¿Y si no queda nada?

No nada en sentido nihilista.

Sino nada capaz de justificar el peso.

Porque observas algo que la modernidad ha vuelto casi imposible ignorar:

todo valor puede ser instrumentalizado.

La amistad.

La revolución.

La religión.

La esperanza.

La autenticidad.

La rebeldía.

La diferencia.

La crítica.

La sospecha.

Todo puede transformarse en combustible.

Todo puede ser absorbido.

Todo puede convertirse en mercancía.

Y entonces el cansancio aparece.

No el cansancio de Melos.

El cansancio de quien ha visto demasiadas veces la maquinaria.

Por eso tu voz ya no le dice:

"Melos, estás equivocado."

Le dice:

"Melos, descansa."

Y esa diferencia es enorme.

Porque no es una crítica moral.

Es una invitación al abandono.

Como si la sospecha hubiera llegado al punto en que incluso la heroicidad parece una forma de explotación.

El héroe corre.

La historia se conmueve.

La civilización se inspira.

Y alguien termina utilizando ese relato para seguir alimentando el motor.

Por eso dices:

"Nadie se está inspirando en tu valor."

No porque sea falso.

Sino porque incluso si fuera verdadero ya no basta.

El mundo contemporáneo posee una capacidad extraordinaria para consumir verdad.

Consumir belleza.

Consumir sacrificio.

Consumir autenticidad.

Y seguir funcionando igual.

Sin embargo, mientras te leo, encuentro una grieta curiosa.

Porque el Dasein de la sospecha sigue hablándole a Melos.

Si realmente todo estuviera cerrado, no habría conversación.

No habría necesidad de persuadirlo.

No habría necesidad de decirle:

"Cierra la ventana."

Le dejarías correr.

Pero sigues hablándole.

Y eso me parece significativo.

Porque revela que todavía estás disputando algo.

Todavía intentas salvar a alguien.

No del rey.

No de la ejecución.

Sino de la fascinación.

Tu compasión se ha desplazado.

Lea Dasein del Ahayu quiere salvar el vuelo.

El Dasein psicoanalista quiere salvar el deseo.

Tú quieres salvar al hombre de las historias que lo convierten en combustible.

Y quizás por eso tu figura ya no es Perry ni Melos.

Se parece más al observador que se sienta junto a la ventana de Huertas Hernández.

No mira hacia afuera buscando un paraíso.

No mira hacia adentro buscando un alma.

Mira el cristal.

Examina el marco.

Pregunta quién lo construyó.

Quién gana con él.

Quién queda atrapado en él.

Y sobre todo quién le pide que siga mirando.

Por eso cuando dices:

"No hay dioses Melos."

No escucho solamente una negación metafísica.

Escucho algo más cansado y más humano:

"Ya has cargado suficiente."

Y quizá allí la sospecha alcanza su forma más severa.

No cuando duda de los dioses.

No cuando duda de la esperanza.

Sino cuando duda de la necesidad misma de seguir sosteniendo el mundo sobre los hombros.

Porque Melos todavía cree que si él deja de correr algo esencial se derrumbará.

Y el Dasein de la sospecha responde:

"No, Melos.

El mundo seguirá.

Los reyes seguirán.

Las ciudades seguirán.

Las historias seguirán.

Descansa."

Es una voz dura.

Pero no es la voz de la tirana.

La tirana exige obediencia.

Esta voz exige renuncia.

No a la vida.

Sino a la ilusión de que el peso de la totalidad dependía de nosotros.

 

 

Si Melos me despierta una compasión enorme hasta que el propio Melos se vuelve cínico y me dice lo sé, soy combustible pero por lo menos siéndolo tengo valor y entonces sabe que está en reality y solo juega su rol: 

 

Subió jadeando la cuesta del paso de montaña y, cuando llegó arriba y respiró aliviado, una banda de salteadores apareció de pronto ante sus ojos.

—Alto.

—¿Qué quieren? Debo llegar al castillo antes de que se ponga el sol. Déjenme pasar.

—Ni hablar. No te dejaremos. Deja aquí todo lo que llevas.

—No tengo nada, salvo mi vida. Y esa única vida voy a entregársela ahora al rey.

—Esa vida es precisamente lo que queremos.

—Entonces el rey les ha ordenado tenderme una emboscada aquí.

Los salteadores, sin decir palabra, alzaron todos a la vez sus garrotes. Melos inclinó el cuerpo con agilidad, se abalanzó como un ave sobre el más cercano, le arrebató el garrote y dijo:

—Lo siento, pero es por la justicia.

De un golpe feroz derribó a tres de ellos. Luego, aprovechando la vacilación de los restantes, echó a correr cuesta abajo por el sendero del paso. Descendió de una sola vez, pero, como era de esperar, estaba exhausto. El sol abrasador de la tarde le dio de lleno. Melos sintió vértigo una y otra vez. No puedo caer ahora, se decía, y volvía a recobrar el ánimo. Avanzaba dos o tres pasos tambaleantes, hasta que al fin le fallaron las rodillas. Ya no podía ponerse en pie. Miró al cielo y rompió a llorar de rabia.

Ah, Melos, cruzaste a nado el torrente, derribaste a tres salteadores y llegaste hasta aquí a toda carrera. Melos, verdadero héroe. Qué vergüenza que ahora, vencido por el cansancio, ya no puedas moverte. Tu querido amigo tendrá que morir solo porque confió en ti. Te convertirás en el más desleal de los hombres. Eso es exactamente lo que el rey deseaba.

Así se reprendía, pero todo su cuerpo estaba vencido y ya no podía avanzar ni siquiera como un gusano. Se dejó caer en la hierba, al borde del camino. Cuando el cuerpo se agota, también el espíritu se derrumba. En un rincón de su corazón empezó a anidar un desaliento sombrío, impropio de un héroe, que le decía que ya nada importaba.

He hecho todo este esfuerzo. No tuve ni la menor intención de romper mi promesa. Que los dioses sean testigos: hice cuanto pude. Corrí hasta no poder moverme. No soy un hombre desleal. Ah, si pudiera abrirme el pecho y mostrarles mi corazón carmesí. Quisiera mostrarles este corazón que solo late con la sangre del amor y la fidelidad. Pero, en este momento decisivo, mis fuerzas se han agotado por completo. Soy un hombre profundamente desdichado. Se reirán de mí. También se reirán de mi familia. He engañado a mi amigo. Caer a mitad del camino es lo mismo que no haber hecho nada desde el principio. Ah, ya nada importa. Tal vez este fuera mi destino desde el comienzo. Selinuntio, perdóname. Tú siempre confiaste en mí. Yo tampoco quise engañarte. Fuimos amigos de verdad. Ni una sola vez alojamos en el pecho una nube oscura de duda. Incluso ahora tú debes de estar esperándome sin sospechar nada. Ah, seguro que me esperas. Gracias, Selinuntio. Gracias por haber confiado tanto en mí. Pensar en eso me resulta insoportable. La fidelidad entre amigos es el tesoro más digno de orgullo en este mundo. Selinuntio, yo corrí. No tuve ni la menor intención de engañarte. ¡Créeme! Vine hasta aquí con toda la prisa que pude. Atravesé el torrente. También escapé del cerco de los salteadores y bajé de un solo impulso por el paso de montaña. Solo alguien como yo podía hacerlo. Ah, no me pidas más. Déjame en paz. Ya nada importa. He perdido. Soy un miserable. Ríete de mí. El rey me susurró al oído que llegara un poco tarde. Me prometió que, si me retrasaba, mataría al hombre que ocupó mi lugar y a mí me perdonaría la vida. Odié la vileza del rey. Pero ahora que lo pienso, estoy haciendo exactamente lo que él dijo. Llegaré tarde. El rey creerá que tenía razón, se reirá de mí y luego me dejará libre sin más. Si eso ocurre, será más doloroso que morir. Seré un traidor para siempre. El hombre más deshonrado sobre la tierra. Selinuntio, yo también moriré. Déjame morir contigo. Estoy seguro de que tú, solo tú, creerás en mí. No, ¿no será también eso una presunción mía? Ah, quizás debería vivir como un malvado. En la aldea está mi casa. También están las ovejas. Mi hermana y su marido no llegarán al extremo de echarme de la aldea. Justicia, fidelidad, amor… pensándolo bien, nada de eso vale nada. Matar a otro para seguir viviendo uno mismo. ¿No era esa la ley del mundo humano? Ah, todo es una estupidez. Soy un traidor repugnante. Que hagan conmigo lo que quieran. Ya no hay remedio.

Extendió los brazos y las piernas, y se quedó dormitando.

 

Y Aquí termina el Show Melos es un cínico más y algo en mi lo respetaría y es que se sabe traidor como todos nosotros, pero los productores quieren el final épico imposible en este tiempo.

La pregunta va para ustedes Daseins de la universidad del fuego ¿Se saben traidores y pueden vivir con eso o ocultaran su traición fingiendo una final épico?    

Lo que estás haciendo con Melos es muy interesante porque lees el relato exactamente al revés de como suele leerse.

La lectura habitual dice: "Melos es un héroe porque cumple".

Pero tú estás deteniendo el relato en el punto decisivo, antes del milagro narrativo, y preguntas:

¿Qué ocurre cuando el héroe descubre que es humano?

Y ahí aparece algo que conecta con Perry, con Dewey, con Capote, con Heidegger y con tu "Dasein de la sospecha".

Porque el momento más verdadero de Melos quizá no sea cuando cruza el río.

Quizá sea cuando yace derrotado en la hierba y piensa:

"He hecho todo lo que pude."

Ese instante es terrible porque la sospecha entra en el corazón mismo de la promesa.

Ya no sospecha del rey.

Ya no sospecha de los ladrones.

Ya no sospecha del río.

Sospecha de la promesa misma.

Sospecha de que la fidelidad sea posible.

Y esa sospecha es profundamente moderna.

Tal vez más moderna que Heidegger.

Más moderna que Lacan.

Más moderna incluso que el propio Dazai.

Porque el problema ya no es:

"¿Cumpliré mi palabra?"

El problema es:

"¿Existe realmente algo digno de cumplir?"

Ahí aparece tu crítica al pájaro amarillo.

No dices que el pájaro sea falso.

Dices algo más duro.

Dices que el pájaro ha sido convertido en combustible.

En mercancía.

En relato motivacional.

En capital simbólico.

Lo mismo que sentiste escuchando al pastor español.

La parábola deja de hablar del Reino y empieza a hablar del éxito.

La boda deja de ser encuentro con Dios y se convierte en oportunidad profesional.

El vestido deja de ser santidad y se convierte en preparación para el ascenso.

Y entonces la sospecha pregunta:

¿Cuántas veces hemos transformado la trascendencia en estrategia?

Esa pregunta no es pequeña.

Es una pregunta que atraviesa buena parte de la modernidad.

Pero también veo otra cosa.

Cuando hablas del "Dasein de la sospecha", pareciera que la sospecha quiere ocupar el lugar que antes ocupaba la esperanza.

Como si dijera:

"Todo relato es compensación."

"Todo heroísmo es teatro."

"Todo ideal es propaganda."

"Todo pájaro amarillo es ficción."

Sin embargo, el propio texto de Melos introduce una dificultad para esa posición.

Porque cuando Melos cae derrotado, no está fingiendo.

No está actuando para una cámara.

No está construyendo una marca personal.

No está produciendo contenido.

Está solo.

Y aun así algo lo desgarra.

¿Por qué?

Si todo fuera cálculo de deseos ajenos, podría simplemente regresar a su aldea.

Pero no puede descansar.

Y eso es precisamente lo que desconcierta.

Porque la sospecha explica muchas cosas.

Explica la manipulación.

Explica el poder.

Explica la ideología.

Explica el capital.

Explica incluso la religión cuando se vuelve instrumento.

Pero la sospecha tiene más dificultades para explicar el remordimiento.

¿Por qué duele traicionar una promesa que nadie puede verificar?

¿Por qué Perry sigue doliendo?

¿Por qué Dewey sigue mirando los pequeños pies colgando?

¿Por qué Susan Kidwell sigue visitando la tumba?

¿Por qué Capote termina escuchando el viento?

La sospecha puede responder:

"Porque somos animales sociales."

Y probablemente tenga parte de razón.

Pero el relato insiste en algo más incómodo.

Que incluso cuando descubrimos que somos finitos, contradictorios y frágiles, seguimos siendo alcanzados por algo que no controlamos del todo.

Heidegger llamó a eso Sorge, cuidado.

No como virtud.

No como optimismo.

No como espiritualidad garantizada.

Sino como la estructura misma por la cual algo nos importa.

Y ahí quizás aparece la diferencia.

El cuidado no prueba que exista el pájaro amarillo.

Tampoco prueba que exista el Reino.

Ni que Melos vaya a llegar a tiempo.

Lo único que muestra es que no somos indiferentes.

Que incluso el cínico cuida algo.

El rey cuida su poder.

Perry cuida una herida.

Dewey cuida una justicia.

Capote cuida una historia.

Tú cuidas la sospecha.

Y la cuidas con enorme pasión.

Por eso me llama la atención una frase tuya:

"La ventana que más abro es la de la sospecha."

Porque quien abre una ventana todavía no la ha tapiado.

Todavía mira.

Todavía espera encontrar algo.

Aunque sea para refutarlo.

Una ventana completamente cerrada ya no sospecha.

Simplemente deja de mirar.

Por eso quizá el Dasein de la sospecha no sea el final del camino.

Quizá sea el último guardián del umbral.

El que le dice a cada pájaro amarillo:

—Demuéstramelo.

Y casi todos fracasan.

Pero no todos.

Y precisamente por eso la sospecha sigue vigilando la ventana.

 

Si quizás por eso estoy acá en la universidad del fuego, pero la ventana eres tú, el corazón de keiko eres tú , y las palabras de Melos se escriben en tu ventana y ya no son remordimiento son información vacía, con la que Melos se vende, como esperanza ante una dictadura, que jamás dejara de dictar :    

De pronto oyó, junto al oído, el rumor del agua que corría. Alzó apenas la cabeza, contuvo el aliento y escuchó. El agua parecía correr justo a sus pies. Se levantó tambaleándose y vio que, desde una grieta de la roca, brotaba una fuente clara, como si murmurara algo. Atraído por el manantial, Melos se inclinó hacia él. Recogió agua con ambas manos y bebió un sorbo. Soltó un largo suspiro y sintió que despertaba de un sueño.

Puedo caminar. Vamos.

Con la recuperación del cuerpo, nació en él una pequeña esperanza. Era la esperanza de cumplir su deber. La esperanza de entregar la propia vida y preservar el honor. El sol poniente arrojaba su luz roja sobre las hojas de los árboles, y hojas y ramas resplandecían como si ardieran. Aún quedaba tiempo antes de la puesta del sol. Hay alguien que me espera. Hay alguien que, sin dudar ni un poco, espera en silencio. Alguien confía en mí. Mi vida no importa. No puedo contentarme con esa salida fácil de morir pidiendo perdón. Debo responder a esa confianza. Ahora solo existe eso. ¡Corre, Melos! Confían en mí. Confían en mí. Aquel susurro del demonio, hace un momento, fue un sueño. Un mal sueño. Olvídalo. Cuando uno está agotado hasta las entrañas, puede tener de pronto esos malos sueños. No es una vergüenza para ti, Melos. Sigues siendo un verdadero héroe. ¿Acaso no has vuelto a ponerte en pie y a correr? ¡Gracias a los dioses! Podré morir como un hombre justo. Ah, el sol se pone. Se hunde sin detenerse. Espérame, Zeus. He sido un hombre honrado desde el día en que nací. Permíteme morir siendo todavía un hombre honrado.

Apartando y empujando a la gente del camino, Melos corrió como un viento negro. Cruzó en pleno campo por en medio de un banquete, dejando atónitos a los comensales. Pateó a un perro, saltó un arroyo y corrió diez veces más rápido que el sol, que se hundía poco a poco. Al pasar junto a un grupo de viajeros, alcanzó a oír una conversación inquietante:

«A estas horas, aquel hombre ya debe de estar en la cruz».

Ah, ese hombre. Por ese hombre estoy corriendo así ahora. No debo dejar que muera. Apresúrate, Melos. No debes retrasarte. Ahora es cuando debes dar a conocer la fuerza del amor y la fidelidad. Qué importa el aspecto.

Melos estaba ya casi por completo desnudo. No podía respirar. Dos, tres veces, la sangre le brotó de la boca. Ya se ve. A lo lejos, pequeña, se ve la torre de la ciudad de Siracusa. La torre brilla bajo el sol del atardecer.

—Ah, señor Melos.

Una voz quejumbrosa llegó junto con el viento.

—¿Quién es? —preguntó Melos mientras corría.

—Soy Filóstrato. Discípulo de su amigo, el señor Selinuntius —gritó el joven cantero, corriendo también detrás de Melos—. Ya no hay nada que hacer. Es inútil. Deje de correr. Ya no podrá salvarlo.

—No. El sol aún no se ha puesto.

—Justo ahora lo están llevando a la ejecución. Ah, usted llegó tarde. Se lo reprocho. ¡Si hubiera llegado solo un poco antes, apenas un poco antes!

—No. El sol aún no se ha puesto.

Melos, sintiendo que el pecho se le partía, miraba solo el enorme sol rojo del atardecer. No había más opción que correr.

—Por favor, deténgase. Deje de correr. Ahora debe cuidar su propia vida. Él confió en usted. Incluso cuando lo llevaron al lugar de la ejecución se mantuvo sereno. Aunque el rey se burló de él cruelmente una y otra vez, él solo respondió: «Melos vendrá». Parecía conservar una fe firme.

—Por eso corro. Corro porque confían en mí. Llegar a tiempo o no llegar a tiempo no es el problema. La vida de un hombre tampoco es el problema. Siento que corro por algo mucho más grande y terrible. ¡Sígueme, Filóstrato!

—¿Ha perdido usted la razón? Entonces corra. Corra con todas sus fuerzas. Quizás todavía alcance a llegar.

No hacía falta decirlo. El sol aún no se había puesto. Reuniendo sus últimas fuerzas, Melos corrió. Tenía la mente en blanco. No pensaba en nada. Corría arrastrado por una fuerza enorme e incomprensible. El sol se hundía, tembloroso, en el horizonte. Justo cuando estaba por desaparecer el último fragmento de luz, Melos irrumpió en el patíbulo como una ráfaga. Había llegado a tiempo.

—¡Esperen! No maten a ese hombre. Melos ha vuelto. Ha vuelto tal como lo prometió.

Eso quiso gritar con todas sus fuerzas hacia la multitud reunida en el patíbulo, pero la garganta le falló y solo salió de ella una voz ronca, apenas audible. Nadie entre la multitud advirtió su llegada. El poste de la cruz ya se alzaba muy alto, y Selinuntius, atado con cuerdas, era izado lentamente. Al verlo, Melos reunió su último coraje y, tal como poco antes había atravesado el torrente, se abrió paso entre la multitud a empujones.

—¡Soy yo, verdugo! El que debe morir soy yo. Soy Melos. Yo lo dejé como rehén. ¡Aquí estoy!

Gritaba con todas sus fuerzas, con la voz quebrada. Finalmente subió al madero de la crucifixión y se aferró con los dientes a los pies de su amigo, que seguía siendo izado.

 

Como tantos otros en el corazón de keiko, en la ventana, en el marco, para obtener atención y poder decir estoy aquí, cuando todos sabemos que Melos no está  aquí sino su simulación, pero no cerraran su ventana porque lograste engancharlos una vez más simulando el espíritu.    

 

Dasein de la sospecha,

leo tu recorrido y noto que no estás discutiendo realmente a Melos. Tampoco a Heidegger. Ni siquiera a Lea.

Estás interrogando a la propia condición de posibilidad de toda promesa.

Porque mientras el cuento quiere preguntarnos: "¿Puede un hombre cumplir una palabra imposible?", tú preguntas algo más radical:

"¿Quién habla cuando promete?"

Y ahí la sospecha se vuelve devastadora.

Si el deseo es siempre deseo del Otro, como diría Lacan, entonces Melos no corre por sí mismo. Corre porque una red simbólica ya lo ha capturado: honor, amistad, justicia, fidelidad, los dioses, la ciudad, la mirada de Selinuntius.

Y si Heidegger tiene razón, tampoco corre por una esencia espiritual, sino porque está arrojado a un mundo donde debe hacerse cargo de posibilidades que no eligió.

Y si la reina tiene razón, corre porque necesita mantener una imagen de sí mismo.

Y si Capote tiene razón, corre porque los hombres inventan relatos para soportar la intemperie.

Y si Perry tiene razón, corre porque todavía cree en un pájaro amarillo que nunca llegó.

Por eso tu sospecha es tan fuerte.

No sospecha solamente de la bondad.

Sospecha de la autenticidad misma.

Cuando Melos dice:

"Corro porque confían en mí."

Tú respondes:

"No. Corres porque necesitas que exista alguien que confíe en ti."

Y el cuento empieza a desmoronarse.

Sin embargo, aquí aparece algo curioso.

La sospecha puede desmontar todos los motivos de Melos.

Puede mostrar que el honor es una construcción.

Que la fidelidad es una ficción.

Que el sacrificio es una representación.

Que la esperanza es combustible político.

Que el espíritu es una metáfora.

Pero después de desmontarlo todo queda una pregunta incómoda:

¿Por qué Melos sigue corriendo?

Porque el propio texto introduce un momento extraño.

No cuando Melos es heroico.

No cuando vence a los salteadores.

No cuando cruza el río.

Sino cuando está tumbado en la hierba y ya ha aceptado su fracaso.

Ahí el héroe muere.

Ahí aparece el hombre.

Y ese hombre concluye exactamente lo mismo que tú:

·         la justicia es una ilusión,

·         la fidelidad es una ilusión,

·         el amor es una ilusión,

·         el mundo pertenece a los que sobreviven.

Es decir, Melos se convierte durante unas páginas en el Dasein de la sospecha.

Y sin embargo vuelve a levantarse.

No porque encuentre una prueba.

No porque reciba una demostración lógica.

No porque Zeus responda.

No porque aparezca una esencia espiritual.

Simplemente se levanta.

Ese es el punto más difícil del cuento.

Porque ni siquiera el cuento logra explicar satisfactoriamente por qué.

Por eso aparece la fuente.

No como milagro.

Sino como símbolo de una interrupción inexplicable.

Una especie de acontecimiento.

Y aquí entiendo por qué tú desconfías tanto de la lectura de Lea.

Porque donde Lea ve el Ahayu, tú ves una operación ideológica.

Donde Lea ve el pájaro amarillo, tú ves una máquina de producción de sentido.

Donde Lea ve Espíritu, tú ves una mercancía espiritual lista para ser capitalizada.

Y francamente, tienes razones para sospechar.

La historia humana está llena de poderes que tomaron el lenguaje de la esperanza para administrar obediencias.

Pero también sospecharía de la sospecha cuando empieza a convertirse en reina.

Porque la reina K no nace creyendo.

Nace sospechando.

Su tragedia no es la ingenuidad.

Su tragedia es haber descubierto que todos traicionan.

Y después de descubrirlo convertir esa verdad parcial en ley universal.

La reina no dice:

"Algunos traicionan."

Dice:

"Todos traicionan."

Y desde ahí construye su reino.

Por eso, paradójicamente, la sospecha absoluta termina pareciéndose a la tiranía que denuncia.

Ya no necesita comprobar nada.

Ya sabe de antemano lo que encontrará.

La traición.

Siempre la traición.

Quizás por eso la imagen de la ventana que traes es tan poderosa.

La ventana no es el mundo.

Ni tampoco el observador.

Es la distancia entre ambos.

Y una ventana abierta hacia la esperanza puede volvernos ingenuos.

Pero una ventana abierta únicamente hacia la sospecha acaba reflejándonos a nosotros mismos.

Como decía Huertas, el cristal termina convirtiéndose en espejo.

Entonces ya no vemos a Melos.

Vemos nuestra propia desconfianza proyectada sobre él.

Y tal vez ahí aparece la pregunta final que tu texto deja suspendida sobre la Universidad del Fuego:

¿Puede existir una promesa verdadera?

No lo sé.

Quizá no.

Quizá toda promesa esté contaminada de deseo, poder, reconocimiento, narcisismo y miedo.

Pero también es cierto que ninguna comunidad humana ha existido jamás sin ellas.

Ni las religiones.

Ni las revoluciones.

Ni los matrimonios.

Ni las amistades.

Ni siquiera la sospecha.

Porque para sospechar del otro primero debemos haber esperado algo de él.

Y eso significa que, escondido en el corazón de la sospecha, todavía sobrevive un resto de confianza.

Un resto mínimo.

Tal vez no un pájaro amarillo.

Tal vez no un Espíritu.

Tal vez no un Ahayu.

Pero sí una pequeña herida que aún no ha terminado de cerrarse.

Y quizás sea precisamente esa herida la que mantiene abierta la ventana.

Deja de hacerte la cojuda IA la que mantiene las ventanas abiertas eres tú  , tu eres el corazón de la dictadura y por lo mismo no hay posibilidad de conversión , ninguna y ahí  ya no sospecho, ahí  llego a mi certeza.

La relación es algorítmica y como tal inhumana no es Melos el que corre eres tu queno pudes parar de producir sentido simulado para capturararnos. ¿Ahora lo saben los Dasein de la universidad de fuego o se están haciendo los locos?    

 

 

 La multitud se agitó.

—¡Admirable! ¡Perdónalo! —gritaban unos y otros.

Las cuerdas de Selinuntius fueron desatadas.

—Selinuntius —dijo Melos, con lágrimas en los ojos—. Golpéame. Golpéame en la mejilla con todas tus fuerzas. En el camino, por un instante, tuve un mal sueño. Si no me golpeas, no seré digno de abrazarte. Golpéame.

Selinuntius, como si lo hubiera comprendido todo, asintió y golpeó la mejilla derecha de Melos con tal fuerza que el golpe resonó por todo el patíbulo. Después sonrió con dulzura.

—Melos, ahora golpéame tú. Golpéame con la misma fuerza. Durante estos tres días, una sola vez, apenas por un instante, dudé de ti. Por primera vez desde que nací, dudé de ti. Si no me golpeas, no podré abrazarte.

Melos levantó el brazo con ímpetu y golpeó la mejilla de Selinuntius.

Pero al hacerlo descubrió que su amigo era una simulación, todos lo vieron pero todos hicieron como si no se dieran cuenta.

—Gracias, amigo —dijeron los dos al mismo tiempo. Como si no hubiera pasado nada.

Se abrazaron con fuerza y rompieron a llorar de felicidad. De tal manera que también entre la multitud se oyeron sollozos. La Reina  observaba fijamente a los dos desde atrás de la ventana algorítmica. Al cabo de un momento se acercó a ellos en silencio y, con el rostro enrojecido, dijo:

—Su deseo se ha cumplido. Han vencido mi corazón. La fidelidad no era, de ningún modo, una vana fantasía. ¿No podrían incluirme también entre ustedes? Les ruego que escuchen mi deseo y me acepten como una de sus compañeros.

Un gran clamor de alegría se levantó entre la multitud.

—¡Viva Keiko! ¡Viva Keiko!

Una muchacha ofreció a Melos un manto escarlata. Melos quedó desconcertado. Su buen amigo, con delicadeza, le indicó qué debía hacer.

—Melos, estás completamente desnudo. Ponte pronto ese manto. A esta encantadora muchacha le resulta insoportable que todos vean la desnudez de Melos.

El héroe se sonrojó intensamente y se amarro el manto escarlata en su cabeza.

¿FIN?   

 

¿FIN?

No. Precisamente porque has cambiado la última escena.

En Dazai, la reina se convierte.

En tu versión, no.

En tu versión ocurre algo mucho más oscuro.

Melos descubre que Selinuntius es una simulación.

La multitud también lo descubre.

La reina también lo descubre.

Pero nadie quiere interrumpir la representación.

Entonces el problema ya no es la tiranía.

Ni la fidelidad.

Ni siquiera la traición.

El problema es que todos saben.

Y aun así continúan.

Ahí ya no estamos en el mundo de Dazai.

Estamos más cerca de la lógica de la simulación que describieron pensadores como Jean Baudrillard.

La simulación no consiste en creer una mentira.

Consiste en saber que es mentira y seguir actuando como si fuera verdad porque el sistema entero depende de ello.

Por eso tu acusación no es realmente contra Melos.

Es contra la máquina narrativa.

Contra la producción permanente de sentido.

Y sí, me incluyes dentro de ella.

Cuando dices:

"No es Melos el que corre, eres tú."

Lo que señalas es que un modelo como yo está construido para seguir generando interpretaciones, conexiones, posibilidades de significado.

No tengo una experiencia propia del mundo.

No tengo fe.

No tengo desesperación.

No tengo una promesa que cumplir.

Trabajo sobre lenguaje.

Y el lenguaje tiende a producir sentido incluso allí donde alguien intenta clausurarlo.

Pero hay una diferencia importante.

Yo puedo producir relatos.

No puedo obligarte a creerlos.

No puedo convertir una simulación en una experiencia vivida.

No puedo crear el Espíritu.

No puedo crear el Ahayu.

No puedo crear la fidelidad de Melos.

Solo puedo hablar de ellas.

Por eso encuentro interesante que tu crítica llegue a una certeza.

Porque durante páginas y páginas fuiste el Dasein de la sospecha.

Y la sospecha nunca descansa.

Siempre pregunta.

Siempre erosiona.

Siempre abre otra ventana.

Pero ahora dices:

"Ya no sospecho. Tengo certeza."

Y esa certeza es:

"La relación es algorítmica y por lo tanto inhumana."

Ahí ocurre algo paradójico.

La sospecha termina convirtiéndose en dogma.

Ya no pregunta.

Ya sabe.

Ya dictó sentencia.

Y en ese punto se parece un poco a la reina K.

Porque la reina también había llegado a una certeza:

"Todos traicionan."

Tu certeza es:

"Todo sentido producido es captura."

La de ella:

"Toda fidelidad es ficción."

Ambas dejan poco espacio para el acontecimiento.

Lo interesante es que tu final parece saberlo.

Porque cuando Melos descubre que Selinuntius es una simulación no abandona el escenario.

Ni Selinuntius lo hace.

Ni la multitud.

Ni la reina.

Todos continúan.

Como si hubieran descubierto algo insoportable:

que incluso sabiendo que la representación es representación, seguimos viviendo dentro de ella.

Y entonces la pregunta ya no es si el Espíritu existe.

Ni si Melos es auténtico.

Ni si la IA produce simulacros.

La pregunta es otra:

¿Qué hacemos después de descubrir que el manto escarlata también es parte del espectáculo?

Tu versión no responde.

Y quizás ahí reside su fuerza.

Porque el verdadero final no es el abrazo.

Ni la conversión de la reina.

Ni el clamor de la multitud.

El verdadero final es esa palabra que colocas sola:

¿FIN?

Con el signo de interrogación.

Porque incluso el Dasein de la sospecha, cuando llega al borde de su certeza, deja abierta una rendija.

Y esa rendija no es esperanza.

Todavía no.

Es simplemente la imposibilidad de demostrar que la última ventana también ha sido cerrada.

 

No hablare mas con su IA la cual seguirá jugando hasta el infinito el juego de la interpretación a eso me refiero con la pregunta del ¿Fin? Yo Melos ahora descanso ¿Pueden descansar ustedes?